
By Bill
—¿Hoy tampoco vienes a dormir?
—No. Han pasado algunas cosas y… tengo que encargarme de ellas.
—Ya.
—¿Te molesta?
—No. Es tu trabajo, no me importa.
—Por el tono de voz, yo diría que sí te importa.
—No pasa nada, me da igual, en serio.
—¿Seguro?
—No te he visto desde hace cinco días.
—Me llamas por teléfono ¿no?
—¿Y por qué se supone que tengo que conformarme con eso? Ni que estuvieras en Irak.
—¿Lo ves? Estás cabreado.
—No estoy cabreado.
—Sí lo estás.
—¿Sabes una cosa? Voy a colgar.
—Pues vale. Te llamaré cuando estés más tranquilo.
—En lugar de llamarme ven a por mí.
—…No puedo hacer eso.
—Eres un mentiroso.
—Bill, en serio, no puedo.
—¿Sabes qué es lo que me cabrea? No que no puedas venir a casa, si no que me mientas sobre el por qué.
—No te estoy mintiendo.
—No, me ocultas cosas, que es diferente ¿verdad?
—Mira, te llamo luego ¿vale? Cuando estés más calmado.
—¡Llámame cuando estés dispuesto a contarme que te han metido un puto tiro y llevas veinticuatro horas en observación, gilipollas! — colgué y cerré el móvil con demasiado entusiasmo.
—¿Sabes? Eso ha sido cruel. — dijo Aaron, a mi espalda, encajando la llave en la cerradura que daba a la habitación de los expedientes médicos.
—Sí. Esto de ser un Encadenado me encanta. — vacilé. Aaron abrió la puerta y ambos nos colamos en el espacio oscuro sin llamar demasiado la atención. Entrecerré la puerta y me concentré en vigilar a través de ella mientras el Príncipe abría los cajones y rebuscaba entre las cientos de carpetas perfectamente archivadas por orden alfabético.
—¿Quién te ha contado lo del tiro y que estaba en observación? — me preguntó.
—Ricky, ya sabes.
—¿Cómo no? De todas formas no has mostrado mucho interés por el tema. — Preferí no mencionar el nuevo arañazo que me recorría la piel desde el muslo hasta la rodilla.
—Me da igual. Si quiere matarse que lo haga. Ya me enteraré de su muerte por terceras personas, como siempre.
—Eres realmente frío, Bill. Sí, desde luego cada vez te pareces más a tu hermano. A este paso acabarás siendo tú el líder.
—Seguro que lo hago mucho mejor que él. Oye, ¿por qué no vigilas tú y yo busco? Eres un poco lento. — Aaron me hizo ver una mueca sarcástica.
—¿Es que no has oído hablar del secreto profesional?
—¿No debería ser yo quien te preguntara eso a ti? Tú eres el aspirante a médico.
—¿Viene alguien? — solo pasaban enfermeros por el pasillo y todos pasaban de largo. Un niño revoltoso correteaba por allí, con su madre detrás pidiéndole silencio y moderación.
—Nadie, pero date prisa. No me gusta tener que entretener a la gente.
—Ya tengo uno. — Aaron me pasó la carpeta y yo, sin ni siquiera mirarla, la introduje en el interior de mi mochila. — ¿Cuál era el apellido de la chica?
—Eh… ¿Kaufmann?
—Sí, ese… a ver… — al final del pasillo detecté a dos personas que se acercaban con sus batas blancas. Una de ellas era una mujer y el otro, un hombre hecho y derecho sumamente serio. Me recordó a los padres de Aaron, aquellos que había visto en una foto, pero aunque tenían la misma expresión tosca, no se parecían en nada. El hombre era especialmente alto, de hecho calcularía que me sacaba una cabeza, lo que le convertía cinco centímetros más alto que yo. Dos metros. Su pelo era oscuro, pero de verdad, como la noche misma y sus ojos tan negros que podía confundirlos con las pupilas. Miraba a la mujer que caminaba a su lado como si la despreciara. Llevaba gafas. Me daba la impresión de que era agresivo y si lo era, a pesar de mis nuevas capacidades viriles, sería el primero en salir corriendo.
Era tanto o más grande que Black, pero más grueso. Ese sería un detalle cómico si no fuera porque su anchura se debía a una musculatura bestial, no a grasa corporal.
—Oye, Aaron, date prisa, por ahí viene… — me acerqué a él para ayudarle a buscar y mientras pasaba carpetas y carpetas ordenadas por apellidos, localicé uno en concreto que me llamó la atención. Sin preguntar si quiera, agarré la carpeta y la saqué de un tirón.
—¡Eh! — gruñó el Príncipe.
—¿Este es el expediente médico de mi padre? — pregunté. El apellido Kaulitz parecía brillar ante mí.
—Pues claro, aquí están los expedientes de prácticamente toda Stuttgart. — miré a Aaron con una ceja arqueada y abrí la carpeta.
—¿De verdad? ¿Tom también está?
—¡No mires eso, dámelo ahora mismo! ¡Bill! — intentó quitármelo, pero yo me aparté de un bandazo.
—¡Shhhh, tú a buscar, que se acerca un tío con muy mala pinta por ahí!
—Bill, me vas a meter en un buen lío. Dame eso. — la puerta se cerró de golpe cuando tropecé y me golpeé la espalda contra ella. Aaron y yo nos observamos con los ojos muy abiertos porque, obviamente, el golpe no había sido insonoro.
—¡Coge el puto expediente que te falta y vámonos de aquí! — y eso hizo. Rebuscó durante un par de segundos más, agarró una carpeta, cerró el cajón de golpe y ambos, con los nervios a flor de piel, decidimos salir de allí de una vez. Cuando abrimos la puerta y nos vimos en mitad de un pasillo abandonado, suspiramos y cerramos la puerta. — Uff, nadie nos ha visto ¿no?
—Abre la mochila y mételos dentro… — me descolgué la mochila del hombro y metí el expediente que contenía mi apellido dentro. Fui a coger el expediente de la familia Kaufmann.
—¿Qué se supone que haces aquí, Aaron? — no me dio tiempo a guardarlo. Los dos nos pusimos tan tiesos como estatuas y el Príncipe, además de rígido, se puso de todos los colores. Por un momento lo confundí con un camaleón antes de que el gigante que teníamos delante acaparara toda mi atención. El hombre de ojos penetrantes y rostro apático nos había pillado. El Príncipe, muy lentamente, se volvió hacia él, ocultando tras su espalda el valioso expediente que yo, con disimulo, agarré e introduje en la mochila. Cuando se lo quité, pude detectar el temblor de sus manos.
—Ah… Seiler. — murmuró muy bajito. El hombre le observó como si se tratara de una pulga minúscula. Ni siquiera reparó en mi presencia.
—¿Qué haces aquí? — volvió a preguntar. Su voz era la más profunda e intimidante que hubiera oído nunca. De hecho, superaba a la de mi hermano cuando se enfadaba.
—Oh, pues… yo… — él tragó saliva. No hacía falta decir que estaba intimidado y no me extrañaba en absoluto. Fijándome en el personaje que teníamos delante, detecté su placa. Su nombre era Seiler Kolher.
Cirujano jefe.
¡Lo sabía, tenía toda la cara de carnicero!
Se cruzó de brazos esperando una respuesta que no llegaba. Cada segundo que pasaba notaba a Aaron más nervioso, tanto que empezó a tartamudear y a sudar. Su color de piel pasó de blanco a rojo fosforescente por la vergüenza, así que sacando algo de valor, me aventuré a interrumpir ese duelo de miradas entre el cirujano jefe y el pequeño aspirante a director de hospital.
—Pero ¿me quieres hacer caso de una vez? — gruñí y ambos se volvieron hacia mí. El cirujano frunció el ceño, sorprendido. — ¿Es que no piensas atenderme o qué? ¡Llevo toda la mañana esperando, tío! ¿Me tengo que estás muriendo para que alguien me atienda en este jodido hospital?
—Ah…
—¡Pues sí, ya veo que sí!
—Perdone, ¿usted es…? — me preguntó el cirujano con cara de pocos amigos (la que tenía, más bien).
—¿Y por qué debería decirle mi nombre a un médico tan incompetente? A ver, ¿cómo se llama usted, señor…
—Seiler.
—Señor Seiler. Verá, llevo aquí desde las ocho de la mañana y ¿sabe qué hora es? ¡Las once, las once! ¡Tengo otros asuntos que atender así que si no le importa, atiéndanme de una vez!
—¿Cuál es su problema?
—¿Qué?
—El motivo por el que está aquí. — miré a Aaron de refilón, que aún trastocado, se apresuró a echarme una mano.
—Dice que tiene fuertes dolores abdominales desde ayer por la noche, vómitos, mareos…
—¡Exactamente! — me llevé una mano a la barriga y puse cara adolorida, encogiéndome un poco por el dolor. — ¿Ves? ¡Ya me vuelven los dolores!
—Lamento tener que decirle que en esta sala ninguno de los dos está cualificados para tratar ese asunto. Debería visitar a su médico de cabecera o ir a la sección tres, planta dos de este hospital y pedir cita.
—¿Pedir cita? ¿Y si tengo un ataque de apendicitis, qué?
—Eh… no creo que lo sea, no se preocupe por eso. — Aaron sonrió forzosamente. Yo seguí con mi papel de paciente insatisfecho.
—¿Y usted qué sabe si no está cualificado para ofrecer un diagnóstico? — el Príncipe se quedó cortado y yo me hice a la idea de que la había cagado. Entonces, el tal Seiler se interpuso entre Aaron y yo y me miró de forma amenazadora.
—Le agradecería que no hablara de una manera tan ruda a nuestro alumno en prácticas. Un error puede tenerlo cualquiera. — si no fuera porque el Príncipe parecía intimidantemente horrorizado por la forma en la que el cirujano lo había defendido, habría dado por hecho que aquel hombre no era tan malo como parecía.
—Sí, sin duda, un error puede tenerlo cualquiera. — decidí que era hora de irme por donde había venido y haciendo el paripé como tantas otras veces había hecho, me encogí sobre mí mismo y fingí un gran dolor atacando mi estómago. — Oh, no… otra vez… necesito… ¡Necesito un baño!
—Hum… sin duda se trata de un ataque de colitis. — insistió Aaron.
—¡Sí, eso va a ser, sin duda! — y con unos movimientos muy poco dignos, les di la espalda y eché a andar pasillo abajo. — ¡Uff, paso, paso, tengo colitis, la diarrea es peligrosa! ¡Arggg! ¿Dónde está el wáter? — sin importarme nada donde estuviera el baño, giré por el primer pasillo que encontré a la izquierda. — ¡Oooohh, no llegaré tiempo al cagódromo! — dramaticé y una vez fuera del alcance de aquel carnicero de mirada asesina, suspiré de alivio apretando la mochila entre mis brazos.
Entonces me di cuenta de que había ido a parar a una sala de espera y de que mucha gente me estaba mirando como si portara un virus contagioso. Un niño se rió e intentó caminar hasta mí, pero su madre le dio un tirón para que no se me acercara y acto seguido, me sonrió con gran falsedad. Yo devolví la sonrisa con las mejillas rojas de vergüenza. Luego, muy lentamente y con disimulo, asomé la cabeza por la esquina del pasillo para ver si Aaron me seguía. No lo hacía. El carnicero le estaba diciendo algo y el Príncipe intentaba excusarse, pero el otro parecía no aceptar ninguna excusa.
Estaba shockeado. El tal Seiler era totalmente hierático y cuando le hizo un gesto para que le siguiera a través del pasillo, Aaron aceptó, cabizbajo. Los dos me dieron la espalda y empezaron a andar. Suspiré. Al final no había sido de gran ayuda.
Ocurrió algo muy raro.
El cirujano giró la cabeza hacia atrás y sus ojos oscuros se clavaron en los míos, como si supiera desde un principio que allí me encontraba yo, esperando a Aaron, como si supiera lo que había pasado, lo que habíamos planeado juntos. Me pilló, pero no dijo nada. Al contrario… sonrió.
Y fue una sonrisa escalofriante.
Cuando salí de allí me temblaban las manos. Era como si… me hubiera reconocido.
Sabía que no tendría que haber dejado solo a Aaron con ese tío. Algo me decía que no era de fiar y que, además, sus intenciones no eran muy buenas. Al cruzar su mirada con la mía se me dispararon todas las alarmas que un cachorrillo puede tener al detectar una amenaza en el ambiente. El mensaje era claro. Peligro, huye, corre. Así que de vuelta a la gran casa de Aaron solo sentí nervios y remordimientos. Debería haberle echado una mano o, al menos, intentarlo.
También debería ir a ver a Tom a la sala de observaciones, pero no me atrevía. Mi personalidad todavía era inestable y no tenía ni idea de cómo reaccionaría al ver a mi novio tumbado en una camilla y agujereado.
Por supuesto, me había asegurado de que no era nada grave. No era tan insensible, aunque intentaba serlo con todas mis fuerzas.
Cuando llegué, Shizuka, la chica de la limpieza y tareas varias (todavía no sabía qué hacía exactamente), me hizo un gesto para que me acercara a ella en silencio.
—Tenga usted mucho cuidado, chico. Los señoles volvelan a casa esta noche y todavía no tengo clalo si el señolito estalá en ploblemas si sus papás saben que vosotlos estáis aquí. — asentí con la cabeza, bastante seguro de que prefería no tener contacto con esas personas que tan estiradas parecían. Si tenían el mismo humor que Aaron, debían de ser temibles.
Así que con la cabeza llena de ideas y después de sacar a pasear a Scotty junto a Zansha y Duncan (¡Qué diferencia entre un perro y el otro! Los perros del Príncipe caminaban como si fueran reyes y obedecían todas las órdenes, Scotty se revolcaba por el barro y me arrastraba por donde quería), llegué a mi cuarto y Bagoas se me echó encima. Recibí un golpe de lo más tonto. Me caí sobre un montón de cajas que habíamos apilado en un rincón de la habitación el primer día que llegamos después de la masacre de nuestro hogar. Era lo que había sobrevivido de todo aquel desastre, los restos.
—¡Eh! Serás gato malo… ¿qué pasa? ¿Voy a tener que comprarte otro ratón de plástico? — como única respuesta, el gato me recibió con maullidos y lametones en la cara. Sabía hacerme bien la pelota. — Vale, vale, de acuerdo, ¿quieres leche? Te abriré una lata de asquerosa comida para gatos. — estreché a Bagoas entre mis brazos y me levanté con cierta dificultad. El gato me arañaba la camiseta y el pecho y yo bufé. ¡Me estaba convirtiendo en todo un mártir mutilado! Si no me arañaba el gato, lo hacía yo con cosas más afiladas que sus uñas y si no, lo hacía Tom y a conciencia, aunque él salía peor parado que yo. La diferencia entre sus uñas y las mías era considerable. Aunque no me las había vuelto a pintar, no me las cortaba con mucha frecuencia.
Cuando conseguí levantarme, el estruendoso ruido de las cajas de cartón desperdigando su contenido por el suelo me hicieron gruñir de resignación. Dejé a Bagoas en el suelo y empecé a recoger. Sería mejor tenerlo todo listo para el día siguiente, ya que empezaba a trabajar otra vez y volvería agotado. Y, claro, no podía contar con Tom para mantener la casa decente y menos, estando herido. ¿Cuándo volvería a casa? Hacía unos tres días que había dejado de hacerme esa pregunta, ya que pensando en eso podía pasarlo realmente mal.
Recogí los libros antiguos, pero antes de volver a meterlos en la caja, observé sus portadas. No pude hacer más que sonreír al descubrir libros de preescolar y primaria entre mis manos. Me emocioné al momento pensando qué clase de estudios había realizado Tom desde pequeño, si teníamos algo en común. Así que me senté en el suelo y empecé a rebuscar entre el montón de cajas, soltando todo su contenido en el suelo. Encontré álbumes de fotos que tenían pinta de ser muy antiguos, cuadernos, cintas de vídeo y cartas. Muchísimas cartas. ¡Oh, aquello era un tesoro! De repente, recordé donde había visto también aquella cantidad de material. Eso debían ser los recuerdos de Tom guardados en el trastero. Me pregunté cómo habían llegado hasta allí. ¡No esperaba que Tom fuera tan sentimental! Pero si todo eso estaba ahí, sin duda era por el profundo significado que para algún miembro de la familia poseía. Por algún motivo, no me imaginaba a mi padre pidiéndole a mi hermano que no se olvidara de aquellos álbumes de fotos tan antiguos.
Algunas fotos ya las había visto. Yo y Tom de pequeños ocupábamos gran parte de ellas. Había una especialmente graciosa en la que uno de los dos miraba a la cámara con la boca abierta por la sorpresa, con un libro en la mano, como si acabaran de pillarle leyendo algo que no debía. El otro se reía con unas paletas de leche que amenazaban caerse en cualquier momento.
La que suponía era Helem, también salía en muchas fotos una vez me hice con otro álbum más nuevo. En ese álbum Tom no tendría más de diez años y en cada foto, se le notaba reacio a posar. Parecía asqueado y a veces, indiferente. Por aquel entonces ya tenía las rastas sobre los hombros, rubias como el oro. No estaba pálido ni muy delgado, pero tenía las mejillas hundidas y grandes ojeras. Pasando las páginas unas tras otras, me percaté de que poseía la misma expresión que en las anteriores, exactamente la misma. Solo expresaba aborrecimiento y una edad mucho mayor. Tenía mirada de anciano, la del que ha vivido todo y no ve más motivos para seguir en esa vida que nada bueno le deparaba. Sus ojos se mostraban cansados, sus labios despellejados no tenían intención de saborear nada. Tom parecía un muerto.
En todas las fotos excepto una.
Helem le abrazaba con ese cabello pelirrojo rodeándole los hombros. Tom era muy bajito y ella tenía que agacharse para situarse a su altura. La única diferencia del Tom de las otras fotos y de esa, era el rubor tan intenso de mi hermano y el brillo en su mirada al observar a su madrastra. No sabría describirlo de otra manera que no fuera intenso. Sin duda, esa mujer había significado y significaba un mundo para mi hermano.
Me gustaría mucho conocerla, pero me daba respeto pensar en ella. Nunca había visto a una persona tetrapléjica y me preguntaba cómo de impresionante sería verla. No quería que la pobre mujer se sintiera mal si yo me ponía pálido o me mareaba al encontrármela en esa camilla.
Solté el álbum de fotos y me puse a pasar páginas del primer libro de texto que encontré, uno sobre industriales que no tenía ni idea de qué hacía allí. Había varios que supuse, pertenecerían a la rama de Telecomunicaciones de la universidad y varios cuadernos. Me concentré en estos últimos mientras tranquilizaba a Bagoas acariciándole el lomo.
Al abrir uno al azar, me encontré con cientos de operaciones incomprensibles y cuentas extrañas. Miles de números desordenados formando fórmulas matemáticas. Arrugué la frente. Todo el cuaderno estaba repleto de operaciones similares, cada cual más complicada. No había ni una sola palabra y si las había, era para concretar ciertas fases. Cerré el cuaderno y agarré otro que estaba casi igual, pero en lugar de cuentas matemáticas, solo había palabras y textos. Leyendo algunos, conseguí localizarlos en obras literarias que me habían obligado a leer en el instituto. Los textos estaban analizados con excelentes comentarios críticos, dignos de un profesional, utilizando palabras que ni yo conocía y en un lenguaje que podía pasar del más vasto, al más científico. La letra era de Tom, eso seguro y desgraciadamente, era lo único que hacía imperfecto su magnífico trabajo. No tenía una mala caligrafía, pero tampoco era admirable. Las palabras parecían bailar sobre la hoja de forma inestable, pasando de letras más pequeñas a más grandes en determinados momentos. Los trazos podían ser firmes o débiles y a veces, las palabras parecían expresar furia por la fuerza con la que estaban plasmadas en el papel o bien, cansancio.
No era un experto en aquella técnica, pero suponía que si un profesional analizaba la caligrafía de Tom, descubriría una cierta inestabilidad emocional.
Cerré el cuaderno y seguí buscando entre los objetos antiguos. Descubrí algunos juguetes, películas de Disney, libros de cuentos y dibujos. Concentrándome en estos últimos, vi los colores alegres y los paisajes azules dibujados por un niño de cuatro años. Los monigotes y animales que dibujaba sonreían tanto que sus dientes sobresalían de sus regordetas caritas. Me resultaba difícil imaginarme a Tom dibujar paisajes tan ilustres y divertidos. Lo cierto era que no se le daba nada mal. Sus dibujos me recordaban a las series japonesas que salían en la tele. Luego… esa peculiaridad empezó a cambiar. De repente me encontré con colores oscuros, personajes amorfos y paisajes desgarrados y tétricos. Los muñecos habían dejado de sonreír para volverse hieráticos y macabros. El negro predominaba por encima de cualquier color, compitiendo con el rojo oscuro, el color de la sangre. El verde y el azul que hasta entonces habían sido los favoritos, desaparecieron.
Entonces, las escenas se convirtieron en macabras interpretaciones de asesinatos y palabras amontonadas unas encima de otras. Un pequeño halo de angustia me comprimió el estómago conforme iba pasando los folios uno a uno. En todos ellos había muertos: el primero con el que me encontré retrataba varias personas colgando de lianas o cuerdas por el cuello. Los personajes habían dejado de tener grandes caras alegres a, directamente, no tener nada. Eran un montón de garabatos dibujados con rotulador negro. A partir de ese primer dibujo, las escenas empezaron a volver más violentas y sádicas. Me acongojó especialmente uno en el que se observaban cientos de cadáveres empalados alrededor de un bosque oscuro. Hombres, mujeres… y niños. Sobre todo niños.
Decidí dejarlos de lado un poco perturbado y abrí un pequeño estuche de metal a base de golpes. No creía que a nadie le importara que lo rompiera, ya que parecía cerrado a cal y canto desde hacía por lo menos veinte años. Curioseando, lo abrí, esperando encontrarme con una fortuna en joyas o una colección de canicas de 1992, pero en su lugar solo encontré un montón de sobres amarillentos cuyas letras tenían una forma desconocida para mí. No me hizo falta fijarme demasiado en las palabras del remitente para darme cuenta de que no las había escrito Tom. Volqué la caja y un montón de cartas cayeron al suelo formando una montañita arrugada.
—¿Y esto? — murmuré. Agarré una cualquiera y miré el destinatario. Reconocí el nombre de mi padre y la calle donde estaba situada nuestra casa ahora destruida. Después, miré el remitente escrito con una caligrafía perfectamente elegante y… mierda.
¿Mamá?
Estuve varios minutos observando aquella carta con el estómago revuelto. El nombre de mi madre, Simone, estaba escrito claramente en aquel sobre antiguo. Encontré la fecha del día que había sido enviado y tragué saliva, siendo consciente de que acababa de encontrar algo importante.
Abril de 1993. En aquella época yo y Tom teníamos cuatro años.
—Hostias… — sin abrir los sobres, empecé a rebuscar entre el montón. Los ordené todos cronológicamente y descubrí que mi madre se había estado carteando con mi padre desde 1993 hasta el año 2000. Había una carta por mes, por lo que el montón de cartas era considerable.
Intrigado e imaginándome unos cuernos en la frente de Gordon enormes, cogí el primer sobre y empecé a abrirlo con cuidado. La elegante caligrafía de mi madre quedó descubierta ante mis ojos. Empecé a leer.
Querido Jorg:
Me sentí aliviada y feliz cuando leí tu carta comunicándome lo bien que Tom lleva el cambio. También me alegro de que tú te adaptes a él y a tu nueva vida allí, tan lejos de Hamburgo. Me han dicho que Stuttgart, aunque se trata de una ciudad preciosa, tiene unos barrios muy peligrosos y oscuros. Dicen que hay concentraciones de pandillas peligrosas por aquellos lares, como en Estados Unidos, ya sabes. ¿Te acuerdas del chico americano al que tuve que defender de sus propios hermanos por haber acudido a la policía por el asesinato de su padre? Pensar en que ese tipo de gentuza puede anidar cerca de mi inocente y tímido hijo me pone enferma. Por eso, te pido que no permitas, ocurra lo que ocurra, que Tom se inmiscuya en esos temas.
Como verás, he añadido al sobre diez mil marcos que espero utilices para matricular a Tom en una escuela privada, donde lo eduquen correctamente y lo mantengan alejado de posibles peligros. También te he enviado algunos folletos sobre escuelas que me han recomendado para su educación. Desde mi oficina, un compañero me ha enseñado a usar esos ordenadores tan modernos y he conseguido acceder a internet ¡soy la primera de la empresa que toca uno de esos trastos tecnológicos! ¿Sabes? No es tan impresionante como dicen. Estoy segura de que esto de internet no durará mucho.
Bill y yo estamos bien, pero la verdad es que él no parece llevar tan bien como Tom la separación. Durante el día parece feliz. Ha hecho un amigo muy grande, enorme, dos años mayor que él. Se llama Georg, lo conoció en el parque el otro día y ya le está obligando a venir a casa todos los días para jugar con él. Ya sabes que Bill no es mucho de jugar a la pelota, así que el bichito no tuvo otra que hacer que coger la cuna que tengo guardada para dársela a mi hermana, subirse a ella con Georg a la espalda y lanzarse por las escaleras como si estuviera pilotando un coche de carreras. ¡Adiós cuna!
Lo que quiero decir es que mientras está ocupado, no hace preguntas y se lo pasa bien. En el colegio se divierte. En casa hago todo lo que puedo por calmar su aburrimiento con juguetes nuevos. Intento evitar que piense en su hermano, pero no lo consigo. Lo sé porque aunque apenas pregunte por él, cuando me despierto por las mañanas siempre me lo encuentro durmiendo frente a la puerta de la calle, en el suelo. Dice que espera a Tom y cuando lo despierto, llora al ver que no ha vuelto a casa. Se me rompe el corazón al verlo así, Jorg. Empiezo a flaquear en esta decisión tan precipitada. Son hermanos gemelos y deberían estar juntos ¿no? ¿Cómo hemos podido llegar a esta situación? Yo también echo de menos a Tom, tanto…
Puede que separarlos ponga a salvo a Bill, pero temo que el remedio sea peor que la enfermedad.
Dejé de leer ahí, con un ligero picor en los ojos y en la garganta. Así que mi madre sí que quería a Tom, o al menos lo había querido… pero algo fallaba. Algo no encajaba.
Leí la última frase un par de veces más y arrugué la cara, confundido. ¿Salvar a Bill, es decir, a mí? ¿De qué? Seguí leyendo hasta terminar la carta, pero lo interesante había acabado en ese párrafo. Lo demás hacía referencia a papeles de divorcio y economía familiar. Poco más. Interesado por esa cuestión y por saber los sucesos que no recordaba, cogí la carta de la fecha más aproximada y empecé a leer. La siguiente databa de dos meses después.
Querido Jorg:
Te escribo esta carta desde el coche, delante del parvulario de Bill. Estoy esperando a que las maestras me dejen pasar para recogerlo unas pocas horas antes de lo habitual. Al parecer se ha peleado con un niño de su clase, le ha mordido el brazo y se le ha caído un diente cuando el niño se lo ha sacudido para quitárselo de encima. Últimamente, Bill está muy agresivo. ¿Se deberá a la famosa conexión entre gemelos? Si Tom está tan susceptible como dices y Bill está igual, se deberá a algo. ¿Le has preguntado a la tutora de Tom si ha pasado algo en el parvulario que le haga no querer ir? Tal vez tenga problemas con sus compañeros de clase.
Seguí leyendo, cada vez más rápido yendo directamente a por las frases más significantes. Mamá hablaba demasiado sobre el trabajo, la economía familiar e internet. A mí sólo me interesaban los temas referentes a Tom y a mí, que cada vez se volvían más triviales.
Acabé tumbado en la cama sobre un montón de cartas y estuve alrededor de dos horas leyendo sin parar, parando solo de vez en cuando para acariciar a Kasimir, acurrucado sobre mis piernas.
Mamá cada vez hablaba menos sobre Tom y más sobre mí. Parecía estar obsesionada por mi salud y mi adaptación a las circunstancias del momento. Por lo visto, no eran muy buenas. Siempre había tenido problemas de salud en mi infancia y también de mayor; mi organismo no asimilaba bien el hierro de la carne roja y las proteínas del pescado. Caía constantemente enfermo y me mareaba a menudo por la anemia. Lo que no sabía era que padecía un trastorno de hiperactividad bastante molesto; mis notas en el parvulario no eran muy buenas debido a ello. Mi madre me cambió de parvulario cuatro veces antes de averiguar que era hiperactivo, ya que mis profesoras y mis compañeros me consideraban retrasado o al menos, cortito de mente.
A parte de Georg no tenía ningún amigo. A Gustav lo conocí a los seis años, así que no contaba con que apareciera pronto en las cartas.
No preguntaba mucho por Tom o eso decía mi madre. Sin embargo, mis sueños me delataban. Soñaba y me despertaba por las noches, a veces sonámbulo y otras veces, gritando y llorando. Mamá me paseó por todas las clínicas privadas de Hamburgo buscando alguna solución a mi problema, que pasaba de ser simple hiperactividad a una dificultad considerable en mi educación diaria. Tom también tenía alguna clase de problema escolar, pero supuse que los detalles del mismo se encontraban en las cartas de mi padre que seguramente, estarían en Hamburgo escondidas por mi madre. Sólo pude averiguar por las menciones casuales de mamá que Tom se negaba a ir a la escuela. No pocas veces había vuelto a casa llorando y con moratones en la cara.
¡Joder, hasta yo, sin detalles de aquellos sucesos y sólo por algunas menciones podía suponer que se trataba de acoso escolar! Los niños a esa edad son crueles por naturaleza.
¿Tom siendo acosado por los niños de su clase? No me lo imaginaba, pero a saber cómo era en esa época. Por lo menos me consolaba saber que no sufrió mucho tiempo.
Tras ocho cartas leídas a fondo, llegué a 1994. El día concreto en el que la carta fue escrita databa del cinco de septiembre, cuatro días después de nuestro cumpleaños.
Querido Jorg:
No tengo ni idea de qué puñetas le dijo Tom a Bill por teléfono, pero he decidido que no quiero que vuelvan a hablar. Fue una malísima idea permitirlo. Bill está totalmente conmocionado desde entonces; ha dejado de comer, de beber, de jugar, de hablar, de gritar… Está en estado de shock. Tampoco duerme bien por las noches. Tiene pesadillas y me despierta de madrugada gritando y pataleando. La noche del tres de septiembre rompió la cabecera de la cama con la cabeza ¿sabes lo que es eso? ¡Con la cabeza, Jorg, por el amor de Dios!
Me levanté a las cinco de la mañana porque oí ruidos y cuando fui a ver a Bill, me lo encontré destrozándose la frente contra la cabecera. La rompió. ¡Le han dado siete puntos en la frente por ello! Por favor, necesito saber qué le dijo Tom exactamente para alterarlo tanto. Cuando lo vi con el teléfono en la mano comunicando, sentí pánico. Se puso tan blanco como un muerto y cuando le pregunté qué le había dicho su hermano, se hizo pis en los pantalones. ¿Se puede saber cómo estás educando a mi hijo, Jorg? Esta es la última carta que te envío.
Cuando termine la semana dejaré a Bill con mi hermana e iré a recoger a Tom. Esta especie de experimento ha acabado. Sé que será difícil criarlos juntos a los dos y más teniendo en cuenta la enfermedad de Tom, pero estoy dispuesta a correr el riesgo.
Aunque te permitiera llevártelo y haya pasado un año, es mi hijo y le quiero. Tenga el defecto que tenga.
La carta era así de corta, media página a lo sumo. Nada comparado con las cuatro o cinco páginas por carta que había enviado hasta ese momento. La leí dos veces más y me deshice en temblores. Intenté recordar la noche del uno de septiembre de 1994, pero una nube de confusión me nubló la mente. No había nada.
Sé que será difícil criarlos juntos a los dos y más teniendo en cuenta la enfermedad de Tom…
¿Qué enfermedad? La carta se arrugó entre mis dedos hasta quedar reducida a una bola de papel. Cuando cogí la siguiente ya estaba preparado para leer lo peor. Al fin y al cabo, por alguna razón Tom y yo no habíamos vuelto a estar juntos hasta los diecinueve, al contrario de lo que mamá había asegurado.
Querido Jorg:
Siento haberme ido de tu casa tan precipitadamente. Dejé a Tom solo mientras tú ibas a comprar y volví a Hamburgo sin decirte nada, sin avisarte, sin dejar una nota y sin Tom. He esperado un mes entero para escribirte esta carta que no estaba preparada para enviarte. Sé que las cosas que voy a expresar aquí son sucias y totalmente deshonrosas. Una madre no debería hablar así de su hijo, pero quiero hablarte de ello, ya que no puedo mencionárselo a nadie más.
Jorg, ¿sabes qué clase de persona tienes en casa? Quiero decir, es un niño de cinco años o eso pensaba yo cuando me dirigí a Stuttgart a por él, pero cuando me dejaste a solas con él… vi algo diferente, algo espeluznante en él. No lo conocía, Jorg. Ese no es Tom y te lo digo en serio. No sé qué has hecho con él, qué ha sido de mi tierno y dulce hijo, pero ese monstruo no es Tom por mucho que tenga su misma cara y cuerpecito.
Te preguntarás por qué digo estas cosas tan horribles. Te lo diré; ese niño me dijo obscenidades, palabras groseras y promiscuas que rayan lo vomitivo. Sabe palabras que un niño de cinco años no conoce, de las que nunca ha oído hablar. Él las sabe y conoce su significado. En cuanto saliste por la puerta me llamó puta, furcia y una serie de guarradas de las cuales no pude entender la mitad. En cuanto vio los juguetes y cochecitos que le traje, los rompió a base de patadas y los estrelló contra la pared. Me llevó a su cuarto y me enseñó una colección de muñecos de peluche desmembrados y clavados en la pared con agujas y clavos. “Son mis amigos” me dijo. “Se merecían un castigo, así que los he crucificado.”
“Tom, son muñecos” le dije yo. “Lo sé” “¿Y por qué lo haces?” “Porque es una planificación. Ahora mismo no puedo hacer esto con personas de verdad. Soy un niño… pero algún día podré hacerlo.” Me dijo él. Ahí empecé a sentir miedo, Jorg. Me miraba con unos ojos tan serios y agresivos que no me cupo la menor duda de que hablaba en serio.
“¿Quieres hacer esto con personas de verdad?” le pregunté y él se encogió de hombros. “Por eso clavo los muñecos en las paredes, para que cuando sea mayor no se me olvide a quién tengo que… matar”
Me acerqué a esos muñecos y los toqué. Uno a uno, pregunté: “¿Quién se supone que es este?” “Es una compañera de clase. Se llama Baldie. Me tiró barro a la cara y no pude ver bien durante un día entero, así que la dejaré ciega.” “Ese es Dorne. Me metió la cabeza en el inodoro. Lo ahogaré.” “Ese me retorció el brazo. Se lo arrancaré.” “Ese me cortó el pelo. Le raparé.” Me dijo tantas cosas, Jorg… Soltaba cada cosa por esa boca, cada ocurrencia. Y parecía dispuesto a cumplir todas y cada una de esas terroríficas amenazas. Entonces, salimos fuera. Estaba totalmente dispuesta a llevármelo aunque tuviera que buscarle ayuda psicológica para superar ese “trauma”, pero entonces… me lo enseñó. Un pajarito había caído del nido de un árbol. Todavía estaba vivo cuando Tom lo pateó y lo aplastó con el pie. Entonces dijo “Y este es Bill. Lo mataré si me llevas con él otra vez.” Se rió.
Y entonces yo salí corriendo, Jorg. Espero que lo entiendas. No puedo permitir que ese monstruo, esa cosa le haga daño a Bill ahora que él no puede defenderse. Quizás más tarde, cuando pase el tiempo, pero no ahora.
Tom no está bien. Ese niño no está bien. Llévalo a algún sitio, no tengo idea de a donde, pero no lo dejes así. Es tal y como nos dijeron los médicos; su enfermedad ha empeorado hasta límites insospechados.
Te volveré a escribir pronto, pero no te hablaré de Bill durante un tiempo. Me da miedo que Tom lea estas cartas así que por favor, ocultárselas.
Todavía te quiero y te deseo lo mejor.
Tras aquel folio, escrito con pintura acrílica de color rojo, alguien había garabateado “Lo he leído” y había expresado su conformidad con una carita feliz. Tom lo había leído, no sabía a qué edad, cómo, donde ni cuando, pero lo había hecho. Y lo había escrito para acojonar a mi padre.
Me costaba horrores creer que el Tom del que hablaban era el mismo que el que yo conocía, pero lo más difícil era pensar en esa supuesta enfermedad de la que hablaban. ¿Mi novio estaba enfermo? ¿De qué? Por mi mente cruzó el expediente médico que había robado horas antes con Aaron y de un salto, bajé de la cama y agarré mi mochila para sacarlo. Pasé del expediente de mi padre y me centré en el de mi hermano. Empecé a leer sin orden alguno y descubrí dos páginas enteras repletas de traumatismos, fracturas, desgarres musculares, heridas profundas, puñaladas, repetidos casos de inanición con graves anemias y un largo etcétera de infecciones en orina, genitales… ¿ladillas? ¿Fimosis? Nada de enfermedades que perduraran a lo largo del tiempo, ni una triste gripe. Pero ya había tenido suficiente con las ladillas.
Busqué alguna enfermedad venérea, algo como SIDA para terminar de acojonarme. ¡Cuánto antes supiera que tenía VIH antes podría empezar un tratamiento!
Pero la puerta se abrió de repente y no me dio tiempo a asegurarme de que Tom estaba totalmente limpio, al menos por el momento.
—¿Qué estás haciendo? — hablando del rey de Roma. Tom entró por la puerta con expresión tosca y unas ojeras considerables. Tenía una voz ronca de huevos y una barba incipiente. La ropa que llevaba estaba para tirarla a la basura, destrozada y ensangrentada. Estaba para darse una ducha y echarse en la cama para no despertar en varios días.
—¿Tom? — murmuré. — Estás horrible. — solté, sin más.
—Oh… vuelvo a casa después de cinco días sin vernos recientemente dado de alta por recibir un tiro y estas palabras son las que me reciben. ¡Son taaaaaaan halagadoras! — me hubiera levantado de la cama para darle un beso, pero el olor que desprendía su aliento me echó hacia atrás. — ¿Dónde está mi ropa? Necesito una ducha.
—Dos, más bien. Y un buen afeitado. — Tom pasó de coger la ropa y se fue directamente al baño, arrastrándose casi. Nunca le había visto tan… cansado y sucio. — Ahora te llevo la ropa. — le dije. Tom gruñó. Entonces, una de las pocas canciones raperas que había escuchado y podía decir que me gustaba, empezó a sonar. Tom se detuvo frente a la puerta del baño y se sacó el móvil del bolsillo, mirando la pantalla sin hacer amago de cogerlo. — Te están llamando.
—No es cierto. — el móvil siguió sonando y Tom sacudió la cabeza. — Quiero decir, sí. Pero no voy a contestar. — dejó caer el móvil al suelo. — ¡Ni se te ocurra responder, Muñeco! Son asuntos de estado.
—¿Qué estado? Ah, Tom… ¿seguro que te han dado el alta?
—Sí… claro, me han dejado salir.
—Te han dejado salir pero… ¿te han dado el alta? — Tom se me quedó mirando. No sabía ni para qué preguntaba. — En tu expediente médico no pone que te hayan dado el alta. — dejé caer con una sonrisita pícara. Tom entrecerró los ojos cuando le enseñé los papeles que tenía en la mano.
—¿Qué es eso?
—Tu expediente médico.
—¿Qué?
—No sabía que estuvieras operado de fimosis. No lo he notado, pero debería ¿no? — Tom me miró con la boca abierta.
—¡Yo no estoy operado de fimosis!
—Pues aquí pone que tienes fimosis. Si no estás operado debe dolerte mucho ahí abajo.
—Eso no… ¡eso no te importa! Fue una intervención sin importancia. Dame eso. — extendió la mano esperando que le entregara los papeles, pero me levanté de la cama y vacilándole, empecé a andar por la habitación con ellos en la mano.
—Y también un caso grave de ladillas. ¡Pero qué lascivo eres! Practicando sexo con bichejos.
—Bill, me han hecho veinticinco puntos recientemente, me duele la cabeza, huelo mal y me pica la barba. ¡No me obligues a ir a por ti porque no respondo!
—Infecciones en la orina, hay que ver. Habrás dejado mucho la polla al aire para tener más de ocho.
—¡Serás…! — hizo amago de ir a por mí, pero se dobló hacia delante soltando un berrido de dolor por el esfuerzo y cabreado, dio media vuelta hacia el baño otra vez. — ¡Va, quédatelo! No tengo SIDA ni nada que se le parezca. Además, a ti también te operaron de fimosis. No intentes hacer que me avergüence de ello. Me sigue sobrando polla para metértela, Muñeco. — indignado, entró en el baño y pegó un portazo.
¡Mierda! Llevábamos cinco días sin vernos (o al menos sin vernos durante algo más de cinco minutos) y pasaba de mí. Aunque era mejor que pasara hasta que terminara de ducharse, porque olía considerablemente mal.
Decidí dejar el expediente médico. Si a Tom le daba igual que yo lo tuviera era porque no tenía nada que ocultar… o porque no sabía que estaba enfermo. De todas formas no entendía la mitad de las cosas que ponía en el expediente, así que daba igual cuantas veces lo leyera. Se lo preguntaría a Aaron cuando volviera.
Miré la hora. Las seis y media de la tarde.
Habían pasado cinco horas y media desde que lo dejé con ese tío tan enorme y no había dado señales de vida desde entonces. ¿Estaría bien?
Continúa…
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