
La puerta se abrió al tercer timbrazo. Una mujer de ojos rasgados y largo pelo liso apareció en el umbral. Era bajita y esas facciones me hicieron relacionarla con los chinos o los japoneses. Su forma de hablar me lo confirmó.
—¿Sí? ¿Puedo ayudarle en algo? — no pronunciaba muy bien el alemán y me pregunté si debería hablarle de una manera especial para que me entendiera, pero Tom se adelantó y la mujer china se sobrecogió. Lo había reconocido. ¡Vaya, hasta allí llegaba su fama!
—¿Está Aaron en casa? — le preguntó.
—¿Quién le llama?
—Tom.
—El señolito me pidió explesamente que no le molestala si no oculía algo ulgente. Lo siento, pelo tienen que ilse. — e hizo amago de cerrar la puerta. Tom no la dejó e interpuso su pie para que no cerrara. La mujer china se encogió de miedo cuando mi hermano empujó la puerta para entrar.
—Es urgente. Dile que salga. — la chica ni se lo pensó. Nos dio la espalda y salió corriendo al interior de la casa.
—Tom, ¿estás seguro de que esto es una buena idea?
—No, pero es lo único que se me ocurre.
—Podríamos ir a un hotel. — los dos nos miramos con expresión de circunstancia y calculamos mentalmente el dinero que cada uno poseía. No, no podíamos ir a un hotel decente durante más de una semana y a juzgar por cómo había quedado nuestra casa, necesitaríamos mucho más tiempo.
—Si tú quieres ir a uno… — insinuó, pero llevó los ojos al cielo como si pensara “Coño ¡di que no!”.
—Hum… últimamente siempre haces lo que te pido o insinúo.
—No lo hago.
—Sí lo haces, aunque a ti no te haga gracia.
—Demuéstralo. — le enseñé a Bagoas, que ronroneaba pegado a mi cuello y Tom entrecerró los ojos. — Es la única forma que conozco de conseguir sexo sano, aunque podría hacerlo fácilmente con cualquiera otra persona, hum… — le fulminé. — Siéntete halagado, Muñeco. Sólo estoy contigo… por ahora.
—¿Por ahora?
—Sí. Creo que es hora de sentar cabeza, dedicarme por entero a una única persona y esperar un hijo.
—¿Un hijo? ¿Esperas que te dé un hijo? — Tom sonrió de oreja a oreja. — Tienes muchas esperanzas ¿no?
—Muchísimas. Confío plenamente en el poder del amor.
—¿Qué amor? — la puerta de la casa volvió a abrirse y Aaron, con unas enormes gafas para nada modernas, apareció en el umbral. Llevaba el pelo recogido con ganchillos apartándoselo de la cara y vestía un chándal viejo. Sus ojos estaban repletos de ojeras y mala uva. Me recordó a mí durante la época de exámenes y lo compadecí. Él todavía estudiaba, ¡pobre chico! — Hola. — saludé y Aaron emitió un sonido parecido al rebuzno de un asno.
—¿Qué hacéis aquí? ¿No deberíais estar imitando a los conejos en vuestro pequeño nidito de amor en los barrios bajos?
—Uff… eso es lo que yo quisiera. Tengo que currarme un poco más lo del niño. — se quejó Tom y yo sentí vergüenza ajena.
—¿Qué niño?
—Nada, no le hagas caso. El poder del amor lo tiene trastornado.
—¿Qué amor? — repitió. Sí, nadie confiaba en que Tom albergara mucho amor por nadie, ni siquiera él mismo, que se hizo el loco cuando le miramos con una interrogante explícita.
—En fin, vayamos al grano. Nos han destrozado la casa. — espetó y Aaron alzó una ceja.
—¿Qué? ¿Han entrado en vuestra casa? — los dos asentimos, yo un poco avergonzado. Mi madre no me había educado para echarle tanto morro a la vida en esas situaciones. — ¿Cómo es posible eso? Si todo el mundo sabe cuál es tu casa, Tom.
—Precisamente por eso.
—Explícate. — Tom se encogió de hombros.
—Ya hablaremos luego. Ahora tengo que pedirte… amablemente… que nos dejes quedarnos en tu casa un tiempo. Hasta que arreglemos la nuestra y las cosas se calmen. — y los dos sacamos a relucir nuestra sonrisa más resplandeciente. Yo sentía vergüenza de mí mismo por auto-invitarme en casa de mi gran rival, pero a Tom parecía traerle sin cuidado. El susodicho nos observó durante un largo rato con la expresión arrugada.
—¿Perdón?
—Bueno, no pensarás dejarnos en la calle ¿no? porque obviamente no pensamos pasar la noche en casa. Podrían volver cuando menos lo esperemos…
—Y tú te los cargarías, cosa que tienes pensada hacer de todas formas ¿o no? — Tom ensanchó la sonrisa.
—Sí. Pero ¿quién protegerá al débil, inocente y vulnerable de mi adorable hermano? Él no sabe defenderse y yo no puedo matar a nadie si anda cerca, se traumaría. Tendrá que quedarse en casa de alguien hasta que…
—¡Eh, yo sé defenderme!
—…hasta que me encargue de esos gamberros. — entonces, Aaron se dirigió a mí con una mirada cargada de desdén.
—¿Quieres que acoja en mi casa a este sucio parásito?
—Ya tuvo que hablar el de los rizos de oro. ¿Qué te crees, que a mí me hace gracia la idea? — Tom me pegó un codazo en la barriga y yo cerré la boca de mala gana mientras el Príncipe (pijowoman) se cruzaba de brazos y bufaba.
—Pero bueno ¿os creéis que esto es un puñetero hotel, un albergue, una residencia o un jodido hospital? Porque ¿sabes una cosa, Tom? ¿Sabes a quién le han traído los dos últimos Encadenados para que los reviva? ¡Me los han traído a mí, a cuestas, destrozados y medio desangrados! Los han puesto en el jardín para que los cure ¡cómo si fuera tan fácil! ¡Además, ya estaban muertos cuando llegaron aquí! — bueno, yo no tenía ni idea de los Encadenados, aunque fuera uno. A pesar llevara casi dos meses en Stuttgart no sabía aún cuáles eran las costumbres de la pandilla, cuántos miembros tenía o hasta dónde llegaban, pero cuando Aaron mencionó las muertes de unos Encadenados, supe que aquello, por lo menos, no era algo cotidiano.
Además, Tom puso cara de espanto cuando el Príncipe lo mencionó y este último se mordió el labio inferior, maldiciendo por lo bajo, como si acabara de darse cuenta de que había cometido un error fatal.
—¿Muertos? ¿Alguien ha muerto? — pregunté, no sólo sorprendido sino más bien patidifuso.
—¿No se lo habías dicho?
—No, maldito gilipollas metepatas. Y no pensaba hacerlo hasta que tú has abierto la boca. — me giré hacia mi hermano. La sonrisa había desaparecido, la situación ya no tenía la más mínima gracia por lo que supuse que había dado en el clavo.
—¿Qué ha pasado? ¿Quién ha muerto?
—Nadie importante. Un accidente.
—Si ha sido un accidente ¿por qué no me lo has dicho? Y ¿cuándo te has enterado? — retrocedí en mis recuerdos para encontrar el momento justo en el que le habían comunicado lo sucedido y había decidido callarse la boca como un puerco. Bagoas maulló escondiéndose bajo mi cuello y yo rememoré aquellas llamadas en el coche que habían tensado tanto a mi hermano. — ¿Ha sido esta noche, mientras volvíamos?
—Dos de ellos han muerto esta noche, pero los otros dos la palmaron ayer y…
—¡Aaron, cállate!
—¿Cuatro Encadenados? ¿Han muerto cuatro? — Tom me dio la espalda y con los músculos cargados de testosterona por la rabia, se encaminó hacia el coche que había dejado aparcado justo al principio de la cancela de metal que daba a los jardines de la gran casa de Aaron. Refunfuñando, abrió el maletero y empezó a descargar lo único que habíamos conseguido salvar de lo que quedaba de nuestro hogar. Nos habíamos quedado sin ropa, pero traíamos el calzado y lo poco que quedaba en el desván sin tocar. Cajas y cajas de recuerdos que yo no sabía exactamente qué contenían, pero de algo servirían ¿no? Mientras él sacaba las cosas, yo me coloqué frente Aaron, que se pasaba la mano por el pelo quitándose los ganchillos y las gafas. — ¿Cómo ha sido?
—Creo que Tom no quiere que te lo cuente.
—Me da igual. Cómo, quién, dónde y por qué.
—¿Sabes Bill? Podrías ser un buen periodista si te lo propusieras. Eres igual de tocapelotas.
—¡Venga ya, cuéntamelo! — el Príncipe puso los ojos en blanco, sacudiendo sus rizos de un lado para otro.
—Los han asesinado ¿vale? Tres chicos y una chica. Muertos. ¿Cómo? A patadas y puñetazos, como en una pelea callejera. ¿Quién? No lo sabemos, pero suponemos que ha sido más de uno y de la misma pandilla. ¿Dónde? En los barrios bajos, cerca del Pitch y del Dona y por qué, tampoco lo sabemos. — me quedé de piedra. No sé qué me causó tanta impresión, si saber de buenas a primeras que cerca de donde yo me encontraba alguien había matado a varias personas de mi entorno, o que se hablara de ello con tanta tranquilidad. ¿Es que lo que me acababan de contar no era una auténtica locura? ¿No les importaba?
—Y… ¿no los conocías? — tragué saliva, esperando que ningún conocido fuera uno de los desafortunados.
—Yo los he visto poco. Dudo mucho que tú los conozcas, no eran muy del entorno de Tom. Le tenían miedo y tu hermano tampoco los tenía muy en cuenta. — suspiré con alivio. ¡Pobres desgraciados!
—Pero entonces… quiero decir… ¿y ahora qué? Están muertos, asesinados. ¡Hay que llamar a la policía! — por cómo me miró Aaron descubrí que acababa de decir una tontería. ¿Policía? ¿Los mismos cabrones que habían apaleado a Black hasta marcarlo como un animal? Por supuesto que no, pero alguien debía hacer algo, buscar al asesino, hacer justicia, tranquilizar a los familiares de esas personas fallecidas y…
Mierda… Eran Encadenados y por lo tanto, la responsabilidad de Tom.
El susodicho dejó las cajas y bolsas justo a mi lado, en la puerta de Aaron, dando por sentado que nos dejaría pasar allí el tiempo que hiciera falta.
—Bien, y ahora que sabes lo ha pasado ahí afuera te aconsejo que no salgas de aquí si no vas acompañado de Black como mínimo ¿te enteras?
—¿Y qué te hace pensar que voy a dejar que se quede aquí? — rechistó el Príncipe.
—Pues que después de soltar la bomba informativa tienes la obligación de hacerte cargo de las consecuencias hasta nuevo aviso, Ricitos. — Aaron no dejó escapar nada más salvo refunfuños y un grito a la sirvienta china para que subiera las cajas a no sé qué habitación del ático. Tom tenía exactamente un porte de tío drogado de los que se ha chutado una buena raya. Las ojeras eran inmensas y el cansancio podía con ambos. A mí ya me costaba sujetar a Bagoas. Scotty, a mi espalda, hacía rato que se había dormido sobre la hierba del jardín. — Bueno, que lo disfrutes, Muñeco. Si necesitas algo aprovéchate de los criados del Príncipe.
—¿Vas a alguna parte?
—Han destrozado mi casa. Han matado a cuatro de los míos. Los capullos que me rodean creen que soy el líder de esta maldita pandilla, así que imagínate si tengo cosas que hacer esta noche. — sentí auténtica lástima e incomodidad. Un asesino andaba suelto cargándose a inocentes y mi nene era el encargado de investigar el caso y hacer justicia. Estupendo, ¡tranquilidad, no hay peligro! Esos dos días de vacaciones en ese pequeño paraíso habían sido la calma antes de la tempestad.
Acariciando a Bagoas con preocupación, agaché la cabeza y asentí. Yo tampoco podía quejarme, claro, ese era el trabajo de Tom.
—Hum… ¿volverás temprano? — él se llevó la mano a las rastas y se rascó bajo la nuca. Una sonrisa pillina se le dibujó en las facciones. — ¿Por qué te ríes?
—Porque me hace gracia que me preguntes eso. Nunca me lo habían preguntado antes.
—Pues te lo pregunto todas las noches. — sonreí.
De repente, la escena se volvió bochornosamente tierna. Parecíamos una pareja de niños en nuestra primera cita, inocentes y pidiendo un beso con las mejillas ruborizadas, dando golpecito al suelo con la suela de los zapatos para soportar un silencio que no sabíamos como sobrellevar.
—Bueno…
—Sí, bueno… — nos habíamos quedado pensando en dos opciones. La primera, besarnos y la segunda, echarnos a reír, pero no fue ninguna de las dos.
—Sí, bueno, joder ¿quiere alguno de los dos entrar en casa para que le diga dónde puede dormir? — interrumpió Aaron, asomándose por la puerta. — Me toca las pelotas tanta tontería. Parecéis una pareja de mocosos enamorados.
—Eres un amargado. — Tom me dio un beso en la mejilla (¡Sólo uno, en la mejilla!) y salió escopeteado hacia la moto que había aparcado junto al coche. Había sido toda una odisea arrastrar su Cadillac hasta la puerta de Aaron yo solo mientras él conducía su moto delante de mí.
—¿¡Sólo uno!? — grité y Tom me hizo un corte de manga.
—¿Qué esperabas de un bastardo desconocedor del romanticismo como yo? ¡Anda, vete a la cama temprano, tómate un vaso de leche antes de irte a dormir y no olvides dar las gracias a tu anfitrión, mocoso! — arrancó la moto y el ensordecedor sonido del motor despertó a Scotty, que pegó un salto por la sorpresa. Tom aceleró al momento y sin ponerse el casco, salió a toda velocidad de allí.
—¡Ten cuidado! — era un egoísta de narices. Sabía que me preocupaba que fuera sin casco en moto y por eso siempre que la cogía no se lo ponía. Decía, con todo el morro, que era para que pensara más en él y cuánta razón tenía. Ese truco le funcionaba a las mil maravillas. Pero también decía que era una promesa, que al saber que yo estaba preocupado por él, pasara lo que pasara, volvería sano y salvo.
Hum… podría no ser amor, pero últimamente se le parecía tanto…
—¡Eh! — y de vuelta a la realidad, Aaron me fulminaba con la mirada. — ¿Piensas entrar o esperar a tu amado toda la noche en la puerta de casa? — con una mueca frustrada, me dispuse a entrar en esa gran casa.
¿Cómo describirla? Lo cierto es que conociendo al pedante de Aaron me había imaginado una especie de Casa Blanca, al menos en tamaño. Pero aunque seguía siendo más grande que la mía en Hamburgo, era un poco inferior a la de Derek. Me resultó incluso modesta, aunque era preciosa y su formación muy original. Parecía hecha a medida como casa vacacional de algún famoso. Tenía un total de dos plantas, pero con una longitud tal desde el suelo hasta el techo que podría coger perfectamente una más. Era rectangular, con una forma cilíndrica en la parte izquierda que sobresalía en las esquinas. Pude ver las escaleras de caracol a través de los inmensos espejos que formaban ese cilindro perfecto. La azotea hacía de tejado, muy espacioso para tomar el sol o hacer alguna barbacoa, quizás para acampar incluso. Gran parte del salón y la cocina se veía a través de los cristales que desde el suelo, llegaban al techo y continuaban como pequeños círculos en las habitaciones superiores. Debían ser muy luminosas y la sirvienta seguro que tenía mucho trabajo con tanto cristal.
Dentro, la cosa era mucho mejor. Los muebles eran modernos. Los sillones eran blancos, las lámparas con formas circulares también, la mesa del salón era de cristal impecable con patas de mármol gris, la televisión era por lo menos de ciento cincuenta pulgadas y colgaba de la pared como si se tratara de un cuadro (de hecho, la confundí con un cuadro hasta que vi los botones para encenderla y el mando a distancia). Las paredes estaban plagadas de cuadros muy refinados, con paisajes de colores alegres y personajes pintorescos. Había uno, colocado en mitad del salón, que portaba una fotografía. Una mujer rubísima, de pelo rizado recogido en un moño magnífico con una diadema plateada cruzándole la frente y un vestido blanco precioso, acompañaba a un hombre de pelo oscuro y engominado, en actitud muy estirada y con traje de etiqueta, al altar. Si debía describir el físico de ambos lo haría con la palabra intachable. Eran perfectos y sumamente atractivos. Si debía describir su personalidad, sin duda utilizaría las palabras severidad extrema. No tenían la típica expresión que una pareja tiene el día de su boda. Estaban demasiado tiesos. Yo sin duda sonreiría y quizás hasta se me escaparía una lagrimita de alegría. Ellos no parecían felices.
Observando a Aaron me percaté de las similitudes con ambas personas que supuse, serían sus padres el día de su boda. El Príncipe tenía el pelo rizado y rubito de su madre, además de los labios, igual de carnosos y finos. Sus cejas también eran las de su madre, pero la nariz y la serenidad en el rostro eran los de su padre. No lograba distinguir de quién era el color de los ojos.
De camino a la escalera de caracol pude ver la inmensa cocina americana totalmente blanca, salvo el gris del lavamanos y la gigantesca mesa del comedor, de madera antigua y oscura, en la que cogían por lo menos toda mi familia y mis amigos. Ah, el suelo también era blanco… y escurridizo. Podía verme reflejado en las losas del mismo de lo limpio que estaba. En comparación con el mío, lleno de arañazos al arrastrar muebles por su superficie y sin brillo ninguno, aquello me hacía sentir un poco de vergüenza. No mencionemos ya el suelo de la casa de Tom, que todavía tenía surcos de vomito que llevaban allí dos años o más y que yo no había conseguido quitar por mucho que fregaba y frotaba.
Cuando entré en la habitación que sería mía y de Tom durante un tiempo, quise que la tierra me tragara. Los ojos me escocían de lo brillante que era, tan inmaculada… tenía cuarto de baño propio con una bonita ducha que poseía hidromasaje (madre mía, cuánto había suplicado yo a mamá que instalara una de esas en el baño). La cama era de matrimonio situada de forma estratégica pegada a la pared, en mitad del cuarto, que era inmenso. Las enagüillas tan finas debían de estar hechas de algún material tan suave como la seda y las sábanas de color beig resplandecían como si hubieran sido rociadas con purpurina. Dos sillones nuevecitos y un pequeño sofá estaban plantados frente a la televisión de pantalla plana, más pequeña que la del salón, pero igual de impresionante. El armario empotrado era antiguo y muy grande. Desde las ventanas acristaladas se veía todo el jardín y parte de la piscina. También podía ver las casetas de Duncan y Zansha, donde los perros dormían estirados sobre el césped y donde mi perro (Aaron no le dejó entrar a casa) intentaba amoldarse amarrado a un poste para evitar accidentes.
—Vaya… no está mal. — admití con orgullo, aunque en realidad pensaba “¡Qué pedazo de casa, es preciosa! ¡Gracias por destrozar la nuestra, malditos Caídos!”.
—¡Ja! Podría ser mejor, pero papá y mamá querían algo… modesto. — le dirigí a Aaron una mirada cargada de ironía.
“¿Modesto?”
—Tienes suerte de que no me haya ido a la casa de campo con ellos. Si lo hubiera hecho, no estarías aquí.
“¿Casa de campo?”
—¿Cuánto tiempo pensáis quedaros? — me encogí de hombros. No tenía ni idea, pero por mí me quedaría mucho, mucho tiempo. Debía rellenar con algo todo el espacio sobrante. ¡Podría montar hasta una academia de baile! — Perfecto. Si necesitáis algo podéis preguntarle a la Nani. Yo estaré en la habitación de en frente.
—Vaya, ¡qué caballeroso, Príncipe!
—No lo hago por ti, Muñeco mugroso. Por cierto, ahí tienes lo que ha sobrado de tus… pertenencias. — observé las cajas y bolsas cargadas de calzado que habíamos traído. Ellas y yo éramos lo único que sobresalía en aquel lugar tan perfecto. — En fin, buenas noches.
—Espera… ¿y Bagoas? — Aaron miró al gato que aún se refugiaba entre mis brazos con ojos escrutadores.
—¿Necesitas comida para gatos o una caja de arena?
—No vendría mal, la verdad.
—Vale, ahora te lo traerán.
—Eh… Aaron…
—¿Qué?
—Esto… en los cuerpos de esos chicos… ¿había algo? O en el lugar donde murieron. — pregunté. Aaron pestañeó varias veces. Parecía curioso por la pregunta.
—¿Había algo en tu casa? ¿Dejaron un mensaje? — asentí.
—¿También dejaron un mensaje cuando los mataron? — aferrando fuertemente el pomo de la puerta, Aaron murmuró algo inteligible. Luego, se mordió el labio inferior.
—Dibujaron algo a posmorten en su espalda en estos dos últimos. No puedo saber si también los dibujaron en los dos cadáveres anteriores, por lo que tampoco puedo saber si fueron las mismas personas que los mataron.
—¿Podrías averiguarlo? — él puso los ojos en blanco, pensativo.
—Podría, pero no estoy seguro. Soy un principiante que estudia enfermería y medicina. Mi padre es el que dirige el hospital provincial, pero no creo que haga nada si le pido que me deje ver el informe de la autopsia. No me especializo en medicina forense precisamente. Tal vez si me cuelo…
—Yo podría ayudarte, si quieres. Haré lo que me pidas, creo que es importante saberlo. — Aaron asintió. Por fin estábamos de acuerdo en algo.
—Si fuera una única persona podría ser un asesino en serie, pero no sé por qué lo dudo. — los dos nos sumergimos en un silencio incómodo, aguardando a hacer la pregunta clave, la cual ambos nos reservábamos por temor. Al final, la curiosidad me pudo.
—¿Qué dibujaron en la espalda de esos dos Encadenados?
—Una cruz… del revés.
—Mierda…
—¿Qué pasa?
—Los que han entrado en nuestra casa también han dejado una cruz del revés en la pared… y una inscripción.
—¿Qué inscripción?
—Algo de unos Caídos que le declaraban la guerra a Tom. Algo de la regencia de un Rey. No estoy muy seguro.
—¿Una regencia? — Aaron se puso tenso. Pude ver como el cuello se le ponía rígido y eso me hizo suponer que sabía más de lo que quería dejar ver. — ¿Qué ha dicho Tom sobre el mensaje?
—Nada. Que alguien le había declarado la guerra, pero no sabía quién.
—Hum… — hizo amago de cerrar la puerta sin decir más.
—Aaron, ¿sabes algo que yo no sepa?
—…Probablemente, cualquier Encadenado cercano a Tom o a Kam puede decirte algo más sobre esa inscripción, pero si Tom no te ha comentado nada, prefiero guardarme el comentario para mí. Pregúntaselo cuando vuelva, aunque si se lo ha callado, debe tener sus dudas. — asentí, no muy convencido. Me estaba muriendo de curiosidad y la preocupación aumentaba por minutos.
Cuando Aaron cerró la puerta yo me dejé caer en la cama, agazapado con Bagoas al lado, que con su pelaje atigrado y su diminuto cuerpecito, descendió de la cama y empezó a dar vueltas por la habitación, trepando encima de los muebles, investigando el terreno. Me pregunté qué habría sido de Hamtaro, desaparecido. Quizás Bagoas se lo había comido.
Esa noche, a pesar de la preocupación, dormí como un angelito de un tirón. No me desperté a las cinco, como solía hacer, sino que seguí profundamente dormido hasta el día siguiente, bien entrada la mañana. La criada china me despertó con fuertes martilleos contra la puerta. Era la hora del desayuno, Aaron se había ido al hospital y le había pedido que no me despertara más tarde de las once, dijo. Al mirar el reloj del móvil no solo descubrí que llevaba razón, sino que varias cosas se me pasaron por la cabeza.
La primera, era tarde para desayunar. Aaron tenía unos horarios muy raros.
La segunda, Heidi me había llamado cinco veces.
La tercera, tenía cinco mensajes.
Y la cuarta, Tom no había vuelto. Y eso me puso de los nervios.
Uno de los mensajes era de Heidi.
“¡Bill, despierta, necesito ayuda para elegir la fecha de la boda! ¿Qué te parece en abril? Kam quiere celebrarla en diciembre, en pleno invierno ¿te lo puedes creer? ¿Quién en su sano juicio celebra una boda en invierno? Contéstame pronto. ¡Un besito de parte de Ricky!”
Me quedé pensativo. ¿Y ese besito de Ricky a qué venía?
Leí el siguiente mensaje.
“Eh, mariquita, ¿has vuelto ya de la playa? Gus y yo hemos pensado contratar a un detective para que averigüe donde te metes y podamos ir a hacerte una visita. ¿Qué te parece? Sparky está de acuerdo. ¡Con su dinero contrataremos a uno realmente bueno! ¡Nos veremos pronto!”
Sabía que Georg estaba de broma, pero por si acaso respondí con un…
“No seáis cabrones. ¡Iré pronto a veros, os lo juro!”
Leí el siguiente mensaje, que me dejó bastante sorprendido y confuso. No sabía de quién era porque no tenía el número guardado, pero con una mueca de resignación, leí en voz alta.
“Enfermo mental”
No me lo podía creer. Pero ¿seguían con lo mismo? ¡Qué cansinos! Nunca había contestado uno de sus mensajes, pero ese último me tocó la moral y aunque sabía que el asunto solo empeoraría, le contesté.
“Me gusta tu número y el de tus compañeros. Tengo una laaaarga lista con todos ellos que casualmente, han llegado a manos de varios amigos de mi hermano (¡Sí, mi hermano, al que me follo y bien que lo disfruto, jódete!) y ahora mismo estamos pensando qué hacer con ellos. ¿Sabías que se puede saber la localización de un teléfono con un aparatito muy especial? Te doy un consejo, ¡Ve más CSI en lugar de tocar tantos los huevos y hazte un seguro de vida, chupaculos reprimido!”
Sí, fue muy infantil, pero me quedé la mar de a gusto.
Después de eso leí el último mensaje, bastante cabreado y deseando recibir una respuesta del anterior. Tenía ganas de pelea, sí y estaba dispuesto a gritar, patalear y hasta pegar si era necesario. De hecho, hubiera dado lo que fuera por estar en la universidad en ese momento, delante del imbécil que me había mandado el mensaje para pelearme con él y, vaya, ¡estaba seguro de que vencería!
El penúltimo mensaje me hizo llenarme de orgullo como un pavo asado se llena de puré de nueces.
“No puedo volver esta noche, la cosa se me ha complicado un poco. Nos vemos mañana, no te preocupes Muñeco. ¡Pajéate a gusto pensando en mí! Yo lo haré.”
Era de Tom, por supuesto, y el último también.
“Te gustan las pelis de Steven Spielberg ¿verdad? Están echando Gremlins en el cine de verano de Randy Rock. ¿Nos vemos allí a las ocho? Estaré ocupado hasta entonces. ¡Échame mucho de menos hasta que nos veamos!”
El cine de verano de Randy Rock era un lugar de lo más cutre, pero había ido un total de nueve veces desde que había llegado a Stuttgart. Tenía sólo tres salas con diferente programación por la mañana, por la tarde y por la noche. Por la mañana ponían pelis de risa, drama, infantil o acción. Por la tarde de aventura, ciencia ficción o cine bélico y por la noche de terror, gore y cine X. Aunque los asientos eran incómodos y la pantalla no se veía muy bien por la forma en la que estaban alineados los sillones, además de estar sumamente sucio y apestar a tabaco, alcohol y porro, lo mejor era la comida y las pelis, que habían sido estrenadas del año 2000 para abajo, todas muy antiguas. Ninguna novedad. Allí Tom había pasado la infancia viendo pelis por menos de cinco marcos antes de que llegara el euro, y allí habíamos pasado nosotros numerosas tardes, mañanas y noches viendo pelis antiguas. Nos encantaba. Nos habíamos tragado Pretty Woman, Los Gonnies, Stark Treck, La guerra de las galaxias, Al final de la escalera, Carrie, La mosca y El jorobado de Notre Dame (la de dibujos animados, sí). También habíamos ido a una sesión de cine X, pero era de esa clase de cine antiguo en el cual las mujeres y los hombres no conocían la depilación laser y eso… se notaba. Y no agradaba a los de nuestra generación.
Le contesté al mensaje.
“Jo, ¿tan tarde? ¿Qué voy a hacer hasta entonces? Aaron es un estirado y no sé qué hacer tanto tiempo solo. Tenemos que comprar ropa también. ¿Podemos quedar antes? Si no estás ocupado, claro. Por cierto, no te echo de menos, en absoluto.”
Lo envié y cuando salí del cuarto con la misma ropa que el día anterior después de ducharme y me puse a buscar la cocina (me había perdido), me contestó al mensaje.
“Se me ocurren un par de cosas que podrías hacer solo. En una de ellas necesitas una pastilla de jabón. ¿No me echas de menos? ¡Pero qué mal mientes, nene! Quedamos a las seis en el cine. Te espero allí. Ve por el camino largo, con luz. Ya se te ocurrirá qué hacer hasta las seis. Yo sí te echo de menos…”
Me entraron temblores cuando leí la última frase, pero enseguida llegó otro mensaje continuando el anterior.
“…Necesito sexo. Echo de menos tu culo, no a ti, no te hagas ilusiones (risa maliciosa… córrete)”
Pero qué mamón era.
Bajando las escaleras hasta la cocina recibí una llamada más. Era Heidi y gritaba con histerismo que si no se daba prisa, se quedaría sin fecha para la boda. Luego me pidió (me ordenó) que fuera a su casa para ayudarla a elegir el color de las servilletas del banquete. Me quedé un poco shockeado. ¿Ya sabía dónde iba a realizar el banquete?
Al final, sí que encontré algo con lo que entretenerme. ¡Viva el poder del amor y las puñeteras bodas!
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar.