Acabado 7 (P.1)
Muñeco by Sarae. Temporada IV
Capítulo 7 (P.1)

By Bill

—Esa es demasiado brillante… ¿esa? Demasiado oscura… el diseño de esa no acaba de convencerme y ésta es muy grande para mis dedos. Sobresale demasiado. Oye, ¿qué te parece ésta? Es tan elegante y sofisticada…

—Yo las veo todas muy bonitas, Heidi. Geniales pero, ¿no deberíamos hacer esto cuando salgamos del trabajo? — Heidi suspiró. Su expresión se llenó de arrugas que mostraban su irritación ante mis palabras. 

—Bill, te he traído aquí para que me ayudes a escoger las joyas del día de mi boda. A ti, sólo a ti, ni a mis hermanas ni a mis amigas. ¿Tienes idea de lo importante que son las joyas de la boda para una mujer? Espero que no me hagas arrepentirme de haberte elegido a ti. — dócilmente, acongojado por la agresividad que mostraban las mujeres de Stuttgart, asentí. Podía estar volviéndome un poco más rudo en la forma de actuar y de hablar con los hombres, pero desde luego seguía sin tener ni idea de cómo abordar a una chica de Stuttgart. Eran tan diferentes a las de Hamburgo… tan seguras de sí mismas y capaces de tumbar a un camionero de un puñetazo. — ¡Aisss, esta es divina! ¿Qué te parece, Bill? — observé la gargantilla que Heidi me señalaba a través del cristal del mostrador. Era de oro, elegante, con incrustaciones de oro blanco cada dos centímetros. Su forma era sencilla y perfecta para una boda, pero no me gustaba nada. 

—Bueno… prefiero la plata. La plata pega más con el vestido de novia ¿no? — Heidi pareció pensárselo seriamente. 

—Tienes razón. Nada de oro… mejor oro blanco. 

—¿Tiene que ser oro a la fuerza? 

—¡Por supuesto! 

—Es mucho más caro. 

—¿Y qué? ¡Voy a casarme! Hay cuatro cosas primordiales para una novia el día de su boda. Necesito algo prestado, algo nuevo, algo viejo y algo azul. ¡Un collar de oro blanco hará juego con los viejos pendientes de mi madre! La diadema que Sabella compró en Italia hace unos años será mi regalo prestado y tengo intención de usar el lápiz de ojos azul claro que compré la semana pasada. ¡Quedaré divina! — vociferó, dando brincos en mitad de la joyería. Varias personas se giraron y cuchichearon sobre mi amiga, que en ese instante giraba como una peonza alrededor de los mostradores de la cara joyería. No tenía ni idea de cómo iba a pagar las joyas que comprara. Tendría que jugarse el sueldo de dos o tres meses enteros. 

—Heidi ¿puedes pagar algo tan caro? — le pregunté. Ella sonrió de oreja a oreja. 

—¡Por supuesto! ¿Lo dudabas? Mis padres me han enviado dinero extra desde Francia para que vaya preparando la boda. Pienso fundir la tarjeta de crédito. 

—Ah, y… ¿cuándo vienen vuestros padres? — refunfuñé, pensando que debería ser su madre quien la ayudara a hacer las compras para la boda. ¡Yo ya empezaba a cansarme de cargar con los vestidos y complementos de sus dos hermanas! Los brazos me temblaban después de cargar con los zapatos, los vestidos y demás durante dos horas seguidas. 

Heidi tardó un rato en contestar, ensimismada en un collar egipcio con piedrecitas brillantes.

—Vendrán el día de la boda y luego se irán a Francia otra vez. Sienten curiosidad por saber con quién voy a casarme; por eso quizás vengan un día antes, aunque lo dudo. 

—Para, para… ¿Sienten curiosidad? ¿Es que no conocen a Kam? — Heidi negó con la cabeza, como si estuviera preguntando una tontería. 

—¡Claro que no! ¿Crees que mis padres vienen mucho por Alemania? La última vez que los vi fue hace dos años, en Navidad. — me quedé con la boca abierta. Pero ¿qué clase de padres tenían a sus hijas abandonadas en otro país y no se molestaban en hacerles una visita ni con motivo de boda? ¡Vaya mierda de padres! 

Estuve pululando por la joyería buscando un asiento cercano, pero el único que veía estaba ocupado por un niño de unos seis años, que se me quedó mirando con una piruleta en la boca. Su madre, a su lado, observaba el mostrador, sin hacerle mucho caso. Solté las bolsas que cargaba apoyándolas en la silla y estiré los brazos. Estar toda la mañana trabajando e irme de tiendas en mis horas de descanso no era lo que tenía planeado. Seguía teniendo hambre y el estómago se quejaba. Esperaba que Heidi se dejara invitar a comer después de gastarse semejante pastón en ropa y no me arañara la cara como lo había hecho anteriormente, cuando intenté pagar la cuenta por ella; una hamburguesa y un paquete de patatas deluxe. 

—Mamá, mamá. — El niño, a mi lado, agarró a su madre de la falda y esta se giró, curiosa. 

—¿Sí, cariño? 

—Mira a ese chico. — me señaló con descaro. — Tiene la misma cara que el muñeco de la tata, el que se viste siempre de negro. — la madre me miró y se ruborizó. A mí me dio un tic en el ojo al oír la palabra muñeco. 

—Cariño… — sonrió la madre forzosamente. — No te acerques mucho a los chicos así. Vámonos. — murmuró muy por lo bajo, pero no lo suficiente como para que no lo oyera. Me entraron ganas de vomitar. Agarró a su hijo y girándome la cara como si le hubiera dicho algo ofensivo, se aproximó a la salida. 

—En los tiempos de Hitler vivíamos mejor ¿verdad, señora? — solté a bocajarro y ella se puso roja como un tomate. Se largó sin mirar atrás y yo fui a sentarme en la silla. Una anciana entró por la puerta y tan rápido como me senté, me levanté para cederle el sitio. Mejor no intentar buscar un lugar donde descansar y distraerse con la excitante conversación de Heidi.

—Oye… — la llamé, apoyándome en la vitrina de cristal mientras ella admiraba los anillos. — Quería preguntarte algo un poco… íntimo. 

—Dime, cariño. — sonrió. — En los barrios bajos no hay intimidad ni vergüenza, ya deberías haberte dado cuenta. — no mencioné que en ese momento no nos encontrábamos en los bajos, si no en los altos. El dueño de una joyería en los barrios bajos debía ser muy temerario. Aún así, pregunté. 

—¿No tienes miedo de que a Kam…? Bueno… de que un día pierda los estribos. — Heidi se rió. 

—¿Tienes miedo tú de que a Tom se le vaya la cabeza cuando estáis a solas? — replicó y yo me encogí de hombros. 

—Ya no, pero antes… — entonces, caí en la cuenta. Me puse rígido y giré la cabeza hacia ella, que sonreía de oreja a oreja. 

—Incestuoso. 

—Eh… no… oh… eso no… — tartamudeé. 

—Bill, conozco a Tom desde hace años. A ti no tanto, pero eres como un libro abierto. Ya tenía mis dudas antes de las vacaciones en el lago, pero cuando a Tom le dio ese arrebato sobreprotector cuando Hippie te tocó, todas las dudas se disiparon. Actuó como un animal protegiendo su territorio y eso me lo aclaró todo. Nunca había visto a Tom actuar de esa forma, salvo con Cristina. 

—¿Cristina? — Heidi asintió y volvió a concentrarse en el montón de joyas ocultas tras la cristalera. 

—Cristina y él estaban muy unidos. Tom era su niño favorito; pero tranquilo. Cristina tenía novio y era el doble de mayor que Tom, así que nunca pasó nada. Eran como hermano y hermana, nada más. — no se me había pasado por la cabeza que entre Tom y Cristina hubiera podido pasar algo y oír esa relación de sentimientos me produjo curiosidad, no celos. Al fin y al cabo, ella ya no estaba. 

—¿Tom lo pasó mal cuando ella murió? — pregunté. 

—Bueno… todos lo pasamos mal. Tom no sufrió especialmente. Kam lo llevó fatal, al fin y al cabo era su hermana, pero su novio lo pasó todavía peor. Le echó la culpa a Tom y se montó una buena. Ya sabes, la herida de la espalda… — dejó caer, señalándose el hombro con el pulgar.

—¿La herida de la espalda? — se apartó de las joyas con expresión de aburrimiento y me clavó sus penetrantes ojos color chocolate.

—¿Nunca se la has visto? — a mi memoria acudió aquella enorme cicatriz que iba desde el hombro hasta el costado de Tom, atravesándole la espalda. Claro que la había visto e incluso se la había tocado en más de una ocasión, aunque nunca había profundizado en su forma. La cicatriz no era ancha; formaba una fina línea rosada no muy destacada, pero sí extraña al tacto. Tocarla daba la sensación de que faltaba piel y el pellejo hacia de funda plana y suave.

—¿Quién se la hizo? — Heidi se rió. 

—¿Nunca te han hablado de él, de Gore? — sacudí la cabeza. El nombre me sonaba. Tom lo había mencionado en su conversación por teléfono con Andreas, pero no sabía mucho más de él. — Verás, antes de que tú nacieras, los barrios bajos eran un lugar temible, mucho peor de lo que lo son ahora. No sabría describírtelos, pero Kam lo dice a menudo. Mucho, mucho peores. Cuando llegó la familia Acereda a Alemania, la cosa cambió un poco. 

—¿Quién es la familia Acereda? Tiene un nombre raro. 

—Es la familia de Kam, bobo. ¿No sabías que Kam es medio español? 

—¡Ni idea! — me sorprendió. Kam no era muy oscuro de piel y siempre me había imaginado a los españoles extremadamente bronceados. Al menos así los había visto yo las pocas veces que había viajado a España de vacaciones.

—Pues eso. — continuó, cruzándose de brazos con porte orgulloso — La familia Acereda llegó aquí huyendo de la dictadura de Franco; un colega de Hitler, mejor no saber de él. Cuando se instalaron en Alemania la segunda ya había acabado, así que no tuvieron problema alguno en adaptarse. Todo eso lo hicieron los abuelos de Kam y Cristina. Ellos nacieron mucho después. El caso es que los dos se criaron en los barrios bajos de Stuttgart. Por lo visto, Kam siempre ha tenido un sentido innato para guiar a los demás hacia su terreno y con la ayuda de Cristina, los dos consiguieron tomar casi todos los barrios bajos. — La historia me parecía muy surrealista e increíble como para asimilarla de golpe, pero aún así seguí con la oreja puesta en Heidi, que parecía emocionada contando las hazañas de su futuro marido. — Kam era el que se ensuciaba las manos reuniendo gente con sus mismos ideales. No le costó nada reunir a un buen montón. Cristina, con la ayuda de su hermano, inauguró El orfanato de la Cruz. Los Encadenados de los barrios bajos mayores de dieciocho pasamos la infancia allí, siendo acogidos sin ton ni son por Cristina y Kam. Cristina era como una madre para todos nosotros. — Heidi dejó de lado las joyas para soltar un gran suspiro nostálgico. Los ojos le brillaron como si estuviera a punto de echarse a llorar, pero parpadeó varias veces y las lágrimas desaparecieron. — Gore llegó atraído por los ideales de Kam y la adoración de Cristina por los niños. Empezó a trabajar en el orfanato con ella. Cuidaba de todos nosotros como un padre lo haría… en aquella época apenas tenían veinticinco años… se enamoraron. 

—Es una historia increíble. ¿De verdad pasó? — Heidi asintió. “Yo soy testigo” murmuró. 

—Aunque no tuviéramos padre o no quisieran cuidar de nosotros, teníamos el Orfanato de la Cruz abierto a todo el mundo, como si fuera una gran familia siempre en espera. Los niños tenían muchos protectores, así que siempre podíamos estar seguros de que allí cuidarían bien de ellos. Kam, por ese entonces, empezó a ser llamado “Rey de los barrios bajos”. Un poco exagerado en mi opinión, pero así fue. Él, Toro y Gore eran temidos en todo Stuttgart. Nadie sabía que en realidad eran unos sensibleros a los que les encantaban los niños. 

—Tom mencionó a un tal Toro la otra noche. — dije. Heidi se encogió de hombros. 

—Hace años que no le veo. Dejó los Encadenados después de dejar tuerto a Kam. — la observé con la boca abierta de la impresión. ¿Había entendido bien? ¿Había sido uno de los amigos de Kam quién le había dejado ciego de un ojo? — La verdad es que no sabemos por qué lo hizo. De repente llegó hecho una furia un día e intentó atacar a Tom. Kam se puso en medio y le alcanzó el ojo con la navaja ardiendo. 

—Vaya, ese tío tenía que ser temible…

—En los barrios bajos hay cuatro personas que se han ganado su fama a pulso. Kam, Gore y Toro eran los más temidos en aquella época y lo siguen siendo. Tom llegó el último, sobre los catorce. Recuerdo que la policía lo pilló peleándose con un vagabundo por unas migajas de pan y lo trajeron al orfanato. Ese día llovía… yo y Sabella hacíamos de voluntarias para ayudar a preparar la cena a cuarenta niños junto a Kam, Cristina y Gore. Ricky entretenía a los renacuajos como podía. — Heidi se rió. — Por aquel entonces yo ya estaba colada por Kam, pero nos llevamos cinco años y él me consideraba una niña todavía. Entonces, alguien llamó a la puerta. Gore fue a abrir y… ahí estaba tu hermano, empapado hasta los huesos, agarrado por el brazo de un policía. Tom se quedó con nosotros esa noche, devoró la comida y al día siguiente desapareció, pero empezó a venir constantemente. Cristina decía que era el gatito del orfanato, porque eran tan arisco como ellos e iba y venía cuando le daba la gana. Le cogió un cariño muy especial, tal vez porque era un niño muy diferente a los demás; siempre muy callado, muy solitario y despegado. Era agresivo con todos, menos con Cristina. Ella parecía la única que lo comprendía. Tom sólo hablaba con ella y, poco a poco, empezó a entablar conversación con Kam. Siempre con adultos. Los niños no le gustaban. Era demasiado listo y maduro para ellos. Tenía los ojos de un soldado veterano que ha vivido una guerra mundial. Eran unos ojos muy… extraños. — Heidi arrugó el entrecejo y noté como un escalofrío la sacudía. 

—¿Estás bien? — le pregunté. — Si no quieres, no hace falta que me cuentes más. 

—No, no… estoy bien, es solo que… sus ojos eran aterradores, Bill. — el vello se me puso de punta al oír aquello. ¿Cómo de temible debía ser Tom de niño como para provocar semejante escalofrío con solo su recuerdo? 

Inmediatamente sentí una necesidad ciega de llamarle, buscarle y abrazarme a él durante un buen rato, pero mantuve la compostura lo suficiente como para evitar que Heidi se diera cuenta de mi aturdimiento y siguiera con la historia. 

—Gore y Tom nunca se llevaron bien. — prosiguió — Tom era muy impertinente con él, muy arrogante y Gore no soportaba el afecto que Cristina le profesaba. Tom le provocaba y Gore no solía responder a las provocaciones porque le consideraba un niño. Pero tu hermano no era solo un niño, era algo más y Kam siempre lo había sabido y se había callado como un perro. — suspiró. Aquel recuerdo no parecía hacerle mucha gracia y supuse que la actuación de Kam en ese entonces no había sido de su agrado. — El día que nos contó que había visto a Tom años antes con un cuchillo en la mano y la ropa ensangrentada, quedamos conmocionados. Tom había matado a un policía a puñaladas años antes. Cristina no creyó a su hermano y tuvieron una gran discusión por él. Por lo visto, Kam reconoció a tu hermano como el asesino de aquel policía nada más verlo. Se llevó una gran sorpresa y se le pasó por la cabeza que Tom podía llegar a ser como él, un buen líder en los barrios bajos si se le daba la oportunidad de expresarse con soltura y se le enseñaba a actuar como tal. Kam no se equivocó. — se detuvo, volviendo a concentrar los ojos en la vitrina. Me dio la sensación que intentaba rehuir mi mirada. — Tom no tardó en inventar un sistema económico similar al de una comunidad obrera y tampoco tardó nada en llevarlo a cabo. Funcionó y funciona hoy en día a las mil maravillas. Lo hizo todo solo; fue algo realmente maravilloso. Por supuesto, hubo gente que se opuso a cumplir con el plan diseñado y para convencerles Tom no dudó en usar la fuerza. Por su intelecto, su capacidad de liderazgo y su brutalidad, su fama se extendió como la pólvora por toda Stuttgart hasta superar la de Gore, Toro y casi la de Kam. Los cuatro dominaban Stuttgart desde las sombras. Kam, el Rey de los barrios bajos; Toro, el Guardián del rey; Gore, el futuro Sucesor del liderazgo del rey y Tom, el “Tirano”… durante algún tiempo la cosa fue así, hasta que Toro atacó a Tom e hirió a Kam. El Guardián del rey nos abandonó y Cristina empezó a desestabilizarse por la agresividad de los Encadenados al ver a su hermano herido. Ella no soportaba la violencia y no tardó en caer en un pozo sin fondo por miedo a perder a sus niños en aquellos barrios tan peligrosos. Fue entonces cuando nos enteramos de la enfermedad de Kam. — suspiró ella. 

—¿Qué enfermedad? — sabía que a Kam se le iba la cabeza de vez en cuando, pero no constaba en mi memoria que tuviera una enfermedad. Heidi, dejando ver una sonrisa melancólica, me contestó con un tono dulce y amable. 

—Principio de esquizofrenia paranoide. 

—¿Esquizofrenia? — había estudiado un poco de esa enfermedad en mi tiempo de universitario. Era una enfermedad mental bastante estresante e imprevisible. Podías sufrir cambios de personalidad bestiales y un estrés traumático por culpa de visiones auditivas y visuales. Diferenciar la realidad de la ficción resultaba muy complicado y eso podía llevarte a autolesiones graves o a ataques contra el ambiente que te rodea. Siempre había pensado que Kam estaba flipado por tomar demasiadas drogas y alcohol, pero al parecer esas dos sustancias nocivas eran su propio tratamiento para luchar contra la enfermedad. 

Heidi iba a casarse con un hombre que se estaba volviendo loco. Ella lo sabía y le daba igual, pero… ¿cómo podría aguantarlo? ¿Estaba segura de que quería casarse con alguien que no podía controlar su propia personalidad, que podría atacarla a ella o a sus futuros hijos en cualquier momento? 

—Heidi, tú… ¿estás segura de que…? — dejé caer, mordiéndome el labio inferior. Comprometerse con alguien así era una forma de arruinarse la vida rápida y segura. Estar con una persona así… no podía hacerla feliz. 

Pero Heidi sonreía, como si no le importaran nada las consecuencias.

—Le quiero. — me dijo, con total sinceridad. — Es dulce, amable y muy divertido. Cuando te ve triste deja todo de lado para hacerte sonreír y aunque es muy agresivo e imprevisible, hace todo lo que puede por controlarse y cuidar de los demás. Otros se habrían escondido para evitar hacerle daño a nadie. Él sabe que hay riesgo de herir a alguien sin querer, pero también cree que puede compensar el daño de alguna manera. No quiere dejarse consumir por sí mismo, por una estúpida enfermedad. Él lucha contra sí mismo porque no quiere dejarse dominar, pero yo… ¿qué necesidad tengo yo de luchar contra mis propios sentimientos? Sé que estás pensando que casarme con alguien así me hará muy infeliz, pero por lo menos tengo que intentarlo porque sé que no casarme significaría la infelicidad absoluta. Le quiero tanto… 

Enfermedad… “Puede que separarlos ponga a salvo a Bill, pero temo que el remedio sea peor que la enfermedad.” Recordé. Según las cartas de mamá, Tom tenía algún tipo de enfermedad así que me pude poner perfectamente en la piel de Heidi al hacer esas declaraciones. El escalofrío que había sentido cuando leí parte de su pasado debía ser constante para ella, pero no por eso dejaría de querer a Tom. 

No dejé de amarle ni sabiendo que éramos hermanos, lo que irremediablemente me conducía a un futuro nefasto e infeliz. Aún así, yo había estado dispuesto a todo. Absolutamente a todo. 
Nuestra relación no era tan diferente de la de Kam y Heidi. Estaba condenada desde el primer día. 

—Por eso te elegí a ti para ayudarme con la boda, Bill. — admitió Heidi. Llamó al joyero y le señaló una preciosa gargantilla de plata con una cruz brillante. Cientos de pequeñas incrustaciones vidriosas titilaban en ella. Hacía juego con su anillo de compromiso, simple y llano. ¿Quién diría que tras esa simplicidad podía esconderse una relación tan intensa y complicada como esa? — Tú sabes perfectamente lo que es vivir un amor envenenado ¿verdad? — el joyero le sacó la gargantilla y ella se la abrochó alrededor del cuello. — ¿Qué te parece? — me preguntó. El centellear de la cruz no sólo hacía juego con su anillo, también con su reluciente sonrisa.

Así que le correspondí.

—Es perfecta para ti.

.

By Ricky

—Ahora en serio, Tom. ¿Por qué no compras algo más normalito? No sé, un ramo de flores… — aconsejé. Tom arrugó la cara y juraría que se estaba reservando las ganas de escupirme a la cara por lo dicho. — Está bien, a ver… ¿un traje caro? Podrías comprarle uno para la boda de mi hermana. 

—¡Demasiado previsible! Además, yo no tengo gusto para esas porquerías. Bill será más feliz comprándolo por sí mismo. 

—Ah, ya, ¡pues regálale un vale de descuento para Gucci y que él mire! 

—Cutre tú no eres ¿verdad, Ricky? 

—¿Y yo qué quieres que haga? Yo no hacía regalos a mis novios el día de su cumpleaños, me los hacían ellos. De toda la vida es el chico el que tiene que regalar a la chica ¿sabes? ¡Tú estás rompiendo con la tradición! — le acusé. Tom no se molestó en contestarme. Seguía concentrándose en el ambiente del centro de la ciudad, en los montones de tiendas de todas clases que nos rodeaban por todos lados. Había de todo; ropa, zapatos, complementos, instrumentos para el pelo, maquillaje, libros, objetos para cocina, tiendas de muebles… hasta apartamentos en venta. Pero aunque llevábamos toda la mañana andando de un lado a otro sin parar de buscar, Tom seguía pasando de largo, sin ver nada concreto, despreciando cada cosa que le señalaba. ¡Lo hubiera sabido antes y le hubieran dado por culo! No tenía muy claro por qué me había llamado para ayudarle a elegir el regalo de Bill, pero por lo menos me había invitado a comer. 

Aunque eso no compensaba su casi total falta de conversación y su cabeza ida. Tom llevaba toda la mañana en trance y ya me estaba empezando a preocupar. 

—Oye, ¿y por qué no le compras alguna joya y ya está? Decías que antes le gustaban las joyas ¿no? 

—Antes. Ya no. 

—Bill se ha vuelto muy macho en cuestión de semanas ¿no? Ya no parece tan tía. Incluso su forma de vestir ha mejorado. Estoy sorprendida. 

—Hum…

—Oye ¿y si no le regalas nada? Sois hermanos gemelos, no creo que haga falta que os regaléis nada. 

—No creo que Bill me regale nada. No sabe ni qué día es. 

—¿Cómo? ¿Y vas a regalarle tú algo sabiendo que él no te va a corresponder? Pero qué mierda de equidad… 

—Ya… — aun así, el tío se metió en una tienda de artículos de segunda mano totalmente ido. Desde fuera vi como buscaba entre los discos de vinilo y las antiguas grabaciones. Cogió un poco de todo y lo puso encima de una vieja estantería llena de polvo. Empezó a pasar los discos uno a uno con gesto desinteresado. Tras un buen rato, asqueado, arrugó la nariz y los soltó donde los había encontrado. Salió de la tienda disparado, como si le hubieran metido un petardo en el culo y yo le seguí como un perrito faldero, intentando llamar su atención moviendo las manos de arriba abajo. 

—¿Hola? ¡Tierra llamando a Tom! Despierta maldito idiota. ¿Se puede saber por qué me has llamado si ahora me ignoras? — Tom no dijo nada. Siguió andando como si yo no existiera, con las manos metidas en los bolsillos. Eso no era normal, así que con el fin de comprobar si pasaba algo grave o no, arriesgando mi propia salud física, estiré un brazo y tiré de una de sus rastas hacia atrás, con fuerza. ¡Con mucha fuerza! Tom se detuvo al momento y se volvió. Yo cerré los ojos y alcé los brazos, esperando recibir un guantazo o un puñetazo por haberle dado semejante tirón. Tom siempre había odiado que le tocaran las rastas y siempre nos había amenazado de muerte cada vez que amenazábamos con tocarlas. 

La prueba definitiva declaró que ocurría algo grave. Muy grave.

Tom se me quedó mirando con la boca semi abierta, como si fuera a decir algo mientras se llevaba una mano a la cabeza, justo al lugar donde le había tirado de la rasta. No alzó el puño y tampoco hizo amago de soltar un montón de insultos imposibles de entender.

—No hagas eso, Ricky. Me molesta. — fue lo único que dijo y siguió caminando. 

—Tom, ¿pasa algo? ¿Te duelen los puntos? — le pregunté. Él negó con la cabeza. — Estás muy raro. ¿Te encuentras bien? — le coloqué la mano en la frente y él dejó de andar. Parecía estar flojo, muy flojo, como si se fuera a caer al suelo en cualquier momento. Estaba segura de que si le daba un empujón, se caería sin más. — Creo que estás enfermo. Puede que tengas fiebre, aunque no te noto caliente. ¿Te molesta algo? — pregunté. Tom no contestó enseguida. 

—Me molesta el pecho… y la barriga. 

—¿Te duele la barriga?

—No. Me pica. No es del todo molesto, pero me siento bastante flojo y eso me jode. 

—Hum… ¡qué raro! Quizás necesitas ir al baño. 

—No es eso. Es por dentro. Me molesta por dentro. 

—¿Dónde es por dentro?

—No lo sé. — coloqué la mano en el pectoral izquierdo, no sé muy bien con qué fin, para frenarlo quizás y que no saliera pitando otra vez. 

—Oye, si no estás bien vuelve a casa y llama a Aaron. Quizás él pueda darte algo y…

—No sé dónde está Aaron. No me coge el móvil. 

—Ya. Pues ve a casa, métete en la cama y… — pensé que podría llevarlo yo misma ya que parecía estar tan flojo. Podía tener un bajón de tensión o de azúcar y caer al suelo redondo cuando menos lo esperara. Pero no hizo falta. 

—Ah… ¡Ricky, cariño! — oí a lo lejos. Vi a mi hermana mayor, la que pronto estaría casada y me daría sobrinos saludándome a lo lejos con una mano. Corrió a toda velocidad hacia nosotros con una bolsa de plástico de la joyería Milo´s, las manos alzadas al aire y casi dando saltos de bailarina por el aire. — ¡Cariño! — gritaba y deseé que Tom fuera más grande para poder esconderme detrás de él. 

—¡Eh, espera, que aquí el que lleva las bolsas soy yo! — gritaba alguien corriendo detrás de ella. Bill, cargado de bolsas hasta arriba, con el pelo revuelto y sudando a chorros corrió hacia nuestra posición. 

—Anda, pero si son la futura señora Acereda y mister Kau… — no dije nada más porque el corazón de Tom lo decía todo por mí. Contra mi mano, el pulso que hasta hacia un momento había sido normal se había disparado de buenas a primeras. Miré el pecho de Tom por encima de la camiseta para ver si ésta se levantaba con el potente tamborileo de su corazón, pero nada. Las costillas y las tripas eran el almohadón perfecto para impedir que la piel se levantara con cada nuevo “Pum—pum, pum—pum”. Aún así, ese ritmo tan repentino no era normal. 

Aparté la mano de su pecho cuando él me dio un manotazo, pero no aparté los ojos de su cara. Era curioso a más no poder ver como un rubor intenso como los pétalos de una rosa se apoderaban de sus mejillas hasta propinarle un color antinatural de piel. 

—¿Y vosotros qué hacéis aquí? — preguntó Tom, recuperando su tono autoritario de repente. Bill se detuvo delante de él, con la lengua casi fuera por la carrera. 

—¿Tú qué crees? A las cuatro de la tarde con este calor y después de mis primeras cuatro horas de trabajo matutino me toca ir a comprar y cargar con los regalos de la boda de esta mujer tan cansina. — mi hermana, más feliz que unas castañuelas, no puso objeción alguna ante el apodo. — ¿Y vosotros? 

—Buscamos… — Tom me dirigió una mirada de advertencia para que no dijera ni pío. — … Buscamos a Aaron. — Solté, por decir algo. 

—¿A Aaron? ¿No ha venido a casa hoy? — preguntó Bill a su hermano. 

—No le he visto cuando he salido. Shizuka dice que no vino ayer. 

—Ah… — Bill adoptó una notable expresión de preocupación que se relajó cuando Tom le revolvió el pelo un poco más de lo que ya lo tenía. Su intenso rubor seguía ahí y mi hermana debía notarlo también, porque se le había quedado mirando con mi misma cara. Como si hubiera visto un bicho poniendo huevos en su ojo izquierdo. 

—Te has levantado de la cama un poco pronto hoy ¿no? — le preguntó Tom y nos dirigió una mirada triunfal a las dos, como si nos estuviera restregando por la cara el hecho de saber a qué hora se había levantado Bill de la cama. 

Un momento… ¿eh? 

—Tenía que ducharme. Estaba pringoso de… — Bill calló e imitó a su hermano ruborizándose casi tanto como él. — Bueno, ya sabes. 

—Oh, eso…

—Sí, eso. 

—Lo has hecho bien. Estás muy guapo hoy. 

¿Perdón? Me quedé observando la escena como si estuviera viendo cómo fornicaban dos ornitorrincos. Era un espectáculo ininteligible y raro de huevos. 

—Gracias. — dijo Bill, acariciándose la cabeza con una mano. Si no fuera porque eran hermanos diría que estaban coqueteando. — ¿Vas a venir a recogerme hoy? 

—¿Lo has dudado en algún momento, Muñeco? — Bill se rió, como si le hiciera gracia la palabra Muñeco. Tom también se rió.

Y ahí estaban esos dos gilipollas, riéndose sin saber de qué. 

—Pero ¿a estos pringados qué les pasa? — murmuré. Heidi sonrió de oreja a oreja. 

—Ha llegado la primavera para los dos. 

—¿Qué dices? Si estamos en verano todavía. 

—Bueno, voy a seguir buscando a Aaron. Hay algo importante que tengo que decirle. — se explicó Tom. 

—Vale. Te espero a las nueve. 

—No trabajes mucho. 

—¡Solo un poco! 

—Hasta luego.

—Bueno, adiós. 

—Adiós.

—Adiós. 

Sí, mucho adiós y mucha hostia, pero los dos seguían mirándose con cara de idiotas sin moverse un centímetro para irse. Tom giró la cabeza y nos miró a mi hermana y a mí con cara de “molestáis”. Había recuperado esa mirada amenazadora otra vez. Creo que esperaba que nos fuéramos o diéramos media vuelta, pero no lo hicimos. 

Alcé una ceja al ver cómo parecía resignarse y se inclinaba hacia Bill, que giró un poco la cara, haciéndose el despistado. Tom le dio un beso en la mejilla, muy cerca (cerca cerca) de los labios. Luego le dijo algo al oído que hizo sonreír a Bill. Le revolvió el pelo melosamente y echó a andar en dirección contraria con las manos en los bolsillos otra vez. 

¿Qué había sido eso? 

No pude compartir mi incertidumbre con mi hermana porque cuando alcé la cabeza, ella ya andaba hacia la pastelería con Bill al lado, los dos tan alegres como si estuvieran recién casados y adoraran a sus respectivos maridos. Por mi mente pasaron una serie de pensamientos acalorados los cuales no fui capaz de ordenar. Estaba Tom, estaba Bill… me los imaginé abrazados y sonrientes como si se adoraran. Todo muy fraternal y perfecto. 

Pero de repente, la imagen de ambos se distorsionó y me imaginé a un Tom de ojos dorados y mejillas sonrosadas apoyando una mano en la mejilla ruborizada de Bill, cuya carita de muñeco de porcelana relucía con el brillo del sol. 

“Oh, Muñeco” 

“Oh, Tom…” me imaginé que decían, ambos con voz aterciopelada, antes de meterse un morreo temible y censurable. No. Imposible; me dije a mí misma, aunque la idea no me desagradaba del todo.

—Tom. — llamé a mi colega una vez me situé a su lado. Su sonrisa se había vuelto imborrable. — Bill y tú sois hermanos ¿no?

—Claro. — contestó él, ensanchando la sonrisa de anormal al oír el nombre de Bill. 

—Pues parecéis novios. 

—¿Y qué tiene de malo? — me quedé callada durante un rato, buscando una respuesta.

—Lo cierto es que siempre me ha puesto cachonda imaginarme a dos tíos haciendo guarradas, así que no tiene nada de malo, nada… aunque seáis hermanos. 

—Pues ya lo sabes. 

—Pero ¿de verdad sois novios o algo así? — insistí. 

—Oh, my boyfriend, yes. — me contestó con su perfecto inglés. 

—No me hables en inglés, que sabes que no tengo ni puta idea. 

—I know it.

—Te va a ayudar a buscar un regalo para tu novio tu puta madre. — no sintiéndome especialmente feliz porque me tomara el pelo de esa forma, seguí caminando hacia delante sin percatarme de que Tom había detenido la marcha. Cuando me di la vuelta Tom estaba a unos cinco metros delante de un escaparate con la boca abierta. — ¿Qué pasa? ¿Has encontrado algo interesante? — paseé la mirada por el escaparate, curiosa. La respuesta me vino enseguida, pero resultaba difícil imaginar a Tom pensando en hacer un regalo tan jodidamente caro y estúpido, por no decir agotador e infantil. — Tom, no estarás pensando en…

—Es perfecto. — dijo él. Su voz sonó excitada, a punto de estallar de la emoción. — ¡Jodidamente perfecto! — y sin atender a razones lógicas, entró en la agencia de viajes a toda pastilla.

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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