
Fic TOLL de Namyukaulitz
Capítulo 5
Bill abrió los ojos de golpe y se apartó el antebrazo del los ojos, sentándose sobre la cama rápidamente, medio despertado, creyendo que se había quedado dormido por unos minutos, pero al darse cuenta que la luz estaba apagada, se quedó confundido hasta que de reojo alcanzó a percibir a quien lo acompañaba en la cama.
Tom se había despertado con el movimiento brusco de Bill.
—Perdón, me quedé dormido… —se disculpó Bill, antes de darse cuenta de la sensación que tenía sobre el brazo, entendió que Tom se había dormido a su lado. —Perdón también por eso… No me había dado cuenta que te dormiste conmigo…
—Está bien… ¿Estás bien? —preguntó Tom, sintiendo su aflicción, sentandose de piernas cruzadas sobre la cama.
Bill se dio cuenta que quizás parecía asustado por haberse despertado de golpe, por lo que asintió mientras sonreía levemente de manera tranquilizadora.
—Estoy bien, sólo… me lamento por haberme perdido la cena —expresó Bill en voz baja.
La luz del faro girando de manera rítmica, iluminaba tenuemente la habitación cada tanto, a través de la ventana, por lo que era más fácil detallar la mirada del otro.
Tom no dijo nada, por lo que Bill desvió la mirada a la cama, dándose cuenta realmente de lo pequeña que era, que parecía que la única forma en la que pudieron dormir juntos era de manera vertical en la horizontal de la cama.
—Bill… —llamó el selkie, por lo que Bill tuvo que apartar la vista del colchón para verlo. —¿Puedo tener un beso?
Bill lo pensó por un momento, incluso si la luz del faro no los estuviera iluminando en la penumbra cada pocos segundos, lograría ver ese brillo tembloroso en los ojos del selkie.
Estaba lleno de anhelo que abarcaba e iluminaba su melancolía perpetua en ese instante.
No podía decir que él no quería repetir lo que habían hecho en la mañana, volver a sentir sus labios salados por el agua y dulces por las cerezas, aunque en ese momento probablemente no sabría ni salado ni dulce.
—Mis labios no sabrán a nada… —murmuró Bill, recordando que Tom buscaba esos contactos cada que comía algo, aunque después de saber y enseñarle que era un beso, probablemente eso iba a cambiar. —¿Por qué lo quieres?
—Quiero sentirte…. vibrar contigo —respondió Tom.
Tom nunca dudaba al responder, era seguro con lo que expresaba.
Bill sonrió con algo que… no sabía cómo nombrar, algo inefable que sintió situarse en su pecho en ese momento, se asentó con las piernas cruzadas sobre la cama, frente a él, con las almohadas detrás suyo.
Tom se puso de rodillas y gateó hacia él, al estar cerca, Bill sostuvo su cabeza y acercó sus rostros.
Ambos observaron sus rostros, antes de que Tom cerrara los ojos, manteniendo los labios cerrados, esperando la presión suave, Bill inhaló aire y cerró los ojos, juntando sus labios justo cuando la luz del faro los iluminó por unos milisegundos.
Tom se presionó también, recordando las palabras de Bill sobre cómo era un beso, esto no tomó desprevenido al azabache, quien movió sus labios tenuemente, y el selkie lo imitó.
Un beso, que capricho tan natural.
No se sintió antinatural para Tom, tomando la mano de Bill para llevarla a su pecho, presionando su palma contra la tela de su camisa.
Bill aferró sus dedos a la mano de Tom, percibiendo como el cuerpo de Tom se sentía tan caliente como un cuerpo humano normal, quizás hasta más.
El selkie buscó más profundidad, más cercanía, como la del agua penetrando su piel, por lo que hizo que Bill se recostara sobre las almohadas dejando su cabeza pegada a la pared, moviéndose hasta posarse sobre sus piernas.
Quería sumergirse en él, sentir que su cercanía era el mar, su hogar, donde debía estar.
Bill identificó muy bien esta intensidad, sobre todo cuando sintió su peso sobre su regazo, las rastas largas de Tom acariciaban suavemente el dorso de su mano con la que lo sostenía de la cabeza.
Tragó saliva, estaba comenzando a salivar de más, y no era por no haber cenado y tener hambre, era por algo que con Tom encima suyo no podía evitar.
Con su mano sobre su pecho, lo alejó un poco, haciendo que se rompiera el beso, dejando el sonido de sus labios despegándose en medio de sus rostros.
Tom abrió los ojos, encontrando a los de Bill viéndolo fijamente con la respiración lenta pero pesada, se quedó quieto, y Bill pasó de sostenerlo por la cabeza para acariciarle la mejilla, a lo que Tom ladeo la cabeza contra su mano, sin casi parpadear.
—Estás burbujeando… como el agua caliente —mencionó Tom con voz tenue.
La mirada de Tom tenía algo que muy pocas veces se ve en los humanos, en momentos como ese: deseo y necesidad, puros pero inocentes.
Esa mesura en su mirada contrastaba mucho con lo caliente que estaba su cuerpo, sí él era un agua burbujeante, Tom ya era agua hervida.
—Me estás quemando… como la arena cuando se calienta, no sé si volver a la sombra o meterme en el mar —confesó Bill, con su respiración cada vez tan pesada, entrecortandose.
Tom apretó la mano de Bill que aún seguía en su pecho.
—Quiero sentir tu espíritu por debajo de mi piel, sumérgete en mí —exhortó Tom, rozando la punta de su nariz con la de Bill.
Esas palabras hicieron que el pecho de Bill se agitara más, y prestara atención a como el mar sonaba también más agitado.
—Somos dos chicos… nuestro cuerpo es masculino, tu cuerpo es el de un hombre y… no quiero hacerte daño si hago eso… —vocalizó Bill, el cuerpo humano de Tom correspondía al de un hombre, y si Bill se sumergia, podía hacerle daño si no era cuidadoso o tenía las herramientas para que fuera fácil, y no las tenía.
No sabía qué hacer.
—Voy a estar bien, voy a estar contigo, mi cuerpo, mi espíritu lo sabe —declaró Tom, con sus labios cada vez más cerca de los de Bill, y su cuerpo presionando más contra él.
Bill no se sentía seguro, no era que no confiara en sus palabras, pero se aferraba a lo que sabía como humano, los límites del cuerpo, pero el cuerpo que tenía encima, aunque se viera como uno humano, no se sentía como tal, su suavidad, su sedosidad, su peso, su temperatura, su belleza, su transparencia no era propiamente humana, no del todo.
—Tom… —dijo Bill, desviando la mirada a sus labios por unos segundos. —Tu cuerpo no es algo que yo pueda tomar de manera descuidada, eres especial y por eso no puedo verte como lo haría con un humano normal.
Tom frunció ligeramente el ceño, y se apartó de él con una movilidad casi imperceptible que hizo que la mano de Bill que antes estaba en su pecho quedara sobre aire por unos segundos como si aún estuviera tocando su pecho, sentándose sobre la cama, Bill pensó que lo había hecho sentir rechazado, hasta que vió como el selkie comenzaba a desvestirse con torpeza y prisa.
Se deshizo de la ropa como quien se quita una telaraña pegada.
Aunque no quiso verlo, pero no a literalmente verlo, sino ver su desnudez como algo provocativo, no pudo evitarlo, ni siquiera desviar la mirada hubiera sido suficiente.
La luz del faro iluminó su cuerpo mientras volvía a acercarse a él, a gatas, poniendo sus manos sobre el cuerpo de Bill hasta acercar su rostro a su cuello, clavando sus dientes en el cuello de Bill.
Bill reprimió un gemido en cuanto sintió los dientes de Tom clavarse en su cuello. Eso no fue un comportamiento humano, sabía que eso era comportamiento animal y que quería decir explicitamente sin necesidad de palabras con términos de un libro de biología humana o una revista sexual.
Espiritualmente ya se habían encontrado, pero físicamente Tom lo estaba reclamando como «su garañón», estaba claro cómo percibió el selkie físicamente. Lo vió como un macho de su especie, lo cual dejaba un poco desconcertado a Bill en ese momento, porque Tom físicamente también era un macho de especie humana… aunque, recordaba lo que le había explicado antes Tom, se adaptan.
¿Tom se había adaptado a él?
Eso parecía al posar su cuerpo pálido como si no estuviera hecho de carne y hueso, sino de sal, espuma y arena blanca.
Físicamente Bill sabía que estaba ya hirviendo, sobre todo con ese bulto en sus pantalones que lo hacía preguntarse si Tom ya era consciente de que ya se había alzado y endurecido; pero se sentía como si estuviera en medio de una isla desierta en medio del mar, mojado y temblando de frío teniendo la necesidad de aferrarse a la única cosa que pudiera darle calor, algo con una necesidad de una persona en una situación deplorable.
La mordía lo tenía temeroso, no porque Tom le hiciera daño, sino porque lo estaba disfrutando, sobre todo porque él no dejaba sus labios quietos, los movía.
Bill estaba completamente sonrojado y no sabía si era por la excitación o por la vergüenza, nadie lo estaba viendo, estaba solo con Tom, en su habitación oscura que dada pocos segundos se iluminaba tenuemente, incluso la luz era modesta, como si no quisiera molestarlos.
Ya antes había tocado el cuerpo desnudo de Tom, como cuando lo cargo o lo abrazo en la playa, sus dedos ya sabían cómo se sentía, pero en ese momento no lo había hecho para centrarse en cómo eso lo hacía sentir.
Pero ahora si quería pasar sus dedos por su piel, recorrerla, realmente sentirla, que el sentido del tacto en sus manos lo explorara como si fuera la primera vez que tocaba algo.
Tom apartó su cabeza del cuello de Bill, dejando la marca de sus dientes sobre su piel, para después subir, buscar sus labios, los cuales estaban entreabiertos, y se presionó, moviendo sus befos.
Bill cerró los ojos, correspondió, lo sostuvo por la cabeza con su mano derecha y con la izquierda lo tomó por la cintura, rodeándolo con su brazo.
Su mano en la cintura de Tom, frotó su cuerpo, del lado derecho de su cadera e inicio de muslo hasta la cintura, subiendo y bajando, su intentando detallar la textura suave de su piel.
No quería apretar, aunque sus dedos se intentarán cerrar para aferrarse y clavarse en su piel, cuando tomaba un puño de arena que se escurría entre sus dedos como agua, no quería que Tom se escurriera de su mano en ese momento.
Sus cuerpos estaban presionados, uno contra el otro, por lo que las manos de Tom quedaron en medio de ellos, apretadas y apretando la camisa de Bill, ante esta cercanía, sintió la presión de la salud fuerte de Bill en su ingle, eso lo puso muy contento y en el movimiento de sus labios más animados lo demostró.
Su instinto estaba más que feliz y satisfecha con la pareja que había encontrado y tenía sus manos encima de su cuerpo.
Bill hizo que se inclinaran al lado izquierdo, de lado de la pared, y acostó a Tom de lado a sobre las almohadas, tomándolo por la espalda baja.
Ser movido no fue algo que pareció perturbar a Tom, por lo que Bill se abrió paso entre sus piernas con su pierna derecha, abriendolas un poco, permitiendo más espació, para bajar su mano, con una curiosidad humana por saber cómo era que Tom se había adaptado a él.
Su mano se deslizó como una ola, pasando disfrutando de su carnosidad baja, y sus dedos buscaron ir más fondo, tocando algo, liso y pegajoso. Empapó sus dedos con eso que Tom emanaba y después sacó la mano, separándose de los labios para ver con sus propios ojos qué era, pues sentirlo no era suficiente.
Tom también se separó para dirigir su mirada a los dedos de Bill.
Al separar los dedos quedó un pequeño hilo en medio, transparente, jugoso, Bill ya había visto y sentido ese líquido antes, que en los humanos era únicamente propio de las mujeres.
Esto era imposible en un hombre, pero Tom no era un hombre humano común, su naturaleza era una incógnita, le era preciosa a Bill.
Era el sentido más literal de «acoplarse a tu pareja». Que hiciera eso le decía que tanto estaba dispuesto a Tom a sumergirse en su cuerpo, a sus necesidades, que tanto lo tomaba en cuenta como su pareja.
Su cuerpo se había transformado en un manantial donde brota agua para un sediento de unión.
Quería nadar, hasta lo profundo en esas aguas, quería probarlas.
Acercó los dedos a su rostro, para respirar, quería saber a qué olía y sabía el agua de Tom.
Olía a maresía, Bill cerró los ojos, teniendo un destello de sus primeros días como recién nacido, el olor que le llegaba cuando estaba en los brazos de su madre o en su cuna desde la ventana.
De pequeño, según sus padres, sólo lloraba cuando estaba en lugares cerrados, con las ventanas y puertas atrancadas, no era claustrofobia era ser arrancando de ese olor salado que lo hacía respirar tan bien, tan profundamente que la sal se colaba en sus pulmones hasta volverse bolsas de sal.
Entonces Tom y él siempre estuvieron hechos de sal. Uno por respirarla desde el nacimiento y el otro por estar cubierta de ella desde nacimiento.
Lamió la punta de sus dedos, era salado con una mezcla de agua dulce.
Como almizcle de cereza salada.
Siempre creyó que su gusto específico por las cerezas por sobre otra fruta era un capricho, un gusto quisquilloso e infantil, no que así sabría su pareja, de manera natural y no artificial.
O quizás simplemente le había dado a Tom tantas cerezas que de seguro su sangre era jalea de cereza.
Por mucho que le gustaran las cerezas, no quería verlo sangrar, quería que la única forma de probar su fluido fuera por una razón buena, como esta, su lubricación, su esencia seductora.
Al abrir los ojos, rápidamente conectó con los de Tom, saliendo de su mente de sal.
Aunque no tenia un sonrisa en el rostro, parecía muy satisfecho con que Bill lo probara.
—No comprendo que eres, mi mente humana es limitada, pero lo veo, lo toco, lo degusto y lo huelo, pero… quisiera escuchar de tu boca lo que dicen las olas —manifiesto Bill, pasando uno de sus dedos, todavía empapados sobre el labio inferior de Tom, dejándolo cubierto por un labial brilloso.
Para después bajar nuevamente su mano, si su cuerpo no se alejaba demasiado de la de un humano, sabía que podía hacer sentir cosas dulces desde adentro a Tom, por lo que sus dedos se deslizarón con facilidad en su interior.
Sus dedos largos hicieron fácil, llegar sin empujarse demasiado, sabiendo que había dado cuando Tom se arqueó y soltó un gemido, pequeño, casi inaudible, pero lo suficientemente caliente como para saber que ese contacto era agradable.
La roca caliente en sus pantalones de pijama exigía reemplazar sus dedos, pero Bill quería que sus manos, sus dedos se arrugarán primero, que en sus uñas quedaran impregnadas su esencia.
Tom se frotaba con él, moviendo su pelvis para presionar sobre la dureza de su pareja, sus jadeos calientes acariciaban la mejilla de Bill
El interior de Tom era suave, no se sentían como músculos, sino como arena, no por la sensación arenosa, sino porque lo abrazaba bien, justo como debía ser.
—Bill… —soltó Tom llamándolo sobre sus labios, poniendo su mano sobre su cuello.
Que bueno era Bill para saber que queria Tom sin necesidad de palabras o de que formaba oraciones completas.
La simple forma de llamarlo por su nombre era suficiente.
La ropa estaba de más a ese punto, el pijama comenzaba a incomodarle a Bill, igual que a Tom le incomodaba tener que acostumbrarse a usar ropa.
Deseaba estar desnudo simplemente parpadeando.
Pero tenía que alejarse, por unos segundos, para tomar más oxígeno para seguirse sumergiendo.
Le acarició la punta de la nariz, antes de que sus manos, de manera arrastrada, como las olas cuando se retraen sobre la arena, se alejaron de su piel.
Bill se despojó de su camisa, pantalones y ropa interior con la velocidad de un parpadeo. Por lo que Tom no sintió por mucho tiempo la falta de sus manos en su cuerpo, cuando Bill volvió a tomarlo, abriendo sus piernas con su pierna derecha.
Esta vez el enredado de sus piernas se sintió de mejor manera, sin ninguna barrera la sensación de sus pieles juntas era un abrazo que buscar dar calidez.
Tom bajó la mirada al miembro de Bill, que estaba tan mojado y acuoso como su interior, era rojizo, largo, delgado y curvado, no le fue extraño, lo deseó con más fuerza, como si ya antes lo hubiera visto y le fuera familiar.
Los miembros de ambos están cerca, Bill los observó juntos, desde que lo había encontrado desnudo, ya le había visto la entrepierna, sobre todo cuando lo limpio por primera vez, no era un detalle al que hubiera sido ciego, sólo no lo detallo, hasta ahora: era pálido, como el resto de la piel de Tom, pero con la punta sonrojada.
Tom levantó el rostro de Bill, con sus dedos, para que lo viera, se observaron en silencio por unos segundos.
«No contengas lo nuestro, de humano a selkie».
«Es demasiado pronto para llamarlo amor, pero voy a demostrarte cuanto significas para mí, algo ni quisiera tiene nombre entre los míos».
Bill con su mano izquierda lo sostuvo por la espalda, con su mano derecha se aferró a su cadera, y flexiono su pierna para abrirse más espacio entre sus piernas, dejando una pierna de Tom levantada y apoyada sobre la suya, acomodándose de tal forma de que por fin pudieran saciar su sed.
Tomó su miembro, y lo alineó a la entrada que rebalsaba de humedad, rozó primero su glande.
Tom volvió a aferrar su mano a su cuello, manteniendo la mirada en la de Bill, no había necesidad de ver su unión directamente, solamente de sentirla mientras se perdían en la profundidad de sus ojos dilatados, nadando entre las estrellas que brillaban intensamente.
Bill empujó su pelvis, entrando, siendo gentilmente recibido por una sensación abrumadora de acoplamiento perfecto.
La forma más realista de lo que era entrar al mar. Humedad que se apega a tu piel, te cubre y te presiona de tal forma que no sabes si quedarte ahí o salir a respirar.
—Vibras… tu corazón vibra dentro de mí —masculló Tom, disfrutando de ese palpitar en su interior que le llegaba hasta su propio pecho.
Bill se rió de manera baja y le beso el centro de las cejas. Aunque eso que vibraba Tom no era realmente su corazón, sino su miembro que estaba contenido y explotaría como una erupción volcánica dentro de poco, podría decirse que sí, también era una forma de compartir su corazón, de que experimentará como hacía palpitar su corazón.
—Unidos así, no sé donde inicia mi vida, mi vibración, y donde termina para iniciar la tuya —continuó el selkie.
Bill bajó la pierna, dejando que sus piernas entrelazadas sintieran el peso y el calor de estar así de unidos y cerca, acariciando a Tom desde la rodilla, pasando el muslo hasta llegar a su rostro, acariciándolo con el pulgar.
—En este momento no hay distinción de tu cuerpo con el mío, somos un solo corazón, Tom, uno que palpita por los dos —recitó Bill, tomándolo de la mandíbula para juntar sus labios, mientras su pelvis comenzaba a moverse siguiendo la sincronía de las olas de afuera.
Tom también movió su pelvis, como dos olas que chocan en la superficie porque no tienen claro a qué lado tienen que ir, sólo que ellos sí sabían a donde iban, a que arena iban a terminar.
Esto le recordaba a su hogar, la sensación de ser envuelto y guiado por el movimiento del agua, aunque, al pensar ahora en la en el mar, no sentía tanta falta por su piel, Bill le brindaba la misma calidez y seguridad de su piel.
Era todo lo que había conocido desde que nació, pero en un cuerpo humano.
Bill no era sólo su garañón, su humano, su pareja, era su nuevo hogar y su nueva piel.
Estaban tan unidos que el aroma de Bill ya no se distinguia tanto, aunque sabía que estaba ahí, mezclado.
Para Bill, la cama parecía hasta más grande en ese momento, por lo juntos que estaban, que pareciera que era un sólo ser compartiendo la suavidad del colchón, las sábanas y las almohadas.
El mar se escuchaba azotar junto con ellos, agitando el viento, tanto que hasta la ventana de la habitación se abrió más de manera abrupta, y la puerta entreabierta se cerró.
Pero ni esos sonidos secos y abruptos los hizo perderse del movimiento de sus pelvis, que chocaban como dos olas que terminaban uniéndose para formar una sola, más grande.
Ni el sonido del mar fragoso azotando las piedras y la arena opacaban los gemidos de Tom, era como volver a ser una foca, emitiendo esos sonidos.
Bill no sabía si el mar los envidiaba o los estaba animando, pues sus aguas moviéndose con tanta insistencia le hacía sentir que lograba entrar agua por la ventana y se deslizaba por sus cuerpos.
Aunque podía ser eso, la salpicadura del mar, o el agua de sus propios cuerpos, su sudor.
Sentía que el mar los salpicaba, que empapaban sus pieles como si hubieran estado dentro del agua salada.
Para Tom, el mar simplemente estaba feliz por su unión, intentando darles su bendición, intentando llegar hasta la ventana para entrar y bañarlos.
El cuerpo de Bill no se tenso cuando llegó el momento, simplemente salió, su esencia se fusionó con la de Tom en su interior.
Tom abrió en grande los ojos y se separó del beso con los labios entreabiertos, al recibir el agua de Bill dentro de sí.
Su sorpresa era mucha, por esa nueva sensación, que nunca había sentido, como si agua salada y el agua dulce se colisionaran dentro de su cuerpo.
—Me has hecho sentir vida, has dejado tu vida en mí —gimió Tom, tomando con ambas manos el rostro de Bill para presionarse contra sus labios nuevamente, esta vez con más fuerza, más pasión, sus aguas se habían entrelazado.
Bill puso su mano firme en su cintura, sintiendo como Tom lo salpicaba con su propia esencia.
Se acurrucaron contra la pared, dejando de mover sus pelvis y el mar se calmó.
Incluso escurridos, Tom no dejo de sentir a Bill palpitar dentro suyo, y el pecho de Tom besaba el pecho de Bill con cada latido, algo que duró por un buen rato, incluso cuando sus cuerpos cedían al cansancio.
Bill lo abrazó conforme la energía de su cuerpo se evaporaba como agua bajo el sol, dejó su cabeza descansar en el cuello de Tom.
Tom lo imitó, sus brazos buscaron cubrir a Bill, sin saber que eso se llamaba y era un abrazo en términos humanos.
—Tu vida también ha mojado la mía, Tom, y nunca va a secarse, ni por más fuerte que sea el viento —masculló Bill, cerrando los ojos, hundiendo su nariz en el sudor del selkie.
El selkie no se lo dijo, pero era la primera vez en más de un siglo de vida que estaba tan entrelazado con otro ser.
No era ajeno al tacto, no a cualquier otro que hubiera sentido antes, caliente y humano, era como probar la naturaleza de la tierra desde adentro.
El sueño inundó a Bill, había utilizado la poca energía que el sueño corto le dio, y la suavidad de Tom lo hacía sentir tan cómodo, se alejó del mar a un campo de algodón.
Tom dejó que durmiera, aunque él no pudo quedarse dormido de inmediato, quedándose con el latir de Bill, quedándose dormido eventualmente.
Durmieron por casi dos horas, descansando sus cuerpos, hasta que el golpe de realidad los azotó con un viento frío que entró por la ventana.
Y despertó a Bill, recordandole que un cuerpo humano necesita abrigo, apartó el rostro del cuello que aún conservaba humedad, de Tom, y al alzar la mirada, el selkie ya tenía los ojos abiertos.
Bill le sonrió, entrecerrando sus ojos, dándose cuenta que la claridad blanca y pálida se asomaba, estaba amaneciendo, aunque la habitación aun estaba sombría.
—¿Te quedaste despierto? —preguntó el azabache, preocupado por la falta de descanso del selkie, mientras le apartaba una rasta del rostro para ponersela detrás de la oreja.
—Quería sentirte un poco más antes de cerrar los ojos —respondió Tom, ladeando su cabeza sobre la mano de Bill. —Me siento muy vivo.
Al escucharlo, Bill desvió la mirada a sus piernas entrelazadas, todavía en su interior, honestamente, no quería salir, quería quedarse ahí, entrelazado al selkie hasta perder la noción del tiempo.
Pero su cuerpo humano era egoísta con sus necesidades, tenía hambre.
—¿Vas a irte hoy otra vez? —preguntó Tom, en un susurró al ver que Bill había apartado la mirada.
Ese tono devastado de Tom no le sorprendió a Bill, aunque aún era difícil que alguien llorara por su ausencia de horas, no le molestaba, y aunque sí en sus posibilidades estuviera, pasaría todo el dia con él, pero tenía responsabilidades de las cuales no quería deshacerse, teniendo todavía ese sentimiento de individualidad tan característico en humanos.
Quizás no debía hacerlo, no debía acostumbrarlo, pero, por esta vez, por este dia, podia quedarse con él.
No tendría que explicarle nada a Gordon, ni dar una excusa demasiado rebuscada, simplemente disculparse y decir que no pudo asistir, aunque seguramente su jefe le preguntaría si era para escaparse y tener un día con «su afortunada», lo cual, sería hasta cierto punto, verdad.
Bill se quedó por un momento más dentro de Tom, y le acarició el rostro, teniendo el atrevimiento de delinear cada detalle de su rostro con los dedos.
—Desde que nacemos los humanos venimos con derechos y deberes, responsabilidades, cosas que tenemos que hacer y es parte natural de nuestra vida, estudiar, aprender a contar, a leer, trabajar, movernos, buscar algo cosas que nos den propósito, beneficios y espacio, es un ciclo, uno muy moderno —explicó Bill, cerca de rostro, con la voz baja como si el mar pudiera escucharlo y pudiera regañarlo por tener que introducir a Tom a este mundo terrenal tan modernamente complicado, pero tenía que hacerlo, explicarle. —En mi naturaleza no está la unión y dependencia física permanente, supongo que es la parte razonable del cerebro que dicta eso… no lo sé muy bien, me gusta estar aquí, contigo, sentirte, disfruto de tu compañía, y esa cercanía si es una necesidad que creo ahora… voy a desarrollar contigo, pero soy una persona como cualquier otra, que así como necesita compañía, necesita su propio espacio, su propio aire y calidez.
Tom lo escuchó detenidamente, aunque sus palabras y toques no eran un rechazó, comprendía que Bill le estaba explicando sobre la individualidad, con sabia lo que era estar solo por voluntad propia, él pasó mucho tiempo en esa soledad, cuando estaba en su hogar, pero ahora, esa soledad sonaba muy helada pero no violenta.
—En mi mundo, en mi tierra, nosotros tenemos lo que tenemos porque lo conseguimos con lo que hacemos, la comida que papá te cocina la tenemos porque él trabaja como farero, todo tiene un propósito, todo lo que ves aquí, lo que tengo es porque alguien hizo algo para que lo tuviera, a comparación de tu mundo, en el mío no solo basta con salir a cazar, los peces aquí son una oportunidad a la cual no todos los de mi especie tienen el privilegio de acceder, algo como las presas y los cazadores del océano, pero aquí es más injusto, mi vida es diferente a las de otras personas pero no únicamente porque te tengo a ti aquí, sino por el contexto en el que nací, hay quienes no pueden cazar su alimento, no pueden descansar dignamente y tienen que contar las raciones, dinero, comida, ropa, y esas necesidades de algo que vive —continuó Bill. —Al hablar de esto, muchos de mi especie saltaría con términos como comunismo y capitalismo, pero tú no entiendes eso, son complicaciones humanas. Y las complicaciones humanas están en mi naturaleza, porque es con lo que nací, crecí, me eduque, y es lo que me hace ser quien soy, no me desarrolle de manera natural, al aire libre, fui criado en un mundo donde tu vida no la dictan los instintos, sino tu familia, tu educación, todo tu entorno construido por materiales hechos en un laboratorio utilizando pocos elementos naturales, como el cemento mezclado con arena, desde que naces hasta que falleces. Podemos escoger, o al menos eso nos hacen creer, aunque rara vez nos dejamos guiar por nuestros verdaderos deseos, nos acoplamos a lo que tenemos alcance, a lo que podemos acceder. Aunque seamos la misma especie, es como si todos fuéramos distintos animales pero con el mismo molde de cuerpo.
Bill desvió la mirada al reloj que colgaba de su pared y lo señaló, para después señalar la ventana donde la poca claridad dejaba ver el cielo nublado.
—Tu mundo no conoce el tiempo como el mío, ni siquiera necesita números, es un ciclo de instintos, y al mar no le importa en qué momento sea, simplemente sucede y esta bien, los deja, ustedes no piden permiso, pero nosotros sí, yo tengo que pedir permiso para quedarme contigo desde que amanece hasta que anochece, no tengo esa libertad natural. Aquí cada minuto, cada hora, cuenta, vale algo, el tiempo es oro, algo muy valioso, como tú, para mí eres más que tiempo, ni siquiera sé cuánto tiempo llevo aquí en tí, y no quisiera saberlo, pero tengo que hacerlo, porque allá afuera, los de mi especie esperan algo de mí, la sociedad exige que sea funcional no en un sentido natural, como cazar o proteger, soy un pez más en un banco de peces que trabaja no para sobrevivir de un enemigo mayor que nosotros, sino de nuestras propias ambiciones obligadas por la necesidad de tener algo digno. Tom, si yo fuera otra persona no podría ni siquiera decidir quedarme aquí contigo —terminó de decir Bill, antes de dejar de señalar el reloj y la ventana tomándolo del rostro. —La distancia que tengo que tener de tí por unas horas es tanto una necesidad como una imposición para mí. Es confuso, pero así es como funciona mi naturaleza.
Tom bajó la mirada, su ceño se frunció ligeramente, no de molestia, sino de incomprensión e impotencia, la naturaleza no es algo en lo que puedas ir en contra, es una corriente a la que te adaptas, y el mundo de Bill no solo sonaba complicado, era tan complicado que no podía entenderlo, ni siquiera podía compararlo como un enemigo que te caza para comer, era un ser, algo que no tenía nombre ni descripción precisa, pero existía.
No dijo nada, se quedó callado mientras sentía el pulgar de Bill tocarle la mejilla.
Por más fuerte que azotara el mar, no podía consumir a Bill por completo, porque la tierra se negaba a soltarlo.
Estar desnudo, en algo que se llamaba cama, algo construido por manos, pero que no era natural, parecía que la piel, el aire y el sonido del mar era lo único natural y libre que tenía en ese momento.
—Este lugar… no se siente realmente bien —musitó Tom, siendo invadido por una fuerte melancolía, que hizo que incluso la respiración de Bill se viera muy opacada por el sonido del agua libre del mar que estaba afuera de esa habitación.
Y Bill, por primera vez, no supo qué decirle, que responder ante algo que él también sentía.
Tom realmente era un ser ajeno a la tierra, hijo de la otra madre, del mar, pero Bill era hijo de la tierra, por más que espíritu fuera también un hijo del mar.
—Estás temblando —notó Bill, separándose de él, saliendo de sus piernas, de su cuerpo, para poder tomar una sábana y cubrirlo.
Tom se quedó quieto sobre las almohadas y el colchón, dejo que lo cubriera con la sábana, estaba rodeado de cosas que le brindaban calor, pero sentía solo, y no era solo porque Bill ya no estaba dentro de él, era porque la calidez de la sabana que lo cubría, no era la misma que le daba su piel de foca.
El selkie cerró los ojos, perdiéndose en la marea de recuerdos y sensaciones que eran como burbujas, efímeras.
Bill no sabía cómo tomar ese silencio, esos gestos sutiles, si era sueño o la tristeza por su piel siendo más fuerte que nunca.
—Al menos por hoy, puedo quedarme aquí contigo, por más horas, desde el amanecer hasta el anochecer —intentó consolar Bill, pasando el dorso de su mano por su pómulo, como si estuviera limpiando unas lágrimas que pronto saldrían.
Era consciente de que la pena de Tom no eran de esas que van y vienen, es una que se iba a quedar en él para siempre, hasta que su vida, ahora más reducida al ser humana, terminará.
Era como si el único consuelo que podía darle su nueva vida humana era únicamente eso, que su vida iba a ser más corta, por lo que su sufrimiento no duraría muchas décadas.
Tom abrió los ojos para verlo, y negó lentamente con la cabeza.
—No puedes ser libre conmigo, y no es tu culpa, es tu naturaleza —declaró Tom, en un tono de melancolía resignada. —Tu libertad es un reflejo como el de la luna sobre el agua, se ve, pero no está ahí realmente.
La falta de libertad para Bill era su naturaleza, era en lo que había nacido, no era una falta de libertad que se ve con cadenas encerrado en un lugar oscuro y sucio, sino en qué todo tenía un precio, no era por ser el más fuerte, sino que sus comodidades, su alimento, su ropa, era por el privilegio del contexto en el que nació, porque como otra persona, todo sería muy diferente.
No era sobrevivir de la manera en que sales, cazas, comes, proteges, te reproduces y mueres, algo justo para todos.
Era un mundo donde decidir comprar algo caro dictaba si ibas a poder comer. Los animales no ven precio, dinero, ven la dificultad física y de supervivencia, pero eso no les impide que puedan seguir alimentándose.
Para él, las pequeñas cosas, caminar por la playa antes de ir a trabajar era libertad, un espejismo, pero no una realidad concreta.
Los humanos como él necesitan un propósito, hacer algo que les de sentido: estudiar para sacar una buena nota, estudiar una carrera universitaria con demanda laboral, conseguir un puesto con un mejor sueldo.
Unos se preocupan más que otros, para unos son cosas que pueden escoger, para otros cosas que tienen que hacer para sobrevivir.
Pero ese era su mundo, injusto, más frío y violento que el mismo mar con profundidades y criaturas desconocidas.
Al estar en tierra, había un diferencia más entre el humano y el selkie, Tom había nacido con una piel que le permitía ser humano o una foca, pero Bill solo había nacido con una piel, un solo cuerpo que no era capaz de adaptarse al agua sin ahogarse.
Tom pudo una vez decidir que quería ser, si humano o foca, y la decisión del selkie claramente no era quedar varado en tierra, sin tener idea de dónde está su piel.
Un despojo que lo dejó en un lugar donde ni siquiera las propias criaturas que lo habitan tienen libertad, por más que estén en su hogar.
La sensación de la tela fue insoportable para Tom, quien la quitó, incluso si tenía el aroma de Bill, se bajó de la cama y caminó directo a la ventana.
—Tú me haces sentir que eres mi hogar, pero, tú no eres libre, mi hogar no puede ser en tus brazos si también estás atrapado, donde tienes que pedir permiso para existir, ¿cómo las horas pueden ser más importantes que el aire? —manifestó Tom, observando las olas, que desde ahí parecían tan lejanas y cercanas al mismo tiempo.
Bill se quedó sentado sobre la cama, sus palabras tenían razón, pero él no podía luchar contra eso, no puedo luchar contra una naturaleza que se ha sido impuesta incluso desde antes de nacer.
Alzó la mirada, viendo la figura de Tom siendo iluminada por la luz blanca pálida del amanecer, noto como ponía su mano sobre su pecho y después agachaba la cabeza.
—Lo siento, Bill, pero no puedo quedarme aquí —musitó el selkie, con la voz quebrada, pasando la mano por la longitud de su estómago y vientre.
Lo observó unos segundos, antes de salir de la habitación, con prisa, Bill lo siguió, sin importarle si estaba todavía desnudo.
Tom bajó por las escaleras y corrió por el pasillo con agilidad, mientras Bill tropezó y chocó con algo más de una vez.
Al empujar la puerta, Tom no fue hacia la playa, fue directamente a la punta del pequeño risco donde estaba situado el faro y la casa, corrió hasta llegar a la orilla, se detuvo.
—¡Tom! —gritó Bill, corriendo hacia él, pero el selkie sólo giró el rostro para verlo, antes de lanzarse.
Los ojos de Bill se abrieron en grande al ver su cuerpo caer y desaparecer, no lo dudo, también corrió hasta la orilla, pero antes de poder lanzarse, sintió los brazos de su padre tomarlo con fuerza y jalarlo hacia atrás.
—¡Bill, si te lanzas vas a golpearte con las piedras! —exclamó Jorg, quien había llegado justo a tiempo para detener a su hijo.
Al escuchar eso, Bill se quitó las manos de su padre de encima y se asomó a la orilla, clavando sus dedos a la piedra y tierra.
Abajo solo había restos de la espuma de las olas que chocaban con las piedras, pero no había rastro de Tom.
Su respiración se volvió densa, sus labios abiertos temblaron y sus ojos se cristalizaron.
El viento el removió las hebras largas de su cabello negro, como una ultima acaricia.
Jorg puso una mano sobre el hombro de Bill y nuevamente lo jaló hacia atrás, temeroso de que se lanzará a una muerte segura, pues caer desde ahí no sería hacerlo en el agua, sino en las duras piedras mojadas donde las olas chocaban.
También se asomó a la orilla, sin soltar a su hijo, buscando con la mirada al selkie.
Bill se sentó sobre el musgo, llevándose las manos a la cabeza dejando escapar un sollozó directamente desde su garganta, por lo que su padre se volteó a verlo, siendo consciente de su desnudez, lo miró con desconcierto.
—¿Qué hiciste…? —preguntó Jorg, completamente abatido por lo que acababa de presenciar.
Bill alzó la mirada, sin dejar de llorar, intentó hablar, pero solo salió otro sollozo gutural.
Jorg no preguntó más, se quedó parado, dejando a su hijo llorar; confiaba en Bill, pero con lo que acababa de ver, dudaba de cuál podría ser la respuesta a lo que había sucedido.
Después de un rato donde Bill simplemente lloró, agarrándose de la cabeza, pudo, muy a penas, explicar que había sucedido.
Y Jorg, no supo qué decir, simplemente, lo hizo ponerse de pie, le acarició la espalda y lo llevó de nuevo dentro de la casa, pues, el cuerpo humano de Bill, como el de cualquier otro, no podía estar mucho tiempo en la intemperie desnudo.
Pero Bill no dejó de llorar a partir de ese momento.
Bill lloró tanto que parecía que el pueblo iba a desaparecer y lo único que iba a quedar a la vista era la punta del faro, pues durante los siguientes días la marea del mar subió más que de costumbre.
Sus lágrimas eran tantas que no solo se iba a ahogar él, sino todas sus esperanzas también, pues cada día iba a la playa esperando ver nuevamente a Tom, pero, aunque volvió a las piedras donde lo había encontrado, ya no apareció, había desaparecido, como si su presencia en el faro, en su habitación hubiese sido un sueño lúcido.
Su cuerpo perdía tanta agua que sus extremidades comenzaban a endurecerse, se estaba volviendo piedra sobre la arena negra, donde esperaba a Tom, el compañero de su espíritu, que ahora se sentía tan devastado y solitario, tanto que hasta la brisa del mar parecía más fría.
Durante varias noches se quedaba en la punta del faro, sentado, debajo de la luz, con la mirada fija en el agua, esperando ver algo que le confirmara que Tom no había sido un sueño de marinero, o de un joven solitario hijo del farero.
Sentía el pecho apretado y culposo por haber asustado a Tom, aunque también se sentía culpable por pasar noches en vela observando al mar esperando que le devolviera al selkie, cuando él estaba en su verdadero hogar.
Bill sabía que el tiempo pasaba, únicamente porque veía la claridad gris del día y la oscuridad profunda de la noche pasaba ininterrumpidamente, y porque su cabello dejaba de rozar sus hombros por seguir creciendo, por lo que cada que tomaba las tijeras para cortar las puntas, sabía que habían pasado semanas.
Dejó de comer cerezas, pues ahora le resultaban extremadamente dulces, aunque, siempre que iba a la playa, llevaba un frasco en su bolso.
En su cámara dejaron de haber nuevas fotos, pues Bill solo se quedó con las pocas que le había tomado al selkie, parecían un realidad lejana.
Muchas veces, cuando el sueño lo tenía arrastrándose a su cama, observaba las fotos de Tom entre las olas, con ganas de poder meterse en la cámara y correr hacia él.
Continúa…
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wey qué
WEY QUÉ
EH NO MAMES, NO ME PUEDES HACER CASI LLORAR POR LA ESCENA DE SEXO MÁS PRECIOSA QUE PUDE LEER, PARA LUEGO REALMENTE HACERME LLORAR PORQUE TOM SE FUE PTMMMM
Por más bonito que hayan hecho el amor, el miedo a vivir en un mundo capitalista fue más para Tom JAJAJA, pido disculpas de rodillas y cantando perdoname de camilo sesto por haberte hecho llorar