
“Busco una Familia” Fic de Aura Johannessen
Capítulo 7: Decisión
Los días se hacían más grises con el pasar del tiempo. La lluvia no dejaba de caer, tampoco las lágrimas. La casa en la que vive se había convertido en una cárcel. Las puertas siempre cerradas y la habitación la celda. Aquellos días de sol, alegrías y amor se habían acabado después de que los descubrieron. Esa noche que parecía tan mágica, esa noche llena de deseos prohibidos que al final, recibió su castigo. Ahora su familia lo veía como un monstruo, lo llenaban de desprecio y odio, justo como él antes lo hacía. Ya nadie le quería cerca, siempre distantes y fríos, haciéndole sentir como un perro callejero. Pasó un mes y hasta ahora nadie le dirigía la palabra, ni siquiera la persona que amaba. Porque le habían prohibido cualquier contacto con él. Estaba solo. Ni siquiera podía ir a la escuela. Habían llegado las vacaciones de verano, y, para ser sinceros, no eran las más bonitas. No lo dejaban salir de casa, no lo dejaban hacer nada más que quedarse encerrado en su habitación mirando la lluvia caer desde su ventana.
Esa noche cuando Simone los encontró, no fue más que un infierno después. Los chicos trataron de poner una excusa pero, ¿qué excusa? Solo había una cruda verdad y ya estaba bastante clara. Pero por desgracias, Simone y Jorg lo tomaron como si Bill fuera el culpable de todo, como si hubiera intentado… violar a su hermanastro. Tom trató de defenderlo, sin embargo no escucharon nada de lo que dijo. Al trenzado simplemente lo castigaron por haber desobedecido en llevar al menor al restaurant, en cambio, el pelinegro vivía una pesadilla. Se quedaba encerrado en su habitación, nadie lo tomaba en serio, nadie le hablaba, era como si nadie más lo quisiera. Y para variar, lo obligaban a ir con un psicólogo.
Ahora era como el loco enfermo de aquella podrida familia.
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Bill se retorcía entre el cuero del sillón mientras miraba a cualquier lugar, cualquiera que no sea la cara de aquel hombre frente a él.
—Respóndeme.
El pelinegro rodó los ojos y lo miró distante. Sus ojos reflejaban odio. No quería estar ahí, quería irse de una vez por todas. Volteó la cabeza y miró hacia la ventana empañada. La lluvia era su única compañera.
—Por favor, respóndeme, no tengo todo el día, ¿qué te hiciste?— preguntó nuevamente el hombre apuntando al brazo del adolescente, el cual tenía una gran venda negra que lo cubría. El pelinegro miró su brazo.
Hace una semana lo había hecho. Estaba tan lleno de dolor en todo su ser que no tuvo más que hacer, fue lo mejor que se le ocurrió. Tomó una tijera, y con ella comenzó a rasparse la piel con fuerza. Sentía unas cuantas punzadas de dolor. Gemía y jadeaba, necesitaba más. Ese sentimiento lo hacía sentir mucho mejor. Era un consuelo. Hundió la punta filosa en su carne hasta que vio la sangre salir disparada. Quiso gritar pero se lo aguantó. Cortó toda la piel que encontraba a su paso haciendo una línea larga desde su muñeca. Mientras más sangre salía de él, y más gotas inundaban el suelo de rojo, se sentía mejor. Pronto se dejó caer y se desmayó por el dolor y la satisfacción. En cuanto despertó, lo único que esperaba era estar muerto o en el peor de los casos, descansando en un hospital. Pero no, seguía vivo, y todavía estaba en el suelo de su habitación entre en un gran charco color rojo. Nadie se había dado cuenta de su estado, y eso era bueno. Se levantó y amarró una cinta blanca entre su brazo con fuerza apretando su carne y luego limpio el suelo. Quería morir, pero al parecer, no se lo permitían. ¿Por qué? Sería feliz con tal de estar en el cielo o quemándose en las llamas del infierno, le daba igual a donde llegaría, solo quería irse de una vez por todas. Y si suicidarse era la única opción, lo haría. Pero repito, no se lo permitían, no podía morir.
—Que te importa viejo estúpido— murmuró, pero el psicólogo lo escuchó.
—No lleguemos a esto, yo solo quiero a ayudarte, y lo sabes.
—No me ayudas, lo único que haces es arruinar mi vida— respondió con odio en sus palabras. El psicólogo, ya sin paciencia, tomó a Bill del brazo y quitó la venda negra, y luego la cinta blanca ahora roja que cubría la herida. El pelinegro no se quejó a pesar de que había descubierto su gigantesca cicatriz.
—¿Por qué lo hiciste?
No respondió. Se quedó en silencio sin dejar de ver a la lluvia. —¿Bill?— No, no diría nada, se quedaría así. Tal vez si seguía callado ese hombre lo dejaría ir en paz, aunque quizá no. —¡Respóndeme!
—¡Déjame en paz!— gritó Bill mientras se levantaba de la silla y golpeaba la mesa. Lo miró desafiándolo, y luego se retiró mientras con la mano empujaba todas las cosas sobre el escritorio haciéndolas caer. Le dio un portazo a la puerta al salir y corrió por los pasillos hasta salir del edificio. Miró el cielo y se puso su capucha para no mojar su cabello. Caminó por las calles sin ganas de ir a su casa, quería escapar. Se dirigió a uno de esos teléfonos públicos y marcó el número de su amigo. —¿Gustav?
—¿Bill? ¿Qué pasó? ¿Dónde estás?— preguntó el rubio muy preocupado. Bill solo lo llamaba si había una emergencia. Además, como el pelinegro no tenía celular, que lo llamara era extraño.
—¿Puedo ir a tu casa?
—Claro, ven, Gustav y Andreas están conmigo.
—Perfecto— colgó. Se encaminó hacia la mansión del rubio. Hace tanto tiempo que no iba. Pasaron tres años desde que no pudo ir a la casa de su amigo, lo extrañaba bastante. Extrañaba estar en ese lugar tan cálido, grande y cómodo. Se sentía bien cuando estaba junto a sus amigos, se sentía amado y protegido. Esos eran unos sentimientos los cuales Bill ya no podía sentir. Al menos tendría una oportunidad esta vez.
Llegó a la gran mansión y tocó el timbre, y de inmediato, Gustav abrió la gigantesca puerta de caoba. –Hola— murmuró el pelinegro, quien estaba más que mojado y con lágrimas en los ojos, se notaba porque su maquillaje se había corrido y tenía unas largas y finas líneas negras entre su rostro. Recibió un cálido abrazo de su amigo que lo invitó a pasar, le dio una toalla para secarse, le invitó chocolate caliente y fueron a su cuarto.
—¡Bill! Que alegría verte— gritó Georg al verlo frente a él.
—¿Qué pasó? ¿Simone te dejó salir?— preguntó Andreas.
—No, me escapé del psicólogo— respondió el pelinegro.
—¿Psicólogo?— preguntaron los tres.
Bill comenzó a contar toda su historia sin omitir ni una parte, ni siquiera la parte cuando estuvo aquella con Tom. Les contó absolutamente todo. La cosa es que, el pelinegro tiene una gran confianza hacia sus amigos, y como ellos son sus únicos consejeros y apoyo, se acostumbró a contarles todos sus problemas. Y como siempre, ellos se encargaban de darle una solución. Así Bill se ponía feliz al menos por unos minutos. Eso bastaba para ellos.
—Creo que eso es injusto, te echaron toda la culpa a ti— se quejó Andreas.
—Lo sé.
—¿Y no dijeron nada?— preguntó Georg.
—Tom quiso defenderme pero no lo escucharon.
—Bueno, al menos te defendió— dijo Gustav.
—¿Qué hago? Mi vida es horrible y ya no lo soporto más. Quiero, quiero irme de aquí. Quiero morir— dijo el pelinegro.
—¡No digas eso!— gritaron los tres chicos al unísono.
—Bill, hay una solución para todo, no debes decir eso, no lograrás nada con eso. Podemos arreglarlo— dijo Andreas.
—¿Cómo? Nadie me toma enserio, nadie me quiere— dijo el pelinegro.
—Nada de eso, nosotros te queremos, Tom te quiere, Gordon te quiere— dijo Gustav.
—Gordon me quiere…— susurró el pelinegro. Es cierto, su padre nunca dejaría de amarlo. Bill es todo para él. También es la única persona que lo quiere de verdad. Todo este tiempo Gordon siempre amó al pequeño, nunca dejó de pensar en lo tanto que lamentaba haberlo dejado al cuidado de Simone, de aquellas malas personas. De verdad lo quería de vuelta, entre sus brazos, diciéndole lo tanto que lo amaba. Bill deseaba lo mismo, lo extrañaba demasiado, era una de las personas más importantes para él. Si tan solo supiera donde está, escaparía y recorrería hasta más de mil kilómetros solo para volverlo a ver. Quizá esa era su solución, escapar de una vez por todas. Pero, ¿qué pasaría con Tom?
—Bill— Georg lo sacó de sus pensamientos. –Eres nuestro pequeño, eres todo para nosotros— dijo mientras ponía una mano sobre su hombro. El pelinegro sonrió, y miró a la ventana, había parado de llover. Extrañaría a su amiga lluvia, pero le daría la bienvenida al sol que quizá, si todo seguía siendo feliz para él, aparecería en el cielo.
La puerta se abrió y los chicos voltearon para ver quien había llegado, era Julia, la madre del rubio. –Bill, tu madre está aquí— anunció. El pelinegro suspiró, todo estaba tan bonito y se lo arruina. Siempre hacía eso, arruinar su vida. Se despidió de sus amigos con un abrazo y bajó a la entrada, encontrándose con su madre, quien reflejaba rabia en sus ojos. En cuanto se fueron y entraron al auto, la mujer comenzó a regañar al adolescente por haberse escapado y esas mierdas que al chico le importaban muy poco.
—¿¡Cómo pudiste hacer eso!?— gritó la mujer.
—¡Lo hice porque odio esto! ¡Solo quiero irme de aquí y mandarlos a todos a la mierda! ¿¡Acaso no lo entiendes zorra!? ¡Estoy cansado de ustedes hijos de puta! ¡Los odio a todos!— contraatacó, recibiendo una cachetada de parte de Simone. El pelinegro se quedó en silencio y con la cabeza abajo. Le dolía un poco, pero no se dejaría. –Puta zorra hija de perra…— recibió otra todavía más fuerte.
—Estoy cansada de tu comportamiento, hablaremos de esto con Jorg— anunció.
Bill miró hacia la ventana mientras maldecía entre dientes. Su vida no podía ser peor.
En cuanto llegaron, Simone agarró del brazo al pelinegro y lo obligó a sentarse en la mesa, aunque él no se dejaba y peleaba. De inmediato llegó Jorg, quien había escuchado los gritos. —¿Qué pasó?
—Debemos hablar seriamente con este chico— dijo la mujer.
—¡No tenemos nada de qué hablar! ¡Todo está claro! ¡Los odio y no me van a hacer cambiar de opinión!— gritó Bill.
—Callado.
—Oblígame sucia perra…— esta vez recibió una cachetada de parte Jorg. Bill sintió algo que recorría su labio, era sangre. Sonrió. –Sigan, sigan, a este paso llegaré a mi tumba y al fin podré descansar en paz lejos de todos ustedes.
Los mayores lo miraron con furia, tenían ganas de gritarle, pegarle, pero eso solo empeoraría las cosas, y en lugar de hacerlo entrar en razón, le estarían haciendo un favor. De inmediato, Tom bajó las escaleras preocupado por aquellos gritos, además reconocía la voz de su hermanastro y estaba a punto de decir algo, cualquier cosa para defenderlo. En cuanto llegó, se quedó paralizado, hace tanto tiempo que no veía a su amado, lo extrañaba. Aunque estuviera mojado, con el maquillaje corriendo por sus mejillas a causa del llanto, sangrando, con aspecto de una persona en tiempos de agonía, seguía siendo tan hermoso como antes para Tom. Sonrió, estaba realmente feliz de verlo nuevamente, el pelinegro le devolvió la sonrisa, pero fue una un poco fingida. No era el momento para hacer eso, debía hacer lo que tenía que hacer. Salió de sus pensamientos y con voz firme dijo: —Lo que sea que haya hecho Bill no es su culpa.
—Tom, vete, sabes que tienes prohibido verlo— dijo Simone.
—¿Y eso qué importa?— murmuró. —¿Qué le hicieron?
—Vete de aquí Thomas.
—No, no hasta que me lo digan. ¿Qué le hicieron a mi pequeño?— Bill se sonrojó un poco por el hecho de que le había llamado por: mi pequeño. Se mordió el labio torpemente sin importarle el dolor que le causaba la herida, ni siquiera le importó que una línea de sangre se dibujara desde su boca hasta su mentón, dejando caer una gota roja a la mesa. El trenzado no tardó en notar eso, y se preocupó aún más. Se acercó al menor y lo tomó del mentón para ver su herida. —¿Qué te hicieron estos monstruos?— le preguntó con dulzura, haciendo que el menor se estremeciera.
—¡Tom vete y aléjate de él!— gritó Jorg.
—¡No lo haré! ¿¡Entendieron!?— gritó dirigiéndose a su padre, después volvió con Bill. —¿Qué pasó, bebé?— le susurró. El pelinegro estaba a punto de decir algo, pero fue interrumpido por la asquerosa voz de su madre que comenzó a relatar la historia con un tono dramático que la hacía sonar como una vieja amargada.
—Tú malcriado hermanastro le gritó al psicólogo, tiró sus cosas y luego se escapó, por eso le pegamos— dijo resumiendo un poco.
—¿¡Otra vez lo están llevando con ese hombre de mierda!?— gritó alzando la voz. —¡Creí que les había quedado claro lo que les dije! ¡No tienen por qué llevarlo ahí, no lo necesita, Bill está bien!
—No, Tom, no está bien, ahora vete a tu habitación y no salgas, luego hablaremos seriamente contigo también— dijo la mujer.
—¡¡¡No!!! ¿¡Cómo puedo hacer que entiendan!? ¡Bill no necesita esas cosas! ¡Solo quiere que dejen de joderle la vida! ¡Y no me rendiré hasta que lo dejen en paz! ¡Porque yo lo amo!— confesó, y para dejarlo todo bien claro de una vez por todas, se acercó al pelinegro y lo besó con toda la ternura y dulzura del mundo. Otra vez podía sentirlo. Hace tanto que no sentía esos labios de seda, extrañaba besarlos, extrañaba todo de Bill, absolutamente todo. Se dejó llevar en ese beso que lo hizo recordar aquellos dulces momentos con el menor, y pronto sintió que el pelinegro también le seguía el beso, y así lo hicieron todavía más profundo introduciendo sus lenguas en la boca del otro. De verdad necesitaban un poco de cariño. Estaban tan metidos en aquel sentimiento que se olvidaron por completo que sus padres estaban presenciando ese beso tan apasionado entre dos hermanos del mismo sexo.
Después de salir de aquel shock en el que estaban, Simone y Jorg separaron a los chicos y sacaron a rastras a Tom de la sala hasta dejarlo encerrado en su habitación. Bill gritaba el nombre de su amado tratando de escapar del agarre de la mujer que no lo dejaba ir hacia adelante. Pataleaba, le pegaba, rasguñaba su piel, le hacía de todo para poder liberarse pero era inútil. Y aunque ahora Tom estuviera encerrado y en el piso de arriba, se podían escuchar sus gritos y los fuertes golpes que le daba a la puerta. Golpes tan fuertes que en cuestión de minutos dejó algunas abolladuras en la madera y astillas en sus ahora ensangrentadas y cansadas manos. Sin embargo, eso no le impedía seguir. Si la única forma de salir de ahí era partiendo la puerta en pedazos, lo haría. Lo haría por Bill.
Ahora que todo se había calmado, volvieron a sentar al pelinegro en la mesa, quien hacía de todo para no ver sus caras del demonio. –Ahora Bill, debemos hablar— dijo Simone, todavía asqueada por el beso que sus hijos se habían dado. El pelinegro no respondió, solo apoyó su cabeza sobre la mesa y miró hacia cualquier lugar en el cual no viera los ojos de aquellas personas. La mujer, decidió continuar, tal vez no la veía, pero si la escuchaba. –Esto está mal, esto tiene que acabar. No puedes tener un romance con tu hermanastro, eso es enfermo.
—Así es Bill, ustedes deben entender que es imposible y la sociedad no los aceptaría como pareja— le siguió Jorg. El pelinegro rodó los ojos mientras en su mente decía: ¿Y a quién le importa?
—Bueno, volviendo al tema del psicólogo— dijo Simone. –Me llamó esta mañana para hablarme sobre la noticia de que te habías escapado, le habías gritado, habías tirado todas sus cosas de su escritorio, y además, te habías cortado el brazo.
El adolescente miró su brazo, había parado de sangrar desde hace algunos días, y ya estaba casi curado, pero se notaban perfectamente las cicatrices. Se deshizo de sus vendas nuevamente y se las mostró. No, no se arrepentía de haberlo hecho, más bien, se sentía orgulloso. Un poco más y llegaba a la tumba, eso era algo increíble para el chico. ¿Y qué pasaba si lograba su cometido? Sería feliz entre las llamas del infierno mientras bailaba burlándose de su horrible familia, pero también sintiéndose un poco culpable de haber dejado a Tom solo, sin su compañía. Sí, ahora que lo pensaba bien, morir no era la decisión más inteligente. Necesitaba otro plan para deshacerse de ellos.
—Bill, el psicólogo nos recetó que debíamos llevarte con un psiquiatra y además Simone y yo hemos hablado y llegamos a la conclusión de que sería lo correcto dejarte en sus manos.
—¿¡Qué!?— el pelinegro reaccionó. ¿Un psiquiatra? Eso era todavía peor. Ahora era un loco enfermo para su familia. ¿Por qué le hacían eso? Estaría lleno de drogas por toda su vida. Bill no estaba loco, él lo sabía bien, y estar enamorado de tu hermano, tal vez no era natural, pero no significaba que estuviera increíblemente loco como para ir con un psiquiatra. –No, no pueden hacer eso.
—Sí, sí podemos— dijo Simone.
—Si te llevamos, ellos te ayudarán con tu problema, a Tom lo llevaremos con el psicólogo y quizá muy pronto seamos una familia feliz como siempre debía ser.
—¡No! ¡No quiero! ¡Y no me van a obligar!— gritó, y corrió escapando de ellos. Se detuvo en la puerta de su hermanastro y con lágrimas en los ojos dijo: —¿Tommy? ¿Tommy estás ahí?
—Aquí estoy bebé.
—Oh, Tom, esto es horrible— dijo mientras apoyaba su cuerpo contra la puerta y lloraba en ella, imaginando que era el pecho del trenzado. –Quieren llevarme con un psiquiatra, y a ti con un psicólogo— dijo entre llantos.
—¿¡Qué!? Esto no puede estar pasando— Tom ya no se lo podía creer, era el límite. Ahora sí había llegado a la conclusión de que sus padres eran muy malos. Seguramente pensaban que con eso arreglarían todo, pero no lo harían, más bien empeorarían las cosas, más de lo que estaban. —¿Qué haremos ahora?— preguntó.
Bill se lo pensó. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo podría escapar de esa tortura? Si se suicidaba, perdería a Gordon, a sus amigos, a Tom, para siempre. No era una buena opción. Morir no. ¿Entonces qué? Tal vez, si escapaba. ¿Pero a dónde? No tenía mucho dinero para quedarse en un hotel ni en un apartamento pequeño. Tampoco quería quedarse en la calle como un pobre perro sin comida ni agua. Necesitaba ir a un lugar donde jamás lo encuentren, donde sea feliz y todos lo quieran. Un orfanato. No, definitivamente no, además ya era muy grande, las personas solo buscaban bebés en los orfanatos. ¿Y si iba con Gordon? Pero, no sabía nada de él, no tenía idea de dónde estaba o si ya había formado otra familia. Aunque su padre no sería capaz de hacerle eso. Para llegar con él, tendría que buscarlo, buscarlo por toda la ciudad, en cada casa, por cada calle, hasta encontrarlo. Eso iba a hacer. Ya estaba decidido, partiría esta noche. Tal vez le lleve años encontrarlo, pero valdría la pena, al fin y al cabo, en algún momento encontraría a su padre.
—Voy a escapar— anunció con voz decidida.
& Continuará &
Pobre Bill, siempre lo hacen sufrir. ¿Qué creen que pasará en el siguiente capi? ¿Podrá escapar? ¿Encontrará a su padre? Todo esto y más en el siguiente capítulo. Por cierto, sé que dije que este Fanfic sería como de unos ocho capítulos, pero se me alargó. Lo más probable es que termine siendo de unos diez, o tal vez más.