Encadenado 1 (P.2)

Encadenado 1 (P.2)
Muñeco by Sarae. Temporada III
Capítulo 1 (P.2)

By Bill

Apesta. Esto apesta. Y no me refería a la situación aunque también apestaba, si no a la ciudad o el barrio en el que me encontraba perdido y asustado, con los nervios a flor de piel y el vello erizado de puros escalofríos. 

Las calles olían a pura mierda. Ese olor tan desagradable que se te atasca en las fosas nasales cuando el water deja de tragar tu mierda y todo el olor que proviene de la fosa séptica y de lo más profundo de las alcantarillas emana de él, pegándose a tu piel. ¿De dónde venía el olor? Creía que del arroyo verde y completamente contaminado que había pasado hacía unos quince minutos andando, dónde había visto como arrojaban como animales toda clase de productos industriales y químicos, basura pura, a esa pequeña corriente de agua. Había estado seguro de que si introducía el pie dentro de aquella agua asquerosa, se me engangrenaría en cuestión de segundos, así que di un gran rodeo buscando un puente y lo crucé a pesar de encontrarlo en tan mal estado, a punto de desmoronarse. 

Tras quince minutos de camino, viendo como el ambiente y el paisaje que me rodeaba mutaba poco a poco de mal a peor, me di cuenta de que el olor no venía de ese arroyo contaminado, si no de la propia ciudad en sí, y fue entonces cuando me di cuenta de que estaba en los barrios bajos de Stuttgart. Por la horrible pestilencia. Con cada paso que daba, más escalofríos sentía. Nunca, en mi vida, había visto algo como aquello, tan penoso que era hasta difícil de describir. 
Para empezar, la limpieza de las calles por las que andaba causaba verdadera repelús. Era como si el camión de la basura no hubiera pasado por allí en semanas. Los cubos de basura estaban a la mitad ¿Por qué? Porque la basura estaba en medio de la calle. Por las aceras volaban todo tipo de plásticos, paquetes, ropa sucia, papelajos, condones usados, comida podrida pegada al asfalto, pañales sucios de niños, algún que otro zapato viejo, muebles de toda clase rotos e incluso vi comprensas y tampones ensangrentados desperdigados por ahí, aunque por suerte, no eran muchos. Era totalmente repulsivo y, al menos, las personas tenían un poco de sentido del orden porque toda esa porquería la habían apilado en montañas cercanas a los cubos de basura que enseguida entendí porque no eran apenas usados cuando vi como una persona con ropa andrajosa, sucia y despeinada, con una barba descuidada y enredada, apestando a alcohol, salía de un cubo de basura, saltando a la acera, tambaleándose, con un paraguas roto en la mano. Me dio un susto de muerte y casi me caigo de culo por el sobresalto. Retrocedí hasta la pared de en frente, con el corazón en la garganta. La persona me miró con los ojos más rojizos por la irritación que había visto en mi vida y me apuntó con el paraguas. 

—¿Qué coño miras, nena… hip… za? — no contesté. En lugar de eso, salí corriendo haciendo oídos sordos calle abajo, aterrorizado. Scotty le ladró un par de veces al vagabundo y salió corriendo detrás de mí enseguida. Me temblaban las piernas más y más conforme iba descendiendo por la calle y el ambiente empezaba a intensificarse, pasando de una calle desierta y oscura a calles en las que las personas se apilaban alrededor de la escasa luz que surgía de letreros fluorescentes con luces llamativas pretendiendo atraer a las personas a antros de mala muerte donde la música retumbaba a toda pastilla, hasta hacerme daño en los oídos. 
Intentaba esquivar esos lugares con tanta gente, corriendo por la acera de en frente procurando no ser visto por nadie y pasar lo más rápido posible a otra calle más tranquila, pero poco a poco me fui dando cuenta de que encontrar una calle tranquila allí era difícil, porque cuanto más bajaba, peor era la cosa. Llegó un momento en el que no pude parar de correr por las cosas tan vomitivas que veían en pleno lugar público. Los edificios se caían a pedazos y no había ni uno que no se salvara de estar pintarrajeado por millones de grafittis repletos de obscenidades. En algunos ponían «Soy el puto amo» «Este es territorio de los Arios» «¡Fuera maricones!» «¡Viva Hitler, viva el nazismo!» pero todas esas frases, aunque se veían con claridad, estaban tachadas con cruces negras. Me empecé a preguntar por qué después de diez veces seguidas viendo lo mismo, cuando en un garabato enorme plasmado en la pared del propio cuartel de policía, pude leer, «¡Arrodillaos ante el Capitán, maderos! ¡Tom os declara la guerra!» escrita con el mismo spray negro que las cruces. ¡En la propia pared del propio cuartel de policía! Me quedé de piedra, plantado delante del edificio que, aunque un poco más estable que los otros, también daba pena, además de estar cerrado a cal y canto con cadenas y barrotes. Las ventanas estaban destrozadas. Alguien se habría asegurado bien de que nadie se atreviera a entrar en él y por un momento, deseé, rogué que no hubiera sido el Tom que yo creía que era. 

Vi más cosas en esa barrio de las que hubiera deseado ver y cada vez me encontraba más perdido y asustado, más amenazado. Llegó el momento en el que dí por perdido el dinero y la maleta y empecé a buscar una comisaría de policía que estuviera en condiciones para denunciar el robo o, simplemente, para sentirme más seguro. 
Nunca había visto a una persona esnifar cocaína y pincharse algo por sí misma en el brazo con una sonrisa de alelada soñadora, pero ese día lo vi. 
Nunca había visto una prostituta dándose a conocer como tal frente a un hombre mayor, pidiéndole veinte euros a cambio de una mamada, pero ese día lo vi. Incluso vi cómo la prostituta y el putero se medio escondían en un callejón sin más, para llevar a cabo lo acordado. 

Nunca había visto una pelea callejera, con navajas y botellas rotas, y largas varas metálicas para atizar al contrincante. Nunca había visto a alguien caer al suelo a causa de un navajazo en el costado, pero ese día lo vi. Y vagabundos durmiendo en portales oscuros sobre su propia mierda y meado, y niños desprotegidos andando solos y descalzos a esas horas de la noche y madres con bebés casi prácticamente desnudos a cuestas rebuscando entre la basura. Había edificios en ruinas por culpa de incendios, al igual que coches y contenedores de basura. Calles vacías y otras atestadas de gente gritando, peleándose, rajándose, pinchándose, haciéndolo en plena calle como animales en celo. Aquello era una jungla y yo… yo me había perdido en ella, no sabía como salir de allí y tenía que salir. ¡Tenía que salir! ¡No podía quedarme en un portal oscuro revolcándome en mi propia inmundicia y comiendo los restos de la basura, no podía, no! 

Y, para colmo, cuando ya estaba empezando a entrarme el pánico y casi había perdido la facultad de andar por como me temblaba el cuerpo, oí los pasos y las risa a mis espaldas. Scotty empezó a gruñir, pero no se detuvo, igual que yo. Empezó a mirar hacia atrás, gruñendo a la vez que andábamos con paso tembloroso mientras yo me debatía interiormente entre si echar a correr, o seguir andando intentando aparentar tranquilidad. Estaba híper-ventilando. 
«Tranquilo Bill, tranquilo Bill. No vienen a por ti. Tú no has hecho nada ¿Por qué iban a querer hacerte algo? No vienen a por ti, Bill.» intentaba convencerme a mí mismo, reprimiendo con fuerzas sobrehumanas las lágrimas de terror. Quería echar a correr, pero me caería de boca al suelo con esos temblores excesivos. ¿Qué debería hacer? ¿Pedir ayuda? ¡Pero si no había nadie! ¿Llamar a la policía? ¿Y dónde coño estaba la policía? ¿Qué debería hacer? ¿Qué debería hacer? ¿Qué debería hacer? ¿Qué debería hacer…? 

—¡Eh, monada! ¿A dónde vas tú tan solita? ¿Te acompañamos a alguna parte? 

—¿Te has perdido? ¿Necesitas que te llevemos a casita? 

—¡Por un culo así te llevaría hasta la cabaña del tío Tom! — y se empezaron a reír. Por un momento estuve tentado de darme la vuelta y mirar si tenía algo raro en el culo, porque lo raro era que yo no tenía apenas culo. ¿Se estarían confundiendo de…? Un momento… ¡Pues claro que se estaban confundiendo, creían que era una tía! En otra situación me hubiera dado la vuelta y me hubiera echado encima de ellos con uñas y dientes, pero en una situación como esa, solo fui capaz de bajar la cabeza y seguir andando. No podía negarlo, estaba acojonado. Muerto de miedo. 
Tuve que aguantar más comentarios de ese tipo durante unos minutos más, y otros más subidos de tono que me hacían tragar saliva. Estuve a punto de echarme a llorar del bochorno y el miedo un par de veces y, de repente, Scotty se volvió enrabietado y empezó a ladrar y a gruñir, con el lomo erizado, enseñando los dientes con las uñas bien afiladas clavadas en el suelo, en posición de asalto. 

—¡Coño! — los perseguidores se echaron atrás, sobresaltados y yo me giré un momento para ver lo que sucedía. Estaban demasiado cerca, a unos cinco metros. Se habían acercado demasiado, con sigilo para que yo no me diera cuenta y Scotty había saltado por mí. Eran tres, pero no me detuve a observar sus caras. 
Salí corriendo como alma que lleva el diablo, adentrándome en el callejón más cercano. 

—¡Oh, la muñeca se va! 

—¡Será puta! 

—¡Pero si solo queremos jugar, no huyas guapa! ¡No tengas miedo! — y ahí, cuando oí los pasos agigantados echando a correr tras mi espalda y la de Scotty, mi orgullo masculino salió a flote. 

—¡Que os follen! — y viví una auténtica persecución en directo de vida o muerte. Me recordó a las persecuciones que había tenido con Derek en el instituto y en la uni, en la época en la que yo era el objetivo a apalizar, pero mucho peor. Mucho más tenebrosa, sobre todo, porque no sabía ni por donde iba. Simplemente tiraba por el primer callejón que veía y seguía hasta el final. Scotty me seguía a la par, aunque yo sabía que podía correr mucho más rápido si quería, pero prefería estar a mí lado por si acaso, vigilando los pasos de los cerdos que nos seguían desde lejos. 
Poco a poco, nos fueron perdiendo el rastro, aminorando el paso. Se empezaron a cansar a los dos minutos de correr sin parar, incluso los oí medio asfixiarse a mis espaldas y pronto, desaparecieron tras una esquina y ahí se quedaron. ¡Ja! ¡Que os jodan! ¡Por supuesto yo soy mucho más rápido, para algo soy campeón nacional de natación y para eso, los ejercicios en brazos y piernas son mortales! ¡Les quedaba años luz si alguno de esos yonquis creía que podía atraparme corriendo como un loco detrás de mí! 
Con el corazón en la garganta y las piernas flojas, empezando a cansarme y a sentir el flato azotarme el costado, giré en un callejón y allí me introduje, solo, sin salida, con una pared de ladrillo cortándome el paso y un montón de basura cubriendo las paredes. Me detuve allí, intentando recuperar el aliento, asfixiado y me dejé caer con torpeza sobre la fría acera. En cuanto me detuve… el temor volvió a apoderarse de todo mi ser. 
Scotty se sentó a mi lado, pero mirando al frente, alerta. 

—Eres un fantástico perro guardián, Scotty — le felicité y esta vez, él no se inmutó. 
De acuerdo, estaba metido en un gran lío. Había perdido casi todo el dinero y mis pertenencias, estaba solo y perdido en una enorme ciudad tan horrible como el mismo infierno, no sabía salir de ella y tres tíos me perseguían para «jugar» conmigo, creyendo que era una tía. Y lo peor de todo era que no tenía a nadie que pudiera echarme una mano. 
Tenía frío y quería volver a casa. Quería que mamá me abrazara para tranquilizarme de esa manera tan sobreprotectora, quería comer comida caliente y no tener que vomitarla luego, quería sentir la seguridad de mi casa, encerrado entre cuatro paredes, sí, pero al menos seguro de que nadie se atrevería a entrar para violarme. Quería dormir en mi cama, tranquilo en la penumbra de mi cuarto. Quería desaparecer de ese lugar mugriento que apestaba. Tenía frío y mi cuerpo se acurrucó como pudo, tembloroso, haciéndose un ovillo, rodeando las piernas con los brazos. Mi cabeza quedó sepultada allí, intentando huir de la realidad. 
Lo peor era saber que había llegado allí por propia voluntad, por estúpido, por confiar en todo el mundo cuando Derek me había advertido que no me fiara absolutamente de nadie. Maldito Hank. 
Saqué el móvil de Derek del bolsillo y lo miré en silencio. ¿Qué debería hacer? ¿Debería llamar ahora que aún estaba a tiempo y activar el GPS? Al día siguiente Derk ya me habría encontrado y me llevaría de vuelta a casa, pero… ¿Ya? ¿Tan pronto? Solo había pasado un día fuera y ya no podía más, ya me había rendido. ¿Tan patético soy? 
Tom… se había criado aquí, entre estos callejones mugrientos toda su vida ¿Y yo no podía aguantar una sola noche? Acabaría violado, drogado, asesinado o algo peor. En el mejor de los casos acabaría viviendo como ese vagabundo en el fondo de un cubo de basura, en el peor de los casos… tal vez unos traficantes de blancos me encontraran, me cogieran y me violaran para luego, venderme a unos viejos pervertidos que me pondrían hasta arriba de drogas para que moviera el culo en pelotas en la barra de un club de alterne para gays pervertidos, obligándome a prostituirme, ¡O aún peor! El club de alterne para gays pervertidos podría ser un club sadomasoquista. En cualquier caso, ninguna de las dos ideas me parecía para nada atrayente, así que… llamar a Derek sería la mejor idea. Yo… no podía con eso, no podía. 
Soy un fracasado. 

Ojalá Tom estuviera a mi lado. Ojalá nunca se hubiera ido. Ojalá siguiera conmigo en casa, en nuestra cama, entre las sábanas. Ojalá siguiera molestándome cuando yo intentase estudiar, tocando su guitarra para mí, intentando componer una nueva canción a la que yo le daría letra luego. Ojalá… 
Empecé a llorar, asustado. 
Ojalá Tom estuviera aquí, conmigo…

Y mi móvil empezó a sonar. Me llevó un rato tranquilizarme un poco, y para cuando lo hice, el móvil ya había dejado de sonar. Sorbiendo por la nariz, limpiándome un poco las lágrimas de los ojos, apartándomelas de las mejillas, guardé el móvil de Derek y saqué el mío. Seguramente sería otra de las muchas llamadas de mamá. El móvil se había pasado la noche entera y la mañana vibrando en mi bolsillo. Por suerte, lo tenía en silencio y no se lo había cogido a mi madre ni una vez. Que se hartara de llamar si quería, no me importaba… pero ahora era diferente. 
Abrí mi móvil y vi la lucecita de la pantalla resplandecer. 
Un mensaje nuevo… de Tom. 
Abrí los ojos como platos y mi brazo se convulsionó con tanta violencia, que el móvil se me cayó de las manos al suelo. Lo volví a coger enseguida, con la boca seca y el corazón retumbando con violencia entre mis entrañas. No podía ser… tenía que ser una broma de mal gusto. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía ser alguien tan cruel como para ser capaz de gastar una broma así? 
Cogí aire, hiperventilando de nuevo, y le di a mostrar con un movimiento inseguro. Las lágrimas se habían vuelto a agolpar en mis retinas. 

Quiero saber ¡Ahora! Dónde estás. 

¿Por qué? Esa manera tan autoritaria de exigir una respuesta solo podía ser de Tom. ¿De verdad era él? ¿De verdad era Tom? ¿Mí Tom? ¿Mi amo, mi dueño? 

¿Por qué quieres saberlo?

Pregunté, enviando el mensaje. Intentaba no enviar una respuesta inmediata solo para que el momento se hiciera más largo, para que el tiempo pasara deliciosamente más despacio, soñando que fuera él de verdad, sin trucos, sin mentiras. 
Al instante me llegó un nuevo mensaje que esta vez, abrí sin tapujos. 

¿Estás en Stuttgart? 

Preguntó, esquivando mi pregunta con agilidad. Claro, el auténtico Tom no se dejaría engañar por un truco tan tonto. 

Demuéstrame que eres el auténtico Tom y te lo diré.

Pero yo tampoco pensaba rendirme. Era demasiado extraño que él me mandara nada después de nuestra discusión por teléfono, semanas antes. 

No seas idiota, Bill. 

¿Cómo puedo estar seguro de que tú eres mi amo? 

Mi amo. Esas dos palabras me salieron del alma y antes de que pudiera arrepentirme de lo que había escrito, ya había enviado el mensaje. Esta vez tardó un poco más de la cuenta en contestar, pero lo hizo.
Había una foto adjunta al mensaje recibido que se abrió en cuanto pulsé la tecla indicada. Era… una foto de Tom. Una foto suya. Estaba un poco oscura, pero pude adivinar que estaba en su coche. Reconocería los asientos traseros de su Cadillac estuviesen oscuros o blancos, daba igual. Ese pequeño recoveco en el que habíamos pasado nuestra primera noche como Muñeco y Amo, y no como hermanos. Y él estaba sentado en el asiento del conductor, a oscuras. Lo primero que pensé cuando vi su foto casi cuatro meses después, fue «Le han crecido las rastas, muchísimo». Un pensamiento bastante estúpido por mi parte, pero mi mente no daba para mucho más. Las rastas eran lo único que desentonaban sobre su enorme camiseta oscura. Tom miraba a la cámara fijamente, con medio rostro casi oculto en la sombra. Sus ojos resplandecían como los de un animal salvaje. Pude detectar cierta expresión de molestia y resignación en su rostro, con el ceño fruncido y los labios apretados. Cuando estaba enfadado se le hinchaban un poco los pómulos por apretar con fuerza los dientes, por lo que supuse que mi falta de confianza en él le había tocado la moral. Apenas se le veía nada más, pero su piercing relucía con debilidad en la pantalla. Un pañuelo perfectamente doblado, negro, le cubría la frente. 

Era él. No cabía la menor duda. No había cambiado nada y era tan perfecto como lo recordaba. Con esa expresión agresiva que me había intimidado en determinadas ocasiones, pero que ya no me asustaba lo más mínimo, si no que por el contario, era adorada por mi estúpido corazón roto incapaz de aprender la lección. 

¿Convencido?

Me preguntó. 

Hola Tom.

Respondí yo, como un idiota. 

Dime dónde estás.

En Stuttgart. 

¿Y sabes en qué parte de Stuttgart exactamente? 

En los barrios bajos, en un callejón. No sé donde. Está muy oscuro. Solo veo basura por todas partes. 

¿No podrías darme algo más concreto? 

Hace un rato he pasado la comisaría de policía. En la pared ponía, Tom os declara la guerra. No sé qué más. Me he metido por muchos callejones… 

¿Crees que serías capaz de volver a la comisaría? 

No… me están buscando. 

¿Quiénes?

No lo sé, me estaban persiguiendo. Tres chicos. 

De acuerdo. Quédate ahí. 

Y los mensajes terminaron. Empecé a angustiarme cuando me di cuenta de que no había más preguntas y las lágrimas se desbordaron como cataratas, más abundantes que nunca. Jamás había llorado tanto, juraría que ni siquiera siendo un mocoso de dos años ensucia pañales, ni siquiera entonces. Estaba desesperado. 

Tom, por favor… tengo miedo…

Ese fue mi último mensaje, renunciando a todo mi orgullo. El último mensaje pidiendo ayuda a la persona menos indicada, pero en la que aún confiaba ciegamente, por mucho daño que me hubiera hecho. 
Me abracé a Scotty con tanta fuerza que mi perro se revolvió, pero no ladró ni gruñó, solo me olisqueó la cabeza un poco para alzar la suya de nuevo en una exhibición de control absoluto de la situación. Ojala yo tuviera tanto autocontrol. 
No sé cuanto tiempo pasé allí, en las sombras, muerto de frío y miedo, llorando por culpa de mi estupidez, arrepintiéndome de haberme fugado de casa tan poco preparado. No me arrepentía de haber huido pero si por lo menos hubiera aceptado la petición de Derek y le hubiera dejado acompañarme… si por lo menos no me hubiera montado en esa camión solo porque el camionero parecía amable… si no fuera tan estúpido…

El tiempo se me hizo eterno allí, entre la mugre y, cuando mi mente empezaba a resignarse, pensando que nunca saldría de allí, noté como un gruñido de advertencia emanaba del pecho de Scotty y como unos focos me deslumbraban, cegándome. Intenté levantarme, acelerado y caí al suelo de culo al retroceder y chocar contra un cubo metálico. La luz se disipó tan rápido como llegó y oí el ruido de un motor apagándose a lo lejos. La respiración se me aceleró de inmediato, oyendo pasos pisando a fondo y viendo sombras moverse bajo la luz casi oculta de la luna. 
Scotty empezó a ladrar y a gruñir. Yo… temblaba en el suelo. Sin darme cuenta había caído en un terreno embarrado y me empapé, llenándome la ropa y los brazos de barro. 

—¿Hay alguien ahí? — gritó un hombre, una voz grave desconocida llegó hasta mis oídos. Me sonaba de algo, pero estaba demasiado asustado como para relacionarla con la de otra persona. De lo que sí estaba seguro era de que no era la voz de Tom, la que más necesitaba oír. — ¡Eh! ¿Hay alguien? — gruñó y yo me arrastré por el barro hacia atrás. Debía de ser vergonzoso encontrarme en ese estado, pero el pánico dominaba todos y cada uno de mis actos. Las lágrimas abundantes me empañaban la vista, pero cuando divisé una sombra grande, alta y corpulenta asomarse por el callejón, las lágrimas parecieron cortarse de golpe para nublarme por completo el sentido. Toda la oscuridad del callejón se cernió sobre mí y no pude ver nada. Todo se hizo negro y por un momento pensé que me había desmayado de puro terror, pero aunque era incapaz de ver nada, sentí como mi cuerpo se levantaba del suelo apresuradamente y corría hasta una esquina del callejón, encogiéndose allí, intentando pasar desapercibido. 

Scotty ya no gruñía, rugía, rabioso. Pero, de repente, mis oídos dejaron de captar su rugido. Un silencio sepulcral tomó el control de la situación y en ese instante, no fui capaz ni de pesar que algo malo le había ocurrido a Scotty. Mi cuerpo solo respondía a los temblores. 
Oí el ruidito que emanaba del hocico de mi perro cuando rastreaba algo, olisqueándolo, buscando algo que su súper olfato perruno pudiera reconocer y tras varios segundos rastreando a saber qué, empezó a ladrar, pero no de manera amenazante, si no con optimismo, con alegría. Esa era la mejor señal que podría haberme enviado, pero yo no la recibí.
Pasos… pasos… 

—¿Bill? ¿Eres tú? — la voz se volvió suave y mi cuerpo se deshizo en espasmos al advertir la cercanía del individuo. Empecé a hipar. El hombre suspiró. — Menos mal que estás bien. ¿Cómo se te ocurre pasear por los barrios bajos tú solo? Podrían haberte matado. — sentí una mano grande y muy áspera apoyándose en mi brazo desnudo. — Vamos, te llevaré a ca…

—¡No me toques! — le grité, y le di una manotazo, apartando su mano de mí. Volví a acurrucarme contra la esquina, en posición fetal, con la cabeza entre las piernas, sollozando con histeria, padeciendo un molesto ataque de hipo. 
El silencio volvió a hacer acto de presencia durante un par de minutos, pero él no se fue. Se quedó quieto, observándome, hasta que se acuclilló frente a mí.

—Lo siento. No tienes ni idea de quién soy ¿no? Y supongo que te estoy asustando… aún más… ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que nos vimos, pequeño. — ¿Pequeño? Me pregunté por qué ese desconocido me hablaba con tanta confianza y por qué yo se lo permitía. Pese a todo, yo sabía que lo conocía de algo, que podía confiar en él. Su voz me era extrañamente familiar y tras unos segundos en los que intenté contener el hipo, alcé la cabeza un poco. Mis ojos marrón claro se clavaron en otros exactamente iguales a los míos. — Soy yo, Bill. Soy papá. 
Como respuesta, solo recibió un hipido. 

Las pocas veces que había pensado en mi padre, en qué haría, qué le diría, cómo reaccionaría si lo viera otra vez, siempre habían hecho referencia a un comportamiento tan paternal y estúpidamente fantasioso, que nuestro auténtico reencuentro me pareció de lo más surrealista y vergonzoso o, al menos, lo era para mí. 
Cuando despegué la cabeza de mis piernas y la alcé para verle bien, boquiabierto, me di cuenta de que mi padre tampoco era como la imagen mental que me había hecho desde los doce años, cuando me enteré de que era alcohólico y de que mamá lo dejó por eso. Mi padre no estaba gordo, ni olía a alcohol, ni nada de eso. No parecía un alcohólico que en su día se había pasado las noches en el bar de la esquina, descuidando a su familia y a su trabajo por unas cuantas copas de más. ¿Sería una de las muchas mentiras de mi madre? Mi padre era alto, altísimo. Uno noventa u ochenta y tantos. Supe enseguida de donde habíamos sacado Tom y yo la altura. Tenía perilla, las facciones de la cara suaves y abundante pelo en la cabeza, castaño, como el de Georg. Era sumamente corpulento. Supuse que con respecto a corpulencia, habíamos salido a mamá. No parecía una forma física que se consigue tras años de gimnasios y pesas. Quién se dejara guiar por la forma de su cuerpo, le temería, pero bastaba mirarle a los ojos para saber que no era la clase de hombre que alardea de su poder. Él… era bueno. No había rastro de malicia ni falsedad en sus ojos, quizás un poco de temor y melancolía, pero poco más. 

—¿Pa… pá? — murmuré. Él sonrió. 

—Hola, Bill. — su mano, enorme, con mucho tacto, se posó sobre mi cabeza. — Cuanto has crecido. — y… bueno, no sabría explicar qué fue lo que sentí cuando mi padre, al cual no veía desde los cuatro años, al que había dado por perdido hacía mucho tiempo, posó con delicadeza su mano sobre mi pelo, acariciándolo con la mayor de las ternuras. Ni siquiera me pregunté qué demonios veía Tom de malo en él. Lo único que hice fue empezar a llorar más fuerte aún y acabar arrojándome contra su pecho súper duro, haciéndolo caer de culo al suelo. Abracé a mi padre con todas mis fuerzas, tal vez dándole las gracias por la manera tan reconfortante que había utilizado para tranquilizarme, con unas simples palabras y una caricia en la cabeza o, quizás, por haber hecho desaparecer el miedo que me aprisionaba el cuerpo segundos antes. De cualquier modo, me abracé a él y empecé a llorar como un mocoso. — Ya veo. Has crecido mucho, pero aún así sigues llorando como un mocoso. Hay cosas que nunca cambian. — seguí llorando. 
Gracias papá. Gracias por venir a por mí. 

—Estás empapado hijo. Toma. — papá se quitó su chaqueta de cuero negro y la dejó caer sobre mis hombros. Por su tacto supe enseguida que se trataba de cuero falso, pero aún así me la puse rápidamente y me froté los ojos con las largas mangas de la chaqueta. Me estaba enorme, tanto de largo como de ancho, pero no me importó. Me picaban los ojos por la pintura corrida y cuando salimos del callejón y mi padre se volvió para mirarme, temí que dijera algo que rompiera mi momento de dicha. Pero no mencionó palabra. Nada de maricón por maquillarme, aunque quizás fuera lo que pensara. — Vamos, necesitas darte una ducha y cambiarte antes de volver. Cogerás un resfriado. — yo asentí, siguiéndole desde muy cerca hasta su coche, o más bien, furgoneta vieja. Papá fue a abrir la puerta del conductor cuando de repente, empezó a sonar un pitido agobiante. Scotty, a mi lado, como un fiel perro guardián, soltó un ladrido y yo bajé la cabeza buscando mi móvil cuando me di cuenta de que no era el mío. Papá se sacó el móvil del bolsillo. Miró la pantalla, cogió aire y se lo llevó al oído.

—¿Sí?… sí, lo he encontrado. Está aquí, conmigo… ¡No! ¡Está muy asustado y sucio! Necesita una ducha y algo de comer, no puedo… — suspiró y me miró de frente, como si estuviera hablando conmigo. — Necesita descansar. Dormir un poco. Mañana lo llevaré de vuelta. — hubo un silencio incómodo entre él y su interlocutor. — No lo entiendo, ¿Por qué no? — era obvio que estaba hablando de mí y tragué saliva al captarlo. Quizás estaba hablando con mamá, que sin duda le obligaría a llevarme de vuelta aunque fuera a esas horas. Joder no… pese a todo lo que había ocurrido, ahora, pensando en frío, recordando lo que había pasado semanas atrás allí, como se habían burlado de mí, como había estado recluido semanas enteras en casa sin poder coger ni siquiera una cuchilla para afeitarme la barba y rogué por no volver. Al menos no ahora que estaba seguro con mi padre. Me puse nervioso, incomodo y mi padre pareció apreciarlo por su expresión frustrada. — ¿Qué hago entonces? Tengo que llevarlo a casa, no puedo dejarlo solo… ah, bueno… entonces todo está bien… adiós… — y colgó. De inmediato suspiró, como si acabara de mantener la conversación más dura de su vida. 

—¿Era… era mi madre? 

—¿Eh? ¡Ah, no! Era Tom. — el corazón se me disparó con solo oír su nombre y las mejillas me ardieron, lo noté. Sabía que Tom estaba por allí, cerca, más cerca de lo que había estado en meses, pero a la vez, más lejos de mí de lo que había estado en la vida. 

—¿Tom…? ¿Qu—qué quería? 

—Pues… solo quería saber si te había encontrado ya. 

—Ah. — yo no me atreví a preguntar más, pero la desilusión en mi cara debía haber sido obvia. 

—Hemos acordado algo él y yo. Esta noche te quedas en nuestra casa. Está claro que así no puedes volver a Hamburgo, así que solo por hoy te quedarás conmigo. Mañana por la mañana temprano, te llevaré de vuelta a Hamburgo ¿Vale? — ¿vale? ¿vale? ¡Por supuesto que no vale! Volver a Hamburgo,¡Oh no, ni muerto! Y tener que reconocer mi derrota en tan poco tiempo… ¡Y una mierda! Cierto que hasta hace diez minutos, estaba deseando volver a casa, pero ahora me negaba en rotundo otra vez. No quería volver, ¡No podía volver! Pero no me quejé porque me quedé de piedra al captar el significado oculto de esas palabras. 
Iba a pasar la noche en casa de Tom… y podría ver a Tom, cara a cara. Oh, joder. Cara a cara… 
El corazón trepó hasta mi garganta, latiendo con fuerza, atascándose en ella con saña. Estuve a punto de echarme a llorar otra vez. 

—Va… vale. 

.

By Tom

En cuanto colgué el teléfono me di cuenta de que acababa de hacer la cosa más absurda que había hecho en mi vida, a parte de otras tantas que, joder, para mi desgracia, también tenían que ver con Bill. ¡Como si al tenerlo cerca me volviera un estúpido que hacía cosas estúpidas! Maldito Bill. 

—¿Ya has terminado? — miré a Aaron, recién salido de la ducha, con los pantalones del pijama puestos y una toalla alrededor de los hombros desnudos, secándose el pelo. 

—Sí. 

—¿A qué venía tanta urgencia? 

—A nada. El gilipollas de mi hermano se ha escapado de casa y ha aparecido aquí. Se había perdido en los barrios bajos.

—¿Tu hermano? ¿El gemelo? — me mordí el labio inferior. Claro, me olvidaba de aquella vez, cuando me tiré al Príncipe en mitad de la calle y había permitido que mis más sucias fantasías con Bill fluyeran a través de mi boca. Seguramente, Aaron era el único de toda la pandilla que sabía que tenía un hermano gemelo, pero por suerte no se imaginaba que ese hermano gemelo era mi fantasía sexual desde que puse un pie en Hamburgo. Sabía, como Andreas, que existía un Bill, pero no que ese Bill fuera mi hermano. Y mejor así.
Me dejé caer boca arriba sobre la cama de Aaron. Su casa era enorme, mayor que la de Bill incluso y su cuarto lo mismo. Tenía una televisión de plasma para él solo conectada a todo tipo de consolas, una cama de matrimonio enorme, su armario era tan grande como un cuarto de baño mediano, el cual también tenía para él solo, sobre el escritorio descansaba un portátil táctil de último modelo, algún que otro libro de medicina y derecho y dos botes de colonia que parecían de adorno. Tenía todo tipo de libros extravagantes y figuritas exóticas. Hasta tenía un loro abajo, al lado de la ventana, en la sala de estar, no en el salón (tenía una sala de estar y, a parte, un salón). Había intentado enseñarle al loro algunas palabras y tras mucho persistir, había conseguido enseñarle decir algo parecido a hijo de puta. Las habitaciones estaban pintadas de azul celeste, demasiado llamativo para que me agradase, y además, para rematar, tenían tres criadas y una cocinera.

Nadie a parte de mí venía nunca a casa de Aaron, ni aunque los invitara. Andreas vino una vez pero se fue enseguida, rabioso de celos. Para las personas de los barrios bajos, ser conscientes de que un niño repelente tiene tantos lujos inmerecidos los volvía locos de rabia y no se acercaban a los barrios altos ni aunque le dieran dinero a cambio. Era como vendar los ojos de un toro con un pañuelo rojo. A mí, sinceramente, me daba igual. Quizás era porque sabía que por muchos lujos que Aaron tuviera, yo tenía el premio gordo. Su respeto, su temor y su «corazón». En pocas palabras, el Príncipe que todo el mundo odia es fácilmente manipulable para mí y que me dejara pasar la noche en su casa cuando a mi me viniera en gana pedírselo, lo verificaba. Como aquella noche. 

—¿Cómo es tu hermano gemelo? — me preguntó, dejándose caer de rodillas frente a la cama, encima de la alfombra oriental que ocultaba el suelo. Me encogí de hombros. 

—Gemelo. 

—No puedo imaginarme a dos Tom iguales. 

—No es igual a mí, es… lo opuesto a mí. En todos y cada uno de los sentidos. Si lo vieras por la calle, nunca te darías cuenta de que somos familia. 

—Hum… ¿Y por qué quieres quedarte aquí esta noche? — cerré los ojos, aperreado. Todavía no había pegado ojo desde la noche anterior y empezaba a olerme por dónde iban los tiros según Aaron. 

—Mi hermano va a pasar la noche en mi casa con mi padre. 

—¿Y no hay sitio o qué? 

—No… pero aunque hubiera no iría. — no me molesté en dar más explicaciones. La situación era simple. Estaba haciendo todo lo posible por esquivar a Bill, incluso había obligado a mi padre a ir a buscarle él en mi lugar, solo para no tener que verle la cara. Podría haberme quedado a dormir en casa de Black, o de Ricky, o de Kan o dormir simplemente en la calle. Sabía que a Andreas no le importaría que fuera a dormir a su casa, pero estando herido y con un simple colchón viejo para él y para su pierna escayolada, prefería no tener que causarle la más mínima molestia. 
Cerré los ojos y estuve a punto de caer rendido ante el sueño que llevaba reprimiéndome dos noches enteras, pero en cuanto sentí el peso de Aaron hundir la cama, volví a abrirlos, molesto. Él se había subido encima de mí, a cuatro patas y me miraba fijamente, con el ceño fruncido. 

—¿Haces como si no te importara? — preguntó.

—¿El qué debería importarme?

—Sé que Andreas te lo contó todo después de lo que hicimos… esa noche. 

—¿Y qué? No era ninguna sorpresa. Tú mismo me lo dijiste mientras te daba por el culo. 

—…Quiero una respuesta. — se me escapó una leve risita cruel que pareció dolerle, pero me importó poco. 

—No me gustas de esa forma, Principito. Me caes bien, eres un pasivo atractivo y da la casualidad de que este año me he levantado con la vena maricona. Una combinación de factores que me llevaron a follarte aquella noche. No hay más. — sus ojos me transmitieron su dolor y su vergüenza, pero no traspasaron ni la primera capa de hielo que me cubría el cuerpo, a diferencia de Bill, que había logrado atravesarlas todas limpiamente, o Andreas, que aunque no las hubiera atravesado todas, había llegado más lejos que ninguna otra persona, a parte de mi dulce hermanito.

—Eres cruel, Tom Kaulitz.

—Eso tampoco es ninguna sorpresa. Sé un buen anfitrión y déjame dormir. 

—¿Qué tiene ese Bill que no tenga yo? — soltó, de buenas a primeras, y yo empecé a descojonarme de risa, incrédulo. ¿Había dicho lo que creía que había dicho? ¿Cómo se atrevía?

—¡Eres un puto insolente, Príncipe! 

—¡Quiero saberlo! — me exigió. Estaba tan metido en su papel de nato celoso que incluso golpeó la cama con el puño, al lado de mi cabeza. ¡Pero bueno! 

—¿Me estás amenazando? — pregunté, y él cerró la boca, dándose cuenta del error que acababa de cometer. Aún así, no se lo perdoné y lo tiré al suelo de una buena hostia en la cara. Encima con exigencias. Él me miró altanero, con el orgullo herido desde el suelo. Con ojos desafiantes. — Aaron, si sigues vivo hoy en día es gracias a que yo cuido de tu culo en los barrios bajos. Si te me pones exigente, igual pierdes el comodín y estoy seguro de que si me pierdes como colega lo vas a pasar muy mal. Ya sabes, soy tu único amigo así que te recomiendo que bajes esos humos delante de mí o… seré yo mismo quien te raje. — le sonreí, pero con una de esas sonrisas irónicas que daban a entender que no hablaba en broma. Aaron apretó los labios, sintiéndose humillado y yo lo ignoré y volví a echarme en la cama, esta vez dándole de lado. Cerré los ojos. — Buenas noches, Príncipe. 

—¿Tan… tan fantástico es? 

—¿Quién? 

—Ya sabes quién. 

—…No te importa. De todas formas, ahora estoy pendiente de otra persona. — se hizo el silencio. No me molesté en cerrar los ojos porque sabía que Aaron volvería a efectuar la pregunta clave de nuevo. 

—¿Qué persona? — ahora sí, sonreí divertido. 

—Andreas. 

—¿¡Andreas?! — gritó y yo estallé en carcajadas. Ahora el Príncipe no dormiría en toda la noche dándole vueltas a la cabeza al mismo tema. ¿Qué tendría Andreas que él no tuviera? 

—Mañana volveré a mi casa en cuanto me despierte. Para entonces mi hermano ya se habrá ido. Saldré por la puerta de atrás, como siempre, para que tu padre no se entere, ¿Vale? — él no contestó. — ¿Aaron? 

—… ¿¡Qué tiene Andreas que no tenga yo!? 

—… Cierra el pico y duérmete de una vez, Príncipe.

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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