Encadenado 19 (P.2)

Encadenado 19 (P.2)
Muñeco by Sarae. Temporada III
Capítulo 19 (P.2)

—Bueno, él era mi pareja. — el hombre, muy profesional, sustituyó la sonrisa por una mueca seria. — ¿Qué pasa? ¿No te agrada mantener esta conversación con un mariquita?

—¿Eh? ¡Oh, no, no! ¡No es eso! Perdona si te he ofendido. Es solo que ser gay acentúa las posibilidades de coger una depresión.

—¿Y eso por qué? — me crucé de brazos, indignado. — ¿Por qué son más sensibles? A mí me gustan los tíos y tengo de sensible lo que mis cojones de duros. — él puso expresión de circunstancia. Un, “ya, si ya lo veo”.

—Acentúa las posibilidades por la intolerancia. Un buen por ciento de la población masculina que sufre acoso escolar tiene antecedentes homosexuales, al igual que una buena parte de los hombres con depresión. La homosexualidad no es aceptada por todos aún y la intolerancia es un arma muy peligrosa. La discriminación, la humillación y las burlas a las personas diferentes sigue patente. ¿Puedo hacerte una pregunta? ¿Vuestra relación estaba fuera del armario? Quiero decir, si lo manteníais en secreto o como algo público.

—Público. — excepto el hecho de que somos hermanos, claro.

—Entiendo. ¿Nunca se metieron con vosotros?

—Alguna vez, pero nunca volvió a repetirse.

—¿No?

—Soy un poco agresivo y las personas que intentaban hacerme sentir mal acababan mucho peor que yo.

—Vaya… ¿y tu chico? ¿Cómo lo llevaba él? — pensé en Bill, en su inseguridad cuando descubrió que éramos hermanos, en cómo de nervioso se había puesto cuando le besé en las taquillas, delante de todo el mundo.

—Él… — recordé que se había ido corriendo cuando esos dos capullos nos pillaron en el baño y le partí la pierna a uno, por burlarse. — Él era un poco más sensible. Un poco más… cortado, quizás.

—Y cuando se metían con vosotros, ¿él qué hacía? — me encogí de hombros.

—Se indignaba, se lo tomaba muy a pecho. Y no le gustaba que yo respondiera por él. Eso me ponía nervioso. Si no lo hacía yo, él no se defendía.

—Es decir, tú le protegías de las burlas. — asentí con la cabeza. El hombre no pareció tomárselo muy bien. — ¿Puede ser que cuando dejasteis de hablaros, las burlas se dirigieran hacía él de manera descontrolada? — ni me lo pensé.

—Me contó cosas…

—Cosas…

—Me contó que le acosaban, que tuvo que dejar la universidad, que le mandaban cartas amenazantes, le pintaron las paredes de su casa… cosas así.

—Acoso.

—Eso es.

—Probablemente, de ahí provenga la depresión. Tú te vas, y la gente se le echa encima, además. Se quedó solo de repente e impotente. No sabía cómo actuar ni qué hacer. ¿Qué harías tú en su situación? — me preguntó.

—¿Yo? — ¿y a qué venía la pregunta? — Pues… rodarían cabezas.

—¿Y si se te echa encima toda la universidad?

—Rodarían muuuuuuuuchas cabezas… y muchos coches arderían. — el hombre se rió.

—De acuerdo, veo que tú eres capaz de defenderte. ¿Por qué no me cuentas más cosas sobre vosotros? No puedo dar un diagnóstico claro sin saberlo todo.

Le conté todo. Bueno, no aquel detallito de que éramos hermanos, porque la homosexualidad era una cosa, pero el incesto tenía condena, si mal no recordaba. Le hablé de cómo nos conocimos, sus reacciones, sus miedos, sus alegrías… le hablé de nuestra extraña pareja, de cómo era Bill y cómo era el ambiente lujoso que nos rodeaba. También le comenté algo sobre el sexo, algún detalle cuando lo preguntó, poco más. Luego, le hablé de Simone. No le conté que era mi madre, pero sí lo que ocurrió. Por qué huí de Hamburgo y dejé a Bill solo. El puñetazo que me regaló y las mil y pico llamadas que me dejó. Luego, le hablé de su llegada a Stuttgart y el cambio radical de su personalidad alegre a una triste y pesimista, a sus intentos de adaptación, a la tregua que yo había roto, cómo lo había utilizado y las veces que le había gritado porque me sacaba de quicio. Le hablé de las cosas que le había dicho y las que él me había dicho y después de casi una hora, terminé. Suspiré.

—Así que aquí estoy, preocupado y sin tener ni zorra idea de cómo ayudarle. He pensado en llevarle a Hamburgo otra vez, pero él no solo no quiere, si no que parece tenerle pavor. Aquí no se cura, solo empeora, y dejarlo solo es algo que, como te he dicho, me pone muy nervioso. No me gusta nada. Así que no sé cómo actuar. — cuando hube terminado de hablar, él se sumió en un intensísimo silencio. — Dime algo ¿no? Un diagnóstico, un consejo, algo… — el hombre ladeó la cabeza. Me había tirado casi una hora hablando de nosotros, de Bill y de mí, de problemas… uff, solo faltaban un par de cañas y me sentiría como en casa.

—Así que… le llamas Muñeco.

—Sí.

—Y él a ti a veces te llama Amo.

—Ajá.

—Y… según me has contado, tú lo proteges.

—Sí.

—Y durante el sexo, él siempre es el pasivo.

—Sí.

—Además, te enfurece fácilmente verlo con su ex novia o con otro chico o chica.

—Se podría decir que sí. Soy un poco posesivo.

—No sólo posesivo, sino que además… siempre sueles ir con él y lo tienes muy controlado. Él se deja. Y, cuando tú haces algo y él se mosquea, tú te mosqueas más y le echas en cara cosas como que él ha vivido toda su vida en los barrios altos y tú en los barrios bajos.

—Bueno, eso solo lo he hecho una vez.

—Pero lo has hecho. — asentí. — Lo echaste de tu casa por la noche, aún sabiendo que tenía pánico a la calle sólo porque intentó defenderse y rompió un cristal. Tú, en lugar de preguntarle si se había hecho daño, lo echaste fuera a patadas, prácticamente. — dicho así, sonaba fatal. — Y, cuando se fue con tus amigos y volvió a casa drogado, tú te aprovechaste de él y aún sabiendo que estando lúcido, no tendría relaciones contigo, le seguiste el juego. Tuvisteis relaciones. — volví a asentir. — Y al día siguiente, cuando te lo recriminó, le gritaste y hasta le pegaste.

—Él me pegó antes.

—Y con el debido respeto, creo que estaba en su total derecho de hacerlo teniendo en cuenta que prácticamente, lo habías forzado. ¿Sabes que lo que le hiciste esa noche puede considerarse violación?

—¿Qué? ¡Pero si él quería, me lo suplicaba!

—Tú mismo has dicho que estaba drogado.

—Sí, pero… — bufé. — ¿Y todo eso qué tiene que ver con su depresión?

—Tom… ¿no te has dado cuenta de que a lo que tú llamas pareja, yo lo llamo relación de dueño y esclavo?

—Yo no trato a Bill como un esclavo. — murmuré.

—Lo dominas, por completo. Si no quiere tener sexo contigo, lo persigues hasta que lo consigues. Si quiere hablar con una chica o un chico, tú lo acorralas contra una taquilla y le besas delante de todos sus amigos, lo humillas. Le dices que no vaya a una fiesta, sin ti. Le dices que no vaya a trabajar, que si se queda en casa, tú se lo darás todo. Si él llora por algo que has hecho, tú le gritas y le dices que es débil. Si se enfurece porque has hecho algo que le humilla y le hace sentir mal, tú gritas más fuerte que él, le chantajeas emocionalmente diciéndole cosas como que lo haces por su bien, que debería tener más en cuenta que te preocupas por él y que por eso le dices que se quede en casa y no salga, y si eso no funciona y él sigue cabreado y te pega, tú se lo devuelves multiplicado por dos. En el sexo, no le dejas tocarte más de lo justo. El que tiene que ser el activo y llevar la voz cantante eres tú… y le dices Muñeco. Eso es lo que me parece más fuerte de todo lo que me has contado. Lo tratas como si fuera un muñeco en lugar de una persona. Y él te llama Amo… el que domina en la relación. — me quedé callado. Ahora, pensándolo detenidamente, me pregunté si el tío que le había hecho todas esas cosas a Bill había sido realmente yo o una especie de doble.

Manteníamos una relación de Amo y Muñeco, sí, pero ¿qué había de malo en eso? A parte de que sonaba un poco/bastante machista por mi parte.

—Bueno… sí… ¿y eso qué tiene que ver con que él tenga una depresión? — pregunté y el doctor suspiró. Estaba sudando.

—¿Ves normal la manera en la que controlas a tu pareja, Tom? — me preguntó, y descubrí que no tenía respuesta para ello.

—No sé. ¿No lo es?

—No. — fruncí el ceño.

—¿Por qué no?

—Porque en una pareja de verdad no hay dominado y dominante, ni tampoco Amo y Muñeco, sino simples personas que hablan las cosas y se ponen de acuerdo para hacer esto o esto otro. Personas que se quieren y se respetan.

—Ah… — seguía sin entender qué tenía eso que ver con la actitud de Bill.

—¿No lo entiendes, de verdad? Bill, tu Muñeco como tú lo llamas, ha dejado de ser una persona, Tom. Tú lo ves así y como tú lo ves así, él también lo ve así. Ahora, es tu esclavo y lo malo es que Bill lo ha descubierto y no le gusta.

—¿A qué te refieres?

—Tom, ¿qué hace un Amo con sus esclavos? — me encogí de hombros.

—Pues… les da órdenes, ¿no?

—Exactamente. Y el esclavo las acata porque depende totalmente del Amo. Dime, ¿qué haría un esclavo sin Amo?

—Hum… ¿pasárselo en grande?

—No. — negó. — Imagínate un feudo. Un señor feudal con tierras que los esclavos o campesinos trabajan a cambio de dinero o comida. Si el señor feudal, que es el que da órdenes a los esclavos, desaparece, ¿Qué hará el esclavo?

—Pues buscarse la vida.

—Sí. Pero ¿y si ha sido esclavo desde pequeño, desde que era un bebé? Siempre le han dado órdenes para todo y su manera de vivir era esa, recibir órdenes. Si el que le da órdenes desaparece… — por fin lo entendí. Y tragué saliva.

—El esclavo no sabrá qué hacer con su vida, no, peor. No sabrá cómo sobrevivir, porque no sabe estar solo ni acatar sus propias órdenes. — el Doctor Samuel asintió con la cabeza.

—En Hamburgo, aunque erais felices, con esa relación Muñeco y Amo tú decidías por Bill. Cuando tú te fuiste, los hilos del Muñeco se rompieron. Ya no había un titiritero que manejara al Muñeco y sin titiritero…

—El Muñeco no sabe vivir.

—Exacto. Encadenaste a Bill a ti y eso le hizo vulnerable cuando soltaste las cadenas. Ha intentado seguir con su vida, pero tú no le dejas. — lo pensé detenidamente. Entonces, tal y como pensaba, ¿el estado de Bill era mi culpa? — Tom… aunque hayáis roto, seguís siendo Amo y Muñeco. — El doctor Samuel y yo nos miramos y eso me hizo saber que la situación era más delicada de lo que creía.

Nos quedamos un rato en silencio.

—Sigo sin saber qué hacer para que vuelva a sonreír. — el doctor suspiró.

—Bill es una persona, no un Muñeco. Tú eres una persona, no un Amo. Intercambiad los papeles. — abrí los ojos como platos. Pálido.

—¿Qué?

—No puedes mover los hilos del Muñeco, Tom, porque cuando lo sueltes, no sabrá andar por sí mismo. Tienes que enseñarle a andar y él tiene que enseñarte a hacerlo, a no mover los hilos, a mantener un equilibrio. Ninguno de los dos debe dominar, ni tú ni él. — tragué saliva. Eso era imposible. ¿Yo, dejándome llevar por Bill? ¿Yo, siendo pasivo? ¿Yo, agachando la cabeza y yendo detrás de Bill para disculparme por tontear con otro chico o chica? ¿Qué? No. Ni hablar.

—No. Imposible. No puedo hacerlo. Yo domino. Él es el Muñeco. Siempre ha sido así.

—Si no lo haces, harás daño a Bill. — estaba empezando a sudar, a ponerme muy nervioso y no sabía por qué.

—No voy a hacerlo.

—¿Prefieres que Bill sufra?

—No quiero que sufra, pero…

—¿Pero qué?

—Nada. — el doctor se apoyó en la mesa, decidido a llegar hasta el final.

—Así que le tienes miedo.

—¿Qué? ¿Miedo? ¿Yo, a qué?

—No lo sé, dímelo tú.

—¡Yo no tengo miedo!

—¿Por qué no quieres entonces que Bill te lleve por otro camino, que tenga parte de ti, como tú de él?

—Él ya tiene una parte de mí.

—Sí, una parte dominante e insensible. ¿Dónde está la otra, Tom? ¿Por qué la ocultas?

—…Está muerta. — fue lo primero que se me ocurrió decir. El Doctor sonrió y yo negué con la cabeza. — Quiero decir… yo no tengo ninguna cosa así. Soy como soy.

—Todo el mundo tiene una parte así y tú no eres una excepción, sin embargo… esa parte sensible está escondida, o herida, ¿me equivoco? Quizás se la llevó alguien o la atacó alguien, ¿no, Tom? Una vieja novia, un amante, un primo, un hermano, una madre… la atacó y ella se escondió. — no respondí. Mi parte asquerosamente anti—yo. Estaba hablando de ella. No me gustaba que hablara de ella. Era mi secreto. — Bill sufrirá. ¿Te da igual eso, Tom?

—No.

—Entonces, ¿por qué no le ayudas?

—Porque no puedo ayudarle.

—Porque tienes miedo de ayudarle.

—No tengo miedo de nada.

—Bill sufrirá. — volvió a repetir, y yo me puso rojo. Estaba sudando como un pollo y seguía sin saber por qué. Tal vez porque me estaba irritando.

—Pues que sufra, lo prefiero.

—¿Prefieres que sufra él a que…?

—Me da igual que sufra.

—No te da igual, Tom.

—Sí que me da igual.

—Has dicho hace un momento que no.

—Pues ahora digo que sí.

—Te contradices, Tom.

—¿¡Y qué!? — grité y la gente se volvió para mirarnos. Nos volvieron a sisear y yo apreté la mandíbula. Entonces, el doctor repitió.

— Bill sufrirá. — y yo grité.

—¿¡Y si sufro yo, qué!? ¡Bill tiene familia y gente que le quiere, yo no! Si Bill me deja, ¿¡Qué pasará conmigo!? — y aunque la bibliotecaria se nos acercó para decirnos amablemente que por favor, abandonáramos la biblioteca, el doctor, entre avergonzado y contento, me sonrió.

—Ahí es precisamente donde quería llegar.

Tras eso, sí que acabé con una buena caña en la mano. Había acabado sintiéndome incómodo y muy, muy agresivo, pero no rechacé la invitación del doctor. Quería una solución y para encontrarla, debía llegar hasta el final.

—El problema, Tom, es que eres muy inseguro. — me dijo. Yo casi me atraganté con la cerveza fría descendiendo por mi garganta.

—¿Inseguro, yo? — me carcajeé. — No sabes con quién estás hablando.

—Puede que no. Pero intento ayudarte.

—Genial, pues dime la manera de ayudar a Bill. De hacer que deje de cortarse, que deje de llorar, de sentirse como un mierda.

—Llevo un buen rato intentando decírtelo. Deja de controlarle.

—No puedo hacer eso. — suspiré. — Si lo hago… si lo hago… dejará de ser el Muñeco.

—Exactamente.

—Y si deja de ser el Muñeco, yo dejaré de ser el Amo. No quiero dejar de ser su Amo.

—Pero quieres hacerle feliz.

—Sí, supongo.

—Tom, ¿sabes cómo le llamo a esa forma de pensar que tú tienes?

—¿Cómo?

—Es la psicología del maltratador. — como si me hubiera tirado una piedra a la cabeza, me desplomé sobre la silla. Una sensación de profunda decepción me llenó la mente. Acto seguido, se transformó en rabia.

—¿Me estás llamando maltratador? ¿Me comparas con esos machistas que pegan a sus mujeres y las violan en su propia casa?

—No. No eres como esos. Pero si no cambias, puedes llegar a serlo. — dejé la cerveza a medio vaciar sobre la mesa, con un gesto tosco.

—Tengo ganas de romperte la boca.

—No la pagues conmigo. Querías respuestas y ayuda y yo te las estoy ofreciendo. Tom, ¿qué te ha dado Bill a lo largo de vuestra relación? — ¿qué que me había dado?

—Sexo. — fue lo primero que se me ocurrió. — Ehm… me escucha. Se preocupa por mí. Se gastó todo su dinero de Navidad en comprarme una guitarra. Preparó una cena romántica de navidad. Hum… no sé qué más.

—¿Alguna vez te ha dicho te quiero? — preguntó. Yo suspiré. Prefería no contestar a esa pregunta. — ¿Lo ha hecho?

—Sí.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Que no le creo.

—¿Nunca le has dicho te quiero?

—No.

—Y aun así, a pesar de que le humillas, le haces daño y sabiendo que hay personas que le quieren y se lo demuestran claramente, él está contigo y sigue jugando al juego del Muñeco. ¿Por qué crees que sigue jugando, Tom? — la respuesta apareció como alumbrada por un foco en mi mente. Yo seguía sin querer reconocerla, pero era imposible ignorarla. La verdad estaba ahí, a dos palmos de mi cara y junto a ella, la culpabilidad y la respuesta.

Para que Bill volviera a sonreír, tenía que aceptarlas.

—Porque me quiere, de verdad. Porque quiere estar conmigo. Sí, me quiere.

—¿Sigues sin creer que es verdad?

—No me queda más remedio que creer que es verdad. — una sonrisa de gilipollas se me dibujó en la cara. Ni siquiera sabía por qué me reía a aquellas alturas.

—¿Y tú, Tom? ¿Le quieres?

—No sé qué contestar a eso.

—Contesta lo que primero que se te ocurra. Lo que sientas.

—No lo sé.

—¿Sabes lo que yo pienso? Que puedes estar preparado para tener sexo con quien sea, para vender drogas, para prender fuego a coches, para pelearte con una universidad entera… pero aunque seas capaz de hacer mil cosas, todavía no estás preparado para amar. — esa respuesta acabó por sulfurarme del todo. Últimamente, referencias al amor era lo único que escuchaba, historias de amor, dramas y canciones. La bella y la bestia, la Cenicienta, Pulgarcita, Tarzán, La Bella durmiente, Blancanieves, Peter Pan… ¿por qué en todas las películas de dibujos animados los protagonistas acababan por enamorarse? ¿Por qué la princesa se despertaba tras el beso del príncipe? A mí no me había funcionado. ¿Por qué Jame decidió quedarse con Tarzán en la Jungla? ¿Por qué bestia dejó de ser bestia cuando Bella le dijo que le amaba? Luego, estaban esas películas de acción en las que la tía dura y el tío duro, a lo James Bond, acababan emparejadas. Siempre lo mismo. En las series de televisión, igual. Y las canciones… urg… o sexo, o amor. El mundo parecía no tener otra cosa de la que hablar.

Dirigí una breve mirada a mí alrededor y localicé una pareja sonriente compartiendo bebida. Hablaban. ¿De qué hablarían? ¿Sobre cuánto se querían?

Uff… no podía ser tan fantástico, en serio. Cuando Sabela cortó con Black, él se quedó tonto, actuando como un idiota. Empezó a salir con una guarra de tres al cuarto para distraerse y cuando Sabela decidió volver, él se arrastró como un perro a su lado, dispuesto a perdonarle todo. Yo no sería capaz de hacer eso con Bill, ni tampoco estar a las puertas del compromiso, como Kam y Heidi. Poco a poco, todos los Encadenados se emparejaban. Yo no entendía qué tenía eso de gracioso.

El amor se acababa siempre ¿no? Me preguntaba si existía alguna persona en el mundo, a parte de mí, por supuesto, que fuera incapaz de sentir amor.

Para mí, el amor siempre había estado agotado. La misericordia de Yahvé, del Dios en el que Black creía, nunca me había alcanzado. En un determinado momento, supongo que me preguntaría por qué… y como nadie respondió a mi pregunta saqué mi propia conclusión. No sentía amor porque el amor no existía. Era una ilusión y yo, tal y como me dijeron aquellos asistentes sociales, lo veía claro, porque mis ojos eran especiales.

Yo soy una persona diferente, especial, o eso dijeron los asistentes sociales para consolar a Helem después de que hubiera matado a un hombre, tan joven. Dijeron que para controlarme, tenían que intentar ver lo que veían mis ojos. Yo pensaba que eso era absurdo, que veía lo mismo que cualquier desgraciado que caminara por la calle, pero… ¿y si tenían razón?

Cuando estaba en Hamburgo, con un Bill siempre feliz, me daba la sensación de que veía las cosas de una manera diferente. En Stuttgart, mi vista era como la de los perros, blanco y negro y, en algún momento, pasó a ser completamente en negro. Luego, llegué a Hamburgo, conocí a Bill y lo vi blanco. Tan blanco, como un muñeco de nieve. Y, después, todo pasó a ser en color. Un color apagado, oscuro, pero en un determinado momento, sin darme cuenta, empecé a distinguir los colores.

Ahora, de vuelta en Stuttgart, los colores habían desaparecido y mi visión era otra vez negra.

Salvo cuando veía a Bill. Él seguía siendo de un blanco inmaculado.

—Amor, amor, amor… — me quejé — Todo el mundo habla siempre de lo mismo. Parece que el mundo gira en torno a eso, pero yo sigo sin saber por qué merece tanto la pena. Sigo sin entender por qué Romeo bebió el veneno por Julieta y por qué Julieta se atravesó con la espada de Romeo. — el psicólogo se encogió de hombros y su respuesta me recordó a mi madre, la mía, la de verdad, la que me quería, mi Helem.

—Bueno… quizás Bill te enseñe. Quizás averigües por qué.

—Quizás… pero no tengo muchas esperanzas puestas en ello. Eso del amor no puede ser tan guay, tan pasional, lo suficientemente alocado como para que dos personas se maten por ello.

—Yo estoy casado y tengo una hija. Te puedo asegurar que si te piden que te tires por un precipicio para salvar la vida de tu hija o de la mujer a la que quieres, te tiras sin pensarlo dos veces. Y, hablando de eso… tengo que ir a recoger a mi niña al instituto. Ha sido un placer hablar contigo, Tom. Espero haberte resuelto algo con toda esta charla.

—Lo mismo digo, Nietzsche. — el Dt. Samuel y yo estrechamos las manos de nuevo y nos despedimos. Me dejó su tarjeta de visita, con su número de teléfono, por si alguna vez necesitaba su ayuda y luego, se marchó.

De camino a casa, antes de encontrarme con el gatito Oskar maullando como un loco frente a un callejón húmedo y sucio, pensé que debería llamar al Doctor para pedirle la matrícula del coche de su yerno.

Pero antes, tenía que ceder en mi papel de Amo, cosa que no sería nada fácil.
Ya no lo tenía tan claro.

Quería que Bill confiara en mí, ¿pero cómo hacer que se fiara de mí cuándo le traicionaba una y otra vez? Le gritaba y luego, le compraba cosas y quería pedirle perdón. ¿No era eso lo que hacían los maltratadores? ¿Pegar, gritar y luego, más tranquilos, volver con regalos y jurar que no iban a hacerlo nunca más?

Joder… ¿Me estaba convirtiendo en un maltratador? ¿Cómo el padre de Andreas? ¿Cómo el que había sido mi jefe, el gordo de la taberna? Pestañeé y me levanté del suelo. Oskar ya había terminado de comer y dejé el plato sucio en el fregadero. Ya lo fregaría Bill luego… ¿no?
Desde que había llegado, Bill siempre se había ocupado de las cosas de la casa. Yo no se lo pedía, con dejar las cosas tiradas me bastaba. No lo hacía porque no sabía cocinar, ni barrer, ni fregar, ni planchar… no sabía cómo funcionaba la lavadora. Siempre llevaba la ropa o bien a casa de Black, o a una lavandería. Yo no sabía hacer… nada.

Bill no era una mujer y aunque lo fuera, tampoco tenía por qué recoger mi mierda.

Intenté lavar el plato yo sólo. Mi cabeza me lo ordenaba. El Muñeco, sentado sobre la alacena me miraba, alzando una pierna y luego la otra, jugando.

Limpiar los platos no era divertido. Era aburrido, pero no difícil… hasta que Scotty pegó un ladrido y saltó sobre Oskar dispuesto a pegarle un buen mordisco. El gato se me enganchó en la pierna. Yo pegué un bote, sobresaltado al sentir sus uñas atravesar el pantalón y rajarme la piel. El plato se me cayó al suelo y se hizo añicos.

—¡EH! — grité. El perro siguió gruñendo y Oskar se quejó, asustado. Observé, irritado, el estropicio del plato roto y pensé… pensé…

¿Yo, haciendo esto todos los días, cómo un ama de casa? Yo no era un ama de casa, ni tampoco un Muñeco. Era el Amo… y un Amo no hace el trabajo de un Muñeco.

Oskar maulló entonces y cuando Scotty volvió a gruñirle, se le erizó el lomo y salió corriendo de la cocina. Scotty corrió detrás de él, ladrando como un condenado y yo miré de reojo el umbral de la puerta por donde habían desaparecido.
Pude observar claramente como una melena negra ondulaba antes de desaparecer detrás de los malditos animales. Scotty dejó de ladrar y Oskar dejó de chillar.

Sí, definitivamente, a Bill se le daba bien el papel de Muñeco. A mí, el de Amo.

No había que darle más vueltas.

.

By Bill

Cuando conseguí tranquilizar a Kasimir y a Scotty, me dediqué a hacerle una cama cómoda al gato en mi habitación. Bueno, la habitación de Tom. Le ordené a Scotty que se sentara en una esquina y a Kasimir, lo mandé a otra. Con un revuelo de sábanas y trapos viejos, conseguí hacerle un pequeño nidito al gato, que lo llenó de pelos enseguida. Luego, apagué la luz y dejé la habitación a oscuras. Todavía era de día, pero cuando estaba deprimido, la oscuridad me consolaba. Me gustaba encerrarme y acurrucarme en la cama.

Ese día tomé una de mis viejas costumbres. Cogí una de las sábanas de la cama y me la eché encima. Me cubrí con ella como si fuera un fantasma, sentado en la cama y apoyando la espalda contra la pared. Luego, me arranqué una pequeña costra del brazo y tras un rato de silencio, me arañé la barriga.

Pensé en Tom. ¿Debía fiarme de él? ¿No debía hacerlo? Lo había visto tan melancólico en la cocina… y la ropa… ¿de verdad quería verme sonreír? Me negué a creerlo, encogiéndome bajo la sábana. Estaba decidido. Tom era agua pasada. Nunca le perdonaría, no.

No merecía la pena sufrir así por alguien que no me quiere ni me querrá nunca. Además, está prohibido que me quiera. No tiene sentido.

Estuve dándole vueltas a la cabeza. Echaba de menos a mamá y me gustaría tanto tener a Georg y a Gustav al lado para hablarles de mi indecisión (aunque seguramente, ellos pensarían lo mismo que yo). No merecía la pena, no merecía la pena. Pero es que yo quería que la mereciera la pena…

Tenía que pasar página, pero no quería pasar página. Tom iba a volver a ser el mismo de Hamburgo, mi Tom. Me había prometido que me arreglaría, pero ¿cómo? A no ser que hiciera algo muy especial por mí, yo no le perdonaría. Tenía que demostrarme que de verdad quería estar conmigo, si no… nunca más. Nunca más…

Tan pronto como me hube encerrado en el cuarto, anocheció. Los segundos se me hicieron cortos y las horas, más aún. Empecé a tener hambre (extraño en mí) y la luz dejó de filtrarse a través de la persiana. El Sol desapareció y yo seguí dándole vueltas al tema, más y más vueltas, más… No llegué a ninguna conclusión… y Tom pasaba de largo por la puerta del cuarto, deteniéndose de vez en cuando frente a ella. Lo sabía por el sonido de sus pasos y la sombra de sus pies traspasando la rendija de la puerta. Se quedaba allí, parado durante unos minutos en los que yo deseaba que entrara o que se fuera, cualquiera de las dos me valía, pero que hiciera algo de una maldita vez. No hacía nada. Siempre acababa largándose por dónde venía y entonces, yo suspiraba de alivio.

Más tarde, Tom se aproximó a la puerta una última vez. Se quedó parado delante de ella unos diez minutos y, tras ese larguísimo período de angustia, apagó la luz de la galería, sin rozar siquiera el pomo. El sonido de sus pasos desapareció en el salón y supuse que esa noche dormiría en el sofá, lejos de mí. Quizás él también necesitara pensar.

Suspirando, me tumbé en la cama y me aparté las sábanas de la cara, agobiado. Oí un maullido y noté el pequeño bultito de Kasimir trepando por mi pierna, aproximándose a mi cara. Le acaricié el pelaje negro y él ronroneó.

—Grrr. — gruñó Scotty, pero no le hice caso.

—Calla, Scotty. Tú siempre vas a ser mi perro favorito. — él encogió el lomo y dejó de hacer ruiditos. Se quedó callado mientras yo me entretenía acariciando a Kasimir, que se acurrucó junto a mi cara, haciéndome cosquillas en la nariz. — Mañana será otro día. — murmuré, y acto seguido, cerré los ojos, envolviéndome en la calidez de las sábanas.

Intenté dormirme con el estómago pidiéndome comida, pero sin atreverme a salir del cuarto para ir en su busca. ¿Y si me cruzaba con Tom? ¿Qué haría? ¿Qué le diría? Prefería evitar lo incómodo de la situación.

Busqué la postura adecuada para dormir cuando me vino un extraño olorcillo proveniente de la galería. Olía a… a pizza. Me levanté, anduve hacia la puerta y muy lentamente, abrí una pequeña rendija para poder ver el exterior. Un plato de pizza entero descansaba en el suelo, caliente e intacto, con su sabroso aroma a barbacoa atravesándome la nariz.

Tom, ¿por qué me lo pones tan difícil?

Me agaché, abrí la puerta, cogí el plato y me lo llevé dentro. Tom no asomó la nariz desde el salón, pero pude apreciar el leve parpadeo de la tele desde las sombras. Todavía estaba despierto. Comí, e incluso compartí un pequeño trozo con Scotty. A Kasimir no le gustó nada la pizza, así que me la tragué entera en escasos diez minutos. Luego, con el estómago lleno, volví a tumbarme en la cama.

Entonces sí que me dormí. Las sábanas de la cama olían a Tom…

No soñé nada y tampoco recuerdo lo último que pensé antes de dormirme. ¿No es curioso? Da igual qué es lo que pienses, qué es lo que se te cruce por la cabeza segundos antes de dormir. Nunca te acuerdas de nada cuando te despiertas. Y así me desperté yo, aturdido y somnoliento. Todavía tenía sueño, muchísimo y me sentía más cansado que antes de acostarme. Sin embargo, eso no se debía a la anemia, si no a que aún no era hora de despertar.

Alguien había interrumpido mi sueño y el peso de ese alguien hundía la almohada en un lateral de mi cabeza. Hundía mi cuerpo en el colchón y me aprisionaba contra éste.

Subido sobre mí, a cuatro patas, formando una cárcel de brazos y piernas a mí alrededor, estaba Tom y a pesar de la penumbra, podía ver el brillo de sus ojos, deslumbrantes como si estuvieran llenos de chispas propias de una corriente eléctrica de cientos de voltios. Me observaban afilados como los ojos de un gato.

Di un respingo y un pequeño jadeo ahogado salió de mi boca. Tom no se movió ni un ápice y nos observamos mudos. Estaba sorprendido y conmocionado por la expresión decidida con la que me analizaba.

—…To… — murmuré. Ni siquiera me vi capaz de terminar su nombre cuando él me tapó la boca con una mano.

—No digas nada. Cállate. — me ordenó, apretando los dedos sobre mis mejillas hundidas. Obedecí, sorprendido. Tom se inclinó hacia delante, muy lentamente. Cerré los ojos con fuerza por puro instinto y él besó la mano que ocultaba mis labios, como si quisiera saborearlos y a la vez, protegerlos de la agresividad de su boca. Me tembló todo el cuerpo, desde los párpados hasta la punta de los dedos del pie.

“¡Quita la mano y bésame, gilipollas!”

—Bill… — me llamó. Su agarre se hizo más fuerte. De repente, se tornó brusco y noté el tono cargado de amenaza en su voz. — Que te quede claro que yo no soy el jodido Muñeco.

“¿Qué quieres decir con eso?”

No hizo falta más explicación que la que me concedió su otra mano descendiendo hasta mi entrepierna, dando un violento tirón de mis bóxers hacia abajo. No hizo falta más explicación que la mirada cargada de recelo e irritabilidad de Tom.

“No…”

Miré hacia la puerta cerrada, siendo zarandeada brutalmente. Scotty ladraba y gruñía desde el otro lado.

“No puede ser…”

Sí podía ser. Levanté los brazos hasta el cuello de mi hermano y le empujé, le golpeé con los puños, pero él ni se inmutó. Aumentó la fuerza del agarre y se dejó caer casi por completo sobre mí.

Sí podía ser y era.

Entonces, supe con seguridad que ni ahora ni nunca podría confiar en Tom. Lo supe, sobre todo, cuando me quitó los bóxers a la fuerza entre patadas y quejidos.

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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