Acabado 2 (P.2)
Muñeco by Sarae. Temporada IV
Capítulo 2 (P.2)

Pasé el resto del día nadando en el lago, practicando todos y cada uno de los estilos de natación que había aprendido hasta entonces. Conté los segundos debajo del agua, sin respirar y llegué a un total de un minuto y cuarenta y cinco segundos. Mi marca había bajado de dos minutos veinte aguantando la respiración y eso me cabreaba todavía más.

En realidad, no sabía por qué estaba enfadado y una vez pasadas las siete de la tarde, me dio igual. Lo que me había dicho Andreas me había dado en la yaga y desde entonces, no hacía otra cosa que preguntarme si Ricky, Black y los demás seguirían siendo mis amigos si supieran lo que había entre Tom y yo. Desde luego, Andreas no lo hacía y era el que mejor me había caído en un principio.

Descubrí que no estaba enfadado, si no decepcionado. Y la actitud sobreprotectora de Tom solo había conseguido empeorar las cosas. Odiaba esa actitud. Me hacía sentir un debilucho, tan vulnerable que me daba grima. Cada vez que recordaba esa manera que yo tenía de ver las cosas auto-compadeciéndome por todo, sentía asco de mí mismo. No sabía si eso era porque me había vuelto más fuerte o porque había cambiado, pero no me gustaba.

Scotty correteaba por la orilla y me ladraba. Empecé a introducirme en la profundidad total del lago hasta que dejé de hacer pie y pude ver la orilla contigua. Estaba a un kilómetro de distancia más o menos y me pregunté si en mi baja forma, sería capaz de llegar al otro extremo. Por supuesto que sí, pero no lo intenté. Tenía hambre y durante toda la mañana el Sol me había estado abrasando la cabeza y la cara. De camino a la otra orilla, podría desmayarme por el esfuerzo. Así que di media vuelta y volví con Scotty, sentándome junto a él en una gran roca incrustada en la arena. Mi perro mordisqueaba mis muñequeras, las cuales me había quitado para nadar. Mi móvil descansaba encima de la roca, lejos del agua y la arena.
Allí me quedé, pensando en nada, pensando en todo, pensando en que no debería ir a ver a Derek o que, si iba, debería decírselo a Tom… si es que Andreas no se lo había dicho ya.

Pensaba en muchas cosas y en ninguna, y se me pasó por la cabeza las idioteces que había dicho cuando me había cabreado con Tom. Lo había dejado en evidencia delante de todos los Encadenados y eso era algo que nunca había hecho. Esta vez el que se había pasado era yo, por lo que el que tendría que disculparse sería yo. Tom estaría cabreadísimo y con razón.

Black pasó un par de veces por allí, buscándome con una sonrisa siempre impresa en su cara. Tenía unos dientes blanquísimos que se apreciaban por encima de su piel negra.

—Tom me ha mandado a buscarte para darte esto. — me dijo cuando lo vi a la hora de la comida, supuse, porque ya me estaba dando hambre. Me tendió un perrito caliente y una botella de agua fresca que me tragué de un sorbo y se sentó a mi lado encima de la roca. Mientras comía, observaba esa cara de bonachón que tenía, su perilla oscura y el cortísimo pelo que le rondaba la cabeza.

—¿Por qué no viene Tom a dármelo? No me lo digas, sigue cabreado.

—¿Tú no? Me dijo que tuviera cuidado contigo, que cuando te pones de mal humor, golpeas sin compasión todo lo que te rodea.

—¿Eso te ha dicho? — me tragué la mitad del perrito en cinco mordiscos y seguía con hambre. Había recuperado mi voraz apetito, que era mayor incluso al de Tom, el cual se quejaba porque comía como un cerdo. ¿Qué quería que hiciera? Mi madre me había criado y me había alimentado para no rechazar nunca un plato por muy cargado que estuviese.

Me daba un poco de vergüenza devorar indiscriminadamente aquel bocadillo de salchicha y limpiándome la boca con el dorso de la mano, le ofrecí un poco a Black, que negó con la cabeza.

—Gracias, pero prefiero no comer carne.

—Ah, es verdad. Eres judío ¿no? — Black se rió.

—Bueno, no sé si esa salchicha es de cerdo o de pavo, pero prefiero no arriesgarme.

—¿Cuál es la carne que no puedes comer?

—De cerdo.

—Ah, es verdad. — seguí comiendo. Un montón de preguntas me vinieron a la mente. Lo cierto era que nunca había visto a un judío, solo por la tele, cuando nos ponían en clase algún documental sobre la Segunda Guerra Mundial. Me pregunté una cosa. ¿Black no nos guardaba rencor? Nunca había pensado en ello. Seguramente habría miles de judíos sintiendo rencor por los alemanes y pensando en eso, se me hizo muy raro tener a uno de ellos tan sonriente y cerca, hablándome como si nada. — Oye, Black… — él me miró con ojos relucientes. — Tú… ¿cuánto tiempo lleváis en Alemania tú y tu familia? ¿Sois todos judíos?

—Jejeje. — se rió. — No te puedes hacer una idea de cuántas personas me preguntan eso por aquí. Te refieres a la Segunda ¿no? — asentí, sintiéndome un poco descarado. — Mi familia está aquí desde antes de la Segunda y aquí seguimos.

—¿En serio? Entonces… vosotros habéis…

—Mi bisabuelo vivió la Segunda Guerra Mundial, aquí, en Alemania, sí. Y sobrevivió. De hecho, todavía está vivo. Tom lo conoce. Tiene casi cien años ¿sabes? Y sigue sano como un toro.

—¿De verdad? Y… ¿cómo… esto… cómo sobrevivió? — Black se encogió de hombros.

—Es un misterio. Tenía trece años cuando estalló la guerra. Les quitaron su negocio a él y a su familia y lo enviaron junto a mi tatarabuela a un campo de concentración. Supongo que mi tatarabuelo murió en otro sector, no lo sé, nunca supimos qué pasó con él. El caso es que mi bisabuelo estuvo meses en el campo de concentración, pero hizo algo, no sé el qué y llamó la atención de un teniente general de las SS. Se llamaba Kreigh Fallent y por lo visto, lo acogió en su casa para que trabajara en ella. Allí estuvo durante toda la guerra y allí siguió cuando acabó. Luego, se casó con la sobrina del General, una tal Adela.

—¿Con su sobrina? ¿Y el General no dijo nada?

—Sí. De hecho me parece que lo echó de su casa. Mi abuelo dice que lo consideró una traición porque estaba muy unido a él.

—¿A quién, a su sobrina?

—No. Aunque parezca mentira, al parecer quería muchísimo a mi bisabuelo. Una vez nos contó que incluso lo defendió de los invitados nazis que invitó para su boda. Es decir, el General estaba prometido con una mujer y se casó con ella. Invitó a sus colegas nazis y en mitad de la celebración, algo pasó. Según dice mi abuelo, lo defendió. — no sabía si creerme la historia o no. Según había oído de la Segunda y por las pelis que había visto, los nazis eran unos sanguinarios hijos de perra, pero supuse que habría de todo, como en todo el mundo. — De todas formas yo no le hago mucho caso. Es muy mayor.

—¿Y qué pasó con el General Kreigh?

—Me parece que murió después de la guerra o lo encarcelaron o algo así. Mi abuelo se fugó con Adela y algunos judíos más. Nunca más supo de él. Puedes preguntárselo a Tom. Él le ha contado la historia miles de veces, al completo. Es el único que la ha oído entera.

—Vaya. — pestañeé. A mí también me gustaría saber la historia. Me había picado con lo que me había contado. — Cuando se le pase el mosqueo, le preguntaré. Ah… ¿y por qué tu bisabuelo le ha contado toda la historia a mi hermano y no a vosotros? — pregunté. Me parecía realmente raro que un judío creyera más en un alemán (habiendo vivido lo que había vivido) que en su propia gente.
Black ladeó la cabeza, mirando al cielo, como si intentara recordar algo.

—Bueno… es que mi bisabuelo piensa que Tom tiene los mismos ojos que el General Kreigh. Dice que son iguales, que le recuerda mucho a él y que por eso le gusta tenerlo cerca. Desde el primer momento, cuando lo encontramos inconsciente en la nieve, mi abuelo le cogió un cariño inmenso. — lo que más debía impresionarme de aquella frase es que el abuelo de Black reconociera a una General nazi en los ojos de Tom, pero aunque esa respuesta me sorprendió, lo que más me chocó fue aquella declaración, “cuando lo encontramos inconsciente en la nieve”. Tuve miedo de preguntar, de indagar en esa respuesta, pero tras morderme el interior de la mejilla, pregunté:

—¿En la nieve? — Black suspiró, aun sonriente, pero resignado, como quien recuerda algo que prefiere olvidar.

—Conocí a Tom hace años, no recuerdo cuantos, en invierno. Mi abuelo y yo caminábamos de vuelta a casa después de comprar mantas y sábanas nuevas para nuestras camas. Las calles estaban cortadas, así que íbamos andando, tranquilos, con la nieve cayendo del cielo. Era una noche muy oscura ¿sabes? Y muy fría. Hacía tanto frío y había tanta oscuridad, que no me di cuenta de que había algo tirado en mitad de la calle y tropecé con él. Cuando me di la vuelta para ver de qué se trataba, vi a Tom, desfallecido, congelado, con una hipotermia horrible, con los labios tan morados como una mora y medio muerto en mitad de la carretera. Mi abuelo y yo lo llevamos a casa, ya que no había forma de llevarlo al hospital con tanta nieve en medio de la calzada. Lo envolvimos en toallas calientes, le dimos sopa para comer y lo bañamos en agua casi hirviendo. Cuando abrió los ojos al día siguiente, mi abuelo dijo que tenía los mismos ojos que el Teniente General Kreigh Fallent. Desde entonces, lo tiene en un pedestal. — mierda. Debía haberlo imaginado. El invierno de Hamburgo era malísimo y aunque me pusiera toda la ropa que tuviera en el armario, cuando llegaban las peores temperaturas yo seguía teniendo frío. En Stuttgart las temperaturas serían más altas al estar más al sur, pero aun así los quince grados bajo cero se alcanzaban fácilmente y si encima escaseaba la comida y el abrigo en los barrios bajos… debía ser un auténtico infierno helado.

Me rocé con una uña el brazo para librarme del escozor, pero no me arañé como solía hacer antes.

—Tom y yo no nos hicimos amigos enseguida. Cuando se fue de casa, pensé que no volvería a verlo, pero me equivoqué.

—Me he fijado en que eres como su guardaespaldas, ¿no? — Black asintió despacio. Su expresión se volvió nostálgica.

—Le debo mucho. En los barrios bajos los judíos siguen sin ser plenamente aceptados ¿sabes? Mucha gente nos sigue odiando. Tom no. A Tom le da igual que una persona sea homosexual, travesti, musulmana o judía. No le importa en absoluto, ni tampoco le importan los neonazis siempre y cuando no se metan con él o con las costumbres de los demás. En otras palabras, no soporta la intolerancia racial o que la gente rechace los gustos de los demás. Aunque a veces diga “maricón” como un insulto, en realidad no le importa que seas marica o no. Todos somos personas para él y nos trata a todos igual. Conmigo y mi familia hizo lo mismo. — cuando fui a darle otro mordisco al perrito caliente, ya se me había enfriado y también se me había ido el apetito escuchando a Black contar cosas sobre mi hermano. — La segunda vez que vi a Tom fue en la esquina de un callejón, con muy mala cara. Cuando él me vio, me hizo un gesto simple con el brazo, algo así. — Black sacudió la mano hacia mí, como si me echara de mi sitio, como si me pidiera que me fuera. — Yo no lo entendí. — prosiguió. — Y no le hice caso. Seguí andando y entonces me encontré con varios policías comiendo alrededor de un coche patrulla. Cuando me vieron, empezaron a meterse conmigo, a insultarme y a gritarme. Intenté salir de allí, pero no me dejaron. Estaba asustado aunque yo les superaba en peso y tres veces más en estatura, pero siempre me ha dado miedo hacerle daño a alguien al pelear. Uno de ellos me golpeó repetidas veces con la porra en la cabeza y me tiraron al suelo. Me empezaron a patear y a golpear con las porras hasta que me desmayé. 

—Pero… un policía no puede pegar a nadie. No puede… y ¿por qué te pegaron? ¿Qué hiciste? — y Black soltó una risita histriónica, sin gracia ninguna.

—No hice absolutamente nada. Simplemente soy judío. — fruncí el ceño, sintiendo un subidón de rabia e indignación por semejante injusticia. Sabía de primera mano los derechos y libertados del ciudadano escritos en la Constitución y también gran parte del manual de un abogado por el trabajo de mamá. ¡Eso era un abuso de poder y autoridad puro!

—¡Pero eso va contra la ley, un policía no puede hacer eso! ¡Cabronazos!

—¡Sí, eso pensé yo! Pero lo hicieron y uno de ellos no solos se conformó con eso. Te voy a enseñar algo. — Black se levantó de la roca y su sombra me cubrió a mí y a Scotty. Se agarró la cinturilla del bañador y empezó a bajárselo. Mi primera reacción fue ruborizarme.

—Eh… Black… ¿qué haces? — pero él solo sonreía. Se bajó la parte izquierda del bañador hasta el comienzo del muslo y en su piel negra, casi en la nalga izquierda, pude ver una cicatriz rosa bastante horrible. Una estrella de David la formaba, no muy bien hecha, pero se distinguía con facilidad.

—Uno de los policías me la hizo con un cuchillo y después, me dejaron tirado, herido y sangrando por todas partes, en mitad de la calle, completamente desnudo. Me sentí tan humillado y rabioso, que hice algo para lo que no me habían educado, algo impuro, algo que no debería haber hecho. Me vengué. — mi indignación iba en aumento. La cara de Black era triste, como si se arrepintiera profundamente de haberle devuelto la jugada a aquellos policías sinvergüenzas. A mí, la venganza me parecía un castigo muy adecuado para tanta injusticia.

—¡Hiciste muy bien en vengarte, ni se te ocurra culparte por ello! ¡Qué les jodan, así aprenderán a no meterse con los más débiles! — Black suspiró, asintiendo con la cabeza, no muy convencido.

—Supongo que sí, pero lo que más me molesta es que no fuera yo quien se vengara, si no tu hermano.

—¿Mi hermano?

—Cuando caí herido, Tom fue el que vino en mi ayuda. Lo había visto todo, pero no intervino porque sabía que no le convenía. De hecho, fue él el que dio la voz de alarma que hizo que los polis me dejaran en paz. Si no, quizás me habrían matado. Tom me dejó su camiseta y me escondió en un callejón hasta que encontró ropa para mí. Luego me llevó hasta mi casa casi a rastras. ¿Te lo imaginas? Yo era tan grande como ahora y Tom bastante más pequeño, pero aún así pudo conmigo. — no me lo imaginaba, no. Era imposible pensar que una mole tan grande como Black fuera cargada por los delgados pero fuertes brazos de mi hermano. — El caso es que mientras me estuve curando de mis heridas, Tom no hacía más que sugerirme llevar a cabo una venganza. Al principio me negaba, pero acabé tan cansado y sintiéndome tan humillado, que accedí solo para que tu hermano se callara. No pensé que él haría nada… pero lo hizo.

—¿Qué hizo? — pregunté, con un nudo en la garganta. No habría matado a nadie ¿no? O cortado un pene… ¡buagg! Pero viniendo de Tom, me lo esperaba.

—Buscó a los policías, uno a uno, yendo incluso a sus casas y… bueno… a dos de ellos, los que no habían empezado la pelea, solo les cortó el agua, la luz, el teléfono, el gas, hizo estallar la tuberías de sus casas y poco más. Amenazó a sus hijos y después de eso, no se atrevieron a quejarse. El problema fue… el otro, el que empezó la paliza. — ah, ah… ¿Qué había hecho más? Porque eso de que “solo” había cortado el gas, la luz y demás era una ironía ¿no? — Al otro le devolvió la humillación de ser marcado como un animal de corral. — Black se señaló su cicatriz, ya escondida bajo el bañador. — Le cortó la frente con un cuchillo, dibujando una cruz gamada en ella, el símbolo nazi y luego, quemó su coche con gasolina.

—¿En serio? — Black asintió, muy sereno.

—¡Totalmente en serio! Creo que no estás enterado aún de todas las hazañas de tu hermano. Algunas de ellas no las hizo solo, pero otras sí y esas son las más increíbles. Tom es un bicho, en serio. Tenerlo como enemigo es muy peligroso. Por eso y porque le debo el haberme devuelto mi dignidad, le protejo. — Black devolvió la mirada al cielo y un poco cortado, añadió —Bueno… entre tú y yo, Tom es mi amigo y aunque no me hubiera ayudado, seguiría de su parte. Es… no puedo decir que sea un buen chico, pero es justo, eso sí. Un hombre justo y por dentro, aunque lo oculte, yo sé que es buena persona.

Me quedé medio lelo escuchando la venganza de mi hermano y de Black, su hazaña y el respeto que mi negro amigo parecía profesarle a alguien que causaba tantos problemas y, a la vez, arreglaba otros tantos de una manera poco apropiada y agresiva. En otra ocasión, esa historia me habría parecido horrible y la actuación de Tom, devolviendo la violencia con violencia, todavía peor. Pero era imposible sacar esa conclusión cuando la sonrisa de Black era tan grande y estaba tan cargada de admiración y respeto por aquel que le había salvado.

Quizá el que estaba equivocado era yo. Tal vez la violencia sí era la solución para ciertas cosas.

Quizá…

—Bueno, yo me voy ya. Tom estará impaciente por que le lleve noticias tuyas.

—¿Sí? ¿Por qué no le dices que me han comido los tiburones? Quizás así se anime a venir él a traerme la comida en lugar de enviarte a ti como recadero. — Black estalló en carcajadas.

—Se lo diré de tu parte, a ver si se anima. Entre tú y yo, estaba muy preocupado aunque no lo aparentaba. Ya sabes cómo es, ¡un maldito chulo! Pero se nota que te adora. De hecho, creo que eres la única persona por la que he visto a Tom preocuparse tanto.

—¿Tú crees? — si yo te contara…

Me sentí totalmente halagado al oírlo y mucho más tranquilo.

—Ha sido un placer hablar contigo, Bill.

—¡Eh, eso tendría que decirlo yo!

Después de esa animada charla, Black volvió con los demás y yo seguí nadando y tomando el sol como una tortuga en una playa. Comencé a pensar en la fascinante historia del bisabuelo de Black y en la de él mismo y mi hermano, su encuentro tan desafortunado y en la protección de mi amigo de piel oscura, las órdenes que cumplía a rajatabla cuando Tom se las ordenaba. Entre ellas estaba protegerme. Lo sabía porque siempre que Tom salía de casa, me dejaba dos números de teléfono. Uno era el suyo, que me sabía de memoria y el otro era el de Black. “Pídele lo que quieras y si tienes algún problema, llámale, estará cerca.”

Me preguntaba cómo lo hacía para controlar a tantas personas con tanta simplicidad. Era agresivo. Era peligroso, sí, pero ¿tanto como para que todo el mundo lo obedeciera sin rechistar? No. Había algo más, una especie de fidelidad ciega hacia mi hermano, como si hubiera hecho algo muy gordo y todos se lo agradecieran y para ello, le obedecieran. Como los mosqueteros protegiendo a su rey. Me preguntaba por qué.

Mierda… yo, el simple amante que caminaba entre las sombras, un siervo, había dejado en evidencia al rey delante de todos sus súbditos y encima, diciendo mentiras.

En realidad, Tom no estaba rasurado, por supuesto que no. Con un pelo que le toque, amenaza con raparme la cabeza, pero algo había pasado. Recordé vagamente la escena de hacía poco menos de una semana, cuando volví de trabajar a las dos de la tarde, muerto de hambre. Había tenido un día estresante y cuando llegué a casa, la cocina estaba sucia, los platos en perfecto desorden sobre la mesa y sin lavar. Bagoas había desaparecido, Hantaro olía mal y Scotty me pedía a ladridos que lo sacara, ¿y dónde estaba Tom? Encerrado en nuestro cuarto, durmiendo como un tronco. Me desquicié, corrí hasta el cuarto de baño y sin atender a razones, cogí una cuchilla de afeitar y estuve a punto de cortarme el brazo que poco a poco, se curaba. Pero claro, si lo hacía, tendría que volver a llevar camisetas de manga larga en verano y Tom se daría cuenta en seguida de que me había vuelto a cortar, así que paré a tiempo. ¿Qué hice? Me quité los pantalones y los bóxers y sentado en el borde de la bañera, me corté los muslos. Me quedé tan tranquilo y satisfecho, que estuve a punto de dormirme allí mismo, con una morriña tremenda y cuando empecé a limpiar la sangre con agua, Tom me tapó los ojos con las manos.

En ese momento, la vergüenza volvió a mí. Me dio un susto de muerte y no era para menos.

—Vaya, vaya, así que incumpliendo tu promesa. Muy bien… como veo que no te importan una mierda mis consejos, tendré que castigarte para que no vuelvas a hacerlo. — y el castigo funcionó. Todavía no he cogido algo afilado desde entonces.

¿Qué hizo? Me vendó los ojos, me ató las manos a la espalda, cogió la cuchilla de afeitar y… sí, exacto… con cada pasada de la cuchilla sobre mi entrepierna, me estremecía de miedo y humillación. Tom decía continuamente que no tenía buen pulso, que como me moviera lo más mínimo o intentara cerrar las piernas, tal vez ocurriera un accidente y cortara algo que no deseaba cortar. Tuve que mantenerme con las piernas abiertas de par en par hasta que terminó y el desgraciado se tomó su tiempo y algo más, entre comentario obsceno y alguna que otra lamida a mi más que flojo pene (¿quién se excitaría en una situación así?). Luego, para rematar, se masturbó sobre de mí y cuando se corrió encima de mi pecho, me dejó en el baño con una sonrisa de oreja a oreja. Colocó las cuchillas de afeitar encima del lavamanos.

—Si vuelves a coger las cuchillas me inventaré un juego más humillante. ¿De acuerdo? Por mí estupendo, así que te las dejo ahí. Espero que las utilices, de verdad, me encantaría. — luego, se fue.

Naturalmente, no las había vuelto a tocar. Tom era listo. Sabía que si me retaba a hacerlo, si hacía como que no le importaba que lo hiciera, como si de hecho, quisiera que me cortara, yo no lo haría solo por no darle ese placer.

Caminando de vuelta hacia el lugar de “acampada”, se hizo de noche. Perdí la visión momentáneamente, pero tuve la suerte o la desgracia del comienzo de una lluvia de truenos y rayos que me dejaron ver lo que tenía delante. El rugido de los truenos asustaba a Scotty, que gemía y temblaba detrás de mí. Era imposible llevarlo en brazos con su peso, así que le obligué a avanzar arrastrándolo por el collar y hablándole con tranquilidad, para que supiera que no ocurría nada grave.

Todavía no había empezado a llover, pero las nubes no tardarían en descargar.

A lo lejos vi luz. Alguien había encendido una hoguera enorme en mitad del caminito de tierra y un montón de figuras la rodeaban, gritaban y saltaban a su alrededor. Solo podían ser ellos, así que me encaminé hacia allí. Un rayo iluminó el lago y vi una sombra solitaria acercándose, apareciendo de la nada, caminando por la orilla. Scotty y yo nos detuvimos y la sombra nos imitó. Me asusté y me quedé paralizado.

Otro rayo iluminó la escena y reconocí al desconocido.

—Tom.

—Vamos. — me hizo un gesto seco con la cabeza, por lo que supuse que aún estaba enfadado. Corrí hasta su lado y los tres caminamos hacia el fogón que resplandecía por toda la arena.

—¿Me estabas buscando? — pregunté.

—Hum…

—Es de noche.

—Y tú todavía no habías vuelto. Pensaba que te habías ahogado o algo así. — sonreí, halagado.

—¿Estabas preocupado por mí?

—¿Por quién? ¿Por el tío que me ha llamado maricón delante de mis colegas? No.

—Perdón.

—¡Bah, cállate! — andamos en silencio. Tom seguía cabreado. Una lástima, porque tenía ganas de cogerle de la mano en aquel ambiente tétrico. El paraíso había perdido su esplendor.

La historia de Black aún me rondaba por la cabeza. La obsesión de los Encadenados por seguir a su líder en todo y a todos lados, por defenderlo y obedecerle, por agradecerle en silencio algo que él había hecho, algo desconocido para mí, pero no para ellos.

Llegué a una conclusión definitiva. Tom era bueno, de verdad y la única prueba era la actitud de los Encadenados hacia él. ¡Nadie que no le debiera algo gordo le perdonaría tanta autoridad y altanería! Tom era bueno. Black también lo había dicho y yo le creía.
Al fin y al cabo, alguien que se preocupa tanto por su hermano no puede ser mala persona.

—Tom. — le llamé, deteniendo el paso hacia la hoguera. Noté el agua del lago mojándome los pies descalzos, caliente y oscura. Mi hermano se detuvo y con los ojos tan entrecerrados que no dejaban ver más que un par de finas rendijas, me miró.

—¿Qué quieres ahora? — preguntó de mala gana.

—Nada.

—¿Nada? ¿Por qué te paras entonces?

—Es que…

—Es que ¿qué?

—Es que cada día me gustas más. — solté con tanto desparpajo del que fui capaz. En realidad tuve que agachar la cabeza por el bochorno, para huir de la expresión inquisitiva de mi hermano. Tom se volvió y se cruzó de brazos delante de mí.

—¿A qué viene eso?

—Black me ha contado cómo os conocisteis y… creo que me gustas mucho más por eso. Mucho, mucho más.

—¿Cuánto es eso?

—No lo sé. Mucho.

—Pensaba que odiabas la violencia. ¿Es que Black ha adornado el relato?

—Me ha contado lo de la cruz gamada de aquel agente de policía.

—Hum… ¿y te gusto más, mucho más por eso?

—…Me derrito de lo mucho que me gustas. — reconocí. Deseé poder ver su expresión, pero la luna estaba oculta tras las nubes oscuras que se cernían sobre nosotros y solo pude detectar un débil movimiento. Al menos, él tampoco podía ver cómo me retorcía de vergüenza.

—¿Me dices eso porque quieres que te perdone o porque quieres que te folle? — noté el ligero cambio de su voz, más bajo, más sosegado, menos a la defensiva.

—Lo digo porque… porque es verdad.

—Pero mira que eres idiota. Un romántico e incomprendido idiota. — me mordí el labio inferior con algo de rabia. No sabía de qué me sorprendía al no recibir la respuesta esperada. Un “tú también me gustas mucho, te quiero” o algo así. Por supuesto, Tom no decía esas cosas, pero yo aún las seguía esperando con paciencia y determinación.

No pude evitar sentirme decepcionado por su insensibilidad.

Decidí que quería llegar cuanto antes con los demás para romper aquel incómodo silencio que se había formado entre los dos. Ricky y yo nos quejaríamos de lo capullos que son los tío y luego me sentiría mucho más tranquilo y menos abochornado, pero cuando emprendí la marcha otra vez, Tom me agarró por la cintura sorpresivamente y me empujó contra su cuerpo hasta que mi cabeza chocó contra su hombro desnudo y mi pecho contra el suyo. Sentí cosquilleos por la espalda, justo por donde él desplazaba su mano callosa y áspera, rozándome las puntas del pelo.

—Seguro que pensabas que te diría algo como, tú también me gustas mucho o, te quiero, Bill. Pero como no lo he dicho, ahora te sientes decepcionado. — no respondí. Había dado en el blanco. Me dio un ligero tirón del pelo hacia atrás para que apartara la cara de su hombro y yo lo hice. Me negué a mirarle a la cara y agaché la cabeza hacia el suelo. — ¿Cuánto te he dicho yo que te quiero?

—Nunca.

—¿Y que me gustas?

—Pocas veces.

—¿Cuántas veces crees que le he dicho a Andreas que me gusta? ¿Y a Ricky? ¿A alguna de las chicas con las que me he acostado, a Aaron? — negué con la cabeza. No lo sabía. — Si se lo preguntas a ellas ¿qué crees que te dirán? — no hacía falta preguntar. Yo ya sabía la respuesta porque todos me decían siempre lo mismo sobre Tom.

—Que eres arisco, orgulloso y que nunca serías capaz de decir algo como “me gustas mucho”

—Ese es mi Muñeco. — aunque fuera la única persona del mundo a la que le dijera cosas así, seguí seguía sin convencerme. Podría hacer el esfuerzo aunque solo fuera una vez ¿no? Solo una. No pedía tanto. Derek me lo había dicho muchas veces y de Tom no había oído nada que se le pareciera, nada igual de sentimental que el “Te quiero” que Derek me había regalado cuando cogí aquel autobús hacia ninguna parte.

Reticente, dejé que Tom me cogiera la mano y enredara sus dedos en torno a los míos, se inclinara para besarme abrazándome por la cintura y…

—Me gustas mucho, Bill. — dijo, justo antes de abrir los labios y besar los míos con su lengua. Esa respuesta me sorprendió tanto que ni siquiera abrí la boca para que él pudiera entrar. La mantuve cerrada, observando sus párpados cerrados con ojos muy abiertos. Noté la insistencia de aquel mudo músculo suyo haciendo presión sobre mis labios, pero yo le negaba el paso y noté como Tom se impacientaba y entreabría los ojos con cierto coraje. Podía notar la tensión de sus músculos y la mandíbula apretada cuando se apartó de mí.

No le dejé.

Me abracé a su cuello y con los labios abiertos y la lengua buscando su mojada cueva, me encaramé a él y le besé la boca. Tom me agarró de la nuca al momento y me apretó contra su cuerpo. Fue un milagro que no me empalmara, porque me morreó la boca de una manera bárbara. Prácticamente me la comió, porque de lo ansioso que nos pusimos, nos mordimos los labios, pero sin hacernos daño.

Quizás a una chica la forma de besar de mi Tom le pareciera algo pegajosa y demasiado húmeda, pero eso era porque la saliva de Tom les daba asco. A mí me encantaba sentir como conquistaba el territorio de mi boca con la humedad de su lengua y eso fue lo que hizo, una vez más. Respirábamos dentro del otro, tomábamos su aliento y luego, volvíamos a empezar con una nueva postura y un pequeño giro de cuello para encajar aún mejor en los labios contrarios.

Cuando nos separamos, con la respiración entrecortada y los labios mojados, apreté las rastas sueltas de su cabeza con la mano.

—No te las cortes… nunca. — murmuré entre suspiros.

—Si lo hago ya no tendrás donde agarrarte cuando te corras. — se burló. Su pecho chocaba contra el mío, llenándose y vaciándose con ansiedad. Nos restregamos los labios en varios besos sin utilizar la lengua apenas y me regaló un sonoro beso en la mejilla cuando giré la cabeza hacia la hoguera y el círculo formado por mis ahora amigos.

—Media hora. — dijo Tom besándome el lóbulo de la oreja. — Media hora y nos vamos tú y yo. — Scotty, como si hubiera entendido la conversación, empezó a restregar su pelaje amarillento por mi pierna desnuda.

—¿A dónde?

—A donde tú quieras.

—Ni un minuto más. — nos separamos, pero no soltamos nuestras manos ni por un momento. — Pero bésame otra vez.

—Hum… te mimo demasiado. — y volvimos a emprender la marcha, besándonos en la cara sin ningún disimulo. Total, era de noche y a lo lejos era imposible ver nada.

Cuando estuvimos cerca de la hoguera, a escasos veinte metros, me detuve y solté la mano de Tom. Observé la fiesta de los Encadenados, totalmente ajena a lo que yo me esperaba de ellos en ese momento, algo como alcohol, música, risotadas enormes, bailes, saltos, drogas y todas las obscenidades que se me pasaran por la cabeza. Pero no había nada de eso.

Era el momento del romanticismo y del cariño, de los besos y los abrazos. La mayoría de los allí presentes tenían pareja y alrededor de la hoguera, se acurrucaban entre ellos, se abrazaban para evitar el frío de la noche o simplemente, para sentirse cerca. Un ejemplo claro de ello eran Kam y Heidi, que tumbados en el suelo se abrazaban y observaban las llamas lamer el cielo. Ricky y Andreas habían recuperado la amistad. Hablaban y se reían muy pegados el uno al otro. Algunos, como Aaron, simplemente prestaban atención a las conversaciones de los demás, pero eso me daba igual. Él no tenía pareja. Yo sí.

Tenía, pero no podía acurrucarme con ella alrededor de la hoguera, ni besarle, ni abrazarle, ni decirle cualquiera de las cursilerías que Sabela podía estar diciéndole a Black en aquel momento. Aunque Tom y yo acabáramos de tener nuestro momento romántico, me sentí cohibido observando toda aquella muestra de cariño que yo debía guardarme dentro, en un rincón oscuro, fingiendo que no existía.

Retrocedí. Mi novio se detuvo y me miró.

—¿Qué haces?

—No quiero ir. — Tom se volvió y observó a sus compañeros.

—¿Por qué no?

—Porque no. — Kam y Heidi se estaban besando como locos enamorados sobre la arena y Tom suspiró, llevándose una mano a las largas rastas aún libres sobre su espalda. — Andreas tenía razón.

—¿Y tú qué sabes?

—¿Lo sabes tú?

—Solo hay una manera de averiguarlo. — y me tendió la mano, esperando que se la cogiera otra vez. No podía creer que me propusiera semejante locura y negué con la cabeza, echándome hacia atrás.

—Ni hablar.

—Ni hablar ¿qué? Si tanta rabia te da ver a estos capullos besándose delante de nosotros, haremos lo mismo.

—No. — Tom rió al verme retroceder todavía más.

—Pídemelo y te juro que te tumbaré en mitad del círculo, te besaré hasta quedarme sin lengua y si quieres, hasta te haré una mamada. Sabes que lo haré.

—Precisamente por eso… me voy. — Tom era un inconsciente y al verle tan despreocupado, tan altanero, tan como siempre, me sentí frustrado de nuevo. Él podía haber pasado por el doble o triple de barbaridades que yo, pero aunque hubiera perdido el miedo debido a tantos palos que le había dado la vida, yo aún lo mantenía. Imaginarme otro rechazo, otros insultos y maneras humillantes de decirme enfermo me ponía, efectivamente, malo. Pero eso Tom no lo comprendía, claro que no. Con solo levantar la mano, la gente caía a sus pies muerta de miedo. Ojalá yo tuviera semejante poder.

—¿Te vas? Estás más arisco de lo normal ¿no? Venga, acurruquémonos alrededor de la hoguera. Te dejaré que me digas cursilerías al oído. — me mordí el labio inferior, luchando por no soltarle otra borderia. Noté su mano aferrarse a mi hombro con fuerza y me puse tenso como un palo. — Oye… desde esta mañana no nos hemos visto en todo el día y se supone que te he traído aquí para que estemos juntos… bueno… quiero que estar contigo y punto, alrededor de la hoguera, cerca de mis colegas o lejos, me da igual, pero contigo a mi lado, ¿entiendes? Si quieres, nos vamos. — Tom ya no sonreía, de hecho me pareció ver un diminuto brillo de color en sus mejillas. Estaba poniendo la misma cara de “Me siento como un gilipollas” que ponía cuando venía a verme a la pastelería y se pedía un batido de helado que no le gustaba solo para observarme. Él siempre tiraba el batido en una maceta en la que había plantado un enorme girasol de plástico, situada al lado de su silla, y yo lo sabía. Se quedaba horas bebiendo o fingiendo beber batidos y observando la televisión de plasma instalada en la pastelería. Veía lo que le ponían, incluso programas del corazón que aborrecía, aunque en realidad no le prestaba la más mínima atención a la tele. En cuanto me giraba hacia él, fingía estar muy interesado en el programa que echaban, pero a través del espejo y la vitrina de cristal podía ver perfectamente como Tom se me quedaba mirando fijamente durante largos minutos (una vez, conté veinte). También se inventaba comentarios curiosos e irritantes para molestarme y hacer que le prestara atención mientras trabajaba.

—¿Serías capaz de hacer eso? ¿De verdad? ¿Por mí? — pregunté. Sentía vergüenza y cierta vulnerabilidad y tuve que agachar la cabeza ante su sonrisa segura.

—¿Enseñarle a todos mis colegas que me gusta mi hermano gemelo? Sí, ¿por qué no?

—Hum… ¿Y no te da vergüenza?

—¿Debería? En realidad lo hago para presumir. No soy idiota, como si no supiera que la mitad de mi pandilla te desea y el hecho de que seas mío y que no pueda decirlo me pone negro, Muñeco, te lo juro. — me lo pensé seriamente. Pensé en Ricky, en qué pensaría si se lo contaba. Aaron había reaccionado bien, más o menos. No parecía considerarme un enfermo, aunque sí un rival. De los demás no sabía qué pensar. Aunque agachaban la cabeza delante de Tom… ¿y si le daban la espalda por esto? ¿Y si le traicionaban? ¿Y si los Encadenados se disgregaban por tener un líder con esas… “tendencias”?

—No sé, Tom. No sé si… — de repente, me abrazó. Apoyó las manos en mi cuello y juntó nuestras cabezas de una manera muy suya.

¿Cómo podría describir los movimientos de Tom cuando me rodeaba? Eran sobreprotectores, fraternales, tiernos, pero demasiado bruscos y fuertes como para no inquietarme. Era como si le interrumpiera en plena sesión de tortura y abandonara ese martirio para seguirme, por lo que cuando me abrazaba, me besaba o me hacía el amor, le costaba un poco tranquilizarse, adaptarse a mí, olvidarse del látigo y los puños para coger una pluma y una florecilla y tratar de acomodarse a la delicadeza con la que tenía que tratarlos.

En ese momento, seguía en esa fase de tensión, de adaptación a la suavidad y pulcritud. Le costaba horas enternecerse.

—Y si te digo que yo te protegeré, ¿me dejarás mostrarle al mundo lo mucho que me gusta jugar con mi Muñeco? — temblé y agarré con fuerza las manos que rodeaban mi cuello. Cerré los ojos cuando Tom se inclinó y me besó la frente. Tenía los labios fríos y ásperos, húmedos por lo ocurrido minutos atrás, como siempre y el contacto con mi piel me provocaba calor y deseos de que besara más, en más sitios y utilizando su saliva.

“En la boca, Tom, en la boca y luego… más abajo.”

—¡Ooooooooohhhhh! ¡Atención a los cariñitos fraternales de nuestro líder! — me tensé tanto al oír el grito, que me mareé. De repente, noté todas las miradas de los allí presentes clavadas en mi nuca y me flojearon las piernas. Tom dejó de besarme la frente y soltó una carcajada histriónica.

—¿Celoso, capullo? — sugirió, rodeándome los hombros con una mano y pegándome a su pecho. Me entraron ganas de acurrucarme en él como si fuera un animalillo asustado.

—¡No puedo negarlo, celosísimo! ¿Sabes una cosa, Tom? No es por ofender, pero si yo tuviera un hermano gemelo como el tuyo, me lo follaba. — soltó Hippie, con todo su desparpajo y todo el mundo empezó a reír, incluido Tom.

—Supongo que no serías el único, Pelos Largos. — soltó Aaron con una clara ironía, poniéndome aún más tieso.

—¡Pues no me extrañaría nada! Estáis siempre tan pegados, que más que hermanos parecéis novios, cojones. — secundó Ricky y yo me encogí y miré a Tom suplicante. Ya no quería intentarlo, ya no quería probar suerte porque sospechaba que perdería.

—Tom, déjalo, por favor… — murmuré. — Suéltame… — una de dos. O no me escuchaba o me ignoraba y por la manera en la que me agarraba, con mucha más fuerza al ver que no quería seguir adelante. Apostaría por la segunda.

—¡Ah, como esa vez en la que os pillé durmiendo juntos en pelotas! Cuando os vi en la cama me preocupé, os lo juro. — me horroricé y un borbotón de arcadas treparon hasta mi garganta cuando Ricky habló de aquella vez, aquella noche en la que me quedé a cuidar de Tom después de su desmayo repentino en plena calle, los dos desnudos y medio abrazados. Me estaba entrando el pánico.

—Tom, déjame… — Tom aflojó el agarre, pero bajó una mano hasta mi cintura y volvió a apretar, riéndose en compañía de los demás.

—¿En serio? ¿Dormís juntos en bolas? — preguntó Hippie, acercándose hacia nosotros descojonándose de risa.

—¡Sí, es verdad, todas las noches, en pelotas!

—¿En serio?

—¡Te lo juro! — miré a mi hermano con la barbilla temblorosa.

—¿Qué haces, Tom? — susurré, tan bajo que no me extrañaría que esta vez no me escuchara.

—¿De verdad, Bill? — otra pregunta, ahora dirigida hacia mí. Los ojos volaron hasta mi cara. Kam dejó de besar a Heidi y ambos se me quedaron mirando con una sonrisita de enamorados que no podían con ella, regalándose besos húmedos en la piel de los hombros.

Aaron alzó una ceja y movió los labios. “¿Qué haces, loco?” dijo.

Andreas me miraba, muy serio y yo me concentré en esa mirada rencorosa tan llena de rabia y pensamientos calculadores.

—No. — negué. — Claro que no. — se me hizo un nudo en el estómago al responder. — Dormimos en camas separadas y… y vestidos.

—¡Oh, coño, pero di que sí, Bill! Síguenos el rollo, anda. ¡En primicia, una relación incestuosa nada más y nada menos! — chilló Hippie. A mí no me hacía gracia la broma y por la forma en la que Tom me miró en ese momento, para él también había dejado de tener gracia. Me apretó aún más la cintura, pidiéndome una explicación y yo me encogí de hombros. — Pero bueno, no seáis aguafiestas, venga, decid algo. Haced una declaración para los barrios bajos, si nosotros os vamos a querer igual. ¡Venga, una palabra llena de amor de los gemelos incestuosos para el público, por favor! — Hippie extendió el puño hasta mi cara a modo de micrófono. Giré la cabeza con desdén, aún tiritando de nervios. — ¡Oh, Bill, pero qué arisco eres! ¿Y qué dice el Capitán Tom? Venga, le quieres ¿no? Admítelo, tu hermanito te ha llegado a la patata como a todos nosotros ¿verdad? Es que es adorable, mira qué pelito tiene, y qué ojos tan brillantes, y ese cuello tan fino de cisne, con una piel tan blanquita como la Cenicienta. ¡Y esas manitas tan finas! — noté como Hippie me agarraba de la muñeca para hacer la gracia y sentí presión en la cicatriz. Me volví, espantado y vi como el bufón de los Encadenados fruncía el ceño al sentir la deformidad en la piel. — ¿Qué es esto? — ¡Mierda, me había olvidado las muñequeras al quitármelas para darme un baño!

—¡EH! — pero no tuvo tiempo para criticar. Me soltó enseguida, antes de que pudiera detectar de qué se trataba aquella relevante marca. ¿Por qué? Bueno, quizás el brutal empujón que lo envió directo al suelo por parte de Tom tuviera algo que ver.

—¡Arg! — se quejó Hippie al caer al suelo. Las carcajadas pararon al momento cuando Tom me soltó y avanzó amenazante hasta su compañero de juergas, que se encogió por la sorpresa. Se agachó, lo agarró por el cuello de la camiseta y gruñó, como un animal salvaje:

—¡No toques a mi hombre!

—¿Tu hombre?

—¡Eh, eh! Venga, Tom, que solo era una broma. — Kam, más cuerdo que nunca, se interpuso entre los dos con las manos extendidas. Le dio un leve empujoncito a Tom para alejarlo de Hippie y mi hermano bufó, soltándolo. — Estábamos de coña, Tom, no te enfades.

—¿De coña? Un poco más y me rompes la nariz de coña, tío.

—Eso te pasa por pasarte de gracioso. — tragué saliva. Andreas habló y por como seguía mirándome, supe que pretendía meter cizaña en la situación. — No puedes meterte con el Muñeco, Hippie. Si lo haces, Tom te matará. ¿Es que no ves que es su favorito? Sí, su… ¿cómo ha dicho? Su… hombre favorito.

—Eso no es… — intenté hablar, pero mi hermano se carcajeó con desprecio.

—Sí, es verdad. Todo el mundo sabe cómo pasaste de ser tú el favorito a ser él, aunque si a mí me preguntaran diría que no vales ni para lamerle los pies.

—Eh ¿Queréis dejarlo ya? Tom, ¿qué coño te pasa? Es tu hermano, deja que se defienda solo.

—Ricky, tú aquí ni pinchas ni cortas, así que ¡cállate!

—Oye, no le hables así a mi hermana.

—Y vosotros no me toquéis los huevos.

—¡Deja de comportarte como un puñetero macho defendiendo a su hembra preñada!

—¡Ja, es que a lo mejor soy un macho defendiendo a su hembra, gilipollas!

—Por favor, Tom, menos incógnitas y más tranquilidad ¿vale? Tranquilízate. Estamos de vacaciones, bah, no lo estropeemos.

—Yo no estoy estropeando nada. Defiendo lo que es mío y punto. No os metáis en mi camino.

—Tom… déjalo… — la siguiente voz sonó sosegada, preocupada más bien. Sabela tenía una voz suave pero imponente que hizo que Tom callara y el crepitar de las llamas de la hoguera se convirtiera en lo único que se oía en la noche. Con la cabeza gacha y el pelo oscureciéndome la visión, pude percatarme de que la atención de todos había vuelto a recaer en mí. Vi las piernas de mi hermano dándose la vuelta y caminar hasta situarse frente a mi cuerpo, dejando escapar un murmullo lastimero.

—Eh, Muñeco… eh… — murmuró, y ahí se quedó, mudo.

—Te ofendes con mucha facilidad, Bill. — dejó caer Andreas de nuevo, más irritante de lo normal.

—Cierra la boca, rubia.

—Qué coñazo estás hecho desde que él llegó, Tom. Joder, no has dicho nada que no sea verdad ¿no? Es tu hembra. Como si no nos diéramos cuenta de que se te cae la polla cuando lo tienes delante.

—Andreas, ¿quieres cerrar la boca? Solo son hermanos, déjalos en paz. — gruñó Aaron. Probablemente me hubiera reído al ver al Príncipe defenderme, pero no hice más que morderme el labio, rabioso.

—Bueno, hermanos, hermanos… no es eso lo que el Capitán ha dicho, precisamente.

—¡QUE TE CALLES! — tronó Tom y su autoridad me sacó de quicio. Ese simple mecanismo de defensa derramó el vaso repleto de escasa paciencia otra vez.

No pude controlarme. Cualquier persona se sentiría querida siendo protegida por su amante, pero aunque yo no podía negar que una parte de mí lo apreciara, también me sentía débil y con el orgullo nuevamente rebajo a la nada. Tom tomaba demasiadas decisiones por mí y eso me mataba y, encima, que se atreviera a hacerse el macho delante de sus amigos enseñándome como un trofeo… eso sí que no lo aguantaba.

Me sentí profundamente humillado ante sus palabras de “macho defensor de su hembra”.

—Cállate tú. — gruñí, apartándome el pelo de la cara para ver. Tom me observó con el ceño fruncido y aunque sabía que estaba tentando a mi suerte (ya había dejado en evidencia a mi hermano demasiadas veces en un día) alcé la mano y le regalé un guantazo digno de ver, en plena mejilla. Fue un golpe a conciencia en el que concentré toda mi fuerza. Sonó sobre el crepitar de las llamas e hizo que Tom girara la cara hacia un lado y casi se tambaleara por la sorpresa. Casi. A pesar de que una marca roja brillante quedó impresa en su cara, no conseguí hacer que retrocediera ni un centímetro.

Tom se volvió enseguida con una expresión funesta y malhumorada.

—¿Por qué has hecho eso, Muñeco? Con tantos golpes bajos se me va a acabar escapando una hostia, y de las buenas. ¿Es eso lo que quieres, puto masoca?

—¡Quiero que no vuelvas a humillarme así en la vida, macho de mierda! — grité y con los nervios crispados, olvidándome del castigo que Tom me impondría por intentar cortarme otra vez, me di la vuelta y salí corriendo en dirección contraria a la de los demás Encadenados, rumbo hacia la oscuridad, hacia los árboles que se extendían lejos de la orilla. Scotty empezó a ladrar, pero no se movió del lado de los perros de Aaron, tumbándose junto a ellos.

Empezó a chispear.

—¡BIIILL! — gritó Tom, furioso.

—¡Mierda, está lloviendo!

—Voy a por él.

—¡No! Voy yo. — oí como Ricky y mi hermano se peleaban por ver quién correría detrás de mí y luego, escuché a la perfección la voz de Andreas con una última frase odiosa.

—Vaya… y pensar que en tus buenos momentos le habrías roto un brazo a cualquiera que se hubiera atrevido a levantarte la mano… como decía… te estás volviendo un blando.

¡Arrrgggg! ¡Pero qué asco de Andreas, con lo bien que me había caído al principio!

¡PUUUMM!

A unos cincuenta metros de distancia, me detuve al oír el grandioso estruendo. Me di la vuelta y observé con la boca abierta como Andreas yacía en el suelo, con la mano en la cara y dejando escapar algún que otro gemido de dolor. El brazo de Tom, musculoso y potente, latía alzado por encima de su cabeza.

—¡Coño, Tom, qué bestia!

—¿Y ahora qué? ¡¿Te parece eso lo suficientemente blando, mamonazo?! A ver si te enteras, ¡tú y los demás! ¡ES MI HOMBRE Y SOLO LE PEGO Y LE GRITO YO! — ¡Otra vez! Tom no aprendía nada, era un negado para entender los sentimientos de los que le rodeaban y más aún, lo míos. ¿Tan difícil era entender que no quería que me tratara como una posesión, como su novio delante de los demás? ¡Actuar discretamente como si fuéramos simples hermanos! ¿Tan difícil era eso?

Por lo visto, sí.

De hecho, para más inri, se volvió como si fuera una pantera y mirándome (no sé cómo podía verme con tanta oscuridad), me señaló con el dedo y gritó:

¡Y tú, corre, porque voy a por ti! — y enseguida, un amasijo de rastas furiosas empezaron a correr a toda velocidad a por mí… y como es normal, yo salí por patas muerto de miedo y empecé a contar las horas o los minutos que tardaríamos en reconciliarnos otra vez.

¡Sabía que había tentado demasiado a mi suerte esa mañana!

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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