
Si no conseguía tirar a Tom al suelo y demostrarme cuánto había crecido, cuanto había madurado, no podría volver. Todavía no era un hombre y serlo era lo que más deseaba ahora.
Corrí, me agazapé y embestí. Tom se hizo a un lado tan pronto como me abalancé sobre él. Frené para no caerme encima de las rocas y rodar hasta el agua. Me di la vuelta y lo intenté otra vez, ahora, con los brazos abiertos para agarrarme a su cuello. Tom se agachó y retrocedió. Ni le rocé. Me arrojé encima de él de un salto y conseguí apresarlo por el cuello.
Cuando intenté tirarlo al suelo, empujándole la cabeza hacia abajo desde la nuca, no se movió ni un centímetro. Empujé con más fuerza, gruñendo de rabia, pero él siguió tieso como una estatua.
—Peso demasiado, Muñeco.
—No es el peso.
—No, no es el peso.
—¿Qué es entonces, por qué no puedo tirarte?
—Es la calle. No puedes tirarme por culpa de la calle.
—¿De la calle? — Me agarró los brazos con los que le rodeaba el cuello y los apartó. No supe cómo lo hizo, pero al ejercer tanta fuerza sobre algo que de repente, desaparece, con un ligero empujoncito en la espalda caí al suelo de boca. Estaba húmeda, así que no me hice daño, pero sentí un raspón en el estómago al girarme para mirarle.
—Quizás dentro de unos años en Stuttgart lo consigas. No te lo tomes como algo personal de todas formas. Es normal que no puedas conmigo. Con los atracadores de la pastelería sí pudiste ¿verdad?
La semana pasada, en el único turno de noche que hice, cuando Adam y yo nos preparábamos para cerrar la pastelería sobre las dos de la mañana, dos atracadores con máscaras de animales entraron en el recinto y amenazaron a Adam con puñales. Yo estaba en el baño, así que hasta que no salí de allí no fui consciente de lo que pasaba. Cuando vi tras la esquina del vestuario como Adam, con mucha tranquilidad, abría la caja registradora para entregar el dinero y sacaba el cuchillo del horno sin que los atracadores se dieran cuenta, yo anduve a gatas hasta su lado (sin que ellos repararan en mí) y cogí el extintor de incendios. Lo abrí y en un arranque de valor, aparecí por detrás de la vitrina y apreté el gatillo. Cuando los dejé sin visión por la espuma, Adam se les tiró encima, les quitó los puñales y yo estrellé el extintor contra la cabeza de uno de ellos. Salieron corriendo, entre cojeras y tambaleos, sin el dinero y sin los puñales.
Cuando por fin cerramos la pastelería, descubrí a Tom esperando en la puerta con una sonrisa autosuficiente.
“Fantástico, Muñeco”
“¿Lo has visto?”
“He estado aquí todo el tiempo, observando”
“¿Y por qué no has entrado a ayudar? Podrías haberlos tumbado por la espalda”
“Podría, pero quería ver qué hacías tú”
“Podrían haberme matado”
“Es un riesgo con el que hay que lidiar si eres un habitante de los bajos. Aun así, ha sido genial verte en acción”
“Pues a mí no me ha hecho ninguna gracia”
“Te ha gustado pegarle, ¿verdad? Te ha gustado estrellar el extintor en su cara ¿no? Oír crujir los huesos del enemigo”
“…”
“Solo tú podrías ser mi amante… y mi hermano.”
Esas palabras dan vueltas a mi cabeza en sueños.
—¿Sólo yo podría ser tu amante? — pregunté.
—Si te golpeo no lloras y me devuelves el golpe, si te grito, lo aguantas y me respondes. Llevamos casi un año juntos y sigues aquí, entero y arreglado, tan puro como el primer día. Sólo tú y nadie más que tú podría ser mi amante y por eso no tengo intención de dejar que un cualquiera lo amenace o me lo quite y, ahora… — Tom se inclinó, haciéndome un gesto con el brazo para que me levantara. — Mi amante no se quedaría tumbado, rindiéndose ante mí. — me tendió la mano y yo la rechacé con un manotazo. Me levanté de un salto, con energías renovadas y me alcé sobre el suelo.
—No quiero que me protejas. Algún día me haré tan fuerte como tú y cuando lo consiga, podré volver a casa. — Tom no hizo ningún comentario, pero dejó escapar un gemido cargado de desdén. — ¿Lo has entendido? Algún día volveré a casa y me haré respetar. Seré un gran hombre, fuerte, independiente y capaz de tomar sus propias decisiones y cuando eso pase… tú te sentirás orgulloso de mí.
—¿Y por qué debería sentirme orgulloso de ti? ¿Qué te hace pensar que no lo estoy ya?
—Soy débil y tienes que protegerme. Yo no soy el amante ideal para un matón sin escrúpulos como tú, pero algún día lo seré y cuando lo sea, volveré a Hamburgo y le enseñaré mi nuevo yo a los demás. Mamá… — siempre que pensaba en mamá se me formaba un nudo en la garganta. Ni aun tragando saliva conseguía hacerlo desaparecer, pero al menos ya no lloraba pensando en ella. Estaba avanzando. — Mamá también se sentirá orgullosa.
—Entonces no puedo perder… para no perderte a ti, Muñeco. — cuando volví a atacarle, él rechazó mis golpes y me los devolvió. Fue consciente por primera vez de lo mucho que mi hermano contenía su fuerza cuando estaba conmigo, su velocidad y sus reflejos. Me tiraba al suelo sin necesidad de tocarme y yo no lograba ni rozarle. No quería hacerme daño, pero al pillarle desprevenido en un golpe de suerte, me pegó un puñetazo en el estómago que me lanzó hacia atrás. Noté una ligera oscilación en el tobillo, un golpe contra el suelo y noté un “CRICK” que me hizo perder el equilibrio. Caí al suelo y me quedé tumbado alrededor de un minuto, sin aliento, con los ojos entrecerrados mirando al cielo. Llevaba un buen rato mojado, pero si aún había una mínima parte de mí que no albergara humedad alguna, la lluvia se ocupó de ella.
—¿Ya te has cansado? — preguntó Tom, dando vueltas a mi alrededor. Cuando intenté levantarme otra vez, más que sentir el dolor del estómago una molestia notable me aplastó el tobillo.
—Me duele.
—¿Te he hecho daño?
—Me duele el tobillo. Creo que me lo he torcido un poco. — Tom soltó una risotada.
—¿Te pego un puñetazo en la barriga con todas mis fuerzas y te quejas porque te duele el tobillo?
—¡Tu puñetazo no me ha hecho daño! No me duele… mucho. — bueno, dolía, sí, pero cuando intenté levantarme y apoyé el pie en el suelo, sentí bastante más dolor en el tobillo. Me atravesó la pierna de arriba abajo y tuve que apoyarme en el hombro de Tom para no caerme otra vez. Tom me rodeó la cintura con una mano y me guió hasta un árbol.
—¿Tanto te duele?
—Un poco al andar.
—Aguantas bien el dolor, Muñeco. No me extrañaría que en lugar de torcértelo te lo hubieras roto.
—Si me lo hubiera roto gritaría de dolor.
—No te quejas mucho cuando te pego.
—Tus golpes no son gran cosa, simplemente te lo tienes muy creído.
—¡Oye! Te estoy ayudando y te estoy entrenando, así que no me provoques. — me senté encima de una roca plana bajo la cual se retorcían las raíces del árbol. Aunque el agua seguía cayendo sobre nuestras cabezas, al menos la copa del árbol nos resguardaba un poco de la lluvia, que era tan potente, que hasta hacía daño.
Tom se arrodilló ante mí.
—¿Cuál es el pie?
—Este. — alcé el pie izquierdo y Tom me agarró el talón, doblándolo un poco. — Ah…
—¿Te duele?
—Es que eres muy brusco.
—Apenas lo he movido.
—Pues a mí me duele.
—Quejica.
—¡Hace un momento decías que aguantaba perfectamente el dolor! ¿Ahora no?
—Una vez el tobillo se me dobló hasta tocar el maléolo interno.
—¿El maléolo?
—Es el hueso que une el pie con la pierna. Me rasgué el tendón de Aquiles y me rompí parte del talón. — dirigí la mirada hasta su pie, por encima del hombro. No vi nada que se saliera de lo común en él y nunca había detectado ninguna cicatriz, pero claro, eso no significaba nada. Tom tenía muchas cicatrices difíciles de ver a simple vista y más, a oscuras.
—¿Cómo pasó?
—Estaba en el instituto, hacía frío, era invierno. El patio de juegos estaba escurridizo por la helada y teníamos prohibido acercarnos a él para jugar. Acababa de terminar los exámenes del primer trimestre y yo sólo quería salir de clase. Sobra decir que las advertencias me traían sin cuidado. Unos colegas me retaron a un partido de baloncesto y yo acepté. No llegamos al final. Cuando salté para tirar a canasta, se me escurrió el pie sobre la superficie congelada y aterricé sobre el lateral del talón. ¡Crack! La fractura sonó por todo el patio. Fue vomitivo. — entrecerré los ojos, intentando hacer sonar ese ¡crack! En mi cabeza. ¿Sería igual que cuando yo me rompí el brazo cayendo por las escaleras, justo después de mi momento de gloria? Era incapaz de recordar el dolor. Me mareaba intentando recordar la fractura abierta, el hueso astillado atravesando la piel y el músculo del brazo, la sangre a borbotones y el desmayo posterior. El dolor era insufrible.
—¿Lloraste? — pregunté y Tom hizo una mueca.
—No. Pero grité hasta que me quedé afónico. — abrí la boca para decir algo más, pero las rastas empapadas que le ocultaron la cara cuando bajó la cabeza para examinarme mejor captaron mi atención. Una de ellas cayó sobre mi pierna y encogí los dedos de los pies. Me hizo cosquillas. Alcé la mano y tomé una rasta entre mis dedos. La apreté. Tom no se movió, pero sabía que sentía la presión en el cuero cabelludo.
—Rastas. Me parecían una manera dejada y sucia de llevar el pelo. — mi hermano alzó la cabeza. No podía ver sus ojos, pero sabía que me observaba. — Eso fue lo que creía antes de conocerte, lo que pensaba. Las rastas son asquerosas. Aún me cuesta creer que haya cambiado tanto en tan poco tiempo. — me llevé la rasta a los labios y noté su aspereza besándome.
—Me las hice a los nueve años, Muñeco.
—¿Por qué rastas? ¿Por qué no otro estilo, por qué no de punta o…?
—Porque estaba harto de los piojos. — esa fue su cortante respuesta. — Tenía la cabeza plagada de piojos desde hacía años. No solo me picaba la cabeza, también la cara, los brazos, la entrepierna… tenía muchas infecciones en los oídos y en la orina, así que me rapé el pelo al cero y cuando me volvió a crecer lo suficiente, me hice esto. — bajó la cabeza hasta mi pie otra vez. Noté su aliento entre los dedos, frío y resignado. Apreté con más fuerza la rasta. — Tenías razón cuando pensaste que las rastas son sucias. — No. No la tenía. Lo que en aquel momento tuve solo era ignorancia y prejuicio.
Nunca pensé que algún día se me pasaría por la cabeza algo parecido pero… ¡Sentí auténtica lástima por mi yo antiguo, ese que solo se preocupaba por las marcas, la popularidad, la carrera y las chicas! ¿De verdad ese había sido yo? Lo veía tan lejano, tan prescindible y ridículo. Patético.
Sin darme cuenta me estaba perdiendo tantas cosas… Sentí lástima por aquellos que no las vivirían nunca. Por suerte para mí, yo las viviría a tiempo.
—Quiero saberlo todo, Tom. Quiero saber el por qué de cada cicatriz de tu cuerpo, el por qué de cada acto, malvado o bueno, todas tus aventuras, tus amistades, tus novias, tus polvos, tus sentimientos de desprecio, asco u odio… quiero saberlo todo de ti. Eso y más. Cuéntame cada cruzada, cada locura que has hecho, cada batalla. — su mano ascendió desde mi talón hasta la parte interior de mi rodilla, acariciándola más que examinándola. Aunque la molestia del tobillo seguía ahí, aunque sospechaba que se avecinaba una buena hinchazón, las manos de Tom me hacían ignorar el dolor y concentrarme en el tacto de su piel sobre la mía.
—¿Por qué quieres saberlo todo de mí? ¿Tan interesante te parece mi vida?
—Tan interesante como para besar a la muerte. — le enseñé las cicatrices de mi muñeca, que por supuesto ya no eran un secreto para él. Prácticamente me había hecho revisiones diarias durante las dos primeras semanas para ver si seguía cortándome. Nunca me había preguntado por esa cicatriz en concreto, pero era obvio el por qué estaba ahí. Tom tenía más tacto de lo que pensaba al no mencionarlo. — Una y mil veces. — Tom ignoró mi muñeca. La apartó de un manotazo y bajó la cabeza hasta mi pie herido aun más.
—¿Sabes? No me hace gracia que beses a otra persona que no sea yo, ni siquiera a la puta muerte. Así que te prohíbo que vuelvas a acercarte a ella, Muñeco. — sentí un cosquilleo en los dedos del pie y un gran ardor. Podría decir que la lluvia empezó a evaporarse a mi alrededor cuando Tom me besó justo ahí. Mi cuerpo comenzó a arder, a flamear, a temblar de puro calor. Me recliné hacia atrás sobre la roca cuando me obligó a alzar más el pie, a tensar la pierna. Me hizo daño en el tobillo por la bestialidad con la que me lo apretó y luego, lo lamió, desde el talón hasta la planta húmeda por la lluvia.
No se le veía la cara, pero era imposible no detectar la lengua ascender hasta mis dedos, rozándolos con la punta de la nariz. Me hizo cosquillas y me encogí de puro morbo y bochorno, casi tumbándome por completo sobre la piedra. Fue en un segundo. Me mordisqueó los dedos de los pies, me los aplastó entre los dientes haciéndome gemir de dolor y al momento, tenía una polla dura luchando contra la tela elástica de mi bañador, rascándola con la punta, suplicando que la dejara libre.
Tom jugueteó con los dedos en la boca, provocándome cosquilleos y espasmos. Yo intentaba encoger los dedos. Nunca me había tocado los pies, ni él ni nadie. ¡Nunca había pensado que ahí tenía un punto erógeno tan marcado! Y yo no fui el único que lo notó.
Dejé que Tom ascendiera por mi pierna con su mano libre hasta introducirla bajo la pernera de mi bañador. Noté como iba directo allí, a la ingle y tocando esta con la yema del índice, apretó la carne del muslo que la formaba. Yo no hice más que morderme el labio y cerrar los puños, con los ojos acuosos por la lluvia. Aunque no me estaba corriendo, sentí cierta humedad cargando el largo de mi polla de una manera que me hizo derretirme un poco más. Tom empezó a rozarme ligeramente la base del pene, plana, sin un maldito pelo. ¡Argg, me sentía como un extraterrestre sin el vello!
—Dura, dura, dura, dura… dura, dura, dura, dura… — le oí murmurar a Tom por lo bajo, sin dejar de mordisquearme el pie herido (aunque ya no me parecía que estuviera tan mal).
—Culpa mía… no es.
—Te excita que te toquen los pies… vaya… eres raro hasta en el sexo, Muñeco.
—Vete a… hip… — de repente, para vergüenza mía y burla de Tom, empecé a hipar. — mierda… ¡hip! — Tom soltó una risotada.
—¿Tanto te gusta? Te has quedado sin aliento Bill. ¡Qué Muñeco tan pervertido eres! — su lengua se paseó por entre mis dedos y apoyando la mano en la planta de mi pie, la excitación se evaporó dando paso a un borbotón de risas y espasmos repletos de cosquillas. Empecé a reír, a encogerme y a hipar, todo junto a la vez notando como me lamía los lugares más peligrosos, más sensibles. Me llevé la mano al estómago y empecé a caerme de la roca de la risa mientras agitaba las piernas.
—¡Suél… jajaja hip… suélta… me! ¡Jajajaja! ¡Cosquillas, cosquillas!
—¿Cosquillas? ¿Mi Muñeco tiene cosquillas? ¡Un punto débil por fin! Te voy a machacar, desgraciado caprichoso. — empezó a rascarme el pie sin compasión, apartando la mano de mi ingle y yo empecé a reírme tanto, que acabé en el suelo casi boca abajo, dando puñetazos sobre el suelo embarrado partiéndome de risa. Empezó a dolerme la barriga cuando me salpicó un montón de barro a la cara.
—¡Tom, para, en serio… hip… parhippp! ¡Para, para, quita, quita…! ¡Me he llenado la cara de barro, jajajajajaja hip hip hip…! ¡Jajajajaja!
—Eh, eh, que me vas a dar una patada en la cara, no seas marica, ¡esto por no dejarme ver el mundial de fútbol y obligarme a recogerte al trabajo en pleno partido Alemania contra España!
—¡No, no, lo siento, lo hip… lo siento!
—¡Súplica perdón, Muñeco, por hacerme quedar en ridículo delante de mis colegas!
—¡Hip… lo siehiiip… too! ¡Tom, ya, para!
—¡Soy tu Amo, no Tom, tu Amo! ¡Y vas a chuparme un pie por semejante falta de respeto!
—¡Amo, para, pa hipp… jajajajaja! — de repente, las risas se acabaron, al menos por mi parte. Noté como Tom me doblaba el tobillo con brusquedad y sentí una punzada de dolor tal, que sin querer, sacudí el pie con tanta fuerza que le golpeé en plena cara. Tom retrocedió y me soltó las piernas. Yo, dolido pero más avergonzado aún, me di la vuelta sentándome en el suelo embarrado y lo miré. — ¡Tom, lo siento hip, lo siento! ¿Te he hip… hecho daño?
—Grrr… — gruñó.
—¡Lo siento, perdona! Ha sido sin querer. Me has torcido el tobillo y se me ha esca… ¡hiiip! … pado, de verdad que… — no podía ver bien su cara, así que aun menos su expresión. Cuando me acerqué a gatas, me agarró del brazo y me empujó hacia él. Mi mano acabó apoyada en su pecho y noté el potente latir de su corazón. Parecía el de un toro a punto de embestir un blanco en movimiento.
—Eso ha dolido, Muñeco desgraciado.
—No lo he hecho aposta, lo siento…
—¡Ni hablar! Quiero una indemnización ¡tengo la mandíbula torcida! — exigió. No estaba enfadado. Palpé su sonrisa cuando le acaricié la mejilla y se metió en la boca mi dedo para hacer la gracia y morderlo. Le besé la mejilla donde me parecía haberle golpeado.
—¿Te vale con esto?
—¡No! ¡Cúrratelo más, pirata!
—No me llames pirata. — le rodeé el cuello con los brazos y me acomodé entre sus piernas abiertas de rodillas. Le besé en la boca. — ¿Y con esto? — Tom jadeó.
—Le falta profundidad.
—¿Sí? ¿Quieres más profundidad?
—¿Y qué otra cosa iba a querer? — puede que el ser hermanos gemelos no nos sirviera de mucho en algunas situaciones. No nos compenetrábamos bien a la hora de hacer la cena, cuando uno quería pasta y otro carne, ni cuando nos peleábamos por ver una película de miedo o una de acción, ni cuando teníamos que decidir qué tipo de sábanas queríamos para la cama (Tom quería un juego de sábanas de Bart Simpson y yo un modelo normal pero que fuera bien para cualquier tipo de cama) ni cuando tuvimos que tirar el viejo colchón de muelles rotos y sustituirlo por un Latex que a uno le parecía demasiado caro y a otro, ideal por la comodidad. Tampoco nos decantábamos por el tipo de vitrocerámica que queríamos para la cocina ni qué tipo de condones nos gustaba más usar (normalmente, ninguno, pero a veces no viene mal probar). Tom y yo nunca nos poníamos de acuerdo con esas cosas tan cotidianas. A simple vista no teníamos nada en común… quizás que a los dos nos volvía loco el otro.
Sí. El sexo era lo único que nos hacía compenetrarnos y eso se notaba.
Continúa…
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