Acabado 7 (P.2)
Muñeco by Sarae. Temporada IV
Capítulo 7 (P.2)

By Bill

—¿Qué crees que estaba haciendo Tom paseando por aquí con Ricky? — me preguntó Heidi con picardía. Yo me encogí de hombros haciéndome el desinteresado, pero con una ligera idea de lo que pasaba por su mente retorcida. — A Tom no se le dan bien las compras ni los regalos, aunque es bastante oportuno. Los da en el momento adecuado ¿no crees? Ya te ha regalado un perro, un gato, un pájaro y una cobaya, por no decir ropa, maquillaje y una plancha para el pelo. ¿Qué crees que será lo próximo? 

—No tengo ni idea. Conociéndole puede aparecer con un oso panda robado directamente del zoo. 

—Sería bastante increíble ¿no? — se rió ella. — Entonces, ¿vas a preparar una cena romántica o algo así? 

—Por una vez podría hacerla él. — bufé. — Estoy seguro de que piensa que no tengo ni idea de que hoy es nuestro cumpleaños. Hace tiempo que perdí la cuenta de los días. ¡Menos mal que he visto el calendario en la joyería! 

—¿Por qué no dejas de hacerte el frío? sé que estás deseando llegar a casa para preparar algo, se te nota. Aunque yo diría que Tom tendrá más que suficiente con lo que le has comprado y con su muñeco para jugar. — Heidi me golpeó el costado con el codo e imaginándome a mí mismo esa noche en plan romántico con Tom, me entró la risa floja. Pero al recordar que el jefe de sección de la tienda de instrumentos musicales había dicho 3.500 euros por la guitarra a la que le había echado el ojo, volví a suspirar y a sentirme frustrado. Heidi me dio un golpecito en el hombro, tratando de animarme. — ¿Quieres dejar de martirizarte? Seguro que lo que le has comprado le gustará más que una guitarra. 

—Sí, seguro. ¡Tom aprecia tanto esos detalles! — ironicé. 

—No creo que nunca le hayan hecho un regalo tan bonito, así que yo no me deprimiría tanto. Seguro que le hace ilusión. — rogué que fuera así, que cuando le entregara el regalo no se lo quedara mirando con cara de idiota y preguntara “¿esto qué es?”. Me tiraría por la ventana si ponía cara rara. — Por cierto, ¿qué has pedido que graven en él? 

—Hum… nada especial. — mentí. Heidi me miró con cara de sospecha. — Es íntimo. 

—Oohh, ¿algo obsceno? 

—Me da vergüenza. 

—Dímelo al oído. — me incliné hacia ella y susurré las palabras inscritas en mi última esperanza como regalo. Cuando me aparté, Heidi me observaba con ojos resplandecientes. — ¡Es precioso! 

—¿Tú crees? Espero que él opine lo mis…

—¡Maldita sea, pedazo de gandules! — me interrumpió mi jefe, pegando un chillido agudo nada más vernos aparecer por la puerta de la pastelería. Nos señaló el reloj que colgaba de la pared encima del horno, hecho una furia. — ¿Es que no habéis visto la hora que es? ¡A las cinco se acaba el descanso y empezáis el siguiente turno de trabajo, a las cinco en punto! ¿Qué hora señalan las agujas del reloj? 

—Las… cinco y cinco, señor. — murmuré. 

—¡Exactamente, tarde! Odio a los tardones, Bill. Los odio y bien lo sabes tú, ¡así que vais a exprimir esos cinco minutos tarde hasta que os salga zumo de naranja por las orejas o caguéis harina! ¿Me habéis oído?

—Sí, señor. — dijimos Heidi y yo a la vez, sumisamente. Me importaban muy poco las voces del jefe, sobre todo desde que me enteré de que las ventas y la clientela se habían doblado nada más entrar yo a trabajar. Aún así, necesitaba un descanso que sólo el jefe me podía dar, así que me limité a bajar la cabeza y encaminarme hacia el vestuario para ponerme el uniforme otra vez y soltar las bolsas de Heidi, que me estaban cortando la circulación de los dedos.

Cuando entré en el vestuario, Adam se estaba colocando los pantalones, así que cerré la puerta de un portazo para que nadie del exterior pudiera verle. 

—Lo siento. Nunca toco antes de entrar. 

—Descuida. — murmuró, clavando los ojos en el suelo. Por alguna extraña razón, Adam llevaba esquivándome la mirada durante todo el día y no me dirigía la palabra a no ser que fuera totalmente necesario. Nunca habíamos tenido mucho contacto, pero tampoco nos evitábamos y me daba la impresión de que eso era exactamente lo que él hacía. Sin decir nada innecesario, fui hasta mi taquilla, solté las bolsas de Heidi y saqué el uniforme del trabajo. Me quité los pantalones y me puse los del trabajo. Al quitarme la camiseta me di cuenta de que Adam me miraba de reojo. 

—¿Pasa algo? — pregunté. 

—No, nada. — dijo, pero no desvió la vista de mi cuerpo semidesnudo. 

—Es que… me estás mirando mientras me cambio. 

—¿Te molesta? 

—A mí no, pero a mi novio quizás le moleste un poco. 

—¿Vas a decírselo? — me imaginé a Tom entrando en la pastelería con una motosierra preguntando a gritos donde estaba el marica que miraba a su novio mientras se cambiaba. 

—No si dejas de mirarme. — declaré. 

—Acabas de decirme que no te molesta. 

—Ya, pero eso no te da derecho a hacerlo. — me di la vuelta y terminé de colocarme el uniforme aún notando la mirada de Adam en mi nuca. 

—No eres consciente de lo atrayente que eres ¿verdad? 

—¿Perdón? 

—¿Puedo saber quién es tu novio? 

—Lo siento, pero no creo que te interese. 

—Me interesa. Mucho. 

—¿Estás intentando insinuarte? — Adam no contestó, pero por la expresión de su cara juraría que estaba más preocupado que otra cosa. 

—¿El haría cualquier cosa por salvarte? ¿Te quiere? — me preguntó de una manera que rayaba la mala educación. 

—Pues sí, cualquier cosa. Hasta matar. 

—¿En serio?

—Sí. — en realidad no estaba muy seguro de ello, pero no quería mostrarme indeciso delante de un tío que parecía desearme. Era mejor dejar las cosas claras desde el principio antes de que hubiera confusiones. Adam se conformó con esa última respuesta y anduvo hacia la salida del vestuario con porte cansado. 

—Espero que sea verdad, Bill. Con todas mis fuerzas. — salió y me dejó allí, solo y confundido. 

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By Aaron

—Es inútil que te resistas, Aaron. Lloverán ranas antes de que puedas deshacer ese nudo. — con las manos atadas a la espalda y los pies atados a las patas de la silla, me era imposible hacer ningún movimiento en falso que pusiera en un compromiso al imponente Toro. No sólo lo tenía difícil al estar atado a una silla en el sótano, sino que tenerle a él vigilando todos mis movimientos complicaba mucho más la hazaña de la huida. Llevaba toda la noche intentando escapar, sin pegar ojo ni hablar. La cinta adhesiva que me tapaba la boca me había impedido gritar en toda la noche y ahora que Toro por fin me la había quitado, solté una serie de insultos hacia su persona muy difíciles de oír. Le grité y lo insulté hasta que se me acabó el aire de los pulmones. Cuando dejé de gritar para coger aire, Toro habló: — ¿Has acabado?

—¡No! — troné. — ¡Cerdo traidor! 

—Eso es lo que tenías que haber dicho en un principio, ¿no crees? 

—¿Qué vas a hacer conmigo? — pregunté. 

—Te soltaré esta noche para que puedas volver a casa, hablar con Tom o hacer lo que te dé la gana. Pero hasta entonces te quedarás ahí quietecito, sin hacer ruido, hasta que yo vuelva. — vaya, la perspectiva era mejor de lo que esperaba. Ya había imaginado mi cuerpo arrojado en una cuneta cualquiera; pero eso no me relajó. 

—¿Por qué esta noche? ¿Por qué no antes? — Toro, tumbado en el sofá del despacho de su sótano, arrugó la cara. Aquel lugar sepultado bajo toneladas de ladrillo cuyo acceso se limitaba a las empinadas escaleras apretadas entre gruesas paredes de ladrillo, era el más cargado y mejor decorado de toda la casa. Se notaba que a mi ex mejor amigo le encantaba pasar el tiempo allí más que en cualquier otra parte. Allí abajo la temperatura era baja hasta en verano y en invierno, debía ser un frigorífico tamaño extra grande. Por ello era el único lugar de la casa con chimenea. Las paredes eran de un color rojo vino que en un principio, me había parecido muy erótico. Los muebles eran antiguos; entre ellos el sofá del mismo color que la pared, que no le quitaba comodidad (bien lo sabía yo, que había dormido ahí unas cuantas veces). El espacio en sí era grande. Se necesitaba algo ancho para poder colocar los montones de libros en esas estanterías tan ricamente adornadas con motivos dorados. La lámpara de techo era más moderna que el resto de la habitación, simulando una pequeña araña oscura. 

¿Cuántos noches había pasado en aquel lugar tan asfixiante y alejado del resto del mundo? Eran incontables.

—No quiero que avises a Tom antes de tiempo. 

—Antes de tiempo… ¿qué vas a hacer? — Toro suspiró mientras yo recorría la mirada por aquel lugar a gran velocidad, buscando desesperado una salida.

—Me has oído hablar por teléfono con Adam ¿no? Ya sabes lo que voy a hacer. 

—¿Quién es Adam? 

—El hermano pequeño de Gore. ¿No lo recuerdas? — una cara conocida tomó posesión de mi mente. Aquel chaval con perilla y vestimenta oscura que siempre seguía a Gore a todas partes en el orfanato, poco antes de que éste desapareciera después de intentar matar a Tom. 

Toro se levantó del sofá y caminó hasta su escritorio. Empezó a rebuscar en los cajones y pronto sacó dos botes transparentes, pequeños, que cabían en la palma de mi mano. Uno de ellos contenía un pequeño montón de pastillas de colores y el otro, una sustancia líquida azulada que no reconocí. Sacó una jeringuilla de cinco centímetros todavía cubierta por su bolsita aislante y la guardó en el bolsillo derecho de su chaqueta, la cual se echó por encima. 

—No pienso tragarme ninguna de esas puñeteras pastillas. Son somníferos ¿verdad? ¿Sedantes para tranquilizarme? Ni lo intentes. 

—No tengo intención de drogarte, Aaron. Además, esto no es para personas, si no para animales. No estoy cualificado para recetar ningún tipo de medicina ¿recuerdas? 

—¿Y para quién es entonces? — Toro me miró fijamente, como si esperara que yo mismo respondiera a esa pregunta. — Si das una dosis demasiado alta a una persona delicada con eso puede pasarlo realmente mal. 

—Lo sé. Tendré cuidado con las proporciones. 

—Toro, no lo hagas, por favor. 

—Aaron… aunque me odies por ello, no tengo opción. — agarró de nuevo la cinta adhesiva y estiró de ella, mostrándome un buen trozo de pegajoso celo blanco. 

—Bill es un buen chico, tío. ¿Por qué quieres hacerle esto? 

—No es cosa mía. — dijo, acercándome el celo a la boca. 

—¡Al menos dime qué vas a hacerle! — antes de que pudiera replicar más, me tapó la boca con la cinta adhesiva y solo pude gemir y revolverme para intentar sacármela de encima, sin ningún resultado. Caminó hasta la puerta para salir, escondiendo los botecitos en el otro bolsillo de la chaqueta y abrió la puerta. 

—Quiero que esto termine cuanto antes y espero que nadie salga herido. Por eso te daré una pista, Príncipe, una ventaja. — me detuve en mi intento desesperado de escapar, haciendo vibrar la silla con tanto movimiento inconstante. Los ojos de Toro siempre habían sido melancólicos y dulces, incluso en aquella ocasión. Al parecer yo era el único capaz de ver su dulzura, aunque en aquel momento solo albergara odio hacia ella. — Adam es el chico que trabaja con Bill en la pastelería y esta noche se lo entregará a Gore en bandeja de plata. Imagínate para qué. Yo vigilaré que la cosa no se les vaya de las manos. Si puedes llamar a Tom antes de que yo llegue a la pastelería, todo esto habrá acabado sin ni siquiera haber empezado. — no dijo nada más. Salió por la puerta cerrándola suavemente a su paso, dejándome hundido en una oscuridad cegadora. — Buena suerte, mi Príncipe. — fueron sus últimas palabras antes de subir las escaleras y salir de casa dando un portazo. Busqué escuchar el sonido de un motor al arrancar, las ruedas de un coche chirriando contra el asfalto, pero sólo oía pasos ligeros y voces de niños correteando por los jardines. 

No había cogido el coche, lo que quería decir que tardaría en llegar una media hora andando a paso ligero. Me pareció extraña su decisión de caminar pudiendo llegar en cinco minutos con unos cuantos bandazos de volante en esa situación tan urgente, por mucho que hubiera preferido siempre pasear que conducir. Me imaginé que intentaba darme una oportunidad para alertar a Bill de la situación, lo que me hizo suponer que no tenía del todo claras sus intenciones. Recé para que cambiara de bando de camino a la pastelería ya que veía muy difícil mi huida. No me había dejado ni un triste cristal roto para intentar liberarme, un mechero, una cerilla o al menos la chimenea encendida, nada. Solo en aquel enorme despacho rodeado de libros, documentos, cartas… y mi móvil, encima del escritorio. No me cabía duda de que Toro me estaba dando oportunidades para alertar a quien quisiera, si no, no habría dejado el móvil a mi alcance. Sin embargo para poder llamar necesitaba algo con lo que poder desatarme. Algo, algo… ¿Cómo qué? 

La cuerda que me ataba las muñecas me causaba rozones dolorosos en la piel, así que mientras pensaba dejé de moverme y me concentré en el escritorio donde se encontraban apilados los expedientes y documentos dirigidos al doctor cabrón. Había cartas, muchas cartas y paquetes y… recordé.

Toro siempre habría la correspondencia con abrecartas desde la universidad, incluso los regalos. Era la única manía que conocía de él. Nunca rompía los sobres o el papel de regalo. Reciclaba y siempre que debía utilizar papel para escribir algo, no lo tiraba hasta que el folio estaba repleto de palabras aunque carecieran de orden. Por eso intentaba por todos los medios no romper sobres ni cajas de cartón, para no estropear o arrugar el papel demasiado. Eso quería decir que en alguna parte del despacho había un abrecartas afilado y en perfectas condiciones y, si yo fuera Toro, no lo guardaría lejos de donde leo mis cartas. 

Pegando saltos con la silla, lastimándome muñecas y tobillos, llegué hasta el escritorio e incliné mi cabeza encima de las cartas. Empecé a revolverlas con la boca tapada, tirándolas al suelo a montones al igual que sus demás pertenencias e incluso mi móvil, rebuscando entre todo aquella inútil basura clínica a lo loco. Estuve cerca de cinco minutos tirando cosas al suelo sintiendo pinchazos en el cuello y en las muñecas al tirar de la silla para inclinarme. Hacía rato que las manos se me habían entumecido y los brazos y las piernas, dormido. Cansado y mareado por el dolor, di unos últimos cabezazos al escritorio hasta que no hubo nada encima de la mesa. El último instrumento que cayó al suelo hizo un ruido estridente que me despertó de mi ensoñación. Lo observé.


Un reloj antiguo, como todo lo que había allí, bonito y con dibujos y relieves de fruta y fauna me saludó con las agujas colocadas exactamente en las ocho y cinco minutos. Llevaba buscando el maldito abrecartas alrededor de diez minutos o quince. El tiempo se me acababa… y el abrecartas allí estaba, aplastado por aquel reloj tan pesado. Lo reconocí por su forma de espada de la edad media en miniatura. El mango sobresalía por debajo del reloj y la hoja de la espada era aplastada por el mismo. Por lo menos ya lo había encontrado. Ahora tocaba recogerlo con las manos atadas. 

Sabiendo de antemano que me haría mucho daño en los brazos por lo que iba a hacer, me balanceé en la silla de un lado a otro hasta que esta cayó de lado junto al reloj. Sollocé de dolor cuando el peso de mi cuerpo recayó sobre mi hombro derecho. Pero me apostaba cualquier cosa a que si no lograba salir de ahí y alertar a alguien antes de que Toro llegara hasta Bill, las consecuencias serían mucho peores que un brazo roto. 

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By Bill

Atender a los clientes sin detenerme ni siquiera para cobrar no me garantizaba acabar a las nueve de la noche y mucho menos, un par de minutos libres para ir a recoger el regalo de cumpleaños para Tom, el que me esperaba en la joyería Milo´s desde hacía casi cinco horas, totalmente pagado y esperaba que perfectamente guardado. Eso quería decir que la tienda estaría cerrada cuando terminara de trabajar y que Tom se quedaría sin regalo hasta el día siguiente. ¡Maldita sea! ¿Quién me mandaría a mí encargar que grabaran esa estúpida y cursi frase en el regalo? Me iba a costar una decepción para mi nene. Pensaría que no me había acordado del primer cumpleaños que pasábamos juntos con todos los dientes y sin pañales y se rompería la magia. 

Bueno, todavía podía atarme un lacito alrededor del cuello y esperar, a ver qué pasaba. 

—Bill, sino te das prisa la joyería cerrará. Son casi las ocho y media. — me advirtió Heidi al pasar por mi lado con una bandeja, directa al lavavajillas. Solté rápidamente el batido de fresa y nata que me había pedido una cliente y corrí hasta el mostrador detrás de Heidi. 

—Tienes que hacerme un favor. — le supliqué. Ella sonrió de oreja a oreja, como si hubiera estado esperando que pronunciara esas mismas palabras.

—Quieres que vaya a por el regalo ¿eh?

—Por favor. Si yo salgo de aquí va a cantar mucho. — bufé, asqueado con mi suerte. — Por alguna razón que no logro comprender, los clientes se empeñan en humillarme públicamente. — ella soltó una carcajada estridente. 

—Con lo guapo que eres no es de extrañar. Anda, sigue trabajando. Volveré en quince minutos. 

—Gracias, nena. Te daría un beso, pero no creo que le sienta muy bien a Kam… ni a Tom. — Heidi corrió al vestuario y en cinco minutos salió de la tienda a toda velocidad, dejándonos a Adam y a mí solos con los pocos clientes que quedaban. Una vez los hube servido a todos y medio limpié las mesas que quedaban vacías, me dejé caer en el mostrador junto a Adam, que hacia cuenta sin mucho interés. — Estoy agotado, no creo que pueda aguantar mucho más. ¿Qué hacemos? ¿Vamos cerrando?

—Todavía queda media hora y siguen habiendo clientes en el local. — volví a bufar mientras me apartaba el pelo de la cara. Adam dejó el dinero de lado y lo volvió a meter en la caja. Llevaba todo el día muy frío y su actitud indiferente me empezaba a cabrear. Abrí la boca para decir algo al respecto cuando alzó la cara y se quedó mirando las puertas correderas con expresión descompuesta. Tragó saliva. 

De repente, los pocos clientes que quedaban en el local se levantaron de sus sillas y con rostros de preocupación, salieron de la pastelería casi corriendo, dejando tres pares de billetes de veinte euros cada uno, sin esperar la vuelta. Observé sus mesas, la mayoría con los batidos y los pasteles a medio comer. 

—¿Y eso? — murmuré. Me di la vuelta con el dinero en la mano para pedir una explicación y me lo encontré. Cara a cara. 

Retrocedí. Me dio una impresión bárbara encontrarme frente a frente con el “carnicero”, el cirujano jefe del hospital donde Aaron hacia sus prácticas de enfermería. Allí, a escaso medio metro de mi cuerpo. Me sacaba cabeza y media. ¡Era mucho más intimidante sin las gafas y la bata de médico con la que lo había pillado en el hospital! El brillo de sus ojos era el mismo, sin embargo. Entre dulce y amenazador. Los labios hundidos me recordaron a Tom cuando se frustraba. 

—¿Puedes ponerme una cerveza? — me dijo. 

—¿Cómo? — pregunté yo, un poco abochornado al recordar el numerito que había montado delante de él hacía apenas treinta horas.

—Una cerveza, por favor. — volvió a pedir. Asentí lentamente y fui a por lo ordenado, colocándome detrás del mostrador y yendo a la pequeña nevera donde guardábamos las tartas heladas. 

Vaya, por suerte no parecía haber venido a meterme una paliza. ¿Se habría dado cuenta de que le faltaban expedientes? Quizás por eso Aaron no había vuelto a casa esa noche, porque le había asesinado y colgado de una viga con el estomago abierto, como a un cerdo en un matadero. 

—Voy al almacén… un momento… — oí a Adam excusarse con muy mala cara. Juraría que se fue directo al baño para echar la pota. Hubiera ido tras él de no ser porque no podía abandonar la caja sin más, así que me limité a darle su cerveza al único cliente que quedaba en la tienda. 

—¿Necesita un vaso? 

—Por favor. — cogí un vaso directamente del lavavajillas, sucio, y tuve que limpiarlo yo mismo con trapo, agua y jabón para la vajilla. Vi de refilón como el hombre se sentaba en uno de los taburetes con la cerveza en la mano. Seguí limpiando el vaso a fondo para que no quedaran restos y una vez hube terminado, se lo di. 

—Aquí tiene. 

—Está mala. 

—¿Cómo? — el hombre me miró de forma amenazadora, o eso me pareció a mí. 

—Está mala. Sabe mal. — miré la botella de cerveza de la que quedaba poco más de la mitad. Era rápido bebiendo, aunque claro con una boca tan grande yo también lo sería. 

—¿Seguro? ¿Me deja? — me la tendió y yo la cogí. Miré la fecha de caducidad, pero estaba dentro de la fecha límite. Todavía le quedaba un año y tres meses para ponerse mala. — No está caducada. 

—Pero sabe mal. Pruébala. 

—Hum… no debo probar la comida o bebida de un cliente. 

—Está bien si yo te pido que lo hagas. — me encogí de hombros y miré de un lado a otro para asegurarme de que nadie me veía. No estaba seguro de si beber de la bebida de un cliente era motivo de despido o no. 

Le di un sorbo a la botella. Tenía un sabor diferente, pero no estaba mala. 

—No está mala, pero si quiere que le traiga otra…

—Bébetela… entera. — me ordenó. Me clavó una mirada tan imperturbable e intimidante que fui incapaz de aguantarla y desvié los ojos al suelo. El tío tenía cara de ser capaz de tumbar a veinte camioneros con varios golpes consecutivos y si podía con ellos, a mí me aplastaría entre el dedo meñique y el pulgar. Sabía que si algo ocurría entre ese tío y yo, Tom pondría el grito en el cielo y se metería en medio aunque fuera el triple de fuerte que él. No quería que eso sucediera. Sabía que mi hermano era capaz de tumbar a gente el doble de grande que él pero con ese tío tan inquietante no me atrevía a arriesgarme. Además, ver a Tom en un aprieto nunca me había hecho gracia y menos si era culpa mía. 

Así que obedecí sin más y me tragué toda la cerveza, aunque eso pudiera meterme en un lío en mi trabajo. Cuando la terminé, su expresión se había relajado notablemente hasta parecer casi inofensivo.

—¿Quiere que le ponga otra? — Adam salió del baño entonces. Me observó con los ojos aguados, negando con la cabeza lentamente. Volvió a meterse en el baño a paso veloz.

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By Aaron

Eran las nueve menos cuarto cuando conseguí cortar el nudo de la gruesa cuerda que mantenía presas las muñecas. Había costado lo suyo, pero por fin lo había conseguido. Lo primero que hice al liberarme fue arrancar el trozo de celo de mi boca de un tirón y cortar ferozmente las cuerdas que me ataban los tobillos. Las muñecas me sangraban por la presión y el roce de la vasta atadura. 

En cuanto conseguí soltarme las piernas, me levanté y agarré el móvil. Me caí al suelo varias veces y tropecé otras tantas hasta que mis pies despertaron de su estado de entumecimiento. Fue entonces cuando llamé, por fin, a Bill. Me metí el abrecartas en la cinturilla del pantalón y sin camiseta, salí corriendo de la casa. Toro la había dejado abierta, ni siquiera se había molestado en encerrarme en serio.

Bill tardó varios segundos en cogerlo, pero por fin contestó con voz somnolienta y un poco abotardada. 

—¿Sí? 

—¿¡Bill!? ¡Por fin doy contigo! ¿Dónde estás? 

—¿Quién eres?

—¡Aaron, joder! ¿Quién iba a ser si no?

—Ah, Aaron… ¿qué pasa? ¿Dónde estabas esta noche, tío? — noté que le costaba trabajo pronunciar las palabras, como si estuviera borracho o drogado. 

—¿Qué te pasa en la voz, Bill? 

—Oh, nada, es que estoy un poco mareado y… da igual… ¿Dónde… dónde…? Ah…

—Bill, ¿estás bien? ¿Dónde estás? Voy a buscarte ahora mismo. 

—Estoy en la paste… lería… no me siento… bien… — un presentimiento horrible me hizo sentir escalofríos cuando formulé la pregunta clave. 

—Bill, ¿con quién estás?

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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