
Fic de Xim_Alien. Versión Alternativa
Capítulo 26
Llegamos a casa.
Sacó a Robert de la sillita para el coche, y al dar la vuelta, yo estaba a su lado, feliz de verlo así. Sonrió y extendió sus brazos, como queriendo darme la oportunidad de cargarlo. Sonreí y lo puso entre mis brazos con cuidado y muy despacio. Robert abrió su boquita en reacción a un bostezo. Bill sonrió, yo sonreí.
—Tómalo, casi no lo has cargado tú.
Y dijo, en tono complacido:
—Bien… Vamos, bebé, vamos a ponerte cómodo en tu camita.
No teníamos nada preparado, Bill se rehusaba a comprar cosas, porque claro, había una posibilidad de que ni siquiera pudiéramos conocerlo. Y aquí está, en nuestros brazos, esperando a descansar. Debíamos conseguir una cuna pronto.
—Vamos, vamos, vamos —canturreó Bill hasta llegar al departamento.
En cuanto abrí la puerta, él entró directamente hasta nuestra habitación, y lo vi sentarse en la cama para dejar, lentamente a Robert sobre esta.
—Necesitamos una cuna, Tom.
—Lo sé. ¿Algún color en específico?
—No me importa el color.
—Bien. ¿Quieres algo de comer? Traeré algo también.
—Tengo hambre, lo que sea que quieras traer me agradará.
—Bien. No tardo.
—Tom —me hizo girar y él venía hacia mí.
—¿Qué?
—Te amo.
Su boca llegó a la mía, recibí sus labios y su lengua con un desespero que hace mucho no sentía, me llenó de energía y de esperanzas al pensar que, después de tantos meses, esta noche podríamos, por fin, hacer algo.
—Te amo, Bill.
—No podremos hacer nada hasta que me recupere de la operación, quisiera esperar más días.
—¿Me leíste la mente o qué?
—No —rio —bueno, te conozco.
—Escucha, no haré nada que no quieras, te esperaré el tiempo que necesites, me has hecho la persona más feliz del mundo.
—Ve por la cuna, no quiero estar solo si se despierta llorando.
—La fórmula está en la pañalera, recuerda que la pediatra dijo una cucharada de polvo por cada…
—Sí, sí, sí. Lo tengo.
—Bien. No tardo.
Una hora, me tardé una hora más o menos y cuando logré llegar al departamento con la caja y una cuna adentro, y la comida en la otra mano, me percaté de que no solo un bebé lloraba, sino también el papá.
—Tom, Tom, no sé qué tiene, ya le di de comer y ya le cambié el pañal, no se calla.
—A ver, dámelo.
Pensé rápidamente en que tal vez sería aire, debíamos hacer que ese gas o aire en su estómago saliera de alguna forma.
Sin embargo, en cuanto Bill lo puso en mis brazos, Robert se calmó, y es que no estaba llorando, sino berreando, pareciera que algo no le resultaba cómodo del todo.
—Bien, genial, te quiere más a ti que a mí —dijo enjugándose las lágrimas.
—No digas eso, tal vez sólo estaba…
—Ni lo intentes. ¿Qué trajiste de comer?
—Comida china, sushi, y hamburguesas.
—¿Dónde quedó la pizza?
—Tenemos un hijo, Bill. Jamás te volveré a alimentar con pizzas.
—Bien, me alegra escuchar eso.
—Dejé a Robert en la cama y regresé con Bill para comer.
La cuna quedó lista para la noche. Los chicos nos visitaron al día siguiente, incluída Lorain. Dejaron regalos como cobijas, biberones, juguetes, incluso lamparitas de noche con sonidos para dormir. Cuando se fueron, Bill dio un largo suspiro, cansado, tratando de que su emoción no fuera mayor.
—Por fin solos —dije después de ver que no sería capaz de decir lo que realmente estaba pensando.
—Gracias por decirlo, no quería sonar como un monstruo.
—Vamos a dormir, fue un día largo.
Todo marchó increíble la primera semana, un bebé que apenas se recuperaba después de días en una incubadora, sus pulmones se fortalecían cada vez más, y Bill sonreía cada vez que le tenía que dar de comer.
No, mentiría si dijera que nada malo estaba pasando. Me di cuenta desde el primer día, solo que cuando él me veía mirarlo cambiaba de actitud rápidamente. No sabía si era algo de lo que el doctor Hamilton me había hablado, no sabía si era cansancio de Bill propiamente, pero algo hizo que me llamó la atención de sobremanera, solo que no quise notarlo enseguida. La primera señal, fue cuando llegamos a casa. Yo quería cargarlo y levantarlo de la sillita para bebé, pero él bajó primero porque, claro, tenía que apagar el motor. Él llegó primero, lo vi por el retrovisor, él pensó que yo no lo veía e hizo exactamente nada. Fue como si algo lo hubiera detenido, es decir, se bajó con ganas de alcanzarlo, aún sonreía, lo ví, pero una vez justo frente a Robert, no sonrió más, se quedó ahí, mirando al nuevo integrante de nuestra familia. Entonces sonrió, un poco forzado, lo tengo que reconocer. Y en el momento que lo regresé a sus brazos, no estaba complacido, para ser honesto conmigo mismo, sonrió de forma resignada. Como si pensara que no había otra opción.
Luego, debo reconocer otra cosa, cuando regresé de ir a comprar la cuna. Fue cómo cargó a Robert, por eso lloraba de esa manera. Prácticamente, Bill cargaba a Robert como si tuviera algo en los brazos, no a alguien. Ese día lo recordaré para siempre.
Y luego, tan sólo un martes de la segunda semana en casa con un bebé, explotó.
Los dos estábamos en casa, yo estaba al teléfono hablando con Gustav, Robert empezó a llorar, Bill salió corriendo y preparó leche, volvió a la habitación y el silencio se hizo presente, y justo cuando parecía tener todo bajo control, escuché el biberón caer al suelo, Robert lloró de nuevo, finalicé la llamada, entré a la habitación y encontré a Bill tratando de cambiar el pañal, su rostro parecía estar torcido.
—¿Necesitas ayuda? —pregunté.
—¿Tú qué creés?
—Solo pregunto. Déjame hacerlo.
Bill no contestó, regresé la botella a la cama y lo cambié rápidamente, le di su biberón y terminó de beberla en cuestión de segundos.
—Sé que estás exhausto, te conozco, pero recuerda que es un recién nacido, necesita mucha paciencia.
—Yo no lo quería para empezar.
Nadie agregó nada más.
Escuché sus pasos y cuando me sentí solo en la habitación, permití que una lágrima rodara por mi mejilla.
Dejé a Robert en su cuna una vez que se durmió, salí de la habitación y encontré a Bill sentado en el sofá cerca de la ventana.
—¿Quieres hablar?
—No, Tom, no quiero hablar, quiero gritar y llorar y lanzar cosas a tu cabeza solo porque sí.
—El doctor dijo que podrías presentar un cuadro de depresión postparto.
No recibí nada más que una risita burlona.
—¿Sabes qué me haría sentir mejor?
—¿Qué? Haré lo que quieras —contesté.
—Quiero que me cojas —dijo levantándose del sofá, al tiempo que bajaba su pantalón de pijama—. Tan duro que pueda ver tu verga en mi estómago.
—Bill…
—Carajo, ¡solo hazlo! —gritó.
—No, no lo haré si estás así.
—¿Cómo? ¿Como un puto loco diciendo obscenidades? ¿Como un maldito irracional que no sabe qué hacer con su miserable vida y un cuerpo defectuoso? —farfulló acercándose a mí.
—Basta, por favor.
—Cógeme —suplicó estando justo frente a mí, para poner su mano derecha en mis testículos.
—No. Así no, Bill —retiré su mano.
—Vete al diablo.
Salió del departamento, sin agregar nada más.
Aguardé frente a la ventana, lo vi salir del edificio, cruzó la calle y en seguida volvió la mirada a la ventana. No sonrió, tampoco me hizo ninguna seña obscena como lo esperaba, simplemente se sentó en una banca tipo parque.
Mandé un mensaje de texto.
Vamos a hablar, Bill.
No quiero hablar, quiero dejar de darte miedo para que me toques.
¿Y con Robert? ¿Pasa algo?
Nada, solo que no sé qué hacer con él, me vuelve loco. ¿Qué pasa si lo rompo?
No lo vas a romper. Y si lo rompes, ya veremos cómo pegarlo.
No es gracioso.
Sí, lo es. Lo que no quisiera escuchar de ti es que no lo querías. ¿Te arrepientes de que esté aquí con nosotros?
No me arrepiento, bueno, la verdad es que sí, pero no quiero sonar insensible. Si hubiera detenido su crecimiento no me estaría haciendo picadillo el cerebro ahora.
Te entiendo.
No lo creo, pero te doy el beneficio de la duda.
Gracias… Si quieres que te coja duro tendrás que venir, me rehúso a darles un espectáculo sin cobrar.
Perdón por eso, tengo muchas ganas y no haces otra cosa que preocuparte por mí.
Perdón por ser sensible.
No estás siendo sensible, resultas tonto preocupándote por todo lo que hago, como si fuera alguien tan frágil.
Lo sé, te pido una disculpa.
Bien. Dame un segundo, quiero tomar aire fresco.
Prepararé la cama entonces.
No, cógeme en tu oficina.
De acuerdo.
Sonreí, a Bill le encantaba la palabra coger. Tardó un par de minutos más, entró y yo estaba tratando de hacer que mi escritorio quedara libre de cualquier cosa, sin embargo, tenía tantas cosas que no había más espacio.
—¿Quieres algo de música?
—Sí, el choque de tu piel con mi cuerpo.
—Bill.
—Ya, lo siento.
Se acercó a mí para besarme, en el segundo que mi lengua se enredó con la suya, su mano bajó hasta mis pantalones, y tomó mi miembro con decisión. Dejó mi boca y se colocó en cuclillas. Así me masturbó para después introducirlo en su boca. Traté de olvidar su comportamiento, extraño, pero decidí que sería más excitante que inusual.
Luego de terminar con esa fase, se levantó, se puso de espaldas a mí, se recargó sobre mi escritorio y yo entré en su cuerpo.
—Fuerte, Tom, por favor.
Así lo hice, me olvidé de todo por un instante, de Robert y de la operación de Bill, de mi madre y de mi hermano, de mis amigos, de Robert y Lily. De todos. No había nada más que Bill y yo. Bill, conmigo entrando y saliendo de su cuerpo, hasta que mi semen salió proyectado en su interior. Él jadeó extasiado y salí de él.
En seguida se giró y volvió a rodear mi cuello para besarme con desespero. Se sentó en mi escritorio y abrió sus piernas para hacerme lugar entre ellas. Tomé su cintura y besé su cuello.
Robert empezó a llorar.
—Carajo —murmuró y se aferró a mí, con fuerza.
—Bill, espera.
—¡Mierda!
Me apartó de él con un empujón y no se movió. Robert siguió llamando a alguien de nosotros con su llanto.
—¿Qué pasa, Bill?
—Nada. Anda, ve.
—Creo que te hará mejor regresar a la universidad cuanto antes —comenté casualmente mientras ajustaba mis pantalones.
—Sí, no creas que no lo he pensado también.
Caminé con dirección a la habitación, regresé la mirada al escuchar eso.
—¿Quieres a Robert?
No contestó, se quedó ahí, sentado en mi escritorio, con los pantalones en el piso, no me miró tampoco, se mantuvo quieto, con su pelo cayendo a los lados y tratando de ignorar lo que dije.
—Bien. Te voy a dar una salida antes de que avance todo esto. Mañana podrás tomar una decisión. Vete, déjame a Robert y vete a hacer lo que quieras con tu vida, pero te olvidas de mí, de lo que ha pasado con nosotros y de todo lo que hemos vivido.
—No me puedes poner un ultimátum.
—La segunda opción es quedarte, esforzarte, y ser el papá que merece Robert, porque no permitiré que viva una niñez como la mía o peor. Tienes hasta mañana para decidir.
—Quiero una tercera.
—¿Qué?
—Una tercera opción.
—¿Cuál es tu idea? —no pude no preguntar sin reírme.
—Irme de aquí pero estar en contacto.
—¿Quieres estar con alguien más?
—Lo que quiero es estar lejos de él.
—¿Por qué?
—Porque no lo quiero, jamás quise seguir con esto, si lo hice fue por ti.
—No vengas a decir eso ahora —logró hacerme hervir la sangre, me acerqué tan rápido como pude e impacté una bofetada en su mejilla izquierda.
—¡Tú lo querías, no yo!
—Simplemente no puedo creer lo que estás diciendo.
—Déjame irme por un tiempo. Tal vez… sé que es tuyo, se que es un cachito de ti, y amo eso, pero cuando lo veo no puedo sentir otra cosa que disgusto. Te amo, Tom, pero no sé qué hacer con un bebé que salió de mí siendo hombre. Créeme que quisiera cargarlo con el mismo deseo que tú, simplemente no lo siento. Y cuando llora, logra desesperarme tanto que quiero hacer cosas malas de repente. No sé si estoy mal o fue lo que dijiste, pero debes dejarme ir un tiempo. Quiero… no quiero ser cruel, Tom.
—Agarra tus cosas y lárgate.
No fue necesario decirlo dos veces. Bill se fue en cuanto juntó sus maletas, para ese momento, Robert volvía a dormir.
—¿A dónde irás?
—Con Lorain, trabajaré y le ayudaré con los gastos.
—¿Has hablado con ella de esto?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que nació.
—¿Y yo? ¿Dónde quedaba en ese momento?
—Lorain me dijo que debía esperar, hacer que el vínculo se fortaleciera, pero no ha pasado. No… no siento nada.
—¿Lo nuestro dónde queda entonces?
—No quiero otra relación si es lo que estás preguntando.
—¿Quieres que terminemos?
—¡No!
—Lo único que quieres es estar lejos de Robert —concluí.
—Por un tiempo.
—Siento que todo esto lo he provocado yo, debí dejar que lo abortaras.
—No digas eso. Tú lo querías, y créeme que entiendo esa parte, amo que sea tuyo, y amo que nosotros lo hayamos creado, pero…
—Pero no haz hecho conexión.
—Prometo tomar terapia si así lo quieres para regresar un día.
—Toma terapia entonces y quédate.
—¡No va a funcionar!
—Sí, funcionará porque estarás conmigo y con la terapia y…
—Quiero arrojarlo por la ventana cuando empieza a llorar. ¿Crees que eso está bien y se arreglará para mañana si tomo terapia? No puedo y no debo estar cerca de él, Tom. Entiéndeme, tengo miedo de lo que pienso cuando llora. No quiero estar aquí.
—Vete. Yo me haré cargo.
—Te amo, amor.
—Te amo, Bill. Ven a comer… A diario.
—Sí, lo haré.
Ese día pasó de alguna u otra manera, y en efecto, repasé cada día desde que Robert llegó a casa, en el hospital también había algunas señales, pero no noté algo que fuera tan grave. Repasé cada instante, cada una de sus miradas y la forma en la que lo cargaba, siempre estuvo ahí. Bill le tenía miedo a Robert, si es que se puede describir así, para no usar una palabra peor, podía verlo sudar cada vez que se le acercaba, cada vez que había que cambiarlo y alimentarlo. Y como él lo había dicho, cada vez que lloraba.
Lo ví marcharse con una maleta, besé sus labios y sólo fuimos dos desde entonces.
Continúa…
Gracias por la visita.