
By Andreas
Tom estuvo increíble. Fue rápido, conciso y letal al golpear, como un cazador corriendo detrás de un oso salvaje. Se tiró encima del enemigo en cuanto lo vio, sin dar explicaciones a nadie, corrió manzana tras manzana, saltando bancos y verjas hasta alcanzar a su enemigo y una vez frente a él, sus piernas volaron sobre el asfalto y delante de toda aquella gente lo embistió con el hombro tirándolo al suelo de espaldas.
Cuando yo llegué, Tom ya estaba encima de él, agarrándolo por la camiseta sudada y obligándole a levantarse o, al menos, a incorporarse lo suficiente como para que pudiéramos verle la cara. Ricky y yo retrocedimos, asqueados, al reconocer el rostro lleno de cicatrices de arañazos y restos de puños despiadados del antiguo líder de los Arios, el que se llamaba a sí mismo Fhürer. Aunque Black se mantuvo en todo momento cerca de Tom, resultaba obvio que aunque él no estuviera para protegerle nuestro líder no apartaría la navaja del cuello de aquel desgraciado ni aunque le amenazara con una pistola.
—Vaya, Capitán… qué sorpresa más agradable. — el Fhürer sonreía, con su cabeza rapada abultada por el golpe. Tom dejó ver su sonrisa más despiadada mientras lo obligaba a levantarse y le empujaba hasta acorralarlo contra la pared del callejón más cercano para no llamar tanto la atención.
—Ricky, vigila. — ella asintió y apoyando la espalda contra la pared, dejó salir su cabeza de entre los estrechos muros.
—No sé qué he hecho esta vez, Capitán. Te juro que no he vuelto a intentar quitarte tu terreno. Desde que dejaste que aquellas putas y amigos tuyos me dieran semejante paliza, no he vuelto a involucrarme con bandas callejeras, lo juro. — le observé detenidamente, buscando cualquiera signo de engaño en su tono de voz. Le vi seguro de sí mismo, demasiado sonriente también. Parecía incluso feliz de ver a Tom e incluso se atrevió a dirigirle una mirada de asco a Black antes de que Tom le sacudiera de nuevo y le hiciera chocar contra el muro con renovada fuerza. Lo soltó, pero no le quitó el ojo de encima.
—Andy ¿crees que dice la verdad? — me preguntó. Yo dudé.
—Está sudando. Te tiene miedo.
—Oh, eso ya lo sé. Todo el mundo me tiene miedo. — sonrió. — ¿Por qué? Si soy un trozo de pan. Te dejé escapar aquella vez ¿recuerdas? Si yo me hubiera encargado de ti tal vez hubieras acabado peor, Rey de los cerditos nazis oing, oing. — Tom imitó a un cerdo, burlándose y como si el “Fhürer” fuera amigo suyo de toda la vida, le dio un par de golpecitos en el hombro amistosamente. — ¿Qué tienes que contarme? Vamos, sé que es un secreto muy gordo. Si me lo cuentas te dejaré ir como si nada. Hoy me siento generoso. Habla. — Tom me tendió la mano con una sonrisa traviesa y yo le di el último porro que me quedaba y el cual le tendió a nuestro enemigo. Él lo cogió, sin saber muy bien qué hacer con él hasta que Tom se lo encendió con un mechero, haciéndose el amistoso con él.
—¿Tú no…? — preguntó él y Tom negó con la cabeza.
—Lo estoy dejando. Bien, ahora que estás más relajado me vas a contar un par de cosillas ¿verdad?
—Si me sigues tratando igual de bien… — pobre desgraciado. ¿No sabía cómo actuaba Tom? Las mejores horas de su vida antes de mandarlo directamente al infierno, así actuaba él, sutil, buscando el daño psicológico y luego, el físico.
—Por supuesto. Si es muy largo de contar te invitaré a un par de copas y a una raya. Te metes rayas ¿no? puedo darte las que quieras. — Tom miró a Black, que cargaba con la coca escondida en su bolsillo con cierto asco. No le gustaban las drogas, pero cada quien era libre de meterse lo que quisiera, esa era su filosofía. Le enseñó a nuestro enemigo una papelita lista para consumir y el Fhürer asintió, feliz por la atención brindada. — Y ahora que estamos todos mucho más relajados… me vas a hablar de algo de lo más interesante ¿no?
—¿Qué quieres saber? — Tom se apartó, dejándole su espacio para no atosigarlo con las preguntas. Eso no era algo bueno para alguien que le tenía tanto miedo. Bien sabía yo que Tom podría hacer que alguien se meara en los pantalones si se ponía persuasivo.
—¿Qué significa para ti el dibujo de una cruz del revés? — preguntó, tanteando el terreno. El cabeza rapada no pareció inmutarse por la pregunta.
—Es el signo del demonio ¿no? una cruz del revés. La iglesia negra o algo parecido. Satanismo.
—Sí, algo parecido, vamos bien. Pero ¿aparte de eso? — el Fhürer se encogió de hombros.
—Pues no sé. Algunas sectas utilizan esa insignia para hacer rituales negros ¿no?
—¿Llamarías ritual negro al asesinato de cuatro personas con una marca así en su piel?
—¿Iguales en los cuatro?
—Iguales en los cuatro. — eso Tom no lo sabía, pero por si acaso sacaba algo en claro lo afirmó. De momento solo teníamos claro que de cuatro muertos, dos tenían una cruz del revés grabada en el cuerpo y habían muerto por manos de una misma persona o, al menos, utilizando el mismo método. De la muerte de los otros dos no sabíamos absolutamente nada.
El interrogado alzó una ceja, indiferente.
—He oído algo así. Han matado a cuatro Encadenados ¿no? pero no sabéis quién.
—Exactamente.
—¿Y sospecháis de mí? — Tom negó con la cabeza, sonriente.
—En absoluto.
—Entonces ¿por qué me acorraláis aquí?
—Porque eres el único tío al que le he visto cara de malo después de más de una semana y puesto que ya estoy empezando a desesperarme al no encontrar nada, he decidido acosarte a ti. — tuve ganas de preguntarle entonces qué demonios estaba diciendo, por qué revelaba una información tan importante al que podría ser nuestro enemigo, pero decidí no poner en entredicho su manera de actuar delante de aquel cabeza rapada. Luego me arrepentí. Bill lo habría hecho sin importarle quién hubiera delante.
—Pues lo siento pero no tengo ni idea de esos tíos.
—Yo no he dicho que fueran tíos.
—Bueno, has dicho que alguien ha matado a tus colegas ¿no?
—Sí, pero tal vez son mujeres, no hombres. — ¿a dónde quería llegar a parar?
—Lo dudo. Las mujeres son bastante más pacíficas en ese aspecto ¿no? — Tom sonrió.
—¿Ah, sí? ¿Lo son? Ricky ¿lo son? — mi amiga, a mi espalda, aún observando la calle con gesto disimulado, se rió.
—Yo no hablaría en general.
—Por lo que son tíos y tías. Lo sé. Gracias por la información. — Fhürer entrecerró los ojos y ahí vi claramente un gesto de frustración reprimida que no supe si otorgársela al hecho de que Tom había dado en el clavo o a la irritación de tenerlo delante especulando.
—Yo no he dicho eso.
—Sí lo has dicho. — insistió nuestro líder.
—No lo he dicho.
—Sí lo has hecho.
—No lo he hecho.
—Lo has hecho.
—No lo he hecho.
—No lo has hecho.
—Sí lo he hecho.
—¿Qué dices haber hecho? — entonces, él se quedó mudo. Yo no pude reprimir una sonrisa al ver como Tom había conseguido liarle con un simple juego de palabras. Tom también parecía sentirse satisfecho. — Así que admites haberlo hecho tú.
—¡Yo no he dicho eso!
—¿Cómo que no? acabas de decirlo.
—Me has liado, joder. — escupió el porro al suelo de pura rabia.
—Yo no te he liado. Tú has dicho haberlo hecho. ¿Qué has hecho exactamente? ¿Has matado tú a mis cuatro colegas?
—Por supuesto que no.
—¿Entonces qué has hecho?
—Nada.
—Pero acabas de decir que has hecho algo. — y llegó el momento de intimidar. Tom se levantó del suelo en el que se había situado de cuclillas y sin borrar esa sonrisa falsa de la cara, se acercó al acusado con porte peligroso. — Así que lo has hecho tú. — Fhürer se encogió contra el muro, negando con la cabeza.
—¡Por supuesto que no!
—¿Entonces? Si no lo has hecho tú ¿por qué no dices quién lo ha hecho?
—Porque no sé quién lo ha hecho.
—¿Cómo que no? todos hemos oído claramente como decías “Sí lo he hecho” ¿verdad? ¿Lo hemos oído todos? ¿Black? — nuestro amigo asintió, un poco reticente ante el interrogatorio.
—Sí, lo he oído.
—¿Andy?
—Es cierto, ha dicho que lo ha hecho él. — asentí.
—¿Ricky? — ella se rió.
—Por supuesto.
—¿Ves? Lo has hecho tú. Tú los mataste ¿verdad? — y ahí venía el Tom violento dispuesto a sacar la información con sacacorchos y, de hecho, tenía uno. Su navaja pareció resplandecer al abrirla frente a los ojos del cada vez más nervioso Fhürer. — Sabes cuál es el castigo impuesto por asesinato ¿verdad?
—Te repito que yo no…
—¡Basta de juegos! Black. — él obedeció a la orden no explícita y en dos grandes zancadas se posicionó delante del enemigo, que asustado por el ritmo que habían tomado las cosas, intentó escapar. Black lo agarró por el brazo y lo obligó a mantenerse inmóvil en el sitio. El Fhürer empezó a moverse con histeria.
—¡Ya te he dicho que no tengo ni idea de lo que me estás hablando, yo no he hecho nada, nada! ¡No sé nada! — Black le rodeó la espalda con los brazos y los obligó a colocarlos a su espalda, inmovilizándolo totalmente. Tom jugueteó con la navaja entre los dedos.
Fhürer empezó a sudar la gota gorda.
—Me da igual. — respondió Tom. — Mis compañeros no están tranquilos desde hace días y tengo que darles algo para hacer que se relajen, ya sea un hombre o una mujer, ya sea un nazi o un judío. Sea lo que sea. — por fin, sostuvo la navaja con firmeza y apuntó con el filo el cuello del acusado, que pálido, se quedó tieso. — No te lo tomes como algo personal. Simplemente estabas en el lugar equivocado y en el momento equivocado. Nos veremos en el infierno. — y con un movimiento certero, manejó el arma contra su cuerpo indefenso. Black cerró los ojos con fuerza, pero Ricky y yo observamos la situación con cierta diversión hasta que él gritó, al borde del pánico.
—¡Los Caídos, han sido los Caídos! — y Tom detuvo el filo de la navaja justo antes de atravesarle la pierna, porque obviamente, no pensaba matarle. Un buen susto nunca venía mal para sacarle información al enemigo. El indefenso hombre aguantó la respiración hasta que Tom, satisfecho por la respuesta, apartó el objeto afilado de su cuerpo.
—¿Quiénes son los Caídos? Dímelo, porque ahora que sé con seguridad que tienes algo que ver con ellos, no tendré compasión si me ocultas alguna información interesante.
—No… no estoy seguro. — intentó disimular, pero sudaba tanto y se le veía tan nervioso que resultaba obvio que mentía. Nuestro líder no necesitaba mi afirmación para ver cuán rastrero era el hombre que tenía delante y eso le pareció suficiente para acabar con los dramas y empezar con las amenazas. Lo agarró por el cuello con una mano y apretó en una clara muestra de pérdida de paciencia.
—Escucha calvito, cuatro de los míos están en la morgue por culpa de esos capullos y se ve a leguas que tú sabes algo sobre ellos. Lo que he dicho antes es verdad, ¡estoy completamente desesperado buscando a los culpables desde hace días! Eso te hace gracia ¿verdad? Pues no debería hacértela porque yo nunca me desespero, nunca y sin embargo, ahora lo estoy ¿sabes lo significa eso? ¿Sabes de qué soy capaz cuando un gilipollas me colma la paciencia como lo estás haciendo tú y tus amiguitos Caídos? ¡Así que habla, maldito pedazo de mierda!
—¡No lo sé, no sé qué es lo que quieren! — por la forma en la que su rostro cambió de color deduje que Tom estaba apretando.
—¿Qué sabes de ellos? ¿Cuántos son?
—No… no lo… sé…
—¿Quién es el líder?
—No… hum…
—¿Qué pretenden? — entonces, el Fhürer calló durante un par de segundos, hundido en un silencio que fue roto por un pequeño crujido en la parte superior de su cuello.
—¡Ocupar tu puesto! ¡No quieren obedecer a los Encadenados, no quieren nada de vosotros, quieren ocupar vuestro puesto!
—¡De eso ya me he dado cuenta! ¿Quién coño son?
—Son… los ángeles caídos… — murmuró y eso me hizo reaccionar y apartar la mirada de la persona herida. Enseguida relacioné nombres y motivos, todo lo que sabía con todo lo que ocurría y un escalofrío me recorrió la espalda al analizar la situación. Así que era eso… ¿por qué no me habría dado cuenta antes?
—Tom.
—¿Qué quieres, Andy? ¿No ves que estoy ocupado? — me gruñó. Yo insistí y anduve hasta situarme a su lado, sin esperar que me prestara la más mínima atención. Lo único que tenía que hacer era escuchar.
—Los ángeles caídos eran los siervos de Dios. Fueron desterrados al infierno por desobedecer las órdenes de su señor. Los Caídos… los desterrados… el símbolo de la cruz al revés. — Tom acentuó su mueca de desprecio, pero no dio ninguna señal de sorpresa. Es más, parecía haberle confirmado algo que ya sabía, una duda insignificante que no merecía su preocupación. Me preguntaba si él ya había sacado sus propias conclusiones o si en todo caso, juzgaba que las mías no eran las correctas.
—Los desterrados están preparando una revolución ¿es eso? — como única respuesta, Fhürer se le quedó mirando fijamente con las mejillas moradas. — La cruz del revés ¿qué significa?
—Tú… tú deberías saberlo mejor que nadie… asesino. — entonces, él me miró. Sus ojos, que parecían estar a punto de salirse de sus órbitas, penetraron en mi mente. Ambos pensamos lo mismo. Tom pensó en lo mismo. Black y Ricky ensombrecieron y el Amo y señor de todo lo que por allí pululaba, decidió acabar con el paripé.
Soltó a “Fhürer” y con un leve gesto de cabeza, le indicó a Black que lo imitara. El hombre cayó al suelo, arrastrándose por el muro, tosiendo.
—Deberías darme las gracias. Hoy me siento compasivo y por puro capricho, este asesino no va a matarte. — y con porte indignado, se dio la vuelta y caminó hasta la salida del callejón. Black, Ricky y yo nos observamos con cierta sorpresa. Tom era de las personas que dejaban las cosas a medias, aunque últimamente su palabra favorita parecía haberse convertido en “compasión”.
¿Es que acaso yo era el único que se daba cuenta de lo mucho que se estaba ablandando? Todo el odio que ponía en su trabajo se había esfumado para dar paso a algo parecido a la alegría, al alivio, a felicidad. Esa felicidad que nunca había visto impresa en sus ojos se había convertido en un estorbo a la hora de trabajar. Tom ya no se ensuciaba las manos cuando a antaño, él mismo buscaba la suciedad y la degradación como si fuera la única manera de seguir con vida. Ahora parecía querer auto-protegerse, no hacer daño para no recibir daño a cambio. No ensuciarse las manos para mantenerse… limpio.
¿Limpio? ¿Por qué?
El Fhürer cerró sus regordetes dedos alrededor de mi tobillo cuando hice amago de seguir a los demás.
—Tú… ¿por qué le sigues? — me preguntó. Yo le miré con repugnancia. — ¿Es que no le odias? ¿Es que no odias lo que te hizo a ti y a tu familia? — con gesto tosco, tiré de mi pierna para apartarla de su lado.
—Tú no eres nadie para hablar sobre ello.
—¿Nadie? ¿Y quién es alguien aquí para hablar del tema? — se levantó, despacio. De reojo pude ver como Tom se detenía y nos observaba con el ceño fruncido. — Todo el mundo lo sabe ¿no? ¿Por qué le sigues? ¡Únete a los Caídos, ellos se vengaran por ti!
—Andreas. — me llamó Tom. Le di la espalda a nuestro enemigo.
—Nunca abandonaré a Tom ¿te enteras? Si los Caídos necesitan apoyo, que busquen a otro.
—Pero ¿por qué? ¿No le odias ni un poco?
—No.
—Todo el mundo le odia aunque sea un poco. Tú deberías odiarle más que nadie. Tú…
—Andy, ven. — obedecí.
—¡Maldito gilipollas! ¡Él mató a tu padre! — ni siquiera pestañeé y Tom tampoco. Es más, me pareció ver una sonrisita perniciosa asomándose por la comisura de sus labios, como si se burlara del patético comportamiento de nuestro enemigo.
Un silencio tenso ocupó el espacio y el tiempo, antes de que le dedicara una última mirada colérica a semejante elemento.
—Mi padre era como tú. ¡Un gran pedazo de mierda! Que te quede claro a ti y a los tuyos. Yo no soy un Encadenado, soy el mejor amigo de Tom y por eso, da igual cuanto tiempo pase o cuánto dolor tenga que soportar. No lo abandonaré. — el Fhürer temblequeó de rabia. La cara se le puso roja como la de un borracho y un sudor frío le recorrió la cara cuando Tom volvió a acercarse a él, con una sonrisa prominente. Me sacudió el pelo como si fuera una mascota peluda, pero yo no sentí molestia alguna por ello. Más bien, me sentí halagado.
—Es lo que tienen los Muñecos, tío. Tú los manejas y ellos nunca te abandonan. Díselo a tu líder. Ninguno de mis Muñecos estará dispuesto a seguir sus pasos. — yo no diría tanto, pero sabía que Tom solo se estaba tirando un farol para protegerse. En los Encadenados no todos eran de confianza, pero podía apostar a que una inmensa mayoría prefería los barrios bajos que Tom les ofrecía a los que les daba el líder de los Caídos, fuera quien fuera, ofreciera lo que ofreciera.
A pesar de la seguridad expresada, el Fhürer dejó escapar una sonrisita para nada buena. Estaba muerto de miedo, acojonado, pero valía no le faltaba.
—En realidad, no he dejado que me vieras y me atraparas sólo para que pudieras sacarme información. Mi… “líder” quería que te preguntara algo concreto.
—¿Ah, sí? — se burló Tom, cruzándose de brazos con actitud chulesca. — ¿Te das cuenta de que estás admitiendo que eres uno de esos Caídos? ¿Qué te estás condenando?
—La verdad es que no me importa condenarme si con ello consigo llevarte al infierno conmigo.
—¿Qué quieres preguntar? Dispara de una vez. — entonces, nuestro enemigo ensanchó la sonrisa y en un tono de lo más sosegado, dijo algo que hizo que no solo yo tragara saliva por la sorpresa.
—Nos han dicho… que tu hermanito pequeño está de vacaciones en Stuttgart… ¿Es eso cierto?
No tuve palabras para describir el cambio tan radical en el ambiente. Describir cómo Ricky, de pasar a estar callada y sumisa vigilando las afueras del callejón se abalanzó hacia delante y gritando todo insulto que se le pasaba por la cabeza, se tiró encima de esa rata de alcantarilla. Tampoco sabría describir por qué Black no la sujetó, sabiendo cuánto odiaba la violencia. Cuando lo miré, sus ojos desorbitados solo albergan el reflejo de Ricky encima del Fhürer, mordiéndole el cuello, pegándole puñetazos a diestro y siniestro y como él intentaba quitársela de encima sin conseguirlo. Black no se movió un milímetro y, cuando por fin consiguió volver en sí, se quedó quieto, observando la escena con los puños apretados y los labios fruncidos, conteniendo la ira y felicitando mentalmente a mi amiga, por golpear con tanta brutalidad a Fhürer.
En Tom… de él solo podía describir como la palidez de su cara marchitó su bronceado en dos segundos, como se extendió por su cuerpo, haciendo que los brutales músculos se tiñeran de blanco hasta ser capaz de vislumbrar las venas palpitar bajo la piel, arrastrando litros de sangre podrida de odio. Incluso sus rastas parecieron perder color.
Y luego… tensión.
—Coge a Ricky, Black. — ordenó con una voz casi inhumana.
La recordé. Era su voz de siempre, la que estaba llena de odio y asco hacia todo, incluso hacia sí mismo.
Nuestro amigo obedeció sin una palabra y tuvo que pelearse contra los puños furiosos de Ricky y sus gritos para sacarla de allí, arrastrándola por el suelo cogida por ambos brazos.
—Sal del callejón, Andy. — me dijo y yo tragué saliva.
—Tom…
—No me hagas repetir la misma orden. — la amenaza implícita en su voz me hizo dar media vuelta y obedecer sin rechistar.
Cuando el Fhürer mencionó a mi padre y me ofreció incorporarme a los Caídos, Tom no se había movido ni un centímetro, pero al pronunciar a su hermano… a Bill…
Salí del callejón justo después de oírle decir:
—Se acabó la compasión.
Lo que vino después solo fueron gritos y, sin embargo lo que nos sobrecogió fue el estruendo que pocas veces habíamos oído a pesar de encontrarnos en un barrio tan peligroso.
El rugido de un disparo.
.
By Bill
—Necesito que me digas una vez más por qué demonios estás en mi habitación a estas horas y por qué yo te lo permito. — Yo, embutido en el albornoz negro (pijada total, pero ¡cómo molaba!) y recién salido de la ducha, con el pelo todavía empapado, con la galleta de coco en la boca y apretando el joystick analógico del mando de la Play Station 3, pulsé pausa antes de girar la cabeza hacia Aaron. La imagen se congeló en la pantalla plana. Jin Kazama golpeaba a Heihachi Mishima con una patada lateral y el viejo especialista en artes marciales caía al suelo de espaldas dándose un golpe bestial contra el asfalto.
—¿Eh? — murmuré.
—¿Por qué no te vas a la otra habitación y juegas allí a la Play? Es tarde y estoy intentando estudiar ¿sabes? — observé el libro de farmacología que el Príncipe tenía en sus manos. Sentado en una silla frente a su escritorio con el pelo lejos de la cara gracias a la sujeción de una diadema blanca. Parecía de todo menos el tan orgulloso aspirante a enfermero con el que me peleaba a menudo. Aún así, su mueca de desprecio no había quien la borrara.
Volví a fijar mi atención en el videojuego y pulsé Start. Jin Kazama empezó a patear a Heihachi. Sobraba decir que yo era quien manejaba a Jin.
—Pues verás… estoy aburrido en mi cuarto. Allí no hay Play Station y aunque la hubiera, es más divertido jugar con alguien ¿no? mañana no tengo que trabajar, así que no me importa acostarme tarde y además… ¡me siento muy solo en un cuarto tan grande! — dramaticé y Aaron puso los ojos en blanco. — Oye ¿por qué no dejas de estudiar un rato y juegas conmigo? Así descansas un poco. — le pasé el otro mando inalámbrico, pero Aaron me dio la espalda y volvió a enzarzarse en una lectura tediosa sobre fármacos. Yo me encogí de hombros y seguí dándole una paliza al personaje contrario. — ¡Mira, te voy a pasar la historia de Jin! Si quieres te paso la de los demás, se me dan muy bien los juegos de peleas. ¡Siempre le gano a Tom!
—¿Cómo vas con el tobillo? — mi pierna, recientemente vendada había adquirido un tono morado los días anteriores, pero poco a poco se había ido recuperando hasta apenas molestarme al andar. Aún así procuraba no hacer movimientos muy bruscos.
—Genial. Serás un buen médico.
—Enfermero.
—Enfermero… pero ¿estudias las dos carreras?
—Me haré cargo del hospital provincial de Stuttgart cuando sea mayor para sustituir a mi padre, así que estudio un poco de todo. Pero lo que más me gusta es enfermería.
—Uff, debe ser muy estresante.
—No. Bueno… da igual. Hay cosas peores.
—¿Cómo cuáles? — Aaron se quedó callado durante unos segundos. Pensé que había decidido pasar de mí para concentrarse de nuevo en sus estudios y bajé el sonido de la tele para no distraerle, pero entonces se dio la vuelta y me miró con el ceño fruncido. Perdí el combate contra Nina.
—¿No estás preocupado ni un poco?
—¿Preocupado? ¿Por qué?
—Sabes bien por qué. — con la cabeza gacha, apreté aún más el mando de la consola.
Sabía bien a lo que se refería, pero intentaba no pensar mucho en ello y por eso buscaba todo tipo de distracciones aunque estas incluyeran cabrear a Aaron.
Había pasado el tiempo, no mucho, pero el suficiente como para apreciar que algo extraño estaba ocurriendo en los barrios bajos. Tom no me daba detalles, pero me enteraba por otras personas sobre las palizas, el destrozo de propiedades de los Encadenados y varias cosas más. No había habido ninguna otra muerte. Yo hacía como que no me daba cuenta de lo que ocurría y Tom disimulaba a la perfección. Pronto se daría cuenta de lo nervioso que me ponía esa situación.
Tom tenía tanto lío que no habíamos podido arreglar nuestra casa todavía. Yo me había ofrecido numerosas veces a ocuparme de arreglarla con ayuda de algún especialista, pero Tom se negaba en redondo. Después del destrozo ocasionado no había vuelto a pisar los barrios bajos excepto para ir a casa de Ricky, y eso que Heidi me llevaba en coche y me traía también en coche, sino tampoco habría ido. Normalmente me habría negado aceptar esa orden de Tom, pero lo cierto era que a mí también me daba miedo pisar los barrios bajos después de todo lo que había oído, así que acataba la orden en silencio.
Continúa…
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