
By Bill
La noche seguía su curso. La Luna seguía ocultando al Sol bajo su manto plateado, persiguiéndolo en una carrera infinita. Las estrellas parecían caer, simulando las lágrimas de aquel satélite infinitamente más pequeño que aquel colosal monstruo de fuego. La oscuridad se ceñía sobre ella, brillante y redondeada, repleta de cráteres que la hacían inconfundible. No existía en el universo un planeta de su mismo tamaño, con su misma agujereada superficie y similar resplandor que, lejos de ser propio, resultaba más que suficiente para iluminar a los seres que vivían a miles de kilómetros bajo ella.
Nunca me había parado a pensarlo y de repente, me sentí avergonzado por no haber reparado antes en aquel detalle. La Luna jamás se mostraba igual. Daba igual desde qué perspectiva observarla. Era la misma Luna que todos observaban y distinta al mismo tiempo y, aunque fuera igual para todos, siempre se presentaba de una manera diferente a la de la noche pasada o a la de la noche siguiente. Igual que sus lágrimas, siempre diferentes, siempre nuevas y algunas, más viejas, las cuales acababan evaporándose como si fueran agua de mar. Pero el proceso era tan lento, que nosotros apenas éramos capaces de apreciarlo. La muerte de una estrella… la muerte de una lágrima… ¿En qué se diferenciaban a parte de en el tiempo tan dispar en el que tardaban en desaparecer?
—¿En qué estás pensando? — a mi lado, Tom dirigió una mirada curiosa al cielo nocturno a través de la persiana, curioseando, buscando el foco de mi atención. Por su fruncimiento de ceño, no encontró lo que buscaba.
—Estaba pensando en la Luna, en las estrellas, en el Sol y las lágrimas. — respondí. El movimiento sutil de su mano acercándose a la piel de mi brazo me desconcentró. La yema de los dedos de Tom besó el vello que se erizaba con el efímero contacto.
—¿Te has puesto filosófico? Conociéndote, pensaba que estarías dándole vueltas a algo más romántico y cursi. — me incorporé levemente en la cama, entumecido, separando la espalda desnuda del colchón y la nuca del hombro de mi hermano. Él no se movió. Tumbado de costado, siguió besando el casi inexistente vello de mi espalda con los dedos.
Hacía rato que Scotty había dejado de ladrar. Debía haberse dormido.
—¿Estás incómodo? — me preguntó y enseguida negué con la cabeza.
—No. Estoy… sorprendido.
—¿Por qué? — Tom dejó los roces y apretó la mano contra mi cintura. Su pulgar siguió acariciándome sin descanso.
—Porque me siento bien. Estoy feliz. — apoyando el codo sobre la almohada y la cabeza sobre los nudillos, conseguí adoptar una posición cómoda desde la que podía apreciar el brillo de los ojos de Tom, afilados como los de una serpiente, llameando y lanzando chispas de ardiente fuego en la penumbra.
—¿Y eso qué quiere decir?
—No lo sé. Que llevo meses sin sentirme así, tan tranquilo, supongo.
—¿Tranquilo? — enredó la mano en mi pelo, alrededor de la oreja. Me masajeó con suavidad el cuero cabelludo de esa zona, haciéndome ronronear. — En secundaria, tuve una profesora de filosofía que estuvo a punto de suspenderme precisamente por darle crédito a eso que tú estás insinuando.
—¿Qué estoy insinuando? — cerré y los ojos y acabé abandonándome de nuevo en la cama, con la cabeza aplastando mi propio brazo, disfrutando de su tacto, que había descendido por el cuello, dando diminutos golpecitos sobre él con los dedos.
—El placer no es igual a felicidad. La ausencia de placer no te causará infelicidad. Eso dijo ella.
—Hum… ¿ya hacías estas cosas lujuriosas por aquel entonces? Pobre profesora. — su estómago se encogió por la risa y a mí por remordimientos. Sin darme cuenta, había tocado un tema delicado, otra vez.
—Sí, ya las hacía, pero no me lo dijo por eso. No me acuerdo por qué.
—Sí, por supuesto.
—Es cierto.
—¡Tu palabra es digna de mi total confianza!
—¿Es que no lo había sido hasta ahora? — no respondí. No quería romper el mágico momento, pero tampoco quería mentir. A pesar de todo, el rencor no había desaparecido. Un gruñido seco salió de su boca.
—Tom, no…
—No me importa. Yo también estoy tranquilo y no tengo ganas de buscar motivos para cabrearme.
—Lo siento.
—Una de las cosas que más coraje me da de ti es esa manía que tienes de disculparte por todo. ¿Fuiste tú quien me dejó en Hamburgo?
—…No.
—Pues no te disculpes. — las llamas se disiparon cuando cerró los párpados y dobló el cuerpo, tumbándose boca arriba con los brazos abiertos, ocupando casi todo el espacio. Su respiración se acompasó con la mía, más relajada y temí que se durmiera.
—Tom, no te duermas. — él no contestó, ni siquiera cuando lo zarandeé. Sintiéndome frustrado como un niño pequeño que llora por tener que irse a dormir temprano, me incliné apoyando una mano sobre su pectoral izquierdo y junté nuestros labios. Las puntas de mi pelo se pasearon por su clavícula mientras yo disfrutaba del sabor de su boca. Seguía húmeda y casi podía distinguir mi saliva de la suya cuando delineé las cuervas con la lengua, lamiéndole el labio superior. Noté como entreabría la boca con los dientes apretados y gruñía. — No te duermas. — le pedí a lametones. — Vamos a jugar otra vez.
—¿Quieres jugar? ¿Otra vez? — volví a callar su boca y froté nuestros labios con rudeza, mezclando restos de saliva. Ahí habían entrado toda clase de fluidos, bien lo sabía yo. Algunos eran bebidas, otros, eran más… biológicos.
—Sí, quiero jugar otra vez. — respondí.
—Pues chúpamela un rato y luego trágate todo lo que suelte. — ¡Ja-ja-ja, qué gracioso!
—¿Estás enfadado todavía por lo de la penetración?
—Oye, tú eres el pasivo y comprendo que te gusten más las ñoñerías y las caricias pero ¿y yo qué? A mí me gusta entrar y salir, no sé si lo coges. — me crucé de brazos y suspiré. ¡Era tan difícil no cabrearse cuando decía cosas tan egoístas!
—¡Hasta ahora siempre me has penetrado cuando te ha dado la gana! Hay muchas formas de hacerlo, ¿sabes? Y a mí me duele que me la metas. Además, no sé por qué te quejas tanto. ¡Si el que se ha corrido has sido tú!
—Precisamente por eso, idiota. Tú también tendrías que disfrutar ¿no? Antes no quejabas tanto. — porque en realidad no me dolía tanto como decía. La penetración al principio siempre era dolorosa, pero si estaba lubricado y dilatado, el dolor pasaba casi totalmente desapercibido y, aún sin ser así, no era un dolor horrible como insinuaba, si no molesto. Aún estaba probando a Tom. Intentaba cabrearle, sacar a relucir ese espectro agresivo, pero sin éxito.
Tom había hecho todo lo que le había pedido hasta el momento y aunque al principio se quejaba, luego se callaba. Me estaba sorprendiendo mucho.
—Esta es… la mayor guarrada que he hecho nunca. — observando y rozando con los dedos la polla de Tom, intentaba hacer un esfuerzo por no precipitarme y clavarle los dientes en lo más hondo de su hombría. La tenía ahí, delante de mí, más dura y tiesa por momentos, tan cerca que podía besarla, pero no me atrevía. Ni siquiera me atrevía a sacudírsela, porque cada vez que lo intentaba, se la estrujaba con tanta fuerza que Tom gruñía y claro, con la boca ocupada como la tenía, debía ser yo quien interpretara esos gruñidos. Mi interpretación era que le hacía daño, ¡Pero era difícil mantener la cabeza en su sitio cuando alguien te está chupando el culo! Sonaba más guarro diciéndolo que haciéndolo. Haciéndolo… me sentía… un pervertido.
—Ah… — notaba perfectamente el camino que recorría su lengua, lamiéndome el muslo hasta trepar por la nalga izquierda. Me preguntaba si yo sería capaz de hacerle algo así. Era demasiado vergonzoso.
—Espero que hayas profundizado bien con el jabón. — se burló. — Y que no te acostumbres a esto — se me puso la carne de gallina cuando cerró su boca en el interior de mis nalgas, justo en el agujero de carne, cerrado… de momento.
—¡Hum! — abrí la boca de par en par y puse los ojos en blanco. Los músculos de los pies me dolieron cuando arrugué los dedos. — Yo no tengo la culpa… esta costumbre la empezaste tú.
—No me refiero a esto. — se quejó entre lametón y lametón. — No te metas tanto el jabón y aprovéchate un poco más de mí… de lo que tienes delante de tu boca. — bajé la cabeza. Su pene tieso seguía esperando, reclamando mi atención. Lo agarré con una mano y sentí el pálpito de la piel caliente en la palma. Era una maldita bomba a punto de estallar. — Esto te lo puedo hacer cuando te dé la gana. — rió. — Sabes bien. — no me lo podía creer. ¡Si le estaba hasta gustando! Y a mí, más que a nadie. Sentir tanta humedad y pensar que era la boca de Tom quien la provocaba me ponía cachondísimo.
Me concentré en lo que tenía entre manos e intentando evitar distracciones, me llevé ese duro trozo de carne a la boca. Hundí la cabeza entre sus piernas, rozando con la nariz el vello púbico, tan erizado por la excitación como el mío y saqué la lengua, pegándola a la base de su pene, lamiéndola como si fuera un helado, hasta la punta. El bajo vientre de Tom, pegado a mi torso, se hundió y el helado aliento que entró en contacto con mi entrada empapada me estremeció.
—Si te la metes en la boca… me lo curraré más. — gruñó.
—Pensaba hacerlo de todas formas. Tú estás salado. — sus manos atadas se apoyaron en el principio de mi espalda. Me arañaron y giré la cabeza hacia atrás. Tom me hizo una seña con el dedo.
—Acércate más.
—Si me acerco más, te voy a hundir la cara en…
—¿Quieres que profundice o no? — con las mejillas ruborizadas, obedecí y reculé. Noté sus mejillas pegadas a mis testículos y para escapar de la vergüenza, agaché la cabeza y presioné con los labios su glande. Con una mano sobre su bajo vientre, sentí como le temblaba de gusto.
Era muy, muy difícil. Cuando me la metí en la boca y profundicé, cuando mi lengua se enredó en la punta de su potente pene, sentí asfixia. Tom me apretaba las nalgas con las manos hasta clavarme las uñas, sin detener la lengua que había descendido hasta los testículos y los empapaba y los metía dentro de esa húmeda cavidad y luego, los besaba. Me saqué el pene de la boca. No podía. Se la arrancaría de un mordisco sin darme cuenta. Extrañamente, Tom no parecía tener ese problema.
—Ya… ah… hu… ¡Tú ya lo has hecho antes! — le recriminé y él soltó un sonido gutural antes de separarse de mi entrepierna.
—Es difícil, ¿verdad? — se burló.
—¿Con quién? — tragué varias bocanadas de aire y apreté sus rodillas. Tom no dejaba de chupar más de dos segundos.
—Hay que practicar…
—¿Con quién? ¿Con Ricky?
—No digas tonterías.
—¡Tom, quiero saberlo! — coló sus manos atadas entre mis piernas y las apoyó en mi abdomen. Tiró de mí hacia arriba. — ¿Tom?
—Levántate. No tienes experiencia para hacer esto. Me arrancarás la polla de un mordisco. — abochornado, intenté apartarme de encima suya. — Eh, eh, no te muevas, bobo. Échate hacia atrás y levanta la espalda, apóyate en mí. — no entendía lo que me pedía, pero obedecí y volví a gatear hacia atrás. — Quieto, ahí. Ahora, levanta la espalda. — sus manos presionaron para que me alzara y entonces comprendí… comprendí que iba a hacer la cosa más asquerosa que podía imaginarme. Yo no sería capaz de hacerlo. Me lo imaginaba y sentía grima.
—Tom, eso es una asco.
—No. Es más guarro de lo que suena ¿no es fantástico? Además, ¿de qué te quejas? Te lo voy a hacer yo a ti. — no muy convencido, me alcé sobre las rodillas hacia atrás. Me mantuve alejado de su cara lo máximo posible.
—¿Así?
—Pégate más.
—¡Tom, que yo cago por donde tú quieres meter la lengua!
—Por eso espero que te hallas lavado a fondo. Por eso… — sacó las manos de entre mis piernas y las subió hasta dar con mi hombro izquierdo. — …Te voy a follar con la lengua, Muñeco. — y tiró de mí hacia abajo. Lo primero que pensé fue… bueno, no pensé en nada, lo admito, me quedé patéticamente en blanco. Luego, me acordé fugazmente de aquella vez tan lejana en la que practicando, le hice una cosa así a Natalie (Sexo oral con ella, buag… recordándolo, sentí auténtico asco) y, finalmente, se me pusieron los músculos del cuerpo tensos como las cuerdas de una guitarra. Empecé a tener espasmos de gusto con esa lengua escurridiza entrando y moviéndose dentro de mi cuerpo, como una anguila mojada. Estiré la espalda, doblándola hacia atrás hasta hacerme daño.
—¡Ohh! — era muy diferente del sexo anal, mucho. En lugar de sentir placer, lo que sentía era un morbo que me dejaba tieso… nunca mejor dicho. El morbo era mejor que el placer porque directamente, se me instalaba en la mente una sensación que viajaba a velocidad luz hasta mi polla y ella, bueno, actuaba según lo que sentía. Es decir… sin tocarla siquiera, se me ponía como una manguera. Se endurecía cada vez más con el paso del “agua” que acababa saliendo, salpicando lo que había a su alrededor. Era asqueroso, pero eso lo hacía más excitante todavía.
Temblequeando, intentaba no moverme mucho encima de Tom. Joder, es que prácticamente estaba sentado en su cara, en su boca, mejor dicho, pero era difícil. Se me tensaba el trasero, que notaba agarrado por sus manos con firmeza, estrujándolo hasta hacerme notar las uñas casi inexistentes. Metía la lengua y la sacaba, me penetraba con ella superficialmente con un ritmo tan lento, que me daban ganas de cabalgar sobre su boca para que fuera más rápido.
—Tom… mierda… urggg… mueve la lengua… más rápido… — me dejé llevar y me restregué buscando más contacto, más profundidad, que su lengua entrara más. No sabía si lo que me corría por los muslos era sudor o su propia saliva. Su polla, más abajo, sacudiéndose junto al movimiento de su cuerpo, adquirió un valor nuevo para mí. Me incliné un poco hacia delante y se la agarré con una mano, igual que hice con la mía, que chorreaba de morbo, escurría el presemen hasta los testículos y desde ahí, descendía hasta la barbilla de Tom. ¿Lo notaría?
Le sacudí el pene con la mano, a la misma vez que la movía sobre el mío. Iba despacio, porque estaba tan cachondo, que ya notaba los pinchazos de placer previos al orgasmo cuando me tocaba lo más mínimo. A él todavía le faltaba, pero me lo agradeció alzando la pelvis para que siguiera. Obedecí, le escupí en la punta para que mis dedos se deslizaran con más rapidez y humedad y noté como se estremecía. Pude inclinarme más, apartando el culo de su cara para darle lametones en la punta que empezaba a adquirir un sabor salado. Sacó la lengua de mi agujero y temblequeé. Giré la cabeza y le vi suspirar. Sus labios y la barbilla estaban empapados de saliva y a saber qué más.
—Tengo ganas de besarte… — murmuré. Él sonrió con picardía y se incorporó lo justo para apoyarse contra la pared, apoyando las manos sobre el principio de mi espalda.
—¿Te acuerdas… de cuándo me dijiste que te gusta mucho mi polla? — hice memoria, sin soltársela, sin cambiar de posición inicial. Había dicho muchas cosas guarras a lo largo de mi vida, pero no recordaba esa, así que negué con la cabeza. — Normal, estabas drogado. — suspiró él.
—No me lo recuerdes o todavía puedo arrepentirme.
—¿Quién te drogó?
—¿Con quién has estado haciendo sesenta y nueves en los últimos meses? — me burlé. Tom cerró los ojos con expresión gozosa, como si mi mano y el meterme la punta húmeda de su pene en la boca le hiciera subir al mismísimo cielo. Sus manos atadas aún descendieron por mi espalda hasta mi trasero. Apenas noté los dedos acariciándome antes de que me metiera dos de golpe. Me sobresalté, pero no sentí ni pizca de dolor, solo más calor.
—Si te lo digo… te va a entrar la vena depre. — abrió los dedos dentro y apreté su rodilla izquierda, que dobló para que me apoyara en ella y no cayera de boca sobre la cama, así que tuve que dalear la cabeza hacia la derecha para alcanzar su erección. Me atreví a metérmela en la boca hasta la mitad, pero Tom me golpeó en un punto doloroso del recto y me la saqué enseguida para apretar los dientes. — ¿Te duele? — preguntó.
—Ahí… sí… no sé lo que me hiciste la última vez, pero desde entonces… — me callé. No era un tema agradable para tratar en la cama.
—¿Desde entonces, qué? — insistió.
—Te lo cuento si tú me lo cuentas. No es agradable, de todas formas.
—Quiero saberlo. — sacó los dedos y yo apreté el culo. Entonces, noté que me sujetaba los testículos con una mano y con mucho cuidado, los acariciaba. Me tensé un poco, recordando pellizcos y algún mordisquito doloroso que me había dado justo ahí. — Dejé de ser virgen sobre… los catorce… — confesó y yo aparte la cara de su entrepierna y lo miré mientras me limpiaba restos de baba de los labios. — No estoy seguro si fue a los trece o catorce, pero por ahí. — se concentró en mis huevos y ahí se quedó su mano, haciéndome chorrear sobre su estómago. Yo dejé de lamerla, pero seguí masturbándole, despacio.
—¿Estáis todos… ufff… todos locos? Ricky tenía… tu edad.
—Ricky lo hizo con su novio… yo no. — se encogió de hombros y un poco nervioso, aumenté la velocidad de mi mano.
—¿Qué quieres… decir? — las frases se me cortaban con los suspiros.
—Necesitaba dinero… un día una chica dos cursos por encima de mí me ofreció dinero… a cambio de que me desnudara y la dejara tocarme. — tragué saliva. Tom no parecía darle mucha importancia al asunto, pero parecía preocuparle algo cómo reaccionaría. No sentí los tres dedos que me introdujo a traición, solo molestia. Me había puesto tenso como un palo.
—¿Aceptaste?
—Acepté. — el ritmo de mi mano aumentó y Tom frunció el ceño, enronqueciendo la voz. — Era una amiga… grur… así que no vi el problema… aff… no era la prime… primera vez que me masturbaba.
—Sí la primera vez que te masturbaba una tía… y por dinero. — Tom apretó los párpados, haciendo muecas.
—Te estás… apretando mucho.
—¿Lo hiciste con ella? — negó. — ¿Con qui…?
—Con su… offgg… ¡con su hermana mayor!
—¿¡Cuántos años tenía su hermana mayor!? — grité. Ya no notaba placer ni morbo, solo rabia.
—No sé… dieciocho… diecinueve… ¡Argg, Muñeco!
—¡Maldita puta! — noté la tensión del cuerpo de Tom, como se le hinchaban los músculos del torso, de los brazos, de las piernas. Nunca me había fijado en sus piernas. Eran puro músculo, pura fibra. Rabioso, había acelerado aún más el ritmo de mi mano que se me empapó al momento cuando una lluvia de semen voló hasta las sábanas, las piernas e incluso llegó hasta mi mejilla. Tom me apretaba las nalgas mientras se corría entre gruñidos animales.
Yo solo pude intentar imaginarme la cara de esa zorra pedófila mientras él disfrutaba. Su pene quedó flácido en mi mano y yo seguí sacudiéndolo unos segundos más hasta que su dureza desapareció y terminó de expulsar las últimas gotas de gozo.
—¿Por qué me lo has contado? — pregunté. Aunque seguía con la erección, se me había cortado todo el rollo, así que me separé de él y me senté a su lado, abrazándome las piernas. Tom se había quedado exhausto y sus respuestas fueron entrecortadas.
—¿No me has preguntado de dónde he sacado tanta práctica?
—¡Ja! ¿Dejándote hacer por tías mucho mayores que tú? — él encogió el cuello. — ¿Por qué lo hiciste con la hermana de esa? ¡No lo entiendo! ¿Tantas ganas de sexo tenías a los catorce? — Tom ladeó la cabeza y me miró con una ceja alzada, en silencio. — ¿Qué?
—Nada. Da igual.
—¡No, suéltalo! Si vamos a empezar a salir otra vez, no quiero secretos entre nosotros.
—¡Pero entonces perderé mi enigmática personalidad, Muñeco! — se burló, pero yo no le vi la gracia.
—Suéltalo. — él pestañeó hasta cerrar los ojos. Se quedó quieto sobre la cama, tumbándose en ella por completo durante minutos enteros. Pensé que se había quedado dormido cuando soltó la bomba.
—¿No has entendido lo que he querido decir? No tenía ganas de sexo, tenía necesidad de dinero… así que me prostituí. Te estás acostando con un ex puto, si es que eso existe.
…Perdí la erección, y eso lo dijo todo.
Los dos guardamos silencio durante los minutos siguientes.
—Sabía que te entraría la vena depre.
—No estoy depre.
—¿Cómo estás entonces?
—Traumado, quizás.
—¿Más aún? — se rió.
—No le veo la gracia.
—Yo tampoco se la veía en su momento, fíjate.
—Quiero matarlas.
—¿A quiénes?
—A esas brujas ninfómanas que te quitaron la virginidad con billetes de cien. No es justo… ¡No es justo! Se supone que esas situaciones son… ¡Son bonitas!
—Muñeco…
—¡No! No me gusta, ya no. ¡No me gusta saber que he tenido tantas cosas y que a ti te han faltado tantas! ¡No es justo!
—¡Oye, para situaciones bonitas ya he tenido cientos contigo en la cama y hacía mucho tiempo que no las tenía por gilipollas, así que cállate, abrázame, dime que me quieres y duérmete! — tronó y los dos volvimos a compartir miradas y silencio. Me ruboricé y esa sensación de ardor en el estómago trepó por todo mi cuerpo hasta las puntas de mis orejas. — Así, calladito. Perfecto. Estás adorable cuando mantienes la boca cerrada… o cuando la usas para gemir y gritar.
—…Tonto. — Tom sonrió de oreja a oreja.
—Eso era lo que me decías a los cuatro años cuando te robaba las natillas. Hum… fue entonces cuando le cogí el gusto a tomar el postre con mi hermano pequeño y por lo visto, esa afición todavía sigue… aunque el postre ya no son natillas. ¡Argg, con lo que me gustaban! Nunca pensé que hubiera algo mejor que las natillas del almuerzo. Sí que lo había y lo tenía al lado, tonto de mí.
—¡Sí, tonto de ti! ¿Cómo te acuerdas de eso? ¡Y no me robabas las natillas, yo te las daba porque no me gustaban! — Tom se me enganchó como un koala a la cintura, rodeándome con los brazos sin levantarse siquiera. Me mordió el muslo.
—¡Argg, mi postre favorito!
—¡Tonto!
Y sin darnos cuenta, empezamos a jugar como hermanos de verdad, o casi. Se me olvidó en un momento la confesión más peliaguda que jamás había oído de su boca, al menos de momento…
Y ahora volvía a estar tumbado encima de mí, acorralándome contra el colchón, en algo más que un simple juego.
—Ahora en serio. — se serenó, haciendo desaparecer cada rastro de alegría mostrada anteriormente. Lo primero que pensé fue que se había arrepentido de haberme confesado semejante secreto (si es que era un secreto). Yo, en su lugar, me sentiría algo avergonzado y quizás, hasta humillado.
—Oye, si es por lo de la prostitución, no me importa. Quiero decir, sí me importa. Ojalá hubiera estado ahí para ayudarte y convencerte de que no hicieras algo tan sucio para comer. Yo… todavía no me lo creo ¿sabes? Pero… — Tom frunció el ceño y se apartó lo suficiente para que nuestros pechos se separaran. Eso me alivió. Los nervios se me revolvían como lombrices por dentro y sentía tanto nerviosismo, que era incapaz de estarme quieto en un mismo lugar. Hacía rato que las mejillas ardían y sentía el corazón a punto de estallar. No quería sentirme más vulnerable y mucho menos que Tom descubriera el aceleradísimo pulso de mi pecho. Debía mantenerme inalterable y frío, patear la piedra que se cruzaba en mi camino y enseñarle quién mandaba allí, quien no volvería a tropezar… aún cuando solo quería abrazarle y pedirle perdón y mil veces perdón por haberle arrastrado a las calles siendo tan pequeño, por haberle dejado solo y obligarle a arrastrarse de esa manera tan vil como era la prostitución.
Todavía no me lo creía, de verdad. Quizás por eso todavía no se me habían saltado las lágrimas de impotencia.
—Arg, olvídate de eso. — no sabía si sentirme horrorizado o admirado por su entereza. Tom no era muy expresivo, pero de ahí a no darle la más mínima importancia a vender su cuerpo, me parecía el colmo de la frialdad. Me dije que no debería extrañarme viniendo de él, pero me mantuve alerta, por si soltaba alguna otra bomba.
Era un egoísta. Siempre había querido saber más de él, de su vida en la calle, pero ahora que me ofrecía la oportunidad de conocerle yo prefería no escucharle, aunque no lo admití y guardé silencio, esperando que dijera lo que tuviera que decir. Por mucho que me molestara en ocultarlo, me sentía vulnerable y sensible y si me decía algo como que había matado a un niño o había atracado a un banco… Quizás, poniéndome en lo peor, que había hecho trata de blancas para abusos sexuales y había vendido chicas o algo así (¡Pero qué burro soy, joder!), no sabría cómo reaccionar. Quizás no me importara. Quizás me diera un ataque y me cortara las venas con el pico de la tele.
—Verás… — Tom reculó. Se incorporó, quitándose la sábana de encima y salió de la cama. Buscó algo por la habitación y soltó una maldición cuando chocó contra el escritorio.
—Tom ¿pasa algo? — hice amago de levantarme, pero él estiró la mano, haciéndome una señal para que no me moviera. Observé como hacía extraños movimientos sobre el escritorio y encendía una vela. No. No era una vela, si no un mechero. Pude ver su cara alumbrada por esa débil llama, sombría. Encendió un cigarrillo que sujetó entre los labios y soltó el mechero en la mesa.
—¿Quieres? — me tendió la caja de cigarrillos y yo negué con la cabeza, aunque en realidad tenía ganas de fumarme uno.
—Pensaba que lo habías dejado.
—Oye… ¿Estás seguro de esto?
—¿De esto? — pregunté, confuso. Para más intriga, Tom se puso los bóxers y se echó hacia un lado las indomables rastas. Luego, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.
—He estado pensado.
—Vaya, eso es nuevo.
—No te pases de listo. — al no poder verle bien la cara, ignoraba si estaba hablando en plan coña, o en plan ¡cuidado, que estoy cabreado! — En serio, he estado pensando y creo que nunca he pensado en una persona tanto como ahora. Nunca.
—Ah. ¿Debería sentirme halagado por eso? — Tom alzó los brazos, en señal de duda.
—Quizás, no lo sé. Bueno, yendo directamente al grano… estás enfermo ¿no? — como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el pecho, mi corazón botó entre los pulmones.
—¿Qué quieres decir? Tengo anemia, sí, pero no es importante. Tampoco…
—No me refiero a eso. Tienes depresión ¿no?
—Ah, eso.
—Sí, eso. No te estoy insultando ni nada, solo te lo pregunto. Es por… tomar medidas.
—¿Tomar medidas? — tragué saliva, recordándome a mí mismo encerrado en casa, con Gordon y mamá pendientes todo el día de mí, sin dejarme salir a la calle para nada, sin dejarme ni afeitarme.
—¡Bah, da igual! A ver… — fuera lo que fuera que tenía que decirme, le estaba costando horrores. Nunca había visto a Tom tan azorado. — Lo que quiero decir es que… a ver… ehm… cuando fui a comprarte la ropa, me pasó algo que no me gustó. — asentí, cada vez más nervioso. — Yo entré en las tiendas y elegí, y busqué la talla adecuada, y pedí consejo hasta a las dependientas. Cuando seleccioné la ropa que más me moló, fui a la caja y me dijeron la pasta que valía todo aquello y… no tenía pasta suficiente. No me llegaba. Así que tuve que dejar la mitad de las cosas que había cogido y enfundarme la chupa debajo de la camiseta y…
—¿Cómo? Espera un momento… ¿Enfundarte la chupa? ¿Quieres decir que has robado la chupa de cuero?
—¡No cambies de tema, Bill! Te estoy diciendo que me quedé sin pasta, ¿vale? — ¡La madre que te parió, ladrón! Estuve a punto de gritar, pero a mala hostia, suponiendo que tenía algo importante que decir, me callé.
—Bueno, ¿y qué pasa con eso?
—Pues que no tengo pasta. — me encogí de hombros, sin saber a dónde quería llegar a parar ni tampoco a qué venía ese tono tan condescendiente.
—¿Y? — Tom suspiró y el humo del tabaco llenó la habitación. Se levantó de un salto y gesticulando con las manos de manera brusca, empezó a dar vueltas por la habitación.
—¿Es que no lo entiendes, Bill? No tengo pasta. Gano alrededor de mil euros al mes que me gasto en comida, en el coche y algunas cosas más. Luego puedo hacer también algún trabajillo extra y ganar quinientos euros más, pero eso son trabajos casuales y aún así no me llega para… para… bueno, ya sabes.
—Pues no lo sé. No entiendo qué me quieres decir, Tom. No eres rico, ¿y qué pasa con eso?
—¡Pues que tú sí eres rico! — se plantó delante de mí, alzando las manos, esperando que por fin comprendiera. Lo único que capté fue aún más incertidumbre.
—Es decir, estás diciendo que… ¿Qué te preste dinero? — Tom puso los ojos en blanco.
—¡No! Digo que no tengo pasta suficiente para pagarte ropa cara, ni coches lujosos, ni portátiles de última generación, ni… yo qué sé… algo muy caro que quieras tener y…
—¿Qué? Para, para el carro. ¿Qué estás insinuando?
—Insinúo que tengo dinero, pero no tanto como para pagar un traje de mil quinientos euros al mes. Si alguna vez te pones enfermo, tendré dinero para medicinas, por supuesto… pero en invierno, no. En invierno cierran los garitos que más pasta dan y hasta que los abran, yo trabajo en tabernas, en el chop-shop y tengo alguna pericia chantajeando y atracando a gente por la calle. También gano pasta en el Coliseo, pero en invierno los gastos aumentan. A otros Encadenados les cuesta trabajo llegar a fin de mes. A mí no, pero ahora que estás tú también, no sé si podría comprar una calefacción decente. — seguía sin enterarme de lo que quería decir. ¿Me pedía que trabajara más para ahorrar para el invierno? ¿Qué le pidiera a mamá un préstamo o algo por el estilo? O… fruncí el ceño. No podía insinuar semejante gilipollez. ¡Joder, era Tom, solo pensaba en sí mismo! No podía estar insinuando que…
—¿Me estás diciendo que te preocupa no poder pagarme ropa cara, comida de lujo y contratar a una asistenta o algo así? — para mi sorpresa, Tom encogió el cuello.
—Una asistenta no, pero si planeas quedarte aquí hasta el invierno… quiero decir… esto es Stuttgart, los barrios bajos y aquí no hay lujos en invierno. El verano es fácil. Cualquiera de los Encadenados puede sacarte un fajo de billetes en verano, pero el invierno es otra cosa. Las temperaturas alcanzan los veinte bajo cero, las calles se bloquean por la nieve, los establecimientos se cierran, el arroyo se inunda y es difícil cruzar a los barrios altos. Se necesita leña para encender hogueras y los incendios aumentan. Las calefacciones están al tope y el precio de la luz sube, junto al paro. En invierno no hay dinero y sin dinero, no hay lujos, solo trabajo y como hay poco, hay más atracos, más allanamientos de morada, más asesinatos, más peleas y más sangre. Cuando te hablaba de los barrios bajos de Stuttgart, de lo peligrosos que son, no te hablaba del verano, si no del invierno. Tú no has visto ni la mitad de lo que es Stuttgart en invierno. Ni la mitad, Muñeco y… tengas depresión o no, no creo que este sea tu… tu ambiente.
No me lo podía creer. Toda aquella avalancha de información me pilló desprevenido porque, ¡joder, en invierno era mucho peor! Pero si en una semana habían intentado violarme unas dos veces y me habían atracado, amenazándome con un maldito cable. ¿Qué iba a ser lo siguiente? ¿Canibalismo en las calles? Debía reconocer que aquella información me acojonó, pero más me jodió ser considerado un simple gorrón que vive de lujos continuos.
—Oye, Tom, si te crees que yo me he pirado de casa y quiero estar contigo por dinero, es que eres cortito de mente. — me cabreé y me crucé de brazos, a la defensiva. Tom negó con la cabeza, con el cigarrillo medio consumido en la boca.
—Bill, no me jodas, estás enfermo ¿vale? Tienes la depre esa, anemia, te dan ataques de histeria y cambios de humor raros, reconócelo. Además, no estás acostumbrado a esta ciudad, lo que lo hace mucho más difícil de llevar. Solo intento ser realista y la realidad es que, por mucho que me joda… estarías mejor con ese chucho cabrón de Sparky que conmigo. — abrí la boca de par en par y me levanté de un salto, totalmente indignado.
—Pero ¿qué dices? ¿Prefieres que esté con Sparky, es eso? ¿Quieres que me vaya de esta casa y vuelva a Hamburgo, con él? ¿Lo prefieres así? ¡Pues vaya, siento causarte tantas molestias, tipo duro! — Tom se rió con un sarcasmo evidente.
—Eres idiota ¿no? ¿Es que no te has dado cuenta todavía de que estamos hechos de diferente pasta, Bill?
—¿De diferente pasta? ¡Somos gemelos, venimos del mismo vientre, no me cuentes rollos!
—¡Tú llevas en la sangre eso de ser un pijo que solo estudia y estudia, esperando que se lo den todo hecho, no acostumbrado al trabajo duro en invierno, mientras la nieve te hiela la piel y en verano, el sol te derrite la cara! ¡Yo sí lo estoy! ¡Estoy acostumbrado a trabajar, a no quejarme y a liarme a hostias con cualquier gilipollas que intente quitarme mi trabajo! A eso me refería, idiota. ¡Puede que tú tengas madera de princesa, pero yo no soy un príncipe azul, entiendes!? Soy un plebeyo. Y esas historias de príncipes y plebeyos solo acaban bien en las películas de Disney. ¡Y esto no es una jodida película de Disney! — me gritó, pero enseguida bajó el tono de voz y la cabeza, mordiéndose el labio inferior. — Esto es… es… Romeo y Julieta. — declaró y yo dejé escapar una risa aguda.
—¿Romeo y Julieta? Pues espero que Julieta seas tú, porque estoy hasta los huevos de que me pongan de tía.
—No, joder, escúchame. Romeo es un Montesco y Julieta una Capulla.
—¡Es Capuleto!
—Capuleto, y sus familias se odian. Romeo es de los barrios bajos y Julieta, de los altos. Su amor es imposible y lo mantienen en secreto. Luego Romeo se carga a no sé quién…
—A Tebaldo, el primo de Julieta.
—Pues eso, se fuga y hace la promesa de que volverá a por ella y se irán de Verona para vivir juntos para siempre y todo ese rollo. Pero los dos la palman… nosotros también vamos a palmarla. — Tom y yo nos observamos en silencio, intentando averiguar la lógica de semejantes palabras. No la encontramos y él soltó una carcajada. ¡Yo me reí por no llorar!
—¡Eso no tiene sentido y si lo tuviera, mierda, vamos a morir! No es como para reírse.
—¿Por qué no? Aunque morir por amor ya no esté de moda, sigue siendo una muerte muy noble ¿no?
—Hoy en día ya nadie muere por amor y además, ¡si tú no estás enamorado de mí!
—¿Y tú qué sabes? — Tom alzó una ceja y yo apreté los labios.
—¿Estás enamorado de mí?
—No. Pero si lo insinúo gano puntos. — y se reía el muy mamón. Cabreado, le regalé un bonito guantazo en la parte posterior de la cabeza que le hizo quejarse. — ¡Joder, menos mal que eres un Muñeco la mar de delicado!
—¡Calla ya y escucha, coño! ¿Por qué no podemos limitarnos a las historias Disney? Puede que sean cuentos de hadas, pero son mucho más optimistas. — Tom se dejó caer en la cama, con el cigarro ya apagado en los labios y una mano rascándose la cabeza, justo donde le había dado el golpe. Tumbado sobre ella, volvió a adquirir una actitud seria, como de reflexión.
—¿Sabes por qué en todas las películas de Disney el final acaba siendo feliz? — preguntó.
—Supongo que porque son películas para niños.
—Exactamente, para niños. Esa no es la auténtica realidad, si no una parodia de la realidad. ¿Sabes cuál es la verdad? — negué con la cabeza y volví a la cama, sentándome en el borde, a su lado. Tom miraba al techo, a la nada y escupió a un lado el cigarrillo consumido. — La verdad es que los auténticos finales están censurados. En la verdadera historia de la Cenicienta, el príncipe, después de casarse con ella y tener un hijo que desgraciadamente, nació tullido, fue apuñalado y arrojado por las escaleras del palacio por una de las sirvientas de Cenicienta, a escondidas. ¿Sabes por qué? Porque el cabrón del príncipe le fue infiel con su hermanastra guapa para dejarla preñada y que fuera ese niño bastardo, sin ninguna discapacidad, quien heredara el trono. Cenicienta murió rica y siendo la reina gobernada por su hijo tullido. En Blancanieves, después de ser despertada con un beso del príncipe, viajó hasta el palacio real para casarse con él, pero como no se pudo demostrar que ella en realidad era una princesa y, además, se comprobó que no era virgen, ya que había tenido relaciones con uno de los siete enanitos, fue expulsada del palacio nada más llegar y acabó limpiando botas sucias en los callejones del reino. Su príncipe se caso con un princesa enana del reino vecino. Irónico ¿no? El príncipe que besó a la Bella Durmiente murió al poco tiempo al tener una sobredosis de setas alucinógenas. La Sirenita volvió al mar un día, embarazada de su segundo hijo y desgraciadamente, un tiburón tigre le arrancó el brazo de un mordisco y ella murió desangrada, junto a su feto. Bella fue maltratada por Bestia hasta que el príncipe murió de viejo y Alicia tuvo un desagradable encuentro con Freddy Kruger en uno de sus viajes al País de Nunca Jamás. ¿Quieres más? Mulán, en realidad, murió en la guerra y Yasmín acabó formando parte del Harem de Aladín. Esa es la realidad, Muñeco. Ese es el auténtico final de las películas Disney. ¿Quieres vivir así, en un The End inconcluso, en una censura, fingiendo la felicidad infinita? Yo no.
Sus palabras eran una crítica pesimista del mundo. De su mundo, más concretamente. Claros como las gotas de lluvia, podía ver sus pensamientos y sentimientos. Eran objetos ocultos bajo un agua transparente en un mar demasiado embravecido como para que alguien se interesara por ellos.
—Por eso me gusta más la historia de Romeo y Julieta. Sin censura, sin falsa felicidad, sin intriga por un final que nunca quedará escrito. El ocaso está ahí, junto a la muerte de los personajes. No hay más. No hay mentiras. — cerró los ojos, vagando en el sueño. Me daba la sensación de que Tom prefería la ficción del mundo de los sueños a la dura y temible crueldad de la realidad. — Tú prefieres creer en el final de cuento de hadas de las películas Disney antes que en Romeo y Julieta, porque eres de su mundo. El mundo de Mickey y Minnie Mouse. Por eso, si quieres volver a ese mundo de color de rosa, hazlo, ve cuando te plazca, pero no me lo digas, porque me echaré encima de ti para que no te vayas y, que yo sea del mundo de Romeo y Julieta no me da derecho a retenerte aquí, hasta la muerte.
No te retengo. No estás encadenado a mí, ni eres un Muñeco al que pueda utilizar. Te doy la libertad que me has pedido desde que nos conocimos, al principio con susurros y ahora, con gritos.
Ese era el mensaje escondido.
Yo me arrodillé sobre la cama y estirando pies y manos por encima de Tom, me encaramé al cristal de la ventana, dándole un pequeño empujón para abrirla de par en par. Una corriente de aire fresco me alborotó el pelo a través de los barrotes por los cuales me atreví a asomar manos y brazos, que fueron zarandeados por el viento de la noche. Intenté sentir la libertad, pero aparte del aroma a humedad y de las gotitas de agua resbalando por mis dedos, no noté nada.
Bajo la oscuridad y el silencio de una noche pacífica, pude apreciar el ambiente y mi situación desde una segunda perspectiva.
—Imagínate naciendo, creciendo y viviendo en una caverna, oscura, solo alumbrada por una luz a tu espalda que eres incapaz de alcanzar, pues estás encadenado a la pared de manos, pies y nuca. Solo puedes mirar al frente, hacia una tabla de madera por la que figurillas pasan sin ton ni son, siendo alumbradas por la luz etérea de lo desconocido. La luz proyecta las sombras de las figurillas en la pared y a lo largo de tu vida, eso es lo único que ves. Sombras… y crees que ese es el mundo verdadero, hundido en tu ignorancia. — mencioné, y a mi espalda, Tom murmuró:
—El mito de la caverna, de Platón.
—Imagínate que te soltaran. Que las cadenas se rompieran y te dieran la posibilidad de marchar. ¿Querrías irte de tu preciada caverna, la única realidad que conoces?
—No, de ninguna manera.
—¿Y si te obligaran a irte? ¿Gritarías y patalearías, llorarías por quedarte?
—Sin duda.
—¿Qué pasaría cuando salieras al mundo exterior? ¿No quedarían tus ojos deslumbrados por la luz del Sol y te verías obligado a bajar la cabeza, a observar lo que hay a tus pies primero, a acostumbrarte a la luz por medio de reflejos en el agua de los lagos y en los caparazones de los insectos?
—Por supuesto, no habría otra manera de vivir.
—Hasta que te acostumbraras a la luz, al Sol y fueras capaz de alzar la vista. Un mundo inimaginable quedaría a tus pies y comprenderías que en la caverna donde has estado toda tu vida solo habías presenciado sombras sin alma, una mínima parte de lo que hay en el mundo. ¿Me equivoco?
—No. Es así.
—Y así me siento yo, recién sacado de mi caverna, con los ojos deslumbrados por el Sol en un mundo que no conozco y al cual debo acostumbrarme. Dime, si volviera a la caverna e intentara explicarle a mis compañeros encadenados lo que he visto aquí, ¿crees que me aceptarían?
—Te rechazarían, te matarían.
—¿Y crees que después de haber visto el Sol, desearía volver a mi caverna, oscura y tenebrosa, llena de compañeros ignorantes, ciegos de perjuicios y falsos sentimientos?
—…Nunca.
—Entonces, ¿por qué me sugieres volver al mundo de Mickey Mouse? Es ahora cuando me doy cuenta de que fue allí donde estaba encadenado de verdad. Aquí soy Encadenado, pero no lo estoy. Soy libre. Es una perfecta ironía. — el cielo respondía a mis palabras con más lluvia, sustituyendo las pequeñas gotitas de agua salada por enormes torrentes que repiqueteaban contra mi piel. — Este no es un mundo de muerte. Esto no es Verona, donde dos amantes desdichados mueren, ahogados por un amor prohibido. Esto es el País de Nunca Jamás, Tom. ¿No lo ves?
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—¿El País de Nunca Jamás? — el calor de su piel se pegó a mi espalda y sus manos, siguiendo las mías a través de los barrotes, dejaron que el agua las lamiera. Su aliento se alineó con el mío, uniéndonos mejilla con mejilla.
—El País de Nunca Jamás, donde el tiempo no pasa. El País que la gente teme por los despiadados piratas que pueden aparecer en cualquier rincón de su selva, amenazándote con espadas y pistolas. Las sirenas esconden sus aletas tras diminutas faldas de cuero y botas hasta más allá de las rodillas, seduciendo a los piratas con su voz cantarina y su desnudez. Los indios sobreviven cazando ratas dentro de cubos de basura y hacen tiendas indias con los restos de paraguas, colchones y sábanas raídas que encuentran. Y los Niños Perdidos se pelean entre sí como hermanos, teniendo una única razón que los une como familia. El legendario Peter Pan, siempre en guardia y en constante lucha contra los piratas, vuela por el País de Nunca Jamás, cacareando y burlándose de las normas de los adultos.
—¿Quién es Peter Pan? — sus brazos habían rodeado mi cuello y se apoyaban en mis hombros para estirarse hasta la ventana. Al girar la cabeza, encontré su boca y sus ojos, curiosos como los de un niño.
—¿No lo sabes? Eres tú.
—¿Yo?
—¿Conoces a alguien más que haya sido capaz de unir a los Niños Perdidos en una sola hermandad como los Encadenados?
—Ricky, Black, Kam, Aaron, Bárbaro, Hippie… todos esos son Los Niños Perdidos.
—Ellos y muchos más.
—Entonces, si yo soy Peter Pan y ellos son los Niños Perdidos… ¿quién eres tú? — pensé que la comparación con Wendy no era la más adecuada para mí. Además, la historia de siempre ¿no era muy poco original? Así que me inventé una secuela nunca vista ni oída.
—Yo soy Willians Garfio, el hijo del Capitán Garfio. — Tom retrocedió de inmediato, separando el pecho de mi espalda, pero no lo suficiente como para volver a esconder los brazos de la lluvia.
—¡No! Pensaba que eras Wendy.
—¡Ni hablar! Wendy se fue porque quería crecer y tú no. Te dejó solo, sin mamá, llevándose sus cuentos. — los ojos de Tom relampaguearon como el rayo, con un brillo que desapareció casi al instante. Supuse que Wendy no era otra que Helem, su madrastra, que se había ido no por crecer, si no por recibir un cañonazo del barco pirata de Garfio. Nunca más podría volver a al País de Nunca Jamás por culpa de esa vileza. — Así que, cuando se fue, tú saliste volando del árbol fortaleza, dejando solos a los Niños Perdidos y para desahogarte, fuiste al barco del Capitán Garfio, buscando su muerte para consolar el dolor. Entraste por la bodega y subiste hasta la recámara, cuchillo en mano. Entonces, buscando sus… aposentos de Capitán, oíste un ruido. Te escondiste detrás de los barriles y esperaste a que apareciera el enemigo. Cuando estuvo cerca, saliste de un salto y me pusiste el cuchillo en la garganta y yo, a mi vez, te coloqué la punta de mi espada pirata en la yugular. Y así nos quedamos minutos enteros, mirándonos a los ojos con el odio y el dolor pintado en la cara. Yo no tenía mamá y mi padre era cruel y agresivo, empeñado en convertirme en adulto cuando todavía era un niño, como tú. Así que los dos, siendo enemigos natos, nos hicimos amigos. — ahí me detuve, pensando en un final para esa historia, adecuado y sin censura, ni triste ni alegre, ni intrigante ni apabullante.
—¿Qué pasó después? — preguntó Peter Pan, esperando un fin con impaciencia, tal y como se esperaba de un niño como él.
—Peter Pan aprendió mucho de Willian, que le enseñó a manejar la espada como un auténtico espadachín, no como un niño. Peter le enseño a Willian a volar. A Campanilla no le gustaba Willian y cuando se convirtió en un Niño Perdido, lo odió todavía más. Como el hijo de Garfio no podía salir del barco con mucha frecuencia, Peter iba por las noches, a escondidas, a buscar a Willian y le daba sustos de muerte. Un día, el Capitán Garfio se enteró de lo que ocurría, porque el Señor Smith vio a Peter en la cubierta hablando con Willian y riéndose juntos. ¿Sabes lo que hizo? — le pregunté, buscándolo con la mirada. Había perdido la noción del tiempo contemplando la lluvia a través de la ventana y ya no sabía si Tom me escuchaba o se había quedado dormido. Cuando giré la cabeza, lo encontré observándome atentamente, sin haber movido un músculo, pendiente de la historia con la boca abierta.
—No. ¿Qué hizo? — sonreí por la ingenuidad que aparentaba en ese momento. Habíamos cambiado las tornas esa noche en todos los aspectos posibles, desde luego.
—Después de asegurarse de que Peter aparecía todas las noches en el barco, cogió a su hijo por la tarde, horas antes del anochecer y lo amordazó, lo encadenó de pies y manos y cuando llegó Peter, lo amenazó con rebanarle el pescuezo si no se entregaba a los piratas. Peter obedeció dócilmente a Garfio, soltando su espada y su cuchillo y se dejó atar de manos y pies. Antes de colocarle un saco en la cabeza, pensando en llevarle al centro de la selva para colgarle de un risco y que todos, Niños Perdidos, sirenas, piratas, indios y toda clase de animales que por allí hubiera desperdigados le vieran morir, arrojó a Willian por la borda, sin importarle lo más mínimo que fuera su hijo. Willian se hundió en el mar frente a los ojos de Peter, que por primera vez en su corta vida, lloró como el niño que era y…
—¿Y después? — me encogí de hombros. Mi imaginación tenía un límite.
—No puedo contarte el final todavía. La historia acabaría demasiado rápido ¿no?
—¡No! Bueno… — Tom se había metido tanto en su papel, que no quería despegarse de la historia hasta saber cómo terminaba. El que me pareció adorable entonces fue él y sentí nostalgia. Tom debía haber sido aún más adorable de niño, y yo me lo había perdido.
Para consolarle por el final todavía inconcluso, me separé de la ventana dejándola abierta y le di un casto beso en la boca.
—Te prometo que no tendrá un final de cuento de hadas. Ni tendrá censura. Exactamente tal y como ocurrió en realidad. — le rodeé el cuello con los brazos y Tom me acomodó sobre sus piernas. Sus manos treparon por mi espalda y me acariciaron las puntas del pelo.
—Creo que podré esperar.
Fue extraño ser consciente de cómo la necesidad de sexo era arrastrada por una corriente de brumosa ternura. Nos tumbamos en la cama y simplemente, nos dormimos. Pegado a mi espalda, podía sentir el apasionado “Tum tum” del corazón de Tom chocando contra mi columna vertebral. Su ritmo era extraño comparándolo con el mío. A veces palpitaba como el de un caballo en mitad de un hipódromo y al cabo de los minutos, era pausado y tranquilo.
Cuando me dormí, me pareció sentir como se acompasaba a los latidos del mío. Dos por segundo exactamente. Durante un minuto entero, los dos latieron del mismo modo, exactamente emitiendo el mismo sonido y a la misma velocidad, hasta que yo dije:
—No eres un príncipe azul, ni tampoco Romeo, ni un plebeyo ¿lo ves? Solo eres un niño que no quiere crecer. Y eso, para un pirata de pacotilla, es suficiente.
Fue su corazón el que rompió la armonía de la unión. Se volvió loco, como una locomotora a toda potencia o como el tic tac del cocodrilo que perseguía al Capitán Garfio por mar y tierra.
No pregunté el por qué, ya que entonces me dormí, pero me pareció oír un último, “Muñeco…” antes de cerrar los ojos.
F I N
Queda sólo el epílogo. Gracias por la visita. No te vayas sin comentar.