
By Bill
Miré a mí alrededor buscando a Adam, pero solo encontré la figura distorsionada del carnicero amigo de Aaron. Sacudí varias veces la cabeza, lo que hizo que aumentara el mareo y la ensoñación. De repente tenía tanto sueño que me era difícil hasta pronunciar las palabras y mantenerme en pie. Me temblaban las piernas.
—Pues con tu… amigo… ¿cómo era? El… el cigugan… hum… — no me salía la palabra. Las piernas me fallaron y muy lentamente, me dejé caer al suelo de rodillas. La mano que sostenía el móvil me temblaba.
—¿Estás con él? ¡Bill, respóndeme! ¿Estás con el cirujano, el tío del hospital, el de ayer?
—Hum… sí… — de nada me servía ya sacudir la cabeza. El sueño me podía y cuanto más me movía, más me costaba situarme en aquel lugar.
—¡Bill, sal de ahí cagando leches, sal, corre, huye! ¡Es un Caído, ese tío es un Caído y quiere hacerte daño! ¡Por favor, aguanta, voy a por ti ahora mismo! — me gritó con tanta rapidez y tan fuerte, que no me enteré de la mitad de palabras que me decía. Entonces, el carnicero, el hombre grande saltó el mostrador y apartó el móvil de mí. Yo no tuve la suficiente fuerza como para evitarlo. Sólo pude observarlo desde el suelo.
—Llegas tarde, Príncipe. — le oí decir. Entonces, colgó.
Y yo me dormí.
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By Ricky
—Aún no me puedo creer que te hayas gastado ese pastón e algo tan ridículo. Pero ¿a quién se le ocurre? Es una locura, Tom. ¡Todavía estas a tiempo de devolverlo, vamos! — empecé a tirar de su camiseta para hacerle retroceder de nuevo hacia la agencia de viajes, pero Tom me pegó tal empujón cargado de emoción que me tiró al suelo de culo.
—¡Ni lo intentes! Es el regalo perfecto y como intentes quitármelo, te parto los dientes aunque seas tía, ¿entiendes? — no me atreví a quitarle los billetes de avión y los tickets por verle tan emocionado, no por la amenaza, que quede claro. Estaba tan entusiasmado que sus ojos parecían brillar como las estrellas en el cielo y eso de por sí era muy raro. Nunca había visto al líder de los Encadenados así y mejor que no lo viera nadie. Volvió a observar los billetes de avión y las dos entradas con alojamiento añadido para Disneyland, en París y se toqueteó las extensas rastas mientras sonreía como un idiota. Sí, parecía muy orgulloso de sí mismo. — ¿Tienes idea de cómo se pondrá Bill cuando le dé esto como regalo, Ricky? Se subirá por las paredes. Dormir, comer, beber y disfrutar durante tres días en el castillo Disney. Podrá ver y hacerse miles de fotos con los personajes de Disney, subirse a las atracciones, hincharse de algodón de azúcar y luego… ¡Veremos a Peter Pan luchando contra el Capitán Garfio en directo! — la idea de ver a Peter Pan le hacía emocionarse más aún. De hecho había sido la imagen de Peter Pan en un enorme cartel en la agencia de viajes lo que le había hecho entrar casi dando saltos de alegría.
—¡Tom, la idea es infantil, cursi hasta la médula y nada propia de ti! ¿Qué diría tu pandilla si supiera que te has gastado más de mil euros en llevar a tu hermano a Disneyland el día de vuestro cumpleaños? ¡Se les va a caer un mito! — Tom dejó de sonreír un momento y me fulminó con la mirada.
—Tú no entiendes de romanticismo.
—¿Y tú sí? ¿Desde cuándo?
—¡Desde hace meses! Además, a mí solo me interesa pasar la noche con él. Sé que dormir en el castillo de Disney le va a poner a cien, así que…
—Estáis enfermos. — como respuesta, Tom volvió a sonreír de oreja a oreja.
—Estás celosa y yo no tengo culpa de eso. Si no tienes pareja… jódete.
—No es justo. Tú naciste con él. Venías con media naranja incluida. — bufé.
—Peter Pan… Peter Pan… vamos al País de Nunca Jamás… — canturreó para luego soltar una carcajada. Negué con la cabeza y decidí no volver a meterme en medio de esos dos nunca más para no salir escaldada. Estaban tan locos y tenían una personalidad tan ambivalente.
El móvil de Tom empezó a sonar. Él lo cogió y yo seguí hacia delante hasta situarme a su lado. Puso el móvil en manos libres y empezó a gritar.
—¿Sí? Al habla el hombre más feliz del mundo. — se burló.
—Al habla el hombre más gilipollas del mundo. — murmuré yo.
—¿Tom? — contestó la voz casi irreconocible de Aaron. El timbre de su tono de voz era agudo y desesperado, típico de un niño a punto de echarse a llorar. No me hizo falta oír mucho más para saber que algo no iba bien pero no pareció notarlo.
—Príncipe, ¿dónde estabas? Si vieras cómo se ha ido Bill al trabajo esta mañana pensando en ti… ¡estaba preocupado por el tío que intentó robarle a su novio y le puteó a mala idea! ¿No es adorable? — Tom se apartó el móvil del oído con cara de sorpresa y lo miró. — Está llorando. — murmuró.
—Trae, anda. — le quité el teléfono de un manotazo y lo puse en manos libres. Los sollozos de Aaron me llegaron desde la otra línea. — Aaron, tío, que Bill es tu colega. No te pongas a llorar por las putadas que le hiciste, que te perdonó hace tiempo, ¿sabes?
—No, no es eso… ¡Maldita sea! — gritó. Tom y yo escuchamos los bocinazos de un coche. Aaron acababa de cruzar un paso de peatones sin mirar. — ¡Vete al cuerno! — gritó al conductor. Su voz era entrecortada y asfixiada. Parecía que llevaba un buen rato haciendo ejercicio, corriendo de un lado para otro sin parar hasta haberse quedado sin aliento. — Escúchame Tom, tienes que ir a por Bill. ¡Tienes que ir ya! ¡Olvida lo que estés haciendo y ve!
—¿Qué? ¿Ahora? Dentro de media hora sale de trabajar, hemos quedado entonces, ya voy para allá. — contestó Tom.
—¡No, ahora, ahora mismo, corre por favor! ¡Está en peligro, creo que lo han drogado, creo que se lo van a llevar, creo que… que…! — nuevos sollozos interrumpieron sus palabras. Para entonces Tom ya había perdido la sonrisa y yo ya tragaba con una ansiedad bárbara.
—¿Qué dices, Aaron? — preguntó. Me quitó el teléfono de las manos y empezó a caminar a paso rápido hacia la pastelería. Le seguí, con gran angustia.
—He estado con Toro, Tom. Es un Caído y le he oído hablar con Adam… es… es Gore. ¡Tenías razón, el líder de los Caídos es Gore!
—Sí, sí, eso está muy bien, pero ¿por qué dices que Bill está en peligro? ¿Cómo lo sabes?
—Lo sé porque… — dejó de hablar, asfixiado por la carrera que parecía estar corriendo. — Adam… el chico que trabaja en la pastelería con Heidi y Bill… Toro ha dicho que… es el hermano de Gore. ¿No te acuerdas de él, Tom? Siempre estaba con él. Siempre con Gore, siempre… — Tom aceleró el paso y de repente, empezó a correr a toda hostia. Yo le imité. Sentí un temor y una desesperación ciega al pensar en Bill siendo apresado por Gore, por ese loco hijo de puta que sentía tanto rencor hacia Tom y su entorno en el que desgraciadamente, entraba nuestro puro Muñeco; nuestra mascota, nuestro protegido, nuestro adorable amigo, hermano, casi hijo. Nuestra sangre. Nuestra inocencia e infancia… Bill representaba tantas cosas para nosotros, los que mejor le conocíamos, que era difícil expresarlas todas. Había sido cuestión de meses que se abriera paso entre los caparazones que protegían nuestros corazones con frases sencillas, con pequeños movimientos o, simplemente, con su presencia. La pureza con la que se movía y hablaba se notaba a leguas, nos contagiaba con ella, nos hacía ser mejores personas con solo tenerle cerca, nos frenaba y no nos permitía abusar de las ratas de alcantarilla que se nos acercaban con malas intenciones.
Su presencia influía tanto en nosotros, que ya era incapaz de imaginarme los barrios bajos sin la pureza de Bill. Un mundo triste y sin sentido, como lo era antes de que él llegara. Un caos total y Tom volvería a ser un líder frío y calculador, que solo conocía la violencia y el chantaje; no como lo era ahora, agradable, cálido, divertido y tolerante en nuestros actos.
Si Bill desaparecía… ¡Eso era algo que yo no permitiría!
Había competido contra él muchas veces en carreras, atletismo, natación e incluso haciendo flexiones y siempre era yo la que perdía por cansancio y mi mal estado de salud. Si Bill salía intacto de aquella crisis no identificada, dejaría los porros. ¡Lo juraba! Pero para ello debía poner un poco de mi parte, así que aceleré adquiriendo tanta velocidad, ignorando el oxígeno que me pedían los pulmones a gritos, que en un visto y no visto alcancé a Tom y lo sobrepasé. Crucé dos carreteras sin mirar, provocando el brusco parón de los coches. Me salté un semáforo en rojo para peatones y empujé a varias personas que intercedían en mi paso. En menos de diez minutos llegué a la pastelería con Tom pisándome los talones. Frené el paso y en un estado de asfixia agudo, me dirigí hacia las puertas correderas de cristal. Esperé a que se abrieran, pero no lo hicieron. Apoyé las manos en ellas, pero no se movían. El interior del local estaba oscuro y todavía no eran las nueve.
—Han cerrado antes… — murmuré. — ¿Ahora cómo…? — Tom respondió a mi pregunta reventando el cristal de la puerta sin miramientos con un codazo. Ni siquiera se molestó en protegerse la piel de los cristales con algo de ropa. Un montón de diminutos trozos de cristal salpicaron el suelo de la pastelería y muchos más le siguieron cuando Tom reventó a patadas el resto, dejando un amplio espacio sin cristal para poder pasar. Entró rápidamente, sin cuidarse del afilado vidrio que rodeaba la pequeña apertura. Vi su carne siendo rasgada, ensangrentando lo que quedaba de la puerta corredera; solo recibió cortes superficiales en la mejilla y en las piernas que, sin embargo, podrían haber sido mucho más profundos de haberse descuidado demasiado.
—¡Bill! — gritó y sin encender las luces, corrió hacia el interior del local hasta desaparecer de mi vista. Yo entré tras él después de asegurarme de romper el cristal que quedaba para asegurarme de no recibir heridas. Encendí las luces y busqué, sin saber exactamente qué, entre las mesas y tras el mostrador. A parte del rastro fresco de la sangre de Tom, no encontré nada.
—¿Tom? — le llamé, intentando mantener la calma.
—¡No está! — tronó desde el interior. — ¡NO ESTÁ! ¡BILL! — volvió a gritar. Mareada, me apoyé sobre la pared.
—¿Qué demonios está pasando aquí? — mi hermana, Heidi, apareció en el umbral roto de la puerta. Sujetaba una bolsa de la joyería Milo´s y recé porque ella tuviera una respuesta convincente para toda aquella locura. Entró en la pastelería con los ojos como platos, seguramente pensando en la que su jefe le iba a armar cuando viera todo aquel estropicio. — ¿Quién ha cerrado la tienda? ¿Y por qué mi hermana está dentro de ella después de haber destrozado la puerta? — me preguntó, acercándose a mí roja de furia.
—Heidi, te lo puedo explicar. — murmuré.
—Voy a matarlos, voy a matarlos, voy a… ¿Dónde coño estás, Bill? ¡No tiene ni puta gracia! — oí a Tom desde el interior.
—¿Tom? — volvió a preguntar Heidi.
Entonces, tambaleándose y respirando de forma ahogada, vi a Aaron cruzar la calle desde la lejanía. Desnudo de cintura para arriba, apoyaba una mano en su cintura con gesto de dolor. Cuando llegó a la puerta rota de cristal, pude verle los ojos acuosos y las mejillas húmedas, que le brillaban ruborizadas por las lágrimas. Nada más entrar, se quedó tieso observándonos y escuchando el ruido que hacia Tom removiendo y tirando cosas en el almacén, destrozándolo todo en una búsqueda tan desesperada como infructuosa. Se dejó caer en una silla pare recobrar el aliento. Después, bajó la cabeza hasta situarla entre sus piernas y empezó a llorar, en voz baja, con sollozos silenciosos e intentando parecer lo más digno posible. Así lloraban los hombres, avergonzándose de sus sentimientos. Ese pensamiento siempre me había parecido muy machista, pero en aquel momento me pareció adecuado; gracias a él, yo pude dejarme caer al suelo y romper a llorar sin contemplaciones ni bochornos.
Heidi no hizo la más mínima pregunta. En su lugar, intuyendo lo que ocurría, anduvo hasta el mostrador y frente a él, se sentó sobre un taburete, apoyando la cabeza sobre la barra.
—Bill… ¿no está? — preguntó y mis sollozos aumentaron de volumen. Heidi dejó de hablar. Los gritos desquiciados de Tom hablaban por todos. — Aquí hay algo… — murmuró mi hermana. Tanteando la barra en la que de noche, en verano, se servían todo tipo de bebidas alcohólicas, encontró un pequeño papel recortado en un perfecto cuadrado. Le dio la vuelta varias veces y lo observó con tristeza. — Es para Tom. — dijo. En el interior del almacén el ruido de los utensilios de cocina estrellándose contra el suelo dejaron de sonar, formando un silencio inquietante.
Heidi leyó en voz alta, tragando saliva antes de empezar.
—Hace años me quitaste algo muy importante y ya es hora de que te devuelva el favor. Aún estás a tiempo de entregarme lo que me pertenece por derecho, aunque ya es demasiado tarde para otros arreglos… — citó. Busqué su mirada por encima de mis lágrimas, pero ella la esquivó, incapaz de contener su preocupación reflejada en ella. — …Por esos otros arreglos que seguro, recuerdas, pido tu cabeza, Capitán de los barrios bajos. Para asegurarme de que cumples con esta petición, cojo prestado a tu Muñeco. Si cumples con mis objeciones una vez las imponga sin rechistar, te lo devolveré de una pieza. Si no… me tomaré la libertad de jugar con él hasta mi extenuación o la ruptura del Muñeco y, como ya sabes, tengo mucho aguante en lo que a sadismo se refiere. — Heidi se detuvo y soltó unos cuantos sollozos angustiados.
Tom salió del almacén con la cabeza gacha y la expresión de alguien aturdido, mareado quizás. De su camiseta empapada goteaba sangre. “Cloc, cloc, cloc…” Ese era el sonido de las gotitas estrellándose contra el suelo. Los punto se le habían soltado y él no parecía siquiera notarlo.
—¿Qué más dice? — preguntó, con un tono de voz tan indiferente como vacío.
—Contactaré… con—contactaré contigo… — tartamudeó mi hermana. — … pronto. Pero antes dejaré que te desesperes un poco pensando en lo que puedo estar haciéndole a tu hermano, en la clase de sádico juego que estaré llevando a cabo con él. Te saluda Gore, el próximo Rey de los barrios bajos. — y dejó de hablar.
El ambiente, ya enrarecido de por sí, se volvió insufriblemente tormentoso. Sentí un subidón de adrenalina que sobrecalentó mi cuerpo, haciéndome padecer mareos y arcadas.
—Tom… — habló Aaron — ¿Qué vamos a hacer ahora?
Nuestro líder no contestó.
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By Adam
Toro mantenía el cuerpo flácido de Bill firmemente apretado contra su musculoso cuerpo. Llevarle en brazos no parecía costarle nada a pesar de su aumento de peso. ¿Cuánto pesaría ahora? ¿60? ¿65? No mucho más. No lo suficiente para afrontar lo que se le venía encima.
Las manos me sudaban cuando llegamos a la comisaria abandonada y la rodeamos para entrar por el agujero de la pared trasera. Era difícil imaginar que un lugar tan a la vista pudiera alberga al enemigo número uno de los Encadenados sin ser motivo de sospecha, porque ¿qué clase de criminal se escondería en una comisaria, aunque fuera abandonada? Era una divertida ironía para mi hermano.
Detenidos frente al agujero oscuro que nos llevaría ante todos los demás, me giré para observar a Toro y a la criatura tan celestial que llevaba entre sus brazos, profundamente dormida.
—¿Seguro que está bien? No se mueve ni un poco. ¿Y si te has pasado con las pastillas? — Toro se agachó hasta apoyar una rodilla en el suelo y llevó dos dedos hasta el cuello de Bill.
—Está perfectamente, no te preocupes. Sólo duerme. Probablemente no se despertaría ni aunque un camión le pasara por encima. — Asentí, no muy seguro del pronóstico pero, claro ¿por qué Toro iba a mentirme a mí? Volvió a alzarse con Bill en brazos. Su cabeza quedó recostada sobre el hombro del cirujano. Soltó un imperceptible jadeo. — Vamos. — los dos avanzamos entre la oscuridad de la comisaria aparentemente vacía. El chillido de las ratas correteando por allí me estremeció. Noté un roce peludo dándose contra mi pie y pegué un bote, más que asqueado. Las cañerías rotas y todavía húmedas sobresalían del interior de la fachada. La hierba crecía entre los azulejos rotos y las escaleras que llevaban hacia el segundo piso. Subimos por ellas a ritmo lento, evitando los escalones rotos y los peldaños lisos, escurridizos por las goteras y la verdina. Una vez arriba seguimos la tenue luz que iluminaba el pasillo y llegamos frente a la puerta encajada que daba a las salas de interrogatorios.
—Toro, no… — murmuré, sin saber bien qué decir. Él no me dejó continuar, avanzando con aplomo hacia la puerta, abriéndola de par en par de una patada. Quedé cegado unos instantes por la iluminación. Toro entró y yo avancé detrás de él, medio oculto por su sombra. A diferencia de las otras habitaciones de la comisaria, esa estaba pulcramente limpia y ordenada. La pared, aunque llena de manchas de humedad, se mantenía casi intacta. El suelo estaba limpio, sin rastro de hojas, hierba o cualquier otra clase de planta. No había bichos ni ratas y el lugar se había equipado con muebles baratos pero nuevos para asegurar una estancia cómoda en lo que durara. Eran simples y primordiales. Un sofá, varias sillas y alguna que otra mesa para comer.
La primera persona a la que vi estaba refugiada en un montón de cojines rosas desperdigados por el suelo. Se limaba las uñas pintadas de rosa chicle con una lima verde fosforito. Se sacudió el pelo rojo cuando pasé por su lado y me sonrió, estirando las estilizadas piernas. Los tacones negros de a saber cuántos centímetros, iban a juego con la diminuta falda a cuadros y la camiseta de tirantes fucsia. La cicatriz del talón se resaltaba con el color rosado de su piel.
Sentado sobre la mesa estaba el ex agente de policía, fortaleciendo los bíceps con pesas. En la frente, la cruz gamada refulgía rodeada de venas azuladas por el esfuerzo realizado. Rapado prácticamente al cero, con ojos verde intenso, me fulminó con la mirada. Me aparté de él y me coloqué al lado de Toro, el cual no les había prestado la más mínima atención.
Tumbado sobre el sofá con un libro en la mano se encontraba mi hermano, con un brazo tras la cabeza. A los pies del sofá, atado fuertemente con una cadena de acero al reposabrazos, estaba Ball, el pitbull de mi hermano, que alzó la cabeza y empezó a gruñir, enseñando unos dientes feroces y alocados. Nos ladró y de no ser por la cadena que le rodeaba el cuello, se nos habría echado encima y no habría dejado de nosotros ni los huesos. Nunca había visto un perro tan agresivo como Bal, entrenado para matar expresamente en las peleas de perros que Tom había prohibido años atrás.
—¿Lo habéis traído? — preguntó Gore, sin alzar la mirada de su libro. En la portada, en grandes letras de color dorado pude leer, La vida de Julio César, gran militar y estratega.
Como respuesta a la pregunta, Toro se agachó y soltó a Bill en el suelo cuan largo era, con cuidado, tal y como lo haría un médico preocupado por un paciente. Su figura captó la atención de todos los allí reunidos. Gore encajó un marcapaginas de cartón en el libro y lo cerró. Se sentó en el sofá y observó a Bill desde su posición de manda más.
—¿Este es el famoso Muñeco? — preguntó. — Se supone que él y Tom son hermanos gemelos.
—Y lo son. — murmuré. — Pero es difícil encontrarles el parecido.
—Es idéntico a él. — dijo Esme, acercándose hasta Bill haciendo rechinar los tacones contra el suelo. Se puso de cuclillas encima de él, sobre su barriga, importándole muy poco que el resto tuviera una perfecta perspectiva de sus bragas rosadas. — Fíjate bien, Gore. Si le apartamos el pelo de la cara…
—¡Ah, es verdad, ahora lo veo! — exclamó mi hermano, sonriendo.
—Yo sólo veo a una nenaza. — comentó Big, el ex policía.
—Es precioso, Gore. Pre-cio-so. ¿Le llaman Muñeco por esta carita tan bonita? — me preguntó Esme, acariciándole la mejilla a Bill con una mano. Eso me molestó.
—Tom es el único que le llama Muñeco. No le gusta que los demás se lo digan.
—Tiene unos labios tan suaves…
—Esme, nena, es nuestro rehén. — le advirtió Gore. — No te encapriches con él. Si le mimamos demasiado ¿qué pensará de nosotros? — Gore se levantó del sofá y apartó de Bill a Bal con una patada, que le olisqueaba el brazo, babeando. — ¿Cuándo despertará, Toro?
—Mañana, sobre el mediodía me imagino.
—Por si acaso despierta antes, le meteremos en la suite. — se burló. Suite para él significaba el calabozo o la pocilga más guarra que encontráramos en la comisaria. — Y tendremos que asegurarnos de que no se mueve lo más mínimo. Si de verdad es el hermano de Tom, algo me dice que no será especialmente sumiso. ¿O sí, Adam? — preguntó, burlón.
—No. No lo es.
—Apartadlo de mi vista. — hizo un gesto con la mano y esta vez fue Big quien agarró a Bill y se lo colgó del hombro como si fuera un saco de patatas. Ambos salieron por la puerta rumbo a las celdas de los presos. — Bueno… — Gore se dejó caer de nuevo en el sofá, abriendo el libro por la misma página en que lo había dejado. — Puedes irte a hacer lo que te dé la gana ahora, Toro. Ve a embestir criaturas por ahí o lo que sea. — pero él no se movió ni un ápice.
—Yo ya he cumplido, Gore. — mi hermano le dirigió una mirada curiosa.
—¿Y?
—Tu parte del trato. ¿Qué pasa con eso? — preguntó.
—Hum… especifiqué que no habría consecuencias para tu Príncipe si tú eras obediente y me ayudabas en lo que yo viera necesario. Aún me eres necesario, de vital importancia diría yo. No hay ningún médico entre los Caídos.
—Yo no soy médico. Soy cirujano.
—Seguro que sabes más de medicina que yo, de todas formas. ¿Qué haría yo si ocurriera un accidente entre los nuestros, cosa que seguro sucederá? Sin un médico, la gente podría morir. — le chantajeó, claro y directo. A Toro la situación no le hizo la más mínima gracia. Enfurecido, dio dos zancadas hasta mi hermano y con violencia, apoyó ambos brazos contra el respaldo del sofá, encarcelando a Gore entre sus músculos. Podría partir huesos con ellos o abrir nueces si quisiera.
—Escúchame bien, gilipollas. — amenazó. — Kam no me puso el apodo de Toro por nada, ni tampoco me pidió que le cubriera las espaldas por si acaso. Antes de llegar tú, yo ya había mandado al hospital a unos cuantos subnormales que se creían toreros. Te lo advierto, Gore… si intentas clavarme una banderilla, no te embestiré. ¡Me aseguraré de atravesarte bien el hígado y sus derredores con mi cornamenta antes de que tú o tus amiguitos toquéis a Aaron! — estalló.
Yo no conocía a Aaron de mucho. Le había visto de lejos hacía años, pero suponía por la forma en la que Toro lo defendía, que debía ser alguien realmente importante para él.
A mi hermano no parecían importarle mucho las amenazas y gritos de alguien tan enorme como el magnífico Toro y eso me sobrecogió.
—Pensaba que tú también odiabas a Tom.
—Y le detesto, pero no tanto como a ti, rencorosa sabandija. — escupió. — Tom hiere a personas ingratas, a violadores, a hombres obscenos que maltratan a prostitutas o a simples mujeres de calle, a ambiciosos ladrones o a gente que busca pelea. ¡Pero no mata a personas y mucho menos, a inocentes! Intentando llevar a cabo tu estúpida venganza ¿tienes idea de cuántas personas pueden morir aquí?
—Eso es lo que trato de evitar. — dijo, con suma tranquilidad para estar en una situación tan peliaguda. — Si intercambiamos al Muñeco por Tom, todo habrá acabado. Tom no es una persona inocente, así que supongo que estarás de acuerdo conmigo en que es correcto sacrificarle para que los barrios bajos sean… — suspiró. — Un lugar mejor. — Toro retrocedió. Se apartó de él con cara de asco.
—Estás loco, Gore. Completamente loco. — Toro nos dio la espalda y se dirigió hacia la puerta de salida.
—Toro… — lo llamó mi hermano. — ¿Mando a alguien a saludar a Aaron, o no?
—Estaré aquí al mediodía. — decretó entre gruñidos, provocando una sonrisa en Gore.
—Estupendo.
—Sinceramente, compadezco a tu hermano. — me aludió y luego, salió por la puerta. Gore volvió a tumbarse en el sofá con el libro en la mano.
—Todo esto está siendo demasiado fácil. — musitó. — Espero que el famoso Muñeco añada un poco más de diversión al juego.
Yo esperaba que todo eso acabara antes de que el “famoso” Muñeco saliera herido, algo bastante difícil conociendo a mi hermano.
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By Heidi
—Está claro que es Gore. — Kam aplastaba y abría la nota una y otra vez, arrugándola y alisándola, leyéndola y acto seguido, haciéndola una bola. Me sorprendía verle tan cuerdo con una amenaza de esas características entre sus dedos. Por lo menos verle sudando por la preocupación como Black, acariciándose la nuca al lado de la chimenea de nuestra casa. Mi hermana Sabela le agarraba la mano con fuerza, acción que no era de gran utilidad.
Por lo menos ellos se mostraban más tranquilos que Aaron y Ricky, que se había atrincherado en nuestro sofá, los dos igual de desolados y sollozantes. Andreas parecía el más tranquilo de la banda, acariciando el pelo de mi hermana pequeña con los dedos, permitiendo que apoyara la cabeza sobre su hombro como un buen amante haría.
Tom… Tom no había apartado la mirada de la ventana desde que habíamos llegado. Uno a uno habían pasado por la puerta de nuestro hogar las personas en las que Tom más confiaba y él, hundido en su letargo, no les había dirigido una sola mirada.
—Me sorprende que todavía le guarde rencor a Tom por lo de mi hermana. — dijo mi prometido. Me dejé caer sobre sus rodillas y resguardé mi cabeza en su cuello, a punto de echarme a llorar. Como todos los allí presentes, no lograba imaginarme al inocente Bill en manos de semejante loco. — Claro, que también está lo de los barrios bajos. Él era mi legado, no Tom.
—El muy cabrón casi le mata. ¿No debería darse por satisfecho con eso? — preguntó Sabela. Ella era la única a la que la rabia le había invadido antes que la tristeza.
—Por lo visto, no.
—No se atreverá a hacerle daño a Bill ¿no? — dijo Ricky. Los veteranos Encadenados nos mantuvimos en silencio.
—Gore no hace daño a personas inocentes a no ser que la situación lo requiera. Ya ha matado a cuatro, así que podemos dar por sentado que no se cortará. Si tiene que hacer daño a Bill, se lo hará. — Ricky soltó un lastimoso gruñido por la explicación de Andreas.
—Quiere chantajearnos, está claro. Probablemente diga algo como “los barrios bajos a cambio de Bill” o algo así. Quizás, si sus motivos son más personales, pida un intercambio entre Tom y su hermano. — supuso Black.
—Es probable que sea eso lo que haga. En cualquier caso nos tiene pillados por los huevos.
—Por eso te dije que no fueras tan blando, Tom. — habló Andreas, dirigiéndose por primera vez a nuestro líder, que siguió observando el exterior de la ventana como si no le hubiera escuchado. — Has mostrado tu debilidad y han ido directos a por ella. Deberías haber ido con más cuidado.
—Culparnos unos a otros no tiene sentido, Andreas. Lo hecho, hecho está. Ahora tenemos que pensar en cómo sacar a Bill de este lío. — aclaró Kam.
—No sabemos donde están los Caídos, cuántos son o quiénes son y mucho menos dónde podría estar Bill. — comentó el Príncipe, secándose los ojos con el brazo.
—Conocemos a algunos y también tenemos sospechosos. Sólo hay que hablar con ellos, amenazarles y nos dirán algo, seguro.
—Si vamos a lo loco podemos poner a Gore nervioso y puede cometer una locura. Ahora mismo él es un secuestrador. Si ve mucho movimiento a su alrededor temerá perder su rehén y si su intención es la venganza, no dudará en matarlo si sabe que con eso nos hará daño.
—Tal vez lo mejor sea esperar a que contacte con nosotros. Quizás nos dé alguna información extra entonces.
—Tíos, ¿cuántos somos? ¿Cien? ¿Doscientos? ¿Quinientos? Podemos correr la voz y buscar a Gore entre todos. ¡La ciudad es grande, pero no tanto! Tiene que estar en algún sitio…
La conversación se volvió desenfrenada e ininteligible. Todos empezaron a hablar al mismo tiempo, interrumpiéndose unos a otros con tono acelerado. Los únicos que mantuvimos el silencio fuimos Kam, yo y Tom, aunque sospechaba que este último nos ignoraba más por aturdimiento que otra cosa.
—Chicos… — cortó Kam, en voz baja. — Bill es el hermano de Tom y, además, él también es nuestro líder, por no decir que toda esta pantomima va dirigida hacia él. Por lo tanto, quien tiene que decidir qué hacer es Tom. — el debate se acabó y todos los presentes clavaron la mirada en su líder. — ¿Tom? — tras su segunda mención, el aludido por fin desvió la vista de la ventana y giró la cabeza hacia nosotros. Uno a uno, paseó la mirada entre los presentes con la misma expresión vacía. Luego, volvió la cabeza hacia la ventana otra vez, sin decir absolutamente nada. Arañaba las vendas que Aaron le había apretado a la cintura después de haberle vuelto a coser los puntos. Estaba segura de que le dolía tocarse la herida, pero no daba muestras de ello. — Tom, tienes que decidir. — añadió Kam.
—…Sé… — murmuró, en voz tan baja que resultaba inaudible.
—¿Qué?
—No sé qué hacer. — el escándalo nos invadió a todos. Volvimos nuestras caras buscando al prójimo con el mismo rostro de incertidumbre y desconsuelo. Tom siempre tenía un plan; a veces fallaba y otras veces acertaba de lleno, pero siempre sabía qué hacer. Esa respuesta nos descolocó.
—Pero… tú siempre…
—¡Pues ahora no lo sé! — contestó, acelerado. — Dar órdenes siempre ha sido muy fácil, pero… ahora… y no sé qué orden debería dar…
—Amar a alguien conlleva responsabilidades y difíciles decisiones, Tom. — Kam sonrió un poco. — Nunca te has preocupado por eso ¿verdad? Nunca ha habido alguien lo suficientemente importante para ti como para hacerte dudar en tus decisiones. Supongo que esto te ha tomado totalmente desprevenido y no sabes cómo atajar el problema. ¿Te has bloqueado?
—No lo sé. — respondió.
—De repente no sabes nada. Yo diría que sí te has quedado completamente bloqueado.
—Ya… ¿Y qué hago para desbloquearme? No puedo dudar ahora… ¡no ahora! — de uno de los bolsillos de su pantalón sacó un sobre arrugado que estrelló contra el suelo. Le pegó una patada, apartándolo de sí mismo.
—Tom, no hagas eso. — le recriminó Ricky. Recogió el sobre y lo apretó contra su pecho. — Es el regalo de Bill. — al oír eso, recordé la joyería Milo´s, la cara de ilusión de Bill al descubrir el regalo de Tom, el que pensaba que no le gustaría, pero aún así compró con ilusión. Me levanté del regazo de Kam y fui hasta la cocina, donde había dejado la bolsa con el regalo. Con él en mano fui hasta Tom y se lo tendí. Él lo miró como si fuera un avispero.
—¿Qué es eso?
—Un regalo… Bill quería dártelo para vuestro cumpleaños. — Tom cogió la bolsa, dubitativo. Sacó de ella una caja de terciopelo negro con el logotipo de la tienda. — En realidad quería regalarte una guitarra, pero no tenía dinero suficiente para comprártela así que… — abrió la caja. Miró el interior, pero en seguida desvió la vista hacia el suelo. Tragando saliva volvió a clavar la mirada en el regalo. — El jefe de la tienda le dijo a Bill que eran gemelos. Los había fabricado la misma persona y sólo había hecho dos, idénticos. No quiso hacer más pensando que eran demasiado sencillos para que se vendieran como alianza, demasiado simples para dos mujeres y demasiado utópicos para dos hombres. A Bill eso le dio igual. Con sólo oír que eran gemelos únicos, decidió comprarlos. — A Tom tampoco le importó que vieran su interior. Algunos, ignorantes todavía de la íntima relación que ambos mantenía, sobrepasando incluso la hermandad, observaron la pareja de anillos idénticos con absoluta confusión. Eran de plata pura, de un grosor considerable; en un lateral de los anillos (según se mirara) resplandecía una finísima línea de brillantes que simulaban ser diamantes. No lo eran. Se trataba de cuarzo limado y abrillantado, pero aún así la diferencia apenas se notaba para nuestros ojos inexpertos.
Tom observó los dos anillos idénticos como quien mira una obra de arte, sabiendo que tiene un incalculable valor y admirando su belleza sin conocer los detalles y los curiosidades que esa pieza esconde. Sólo sabe que es una pieza hermosa que no vendería por nada del mundo, que debe ser protegida y conservada eternamente. La luminosidad con la que observaba los anillos gemelos me conmovió.
—Bill le pidió al joyero que grabara algo en ellos… no sé si significa algo especial para vosotros dos. — comenté y Tom sacó los anillos con mucho cuidado. Dejó la caja sobre la mesa del salón y echó un vistazo a su cara interior, haciéndolo girar entre sus dedos buscando la grabación de Bill. Yo ya sabía lo que ponía mucho antes de que Tom lo leyera, pero no lograba entender el significado exacto que esa frase tenía para los dos.
Debía ser muy especial para que Tom tuviera que pestañear varias veces para evitar lágrimas indeseadas. Sacudió la cabeza varias veces y cerró la mano en torno a uno de los anillos. El otro volvió a meterlo en la caja con recelo. Se lo guardó en el bolsillo.
Al principio me había parecido extraño que Bill mandara escribir la frase en inglés. “¿Por qué inglés?” le había preguntado. “Porque el inglés es la lengua más popular. Si alguna vez salgo del país o pierdo el anillo por aquí, mucha más gente entenderá el significado de la frase, mucha más que si estuviera escrito en alemán ¿no crees? Si algún día pierdo el anillo, cuanta más gente sepa lo que ha significado para mí, mejor.”
Tom se puso el anillo en el dedo corazón. Le quedaba perfecto.
Entonces, se apartó de la ventana. Sus ojos cambiaron de luminosos a fríos, de amables y blandos a calculadores y traicioneros. De amorosos, a asesinos. Los mismos ojos de siempre, los que tenía antes de que Bill irrumpiera en su vida. Los ojos de quien no teme a la muerte porque no tiene nada que perder en ella.
—Gore quiere jugar y vamos a darle el gusto de seguirle el juego. — dijo, con una decisión totalmente nueva en su voz. — Lo que él no sabe es que vamos a ganarle la partida. — Dio un golpe sobre la mesa que resonó por toda la casa, como si pretendiera reafirmar su autoridad. El codo herido empezó a sangrar otra vez, manchando las vendas con su sangre. Tom no se dio ni cuenta. Sonreía como un niño divirtiéndose al meter sus muñecos en una trituradora. — Vamos a cargarnos a esos hijos de puta.
Mi prometido sonrió, expresión que se extendió como la pólvora entre todos los presentes al ver el regreso de su salvaje líder, dispuesto a acabar con todo lo que se entremetiera en su camino. Lo que para unos representaba fuerza extra, para Tom resultaba una debilidad, una carga. Tener a alguien a quien amar le había supuesto un lastre a la hora de luchar, pero también le había dado la felicidad y la paz que tanto había necesitado a lo largo de los años. Ahora, habiendo conocido ese sentimiento tan cargante que siempre se echaba de menos una vez discriminado, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por recuperarlo. Ya no se trataba de un capricho o un juego, por mucho que intentara negarlo. Ahora era una necesidad.
La necesidad…
“I feel you near me”
Continúa…
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