Encadenado 12 (P.2)

Encadenado 12 (P.2)
Muñeco by Sarae. Temporada III
Capítulo 12 (P.2)

—¡Vamos a ver al Hippie! Está contando unas historias cojonudas. ¡Es una máquina cuando está borracho! — Andreas rodeó con un brazo el cuello de Ricky mientras echábamos a andar, esquivando la hoguera. Ella empezó a reírse, intentando quitárselo de encima y yo los seguí, dándole por completo la espalda al Príncipe consentido.

Fue en ese momento cuando se me quedó gravada prácticamente a fuego una de las reglas fundamentales de los barrios bajos. Nunca des la espalda a tu enemigo.

Cuando sentí el pie de ese capullo dándome una patada en pleno trasero no respondí. Simplemente tropecé, eché a andar con rapidez y de puntillas varios metros más allá para no caerme al suelo y de repente, choqué contra dos cuerpo duros y un montón de polvo me cayó encima, cegándome como si se tratara de arena.

—¡Iaahh!

—¡El fuego! ¡La hoguera!

—¡Que se quema! — empezaron a gritar y un calor abrasador impactó contra mi cara y mis ojos se llenaron de lágrimas justo en el momento en el que conseguí frenar. Y caer de culo hacia atrás.

—¡Muñeco!

—¡Biiiiill! — unas manos bruscas tiraron de mí hacia arriba mientras yo me apartaba el maldito polvo de la cara como podía, restregando el brazo por mis ojos. Estornudé varias veces. Me picaba la nariz. Pero ¿quién puñetas me había echado tierra encima? Acelerado como estaba, empecé a inspirar con fuerza por la nariz y el polvo adentrándose en mis fosas nasales me provocó la tos. Me rasqué la nariz en cuanto pude ver algo con los ojos llenos de lágrimas y lo primero que localicé fue a Aaron, pálido, a varios metros de mí.

—¡Capullo! — grité, sin aguantar más la rabia, alejándome de la hoguera que había estado a punto de consumirme. — ¡Casi me prendes fuego, gilipollas! ¿¡Es que no te enteras!? ¡Las peleas no están permitidas, son estúpidas! ¡Idiota! — y de repente, todo el mundo se quedó callado. Todos se giraron para mirarme, todos abrieron los ojos como platos observándome. Una brisa extraña llenó el aire y el fuego se avivó unos segundos a mi espalda. Ricky y Andreas se separaron de mí. Se habían quedado totalmente blancos. Incluso Black, un poco más allá, parecía pálido provocando un extraño contraste con su piel negra.

Todo el mundo se quedó en silencio y solo se escuchó el intenso crujido de la madera siendo consumida por el fuego. Me eché hacia atrás, nervioso por tantas miradas puestas en mí. Pero ¿qué había hecho ahora?

—Cristina… — murmuró alguien y vi a Kam acercarse a pasos agigantados, con expresión desesperada. ¡No, el loco no! ¡Venía a matarme por empezar una pelea! ¡Maldito seas Aaron, maldito seas! Me llevé la mano al bolsillo trasero para coger la navaja, temblando de miedo al verlo casi encima de mí, pero en lugar de matarme o herirme, el tuerto alzó los brazos y me abrazó. Me quedé paralizado. — ¡Cristina, Cristina, hermanita! ¡Estás bien, estás viva! ¡Te quiero, hermanita, te quiero! — gritó en mi oído y yo aparté la cara cuando noté como empezaba a darme besos en la mejilla. ¿Pero qué puñetas hacía? ¿Por qué nadie hacia nada para que no me violara o a saber qué? ¡Estaba loco!

¿Y yo por qué estaba empezando a marearme? ¿Por qué el suelo se movía? ¿Por qué el fuego se dividía en dos y empezaba a adoptar la forma de una chica rubia bailando encima de una hoguera? ¿Por qué todos los allí reunidos empezaban a deformarse? Andreas corrió hasta mí, al igual que Ricky o supuse que eran ellos por la forma mutante de su pelo y por sus voces, que de repente se volvieron muy lentas y macabras, como si tuvieran metidas en la boca un montón de migas de pan que los obligaran a hablar despacio y como si fueran tontos.

—Buuuuiiillllll… ¿eeeestáaaaassss buiiiiiennnn? — negué con la cabeza lentamente, intentando huir de esa masa de colores que brillaba y parpadeaba en mi retina. El mundo dio vueltas en cuanto hice un pequeño movimiento y los colores bailaron al son de mis movimientos.

—Aaaaaaarooonnn eeesss uuunnn giiiliiipoooooooollaaas.

—Haaa siiiidoooo fantáaaaaaasticoooo. Pareciiiiiiass Crissstiinnnaaa cuaaaaanddooo haass gritaaaadooo asíiii. Pareeeeeciiiiiaasss su faaantaaaassmmaa, incluuuuusooo Kaaamm te haaa confuuuundiiiidooo cooon eeeeeella.

—Buuuuiiilllll, eeeeestáaaaaaas muuuuyyy páaaaalidooo. — tantos colores danzarines me estaban atosigando, así que giré la cabeza hacia el suelo y encontré dos figuras oscuras en él, restregando las manos por la arena, que se había vuelto de un color blanco.

—Laaaaa cooooocaaaaaa, tíiiooo… heeeeemossss perdiiiiiiidoooo laa cooooooocaaaaa.

—¿Quéeeeee haceeeeeemooosss ahooooooraaaaa? Yooooo he pagaaaaado pooooor laaaa cooooocaaa, quiero miiiii coooooocaaaaa.

Cooooooooocaaaaaa… cooooocaaaaa… ¿Coca? ¿Coca? ¿Coca-cola? ¿Coco? ¿Copistería? ¿Colaboración? ¿Codependiente? ¿Cocaína?

—¿Coooooocaaaaaaíiiiinaaaaaaa? — murmuré y me entró la risa floja. ¡Mi voz sonaba como si fuera gilipollas! ¡Parecía E.T! — Teléeeeeeeeeefoooonooooo… miiiiii caaaasaaaaaa. — y empecé a reírme como un condenado. ¡Pero qué gracioso! Una mancha negra corrió hasta mí. ¡Era una mancha que se parecía a la de los Hombres de negro! ¡Qué gracia!

—¿Quuuéeeeeee haaaa paaaasaaaaaadooooo? — preguntó el hombre de negro, que además, ¡era negro!

—Nooooo loooo séeeeee. Seeee estáaaaa rieeeendooo sooooloooo, cooooomoooo siiiii estuuuuviieeeeeraaaaa drooooogaaaaadoooo.

—Noooooo. Yooooo nooooo meeee drooooogoooo. — pero ¿por qué hablaba tan raro? ¡No lo sabía, pero era divertido! — Creeeeeeooo queeee soyyyyy uuuunn extraaaaateeerreeeeestreee. ¡Quuéeeee chuuuuloooo! ¡Quiiiiiieeeeroooo viiiiiiajaaaaarr en miiii OOOVVVNIIIIII!

—¡Leeeee haaaa estaaaallaaaadoooo laaa coooocaaaaa eeennn laaa caaaaaraaaaa! ¡Seeee laaa haaa esnifaaaadooo!

—¡Nooooo meeeee joooodaaaaas! ¡Quueeeee seeee loooo teeeengooo queeeee llevaaaaar aaaa Toooom aaaaanteeess deeee laaaaas ciiiiiincoooo!

—¡Toooooooomm! — me reí. — ¡Coooomooo Tooooomm y Jeeeeeerryyyy!

—¡Tooooomm noooss vaaaa aaa maaaataaaaarr! ¡Meeeee diiiiijooo queee loooo prooooteeeeegieeeeeraaa coooon miiiii viiiidaaaaa! ¡Queeee cuidaaaaaaraaaa de éeeell cooomooooo siii fueeeeeraaaa suuuu guardaaaaespaaaldaaaaas! — gritó el hombre de negro. ¡Pero qué fuerte, tenía un guardaespaldas alienígena! Ah… no. El alienígena era yo. ¡Flípalo!

—¿Cuáaanndooo teeee diiiijooo eeeeesoooo? — preguntó el de pelo rubio, que me recordaba a Piolín. ¿Cómo se llamaba el gato que siempre iba detrás de Piolín?

—¿Siiiiillmenteeee? ¿Sillveteeeee? ¿Siiiiiimoooooneeeee? ¡Andaaaaaa, asíiii seeee llaaaamaaaa miiii maaaaadreeeee!

—¡Meeee diiiijoooo queeee loooo cuidaraaaa eeeell díaaaa quueee loooo conoooocíiiimoooos toooodoossss! ¡Teneeeeeeemooooos queeee haceeeeeer aaaaalgooo!

—¡Vaaaaamoooosss a llevaaaaarloooo a caaaasaaa! ¡Soooolooo espeeeeero queeee no leeee deeee unaaaa sobredoooosiiss!

—¡Vaaaaamooooss aaaa saacaaaarloooo de aquuuí!

—¿Puueeeeedesss camiiiiinaaaaaarr, Buuuuuiiiilllllll?

—Claaaaaaroooooo. ¡Yooooo meeeee lllaaaaaamoooooo Buuuuiiiiiiiiiiiiiiiiiill! Noooo Buiiiiiilll. — que si sabía andar, decía. ¡Ni que fuera un bebé, claro que sabía andar! ¡Pero él no sabía pronunciar mi nombre! ¡Sería cateto! ¡Con lo fácil que era! Eché a andar y de repente, el suelo corrió hasta mí y me pegó en la cara. — ¡Aaaah! ¡Eeeeel sueeeeeeeloooo meeee haaaa pegaaaaadooooo!

—¡Noooo Buiiilll! ¡Túuuuu teee looo haaaaass comiiiddoo! — y eché a andar de nuevo, esta vez con mi guardaespaldas cogiéndome en brazos, con el rubio que me recordaba a alguien a mi lado y con otra persona morena al otro. Los colores oscuros pegaban saltos y correteaban a nuestro alrededor como duendecillos mágicos, así que pedí un deseo.

—Quiiiiiiieeeeeroooo loooos paaaaantaaaalooooneeees nuuuuueeevooooos deeee Diiiiooorrr yyyyyy uuuuuun millllóooonnn deeeeee eeeeurrooossss yyyyy, unnaaa noviaaaaa paraaaaa Scottyyyy paraaa queeee tengaaaaa muuucchoooos perriiitoooos y taaaaambiiiénnnn quieroooo un… — entonces, otra cabeza rubia pasó por mi lado. La miré con la boca abierta. ¡Yo lo conocía! — ¡Túuuuuu! — grité y lo señalé con el dedo. ¿Podría maldecirlo ahora que me había enterado de que era un alienígena? Quizás tuviera poderes que lo mataran, ¡como Carrie! — ¡Teeeeee odiiiiiiooo! — grité. — ¡Muéeeeeeereeeetee! — pero la cabeza rubia seguía en pie y me miraba con cara rara y amorfa. Noté como el hombre de negro empezaba a subir unas escaleras por los botes que empecé a dar entre sus brazos. El Príncipe corría, se alejaba de nosotros. Cada vez estaba más abajo ¿o era yo que cada vez estaba más alto? — ¡Yyy queeeee seeeeppaaasss que túuu no eres uuuun Príiincipe de verdaaaaad! ¡Eeel Príncipe soyyy YO! ¡UAJAAAAA!

—¡Black, tira que éste lo está flipando cada vez más!

—¡Ya voy, ya voy!

—¿Y qué le decimos a Tom cuando lo vea?

—…Que ha sido culpa de Aaron.

—Vale.

—Por mí, de puta madre.

—¡Pooooobreeeecitooooo! — y seguí riéndome todo el camino.

.

By Tom

Yo lo mataba. ¡Lo mataba! Se lo había dicho tantas veces ¡tantas! Pero el señor nunca escucha. ¡Nunca!

—¡Scotty, como sigas dando vueltas y no cierres tu maldito hocico, te echo de casa, chucho asqueroso! — era consciente de que el perro en realidad estaba tranquilo, tumbado en mitad del salón con las patas estiradas, observando como yo daba vueltas alrededor del sofá con una cojera que empezaba a resultar desagradable, sobretodo si no tenía a Bill para que me la cuidara.

El hijo de puta era listo. Se las había ingeniado para adormilarme y tener vía libre para darse el piro sin dar explicaciones. ¡Y parecía tonto cuando lo conocí en aquel pub a las afueras de Hamburgo hacía casi un año!

Cogí la notita y volví a leerla de nuevo.

Me llevo la navaja y si no llego antes de las cinco, tienes permiso para empezar a preocuparte. Descansa, Tom.

Que descansara, decía. Antes de las cinco, decía. Le eché una ojeada rápida al reloj de muñeca. Las una y media… hasta las cinco… y se había ido con Ricky y con Black. De Black me fiaba, pero de Ricky, de esa zorra insípida que había dejado muy claras sus intenciones de cepillárselo, no. Bill era débil a las tentaciones de la carne, tan débil como yo y no estaba seguro de si también sería débil frente a los pechos de una chica como lo era frente al torso de un hombre.

Pero de todas formas, lo malo era que a mí no debería importarme. ¡Pero es que me importaba! Imaginarme a Bill sonriendo para otras personas, abrazado a alguien que no era yo… ¡Buag! Nunca había soportado que alguien ajeno tocara nada mío, pero es que esto era ridículo. Recordaba que con Helem me ocurría lo mismo. Mi madre era mi madre y no era madre de nadie más ni esposa de nadie más. Era solo mía, ni siquiera era del capullo de mi padre por mucho que fuera su pareja. Me enfadaba con él cuando se le acercaba mucho, cuando dormían juntos y al escucharlos hacer el amor por las noches. Solía echar mistol, lejía y caca de perro en la comida de mi padre al día siguiente, después de una noche pasional. Una vez había echado ácido clorídico en su cerveza sin alcohol, recién sacado del laboratorio de química del colegio, pero la botella se derramó antes de que llegara a probarla y disolvió parte de la mesa frente a los ojos incrédulos de mi padre y de Helem. Yo pillé un berrinche incontrolable y destrocé el resto de la mesa a patadas. Esa fue la única vez que mi padre me castigó, encerrándome en mi cuarto. Me ató a la cama después de que me cargara la puerta y tuvo que desatarme para llevarme al hospital cuando rompí el cristal de la ventana con el puño, cortándomelo hasta el codo.

De pequeño había tenido un genio desbocado, bueno… aún lo tenía. Pero ya no intentaba matar a mi padre… al menos no muy a menudo. Cuando cumplí los doce tuve que entrenar mi autocontrol con los clientes que había tenido que atender en algún bar y con los jefes del negocio. También había sido obligado a arrastrarme un poco en otras cuestiones, a bajar la cabeza y a decir vale, a callarme algún grito, alguna mueca de asco, sobre todo en el sexo. Quizás esa fuera la razón de por qué prefería ahora a los hombres. Con Bill no hubo vez que no disfrutara y me sintiera cómodo. Con… bueno… las primeras veces con ellas, mayores que yo y más experimentadas normalmente me hacían sentir asco, miedo… e incluso dolor.

Con Bill siempre estaba tan cómodo y relajado…

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—Por favor, no te aproveches de mí… ¿vale? Por favor, yo ya no puedo aguantar más tus ataques. No lo intentes esta noche, Tom. No lo intentes. — lloriqueó en mi cama, la noche anterior después de hablar con su madre. Había oído parte de la conversación por teléfono y había pensado “falsa puta” no sabía exactamente cuántas veces. Casi me había decidido a contarle a mi pequeño hermano llorica lo “buena” que era su madre en realidad. Casi.

No me había atrevido a hacerlo cuando se puso a llorar.

Las ganas de contarle que Simone era una hija de la gran puta me carcomían por dentro, pero no se lo diría ni aunque las palabras me pudrieran el estómago. Si Bill tenía una madre cabrona que hacia cualquier cosa para protegerlo, incluso ser una mentirosa, un hurra por él. Yo no era nadie para quitarle la madre que a mí me faltaba.

Recordé la noche anterior. Bill necesitaba tanto a alguien que se hubiera dejado hacer el amor por mí como si nada, pero como yo me estaba volviendo gilipollas otra vez… no le hice nada. Él no paró de rogarme toda la noche que no lo intentara, que no iba a poder aguantarlo y que se dejaría por mucho que no quisiera. Yo me moría de ganas pero es que… ¡Qué era gilipollas, joder, gilipollas rematado! Me había limitado a abrazarlo en la cama y había habido cientos de esos momentos en los que no había podido aguantarlo más y lo había desnudado. Le había arrancado la ropa y tal y como dijo, no intentó detenerme, pero en el momento clave, después de besos fogosos, húmedos y de lo más guarros, hasta cerdos en las partes más cachondas y duras… no me había atrevido a ir más allá. Lloraba demasiado y demasiado alto.

—No, Tom… ya está… ¿vale?… Snif… ¿Vale?… Solo… solo besos. — me dijo, después de haber conseguido un empalme de caballo, después de haber medio hecho que su pene se levantara, pero me había costado. Bill no estaba por la labor y su miembro seguía blando y pequeño entre mis dedos.

—¿Solo besos? — murmuré yo. Mi pecho subía y bajaba y mis pulmones no me daban para tanto oxígeno que recogía en bocanadas inmensas.

—Sí… solo besos. Besos pequeños… besos de hermano mayor…

—Pero yo quiero…

—Yo quiero ver a mi madre… y no puedo.

—Tu madre es una puta.

—¿Qué?

—Nada. Que… solo besos. Vale. — me incliné para besarle el pecho, para humedecer sus pezones desnudos con mi lengua. En la oscuridad de la noche parecían negros y se endurecieron al contacto de mi gruesa saliva.

—Tom… — suspiró, apretando mi cabeza contra su torso y restregándose de arriba abajo, buscando el roce entre mi boca y sus pectorales hundidos. — … pienso en Andreas.

—¿Qué le pasa a Andreas?

—Que él es bueno y tú le estás jodiendo conmigo.

—Es que yo soy el malo, Bill. Yo tengo que joder a la gente, es mi vocación. Yo soy un villano.

—¡Qué mentiroso! — alcé la cabeza y mi frente chocó contra su barbilla. — Au…

—¿Por qué soy un mentiroso? — pregunté, frotando su boca entreabierta con la mía. Sus mejillas seguían húmedas.

—Porque hubo un tiempo en el que fuiste bueno conmigo… y ahora estás volviendo a ser bueno conmigo. ¿Por qué siempre conmigo? ¿Por qué no con otro o con otra que se lo merezca más? Yo no me lo merezco.

—¿Y por qué no ibas a merecértelo? — Bill calló. Sus manos se apartaron de la cama y viajaron hasta mis hombros tensos y desnudos, apretándome contra su cuerpo. Su aliento cálido me golpeaba la cara y noté sus pezones endurecidos pegados a mí.

—Porque tú lo has pasado mal y gracias a eso, yo he podido disfrutar de una vida mejor. Si eres bueno… tendrías que serlo con alguien que lo hubiera pasado tan mal como tú, como Andreas… o Ricky… o…

—Yo elijo a quien me dé la gana para ponerme meloso. Si soy bueno contigo es porque tengo responsabilidades como hermano mayor.

—Tom, a ti te la suda ser mi hermano mayor. Siempre te la ha sudado.

—¿Qué más te da, Bill? ¿No puedes callarte y aprovecharte de los beneficios como todo el mundo? — no me replicó. No dijo nada más, así que me encargué de taparle la boca y mantener entretenida su lengua para asegurarme de que seguía así toda la noche. No paramos de enrollarnos ni de tocarnos durante unas dos horas, revolcándonos en nuestras propias ganas de ir más allá. Cuando me propasaba y mi mano se colaba con disimulo entre sus piernas, Bill lloriqueaba como un niño chico y no paraba hasta que la retiraba. Era un maldito mocoso consentido y eso no cambiaría por muchos palos que le diera la vida.

Cuando me separé de él para ir al baño con la necesidad de mear y volví para seguir… él ya se había quedado frito, con los labios empapados y rojos, con la saliva escurriéndose por su cuello y sus mejillas, acurrucado en posición fetal.

Así que yo me fui a dormir al sofá.

En resumen… ¡Me estaba convirtiendo en gilipollas otra vez! Incluso Bill se había dado cuenta y tenía la certeza de que mi estupidez aumentaba cada vez más por culpa de mi jodida parte ilógica y asquerosamente anti—yo.

Y no sabía qué hacer para detener a esa hija de perra.

Encendí la tele y apoyé el pie en la mesa, deshaciéndome de las vendas que cubrían mi pierna, la cual cada vez parecía tener mejor aspecto. Había recuperado su color normal y ya no estaba hinchada, al menos no tanto. La pus había parado de segregarse y las heridas se habían recubierto por unas horribles conchas marrones que confiaba que pronto cederían. Me humedecí la pierna, me la medio sequé con una toalla y me cambié las vendas después de echarme unas gotas de betadine. Al día siguiente me quitaría las vendas definitivamente. La herida del costado ya estaba casi cerrada y curada y mi cara había vuelto a ser casi igual que antes, aunque aún tenía rastros de pequeños moratones.

Cogí el mando y cambié de canal. Scotty se subió al sofá de un salto y se tumbó a mi lado, pendiente de la tele igual que yo. Solo echaban películas de comedia que no tenían ninguna gracia, teletienda o anuncios hasta que acabé en el canal de Disney. Uff, como odiaba ese coñazo de canal tan cursi.

Acababa de empezar una película de dibujos animados que me sonaba haber visto hacía muchísimo tiempo. Helem me ponía muchas películas de dibujos cuando era pequeño, pero a mí nunca me habían llamado especialmente la atención. Parecía hacerle más ilusión a ella que a mí.

“Erase una vez, en un país muy lejano, un joven príncipe que vivía en un resplandeciente castillo. A pesar de tener todo lo que podía desear, el príncipe era egoísta, déspota y consentido. Pero una noche de invierno llegó al castillo una anciana mendiga y le ofreció una simple rosa a cambio de cobijarse del horrible frío. Repugnado por su desagradable aspecto, el príncipe despreció el regalo y expulsó de allí a la anciana. Pero ella le advirtió que no se dejara engañar por las apariencias porque la belleza se encuentra en el interior. Y cuando volvió a rechazarla, la fealdad de la anciana desapareció, dando paso a una bellísima hechicera. El príncipe trató de disculparse, pero era demasiado tarde, pues ella ya había visto que en su corazón, no había amor. Y como castigo, lo transformó en una horrible bestia y lanzó un poderoso hechizo sobre el castillo y sobre todos los que allí vivían. Avergonzado por su aspecto, el monstruo se encerró en el interior de su castillo con un espejo mágico como única ventana hacia el mundo exterior. La rosa que ella le había ofrecido era en realidad una rosa encantada que seguiría fresca hasta que él cumpliera veintiún años. Si era capaz de aprender a amar a una mujer y ganarse a cambio su amor antes de que cayera el último pétalo, entonces, se desharía el hechizo. Si no, sería condenado a seguir siendo una bestia, para siempre.
Al pasar los años, comenzó a impacientarse y perdió toda esperanza, pues… ¿Quién iba a ser capaz de amar a una bestia?”

La Bella y la Bestia.

Por algún motivo desconocido, se me puso el vello de punta. Dejé el mando quieto en el sofá y junto a Scotty, empecé a ver la película. Las canciones de las películas de Disney, siempre tan pegadizas, me provocaron cierta nostalgia y la historia de Bella, una chica buena, sacrificando sus sueños y su libertad por su padre, siendo tratada mal por la Bestia incomprendida y espeluznante que la asustaba por su mal humor, me hacia replantearme cosas que nunca antes había pensado.

…Yo… ¿era una bestia? O… ¿había sido una bestia? ¿Por qué notaba que estaba cambiando? Yo no quería cambiar. Mi forma de ser hacía daño a las personas y eso me hacía fuerte y superior. ¿Por qué querría cambiar? Lo había conseguido todo siendo una bestia. No. Definitivamente me gustaba ser bestia, pero… cuando la película terminó, cuando vi como Bella y Bestia se abrazaban y besaban y bailaban tan felices en mitad de un salón lleno de amigos… bueno, la escena era rematadamente cursi, pero al príncipe se le veía más feliz que cuando era una bestia. Y a Bella también.

Apagué la televisión en cuanto la película terminó.

Maldita sea, Tom. Una película de Disney. ¡Solo es una jodida película de dibujos animados surrealista, idealizada, nacida de la mente de un optimista que no tiene ni idea de lo que es la crudeza de la vida! No tiene nada que ver contigo.

Miré la hora de nuevo. Las tres menos diez. Scotty me rozó la mano con el hocico. Parecía triste.

—No voy a ir a buscarle, chucho. Que se muera en la calle si quiere. Que aprenda solo.

Como yo lo hice, pensé.

Y entonces apareció, otra vez, encima de la mesa frente a mí. Me sorprendí y di semejante salto a causa del sobresalto que estuve a punto de caer del sofá al suelo. Él se rió, lúgubre.

—Jodido Muñeco. — murmuré, recuperando la compostura y él pareció sentirse halagado por la ironía. Hacía días que no lo veía y me había acostumbrado por completo a no sentir su molesta presencia rondándome y siguiendo mis pasos, observándome incluso en el baño con sus ojos de botones deshilachados. Ni siquiera me había acordado de él. — Pensaba que te habías largado. — extrañamente, el Muñeco me contestó con un movimiento negativo de la cabeza. Tenía una postura extraña. Los brazos que colgaban de la parte superior de su cuerpo desgastado se escondían tras su espalda. — ¿Qué quieres? — pregunté. Él giró la cabeza hacia la puerta del salón. Saltó de la mesa y aterrizó con suavidad sobre el suelo. Echó a correr dando botecitos hacia el pasillo al que daba la entradita y me dirigió una mirada indescifrable para ver si le seguía o no. Lo hice. Lo seguí. Scotty se quedó quieto en el sofá, ignorando por completo la presencia del Muñeco, que me llevó hasta la puerta de la calle y se colgó del pomo de un salto, balanceándose sobre él de un lado a otro. — ¿Quieres que salga a la calle? ¿Para buscarle? — asintió. Pareció ilusionarle por el hecho de que hubiera captado inmediatamente lo que deseaba que hiciera. — No voy a salir a buscarle. Si se ha metido en algún lío es su problema. — sentencié tozudo. El Muñeco pareció escandalizarse y soltó el pomo. Se me quedó mirando alzando la cabeza desde el suelo.

—Arrrgg… doooorrggleeee… — fruncí el ceño. Era la primera vez que me hablaba con tanta claridad, a pesar de que yo seguía sin entenderle.

—¿Cómo dices?

—¡Dooooorrggggleeeeeee!

—¿Dole?… ¿Duele? — el Muñeco asintió efusivamente. — ¿Te duele algo, bicho? — me reí. El Muñeco bajó la cabeza, diría que avergonzado, pero ¿era posible que esa cosa sintiera vergüenza? — ¿Y qué te duele, Muñequito?

—Miiieeeeee dooooorrggleee. — siseó y estiró los brazos hacia delante, descubriéndolos por fin. Algo grande se quejó, se contrajo en mi estómago y una pequeña sensación de vértigo ascendió hasta mi nuca.

Los brazos del Muñeco estaban ajados, repletos de cortes mal cosidos representando las perfectas heridas de una persona normal. Cortes provocados por algo afilado y, antes de que pudiera asociar esa imagen a alguna realidad concreta, escuché los murmullos al otro lado de la puerta. Scotty salió disparado del salón y se abalanzó sobre esta, gruñendo y ladrando, rascándola con las patas delanteras.

—¡Mierda, el perro!

—Shhh, perro, calla.

—Shhhhhhh, Scoooottyy, cállateeee. — una risa estúpida retumbó fuera. El Muñeco daleó la cabeza. Los dos supimos al instante a quien pertenecía esa risita desquiciada y cabreado, con el instinto asesino empezando a despertar, agarré el pomo, aparté a Scotty un poco y abrí de golpe.

Una escena de lo más extraña se abrió ante mí. Black se me quedó mirando con la boca abierta. Ricky, a su lado, agarraba a Bill de la cintura quien, por azares de la vida (esperaba que tuviera una buena explicación porque si no, me lo cargaba) le rodeaba los hombros con los dos brazos y hundía la cabeza en su cuello. Estaban abrazados y ni siquiera tuvo los dos dedos de frente para apartarse de ella en cuanto lo vi. Parecían haberse quedado pillados. Andreas, un poco más allá, fue el primero en reaccionar. Corrió hasta mí y gritó:

—¡Hola, Tom! — me dio un beso en los labios en señal de saludo, sonriendo de oreja a oreja, y me tapó la visión con su cuerpo y cabeza. — ¿Cómo estás con la pierna? ¡No sabía que estabas mal! ¡Nadie me lo dijo! ¿Por qué no me llamaste? ¡Hubiera venido a verte, ya me han quitado la escayola! — apoyó los brazos a ambos lados de la puerta cuando intenté pasar para llegar hasta mi hermano y cuando moví la cabeza hacia un lado para mirar por encima de su hombro, Andreas imitó mi movimiento, empeñado en no dejarme ver nada más allá. Empecé a impacientarme.

—¿Qué hacéis aquí?

—Venimos a acompañar a Bill, claro está. Es tu hermano y no conoce el terreno y como nos pilla de paso y…

—Andreas, tu casa está en dirección contraria. — Andy se quedó callado, luego sonrió otra vez de oreja a oreja con expresión de circunstancia.

—Ya, bueno… no íbamos a dejar a Bill volver solo por este camino tan peligroso y… además, él tenía miedo y nos pidió que…

—¡No! — gritó mi hermano entonces, alzando un brazo en alto y apartándose un poco de Ricky. Ella lo apretó aún más contra su cuerpo, pálida, y tuve ganas de tirarla al suelo de un empujón. — ¡Yo no he pedido nada, yo no tengo miedo de nada! ¡Es culpa del suuueeeeeloooo! — alcé una ceja, extrañado. ¿Y esa manera de hablar? ¿Y ese tonito estúpido?

—¿El suelo? — Andreas se empezó a reír de pronto.

—¡El suelo, sí, es que Bill tiene unas ocurrencias!

—¡No son ocurreeeenciaas! ¡El suelo me sigue y me ha pegado ya… DOS VECES! — alzó la mano derecha y me enseñó tres dedos, entusiasmado.

—Bill, guapo… cállate ya. — le dijo Ricky, obligándole a bajar el brazo. Mi hermano empezó a reírse, apoyando todo su peso en el cuerpo de ella, que estuvo a punto de ir directa al suelo de no ser porque Black los equilibró en el último momento.

De acuerdo… Bill no era así de gilipollas, al menos, no solía serlo y dudaba mucho que teniéndome delante se abrazara a Ricky como si le fuera la vida en ello, a no ser que quisiera joderme, así que di un paso al frente. Andreas se me puso delante.

—Andy, o te quitas o te quito. — le amenacé. Él abrió la boca para decir algo, pero lo aparté de un pequeño empujón y fui hasta mi hermano. — Bill…

—¡Tom! ¿A que no sabes qué? ¡Le he encontrado trabajo a tu hermano! — empezó a parlotear Andy otra vez. Se me puso delante de nuevo, charlando apresuradamente — ¡He dejado la pastelería porque me han dado trabajo en una librería chulísima, llena de libros, ya sabes, adoro los libros y pues tu hermano me ha dicho de camino hacia aquí algo de un trabajo y… ¿Y si ocupa mi puesto en la pastelería de mi tío? ¿No te parece buena idea? ¿Eh, Tom? ¿A que sí? ¡Y además, como es hermano tuyo, pues…!

—¡ANDREAS, FUERA! — le grité y Andy, sobresaltado por el grito, se apartó de un salto. — ¡Bill! — volví a llamarle y mi hermano alzó la cabeza al instante, mirándome con ojos desorbitados.

—¡Es Buuuiiilllll! ¡No Biiiiiiiill! ¿O es al revés? — le preguntó a Black, que cada vez tenía más mala cara.

—¿Estás borracho? — pregunté. Bill me miró con los ojos muy abiertos, luego a Ricky, ladeando la cabeza y empezó a reírse otra vez.

—Boooooorrachooo… ¡No! ¡Tú estás borracho! — y me señaló de una manera tan amenazante, que si no fuera porque me aparté de casualidad, me hubiera metido el dedo en un ojo.

—Genial. Lo habéis emborrachado. — ya no podría echarle la bronca porque al día siguiente se le olvidaría, así que me dispuse a llenarme bien los pulmones para descargarme sobre aquella pandilla de incompetentes cuando los vi sonreír aliviados.

Sonreían… me estaban ocultando algo…

—¡Tom! ¡Toooom! — gritó Bill y de un pequeño empujón, se soltó de Ricky y salió disparado hacia mí. Tropezó contra el suelo plano con sus propios pies y tuve que agarrarle y pegarlo a mí sosteniéndolo de la cintura para que no se metiera una buena hostia. Me rodeó el cuello con los brazos, riéndose por su propia torpeza. — ¡Tom! ¿A qué no sabes una cosa de la que me he dado cuenta hoy? ¡Soy un alienígena! ¡Como E.T! ¡Y tengo mi propio guardaespaldas intergaláctico! ¡Y es un hombre de negro, negro! ¿A que es cooooooooool? — le olí el aliento cuando me gritó en toda la boca ese último “coooooooool”. Olía a alcohol… pero no tanto como para ir tan pedo para pensar que era un maldito extraterrestre. Entrecerré los ojos y miré los suyos fijamente. Estaban tan abiertos que no me costó nada darme cuenta de la extraña dilatación de sus pupilas y… yo los mataba. Yo los mataba… ¡YO LOS MATABA!

—¡Está colocado! — grité.

—¡Uuuuu, qué mal, Tom, qué mal! ¡Qué pena de chaval!

—¡Con lo sano que se le veía!

—¡Los mejores siempre acaban mal, siempre! — un silencio agudo y tenso llenó el aire mientras mi furia iba creciendo y creciendo a pasos agigantados, pero antes de poder dar rienda suelta a ella, Andreas, Black y Ricky se miraron, y sin previo aviso, salieron corriendo.

—¡Adiós, Tom!

—¡Ya nos vemos por ahí!

—¡Hasta luego, Capitán!

—¡Ehhh! ¡Venid aquí, hijos de puta! ¡Habéis drogado a mi hermano! ¡Yonkies de mierda!

—¡Toooooom! ¡Es verdad! Si yo soy tu hermano pequeño y tú eres mi hermano gemelo… ¡tú también eres un extraterrestre! ¡Qué fuerte!

—¡Bill, cállate!

—¡Por eso tienes tan maaaaal genio! ¡Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte! ¡Jijijijijiji! — Bill y yo nos miramos. Tuve ganas de cogerle por el cuello y estrangularlo lentamente, esta vez de verdad, pero las circunstancias me podían. Pegó su frente a la mía y acabó apoyando la cabeza en mi hombro. — Tom…

—¿Qué coño quieres, puto drogata?

—Quiero hacer pis. Pero ya. Me hago pipí. ¡Me lo hago encima! — no me lo podía creer.

—Te mato, Bill. Yo a ti te mato.

—Piiiiiiiiiiiiis…

—¡Bill, estate quieto que te caes!

—¡Que me pega el suelo!

—¡Que no te pega nada! ¡Venga!

—¡Y después quiero montar algo!

—¿Qué quieres montar, qué?

—¡Algo! — mientras lo ayudaba a pasar por la puerta siendo seguido por Scotty, Bill pegó su boca a mi cuello, riéndose y murmuró. — Te quiero montar a ti… ¡Jijijiji! — me detuve, clavado al suelo como si me hubieran golpeado con un martillo y Bill siguió riéndose y empezó a caminar solo, adentrándose en casa, andando tan risueño por el pasillo. Scotty lo siguió dando botes de alegría, ladrando y mi mirada fue directa al culo de mi hermano. Se le había subido la camiseta hasta la cinturilla del pantalón y esos pantalones le hacían un culo excelente que se movía inquieto de un lado para otro, tambaleándose junto a su dueño.

Yo lo mataba, yo lo mataba… yo lo mataba a polvos.

Y de repente, la escena tan sensual y guarrilla que se me estaba formando en la cabeza desapareció cuando mi hermano se esfumó de mi vista y apareció tirado en el suelo, tan largo como era.

¡Pum!

—¡Guau, guau!

—¡Aaaahh! ¡El suelo me ha pegado otra vez! ¡Iaaahhhh… snif…!

Argg… la noche sería muy larga, demasiado como para perder tiempo en descargar la pistola… ¿no?

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar.

por Sarae

Escritora de Muñeco

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