En la cabaña 2

En la cabaña 2

Administración: Todos disfrutamos de los fics terminados, así que vamos a la parte final de esta obra.

«En la cabaña»

Parte 2

A la mañana siguiente, me desperté con él a mi lado, sorprendente se levantó con la idea de preparar un desayuno digno de domingo por la mañana. Llegó la tarde y nos trasladamos a su cabaña, me mostró las fotos de sus hijos del año pasado cuando fueron a Aspen, la foto los mostraba a los tres, y un hermoso fondo nevado. Luego otra foto cuando pasaron el verano en la Riviera Maya, una playa que parecía de lo más irreal en México. Y en la noche, volvimos a mi cabaña.

—Puedes prender la chimenea si quieres —dije yendo al minibar por un par de tragos.

—No tienes leña. Ven y prendemos una fogata.

Tardé unos minutos para preparar dos cócteles, salí, y él ya estaba formando lo que sería una gran fogata con leños de distintos tamaños.

Alargó su mano y me atrajo a él, me abrazó por la cintura, me besó por un largo rato y se sentó en un tronco de casi un metro que dejó tumbado en la tierra. Le gustaba sentarme en sus piernas, así que lo volvió a hacer.

Los dos estábamos ahí, en medio del bosque, con la fogata frente a nosotros, yo con una bata de baño y él, cubierto en una chaqueta de piel.

—No hay nadie cerca de aquí. ¿Quieres hacerlo? —susurró en mi oído al tiempo que besó mi cuello y hacía a un lado mis rastas.

—¿Aquí?

—Aquí —repitió, desatando el nudo de mi bata—, ¿qué dices?

—Que estoy calentándome.

No necesité hacer nada, él lo hizo todo, así, aún sentado sobre sus piernas, metió en mi cuerpo dos de sus dedos, me masturbó y me penetró cuando estuve listo.

—Estoy a punto de venirme.

—Hazlo, Tom, por favor, ¡hazlo!

Seguí brincando encima de su pene, haciéndolo rápido y duro, él no soltó en ningún momento mi cintura, así me sostuvo en todo momento, hasta que se corrió.

Los dos nos quedamos en la misma posición, eché mi cabeza para atrás, él me acomodó en su hombro, y pude ver las estrellas cómodamente, y por un instante, por un pequeño instante, olvidé mis propias palabras de la noche anterior.

—¿Qué estamos haciendo? —pregunté genuina e ingenuamente.

—Divirtiéndonos si quieres —respondió—, o formalizar si gustas.

—Con nadie había cogido tanto, tantas veces.

—¡Oh, gracias! —rio y yo lo seguí.

—Es cierto.

—Te creo, Bill. Pero te lo dije ayer, no creo que pueda dejarte ir. Me gustas.

—¿Y si al formalizar esto se arruina? La idea que tenemos ahora es de coger solamente, sexo, no tenemos la presión de ir alimentando algo.

—Bueno, creo que nos podemos quedar con la idea de que lo intentamos, creo que será mejor que quedarnos con el “y si hubiéramos”. ¿No creés?

—Sí, supongo.

—¿Entonces? ¿Comenzamos algo?

—No te conozco.

—Vamos, Bill, me conoces entero.

—¿Ah sí? Solo conozco tu nombre, tu edad y tu cuerpo. Solamente eso.

—A mis hijos.

—¿Y qué conoces de mí?

—¡Vamos! ¿Sabías que por esa razón nacieron las citas?

—Okey, supongamos que salimos y que comenzamos con citas, ¿qué van a decir tus hijos? Sencillamente te estás cogiendo a alguien ¡más joven que ellos!

—Sí, pero no estoy haciendo nada ilegal.

—¿Ellos saben que te gustan los chicos?

—No, pero son muy abiertos, y creo que me quieren, sé que si hablo con ellos me apoyarán.

—No lo sé.

—Bien, no voy a insistir. Cortaré más leña para tu chimenea.

Lo ví hacerlo, lo vi cortando leña la siguiente media hora, sentado en el mismo tronco en el que se sentó conmigo en sus piernas. Me gustaba, me gustaba cada segundo más, y me excitaba aún más, y lo imaginé conmigo para toda mi vida, por el resto de nuestras vidas. Y me pregunté si sería una buena decisión.

Luego de la fogata, los dos decidimos que era mejor ir a dormir, y para eso usamos la cama, sin embargo, yo no pude cerrar los ojos y olvidarme del presente. En su lugar, pensé una y otra vez, cómo sería mi vida de ahora en adelante, me sentí mareado porque ni siquiera con Erick sentía que fuera algo formal, con Erick sabía que había esa relación de jefe y subordinado, al final de cuentas, él trabajaba para mí, y me fascinaba, pero con Tom, era diferente en todo sentido, él era mayor, yo muchísimo menor, más o menos había treinta años de diferencia entre nosotros, él podría ser mi padre, mi papá tenía exactos cincuenta y tres años, y no había pensado en él hasta este momento. Mi madre, qué iba a decir de todo esto. Me levanté de la cama y busqué en plena oscuridad sus pantalones, el brillo blanco de la luna traspasaba las ventanas, lo hallé fácilmente, busqué su billetera y ahí estaba su licencia de conducir. Tom Trümper Shley, cincuenta años, Múnich. Él se removió en la cama, me quedé totalmente quieto, no podría decirle a mis padres que había encontrado un sujeto de la edad de mi madre, y que me había enamorado de él durante mi estancia en la cabaña en medio del bosque. Resultaría imposible que no piensen en las formas en que lo hemos hecho estando aquí. Tengo veinte años, apenas dejé la universidad cuando supe que quería convertirme en escritor profesional. Mi padre había pegado un grito en el cielo cuando empezó a verme diario en la casa, cuando mi madre le dijo que dejaría la universidad, y ahora, el pensar que debía encararlos para decirles que me había enamorado de alguien treinta años mayor que yo, el estómago me dio un vuelco enorme, peligroso, no podía hacer esto, era imposible.

Me fui a la cama y entonces supe lo que pasaría. Se lo plantearía en la mañana.

Quizás dormí tres horas, tal vez cuatro, desperté por el aroma de un desayuno, el fuego de la chimenea y, por los rayos de sol entrando por la ventana.

—¿Qué? —pregunté con ganas de seguir durmiendo sin aromas, sin calor, solo yo y mi sueño.

—Buenos días —saludó él desde la cocina, sonriéndome—. ¿Cómo dormiste?

—Bien, excelente —mentí.

—Perfecto. Ven, ya está el desayuno.

Hice las sábanas a un lado y me descubrí desnudo, justo como me había dormido, él también lo estaba, sin embargo había tapado el frente de su cuerpo con la ayuda de un mandil, yo busqué la bata y me la coloqué.

—¿Prefieres café o jugo de naranja? —preguntó llamando mi atención.

—Jugo, por favor.

Lo vi servir un vaso y dejarlo junto a un plato con huevos estrellados, tocino, pan tostado y el jugo.

—Provecho —dijo y se quitó el mandil.

Traté de ver a otro lado, traté de buscar cualquier otro punto en la cabaña, el techo, el suelo, los muros, cualquier madera que pudiera atraer mi atención, y nada. Todo lo que podía seguir observando era su cuerpo.

—¿Has pensando en lo que platicamos anoche? —preguntó sin apartar la vista de sus huevos en el plato.

—Sí.

—¿Y? ¿Quieres que salgamos en plan de formalizar?

—No, Tom. Perdóname.

—¿Qué es? ¿Mi edad?

—Eso y mis papás. Mi papá tiene cincuenta y tres años, ya lo hice enojar cuando dejé la universidad, no puedo arriesgarme a que se muera de la impresión cuando le diga que voy a salir con alguien de su misma edad. Me va a matar.

—Bueno, entonces, ¿qué sugieres?

—¿Quieres en verdad, estar conmigo?

—Bill, me siento veinte años más joven contigo, me olvido de mi realidad cuando me montas, quiero seguir sintiéndome así.

—Solo te gusta eso, cómo te hago sentir, no estás enamorado de mí.

—Sí, tal vez no, pero tampoco quiero dejarte ir y dejar de verte, no voy a poder vivir sin tu cuerpo junto al mío.

—Vas a extrañar que no puedas cogerme, punto. No vas a extrañarme a mí.

—Solo sé que voy a necesitarte, voy a necesitar sujetarte de la cintura, voy a extrañar tu culo, voy a echar de menos tu boquita, y tu carita, esta carita que me está matando. Bill, eres perfecto.

—Y también me gustas, pero no estamos enamorados. Anoche estaba pensando en un plan, no sé cuánto te convenga.

—Te escucho.

—Te queda una semana aquí, hagamos de todo esa semana, acabemos con la cabaña, termina con mi culo si es lo que deseas. Pero será todo, yo me iré de esta cabaña dos semanas después, nos volveremos a ver a finales del siguiente mes, aquí, haremos nuevamente todo lo que se nos ocurra, y así, una vez al mes.

—Los dos.

—Los dos.

—Sexo.

—Unicamente sexo. Hasta que nos cansemos y luego al siguiente mes, y así. ¿Qué piensas?

—Que no tengo otra opción contigo, ¿no?

—Sí, prácticamente.

Los dos nos quedamos en silencio, lo único que podía escucharse era el choque de los cubiertos en nuestros platos, el choque de nuestros vasos en la madera de la barra, no pude dejar de ver su pecho, el vello y sus músculos.

—Bien —dijo al fin, luego de un gran rato—, te haré una contraoferta.

Dejé salir una risita floja, y asentí, tratando de no hacerle ver que me estaba burlando.

—Te escucho —asentí.

—Dos veces al mes. Todo el fin de semana. Estoy libre desde el viernes en la tarde, así que, podemos llegar aquí los dos desde el viernes, y quedarnos hasta el domingo.

—¿Dos fines de semana?

—Dos.

—Dos días y dos noches.

—Sí, prácticamente. Dos veces al mes.

Mastiqué la idea varias veces en mi mente, la verdad es que el sexo con él se estaba convirtiendo en una necesidad, pero sabía perfectamente que era solo eso, sexo, una necesidad fisiológica natural en los seres humanos y en los animales, y Tom resultaba un buen ejemplar de macho ejerciendo su poder en mí. Era realmente bueno, y desconocía si seguiría así, pero quería continuar viéndolo. Saber si podría llegar a convertirse en algo más. Acepté.

El lunes siguiente, a pesar de estar juntos en la misma cabaña, ninguno de los dos hizo ninguna insinuación hacia algo más, fue algo que no quisimos hacer o en au defecto, no quisimos mover, fue como si los dos lo hubiéramos establecido, nadie hizo nada, incluso ignoró el hecho de que me pasé todo el día en bata de baño, es escribiendo un capítulo de lo más erótico para mi siguiente libro.

El martes, ninguno de los dos comió, bebió o hizo algo diferente, los dos estuvimos gritando, gimiendo, y sudando. El miércoles habló con sus hijos, en la mañana con la chica, Rebecca, y durante la tarde con su hijo, Alex, me gustó escucharlo hablar con ellos, con Rebecca o Becca, habló sobre ir a Mónaco, al parecer quería ir a un concierto de su banda favorita, él le dijo que pagaría por todo con la condición de que debían hablar sobre la tarjeta de crédito; cuando tocó hablar con Alex, habló de qué haría con la universidad, ya que faltaban tres semestres y él hablaba de dejarla porque no le está gustando la carrera. Tom casi explota cuando le dijo que ya había pedido la baja definitiva, que su mamá le había dicho que hiciera lo que quisiera, y justo en ese momento iba terminar de decir que sin la universidad no iba a poder hacer nada, cuando me levanté del sofá, y se interrumpió, le dijo que en cuanto regresara, hablarían sobre un empleo o un oficio y que le pagaría por los cursos que necesitara. Cuando se despidió de él, se quedó sentado en el sofá, echó su cabeza para atrás y la dejó ahí, en el respaldo, se concentró en el techo y me senté a su lado nuevamente.

—Perdón —dijo luego de un momento en silencio.

—¿Por qué? —pregunté.

—Por lo que dije de la universidad.

—No, está bien, yo mismo lo sé, mi papá estuvo enojado conmigo también durante un largo tiempo, luego vio que sé escribir y se encontentó cuando vio mi primer pago.

—Alex ha dejado inconclusas dos carreras con esta, y no he podido hacer que piense en algo más para su futuro.

—¿Y si dejas que trabaje un tiempo?

—¿Quién? ¿Alex? —dijo riendo—. ¿Crees que Alex va a trabajar? No conoces a Alex.

—No, y tú no lo harás responsable hasta que dejes de solucionarle la vida.

—Mírate, no quieres nada serio y te estás involucrando en cómo crío a mis hijos.

—No es eso, solo que lo estoy viendo desde tu propia perspectiva, la de mi papá y la de él porque yo hice prácticamente lo mismo, y sé que un papel universitario no es la gran cosa, yo no necesito un título para escribir, es algo artístico y estoy casado con la idea de que algo artístico no se estudia. Solo digo que puede encontrarse a sí mismo si lo dejas perderse un rato.

—Su mamá me va a matar.

—No, lo que ella busca es eso, le dijo que hiciera lo que quisiera, porque sabe que vas a estar ahí para él haga lo que haga, por eso está enojada.

—¿Quieres conocerlos?

Esa pregunta me dejó sin habla, me miró a los ojos, y deseé con todas ganas, seguir viendo esos ojos cafés, brillantes, desde abajo.

—No —contesté apenas en una especie de gemido.

—¿Quisieras en algún momento?

—¿Sabes qué es lo quiero? —pregunté tomando las riendas de la conversación.

Me levanté un segundo para abrir mi bata, y me senté en sus piernas abriendo las mías.

—¿Qué quieres?

Me levanté sobre él para que pudiera lamer y jugar con mis pezones, nos besamos la boca segundos después, regresó con mi pecho, y nuevamente con mi boca. Me cargó mientras me comía los labios y me dejó en la cama para subir encima de mí.

El jueves, lo hicimos al despertar, fue increíble, porque esta vez usó mi antifaz para dormir y una cuerda para atar mis manos a la cabecera de la cama. Lo hicimos así toda la tarde, ninguno de los dos desayunó ni comió como el pasado martes, solo nos detuvimos hasta en la noche, cuando su celular sonó nuevamente.

—¿Qué? —contestó mal, y pude escuchar su voz a pesar de que no la dejó en altavoz como lo hizo con sus hijos.

—¡Ya no quiero que le des un maldito peso a Alex!

—¿Estás segura?

—¡Es un idiota!

No escuché lo demás porque besé su boca mientras ella despotricaba en contra de su hijo, bajé por su cuello, su pecho, su abdomen y terminé besando su falo, luego lo engullí hasta la base y él soltó un quejidito que me encantó. Seguí haciéndole un oral, y luego escuché “estás loca”. Y por último dejó el teléfono a un lado.

—Déjame verte encima de mí.

Terminamos el día cansados, dormimos y el viernes seguimos cogiendo como si la vida fuera solo eso.

En la tarde se fue.

Me quedé solo y fue el sentimiento más extraño que había experimentado en mi vida, no lo había sentido ni siquiera con mi primer novio en la secundaria, no lo sentí con Erick porque era mera satisfacción personal estar con él, pero me quedé solo el resto de mi mes en la cabaña, terminé mi libro justamente la última noche que estaría ahí, empaqué mis cosas y volví a la ciudad.

Jamás en mis veinte años, había vivido mis días esperando con ansias un solo fin de semana, jamás había sido de esos chicos que esperan eufóricos por el siguiente fin de semana y poder emborracharse, jamás me gustó salir de casa, yo era feliz en mi cuarto en casa de mamá y papá, escribiendo, y luego pude comprar mi departamento con mi segundo libro a la venta, y volví a despreciar las fiestas, reuniones, todo lo que le decía a Sara era que necesitaba escribir, y eso me alejaba de esos infortunados días. Jamás había anhelado un viernes con tantas ansias.

El primer fin de semana fue sensacional, yo llegué primero a la cabaña, y cuando vi su camioneta llegar, rápidamente me quité la ropa, sabía que lo último que haríamos era hablar, así que me la quité toda por completo, y me puse lo que pensé que le gustaría, una tanga negra, tiras alrededor de mi cintura, un arnés, un collar que le daba el derecho a tratarme como a su posesión. Corrí a la puerta, abrí, y corrí a su camioneta, me atrapó en sus brazos y me besó mientras sujetaba mi trasero con ambas manos. No me llevó de regreso a la cabaña, me llevó al bosque, en sus brazos, con mis piernas enredadas en su espalda, me puso de frente a un gran roble, beso mi cuello, mis hombros, mi espalda, lo sentí masturbarse y me masturbó también, se agachó en cuclillas y dejó su saliva en mi agujero, escupió varias veces hasta que pudo introducir tres dedos, golpeó mis glúteos y por fin me metió su verga dura, chillé por puro placer, mis uñas se clavaron en la corteza del árbol como si eso fuera posible de forma natural.

—¡Mierda! —exclamó y seguí mordiendo mi labio inferior.

No sentí lo fresco del bosque, estaba sudando cada segundo más.

—Te extrañé —dije—, te extrañé como un… maldito loco todo este tiempo.

—Te voy a partir en dos.

—¡Hazlo!

Y se corrió dentro de mí.

Tres meses después

El aguantar tanto tiempo sin él, sin el sexo que tanto me gustaba, sin sus manos, su calor, su boca, me estaba volviendo loco. Cada fin de semana, conseguía nueva lencería, le encantaba el encaje, la malla, las tiras en mi cuerpo, descubrí que lo vuelve loco el verme como una niña, así que esta vez, llevo en la maleta una falda que solo tapa mi pene, la parte superior de un bikini, mis rastas las recogí en dos coletas a cada lado de mi cabeza, calcetas largas, tacones, y compré una paleta de dulce en una gasolinera camino a la cabaña. Volví a hacer lo mismo que en cada uno de nuestros encuentros, lo esperé pegado a la ventana, salí listo y esta vez no me cogió en un árbol, tampoco frente a una fogata, ni en el lago como la vez pasada, esta vez, me tomó de la cintura y me subió en la parte trasera de su camioneta. No me quitó nada esta vez, me lo hizo con cada prenda en su lugar, no hizo nada a un lado, hasta él se quedó con su ropa puesta, y me fascinó. Grité su nombré, le pedí que me diera más y más fuerte, le supliqué que no parara, mis coletas fueron lo único que se deshizo, y el nudo de mi bikini se desató. Nos quedamos en su camioneta.

El sábado, no nos paramos de la cama más que para hacerlo en otras posiciones.

—Bill —llamó mi atención estando acostado conmigo en su pecho.

—Dime.

—Estoy cansado de esto.

—¿Qué? ¿En serio? ¿Conociste a alguien?

—No, solo me cansé.

—Okey —dije, tratando de analizar sus palabras. Me senté en la cama a su lado, e intenté levantarme para empezar a empacar mis cosas.

—¿A dónde vas? —preguntó y me quedé estático.

—No sé, ¿qué quieres que haga?

—Conocer a mis hijos.

Pensé que mi primera respuesta sería un rotundo no, sin embargo, abrí la boca y asentí sin pensarlo un segundo más.

Seguimos haciéndolo como los encuentros anteriores, acumulábamos sed del otro durante dos semanas, y nos veíamos para saciarnos el siguiente fin de semana y así, pero no más.

El domingo, pasó algo diferente, cogimos, dijimos cosas obscenas, nos reímos, intentamos un poco de bondage, y partimos a la ciudad, él en su camioneta y yo detrás, de él. Vimos a sus hijos en un club campestre al que ellos frecuentaban en días libres. Becca se me quedó mirando, sus gafas oscuras ocultaban sus ojos, pero sentí el desagrado, al igual que Alex, los dos me miraron como si estuvieran exigiéndome una explicación del por qué su papá tomaba mi mano. Los tres íbamos vestidos de forma casual, y no me sentí fuera de lugar por eso, sin embargo, me sentí tan humillado porque yo era literalmente el chico más joven en todo el club, todos nos miraron, sus amigos lo miraron, señores de entre sesenta y más.

—No lo puedo creer, pa —dijo ella haciendo una mueca burlona.

—Pa, o sea, me reclamaste porque quería cogerme a mi amigo y estás haciendo lo mismo.

—No, tú querías cogerte a ese niño insípido. Búscate a alguien mejor. Alex, Bill; Bill, ella es Becca.

—Hola, chicos —saludé alargando mi mano primero a Becca, ella se quitó las gafas, vio mi mano y volvió a ver hacia otro lado.

—Equis, tengo que salir con Luis —dijo Alex tomando su iPhone de la mesa, se levantó y se fue.

—Siéntate, amor —dijo, pronunciando esa última palabra por primera vez para dirigirse a mí—. ¿Qué te molesta, hija? ¿Su edad o su género?

—Tom, déjala, está en su derecho a reaccionar así.

—Espera.

—Todo, papá, todo. ¿Cuántos años tienes, Bill?

—Veinte —dije con temor.

—¿Quieres el dinero de mi papá?

—¿Qué? ¡No! Soy escritor, gano bien.

—¿Escritor? ¿Qué escribes? ¿La mierda que haces con él?

—Sí, por supuesto, pero no somos nosotros, mis personajes tienen edades casi similares.

—¿Quieres hacerme reír?

—Bueno, sería genial.

—Dime cuál ha sido tu libro más vendido.

—Padre.

—¡Ja! ¿Piensas que me vas a tomar el pelo?

—Ya lo leíste —dije con miedo y con vergüenza por el tono en lo que lo dijo.

—Por supuesto, y sé que lo escribió Sierra Simone.

—Sí, es decir no, se lo vendí a ella porque apenas empezaba. Ahora ya es conocida y escribe su propio trabajo.

—No es cierto.

—Sí, tengo el primer borrador en mi laptop, cuando quieras puedo enviártelo para que leas cómo inició y cómo terminó.

—Puta madre.

—Rebecca.

—Es que… No lo puedo creer. Pero sí, acepto. Tienes que decirme todos los libros que has escrito y los que escribirás pensando en mi papá para no leer esos.

—Es un trato, Becca.

—Bueno, los dejo, estaré jugando tenis con Olivia. ¿Puedes llevarme a casa? —preguntó regresando la mirada a Tom.

—¿No trajiste tu auto?

—Vine con Alex, quedé de irme con Liv, pero… ¿puedes o no?

—Bien, te llevaré a casa.

—Bien, bye, pa.

—Adiós, cariño.

—Adiós, Bill. Gusto en conocerte.

Besó mi mejilla y se fue con un morralito con forma de raquetas.

—Te ganaste a mi hija.

—Me falta Alex. Supongo que no le gusta leer.

—No, pero también le gustan los chicos, y maquillarse.

—¿En serio?

—Lo vi maquillándose el jueves pasado en su habitación, me olvidé de tocar la puerta y… pasó.

—¿Te enojaste con él?

—No, por supuesto que no. Hablamos, me dijo que quería convertirse en actor de teatro, y que estaba tratando de audicionar para un papel de rag, dag…

—¿Drag queen?

—¡Sí, eso!

—Asombroso.

Dejamos de hablar de sus hijos, tomó mi mano, un mesero se acercó y nos ofreció las bebidas del día, Tom ordenó mojitos, juró que me gustarían.

—Ven, quiero intentar algo.

Lo seguí, entramos a un sauna vacío, dijo que por ser domingo en la tarde estaría vacío, el de las mujeres estaría lleno, así que en medio del calor, volvimos a coger. Primero le hice un oral, luego me senté en su grueso y duro falo, y por último, para que se corriera dentro de mí, me pidió que me pusiera contra la puerta, la cuál tenía una pequeña ventana. Un solo hombre entró, y al reparar en los movimientos de mi cabeza, y al ver un cuerpo extra detrás de mí, lo entendió y se marchó.

Tom y yo iniciamos una relación formal ese domingo. Solo faltaba ganarme a Alex, sabía que quizás no sería fácil, aunque había alguna probabilidad alta de que triunfara en lo que tenía pensando, solo debía encontrar el momento idóneo para enseñarle mis técnicas de maquillaje, e ir al teatro en su primera actuación, era lo primordial en mi agenda.

F I N

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por Xim_Alien

Escritora del Fandom

2 comentario en “En la cabaña 2”
    1. Se ganó a Becca la chica, solo espero que le haya ido igual de bien con Alex, que es el chico. Muchas gracias por leer, de verdad. 😅🙊🙈🙉

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