Acabado 8
Muñeco by Sarae. Temporada IV
Capítulo 8

By Bill
Mi despertar fue brusco y de lo más repulsivo. No abrí los ojos por el sonido bestial del despertador, ni por las fuertes pisadas de Tom al ir al baño, ni tampoco por sus besos y meteduras de mano. Estaba durmiendo y de repente, un helado y desagradable líquido me cayó encima, provocándome un gran sobresalto. Pegué un bote y caí al suelo de lado, incapaz de levantarme. Mis brazos no me obedecían y desconcertado, tiré de ellos con fuerza. Las muñecas me crujieron y gemí de dolor. Tenía todos los músculos del cuerpo entumecidos.

—¿Qué demonios…? — intenté soltarme del amarre que me ataba las muñecas sin resultado. Miré mi espalda por encima del hombro y ahí estaban mis manos, atrapadas en una prisión de hierro; una de esas esposas que solo había visto por la televisión. Espantado, giré la cabeza de un lado a otro. Me descubrí en un lugar húmedo, sucio y pequeño. Las paredes, agrietadas, estaban cubiertas por una suave capa de verdina por la que el agua corría y caía sobre el suelo. El chillido de una rata sonó en mi cabeza como un tambor al mover la pierna y descubrirla ahí, encima de mi rodilla, mordisqueando mis pantalones vaqueros. — ¡Aaah! — grité y me sacudí para quitármela de encima. La rata cayó al suelo y salió corriendo tras los barrotes oxidados de la celda. La observé y di con la figura de un personaje alto, desgarbado y bastante grande en anchura, aunque bajito en estatura. Con un cubo vacío de agua en la mano, me miraba como si fuera la criatura más repulsiva del planeta.

—Levántate. — me ordenó. Lo intenté, pero no porque él me lo ordenara, sino por pura desesperación. Me sentía como debería sentirse una jirafa que ha caído al suelo; ya no podría levantarme por mucho que lo intentara y moriría. Pero lo hice. Arrodillándome sobre el suelo encharcado y doblando las rodillas, conseguí levantarme. Sacudí el pelo mojado y la cabeza para despertarme del ensimismamiento. No funcionó muy bien.

—¿Dónde estoy? — pregunté. — ¿Quién eres tú?

—Eso no te importa. — el hombre abrió la celda con una llave. Entró dentro y anduvo hacia mí. Me fijé entonces en su cabeza rapada y en la cruz gamada que brillaba en su frente, resultado de una fea cicatriz. Lo reconocí enseguida, aunque no lo había visto en mi vida; no muchas personas vivirían con semejante marca en la cara.

—Tú eres el policía que pegó a Black. — dije y el ojo le titiló. Estiró la mano y me agarró del pelo con una bestialidad bárbara y sin decir nada más, empezó a arrastrarme fuera de la celda. Grité e intenté resistirme, pero con las manos atadas poco podía hacer. No me fijé en el camino que iba desde la celda hasta la habitación a la que me conducía, demasiado nervioso como para apreciar nada más. Me escurrí varias veces a consecuencia de la humedad del suelo y cuando eso ocurría, él me tiraba con más fuerza del pelo para mantenerme en pie. Así, me arrastró hasta una habitación pulcra y limpia, carente de ratas y verdina. Cuando abrió la puerta de la misma, me lanzó dentro pegándome una patada en la espalda que me hizo caer y quedarme sin aliento en el suelo.

—Ya te has despertado — habló una voz dulce y artificial a la vez. Una chica pelirroja se me acercó dando taconazos en el suelo, moviendo la cadera y sacudiendo su melena recogida en una coleta alta, impecablemente vestida y maquillada. — Oh… eres más adorable despierto que dormido. — hizo amago de acariciarme la cara. Yo se la aparté en un acto reflejo.

—¡No me toques!

—Adam tenía razón. No eres muy sumiso ¿no? — comentó ella. Tragué saliva al escuchar el nombre de Adam. — Mejor. Adoro a los hombres tan pasionales.

—¿Adam? — giré la cabeza, buscando a más personas en la sala. La expedición dio resultado cuando me encontré con el cirujano jefe, el amigo de Aaron, medio sentado encima de una mesa, desviando la mirada al suelo, como si el inexistente polvo le llamara la atención más que la escena que ocurría delante de sus narices. Entonces, até cabos. Me quedé dormido nada más tomar su cerveza, la que según él, estaba mala. Me había drogado, supuse. Drogado. — ¡Tú! — grité. — ¡Seiler! — recordé su nombre y se lo escupí a la cara. Él alzó la cabeza y me miró, captando toda atención. — ¡Me has drogado, hijo de puta! — le grité. — ¿Qué quieres de mí? — frunció el ceño, como si esa acusación le molestara. La grave risa de una cuarta persona me puso el vello de punta. Giré la cabeza, busqué y encontré, frente a mí, a escasos dos metros, a un hombre vestido de negro que se reía de mí. A sus pies, un perro que parecía de todo menos pacífico, me enseñaba los dientes.

—Interesante saludo. — dijo el hombre, sentado sobre un sofá que parecía de lo más cómodo, pero que no pegaba en absoluto con el resto de la sala. — Eres muy optimista al pensar que Toro está planeando algo contra ti.

Toro… Giré la cabeza hacia el cirujano jefe. Él desvió la mirada a la pared con suma indiferencia.

—¿Tú eres Toro? — pregunté. Él no contestó.

—¿Has oído hablar de él? Vaya, cuando la situación se vuelve peligrosa, las viejas famas vuelven con mucha fuerza. — habló el hombre de negro por él. Observé su expresión burlona, los pómulos endurecidos de la cara, los ojos tan claros que me costaba trabajo identificar el color y el pelo liso y corto, perfectamente colocado. En la mano izquierda pude detectar una leve deformación oculta tras la tela de su chaqueta. Notar su seguridad al hablar me hizo relacionarlo con alguien importante y de mí salió una pregunta que quizás, hubiera estado mejor silenciada.

—¿Quién eres? — el hombre apoyó la cabeza en un brazo sobre el reposa cabezas del sofá. Su mirada se tornó emblemática y brillante.

—¿Quién eres tú? — me preguntó. — Es de buena educación presentarse antes de preguntar.

—Secuestrar a las personas no es tampoco de muy buena educación que digamos. Además, si estoy aquí es porque tienes una idea de quién soy. — el hombre hizo un mohín, alzando una ceja. Adquirió la misma expresión que Tom solía tomar cuando me negaba a cumplir alguna de sus órdenes, entre curioso y molesto.

—Te despiertas en un sitio oscuro, vacío y desconocido; un hombre innegablemente más corpulento que tú te arrastra hasta otro lugar que no conoces con otras personas que no conoces. No sabes dónde estás, por qué estás aquí ni si vas a salir con vida y… ¿me hablas de educación? — el hombre rompió a reír con estridentes carcajadas. Se rodeó el estómago con los bazos y se encorvó hacia delante, sin dejar de reírse, pateando el suelo incluso con fuertes patadas. Esperé que dejara de carcajearse, sintiéndome indignado.

—¿Me vas a decir quién eres o no? — insistí. — Creo que merezco saber al menos quién me ha secuestrado.

—Dios mío… — murmuró. — Eres un valiente, muchacho. O quizás se deba a que no tienes ni idea de quién soy yo en realidad. — Le observé atentamente, dándole vueltas a la cabeza, intentando encajar a ese personaje en mi puzle mental. Estaba seguro de que no le había visto nunca, pero los hechos me decían que él sí me conocía a mí y, por lo tanto, debía conocer a Tom. Secuestrarme significaba ir en contra de mi hermano, por lo que el hombre que tenía delante debía ser uno de los tan famosos Caídos.

—¿Estoy hablando con el líder de los Caídos? — pregunté. Él sonrió.

—Efectivamente. — maldije por lo bajo mi suerte. — ¿Te han hablado de mí?

—En realidad, no.

—Vaya, ¡qué lástima! Supongo que se deberá a que tu hermano no sabe quién está detrás de toda esta organización revolucionaria. — no contesté. Intentaba averiguar qué quería ese hombre de mí y, las ideas que cruzaban por mi cabeza, no eran muy halagüeñas. Una de dos; o quería utilizarme para chantajear a Tom o para averiguar información sobre los Encadenados. Si se trataba de la segunda opción, aún podía hacer algo para evitar el desastre.

—¿Mi hermano? — pregunté, haciéndome el idiota. — Yo no tengo hermanos.

—¿Ah, no?

—Soy hijo único.

—¿Cuál es tu nombre?

—Muñeco. — solté, diciendo lo primero que se me vino a la cabeza.

—Eso es un apodo. — dijo él. — ¿Cuál es tu nombre verdadero? — me quedé callado. El hombre suspiró. — Muñeco, tengo muy poca paciencia con los niños.

—No soy un niño.

—¿De verdad? ¿Cuántos años tienes? — de nuevo, guardé silencio.

Un tremendo golpe en el lateral de la cabeza me hizo tambalearme en el suelo y caer de bruces sobre él. El ex policía de la cruz gamada me había golpeado de improviso y con mucha fuerza, además.

—¡Eh! — me quejé. Hizo amago de acercarse para cogerme del cuello.

—Big, déjalo. — le ordenó el hombre de negro y el policía, al que supuse llamaban Big, se detuvo. — El Muñeco y yo estamos teniendo una conversación civilizada y con tus movimientos de gorila no hay forma de que podamos hablar. La violencia no es algo necesario de momento. — Big gruñó y retrocedió. No había dejado de mirarme con asco desde que me había agarrado. — Disculpa, ¿qué decía? — volvió a hablar el líder de los Caídos. — Ah, sí. Tengo entendido que eres el hermano gemelo de Tom, así que debes tener veinte años recién cumplidos. Tu nombre es Bill, Bill Kaulitz, por supuesto. Y…

—Ese no es mi nombre. — mentí. El hombre puso los ojos en blanco.

—Bill, podemos solucionar esto pacíficamente sin tener que recurrir a la violencia. Sólo tienes que ser sincero conmigo.

—Lo siento. Mamá me enseñó a no hablar con desconocidos. — oí una risa grave. Alcé la cabeza y me encontré con Toro, que reía disimuladamente en un rincón de la sala. El líder le dedicó una mirada fulminante, pero el tal Toro no pareció achicarse por ella. Siguió riendo, sin hacerle ningún caso, como si le importara muy poco la opinión de su líder.

—Está bien. — se resignó él. — Tendremos que recurrir a la violencia, Bill. — él bajó del sofá y se acuclilló delante de su perro. Hasta ese momento no me había fijado especialmente en él. Era un pitbull, reconocí enseguida, por sus cortas y fibrosas patas y las orejas puntiagudas. Sparky tenía uno, siempre encadenado y a veces con bozal. No era peligroso; me dijo una vez cuando intenté tocarle y el animal dócilmente me dejó acariciarle; pero según cómo fuera entrenado y dependiendo de algunos factores genéticos, podía ser potencialmente peligroso.

Ése lo parecía. Tenía unos enormes incisivos que mostraba a fin de intimidar a su presa. Gruñía sin parar y me miraba como si fuera alguien a quien tener en cuenta. Sus ojos, de un marrón muy oscuro, eran aterradores. El animal era de un color marrón oscuro con varias manchas en el hocico y la panza de un blanco inmaculado. Estaba bien cuidado y también… bien entrenado.

—¿Qué vas a hacer? — pregunté, observando cómo el líder le quitaba a su perro la correa y lo mantenía sujeto por el collar.

—¿Te gustan los perros, Bill? Éste se llama Bal. Lo saqué de la perrera hace unos años. Iban a matarlo ¿sabes? — me contó, acariciándole la cabeza al perro con los nudillos. — A los perros así; los pitbull, los rottwailler, los dogos argentinos… la gente de aquí entrena a estos perros para matar. Son peligrosos, no… son unos supervivientes. — El perro tiró de su dueño hacia delante, deseando ser soltado. Vi como la chica del grupo retrocedía con disimulo para apartarse del animal y yo intenté levantarme para imitarla. — Este en concreto tiene una historia interesante. Su amo lo entrenó para ser un asesino, para ser el ganador en las peleas perrunas que se celebraban en el Coliseo. Ganó muchas competiciones, hasta que tu hermano prohibió esa clase de maltrato animal. Esos animales entrenados para matar fueron sacrificados, pero antes Tom atrapó a todos sus dueños y uno a uno, los hizo desfilar por el Coliseo. ¿Sabes cuál fue el castigo de esos malos amos? — me preguntó. Yo ni negué ni afirmé, más pendiente del perro que me amenazaba que de su historia. — Tom cogía a uno de los dueños y lo encerraba en el Coliseo, en “la jaula”. Entonces, a la vista de todos los interesados, soltaba al perro que había sido amaestrado por ese dueño y lo dejaba a solas con él durante cinco minutos. Imagínate la clase de barbaridades que ese animal le hacía a su amo, aquel que le había apalizado y gritado incansablemente con el fin de convertirlo en un asesino. Luego, llevó a los perros a la perrera y Tom se ocupó personalmente de su muerte. Quería que los mataran de la forma más indolora y rápida posible, pero aún así cuando yo me enteré, pensé que era una barbaridad. ¿No lo crees tú, Bill? — volvió a interrogarme. Dejó escapar al perro un segundo en el que dio una rápida zancada hacia mí, babeando un poco. Enseguida volvió a agarrarlo. Su única intención había sido asustarme. — Si yo tuviera el liderazgo de los barrios bajos, nunca permitiría que se sacrificaran a unos animales inocentes. ¿No te parece que Tom actuó mal? Dime.

—Yo… no estoy seguro. — retrocedí, arrastrándome por el suelo sin quitarle el ojo de encima a ese perro.

—¿No te parece que Tom debería haberse hecho cargo de los perros? Al fin y al cabo, esos pobres animales no tenían la culpa de nada.

—Ya, pero… harían daño a otras personas si se hubieran dejado sueltos.

—¿Eso crees? Entonces, ¿tú habrías actuado como Tom, matando a todos esos animales?

—Yo no… no sé…

—¿No crees que Tom es un sádico por permitir que los mataran a todos, por dar su consentimiento?

—Sí… ¡no!

—¿No crees que yo sería mucho mejor líder que él?

—¡No! — grité. Entonces, soltó al perro y el animal se me echó encima como una pantera. Caí de espaldas con él encima, arañándome el pecho con las zarpas y las uñas afiladas, sin cortar. Sentí su pestilente aliento chocar contra mi cara y me revolví, intentando quitármelo de encima y huir de sus feroces dientes. Intentó morderme la cara y yo pataleé, alzando las piernas golpeándolo con las rodillas. Al ver que no se apartaba, gruñéndome y ladrándome, babeando encima de mí, rodé por el suelo. El perro se apartó lo justo para que pudiera endiñarle una patada en el hocico, pero eso, en lugar de alejarlo de mí, lo puso más furioso. Ver sus enormes dientes tan cerca me puso histérico. Nunca me había imaginado que iba a morir así, de una forma tan humillante, siendo devorado por un maldito perro asesino y no pude evitar gritar débilmente ante el pavor que me causaban esas enormes fauces abiertas de las que no podía escapar. Lo peor era que no podía defenderme, con las manos atadas a la espalda. Daba igual cuánto intentara quitarme las esposas, sólo conseguía sentir un dolor ciego en las muñecas.

Cuando el perro volvió a echárseme encima, yo sólo pude alzar la pierna como única precaución. Evité que llegara hasta mi cara, pero el maldito chucho se conformó con mi pantorrilla y, sin una señal ni tan siquiera un movimiento que delatara las intenciones de ese animal asesino, me clavó los largos y afilados incisivos en pleno muslo, por encima de la rodilla izquierda.

Decir que sentí dolor se quedaba corto. Notar los dientes del animal atravesarme la piel fue equiparable a sentir el pinchazo de diez agujas atravesándome el hueso. Lo peor fue el tirón de su boca, hacia atrás y hacia delante; hacia un lado y a otro, tirando de mi pierna como si fuera un peluche inservible con el que podía juguetear. Grité y grité hasta quedarme sin aire. Sólo pude soltar dos chillidos antes de ver la sangre salpicando el suelo, poniéndolo perdido y empapando mis pantalones. Las lágrimas estuvieron a punto de saltárseme cuando apareció el enorme e imponente cirujano jefe, el tal Toro, que agarró al perro por el collar y le pegó un fuerte manotazo en el hocico. El animal me soltó la pierna enseguida y gimoteó cuando el cirujano le pegó una patada en la pata delantera, lanzándolo lejos. Le gruñó, amenazando con echársele encima, pero el tamaño de Toro acongojó al animal, que retrocedió hasta su amo con los colmillos ensangrentados.

—¿Qué estás haciendo, Toro? — le preguntó el líder, con odio contenido en la mirada.

—No voy a permitir esto, Gore. — Soltó y, entre mi turbación y mi dolor, pude encajar el nombre de Gore y la cara del líder de los Caídos en un esquema mental.
Gore… ¿No era ese el nombre del novio de la difunta Cristina?

—¿No vas a permitir, qué?

—Soy médico y mi trabajo es salvar vidas. No voy a quedarme de brazos cruzados observando cómo te cebas con este chaval inocente. — Gore entrecerró los ojos y yo cerré los míos un poco, medio ido por el susto y el daño recibido. Me sudaba la frente a borbotones por la tensión.

—Sí, bueno, es lógico que no quieras que le haga daño, pero ya sabes; o el Muñeco o… el Príncipe. — Seiler tensó la espalda. Pude apreciar cierto estremecimiento en la manera en la que tensó los músculos.

—Sólo superficiales. — declaró. Gore y él se analizaron con expresión tediosa. Por su última declaración, supe que Toro no estaba de mi parte aunque hubiera saltado en mi defensa.

—Yo pienso lo mismo que Toro. — habló la chica de mirada provocativa, cruzando los brazos sobre el portentoso pecho. — En este mundo la mayoría de las personas son feas por naturaleza, así que se gastan millones intentando imitar a personas bellas. Cuando una persona es hermosa por naturaleza, sin necesidad de usar esos caros potingues y operaciones, ha de aprovecharse por el bien común.

—Tienes una manera muy extraña de seleccionar tus amistades, Esme. — Comentó Gore, deshaciéndose de su áspera expresión.

—¿Por el bien común no podemos hacerle daño? — preguntó el tal Big. Mientras ellos hablaban y se peleaban por mí, yo me revolví por el suelo, intentando levantarme. Lo conseguí a medias, sentándome de rodillas y doblando una pierna para levantarme. El dolor de la herida me taladró el muslo y renuncié al intento al ver la sangre descendiendo por mis pantalones.

—Si Bill se porta bien, no habrá necesidad de usar la violencia ¿verdad? — Gore asintió y Seiler se volvió hacia mí. — Ya lo has oído. No hagas nada que pueda meterte en un lío.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar.

por Sarae

Escritora de Muñeco

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!