
“Busco una Familia” Fic de Aura Johannessen
Capítulo 2: Torturas y Lágrimas
Los meses se habían pasado rápidamente, arrastrando con ellos toda la felicidad de Bill Kaulitz. No le gustaba esta nueva vida. Como siempre Simone y Jorg iban a trabajar por todo el día, y dejaban al pelinegro al cuidado de Tom, su hermanastro, al cual tenía que aguantar todo el día. No lo soportaba, él era el niño mimado, y casi nunca le prestaban atención a Bill, sin embargo, él no quería que le prestaran atención. Le gustaba estar solo, alejado de esa gente extraña que juraría que no conocía. Los odiaba a todos, a todos sin lugar a dudas. Un día después que Simone le regaló esa libreta, el pelinegro decidió quemarla frente a sus ojos. No le importó sus sentimientos, quería que sintiera todo lo que le hacía sentir, por eso la trataba con indiferencia y comenzaba a insultarla, a todos en realidad. No quería ser un muñeco fácil de manipular, no se dejaría llevar por esa gente, estaba en contra de todo lo que tuviera que ver con ellos. Bill no aguantaba aquel sufrimiento, muchas veces lloraba por las noches, lloraba como si no hubiera un mañana, lloraba porque siempre se lo estuvo aguantando, todas las mañanas al despertar se sentía miserable, por las tardes se quería suicidar, pero al notar que no podía hacerlo, en las noches no podía hacer nada más que llorar, ahogarse en gritos hasta que su cabeza comenzara a dolerle insoportablemente y sus ojos se hinchen y ardieran. Así era toda su vida. Tampoco podía conseguir consuelo de su padre, porque Simone había prohibido todo contacto con él. Le había quitado el celular, la computadora, todo. Bill ya no tenía ningún medio para comunicarse con él, ni siquiera en carta por escrito como se hacía antes. Era un infierno, el infierno más cruel, un infierno peor que el verdadero. Eso era injusto, no podían hacerle eso, lo tenían como un delincuente en la cárcel, aunque no haya cometido ni un delito. Y después, se hacían los buenos con él, como si llegaran a ser buenos padres por una vez. No, nunca lo serían, jamás. Solo eran horribles personas con las cuales Bill tenía que vivir sí o sí. Nada más, solo eso eran, criaturas del infierno. Muchas veces el pelinegro se preguntaba si algún día podría escapar de ellos, si todo eso se acabaría, si hubiera la oportunidad, la oportunidad de ser libre como un ave. Pero él era un ave enjaulada, sin escapatoria, sin salida, sin ninguna forma de escapar, esperando el momento indicado para salir y no ser atacado. Tal vez haya alguna posibilidad, tal vez se logre. Nada es imposible. Solo se necesita el momento perfecto para hacerlo. A pesar de eso, Bill no era capaz de hacer eso, todavía no. No era capaz de escapar. ¿A dónde iría? ¿Qué comería? ¿Dónde dormiría? ¿Habrá alguna oportunidad para salir y poder vivir en paz como siempre quiso?
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Era un día lluvioso y tormentoso. La fría lluvia mojaba su cuerpo a cada paso que daba. Iba arrastrando los pies por el cemento, obligado a llegar a su casa sí o sí, aunque no quería ver esos horribles rostros nuevamente. Se hubiera quedado todo el día en la escuela, ese lugar era su único albergue de paz, donde podía ver a sus amigos y no preocuparse de sus “no” padres. Le encantaba estar en la escuela, la odiaba por los estudios y materias, pero si lo veías por otro lado, era el único lugar lejos de todo lo que lo atormentaba.
Suspiró al ver su casa frente a él, había llegado. Dio pasos lentos y se detuvo para ver el garaje, quería asegurarse de que nadie había llegado. Simone y Jorg no estaban, pero Tom sí. Bufó, y cogió las llaves de la casa para después entrar. Fue recibido por Mary, la empleada. Ella era una mujer muy buena y dulce. Era muy amiga de Bill, además era joven, tenía unos 25 años, si el pelinegro pudiera haber elegido, escogería a ella como su madre. Pero eso no es posible.
—Hola Bill, ¿cómo te fue hoy?— preguntó la mujer.
—Bastante bien, gracias— dejó su mochila en el perchero, y no pudo dejar de notar que la mochila de su hermanastro también estaba colgada ahí. —Tom está aquí ¿verdad?
—Sí.
—Buhh— bufó. La mujer no pudo más que reírse, sabía sobre el problema que tenía Bill hacia su “no” familia, le daba pena, pero a veces la hacía reír por el comportamiento del pelinegro. —¿La comida está lista?
—Todavía no.
—Okey, estaré en mi habitación— subió como un rayo a su cuarto para encerrarse, como siempre hacía.
En el camino a su habitación, se chocó contra algo grande, fuerte y cálido. Era su hermanastro. Tom era tres años mayor que Bill, y además era bastante guapo. Llevaba rastas rubias y una gorra, y vestía de prendas grandes que lo hacían verse como un tipo rudo. –Hey, Billy, perdón, no te vi— dijo mientras miraba un poco hacia abajo para ver la cabecita del otro.
El pelinegro separó su cara del pecho de su hermanastro y lo miró con el ceño fruncido. –Eres un tonto, y ya te dije mil veces que no me gusta que me digas “Billy”— lo miró con furia, y luego lo empujó obligándolo a que le dé espacio para irse a su habitación.
—Bill, perdón, no me trates de esa forma— dijo mientras lo seguía por detrás.
—Déjame en paz— le ordenó entrando a su habitación, estaba a punto de dar un portazo, pero Tom lo detuvo sosteniendo la puerta con su mano, haciendo fuerza para que no la cerrara en su cara.
—Por favor, solo quiero ser tu amigo, quiero ser un apoyo para ti, déjame al menos demostrar lo que puedo hacer por ti— pidió acariciando una de las mejillas del pelinegro.
—Te dije que me dejes en paz. Y ya te he dicho mil veces que no te quiero como amigo, ni siquiera quiero que seas mi hermanastro— dijo quitando la mano de su mejilla torpemente y con furia en sus palabras, las cuales lastimaron al rastudo, aunque ya estaba acostumbrado a esas frases que siempre recibía cuando le proponía ser más que un hermano, y a pesar de estar acostumbrado a esas respuestas, siempre le dolía el corazón al escucharlas.
—Soy tu hermanastro, lo sé, y mi deber es cuidarte, apoyarte, consolarte y amarte— dijo la última palabra en un susurro, pero Bill pudo escucharla.
—No necesito tus estúpidas cosas para ser feliz, tampoco quiero tu amor— dijo el pelinegro antes de cerrar la puerta frente a las narices del rastudo, quien suspiró. Apoyó la espalda contra la madera de la puerta y lentamente fue descendiendo hasta que llegó al suelo. Al otro lado, Bill estaba en la misma posición, sentado en el suelo con la espalda contra la madera.
Tom tenía un secreto, uno que podría arruinarle la vida por completo, pero no le importaba, porque su amor hacia su hermanastro era irrompible. Era un amor más allá de algo fraternal, estaba locamente enamorado de él. Desde el primer momento en que lo vio, no podía soportar sentirse tan atraído hacia él. Sus cabellos largos, finos y oscuros, sus ojos penetrantes, su rostro adorable y delicado, su nariz respingada y pequeña, sus labios carnosos, rosados y tentadores, y ese cuerpo delgado y frágil como la porcelana. Lo deseaba entre sus brazos, tocando cada parte de él, tocando sus labios. Había hecho de todo para conseguir su amor, pero era imposible, porque lo odiaba. Tom sabía el problema que tenía Bill hacia esa familia, sabía que los odiaba a todos, y lo incluía a él, por ser hijo de Simone y Jorg, las personas más odiadas por Bill. Si tan solo hubiera una forma para poder convencerlo de estar con él. Cada noche iría a su cama para calmar sus llantos, los cuales el rastudo no podía ignorar, y sentía las ganas de ir y abrazarlo, diciéndole que no se sintiera así. Lo intento un día, pero solo fue echado de ahí. Tom había intentado todo, había hecho de todo para acercarse al pelinegro y curar su roto corazón, pero no se lo permitía. Si Bill seguía así, y nunca aceptaba una pequeña ayuda, viviría sufriendo por toda su vida. Tom sabía que eso pasaría, y le preocupaba, no se rendiría hasta haber logrado acercarse a su hermanastro, haber curado su corazón.
La puerta de la entrada se abrió, mientras entraban Simone y Jorg llenos de bolsas, seguramente habían ido de compras. Tom se levantó de donde estaba y sin dejar de ver hacia la habitación de Bill, se fue para saludar a sus padres. Bajó lentamente hasta ver sus sonrientes rostros que lo saludaban.
—Hola mamá, hola papá— saludó.
—Hola Tom, ¿cómo te fue en la escuela?— preguntó Jorg.
—Todo estuvo genial.
—¿Y dónde está Bill?— preguntó Simone.
—Está en su habitación.
—Otra vez, no entiendo qué le pasa a ese chico. Sé que está un poco enojado pero no es para tanto— dijo la mujer un poco estresada. – ¿Podrías llamarlo, Tom? La comida ya está lista— El rastudo asintió y volvió al cuarto de su hermanastro. Llamó a la puerta.
—¿Bill? La comida ya está lista— dijo, sin obtener respuesta alguna. —¿Bill?
—Ellos están ahí. ¿Cierto?
—Sí— suspiró.
—No iré.
—Bill, no debes morirte de hambre solo por eso, ven, por favor— le rogó.
—Voy a pensar— fue lo único que recibió de respuesta, y todo fue silencio después. Tom volvió a suspirar, y decidió entrar, conociéndolo, nunca saldría. Abrió la puerta lentamente y caminó silenciosamente hasta la cama de Bill. Donde yacía acostado, dándole la espalda a la puerta, así que no sabía que Tom estaba detrás de él. Se sentó al lado y acarició sus cabellos, llamando la atención del pelinegro. —¿Qué haces?— preguntó volteando hasta ver su rostro.
—Sé que no saldrás.
—Así es, no saldré hasta que esos hijos del demonio se hayan ido de aquí y no vuelvan jamás.
—Bill, por favor, no digas eso…
—¿¡No decir eso!? ¿¡Cómo crees que no diré eso después de todas las cosas que me han hecho!? ¡Se lo merecen por ser unos malos padres!— gritó levantándose de la cama y mirando directamente a los ojos del rastudo, y no se dio cuenta que ahora sus rostros estaban bastante cerca, y sus labios a unos centímetros de toparse. El de rastas acunó el rostro de su hermanastro con sus manos y lo miró con ternura.
—Tranquilo, Bill, te entiendo, sé que los odias, pero no ganarás nada con insultarlos y hacer de todo para no verlos, vamos, intenta ser feliz por una vez.
—No me entiendes, y nunca lo harás— dijo quitando las manos del otro, luego lo empujó suavemente, y volvió a acostarse. –Déjame solo Tom, no te necesito, no te quiero.
—Yo sí te necesito, y te quiero— susurró antes de salir nuevamente sin tener éxito.
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Simone decidió ir a ver a su hijo antes de irse, odiaba su comportamiento, siempre tan distante, no quería nada que tuviera que ver con ellos. Todavía no podía sacarse de su cabeza el día en el que Bill quemó su libreta en frente de ella. Se había convertido en un niño bastante cruel. Siempre se preguntaba el porqué de todo eso, sin darse cuenta que ella era el problema.
Abrió la puerta sin permiso y entró como si nada. –Bill, cariño, ¿por qué no fuiste a almorzar con nosotros?— preguntó con voz dulce, pero el pelinegro sabía que estaba fingiendo, no pudo evitar el hecho que quería desterrarla de aquel lugar.
—No fui, porque no quiero ver sus horrendas caras— dijo sin siquiera verla. Simone llevo una mano al pecho un poco ofendida, suspiro y trató de calmarse.
—Pero, Bill, ¿por qué dices eso?
—¡Porque los odio a todos ustedes! ¡En especial a ti, maldita zorra!— gritó mirando finalmente su cara desafiándola.
—¡Bill! ¡No hables así de tu madre!— se interpuso Jorg.
—¡Ella no es mi madre! ¡Tú no eres mi padre! ¡Ustedes no son mi familia! ¡Son solo unos horribles demonios del infierno con los cuales tengo que vivir!— gritó a todo pulmón levantándose de su cama rápidamente mientras los miraba con furia en sus ojos. —¿¡Acaso no lo entienden!? ¡Yo lo único que quería era quedarme con mi padre, la única persona que en verdad me ama!
—¡Pero ese hombre ya está en el olvido! ¡No sabemos dónde está o que está haciendo ahora! ¡Solo olvídalo y agradece que al menos nosotros te queremos y te consentimos todos tus caprichos!— le gritó su madre.
—¿Me quieren? ¿De verdad? Pues yo no, y además, ¿cuáles caprichos?— preguntó el pelinegro.
Los mayores se quedaron un rato en silencio sin saber que responder ante esa pregunta. Bill tenía razón, nunca le prestaban mucha atención, ni siquiera se preguntaban qué era lo quería realmente. Sin embargo siempre gastaban su dinero comprándole varias cosas, pero el menor no quería nada que viniera de ellos, siempre los quemaba o los echaba a la basura simplemente. Simone quería demostrarle que podía ser buena madre a pesar de lo que había pasado, pero no lo conseguía, el pelinegro estaba muy enojado como para hablar con ella sobre el tema. Y no quería mandarlo donde su padre, si lo hacía, su hijo se olvidaría de ella, y era justamente lo que no quería, que la dejara en el olvido. Aunque en realidad, se lo merecía.
Ambos salieron de ahí conteniendo las ganas de gritarle y se fueron a sus trabajos, dejando al pelinegro solo con la única compañía de Tom, quien entró a la habitación de su hermanastro contemplando su hermosura.
—¿Qué quieres?— dijo Bill sin mucha paciencia.
—Solo, quiero hacer algo contigo— respondió en tono inocente el rastudo.
—¿Qué cosa?
—Mmm… pues no sé, charlemos un rato, somos hermanastros, deberíamos divertirnos un poco— propuso.
—¿Cuántas veces debo decírtelo?— dijo mientras masajeaba sus sienes. –No quiero nada contigo— dijo conteniendo un grito.
—¿Por qué me tratas así? Yo solo quiero ser un amigo, quiero hacerte compañía.
—¡Pues no lo hagas! ¡Yo no quiero ser tu amigo! ¡Yo no te quiero! ¡Entiéndelo de una puta vez! ¡No te quiero!— dijo con furia en sus palabras desgarrando el corazón del rastudo.
—¡Bill! ¿¡Por qué no me quieres!? ¡Yo nunca te hice nada malo! ¡Siempre hice de todo por hacerte feliz! ¡Siempre intenté ser alguien con el cual puedas confiar! ¡Hice todo por ti! ¡Y tú me lo pagas de esta forma!
—¡Tom! ¡Cállate! ¡Nunca seremos amigos! ¡Y menos quiero ser tu hermano! ¡Déjame en paz por una maldita vez y sal de mi vida! ¡Deja de intentarlo nunca obtendrás mi amistad y menos mi cariño! ¡Sal de mi vida!— le gritó en la cara.
Tom sintió como si le estuvieran clavando una estaca en el corazón, no, miles de ellas llegando como balas atravesando su corazón partiéndolo en pedazos sin dejar ninguna parte con vida. Destruyendo todo a su paso. Todo en él se desmoronaba, sentía que dejaba de ser una persona más en el mundo y se iba directo al olvido, sin nadie, solo. Sintió como miles de lágrimas quisieron salir corriendo de sus ojos y gritar hasta quedarse sin voz.
—Bueno, si ya no me quieres, entonces no me interpondré nunca más en tu vida. Te prometo que te dejaré en paz como siempre quisiste, jamás volveré a hablarte— dijo con la voz entrecortada por el llanto. Bill no pudo evitar notar que algunas lágrimas luchaban por salir de sus ojos. Su rostro se tornó preocupado.
—Tom…
El rastudo se acercó a la puerta. –Pero, nunca dejaré de amarte— susurró y se fue cerrando la puerta lentamente. El pelinegro se acercó a la madera y puso un oído sobre ella, escuchando los llantos de su hermanastro mientras repetía su nombre entre sollozos. Bill comenzaba a sentirse un poco mal, fue muy duro con él, bastante duro. Tom tenía razón, él siempre hizo de todo para alegrarlo, pero siempre se lo había pagado con regaños, gritos y otras palabras irreproducibles. Y ahora, había llegado al límite, había lastimado a Tom. Tal vez, si hubiera aceptado su amistad, hubiera tenido un poco de alegría en su vida, porque el rastudo no es un mal chico, él siempre fue dulce y tierno, pero Bill no logró darse cuenta de ese cariño que tenía hacia él hasta ahora. Y para variar, seguramente Tom ya no querría hablarle por lo ocurrido.
—Soy un tonto— dijo mientras se daba un leve golpe en la cabeza. Se deslizó lentamente contra la puerta hasta llegar al suelo, y dejó descansar su cabeza entre sus rodillas. Todavía podía escuchar los llantos del mayor. De verdad se sentía culpable. No lo pudo evitar y también cayó víctima del llanto. –Lo siento tanto— dijo entre sollozos. –Lo lamento, lamento todo lo que te hice… Tommy.
& Continuará &
Bueno, inicia el drama. ¿Qué creen que pasará en el próximo capi? ¿Habrá la oportunidad de que Bill y Tom vuelvan a hablarse? ¿O se quedarán en silencio por siempre? No se lo pierdan, gracias por leer