
Notas: Gracias a lyra por ser beta en este cap. A mi Gemela malévola que aportó un poco de su mente malvada
Fic Toll de VaneK
Capítulo 3: Espejo
Vio la delgada figura alejarse más y más de ese lugar, y decidió quedarse, entrando de nuevo en el bar. No había más remedio, ¿Qué haría?, ¿Seguirlo?
— Tom.—le llama una voz conocida. Se dio la media vuelta, sabiendo ya quien sería. Era su socio David. Juntos tenían varios negocios incluyendo ese bar.
Aunque era joven, su mente ideaba los sitios más bizarros, y justo a David, poseía ya varios establecimientos; ese bar gay, unos cuantos prostíbulos regados por la ciudad…
— Dime.— Respondió, acercándose. Preguntó, solo por preguntar, pues ya tenía una idea de lo que David le diría, solo con ver su cara.
— Las chicas están enojadas contigo, dicen que tú nunca las vas a visitar y que solo ven mi cara. Quieren conocerte. — Le pide, refiriéndose a la casa de citas mas grande que tenían.
— Creo que tienen suficiente con el pago que les doy. — Responde fríamente.— No veo por qué quieren conocerme.
— Sólo es un deseo, de parte de ellas. —Trata de motivarle.
— No iré, No hoy. — Desvía la mirada a la puerta del bar, buscando a Georg.— ¿Me disculpas?, tengo que buscar a alguien.
— Maleducado. —Susurra David.
Le vio sentado en el mismo lugar donde lo había dejado antes de ir a buscar a Bill, con las mismas chicas y la misma expresión en la cara.
— ¿Si alcanzaste a Bill? — Indaga el chico, al ver llegar a su amigo.
— No, se ha marchado. —Le dice cabizbajo.
— ¡Vamos Tom! Conociéndote no dudo ni un segundo en que tú lo seguirías. —dice, mientras una chica le toca la pierna.
— Para que complicarme, es un chico cualquiera, algún día lo veré.—Dijo no muy convencido.
Georg ve el gesto en su cara, parece que Bill le gustó, y mucho.
— Vive en la misma vecindad que yo. —Dice Georg, tratando de que Tom vaya y busque a su amigo. — Conoces muy bien el camino.
Tom se quedó pensativo unos momentos. Siempre obtenía lo que deseaba, y hoy deseaba ese cuerpo. Se había obsesionado con él, solo 5 minutos bastaron para desearlo.
— Iré.— responde el de rastas.
— ¡Ve!, no te arrepentirás, no es un chico cualquiera. — Ríe por su comentario.
¡Claro que no es un chico cualquiera! — Pensó Georg, mientras acariciaba la pierna de la chica.
Tom se despidió de los presentes, y se levantó decidido, se dirigió a la entrada, pero antes de salir dejó a David a cargo del local.
Cogió las llaves de su automóvil, y se dirigió a éste para irse.
&
Minutos después llegó al lugar de su destino, pero una duda invadió su mente, haciéndole razonar, que lo que estaba haciendo no tenía pies ni cabeza.
Pensando en por qué esta en ese lugar, en ese momento su mirada se desvió hacia afuera de su ventanilla, y vio la figura de Bill, caminando desanimadamente por la calle.
Le vio abrir la puerta de entrada. Decidió bajarse del auto, salió, y lo cerró con llave.
Se cuela por la puerta, que el chico al entrar había dejado abierta. Tal parece que la suerte está de su lado.
Con cuidado se escondió tras una pila de bloques que había al lado de la entrada, asomando solo cabeza para ver en cuál de los apartamentos se cuela.
Decidido a seguirle el paso, se acerca más a él, le vio sacando sus llaves e incrustándolas en la cerradura. Bill abrió la puerta lentamente, y se adentró en el oscuro apartamento, desapareciendo de su vista.
Cada paso era decisivo, pero se detuvo un momento en la puerta. Todo estaba oscuro, casi no podía ver nada. Adivinando encontró el manillar, haciendo que esta se abriera al instante.
No vio nada, solo oscuridad, y escuchó unos suspiros, mientras con su mano buscó el interruptor de la luz eléctrica, que normalmente está al lado de la puerta.
— Tom. — Le escucha decir entre un suspiro.
Al fin encontró el interruptor, lo presionó haciendo que la habitación quedara totalmente iluminada.
Y dice lo primero que se le viene a la mente:
— ¿Me llamabas?
Ve que el chico se levanta del sillón, estaba de espaldas, pero pocos segundos después le dio la cara.
—Pero… ¿Qué haces aquí? — Indaga con nerviosismo. Nunca pensó que el entraría por esa puerta, de hecho nunca nadie lo hacía solo su madre y él.
—¿Quién te dio permiso para entrar? ¿Quién te dijo dónde encontrarme? — su respiración era agitada.
Todo eso le había tomado por sorpresa y sus mejillas estaban sonrojadas, por la vergüenza.
Tom estaba contrariado al ver la reacción del pelinegro, llegó a pensar que era mala idea haber llegado ahí.
Bill posa sus dedos sobre sus sienes tratando de mitigar el dolor de cabeza que le trajo el chico.
— Georg me dijo cómo encontrarte.— Tom jugaba con los nudillos de sus dedos. — Después de vernos en el baño, decidí pedirte tu número de teléfono para quedar en algo, pero cuando salí tu ya no estabas.— Le dijo, moviendo con su lengua su piercing. Solo asomando la punta de esta, sabía que podía volver loco a cualquiera, y por la cara de chico que yacía frente a él, no era la excepción.
Bill le escuchaba con mucha atención.
Al ver que no hace nada se sincera con él.— Te vi afuera, y decidí seguirte.
— Estás perdiendo tu tiempo, pero sigue siendo tuyo, no mío. —Le dice, expectante. — Y al abrir la puerta sin mi consentimiento, estás violando propiedad ajena.
Tom seguía parado en la puerta, viendo a Bill incrédulamente.
— Si te molestó tanto el que yo entrara así, lo soluciono yéndome. — Mientras le dice da la vuelta y camina con la intención de salir rumbo a la calle.
— ¡Espera! — musitó el chico mientras agarra de la mano al de rastas.
Tom sonrió de satisfacción, sabía que nadie se resiste a sus encantos.
— Dime. —Cuestionó, parado muy cerca de Bill.
— Solo… No quiero que regreses aquí nunca, olvida dónde vivo.
La sonrisa de Tom murió al escuchar esas palabras.
— ¿Qué? — cuestiona el pelinegro. — ¿Pensabas que caería rendido a tus pies? ¡Oh vamos! No me mires así, no sé quién eres. —terminó diciendo con frustración.
— No esperaba que lo hicieras.
En ese momento Tom jaló a Bill del brazo y lo acercó a él, sintiendo el cuerpo y olor ajeno cerca de él. Bill gimió al sentir el roce de sus cuerpos.
Lentamente roza la mejilla de su igual, viéndole fijamente a los ojos, Bill siente una fuerza que lo atrae hacia él. No sabe qué es, pero se siente bien en sus brazos.
Gira la cara al ver que Tom le quiere besar.
Ahí estaba, su reflejo viéndole fijamente desde el espejo, recordándole que no puede ser de nadie, sólo de él mismo.
Se alejó rápidamente del chico, cuyo aliento ya sentía sobre su piel, llamándole.
— ¡Ya vete! , no me toques así, no tienes derecho.
Tom trató de tocarle otra vez pero este solo lo empujó fuera.
Siente que le tiembla el cuerpo, y decidió marcharse, en buen momento, Bill ni siquiera lo miró.
Le había rechazado.
—Tom, eres un idiota. — Una voz en su mente se lo recalcaba con cada paso que daba para llegar a su automóvil.
¿Por qué le había seguido?, ¿Qué tenía el chico de pelo negro que le atrajera tanto? Muchos matarían por estar con él unos minutos, y él, que tuvo más lo rechazo de tal forma.
Pero Bill le hacía sentir diferente, sintió que lo conocía desde antes, por toda su vida, no se le hacía un extraño, si no alguien que había estado siempre en su vida.
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Bill suspiró resignado, la única persona que le ha llamado la atención, la corrió minutos antes. Iba a sentir lo que era un beso por primera vez, pero él no se lo permitió.
Ve con odio el espejo, y cogió un florero de la mesa y se lo aventó con todas sus fuerzas
—¡MALDITO ESPEJO, TE ODIO!
Cayó de rodillas, sobre los vidrios esparcidos, no le importó el daño que le podían hacer, ya le habían hecho suficiente.
Con una mano cogió un pedazo, y lo apoyó contra su piel.
— Si tan sólo pudiera… — Se invita a sí mismo.
En ese preciso momento entró su madre, viendo a su hijo a punto de lastimarse.
— ¡Bill! ¿Qué haces? — Le dice, quitándole lentamente el vidrio de su mano.
Se arrodilla a la par de su hijo, ignorando también los cristales rotos, y lo abraza con mucho cariño, ese que hace días le negaba, y que sabía que su hijo necesitaba.
— Mi niño… Yo te quiero
Bill rechazó a su madre y corrió a encerrarse a su habitación.
Simone se sintió muy dolida por el rechazo de su hijo. Sabe que solo ella tiene la culpa de que él sea tan raro, pero ya era demasiado tarde para arreglarlo. El daño ya estaba hecho.
Esa noche Bill no encendió la luz, esa noche por primera vez en mucho tiempo se había ignorado lo suficiente como para no verse. No quería ver su reflejo, no quería sentir esa obsesión que le hacía daño y a la vez le complacía.
Recordando los ojos de Tom suspiró, y se fue quedando dormido.
Continúa…
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