
By Aaron
—¿Lo has entendido? Aunque tu familia controle el hospital y las principales industrias farmacéuticas de esta ciudad, eso no quiere decir que puedas hacer lo que te venga en gana, Aaron. Eso significa que cuando tu padre vuelva al hospital mañana, se enterará de que has estado hurgando en los expedientes de sus pacientes y también… — Seiler se inclinó sobre la mesa y me observó por encima de las manos que mantenía entrelazadas a la altura de la barbilla. Si ya me sentía incómodo de por sí, ser consciente de ese movimiento me provocó nauseas. — … de que te has colado en la sala de autopsias y has fotocopiado varios informes confidenciales cuyo acceso está restringido a la policía. — no negué los hechos que eran ciertos y aunque no lo fueran, no me atrevería a llevarle la contraria a mi cirujano jefe en semejante situación. — ¿Estás de acuerdo con ello? Puedes hablar.
—Se lo dirás… quiera yo o no. — dije. Seiler se revolvió en el sillón rotatorio y se quitó las gafas con un suspiró. Las dejó encima del enorme escritorio de madera caoba. Se quedó callado, pensativo.
—¿Por qué has entrado en la sala de autopsias? — bajé la cabeza, pensando en los problemas que podría causarle a Tom y a todos los Encadenados contarle a Seiler que esas muertes tenían algo que ver con nosotros; así que callé. — No me obligues a ponerme persuasivo. — tragué saliva, pero seguí sin decir nada. — ¿He de suponer que tu amigo Tom tiene algo que ver con esto?
—Para ti Tom siempre tiene algo que ver con mis problemas, Toro. — Seiler me dirigió una mirada que pretendía ser indiferente, pero pude ver la molestia que le suponía lo oído.
—Llámame Toro otra vez y se me ocurrirá algo más humillante que obligarte a limpiar mi casa en pelotas. — asentí.
—Lo siento. ¿Puedo vestirme ya?
—No vas decirme nada ¿verdad?
—No.
—Entonces date una vuelta más por mi casa. Mi baño está especialmente sucio. También puedes prepararme algo de cenar mientras yo termino los informes de las últimas operaciones. — haciendo un esfuerzo enorme por no estallar de furia, me di la vuelta sin apartar las manos de mi entrepierna desnuda y caminé hasta la salida de su despacho. Al abrir la puerta, le miré disimuladamente. Él se había puesto las gafas otra vez y se centraba en los papeles que tenía en las manos. Era más humillante saber que mi desnudez no le llamaba la atención lo más mínimo que el hecho de ir desnudo por una casa ajena que, por otro lado, no me era para nada desconocida. Respiré hondo repetidas veces por la nariz, expulsando la rabia por la boca y apretando el pomo de la puerta con todas mis fuerzas.
—Mi padre vuelve hoy a casa. Debería estar allí. — Seiler apenas alzó la mirada de sus documentos.
—Pues habla.
—Quiero volver a casa. — mi voz sonó estrangulada.
—Y yo quiero que me digas lo que necesito saber. — tragué duro.
—¿Tanto te cuesta mirarme a la cara cuando te hablo? — se me escapó y él alzó una ceja, pero ignoró mi pregunta. Una frustración tan furiosa como la que sentía Tom cuando alguien intentaba herir a su hermano trepó hasta la boca de mi estómago. Al cabo de un rato, Seiler alzó la cabeza de los papeles y se me quedó mirando con gesto de sorpresa.
—¿Todavía estás ahí?
—¡Sí, maldito gilipollas! — estallé. Seiler ni se inmutó.
—¿Qué has dicho?
—¡Te he llamado gilipollas! — grité, más fuerte. Él se levantó del sillón y sentí como las piernas me temblaban al ver su enorme figura en toda su extensión, ocultando la luz de la lámpara con su enorme cuerpo.
—Aaron…
—¡No me llames Aaron, soy el Príncipe, su majestad! ¿Te acuerdas de eso, Toro?
—No vuelvas a llamarme así, Aaron.
—¡Toro! Torotorotorotorotorotorotoro… ¡TORO! — le vacilé y él dio un paso al frente con el ceño fruncido.
—Ya somos mayorcitos para jugar a eso, así que deja de comportarte como un crío.
—Ah… ahora soy yo el crío. Eres tú el que finge que no nos conocemos de nada, doctor. ¿Te gusta que te llame mejor así, doctor, cirujano jefe? — se quitó las gafas y las dejó encima de la mesa. Se sentó en ella, pero aún así su enorme cuerpo me sacaba cierta longitud.
—Supongo que eso quiere decir que ya te has cansado de jugar a las bandas callejeras. Era de suponer que este abandono no era más que un capricho de niño bien.
—¿Por eso me puteas tanto, porque elegí ser un Encadenado o porque mi padre te lo ordena?
—En principio lo hago por protección.
—¿Protección? — se pasó una mano por el pelo corto y desvió la mirada al suelo, haciéndose el desinteresado.
—Elegiste ser un pandillero y llevar la vida que tu padre había escogido para ti al mismo tiempo. Te puteo para intentar hacerte retroceder y elegir otra vez, esta vez bien, pero eres jodidamente cabezón, como siempre. — esa preocupación me cabreaba. La sobreprotección de mi familia ya era lo suficientemente irritante como para añadirle la de mi viejo amigo.
—No necesito que te preocupes por mí en ese sentido. Tom es responsable y un buen líder. Nunca dejaría que pasara algo malo.
—Oh, pero si ya ha pasado. — no sonreía, pero pude apreciar una mueca burlesca en el brillo de sus ojos. Todo lo que estaba ocurriendo le venía de perlas para echármelo en cara. — Cuatro muertos, nada más y nada menos. Sospecho que se acerca una gran disputa en los barrios bajos.
—Eso no te interesa.
—Sí que me interesa porque tú estás en medio. —me mordí el labio inferior y suspiré repetidas veces. Ya no sabía cómo tomarme la situación. No sabía qué quería de mí exactamente, por qué se tomaba tantas molestias una persona que ya tenía la vida resuelta. Me estaba volviendo loco.
—Quiero ir directo al grano. ¿Qué tengo que hacer para que vuelvas a ser el mismo de siempre conmigo, Seiler?
—Creía que era obvio. — mi cerebro maquinaba ideas muy cercanas a la realidad. — Olvídate de los barrios bajos, de Tom, de los Encadenados… de todos ellos y sigue tu vida. Te espera un futuro brillante. — me sentí indefenso al oír sus palabras. Una vez más me demostraba cuan solo estaba en mi decisión de ayudar a Tom y a los suyos. — ¿Vas a hacerlo?
—Sabes que no.
—Sí. Tom siempre ha sido el número uno en tu lista de prioridades, así que me lo imaginaba. — entrecerré los ojos y esperé una pequeña reprimenda más por su parte. Pero él fue hasta su escritorio y se sentó en su silla como si nada, volviendo a concentrarse en el montón de documentos que tenía delante.
—¿Sabes? Hasta hace unos años el primero en mi lista de prioridades eras tú. — no se lo dije por provocarle remordimientos ni nada parecido. Las palabras me salieron sin más y enseguida me arrepentí de haberlas pronunciado. Creo que me ruboricé cuando alzó la vista y se me quedó mirando con expectación. Los ojos le brillaron y lo que antes fue incomodidad por ser rechazado e ignorado, se convirtió en vergüenza por ser observado tan detenidamente de buenas a primeras. — Bueno, yo… voy a hacerte la cena. — solté, buscando una vía de escape. Me dirigí hacia la puerta abierta.
—Aaron… — me llamó antes de que pudiera cruzarla. — Olvídate de la cena.
—Ah… vale… — sal de ahí cagando leches, tío. ¡Sal de ahí! Me dijo mi cerebro, pero no le hice mucho caso. — Entonces ¿qué quieres que haga?
—Lo mismo que hacías cuando compartíamos piso y nos sentábamos juntos en las clases de la universidad. — Seiler dibujó algo parecido a una sonrisa en sus labios.
No me quedó más remedio que olvidarme de que el tío que tenía delante iba a delatarme a mi padre al día siguiente y rememorar su conducta delictiva de antaño. No por nada Kam le puso el nombre de Toro en sus días de Encadenado.
Es mejor no torear demasiado a un toro bravo cuando sabes que inminentemente, vas a recibir un buen par de embestidas.
By Bill.
Cuando entré en el cuarto de baño una ola de calor y vapor me recibió con los brazos abiertos. Enseguida empecé a sudar y el pelo se me apelmazó y se me pegó a la cara. Me lo aparté a base de manotazos antes de abrir la gran mampara de la ducha y entrar sin más.
—¿No te estás pasando con el agua caliente? — le pregunté a Tom. Con las manos apoyadas en la pared y la espalda estirada lejos del chorro de agua casi hirviendo que caía sobre su cabeza, las rastas sueltas caían en cascada sobre sus hombres desnudos. Los músculos del cuerpo estaban totalmente contraídos. Observé la venda fuertemente apretada que rodeaba su cintura cubriendo la totalidad de sus abdominales. Se estaba mojando un poco, pero no lo suficiente como para tener que cambiarla. Al no recibir respuesta, apoyé una mano sobre su hombro. Tom se relajó un poco, soltando un suspiro de alivio. Bajé los grados del agua un poco para no quemarme y evitar que mi hermano se caldeara la piel. — ¿Estás bien? — pregunté.
—¿Ahora te preocupas por mí? — me replicó él. — Últimamente pareces un cubito de hielo. ¿Qué pasa? ¿Te estás preparando para el invierno?
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que te estás volviendo un súper Muñeco de hielo o algo así. Hace semanas hubieras llorando al enterarte de que me han rajado. Ahora, me ignoras.
—No te han rajado. Te han pegado un tiro.
—Peor. — noté cómo volvía a contraer los músculos y vi de reojo cómo encogía la cara por el dolor.
—¿Tan grave es?
—No.
—¿Quieres verme preocupado por ti?
—¡SI! — gritó y me lanzó una mirada enfebrecida. — ¿Soy yo el único que se preocupa por los dos o qué? — se apartó de la ducha, cediéndome su lugar y me introduje debajo del chorro de agua. Bajé la temperatura aún más hasta que el agua salió templada y luego, helada. — Hace una semana que no hacemos nada. — soltó de repente.
—No porque yo no quiera, sino porque tú no estás.
—¿Y qué esperas que haga? ¿Dejo a todos mis colegas tirados para venir a casa y echarte un polvo?
—Sí. — ni me lo pensé.
—Te estás volviendo un Muñeco frío y pervertido, eh.
—Tom, mírame. — gruñí, volviéndome hacia él. Tom me miró sin dejar de enjabonarse los pectorales, lejos de tocar las vendas de los puntos. — ¿Ves algo nuevo? — me observó de arriba abajo con una ceja alzada y alzó un dedo con el que presionó sobre mi pectoral izquierdo.
—Te están saliendo unas pequeñas protuberancias endurecidas por todo el pecho, las piernas y los brazos… ¡Ah, no! son músculos. — bromeó.
—¡Sí! ¡Me estoy volviendo fuerte, Tom, muy fuerte! Creo que hasta podría hacer daño a alguien y defenderme por mí mismo de la gente de aquí.
—Ah, vaya, ¡enhorabuena! ¿Eso quiere decir qué…?
—No lo sé. Quizás se me esté subiendo un poco a la cabeza pero… aunque no lo parezca sigo teniendo miedo. — Tom se cruzó de brazos, esperando algo más detallado. Agaché la cabeza y miré las baldosas del suelo. Lo que antes soltaba sin pensar ahora me costaba decirlo al considerarlo una muestra de debilidad. — Tengo miedo de esperarte en la cama y que un día, no vuelvas. No quiero sentirme un inútil que necesita que le protejan constantemente. Quiero luchar por ti y por mí y eso… creo que pensar en eso me hace un poco más insensible o inexpresivo, no lo sé. Me da miedo bajar la guardia, mostrar mis debilidades y que la gente las use en mi contra. — Tom se tensó y creo que hasta palideció. Le vi flojear un poco su expresión tosca e incluso las piernas le temblaron un poco. Apoyó una mano en los azulejos de la pared y respiró hondo varias veces. Hacía lo mismo cuando intentaba controlar un arranque de mal genio. — ¿He dicho algo malo?
—Bill, no hagas eso.
—¿El qué?
—¡Eso, insensibilizarte, no lo hagas! — gritó. — Puedes entrenar lo que te dé la gana, volverte un tío fuerte capaz de defenderse a sí mismo y a los suyos, capaz de soportar mil cosas. ¡Hazlo si quieres, pero no te empeñes en insensibilizarte! No tienes ni idea de lo que eso conlleva.
—No tengo intención de hacer eso, solo…
—Escucha, todo el mundo empieza así. Kam empezó así, Ricky empezó así, Andy empezó así… ¡yo empecé así! Todos querían defenderse y ahora…
—Pueden defenderse por sí mismos. — finalicé, imaginándome a mí mismo con la fuerza de Kam, la espontaneidad de Ricky y la fuerza de voluntad de Andy. No pude evitar sonreír por ello.
—Sí, pueden defenderse pero ¿a cambio de qué?
—¿Es que hay que dar algo a cambio?
—Sí… y es un precio muy alto que no estoy dispuesto a dejarte pagar.
—¿Cuál es el precio? — pregunté, para nada convencido con su argumento. Tom vaciló.
—La pureza.
—¿La pureza?
—Sí, la pureza. Puede sonar como una gilipollez, pero eso es lo que pierdes cuando cruzas la línea. Recibes poder, seguridad y fuerza para enfrentarte a los retos, pero a cambio tu pureza desaparece. Te ensucias con manchas que son imposibles de borrar. Antes me daba igual, pero ahora no tengo intención de dejarte cruzar esa línea. — no entendía del todo su razonamiento, pero algo me decía que esa “pureza” era algo muy importante no solo para Tom, sino para todo el grupo. No era la primera vez que oía esa palabra salir de la boca de alguno de sus miembros y siempre iba dirigida a mí.
“¿Qué sabes tú, Muñeco? ¡Eres demasiado puro como para entenderlo!”
“No hagas eso, Bill. Tienes que cuidar de tu pureza.”
“¡Argg, me da asco que seas tan pulcro y puro! ¡Por eso me pones enfermo, Muñeco!”
Esas eran algunas de las frases que me habían dicho los Encadenados alguna vez en algunas situaciones. Por alguna razón en lugar de llamarme guapo o feo, flaco o gordo utilizaban el adjetivo puro e impuro más que ningún otro.
Por lo visto, yo era una rareza en ese mundo delictivo.
—¿Qué queréis decir exactamente con pureza? Porque mi idea de pureza no es la de un tío al que le gusta ser sodomizado por su hermano mayor, que se automutila, dice palabrotas cada dos por tres y abandona a su familia en lugar de hacer frente a sus problemas. ¡Maldita sea, ni siquiera voy a la iglesia y nunca rezo!
—Eso no tiene nada que ver con la pureza.
—Pues tenemos dos conceptos totalmente distintos entonces.
—Sí, los tenemos.
—¿Y cuál es el vuestro?
—Inocencia, justicia y clemencia. A ti te sobran esas tres cualidades. — fruncí el ceño, sin acabar de captar la idea.
—¿Por qué todos os empeñáis en pensar que soy inocente? No lo soy. — Tom se carcajeó en mi cara.
—Decir que no eres inocente te hace más inocente todavía.
—¡Pero es que no lo soy! ¡Follo todas las semanas, joder! — Tom se carcajeó con más fuerza aún hasta verse obligado a parar por la punzada que los puntos le propinaban en la herida recién cerrada.
—El caso es que no te permito cruzar esa línea, tengas el miedo que tengas. ¿Sabes cuántas personas desearían tener tu pureza aquí? Es el bien más cotizado para la gente mala, Muñeco. ¿Por qué crees que los malos quieren joder siempre a los buenos? Ellos buscan desesperadamente impregnarse con su pureza para borrar las manchas del pasado.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Lo sé porque lo he intentado contigo muchas veces y ¿sabes qué? Casi funciona. — Tom me echó a un lado y se colocó debajo del chorro de agua otra vez, teniendo cuidado de no mojarse las vendas. Alzó la cabeza y abrió los ojos, permitiendo que el agua helada le cayera directamente en la cara. — La verdad es que prefiero verte muerto a manchado como yo, Muñeco. No es que me arrepienta de las cosas que he hecho a lo largo de mi vida… creo que nunca he tocado a nadie que no se lo mereciera. Sin embargo, cuando una persona manchada tiene contacto directo con una pura, no puede evitar comparar y sentir envidia. Los Encadenados se acercan a ti porque añoran la pureza que tú posees, no porque yo se lo diga. Cualquiera de nosotros va a estar más que dispuesto a protegerte y a arriesgar la vida por ti. Lucharán contra aquellos que intenten arrebatarte la pureza… yo lucharé pero… la verdadera batalla la llevas tú por dentro. Si tú te rindes… todo eso desaparecerá. ¿Lo entiendes, Bill?
—No. — admití, confuso. Tom estaba hablando de una cosa tan etérea que se me hacía imposible imaginármela. ¿Todo el mundo peleándose por mi pureza? Pero ¿qué era pureza exactamente si no un cúmulo de sentimientos y virtudes? Nadie podía quitarme eso… ¿o sí? ¿Y por qué le daban tanta importancia a esos sentimientos? ¡Qué tontería!
—¿Ves como eres un inocente? — se burló Tom.
—Entonces… ¿eso quiere decir que tú estás conmigo para quitarme la pureza? — se me ocurrió preguntar, ya que supuestamente Tom era uno de los “malos” y yo de los “buenos”. Tom me mostró todos los dientes en una sonrisa pícara.
—Exactamente. Cada vez que meto mi polla en tu culo uno de mis pecados es perdonado.
—¿Te crees que soy un santo que hace milagros o algo así? — refunfuñé. — Tus pecados son demasiados y demasiado gordos. Mataste a una persona ¿no? — me costaba imaginármelo matando a nadie, así que aunque sabía que Tom era un asesino de verdad, no me lo tomaba muy en serio. Tendría sus razones para matar ¿no?
No. Seguro que no.
Tom me observó con curiosidad, apartándose del chorro de agua para cederme el puesto. Cuando me coloqué debajo otra vez, Tom me rodeó el cuello con los brazos por la espalda y me lo apretó hasta hacerme toser.
—Supongo que te enteraste de que soy un asesino cuando me fui de Hamburgo pero, ¿quién te lo dijo exactamente? Tengo curiosidad. ¿Fue tu madre?
—¿¡Mamá lo sabe!? — grité, sorprendido.
—Es abogada y defendió uno de mis casos. Tiene mi expediente. Claro que lo sabe.
—Ella nunca me dijo nada.
—No querría preocuparte. Si yo fuera tan puro como tú, probablemente tendría miedo de convivir con un asesino. — dejó los brazos colgando sobre mi pecho y me frotó con champú hasta hacer espuma.
—En realidad… me lo dijo Derek.
—¿Quién es ese?
—…Sparky. — Tom dejó de frotar momentáneamente. Al cabo de un par de segundos continuó, con mucha más fuerza, frotándome con los nudillos hasta casi hacerme daño. Pegó su torso a mi espalda y noté su pene flácido rozándome las nalgas. — Tom, lo cierto es que hay algo que no te he contado.
—¿El qué? — preguntó, de mala gana.
—Sparky me llamó hace poco, junto a Georg y Gustav.
—¿Y?
—Querían… verme. Quedar.
—Volveré a repetirlo… ¿Y?
—…A mí también me gustaría quedar con ellos. Quiero verles.
—Si te digo que no, ¿me harás caso? — me susurró al oído, apoyando la barbilla sobre mi hombro izquierdo.
—Tom, no puedo olvidarme de todo en Hamburgo. Tengo una familia allí, amigos, conocidos… les echo mucho de menos.
—¡Sí, una manada homóbofo incestuosa que estará deseando encender un buen par de antorchas cuando te pases por ahí! Admítelo, Muñeco. No es buena idea. — en eso tenía razón, pero las ganas de ver a mamá y a Gordon me podían. También echaba mucho de menos a mis amigos, e incluso a Derek. Sabía que debía aclarar un par de cosas con él cuanto antes y hacerlo por teléfono sonaba… demasiado frío.
Además, ¿tendría el valor suficiente para volver después de todo lo que había ocurrido?
De repente, se me ocurrió una idea. Descabellada y absurda, sí, pero pensar en ella me hizo sentirme más valiente.
Me volví hacia Tom y le miré a los ojos en gesto suplicante. Le rodeé la cintura con los brazos con mucho cuidado para no hacerle daño y me pegué todo lo que pude a él hasta quedar completamente abrazados. Él correspondió un poco vacilante.
—¿Y si vienes a Hamburgo conmigo? — vi con claridad cómo su nuez se movía de arriba abajo cuando tragó saliva. — Venga, ven. No es mala idea. Puede que Georg y Gustav te odien, que tengas mala fama en la universidad y que Derek esté deseando darte una paliza… pero yo estoy casi igual. Media ciudad quiere cortarme la cabeza, por no decir humillarme públicamente y…
—Bill… no. — sentenció.
—¿Por qué no?
—Te peleaste con tus amigos por mi culpa ¿no? te pusiste enfermo por mi culpa. Si de buenas a primeras apareces en Hamburgo conmigo detrás, no sólo se me echarán a mí encima, si no a ti. Es como dar un paso atrás. Tu madre…
—Nuestra madre.
—Simone — puso los ojos en blanco. — Piensa que estás siguiendo adelante y estar conmigo aquí es como dar un paso atrás, ¿no crees? — lo pensé detenidamente. Tenía razón en eso pero bien sabía yo que no podría irme tranquilo a Hamburgo sabiendo que a Tom podría ocurrirle cualquier cosa aquí, sin mencionar cuánto le echaría de menos.
—Si yo me fuera solo, ¿estarías tranquilo? Si me voy quizás descubra que prefiero estar allí en lugar que aquí. — intenté encelarle con esas palabras y por la cara que puso, lo conseguí. Me pegó más a su cuerpo apretándome la cabeza contra su pecho y gruñó.
—¿Sabes qué? La jodida verdad es que estarás mucho más a salvo allí que aquí y que cualquier persona que se preocupara lo suficiente por su novio le dejaría ir sin duda, teniendo en cuenta las circunstancias actuales, pero… soy egoísta, Muñeco. Me conozco muy bien y por algo te dije que si algún día querías irte, te fueras sin más, sin decir nada porque si me preguntabas, no te dejaría ir.
—Pero ¿por qué no vienes tú? Sólo será un tiempo, unas semanas y luego volveremos. No quiero dejarte solo aquí.
—Hum…
—Si no vienes, me acostaré con Sparky.
—Hablando de eso, ¿quién folla mejor, él o yo?
—¡Tom!
—¿Quién la tiene más grande?
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Aaron dice que estás enamorado de mí. — Tom se rió, pero no lo negó. Dejé que me acariciara el pelo durante cerca de cinco minutos en absoluto silencio y cuando ya no pude más, alcé la cabeza de su hombro y le miré a los ojos. — ¿Es cierto?
—… ¿Sinceramente?
—Sí.
—No lo sé. — abrí la boca de par en par, quizás exagerando un poco, pero demasiado emocionado como para aguantarme la excitación. De un rotundo no había pasado a un rotundo no lo sé, un estado de confusión por el que incluso yo había pasado anteriormente, cuando empezaron a emerger sentimientos adversos por mi hermano gemelo, los cuales intenté negar con todas mis fuerzas. ¿Estaría Tom también pasando por ese proceso de confusión?
No terminé de enjabonarme y ni siquiera me lavé el pelo. Agarré una toalla cualquiera y salí de la ducha entre tropezones, demasiado emocionado como para quedarme quieto en un lugar tan estrecho. Podía oír las carcajadas de Tom en el baño cuando salí del cuarto y me coloqué la toalla alrededor de la cintura. El pelo mojado lo empapó todo, pero no me importó. Me dio por dar saltos encima de la cama como un niño pequeño. Entonces, el móvil de Tom empezó a sonar otra vez sobre el suelo. Lo ignoré… él no.
—¿Sí? — preguntó cuando salió del baño con una toalla cubriéndole la entrepierna. Mientras se recogía las rastas con una mano (o lo intentaba) le oí gruñir. — ¿Qué? Dime una cosa Andy, ¡¿Eres masoquista y quieres que te meta una paliza antes de romperte el cuello?! — gritó como un loco. Vi cómo la cara se le ponía roja de la furia y el teléfono crujía entre sus dedos. Dejé de saltar en la cama y caí suavemente en ella, sentándome y observándole sin pronunciar palabra. Tom me miró de reojo y luego me dio la espalda, como si no quisiera que me enterara de la conversación. — ¿Dónde? — preguntó. — ¿Tachibana? ¿Es un restaurante japonés o algo así? Ya… estoy en casa de Aaron… sí, estoy con él. — me dirigió una mirada y se llevó un dedo a los labios para pedirme silencio. — ¿Ahora? No pienso dejarle solo… ¡Y una polla voy a llevármelo! Mañana empieza a trabajar otra vez, no voy a tenerlo despierto toda la noche… no lo sé, me han pegado un tiro y ¿sabes? Me duele un poco. Pensé que por el simple hecho de recibir una bala por vosotros me ibais a dejar tranquilo unos días… ¿qué? — Tom frunció el ceño. Se mantuvo callado durante algo más que unos segundos. A través de la línea telefónica podía oír el ruido de los gritos y la música que salía de su móvil. — ¿En serio lo crees? Sí, yo también he pensado en Gore… ¿Qué otra posibilidad? ¿El Toro? — Tom se llevó una mano al hombro y se acarició la cicatriz que le cruzaba toda la espalda hasta el costado. Nunca le había preguntado cómo se la había hecho, suponía que en una pelea callejera, como siempre, pero ver un velo de nostalgia y preocupación en su cara me hizo suponer que no se trataba de una herida normal y corriente. Al menos, la persona que se la había hecho no lo era. — Creo que Aaron y Toro siguen teniendo contacto. Le preguntaré cuando vuelva… sí, ya… ¿a las once allí? — fruncí el ceño. Así que se iba otra vez de misión imposible por la vida, a lo James Bond con un tiro entre las costillas. ¡Genial! ¿Y él qué? ¿Y yo qué? Él estaba herido y yo preocupado en extremo pensando en una posible enfermedad.
“Vete a la mierda” quise decirle, pero en lugar de eso di media vuelta y le mostré mi indignación poniendo mala cara. Al ver que Tom me ignoraba pusiera la cara que pusiera, decidí ignorarlo yo también. Abrí el cajón de la mesita de noche en busca de mi móvil y junto a él (que tenía varios mensajes de mis “amigos” de la universidad que habían vuelto a las andadas) encontré un bote de lubricante. Estaba totalmente cerrado, sin abrir. Lo saqué y lo miré. No recordaba haber comprado uno con sabor a limón, de hecho yo nunca compraba lubricante, ya que rara vez lo usaba. Lo mío era a palo seco, más masoquista imposible. La saliva y el semen eran suficientes, aunque no me molestaba usar fluidos artificiales.
Abrí el bote y apreté para que saliera el grueso líquido. Se me quedó pegado a las manos como si se tratara de crema y con un tanto de picardía al ver a Tom centrado en su trabajo, decidí jugar un poco con él, a solas. Me desaté la toalla disimuladamente y me pringué las manos de lubricante. Las restregué bien y después, empecé a jugar…
—No, no quiero armas de fuego en la ciudad ¿te enteras? ¡Me importa una mierda que esos capullos vayan armados! ¿Quieres convertir esto en un nuevo Irak o provocar una tercera guerra mundial? El fin no justifica los medios… sí, ya sé que… — Tom daba vueltas por la habitación ignorándome completamente y yo, en parte, también le ignoraba a él. Había empezado a concentrarme en otra cosa que tenía entre las manos empapadas, algo que empezaba a endurecerse y a alzarse hasta sobresalir. — Eso ya lo sé, pero la policía no me sirve de una mierda en este…
—¡Ah! — dejé escapar, de repente. No pude evitarlo. Tom dejó de hablar al momento y se giró hacia mí con los ojos muy abiertos. Enmudeció. Yo le giré la cara y le di la espalda, siguiendo a lo mío.
—Tom, ¿sigues ahí? — oí a Andreas gritando al otro lado de la línea.
—¿Eh? Sí, sí… eh… sigo aquí. — volvió a hablar y a centrarse en el teléfono, pero su atención empezó a desviarse hacia mí con cada sacudida de mi mano sobre mi pene erecto. La verdad era que lo estaba disfrutando, con o sin él. Llevaba unos cuantos días sin tocarme y no estaba acostumbrado a tanta abstinencia, pero mi principal intención era provocarle. Por eso cogí el bote de lubricante otra vez y lo medio vacié sobre la punta de mi pene. Estaba frío y dejé escapar varios sonidos agudos cuando el líquido entró en contacto con mi piel.
—¿Tom? — escuché gritar. Tom le había dado al manos libres y cuando oyó el grito de Andreas se sobresaltó. — Te oigo muy mal.
—Sí, ya… lo-lo he puesto en manos libres… sin darme cuenta. — se excusó, pero yo sabía que hacía ya rato que había captado toda su atención. Tiré el bote al suelo y me tumbé en la cama cuan largo era. No me dio ninguna vergüenza sacudírmela con la mano delante de él, que tan acostumbrado estaba a mi presencia. Lo más difícil era exagerar los gemidos y los gritos para que se oyeran por el teléfono. Buscando más que tocarle las narices, excitarle, me acaricié el pecho con las manos pringadas de lubricante, dejando un rastro de brillante líquido sobre mi piel. Gimoteé su nombre a mala idea.
—Tom, ¿qué es eso? — le preguntaba Andreas con tono disgustado. Empecé a gemir más fuerte y Tom gruñó.
—Nada.
—¡Oh, Tom… no tan fuerte!
—¿Ese es Bill?
—Es la perra de Aaron.
—¡Sí, una perra muy mala que necesita ser castigada! — me azoté el muslo con una mano repetidas veces, alzando la pelvis con cada azote y Tom se mordió el labio, sin saber si reírse o cabrearse.
—¡Calla, guarra! — me gritó.
—Oye, si quieres tomarme el pelo búscate a otro.
—¡Sí… síii… búscame a mí, Capitán!
—Quedamos a las once en el Tachibana, no te olvides.
Tom colgó sin decir una palabra y yo me encogí sobre el colchón al verle achinar los ojos amenazadoramente. Anduvo hasta mi cuerpo desnudo y me pegó una patada en el hombro.
—Deja de tocarte, perra. Tu amo ha llegado.
By Aaron
Quedarme tumbado en la cama no estaba en mi lista de “prioridades”, como Toro solía decir. Un aspirante a enfermero y especialista en medicina con una brillante carrera por delante y un futuro aún más resplandeciente no se puede permitir tres cosas primordiales: dormir más de cinco horas diarias, rendirse a la pereza y, por último, salir con malas influencias. Lo último me lo había saltado con creces, pero no estaba dispuesto a dejarme arrastrar por las otras dos tentaciones. Así que me levanté de la gran cama de matrimonio de Seiler y fui en busca de mi ropa, olvidada en su despacho.
Supuse que si no estaba a mí lado en la cama era porque había ido al hospital de nuevo en su turno de noche, así que sólo tenía que vestirme y largarme a casa de una vez, olvidándome de su persistencia ciega. Anduve por la casa en bolas, como había hecho cientos de veces. Fui a la cocina, abrí el frigorífico y me invité a una cerveza light con toda soltura. Al ver la colección de refrescos y cervezas sin alcohol, recordé vagamente mis años en la universidad de Stuttgart compartiendo piso con el que ahora era el cirujano jefe de mi futuro hospital. La manía de mi padre por hacerme madurar y obligarme a vivir como una persona normal en un piso normal y con un compañero aún más normal me había mosqueado al principio. Pero vivir con Seiler había resultado sencillo, divertido y a la vez, abochornante. Era buena persona, aunque no lo pareciera a simple vista. Era mi mejor amigo…
Hasta que Tom se puso en medio.
Solté la cerveza donde la había encontrado y me dirigí a las escaleras que descendían hasta el despacho, que de no ser por las reformas bien podría haberse considerado un sótano. El recto magullado me atizó la cabeza con descargas de dolor, pero lo ignoré y bajé las escaleras entre cojera y cojera. Cuando llegué a la puerta del despacho, ya me había dado cuenta de que no estaba solo. La luz atravesaba la rendija de la puerta encajada. Hice amago de abrirla agarrando el pomo, pero la voz grave de Seiler me hizo quedarme paralizado.
—No es aconsejable utilizar esas medicinas y drogas con personas humanas. Están hechas especialmente para animales grandes, como caballos o toros. — le oí decir desde el interior. No escuché respuesta alguna. — Una sobredosis podría matarle. Una dosis pequeña alargaría su efecto, pero aún así resulta peligroso usarla en personas. — aclaraba. Eché una ojeada por la rendija sin hacer ruido y localicé a Seiler sentado frente a su mesa, con el móvil en la mano, el pecho al aire y unos vaqueros desgastados. No parecía muy feliz con la consulta. — No tengo intención de inmiscuirme en esto directamente. Lo que le pase al chaval es cosa es vuestra… sí, le he visto hoy… No os serviría de mucho intentar localizarle por el parecido con su hermano. No se parecen en nada… No todos los gemelos se parecen. — abrí los ojos como platos al oír la última confesión, relacionando el tema inmediatamente con uno ya conocido de sobra. Retrocedí un paso, incrédulo. Seiler gruñó un poco al otro lado de la línea. — Dile a tu hermano que no pienso participar en un secuestro. Me importa muy poco la situación… — a pesar de tratar un asunto bastante serio, mi jefe no se inmutaba. Tan indiferente como siempre contestaba a las preguntas solicitadas, incluso con algo de impertinencia. Pero de repente frunció el ceño, entrecerró los ojos y pegó un salto de la silla con expresión furiosa. — No se atreverá… ¡él no tiene nada que ver con los asuntos de Gore! — gritó. Yo palidecí al escuchar ese nombre salir de su boca. — Escúchame, Adam… como le toque un pelo, como se atreva a acercarse lo mato. ¡Mataré a tu hermano! ¿Me oyes? — gritó y su vozarrón retumbó por las cuatro paredes de la habitación. — ¡Tom me importa una mierda! Haz lo que quieras con su hermano, pero a él ni te acerques. — la persona al otro lado del teléfono no captaba lo cerca que estaba Seiler de perder los nervios y, cuando eso sucedía, era más temible que Tom, que Kam o que los dos juntos. — ¿Mañana? No… ¡está bien, mañana! Pero no quiero volver a saber nada más del tema. Lo que hagáis con ese Muñeco es cosa vuestra.
—Muñeco… — murmuré por lo bajo, tan impactado como acongojado. En menos de un segundo conseguí atar cabos por todos lados. Gore estaba detrás de las recientes muertes, era el líder de los Caídos e iba a por el Muñeco, a por Bill. No había que ser muy listo para deducirlo. Tom había sospechado que se trataba de Gore nada más enterarse de que una segunda banda intentaba hacer frente a los Encadenados y no se equivocaba. Sólo él tenía la suficiente influencia en los barrios bajos como para reunir a tanta gente en contra de Tom y, además, sus motivos eran demasiados. Debía ser el tío con más papeletas para ser el enemigo número uno del Capitán y, encima, las cruces del revés en los cuerpos de las víctimas, el mensaje escrito en la pared de la casa de Tom, el contacto con Toro…
¿Cómo no me lo había imaginado antes?
Retrocedí, deseando coger el móvil cuanto antes para informar a Tom sobre mis pesquisas. Pensar que el bestia de Gore iba a por Bill me puso enfermo. Ese tío era tan sádico como su nombre indicaba y Bill era tan inocente como un niño. Si lo cogía…
Aun así, me resultó difícil aceptar que Toro mantuviera el contacto con ese animal. Él, que había abandonado los barrios bajos para estudiar y conseguir un trabajo decente y, ¡maldita sea! Lo había conseguido con creces. No podía tratarse del mismo Seiler de siempre, el mismo Toro que me reñía cuando me metía en asuntos turbios o faltaba a la universidad para irme de farra. El mismo Toro que casi mata a su líder creyendo que así me hacía un favor.
No podía ser… pero era.
Di varios pasos atrás y empecé a subir las escaleras una a una. Por suerte el suelo era de mármol y no crujía. Lo único que me faltaba era que el suelo crujiera como en las películas americanas y el malo me pillara con las manos en la masa. Subí con mucho cuidado, con el corazón en la garganta y la adrenalina recorriéndome todo el cuerpo. El culo seguía doliéndome horrores con cada esfuerzo que tuviera que ver con mis piernas y, temblando de dolor, llegó el momento en el que conseguí llegar hasta el final de la escalera. Alcé la pierna para posarla en el escalón que me posicionaba en suelo firme y tiré de mi cuerpo hacia arriba… el pinchazo de dolor me hizo doblarme un poco, lo suficiente como para hacerme tropezar y obligarme a apoyarme en la pared dando un manotazo inesperado. La palma de mi mano ardió a causa del golpe, pero yo apenas la sentí. Sólo sentía el sonido de la pared vibrando ante mi tacto. Guardé absoluto silencio y presté atención a los sonidos del despacho de mi jefe… nada. Un pitido al colgar el teléfono de golpe y el tronar de mis pies descalzos cuando eché a correr hacia el salón. Oí la puerta del despacho golpear la pared al abrirse con bestialidad y las pisadas de Seiler chocar furiosamente contra el mármol.
“Quiero salir de aquí, quiero salir de aquí, quiero salir de aquí… ¡Tom, ayúdame!” pensé, atravesando el salón en varias zancadas y dirigiéndome directamente a la salida. Poco importaba que saliera desnudo a la calle mientras no me mataran. La humillación pública se quedaba reducida a la nada cuando un tío de dos metros de alto y 120 kilogramos de puro músculo te perseguía en un espacio cerrado, posiblemente con intenciones homicidas hacia tu persona.
No miré hacia atrás ni una vez, pero podía oír los pasos de Seiler a escasos dos metros de mí. A esa distancia solo tenía que alargar el brazo y… por eso, cuando crucé la entradita arrojé al suelo la antigua estantería cargada de libros de anatomía y medicina con un fuerte tirón. La estantería cayó y oí un tremendo ¡Bum! Mientras yo seguía corriendo hacia la salida.
Quité el cerrojo en apenas un segundo y abrí la puerta. Puse un pie fuera, en el jardín y pisé la hierba fresca y húmeda por el sabor de la lluvia que le caía encima. Ya era de noche y no se veía absolutamente nada, algo que me permitiría escabullirme con mayor facilidad… si Seiler no me hubiera agarrado del brazo en el último momento.
Tiró de mí hacia atrás con tanta violencia que fui incapaz de defenderme. Lo primero que hizo a parte de meterme en casa otra vez fue taparme la boca con una mano grande y ruda. Cuando intenté gritar sólo se me escaparon lastimosos gimoteos. Entonces, conmigo ya dentro, cerró la puerta de una patada y me estrelló contra ella sin dejar de apretarme la boca. Sentí sus dedos clavándose en mis mejillas como las garras de un águila. Agarré su brazo, intentando quitármelo de encima. Sus músculos vibraban entre mis manos.
No iba a soltarme…
—Esta vez… — suspiró, con la respiración tan acelerada como la mía. Observé cómo su cara se descomponía por la furia y la preocupación y temblé de miedo, pensando en cómo abría el cuerpo de la gente con esas manos tan gruesas para sacarle las tripas e introducir nuevas. — Esta vez te has metido en un buen lío, Príncipe.
By Bill
—Tom… los puntos… ¡Se te van a saaaal…tar…! ¡Uaaaaah…! — el sonido húmedo de la penetración era más excitante y sonoro de lo normal. No sólo estaba mojado por dentro gracias a la gruesa polla que entraba y salía de mí, sino tan bien por fuera, con las nalgas empapadas y escurridizas debido a la exagerada cantidad de lubricante en la que Tom me había bañado. Sus manos se escurrían por mi pecho y sus dedos, aferrados a mi cintura, se deslizaban por mi piel, incapaces de amoldarse a la curva de mi cintura. Me había convertido en un jabón humano con tanto lubricante y ahora no había forma de agarrarse a mí, escurridizo.
Pero qué bien se deslizaba su polla hasta mis remotas profundidades.
—¡Olvídate de los puntos…hum… y abre más las piernas! — harto de escurrirse por la superficie de mi piel, apoyó las manos en mis rodillas y las estiró hasta que estuvieron próximas al suelo. Pataleé un poco, quejándome por el dolor.
—¡Ohh… bestia, no soy de goma!
—¿Quién lo diría? Creo que tu culo está hecho de otro material, entonces. — y yo también empezaba a creérmelo. Cuando me llegaba tan profundo sangraba a borbotones, pero en ese momento podía asegurar que la punta de su pene me llegaba al final del estómago y no sentí nada más que placer. Mi polla de por si era agitada entre mi abdomen y el suyo, apretada y acariciada con fuerza con cada nueva embestida, pero no lo suficientemente estrujada como para hacer que me corriera. Rodeé el cuello de mi novio con los brazos y lo acerqué a mi cara. Le di un azote en la espalda y en la nuca para que se pegara más a mí. — ¿Qué pasa? — jadeó en mi boca entreabierta. — ¿Te duele? — tiré de una de sus rastas, obligándole a acercarse más. Nuestros labios se rozaron.
—Olvídate de eso… y bésame… uhm… — envolví su labio inferior con los míos y lo lamí antes de que él abriera la boca para encajarla con la mía. Entre el contacto húmedo de nuestras lenguas y el cambio de posiciones para saborearnos más, un hilo de saliva me recorrió la mejilla hasta perderse en mi cuello.
—¿Siempre tienes que… babear tanto? — se burló entre beso y beso. Para no gustarle mi saliva, la lamió a fondo siguiendo el camino que descendía hasta mi cuello. Busqué una de sus manos, todavía fuertemente agarradas a mis rodillas, la agarré y la restregué por mi bajo vientre para que entrara en contacto con mi polla, tan escurridiza como el resto de mi cuerpo. Pero Tom no hizo caso de mi necesitada entrepierna y deslizó sus dedos por mi torso, hasta apoyarla sobre el pectoral derecho. Ahí se quedó, apretando y sintiendo el latido acelerado.
De repente, rompiendo con la tranquilidad y la excitación inicial, la voz del rapero favorito de mi hermano empezó a martillear mis oídos. Giré la cabeza hacia la mesita de noche, donde el móvil vibraba y se iluminaba, clamando atención. Tom no se inmutó. Siguió pasando su lengua a lo largo de mi cuello.
—Ignóralo… — me pidió, mordisqueándome la oreja. Le agarré por la nuca y le besé otra vez, profundizando hasta casi la garganta. El teléfono dejó de sonar cuando Tom se alzó sobre sus rodillas, separándose de mí, irguiéndose y dedicándose a hacer chocar su pelvis contra mi culo, cada vez más rápido. Podía sentir el tacto del lubricante empapando su entrepierna y salpicando las sábanas. Con un brazo me alzó el culo hasta ponerlo a la par con el suyo y con la mano libre, me la agarró y me la sacudió bestialmente, a una velocidad y con una fuerza devastadora. El presemen me salpicó el pecho enseguida. Estiré los brazos y me agarré a su trasero, empujándolo hacia mí, pidiéndole más profundidad, más dureza en la recta final, ¡Menos sutilezas y más guarradas y dominación!
Arqueando la espalda y estirando el cuello, casi pude ver las estrellas.
En su lugar vi el móvil iluminándose otra vez y escuché la voz de un tío que ponía verde a las mujeres. Me desconcentré. Tom dejó escapar un grito animal antes de inclinarse para coger el móvil dando un manotazo en la mesa.
—¿¡Qué!? — contestó, de mala gana. — ¿La hora? ¿De qué coño hablas? — escuché la voz alterada de Andreas al otro lado de la línea, preguntando si había pasado algo para no haber llegado a su hora al lugar indicado. Tom miró el despertador de la mesita y yo le imité, girando la cabeza hacia allí. Eran las once y media. — Vaya… se me ha pasado… — La respiración entrecortada se le notaba un montón y más se le notaría si no rompía la penetración, cosa que no hizo. Me la clavó hasta al fondo y ahí se quedó, con el móvil en la mano. Dediqué los siguientes segundos a relajar mi acelerada respiración y a sentir el grosor de la hombría de Tom perfectamente encajada en mis entrañas. Relajé las piernas y descansé los músculos tensos de mi cuerpo. Tener sexo era más agotador que hacer flexiones, desde luego, pero mucho mejor. — ¿Qué? ¿Ahora? — preguntó Tom, en tono medio resignado. — Ya… ya lo sé… ahora… ahora voy… — en cuanto escuché esa decisión la tensión volvió a mí. Noté como Tom se movía un poco, haciendo amago de romper la penetración y yo, en un acto reflejo para nada premeditado, le agarré el brazo.
Tom me miró a los ojos. Algo preocupante tuvo que ver para desencajar la expresión de placer y cambiarla por una de remordimientos.
—No… no vayas… — gimoteé. No quería que me malentendiera. Quedarme a la mitad en esa sesión de sexo me daba igual. El problema era que no podría pegar ojo en toda la noche sabiendo que estaba ahí afuera, peleándose con personas peligrosas y armadas hasta las trancas con el abdomen desgarrado por un tiro reciente. Si pasaba algo, Tom no podría correr ni tampoco hacer uso de todas sus facultades físicas. Era una locura salir a cazar villanos así. — No vayas… quédate conmigo… por favor. — pedí egoístamente. Oí gritos y música retumbar en los altavoces del móvil, pidiendo respuestas. Tom no dijo nada. Se mantuvo callado durante largo rato, sin desviar la mirada un instante de mí.
Sentí que estaba pasando algo importante por su cabeza en ese momento. Apreté aún más su brazo apoyado en el colchón, a un lado de mi cintura.
—Andreas… — habló por fin, con tono sumamente relajado. — No voy a ir. — decretó y no esperó una respuesta. Cerró el móvil y lo apagó.
Tom últimamente se tomaba muy en serio mis peticiones y quejas, pero nunca me hubiera esperado que accediera tan fácilmente a una de mis súplicas cuando sus amigos, su trabajo y su responsabilidad estaban en juego. Cuando dejó caer el teléfono en el suelo sin ningún cuidado apartándolo de nosotros, me di cuenta del nuevo orden que le había dado a sus prioridades. Un orden que estaba seguro de que lo metería en problemas. No sólo yo. Él también sabía que el nuevo valor que le estaba dando a las personas más cercanas a él podría sentenciarlo y aún así, parecía haberse resignado a él.
No estaba seguro de qué o quién era el primero en su lista de prioridades, pero estaba seguro de que yo había ascendido unos cuantos escalones.
—¿Te acuerdas de cuando te pregunté qué sentías al penetrarme? — le pregunté sin dejar que se moviera, obligándole a mantener la misma posición de penetración, hasta el fondo de mí.
—Sí.
—¿Alguna vez te has preguntado lo que siento yo?
—Sí.
—¿Quieres saberlo?
No contestó.
—Te siento cerca, más cerca que cualquier otra persona. Nunca estaré tan cerca de tocar el alma de una persona como lo estoy ahora de tocar la tuya… y está manchada. — Tom tragó saliva y bajó la cabeza. Me dio la remota sensación de que se sentía avergonzado.
—No quiero ensuciarte.
—Ni yo limpiarte. Esas manchas te hacen ser como eres. No es tan malo tenerlas… A mí me gustan.
—Muñeco…
—¿Qué? — apoyó la frente en mi pecho. Las rastas me hicieron cosquillas.
—Eres la criatura más rara que he visto en mi vida. Me puedes… puedes conmigo… ya… uff… me doy por vencido.
—¿Debería preguntarte lo que significa eso?
—No te lo diría.
—Me hubiera gustado tenerte como hermano, Tom. Solo como hermano. Tienes que ser genial. — no respondió.
No estuvimos toda la noche haciéndolo ni nada parecido. Terminamos con algún que otro esfuerzo y el orgasmo no fue nada del otro mundo. Fue dulce, pringoso y satisfactorio. No hacía falta más. Al poco rato me quedé dormido. Tom no dijo ni una palabra después de correrse y yo no intenté forzar una conversación. Él parecía estar ensimismado, así que lo dejé con sus pensamientos mientras yo me sumergía en un profundo sueño reparador.
Si hubiera sabido lo que pasaría al día siguiente habría estado mucho más comunicativo y mimoso; me habría abrazado a Tom y no le hubiera soltado en toda la noche. Pero no era adivino y no tenía forma alguna de adivinar que el día siguiente, uno de septiembre casualmente… sería decisivo y destructivo para los dos.
Continúa…
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