
By Tom
—¡Ya va, ya va! — estaba temblando. El cuerpo se me convulsionaba de una manera brutal, como si estuviera al borde de sufrir un ataque epiléptico. Toqué a la puerta con tanta fuerza que la habría echado abajo de no estar blindada y esperé con los puños apretados a que alguien abriera. Por suerte, fue él quién abrió y no otra persona. — ¿Tom? ¿Qué haces aquí tan temprano? — Andreas aún estaba en pijama, sosteniéndose sobre el suelo con la muleta en la mano y la pierna escayolada encogida. En realidad, su pijama constaba de una camiseta de tirantes y unos pantalones de chándal, ¿Quién puñetas se gastaría el dinero en ropa para dormir? Menudo lujo.
—¿Puedo pasar? — Andy bostezó y se frotó los ojos. Se dio la vuelta y apoyó la muleta contra la pared, empezando a andar hacia dentro a la pata coja hasta caer en el sofá, desplomado.
—Estás en tu casa. — no hacía falta que me lo dijera dos veces. Entré y cerré la puerta, andando hasta el sofá, fingiendo tranquilidad. Logré controlar los espasmos a base de fuerza de voluntad, pero aquello que los había provocado, ese sentimiento, esa… cosa… seguía ahí. — ¿Está tu puta madre en casa? — Andreas se rió.
—¡Con qué facilidad llamas puta a mi madre en mi cara!
—Andreas…
—Está. Durmiendo en la habitación de al lado. Tiene el ojo tan hinchado que hoy ha tenido que cancelar sus citas con los clientes habituales. La vas a hundir, Tom.
—Ya está hundida hasta el fondo en la mierda. Eso no me importa.
—Pues a mí sí. Es mi madre. — no estaba enfadado, al menos no mucho. Solo lo fingía.
—¿Y qué? Mi padre es un borracho y no me quejo.
—Lo siento, pero estamos hablando de mí. — soltó con prepotencia. En otra ocasión me hubiera hecho gracia su actitud egocéntrica, aunque fuera fingida, pero esa mañana no y él lo notó enseguida. No me dejó sitio para sentarme, apoyando la escayola sobre el cabezal del sofá. Me daba igual, de todas formas no pensaba sentarme y su falta de consideración me la soplaba. Lo que a mí me importaba era otra cosa. — ¿Qué te pasa?
—¿Te han echado de la pastelería? — cambié de tema rápidamente.
—¡Oh, sí, pero solo temporalmente! Ya sabes, hasta que me cure. Hasta entonces estoy en paro y un capullo hetero ocupa mi lugar en la pastelería. Como él lo haga mejor que yo, me quedo sin curro y como no me prostituya… — lo miré fijamente. No es que lo dijera en serio, pero tampoco se lo tomaba a broma. La pastelería en la que trabajaba con su primo era el único negocio legal y rentable que uno de nosotros tenía a excepción de Black, que se ganaba unas pelas de albañil a veces, o más bien, de esclavo judío por como lo trataban. Perder eso para ellos y especialmente para Andreas, era perder la vida, una masacre… y si la perdía sería culpa mía. — Bueno… ¿Qué quieres?
—… Tengo que pedirte un favor.
—¿Un favor? ¿De qué clase? ¿Sexual? ¡Oh, sabes que para ti siempre estoy disponible, Capi…! — y lo hice callar prácticamente tirándome encima suya. El muy idiota no tenía ni idea de la magnitud de lo que había dicho y se dio cuenta a base de bestialidad cuando me comí su boca de una manera tan bruta, que no merecía la pena describir. Se la comí literalmente, le mordí los labios y después de arrinconar su lengua mojada en un rincón de su boca, me separé de él. Los labios se le quedaron amoratados, al borde del desangre. — ¿Qu-qué haces? — murmuró, como si no lo supiera. Parecía incluso asustado. Eso me hizo gracia.
—Creo que no acabamos lo que empezamos hace unas semanas atrás. — le sonreí. Él tragó saliva. — ¿Qué pasa? ¿No te lo esperabas?
—No… es solo que… me has pillado desprevenido y…
—¿No quieres jugar con el Capitán Tom, es eso?
—Sí pero… la pierna… — Andy parecía desconcertado, nervioso, pero no de la manera en la que me lo esperaba. Estaba nervioso de asustado, una mezcla extraña que no sabía cómo tomarme, pero lo cierto es que… ¡No me importaba! ¡Ni aunque estuviera acojonado y se meara encima!
—No voy a tocarte la puta pierna para nada. Necesito follar y tú necesitas follar después de tres semanas recluido en una habitación de mierda, en un colchón sacado del basurero y roído por las ratas, leyendo y leyendo sin parar un montón de libros que cuentan historias estúpidas, ¡Sin sexo! Que surrealista ¿verdad? — no me molesté ni en pedirle permiso ni en vigilar la habitación de su madre. Si Lidy salía, el verme le bastaría para esconderse debajo de la cama, así que empecé por quitarme la camiseta y la dejé caer sobre el suelo, inclinándome sobre su cuerpo. Andreas parecía estar a punto de huir como una liebre asustadiza y quizás se hubiera atrevido a hacerlo de no tener la pierna rota, pero sabía que en cuanto hiciera el menor movimiento inesperado, el lobo le metería un buen mordisco. — Venga, vamos… ¿A qué viene tanta indecisión?
—Estás raro, Tom.
—¿Raro yo? Siempre he sido así. — Andy desvió la mirada. Era incapaz de aguantarme la vista.
—No desde que volviste de Hamburgo.
—¿Otro igual? Si vas a soltarme el sermón puedes hacerlo mientras te follo.
—Has vuelto a ser el Tom de siempre, el de antes de irte a Hamburgo. — puse los ojos en blanco. Estaba pesado el anormal y como vi que no tenía intención de desnudarse por sí solo, le agarré de los pantalones y empecé a tirar.
—Sí, sí, el Tom de siempre, lo que tú digas. Ahora eres mi Muñeco, Andy, así que tienes que ser un niño bueno y obedecer a tu amo. — y para mi sorpresa, obedeció. Andy no solía ser pasivo, al menos no en lo referente a relaciones emocionales. Era un rebelde peligroso que no se dejaba avasallar por nadie… excepto por mí.
Sonreí al verle resignarse, dejándose caer por completo a lo largo del sofá con expresión pensativa mientras le iba quitando los pantalones y bajándole los boxers. No tenía tiempo para caricias de ningún tipo, además sería incapaz de hacerlas.
Le bajé los pantalones junto con los boxers de un tirón, sacándoselos por una pierna, los dejé enganchados en la escayola. Sería demasiado laborioso intentar quitárselos por completo y yo no tenía paciencia para eso en ese momento. Andy estaba un poco azorado, pero no se cortó a la hora de subirse la camiseta para mostrarme su cuerpo herido y lleno de cicatrices. A una persona normal quizás le daría asco, pero a mí no. Era perfecto ver tantas heridas plasmadas en un cuerpo tan frágil porque eso me recordaba que no sería fácil de romper, que no hacía falta tener cuidado ni reprimirme. Andreas ya estaba acostumbrado al dolor y le haría falta mucho, mucho, mucho dolor para acabar rompiéndose. Mi nuevo Muñeco aguantaría más que el anterior, sin duda.
—Tom… — me llamó, apoyando la mano sobre mi hombro mientras me posicionaba entre sus piernas desnudas de rodillas, cogiéndolas y alzándolas hasta que su culo rozara de lleno mi polla todavía oculta debajo de los pantalones.
—¿Qué? No voy a penetrarte todavía. Prepárate antes, ¿tienes lubricante? — Andreas me miró en silencio con tanta fijeza…
—No me refería a eso.
—¿Entonces?
—¿Por qué soy tu Muñeco? — alcé una ceja, intentando contener la risa sardónica. Era cruel, pero esa pregunta solo conseguía hacerme gracia.
—Porque sí.
—¿Tienes algo que ver Bill con esto? — ¡Bum! ¿Pero cómo podía ser el cabronazo tan perspicaz? ¿Y cómo podía pronunciar su nombre sin que le ardiera la boca y se le acelerara el pulso? Mi cuerpo empezó a temblar otra vez. No sabía si pegarle una paliza en aquel momento por hablar de él con tanta familiaridad, o si debía follármelo y acabar de una vez con esa angustia que me estaba consumiendo.
Bill estaba en mi casa.
Bill me había besado.
Bill y yo habíamos estado a punto de follar como conejos, como cuatro meses atrás.
Bill me seguía deseando. Pero no me quería, me odiaba. Era un monstruo para él al igual que lo había sido para mi madre, por eso había intentado estrangularlo, por eso le había declarado la guerra, por eso en aquellos momentos le odiaba tanto y a la vez, le temía… podría haberlo roto para siempre con mis propias manos, pero mi viejo… mi jodido viejo…
Bill, eres un valiente hijo de puta y eso te va a costar la vida.
—Bill está muerto. — le sonreí a Andy. No mentía. Mi ex Muñeco no duraría ni dos días en Stuttgart, seguro… y aún más seguro si yo movía hilos para que no consiguiera aguantar ni unas pocas horas.
Andy me miró con sospecha. Sabía que tramaba algo, que ocurría algo que ignoraba y no soportaba estar en la ignorancia.
—¿Está…? — le besé para que se callara, sin mucha más profundidad que la punta de la lengua rozando sus labios. ¿Está aquí? Iba a preguntar. Prefería no tener que contestarle a eso, porque sabía que de mí no saldría más que la dolorosa verdad y… adiós polvo desesperado. No.
Ya se enteraría esa misma noche.
—Quítate los pantalones. — me ordenó y yo obedecí, sonriente al ver como empezaba a corresponder, olvidándose de las preguntas sin respuesta. Pero me formuló una más. Solo una más. — Tom tú… ¿Me quieres? ¿Me aprecias… aunque solo sea un poco? — él y yo nos miramos a los ojos, fijamente. Por la forma en la que su expresión se llenó de dolor y rabia, supe que ya se había percatado de la respuesta.
—Pues claro que te quiero y te aprecio, Andy… te aprecio con cada centímetro de mi polla.
Y me lo follé. Así volvería tranquilo a casa, así quizás, podría controlar mi instinto asesino y salvaje contra Bill.
Así quizás…
Mientras me lo tiraba, mientras me esforzaba, mientras daba todo lo que podía y más de mí intentando quitarme a mi hermano pequeño de la cabeza, el dolor de la pierna que me había perforado ese puto perro se me subió a la cabeza. Quizás le estaba penetrando con demasiada fuerza, quizás le estaba haciendo daño de verdad con la manera en la que lo tenía agarrado, quizás no debería pegarle de esta manera, pero a Andy no parecía importarle lo más mínimo. Pedía más, suplicaba más…
Esa manera de suplicar era tan parecida a la de Bill…
Y apreté, más fuerte, más duro. Y el Muñeco nos miraba en silencio, sonriendo, triunfal desde la mesa de la cocina. El Muñeco me había ganado la partida. Había estado presente cuando Bill se me echó encima desde mi cama, había estado mirando todo el rato y cuando me di cuenta de ello, ya me había dejado llevar por ese “Algo” que tanto odiaba, que tan débil me hacía. Y el Muñeco se había reído de mí por ello.
Nunca más.
Bill podía acercarse todo lo que quisiera, yo seguía teniendo la ventaja y la utilizaría en su contra junto con todo lo que tenía.
Podía ser que hubiera un “Algo” que a veces, era incapaz de controlar. Pero también había otro “Algo” mucho más difícil de mantener encadenado. Un “Algo” que tenía claro cómo se llamaba.
El odio hacia mi antiguo Muñeco, el que me había dejado solo, el hipócrita honrado, el que me había condenado a esta vida de tiniebla, a esta mierda de existencia.
Odio…
Y ya se había desencadenado por sí solo.
Continúa…
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