
“Busco una Familia” Fic de Aura Johannessen
Capítulo 9: Lo encontré, y lo perdí
El hombre frente a él volteó la mirada encontrándose con el pelinegro, quien seguía en shock. ¿Por qué su padre había hecho eso? ¿Qué le pasó? ¿Acaso alguien le dijo que lo hiciera y terminó convirtiéndose en un hombre alcohólico? Sentía que su mundo entero desaparecía y él también. Esto no era real, era un sueño. Tal vez, sin embargo todo esto era real. Sin duda alguna lo era, aunque no quisiera aceptarlo. Bill soltó algunas lágrimas. ¿Escapó solo para esto? Al menos lo había encontrado, pero no lo quería en esas condiciones.
—Papá, ¿por qué?— habló al salir del shock. Su voz era temblorosa por la tristeza que lo invadía. Gordon se levantó de su asiento y dio un paso al frente.
—¿Bill? ¿Eres tú?— preguntó, su tono era de un típico alcohólico, además su aliento olía a cigarrillo. El pelinegro no dijo nada, se quedó parado mirando como su padre se acercaba a él. Antes de ser abrazado, lo detuvo.
—¿Por qué?— repitió. —¿Qué te pasó? ¿¡Por qué te hiciste esto!? ¿¡Qué significa!?— gritó. El hombre se quedó en silencio unos cuantos minutos antes de contestar, y comenzó con su historia.
Después de haberse ido de la casa y dejar a Bill con Simone, Gordon se sintió más que mal, estaba destrozado. No supo que hacer y decidió beber para acallar sus penas. Al poco tiempo se fue descuidando, comenzó a fumar y dejó su trabajo. Sin embargo eso no lo hacía sentirse mejor, todavía seguía muy triste. Su pequeña casa se llenó de basura porque él no limpiaba y todo terminó mal para él. Lo único que podía hacer era pensar en su hijo y extrañar su compañía.
—Papi, no… Eso no iba a arreglar nada, más bien lo empeoró todo. Mírate, mira a tu alrededor. ¿Crees que esto es lo que deseaba para ti?— preguntó después de escuchar la historia.
—Yo, no supe qué más hacer…
—Pues la respuesta es simple. Debiste haber seguido adelante, no quedarte en el pasado y vivir con las penas cada día. Con esto no lograrías nada, debiste haber seguido con tu vida y olvidarte de todo lo pasado. ¿Crees que yo me quedé estancado en eso…?— Bill se quedó callado. En realidad, él cometió lo mismo que su padre. En lugar de seguir adelante y olvidarse de todo, siguió con la visión del pasado y se dejó llevar por el odio, el dolor y la tristeza. Así como su padre se había dejado llevar por las malas tentaciones de la vida. No podía quejarse, era obvio que ambos habían cometido errores. Eran tal para cual. Algo que hacía su padre, Bill lo seguía por detrás, pero no bebería, no. Mejor dicho, sentimentalmente lo seguía. Si su padre se sentía triste, Bill también se sentía de esa forma, si estaba feliz, el otro también, si se sentía solo, el otro también. Entonces el pelinegro pensó: ¿Acaso cuando sentí las ganas de suicidarme, era por qué él quería hacerse eso?
Se acercó a su padre y lo abrazó con fuerza. —Lo siento, no te culpo, sé cómo te sientes, ambos cometimos muchos errores en la vida. Yo me porté como un pobre idiota. No sabes cuantas veces insulté a esa familia— dijo entre algunas risas. Gordon le devolvió el abrazo con la misma dulzura que el pelinegro, disfrutando de esa antigua cercanía que ambos solían compartir hace años atrás. Esto era lo que Bill deseaba, al menos un mínimo segundo con su padre, estando cerca de él y sintiendo todo el cariño que un padre te puede dar, un padre que en verdad te ama con todo su ser, que te ama más que a su propia vida, que haría de todo por ti, hasta que daría su vida por ti. Eso sí era una familia verdadera. Eso era lo que Bill siempre deseó, solo eso, nada más. No le importó que su padre estuviera en ese estado, oliendo a alcohol y tabaco, teniéndolo cerca, eso era importante, que al fin lo tenía nuevamente.
Después de algunas risas y lágrimas de felicidad que se le salieron al pelinegro, Gordon se preguntó como lo había encontrado. Porque era obvio que ahora Bill no sabía nada sobre él. —¿Cómo—cómo me encontraste?— preguntó tartamudeando un poco. Bill lo miró por un segundo y se separó del abrazo. Sin decir nada más, salió corriendo del lugar, y volvió tan rápido como se fue, con un Tom más que confundido.
—¿Qué pasa Bill?— preguntó el trenzado sin soltar la mano del pelinegro cuando llegaron a la sala del apartamento. Volteó los ojos hacia el hombre frente a él. Se sorprendió, nunca creyó que el padre de su amado fuera un alcohólico. Era extraño.
—Papá, fue gracias a él. Es Tom, mi hermanastro. Él me apoyo y me cuido cada día en todos estos años. Le dije que quería escapar, y a pesar de que sabía que me iría y no lo vería nunca más, se puso a buscarte por toda la tarde, hasta que te encontró, y decidimos huir juntos— resumió el menor abrazado de la cintura del trenzado, demostrando todo el amor que le tenía. Lo cual su padre comprendió con facilidad.
—Mucho gusto, señor— saludó Tom un poco nervioso.
Gordon se acercó al joven y puso una mano en su hombro. –Gracias, gracias por traerlo conmigo, gracias por cuidarlo— dijo conteniendo algunas lágrimas.
—Señor, no tiene que agradecerme, por su hijo, daría mi vida, es lo más importante para mí, es lo mejor que me pudo haber pasado— le dio una mirada dulce al pelinegro y acarició sus cabellos oscuros. Si no fuera porque estaba su padre, lo hubiera besado desesperadamente.
—¿Y qué pasará ahora? Seguramente Simone los estará buscando. Gracias por visitarme— dijo Gordon dándole un último abrazo a su hijo.
—¿Qué dices? Nosotros no vinimos de visita, nos quedaremos aquí— se quejó el menor.
—¿Enserio?
—Sí. ¿Acaso crees que me escapé de esa casa para después volver con esa mujer del demonio?— el pelinegro no se limitó a decirlo, Simone merecía ser odiada por todos. Gordon desordenó sus cabellos mientras sonreía.
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La casa ahora relucía, era hermosa, pero toda esa belleza siempre fue opacada por los montones de basura y botellas de vidrio que había por el suelo. Se la habían pasado limpiando todo el lugar entre risas y juegos. Como vivirían ahí, no sería lindo dormir entre la basura. Además Gordon estaba tan feliz que recuperó la compostura y olvidó el pasado. Aunque ahora ya sabía lo que le habían hecho a Bill todos esos últimos años. Hablaban sobre su historia y todo lo que sufría. Sin embargo no contó nada acerca del romance con Tom, todavía no estaba listo para decírselo a su padre. Buscó otra manera de contar su historia omitiendo todas esas dulces partes.
En cuanto terminaron de cenar unas pizzas que había ordenado el trenzado, los más jóvenes se acomodaron entre los sillones para dormir. Con el tiempo buscarían algo mejor para pasar la noche.
—Hasta mañana Bill— se despidió con un beso en la frente.
—Duerme bien, papi.
—Buenas noches, Tom.
—Descanse señor.
—Oh, por favor, dime papá.
Tom sonrió, y asintió lentamente. En cuanto el hombre se fue y todas las luces estuvieron apagadas, el trenzado se metió dentro de la sabana en la que se escondía el menor y lo abrazo. Estaban incómodos en un sillón tan pequeño, era apretado, sin embargo eso era bueno, porque podían disfrutar de la cercanía y aroma del otro. Bill terminó de acomodarse hasta que estuvo cómodo, echado sobre el cuerpo de su amado. Sintió aquellas manos recorrer su espalda y acariciar su piel con suavidad. –Me alegra haberlo encontrado— dijo el pelinegro levantando un poco la cabeza del pecho del mayor para verlo a los ojos.
—Y yo estoy feliz de que al fin tú hayas encontrado lo que tanto querías— acarició sus oscuros cabellos.
En ese momento, Gordon pasaba para verlos y asegurarse de que estaban dormidos, pero en cuanto los encontró acostados en el mismo sofá, le pareció extraño y se quedó oculto detrás de una pared espiándolos y escuchándolos.
—¿Qué crees que diga él si le decimos sobre nuestra relación?— preguntó el pelinegro. Tom suspiró, no sabía que responder.
—No tengo idea, pero, creo que será mejor decírselo después, por ahora, actuemos como unos típicos hermanos, y en cuanto estemos listos, se lo decimos.
—Solo espero que no se enoje. Espero que nos acepte— suspiró el pelinegro hundiendo la cara en el pecho del otro.
—Si de verdad nos quiere, mejor dicho, si te ama de verdad, lo aceptará, tenlo por seguro.
Bill no comprendió completamente. ¿Acaso Tom creía que no le caía bien a Gordon? Bueno, tal vez se sentía un poco mal por amar a su hermanastro, pero a pesar de eso no dejaba de quererlo, porque eso era imposible, su amor era tan grande que no se lo podía contener. Tal vez pensaba que si le decían a Gordon sobre el tema, odiaría al trenzado, podría aceptarlo, pero no le tendría mucho aprecio. —Tommy, estoy seguro que mi padre te quiere mucho, no digas que no te quiere, hay un espacio más para ti en esta familia, te aceptará, estoy seguro— aseguró. El trenzado vaciló, pero asintió y besó los labios del menor con mucha dulzura. Fue corto, pero siempre fue hermoso besar a Bill.
—Te amo, mi pequeño— susurró acunando el rostro del otro.
—Yo también.
Unieron nuevamente sus labios en un beso más apasionado—si así se podía— y se dejaron llevar por las caricias y gemidos que los envolvían en ese momento. Bill comenzó a mover sus caderas de un modo sensual, frotando su miembro contra el de Tom. El trenzado llevó sus manos a la cintura del pelinegro y besó su cuello con la intensión de comerlo en besos húmedos y mordiscos leves. Sentían como el calor se apoderaba de sus cuerpos junto a la excitación.
—Mmmm… Tommy— gimió Bill encantado por la forma en la que una de las manos de su hermanastro entraba por su camisa y comenzaba a juguetear con sus tetillas.
—Oh, Bill, continúa, no pares— pidió apretando el trasero de su amado y soltando un chillido de éste. Pronto el pelinegro se frotó con más intensidad contra Tom. Podía sentir su miembro, tan duro y necesitado. Siguió con lo que hacía por un buen tiempo, hasta que empezó a ver estrellas y se corrió al mismo tiempo que su hermanastro. Se dejó caer sobre su pecho, completamente cansado. –Oh, Bill, no sabes cuánto te amo— suspiró el trenzado.
—Yo te amo todavía más— susurró el pelinegro, y después de un pequeño beso. Se quedaron plácidamente dormidos.
Gordon, quien había sido testigo de aquel momento, se quedó en shock. ¿Cómo era posible que su hijo, su pequeño hijo cometiera algo así? Se supone que lo incesto es ilegal. Entonces, ¿por qué lo hacía? Todavía no lo comprendía, no se lo creía. Bill era un chico tierno y dulce, era imposible imaginar que él tuviera una relación sexual con su mismo hermanastro, pues al parecer sí era posible. Parpadeó varias veces sin poder creérselo, tal vez era una pesadilla. Pues no lo era. Respiró agitadamente, y recordó algunas frases:
—¿Qué crees que diga él si le decimos sobre nuestra relación?— preguntó el pelinegro. Tom suspiró, no sabía que responder.
—No tengo idea, pero, creo que será mejor decírselo después, por ahora, actuemos como unos típicos hermanos, y en cuanto estemos listos, se lo decimos.
—Solo espero que no se enoje. Espero que nos acepte— suspiró el pelinegro hundiendo la cara en el pecho del otro.
—Si de verdad nos quiere, mejor dicho, si te ama de verdad, lo aceptará, tenlo por seguro.
Tom no se equivocaba, Gordon amaba a su hijo con todo su corazón. Sin embargo, verlo así, lo dejaba sin habla. No sabía qué hacer, o qué decir. Simplemente se encaminó a su habitación para dormir, pero sabía que le costaría, porque pensaría toda la noche en aquel momento que presenció por error.
A la mañana siguiente Gordon se levantó más temprano de lo normal para preparar un desayuno para los chicos. Ellos todavía seguían acostados en el mismo sillón y abrazados como si nunca se volvieran a ver. Se sentía incómodo. Eso no era lo que había planeado para su hijo. Quería que él se casara con una chica y todo lo demás. Pero al parecer se enamoró de un chico, mayor y casi de su misma sangre. Sería difícil de aceptarlo. Tal vez le tomaría años hasta que se acostumbrara a todo lo que los jóvenes pudieran hacer por las noches. De solo pensar en eso le daba un escalofrío.
—¿Pero qué mierda estoy pensando?— se preguntó de repente. Ellos eran adolescentes, obviamente Gordon también lo fue alguna vez. Sabía lo que era un amor joven. Lleno de pasión y sin límites. Así que, ¿por qué los juzgaba? Él también había vivido noches de sexo y mañanas de resaca (sin contar las de la actualidad). Entonces, ¿por qué ellos no podían vivir lo mismo? ¿Por ser hermanastros? Sí, eso estaba mal. Sin embargo, Simone nunca fue una “verdadera madre” después de todo. Así que no contaba. Si ellos de verdad se amaban, y si Tom prometía cuidar de Bill por el resto de su vida, entonces lo aceptaba. No arruinaría el amor de su hijo, no sería capaz de arrojar su cuento de hadas a la basura. Como lo hizo Simone.
Escuchó unos pasos y un bostezo dirigirse hacia él seguido de unos flacuchentos brazos que envolvieron su estómago. Bill había despertado. –Buenos días, papito— dijo con voz cansada.
—Buen día, Bill— dijo con dulzura devolviendo el abrazo de su hijo. —¿Cómo dormiste?— preguntó. No pudo evitar recordar el show que montaron anoche al preguntar aquello. Sacudió su cabeza de un lado a otro volviendo a lo que hacía.
—Como nunca. Ahora que estoy lejos de aquella horrenda casa, puedo dormir tranquilo, por qué sé que estás para protegerme— dijo en tono dulce. Gordon sonrió y una lágrima salió corriendo de sus ojos por la dulzura de su pequeño hijo.
—¿Y cómo está tu hermanastro?— preguntó de repente, lo cual llamó la atención del menor haciéndolo brincar por la sorpresa. No esperaba que preguntara sobre él. Comenzaba a preocuparse. ¿Y qué tal si los descubrió teniendo una relación sexual aquella noche?
—¿Tommy? Ah, digo ¿Tom?— se exaltó. Carraspeó un poco antes de continuar. –Él sigue durmiendo, supongo que, también durmió bien. Aunque, no sé. En la noche hizo mucho calor, ¿no crees papi?
—Para mí estuvo bastante fresco— respondió con simpleza. Ya se imaginaba el por qué decía eso su hijo, sonrió de lado. Era tan picarón como él.
—Oh, hum, bueno, pues…qué extraño, yo lo sentí muy caliente— carraspeó nuevamente. Se sonrojó ligeramente, por el hecho de que su última oración tenía doble sentido, claro, teniendo en cuenta lo que hizo con Tom por la noche. Se dio un golpe mental mientras repetía la palabra en su cabeza: Pervertido.
Gordon se dio cuenta de lo incómodo que su hijo se sentía hablando sobre aquel tema, prefirió cambiarlo. –Hace unos días fue tu cumpleaños. Dime, ¿cuántos años cumpliste?
—16— respondió el pelinegro con un aire de orgullo.
—Ya estás viejo— se burló una voz familiar. Tom estaba apoyado contra el faldón de la puerta que daba a la cocina. Su pose era una seductora, la cual hizo babear al menor, además, los botones de su camiseta estaban abiertos, podías divisar muy bien su pecho sin rastro de vellos y con esa piel bronceada y apetecible. Bill movió la cabeza de un lado al otro antes de hablar.
—Mira quien habla, tú eres dos años mayor que yo, así que tú eres el viejo. Idiota— se defendió el pelinegro con tono divertido, pues estaba bromeando.
—Buenos días— saludo el hombre, quien escuchaba su conversación divertido.
—Buen día, señor, ah, digo, papá— sonrió el trenzado. Gordon le devolvió la sonrisa con dulzura. —¿Esa es la forma de saludar a tu hermano mayor, Bill?— se dirigió al menor. Bill bufó y sonrió de lado.
—Buenos días Tom— dijo con ironía. El de trenzas lo abrazó con fuerza hasta tenerlo bien apretado entre sus brazos. –Ah, suéltame, me dejas sin aire— pronto fue soltado y sonrió mirando al mayor. Volteó su mirada hacia delante, al parecer su padre no estaba observándolos, así que procedió y pasar su mano por el pecho de su hermanastro. –Que sexy te ves hoy, bebé— susurró en tono meloso.
—Quiero comerte, pequeño— apretó sus nalgas con fuerza. Por poco Bill suelta un gemido, pero se lo aguanto para que su padre no los descubriera. Lamió los labios de su pareja, demostrándole con eso todas las ganas que tenía por besarlo con pasión y lujuria. Tendría que esperar hasta la noche para que eso sucediera. Se separó de él mientras meneaba las caderas de un lado al otro provocando al mayor.
—¿Cuándo estará lista la comida?— preguntó a su padre volviendo a su voz tierna y dulce que encantaba a todos a su alrededor.
—Muy pronto, ¿qué tal si vas al comedor y acomodas las cosas para el desayuno? Los platos y demás ya están ahí— dijo el hombre, quien se encontraba ocupado tratando de no quemar los huevos revueltos que cocinaba en eso entonces.
—Okey— se fue del lugar saltando como una niña de tres años cuando va al parque. En cuanto no hubo rastro de él en ninguna parte, Gordon procedió con su plan. Algo que estaba planeando desde hace solo algunos minutos.
—¿Tom?
—¿Sí?— preguntó dejando a un lado sus pensamientos pervertidos hacia su hermanastro.
—¿Podrías ayudarme a exprimir esas naranjas para hacer el jugo?
—Claro— se dirigió hacia el estante a sacar algunas naranjas y con su fuerza las exprimió tal como le pidió.
Como el mayor de los dos se dio cuenta que Bill no volvía, habló. –Me he dado cuenta que mi hijo te quiere mucho— Tom no supo que responder a eso, solo asintió con un sonoro: Ajá. –Y, ¿tú lo quieres?
—Sí, señor, lo quiero mucho, con todo mi corazón y alma. Tal como le dije, daría de todo por él, hasta mi propia vida si es necesario. Por eso decidí protegerlo todos estos años en cuanto me di cuenta que estaba sufriendo. Odio verlo llorar— sin querer Tom habló de más, pero ya estaba dicho, no podría retirarlo. Aunque, tal vez Gordon no se daría cuenta sobre lo que ocultaban. Eso esperaba.
—¿Te gusta?— la pregunta llegó como una estaca en el corazón de Tom. Su palpitación se agitó al igual que su respiración, comenzó a sudar y su cuerpo temblaba. Sus mejillas ardieron y, sin duda alguna estaba sonrojado. Bajó la mirada mientras apretaba los dientes maldiciendo cosas inaudibles. ¿A qué venía esa pregunta? ¿Por qué preguntaba esa cosa tan absurda? ¿Qué respondería ahora? Si le decía que “no” estaría mintiendo de una forma bastante cruel, y si decía que “sí” su romance con Bill dejaría de ser un secreto y, tal vez, Gordon ya no lo apreciaría como ahora lo hacía. Murmuró algo que el mayor no pudo escuchar, aunque más bien ese sonido fue el de su cabeza chocar contra un estante sobre él. Llevó su mano a la cabeza mientras maldecía cosas.
—¿Estás bien?
—Sí, sí— repitió el trenzado con el ceño fruncido. Claro, primero aquella pregunta, y ahora el golpe. ¿Podría ser mejor? Se acercó nuevamente a la mesa para seguir con lo que hacía, y sin querer, una traviesa naranja húmeda rodó por la mesa hasta llegar a sus pantalones manchando todo a su paso. Gruño conteniendo un grito. –Mierda— murmuró. Gordon no pudo más que reírse.
—Creo que este no es tu día de suerte— se burló el hombre. Tom bufó.
—Tal parece— volvió a gruñir. Después todo volvió a ser puro silencio. Era incómodo, además por el hecho que todavía había una pregunta sin responder. Aquello todavía seguía rondando por la cabeza del trenzado, y temía que Gordon todavía estuviera esperando a por su respuesta. ¿Qué haría? Pronto, escuchó una dulce voz que tarareaba una canción pegajosa. No cabía ninguna duda de que era Bill, quien al parecer había entrado. Se acercó a Tom y estiró su brazo hacia la alacena. Trataba de sacar un plato, pero estaba tan alto que no podía. El de trenzas lo tomó con facilidad y se lo entregó en manos. Sus dedos se rozaron por un momento, ambos se miraron fijamente por aún con los dedos entrelazados, pero recordaron que su padre estaba presente, por eso Bill se alejó y salió de la cocina. En cuanto se hubo ido, Tom suspiró, y antes de pensarlo dos veces, habló por instinto.
—Sí— dijo.
—¿Sí, qué?— preguntó Gordon.
—Me gusta, me gusta mucho. Lamento decírselo pero así es. Y si usted no nos acepta Bill se pondrá muy triste. Porque, se supone que es su padre, y se supone que usted lo ama mucho, así que debería aceptar esto. Pero si no lo quiere aceptar, y me odia por amar a su hijo, a mi hermanastro, pues hágalo. Ódieme. Después de todo, con tal de tener a Bill a mi lado, soy feliz— respondió en un tono un poco fuerte. Pero fue sorprendido por una mano que se posó en su hombro. Miró a Gordon, quien lo miraba con ternura.
—No tienes por qué preocuparte. No voy a odiarte, además, ya sabía que ustedes dos sentían algo más que simple amor de familia. No pienso interferir en esto, sé que no es correcto, pero no quiero arruinar su felicidad como Simone hizo conmigo. Por eso los voy a apoyar. Pero, no quiero que Bill se entere de que ya sé sobre esto, quiero que sea entre tú y yo. Porque, antes de entregarte a mi hijo, quiero hacerte un examen, si lo pasas, él es tuyo— terminó la última palabra con un tono un poco triste. Perder a su hijo era un sentimiento muy triste y duro para Gordon. Ya había pasado dos años sin su compañía, y con más no podría soportarlo. Aunque, sabía que si lo dejaba con Tom, estaría en buenas manos. Porque se había dado cuenta de lo tanto que lo amaba y cuidaba de él. Sin duda alguna, era la persona perfecta para su hijo. Y si él era feliz con Tom también, pues eso era suficiente para Gordon. Que su hijo fuera feliz para siempre.
—¿En qué consiste ese examen?— preguntó el trenzado intrigado parando con lo que hacía.
—Tienes que demostrarme lo tanto que amas a Bill. Antes de dejarlo en tus manos, quiero estar cien por ciento seguro de que vas a cuidarlo y nunca lo abandonarás. No es que no confié en ti, por ahora ya he visto suficiente y sé que eres un buen chico, pero no me gustaría que Bill sufriera— explicó el hombre.
—No se preocupe, le prometo que lo cuidaré con mi alma. No tiene por qué preocuparse, está en buenas manos— murmuró la última parte mientras miraba a una ventana en la cocina que daba al comedor, donde pudo divisar a un sonriente Bill acomodando las últimas cosas que faltaban por poner en la mesa. Sonrió de oreja a oreja y siguió con su trabajo. Si Gordon quería hacerle ese examen, pues que lo hiciera. El amor de Tom era tan grande que no tenía por qué preocuparse, no debería fingir, no debería hacer nada. Porque aquel amor era visible a cualquier persona que estuviera a su alrededor. Con tal de actuar con naturalidad, estaba bien. Obtendría la aceptación del hombre con facilidad.
En cuanto todo estuvo listo, se sentaron en la mesa a comer, mientras Gordon tomaba un café y buscaba algún empleo por el periódico. Él quería algo que no lo alejara mucho de su hijo. Un trabajo en el cual no se mantenga muy alejado de él, algo en el que pudiera verlo a cualquier hora del día sin falta.
—Está delicioso papá— comentó el pelinegro, ignorando algunas partes quemadas que tenía el revuelto.
—Gracias hijo— sonrió.
—¿Qué haces?— preguntó al notarlo tan concentrado mientras leía el periódico.
—Estoy buscando un empleo.
Bill se asomó para ver la página del periódico lleno de buenos empleos en los cuales su padre podría destacarse. —¿Qué tal este?— preguntó apuntando a un anuncio que decía que se buscaban guardias de seguridad para un centro comercial. –Te iría bien, porque eres fuerte y muy atento— comentó.
—Pero estaría ahí todo el día y no podría verte, quiero algo en lo que no me separe mucho de ustedes. Además, me quedaría parado en un solo lugar sin hacer nada interesante, es muy aburrido— dijo el hombre.
—¿Y este?— preguntó el trenzado entrando a la conversación. Apuntó a un anuncio en el que buscaban a un ayudante para una cafetería en el centro comercial más grande y famoso de la ciudad. Bill siempre iba a ese lugar, si no era para comprar, simplemente se quedaba a pasear. Los centros comerciales le chiflaban, por eso antes solía escaparse con sus amigos a ese lugar. Sería una buena idea.
—Genial— dijo el pelinegro. –Tom y yo podemos ir por ahí a visitarte. No está mal, además haces un café excelente— lo elogió.
—Puede ser, no es una mala idea. ¿Qué tal si vamos esta tarde y vemos qué tal?
—Sí— chilló el pelinegro.
Esta tarde, tal como había dicho, fueron al centro comercial para preguntar sobre el trabajo en ese lugar. El local era muy lindo. Tenía un estilo hippie. Las cortinas coloridas colgaban en la entrada como si fuera una puerta, por dentro todo era lleno de luces colgantes y otras cosas por el estilo. Había grafitis en las paredes que decían cosas como: Paz, Amor, No a las Guerras. Era bastante hippie. La música era un rock suave y a veces fuerte. Escuchabas a los Beatles, Rolling Stones y otras cosas de ese estilo. Las mesas eran redondas y de madera, algunas de color rojo, otras verdes o azules. Las sillas eran mini—sillones muy cómodos. Y había un puesto en forma de carro para pedir el café. Hasta los camareros estaban vestidos con pañoletas de varios colores— obviamente teñidas— algunos llevaban overoles también teñidos, y otros camisetas blancas con manchas de pintura y unos jeans y zapatos marca Converse (también teñidos).
A Bill le encantó el lugar, además por ese dulce olor a incienso mezclado con el fuerte olor a café. Era simplemente único, te recordaba a esos días en los cuales la gente iba de varios colores, pidiendo paz y demás. Tom no tuvo tiempo para mirar muy bien el lugar, algunas chicas estaban coqueteando con él, y pues, el trenzado no estaba interesado en ellas, así que las rechazó demostrándoles que él ya tenía dueño. Tomó la mano de su pequeño y lo miró de una forma especial. Agradeció por dentro que al menos ya no llevaba rastas. Porque si no, nunca lo dejarían en paz. En otro lado, Gordon estaba más que encantado. Recordó aquellos tiempos cuando iba a la universidad. Recordó que antes tenía un pequeño grupo de amigos, los cuales todos eran hippies. Fue algo mágico para él.
—Buenos días— los saludó uno de los que trabajan ahí. —¿En qué puedo ayudarlo?
—Buenos días, vinimos por el anuncio en el periódico— dijo el mayor de los tres.
—Claro, venga conmigo— los guio hasta una pequeña habitación, en la cual seguro estaba el jefe.
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Al salir del lugar, Gordon ya tenía un trabajo. Su primer día empezaría el lunes, y debería ir a trabajar los lunes, miércoles y viernes desde la una de la tarde hasta las siete de la noche. Sí, era mucho tiempo, pero le pagarían bien, y además, estaría bastante tiempo con sus hijos.
Y para celebrar aquello, se pusieron a pasear por el centro comercial, comerían algo en el patio de comidas y después de algunas compras de los típicos caprichos de Bill, volvieron a casa para dormir. Porque ya era bastante tarde. Como el día anterior, se pusieron sus pijamas y durmieron en los sillones.
—Hasta mañana hijo— se despidió el hombre.
—Duerme bien, papi.
—Buenas noches, Tom— dijo mientras le guiñaba un ojo, seguido de una mirada pícara hacia Bill. El trenzado sonrió y negó con la cabeza en forma de burla, luego le guiñó el ojo antes de que el mayor se fuera a su cama. Y en cuanto no estuvo presente, esta vez fue Bill quien se acomodó en el sillón donde estaba Tom. Apoyó su cabeza contra el pecho descubierto de su hermanastro y dejó algunos besos por ahí.
—Me alegra que al final, todo haya salido bien— susurró el pelinegro.
—Yo también estoy feliz— dijo el trenzado acariciando los oscuros cabellos del menor. –Espero que con el tiempo, todo siga mejorando poco a poco— susurró antes de dejar vagar sus manos por la espalda del otro hasta llegar a su trasero y hacer lo que en la mañana deseaba. El menor soltó un gemido, y antes de hundir sus labios contra los del mayor, dijo:
—Así será, Tommy— y sus labios se unieron en un beso húmedo y necesitado. Mientras Tom toqueteaba ese trasero tan redondito que su hermanastro poseía.
Tal como había dicho, todo fue mejorando con los meses y los años. Gordon tenía suficiente dinero como para mudarse a un lugar más bonito y no tan roto como ese feo apartamento. Ahora vivían en una casita, chiquita pero muy linda. Tenían un gran jardín lleno de flores y algunos arbolitos. Tom y Bill compartían una sola habitación en donde dormían en una cama para dos. Lo cual era una ventaja, porque así podían disfrutar de apasionadas noches juntos. Por las tardes iban al centro comercial para hacerle compañía a su padre, y también pasear por ahí admirando las hermosas ropas que Bill tanto deseaba. Y pues, Tom siempre terminaba comprando todo lo que su pequeño deseaba. Además había empezado a trabajar en el mismo local que Gordon después de sus clases en la universidad. En cuanto al pelinegro, él no trabajaba, se la pasaba fotografiando cada cosa que veía por ahí. Le encantaba su cámara, y deseaba convertirse en un fotógrafo profesional. Y hasta ahora le iba bastante bien.
Le gusta tomar fotos oscuras, de estilo triste. No sabía por qué, pero según él, era el estilo apropiado. Además porque, entre todas esas fotografías, cada una reflejaba una parte de su vida. Por ejemplo: Sombras, sufrimiento, tristeza, dolor, amor. Nunca había tomado una alegre, no quería, no le gustaba la idea. Aunque él era feliz, le gustaba ver sus obras tan oscuras como su pasado. Tal vez suene un poco cruel, sin embargo no le importaba que tan cruda sea la foto, solo quería mostrarle al mundo aquel sentimiento que lo invadía en su interior. Un sentimiento que, a pesar de que ya lo había perdido, las cicatrices seguían ahí, y el dolor no se había esfumado del todo.
Aquellas fotografías se hicieron cada vez más famosas. Poco a poco Bill fue reconocido como un gran fotógrafo con solo 18 años de edad. Le pedían ser fotógrafo para algunas revistas, tampoco dejaba de lado su estilo oscuro, en cada fotografía siempre había algo triste que se destacaba. Y eso impresionó a la sociedad. Sin duda alguna, todos estaban enamorados de aquel talentoso fotógrafo. Sin embargo, la fama no le importaba al pelinegro, lo que le importaba era mantener a su familia en pie y cuidar de su amado y su querido padre. Cada día le agradecía a Gordon por haberle dado esa hermosa cámara con la cual, había logrado cosas grandes que una persona tan joven como él no hubiera logrado tan fácilmente.
Sin duda alguna, todo había mejorado increíblemente. Pero, no todo siempre es color de rosa y sonrisas por doquier. Siempre habrá un día en el que la tragedia se hará presente.
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El sol se posó sobre los ojos achocolatados del pelinegro, quien los abrió y sonrió. Dándole una amistosa bienvenida a un nuevo y asombroso día. Bostezó y estiró los brazos, y de un saltó salió de la cama y se encaminó a la ducha. Tomó un baño rápido y se vistió con unas hermosas prendas que su hermanastro le había regalado en su cumpleaños de 18 años. En cuanto terminó de ponerse sus botas, decidió despertar a su amado.
—Tommy— susurró en tono meloso arrastrándose hacia él. Mordió el lóbulo de su oreja antes de seguir. –Despierta, Tommy— volvió a susurrar pasando sus manos sobre el torso desnudo del otro y dejó algunos besos por su vientre. –Tommy— repitió. Pronto, sintió unas manos acariciar su cabello, y sonrió.
—Qué hermosa forma de despertarme, deberías hacerlo a menudo— se burló el de trenzas.
—Buenos días— le di un besito en la frente y salió de la cama.
—Buen día, Bill. ¿A dónde vas a ir?— preguntó notando la forma tan atractiva en la que estaba vestido.
—Me llamaron para tomar fotos a unas modelos para una revista— explicó.
—No sabes los celos que siento cada vez que vas a sacarles foto a esas perras— dijo Tom. El menor no pudo más que reírse por su comentario y volvió a acostarse junto a su hermanastro.
—No tienes por qué estar celoso. Tú sabes que estas tipejas no me interesan, son unas simples putas. Además te tengo a ti. ¿Por qué querría estar con alguna de ellas?
Tom sonrió, y dejó un dulce beso sobre los labios del menor. —¿Te veo más tarde en la cafetería?— preguntó.
—Obvio, estaré allí por la tarde— se despidió con otro beso y salió de la habitación. Saludó a su padre, quien ya desayunaba en la mesa. Lo acompañó un rato antes de irse a trabajar.
Tomó un bus que lo llevó cerca de su destino, luego tuvo que caminar un poco hasta llegar al gigantesco edificio.
La mañana fue agotadora, ya que las modelos se quejaban por su estilo tan oscuro y tristón. Ellas querían que en las fotos salieran más alegres y todo de color rosa y arcoíris por ahí y por allá y otras mierdas. Hasta que el jefe tuvo que explicarles que la foto debía ser así por razones que Bill no pudo escuchar, estaba muy molesto con aquellas perras cabeza hueca que lo habían insultado. Y por eso, decidió tomar las fotos más oscuras y crudas que nunca había tomado en su vida. Al parecer quedaron geniales y al dueño de la revista le gustó, peor como se lo esperaba, las modelos quedaron más que molestas y mandaron a demandar al pelinegro. Sin embargo nadie les dio importancia, porque eran unas simples chicas mimadas. —“Y por eso Tom, no tienes por qué sentir celos”— se dijo así mismo.
En cuanto todo había terminado, Bill decidió encaminarse hacia el centro comercial para tranquilizarse un poco por esa agitada mañana. Necesitaba un momento de relajación, en otras palabras, necesitaba comprar ropa.
Caminó unos metros hasta la parada de auto—bus más cercano, y algo lo hizo saltar del susto. Su celular comenzó a vibrar dentro de sus pantalones. Lo sacó de ese ajustado lugar y contestó.
—¿Hola?
—¡Bill! ¿¡Dónde estás!?— la voz de Tom sonaba asustada, cansada y triste. ¿Por qué?
—Tommy, estoy de ida al centro, ¿qué pasó?— preguntó preocupado.
—Es… es que… es…— comenzó a sollozar con fuerzas, lo cual preocupó mucho más al menor.
—¡Dime!
—Bill, no es tan fácil— murmuró conteniendo los llantos.
—Entonces iré. ¿Dónde estás?— preguntó.
—¡No! ¡No vengas! ¡Por favor no!
—¡Voy a ir! ¡Estoy muy preocupado! ¡Iré te guste o no!— gritó sin mucha paciencia. No entendía por qué no le decía de una maldita vez. Era extraño, pero eso no importaba, estaba muy preocupado, nunca había escuchado a su hermanastro llorar de esa forma. Seguro era algo muy grave.
—¡Bill! ¡No lo entiendes! ¡No puedes venir!
—¿¡Por qué!? ¿¡Por qué no puedo!? ¡Dime de una vez qué es lo que está pasando o…!
—¡Gordon murió!
& Continuará &