
“Busco una Familia” Fic de Aura Johannessen
Capítulo Final
La lluvia caía sobre ellos mojando todo a su alrededor. El color gris del cielo y el negro de sus prendas combinaba a la perfección, además por las tristes condiciones en las que se encontraban. Las lágrimas inundaban sus ojos, opacando su vista por completo. Apenas escuchaba lo que los demás le querían decir. Estaba metido en un mundo donde el dolor, la tristeza y la soledad son lo único que existía, junto con el hermoso recuerdo de su padre que había dejado una marca muy grande en su corazón ahora sin vida. Pues, así se sentía. Todo el mundo perdió ese encanto que empezaba a apreciar poco a poco, todo volvía a teñirse de gris, toda la felicidad que había acumulado estos últimos años se perdía poco a poco. Todo a su alrededor se desvanecía, era como estar muerto. Temblaba, no podía hablar, apenas sentía que respiraba. Tal vez, caería al suelo rendido por aquel sufrimiento. Solo quería que esa persona volviera, era muy pronto como para abandonarlo. Abandonarlo. Era la segunda vez que lo abandonaba, y ahora no podría encontrarlo tan fácilmente, para volver con él, solo tenía que hacer una cosa, pero no se lo permitía, no sería capaz de dejar a alguien más solo, a no ser que se arriesgue a hacer aquel viaje con él.
Vio como dejaban caer la tierra sobre aquella caja rectangular de madera en donde debería estar su padre. Poco a poco desaparecía de su vista, convirtiéndose en una parte más de lo que existía debajo de toda esa tierra que pisaba. Ya no lo vería nunca más.
Aquel día, en que lo vio muerto, fue como sentir la forma en la que la bala atraviesa tu cuerpo. Rápido, pero doloroso. Fue justo como todo pasó. El tiempo que estuvo con su padre, se pasó muy rápido, y dolió. ¿Por qué tuvo que irse tan pronto? ¿Por qué no fui yo el que murió? Se preguntaba muchas veces. Preferiría ser él al que le regalen lágrimas, a que su padre sea el que las recibiera.
¿Si fueras capaz de presenciar la forma en que una de tus seres queridos muriera, cómo te sentirías? Tristeza, sufrimiento, dolor. Seguramente hay millones de palabras para describirlo, pero esas son las más comunes, las cuales, a pesar de ser cortas y fáciles, pueden decirlo todo. Sentirse inútil, por no haber estado en ese preciso momento para hacer algo antes de que la muerte hiciera su aparición. Esa es otra palabra para describir aquel sufrimiento.
Mientras observaba como desaparecía de su vista, recordó ese día. Después de aquella llamada, corrió lo más rápido que pudo hacia el lugar que Tom le había indicado. No dio tiempo para buscar un taxi o algo así, se tardaría más, por eso, corrió. Además, así podía tratar de deshacerse de aquel dolor que empezaba a inundar su corazón. Con cada nueva lágrima que desprendían sus ojos, el cielo se volvía gris, sus energías se hacían escasas y perdía la visión. Su vida se desvanecía. Chocaba contra paredes, resbalaba, caía al suelo obteniendo una nueva herida, pero eso no importaba, tenía que llegar. Lo cual, después no fue una buena idea. En cuanto llegó, lo único que vio fueron solo dos autos hechos trizas, una ambulancia, en la cual metían una camilla con el cuerpo muerto de su padre. Un choque, un tremendo choque. ¿Por qué le tuvo que pasar a él? ¿Por qué murió? ¿Por qué tan pronto? Ni siquiera se dio cuenta que Tom iba hacia él, lo único que existía en ese momento, era la muerte de aquel ser querido que tanto apreciaba. Corrió hacia él tratando de llevárselo, pero nadie se lo permitió. Perdió el control sin darse cuenta, golpeó a cada uno de los que lo alejaban de su padre, gritó, pataleó, hizo de todo. Su pobre corazón ya no podía más y cayó al suelo rendido, pero su descontrol seguía ahí. Comenzaba a ver todo de un tono oscuro, las personas que no conocía los veía como monstruos que lo alejaban de su padre, todo era triste, repugnante y horroroso.
Tom trató de calmarlo de todas las formas posibles, pero ya estaba hecho, su corazón ya estaba roto y su vida hecha un asco. ¿Qué se podría hacer? Como si no fuera mucho, su antiguo psicólogo se enteró de aquello y lo mandó a la fuerza a un psiquiatra. Su hermanastro, obviamente no lo dejó, hizo de todo para que lo sacaran de ahí, porque sabía, que estar en una habitación encerrado y completamente solo no ayudaría a su pequeño. Sin embargo, no era lo único malo, en cuanto Tom logró sacar a un Bill más que asustado y peor de lo que estaba, Simone se apareció. El psicólogo se había comunicado con ella para decirle sobre la noticia. Su vida se había ido abajo otra vez.
Aunque, después de un tiempo lograron escapar de ella, Bill ya estaba como un muerto. No comía, no dormía, no sentía, ya no podía hacer nada. Tom tampoco lograba animarlo. Temía que el pequeño trataría de matarse o algo por el estilo, pero no lo hacía. En lugar de eso, sufría en silencio aguantando aquel deseó de quitarse la vida. Porque, no sería capaz de dejar al amor de su vida solo, después de lo que estaba pasando con su padre, no se sentiría nada bien al dejar solo al otro para que sufriera igual que él.
¿Qué hago ahora? ¿Por qué tuvo que pasar esto? No lo puedo soportar. Esas eran tres frases más comunes en Bill.
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Bill se había tomado unas largas vacaciones. No podía ir a ningún lugar que no fuera su casa. Estaba tirado en la cama de su padre buscando aquel olor a alcohol y tabaco del cual se había acostumbrado. Porque, era el aroma que siempre emanaba de su padre, era un aroma que lo hacía recordarlo. Pasaba las hojas de su álbum de fotos mientras con la otra mano acariciaba la antigua cámara que le había regalado. Estaba tan metido en sus pensamientos que no escuchó los pasos de Tom dirigirse hacia él.
—¿Bill?
El aludido no volteó, siguió con lo que hacía. –Te compré dulces— dijo el de trenzas agitando una bolsa con los dulces favoritos de su hermanastro. Tal vez eso lo alegraría.
—No tengo hambre— murmuró el pelinegro apenas.
Tom estaba preocupado, hace meses que no comía casi nada, y ya estaba más delgado que antes. Estaba débil y casi no podía levantarse. Lo que más le preocupaba era cuando llegaba a enfermarse o cuando vomitaba sin razón alguna. Porque Bill lo dejaba pasar y no hacía nada para arreglarlo. Era como si no le importara morir algún día. Dejó los dulces a un lado y se acostó a su lado. Lo abrazó desde atrás, pero no fue correspondido. –Bill, por favor, no debes seguir sufriendo, ya pasó un año. ¿Por qué no olvidas aquella tristeza?
El pelinegro no respondió, pasó a la otra página, encontrándose con las imágenes de su padre junto a él disfrutando de hermosos momentos juntos que tanto extrañaba volver a vivir. Tom cerró el álbum cuando notó aquella lágrima que cayó de los ojos de Bill. Lo guardó en un cajón y lo obligó a verlo a los ojos mientras sostenía su barbilla con cuidado para no lastimarlo. Su aspecto moribundo, sus ojeras, su piel pálida, sus labios sin aquel color rosa que extrañaba, toda aquella belleza que poseía se había esfumado y había dejado en su lugar a un muerto. Pasó sus dedos por sus cabellos y los alejó de su rostro, luego acarició sus pálidos y fríos labios. Tenía miedo, toda su piel estaba fría y no se podía mover. Tan débil, ni siquiera podía levantarse de la cama. Porque ya no podía permanecer parado sobre sus debiluchas y flacuchentas piernas. Siempre caía. Tal vez, moriría muy pronto, pero, no moría. Bill luchaba por no dejar a Tom solo. Cada vez que sentía que el fin llegaba, se resistía, dolía, pero no moría, eso era bueno.
—¿Qué pasó con aquel Bill que le buscaba el lado positivo a todo, que nunca se rendía, que seguía adelante a pesar de todo? ¿Dónde está?— preguntó Tom mirando los ojos del otro. Esos que ahora, no mostraban nada, solo veían dolor y oscuridad en ellos. Habían perdido aquel hermoso brillo y ese dulce color chocolate, ahora eran negros y vacíos.
—Ese Bill…— respondió con voz ronca— murió.
—No, no es cierto. Sé que todavía sigue aquí —dijo poniendo una mano sobre donde debía estar el corazón de su pequeño—, pero con pocas fuerzas.
—Tom, todo se ha ido, ya no hay nada que podamos hacer.
—¡No! Basta, ¿por qué dices eso? Encontraremos una solución. ¿Acaso no lo recuerdas? Tú antes decías que había que seguir adelante sin importar que tan grave fuera la situación. ¿No crees que Gordon hubiera preferido que siguieras siendo un chico ingenioso y alegre a ser como ahora eres?
Bill se quedó en silencio mientras miraba los ojos de Tom. Tenía razón, debería seguir adelante. Pero el dolor era tan grande que ya no podía más. –Cuando estaba en el psiquiatra, me dijeron cosas horribles que nunca olvidaré. Me sentaron en una silla con las manos atadas y los pies también. Comenzaron a decirme la verdad de todo. Él se había ido, y no volvería nunca más. No lo volvería a ver, a oler, ni a sentir. Ya no está, Tom. Se ha ido— dijo comenzando a sollozar.
—¡Eso no es cierto! ¡Te estaban mintiendo! Él sigue aquí, con nosotros, nunca se ha ido. Tal vez no podamos verlo, peor te aseguro que nunca nos va a dejar. Está aquí. Y, algún día, lo volveremos a ver, te lo prometo.
—¿Lo prometes de verdad?
—Sí. Estaremos juntos, te lo prometo.
Lo abrazó con ternura y dejó u beso en su frente. Bill se apoyó contra su pecho, estaba a punto de cerrar los ojos, hasta que sintió algo topar sus labios. Tom había dejado un dulce sobre su boca. –Vamos, come un poco. No quiero que te mueras antes de tiempo. Disfrutemos lo que nos queda juntos— dijo el trenzado.
Esas palabras le llegaron muy al fondo a Bill. Tom estaba decidido a morir por él. Era algo tierno, y muy cruel a la vez. No cualquiera daría su vida por un simple capricho. Porque, ahora lo veía así. Volver con su padre sería un capricho, uno que, tal vez pronto obtendría. Viajaría con Tom hacia ese lugar hasta encontrarse con su padre. Estaba seguro que se sentirían más que vivos allá en el cielo, o en donde llegaran a parar. Pero, todavía se sentía mal. No era justo que Tom decidiera morir por él. Tal vez quería eso antes, pero no sería capaz de ser el culpable de una muerte. No ahora.
Tomó al dulce con sus dientes y se lo comió. Hace tanto que no comía algo así, se sentía bien. Le pidió otro, y otro, y otro, hasta terminarlos todos. No, no debían morir ahora. Aquellas palabras de Tom lo dejaron más que culpable. Tendría que buscar una excusa para seguir viviendo hasta donde pudieran.
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Pasó otro año…
Bill se había cuidado. Comenzó a comer y poco a poco recuperó fuerzas. Se sentía bien, y feliz. Trataba de olvidar aquella tristeza que todavía lo invadía, pero a pesar de eso, ahora sería feliz. Era lo que quería, ser feliz por el resto de su vida.
Había recuperado aquella belleza que antes poseía. Su piel era blanca, pero no tan pálido, sus ojos volvieron a tener ese brillo especial y ese color chocolate, su sonrisa apareció nuevamente en esos labios rosados que poseía. Era como si todo hubiera vuelto a la normalidad. Lo único malo eran las visitas de Simone. Siempre iba para pedirles volver a casa y ser una familia de nuevo. Pero los chicos se negaban y le repetían que ya tenían una vida y no la necesitaban a ella. Tal vez la lastimaban mucho, pero era lo que se merecía después de todo.
Tom no volvió a hablar sobre el tema de morir. Estaba contento de que al fin Bill haya decidido volver a ser como antes, y no acabaría con esa felicidad tan pronto. Además, parecía que eso ya no sería necesario.
Un día, Bill se encontraba sentado en el césped mirando el cielo gris, preguntándose como estaría su padre allá arriba. Lo extrañaba muchísimo, pero ahora era feliz, porque, como le había dicho Tom. Gordon hubiera preferido que Bill sea feliz a que sufriera. Escuchó unos pasos dirigirse hacia él, era su hermanastro. Se sentó a su lado y lo abrazó de lado.
—¿En qué piensas?
—En mi papá— respondió sin dejar de mirar al cielo. –Pero no te preocupes, estoy bien— sonrió como solo él podía hacerlo. Lleno de dulzura, ternura y pura alegría.
—Está bien— dejó un casto beso en sus labios y lo acompañó. Se quedaron mirando al cielo por mucho tiempo, hasta que el sol comenzó a ocultarse dándole lugar a la luna. Bill se acurrucó en el pecho de Tom y soltó un fuerte bostezo. —¿Ya tienes sueño?— preguntó.
—No— se negó en un bostezo. Tom se puso a reír.
—Vamos a dormir.
—Todavía no, quiero… quiero hacer algo antes de eso— dijo cambiando a un tono más seductor.
El mayor sonrió y dejo otro casto beso en sus labios antes de levantarse e ir a su habitación. –Hace tanto que tenía ganas de esto— susurró.
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Sus ropas estaban tiradas por el suelo, las sábanas estaban desordenadas entre sus cuerpos y el calor aumentaba poco a poco. Sus labios jugaban entre sí con besos húmedos y necesitados. Su piel se rosaba contra la del otro y los dulces sonidos de sus gemidos inundaban la casa entera.
—Hum, Tom— gimió el pelinegro clavando sus uñas en la espalda del contrario al sentir como aumentaba la velocidad en sus embestidas.
—Auch, Bill.
—Lo siento— dijo regalándole un beso para disculparse. Llevó sus manos a las oscuras trenzas de su amado y jugó con ellas entre sus finos deditos. Sonrió. Esto era sentirse amado y especial. Le gustaba mucho. Soltó algunas risitas sin darse cuenta.
—¿Qué pasa?— preguntó el mayor.
—Nada, es que, estoy feliz— respondió sonriendo grandemente. Su felicidad contagio a Tom y él también terminó riendo.
—Me alegra que mi dulce, tierno y alegre Bill haya vuelto— dijo pasando una mano por sus cabellos. –Te amo.
—Yo también— susurró, y volvieron a juntar sus labios en otro beso, pero más dulce que los anteriores.
Tom volvió a embestir con fuerza en Bill deleitándose con los gemidos que salían de su boca como la música más hermosa que hubiera escuchado. Todo eso era suficiente para volverlo loco. –Ahg, Bill… creo que… creo que… ah— gimió.
—Yo también Tom— dijo sabiendo a lo que se refería el otro. –Hagámoslo juntos— susurró en el oído del otro. Tom asintió, y siguió con lo que hacía.
Antes de que lo pudieran haber pensado dos veces, se corrieron al mismo tiempo junto con dos sonoros gemidos que salieron de sus bocas. Bill se dejó caer rendido y Tom también.
—Esta fue… una gran noche— dijo el menor entre gemidos.
—Lo sé— le siguió el otro. –Te amo.
—Yo también.
Y se quedaron plácidamente dormidos.
El tiempo se pasó con rapidez sin darse cuenta y pronto Bill tuvo algunos cambios. Era de esperarse, después de lo que habían hecho esa noche. Pero, nunca creyeron que llegarían a formar una familia ellos mismos. Al principio fue extraño, no supieron cómo actuar o qué hacer. Sin embargo, con el tiempo, se sintieron bien, más que todo muy felices por aquel acontecimiento tan tierno que había llegado. Ahora que lo pensaban, era todo lo que habían deseado, una familia. Por fin habían encontrado una. Ya no tenían por qué arriesgar su vida para volver con Gordon, él todavía estaba ahí, y seguro estaba muy orgulloso y feliz.
—Papá, ¿a dónde vamos?— preguntó el pequeño.
—Vamos a ir a visitar a tu abuelo— respondió el pelinegro.
—¿Mi abuelo? ¿Dónde está?— preguntó.
—Aquí— dijo Tom poniendo una mano en donde supuestamente estaba el corazón de su pequeño.
—¿Aquí? ¿Por qué?— preguntó el niño.
—Tal vez no lo veas, pero él siempre estará acompañándonos— dijo el pelinegro antes de llegar al cementerio.
En cuanto todos estuvieron frente a la tumba de Gordon, Bill dijo las siguientes palabras:
—Papá, estoy feliz de anunciarte, que por fin, encontré la familia que tanto añoraba. Y tal vez, pronto nos volvamos a encontrar. Ya no tengo nada que buscar, porque lo tengo todo. Tengo amor, felicidad, y un pequeño angelito— dijo acariciando los cabellos del niño a su lado. Una lágrima salió de sus ojos, y Tom lo notó, por eso le dio un pequeño beso en los labios.
—Todo este tiempo eh buscado, y al fin la encuentro. Aquella familia, siempre estuvo a mi lado, gracias Tom— lo abrazó con dulzura.
—Me alegra que lo hayas encontrado.
—¡Hey! ¿Se olvidan de mí?— preguntó el pequeño.
—Claro que no, cariño— dijo Bill, y lo aumentaron en el abrazo. Era un sentimiento cálido, dulce y muy lindo. Ahora Bill había descubierto lo que era una verdadera familia que te quiere mucho. La vida puede ser dura y triste a veces, pero, con el tiempo, mejora. Y mejoro en una forma increíble. La tristeza había desaparecido para siempre.
Algún día, la familia estaría completamente unida, allá en el cielo.
F I N
¡Acabó! Gracias por leer y comentar. Me encantó escribir este Fic para ustedes. Espero que hayan llorado y disfrutado junto a mí. Besitos!