Encadenado 5 (P.2)
Muñeco by Sarae. Temporada III
Capítulo 5 (P.2)

¿Sabes, Bill? En el mundo hay muchos tipos de personas, pero todas ellas se dividen en dos categorías muy simples. Los hipócritas y los sinceros. Los hipócritas son los buenos, los que llegan a lo alto aplastando personas. Los sinceros son los malos, los villanos, porque hacen daño a la gente con su sinceridad y viven abajo. Es mejor mentir y caerle bien a todo el mundo para tener su apoyo irrefutable que ser sincero con cualquier persona y que el mundo te odie por ello. Creo que ya te habrás dado cuenta de que nosotros somos el ejemplo ideal. Yo soy sincero, siempre. Oculto cosas, sí, pero tarde o temprano, en el momento justo, las acabo soltando por algún lado. Tú… te engañas a ti mismo y engañas a los demás con tus lágrimas de cocodrilo y bonitas palabras y lo peor es que piensas que eso no tiene importancia porque todo el mundo lo hace ¡Es más! Mentir es bueno, así ahorras sufrimiento. En este mundo al hipócrita se le llama bueno y al sincero, malo. El honrado y el villano, así son las cosas, blanco o negro, no hay más colores. ¿Y sabes qué más? Yo soy el malo, el villano, el negro y tú eres el bueno, el honrado, el blanquito. ¡Y lo más gracioso es que te lo crees y encima me exiges que te trate bien! ¿Desea el señor algo más? — me sentía completamente indignado. Encima me insultaba, me criticaba como si nada, ¡Encima! 
Había momentos idóneos para ponerse a llorar y no parar, y momentos idóneos para pillarse el rebote del siglo.
 

—No tengo… ¡Ni puta idea de lo que estás hablando! — di un puñetazo al escritorio, exaltado y mi humor cambió de dolor a malhumor en un momento. No entendía nada. ¿Sería por el choque de sentimientos entre él y yo o simplemente me estaba volviendo loco? Poco me importaba eso en aquel momento de irritación máxima. — ¡Te estoy pidiendo un por qué, no quiero saber tu opinión de mí! ¡Dame una razón, una maldita razón para seguir aquí, para seguir viviendo! ¡Para seguir arrastrándome! ¡Tú no me quieres, vale, lo entiendo, puedo comprenderlo! ¿¡Pero por qué no te conformas con dejarme vivir tranquilo, con pasar de mí! ¡Sé que me arrastro, que suplico cuando no tengo que hacerlo y que lloro, pero si tú no paras de provocarme, no puedes pedirme que te olvide! ¡Déjame tranquilo, pasa de mí y yo pasaré de ti, es lo único que quiero! ¿Por qué no lo entiendes? — estaba harto. Quería vomitar para sacar de alguna manera la fruta putrefacta que empezaba a crecer en mi pecho… una fruta que Tom no pensaba arrancarme con tanta facilidad.

—¡Porque te odio! — Tom prácticamente me clavó contra el escritorio, totalmente revolucionado, como yo, y de un manotazo rápido y feroz, lanzó todas los objetos recién ordenados al suelo. Su discman viejo, algunos CDS, un par de revistas, alguna lata de cerveza, poco más… me mutiló con la mirada. — ¡No paras de exigir como un mocoso malcriado y yo te lo doy todo! ¡Te doy todo lo que quieres, todo! Hago todo lo que quieres y más y sigues quejándote… ¡El malo siempre está por debajo del bueno! ¿Verdad?

—¿Qué tú has hecho cosas por…? ¿Qué coño has hecho tú por mí? ¿eh? ¡Quien lo ha dado todo por ti he sido yo! ¡Te dejé jugar conmigo, te dejé vivir en mi casa, te dejé mi viejo cuarto, te dejé entrar en mi vida! ¡Gracias a mí y a la hospitalidad de mi madre tuviste una buena vida, no como en este basurero! 

—¿Lo ves? ¡Eres un creído y un hipócrita! ¿Crees que soy un vagabundo que vende sus principios por cualquier lujo? ¡Yo no, pero tú sí! ¡Eres como un perro faldero domesticado corriendo detrás de su dueño con la lengua fuera pidiendo comida y agua, y a cambio le traes el periódico y las zapatillas todas las mañanas con la boca! 

—¿Y qué eres tú? ¿Un lobo feroz al que nadie se acerca porque rompe y destroza todo lo que toca? ¿Por qué huele mal y muerde? ¡Que tiene que buscar la comida entre la basura para no morirse de hambre! ¿Te crees un lobo salvaje, Tom? ¡Lo que eres es un lobo abandonado y nadie se te acerca porque das pena, no porque muerdas! — vi como su rostro se crispaba y sin más, me pegó una hostia en plena cara hinchada. Me tambaleé peligrosamente, mareado, con la cabeza haciendo ¡Pum pum, pum pum! Como si tuviera un tambor dentro, retumbando por todas partes. Tom me sujeto, sombrío. 

—Tú no eres el más adecuado para decirme que doy pena. — y aunque de un momento a otro, si a Tom le daba por soltarme, iría al suelo de cabeza, no pude controlarme, no quise controlarme y le solté con poca fuerza otra hostia en la cara. Tom echó un poco la cabeza hacia atrás, sorprendido. Me soltó y me agarré con torpeza al escritorio, más que mareado, con una bomba de relojería en el cráneo, pero el monstruo que tenía por hermano no se conformaba con verme débil y apagado sobre el suelo, claro que no. Le había pegado y eso parecía tener un precio muy alto a tener en cuenta en su mundo. 

¡Oh, mierda, odiaba su mundo!

Me tiró al suelo en un momento, simplemente introduciendo la pierna entre las mías y tirando de mi camiseta hacia abajo. Caí de boca y la bomba de relojería pareció explotar cuando mi hermano y su mundo se posaron entre mis hombros con todo su peso, literalmente hablando. Tom me hundió el pie en plena espalda. Oí mis huesos crujir. 

—¡Argg, quita! 

—De alguna manera se te tienen que bajar las humos, Bill.

—¿¡Y quién demonios baja los tuyos!? ¡Suéltame! — Apretó — Aah… 

—¿Es que no te das cuenta, puto desagradecido? Podría matarte aquí mismo ahora y nunca nadie se tomaría la molestia de intentar juzgarme. Podría haber dejado que Aaron te matara o que le mataras tú a él, ¡Incluso podría haber dejado que Kam te violara, que los demás lo presenciaran y que colgaran un vídeo en internet! Pero no. No lo he hecho. Tampoco te he dejado tirado en la calle muerto de hambre rodeado de putas y drogadictos. Soy compasivo. ¡Deberías darme las gracias! ¿Y qué haces a cambio? ¿Me pegas? ¿Sabes una cosa? En mi mundo esta clase de cosas se agradecen. Aquí matamos, robamos y cortamos miembros para poder comer. Aquí nos drogamos para poder reír, bebemos para olvidar y peleamos por nuestra integridad y supervivencia. — intenté levantarme, llevando la mano hacia mi espalda he intentado pellizcar la pierna de Tom para hacerle sentir al menos un cuarto del dolor que él me estaba haciendo sentir a mí, pero en cuanto vio mis intenciones, me aplastó aún con más fuerza contra el suelo y me agarró el brazo. Tiró de él hacia atrás, doblándomelo y yo me revolví, dolido. — ¡Veo que lo de pelear por tu supervivencia pese a ser una nenaza se te empieza a dar bien! Pero en ocasiones uno debe abandonar su orgullo, sus principios y su integridad para poder vivir… en ocasiones… y ésta es una de esas ocasiones… — oí un sonido extraño, un sonido que me erizó el vello de la nuca y me hizo luchar con todas mis fuerzas para poder ver de reojo lo que sucedía encima de mí. Apenas pude ver la cara de Tom, pero pude oír lo demás. Reconocí una cremallera bajándose y un cinturón abriéndose. — Deberías darme las gracias, hermanito. Voy a enseñarte una de las reglas principales para la supervivencia… voy a enseñarte a suplicar. 

Contemplé estupefacto como se desabrochaba el cinturón con total parsimonia. 

—¡NO! — no sería capaz, no lo creía capaz de ello, pero aún así me revolví como un salvaje atrapado en una red de cazador buscando una salida desesperadamente. Empecé a patalear, a golpear el suelo con el puño cerrado, a gritar. 

—¡Shhh! — y Tom me retorció el brazo con una brutalidad hasta ahora desconocida. Pensé que me lo rompería y seguramente, ejerciendo un poco más de fuerza lo conseguiría. 

—¡Aaah! 

—Si no quieres que te rompa el brazo estate quieto. — me gruñó. Oí el golpecito de sus rodillas posándose sobre el suelo, justo debajo de mi trasero, sobre mis piernas. Empecé a sudar escuchando el leve sonido de la ropa zarandeándose de un lado para otro. ¿Se estaba desnudando? 

—No serás capaz… 

—¿No seré capaz? ¿De qué, de metértela por el culo? No sería la primera vez que lo hago ni la primera vez que lo disfrutas. — me mordí el labio inferior. Tom hablaba con un tono tan frío…

—Quítate de encima. 

—Claro. Cuando hayas aprendido a suplicar. 

—¡Tom, no quiero! — volvió a ejercer cierta presión sobre mi muñeca y empecé a sentir un agudo dolor en el hombro. — ¡Basta, para, me lo vas a arrancar! ¡Duele! 

—¡No me digas! — me lo retorció como si fuera una fregona y me quedé estático, apretando los dientes, aguantando el dolor y las lágrimas. Apoyé la cabeza sobre el suelo, rendido. Esos tirones me estaban matando. — ¿Ya te has tranquilizado? 

—¡Hum! — intenté revelarme otra vez, inútilmente. Tom esta vez me empujó hacia abajo, dejándose caer sobre mis piernas, inmovilizándolas y me hundió contra el suelo, echándose hacia delante, sobre mi espalda. Me clavó el codo entre los hombros y ahí me quedé, esta vez sí, totalmente rendido y dolorido. Mi brazo temblaba entre la mano izquierda de Tom por la tortura tan bestial que sufría. 

—¿Duele mucho, Bill? ¿O quizás preferirías el apodo de Muñeco… abandonado? 

—¡Que te follen! 

—¡Menuda palabrota! Me siento ofendido. — su mano libre se posó sobre mi nuca, apartando en caricias suaves y pausadas mi pelo hasta hacerlo caer en cascada por mis hombros. Posó un dedo sobre el cogote y provocándome escalofríos empezó a descender muy lentamente por toda mi espalda, recorriendo cada pliegue de mi piel y mis huesos marcados. Cerré los ojos con fuerza, molesto, quizás hasta avergonzado. ¿A Tom le daría asco mi extrema delgadez? ¿¡Y qué coño me importaba a mí eso!? ¡Pero me importaba y lo último que quería en esos momentos era que me viera desnudo! 

Su dedo acabó en el principio de la camiseta un poco subida a causa del movimiento, justo donde empezaba mi piel, sobre los riñones. Apretó el dedo allí, en el hueco que había entre el final de mi espalda y el principio de mi trasero. Se me puso la piel de gallina.

—Dime una cosa, Muñeco abandonado… — gruñí. Cuanto me gustaría meterle un buen puñetazo en la boca. — ¿Has cambiado tu manera de gemir o sigue siendo la misma de siempre? 

—Tom… muérete… 

—Creo que lo comprobaré. — apreté los puños con el corazón aumentando su enérgico bombeo a una velocidad de vértigo cuando sentí su mano aferrarse a los anchos pantalones, tirando hacia abajo sin ningún tipo de compasión. 

—¡No, para! — me los agarré con la mano libre, sufriendo el dolor en el brazo inmóvil por el brusco movimiento. Aún así, no me ayudó mucho. Un simple apretón de Tom me hizo reprimir un sollozo ahogado restándome fuerzas de flaqueza y en cuestión de un momento, me bajó los pantalones hasta las rodillas junto con los boxers. A parte del frío en aquella zona descubierta, sentí el calor abrasándome la cara. Me ruboricé al pensar que una vez más, después de tanto tiempo, Tom volvía a tenerme prácticamente desnudo y totalmente vulnerable. Apreté el puño. Sentí mi pene rozando el frío suelo y se me aceleró la respiración.

—Tan apetecible como siempre… 

—Hum… — titubeé, aplastando la cabeza contra el suelo intentando escapar de su mirada. 

—Qué pena que Sparky lo haya echado a perder.

—Se echó a perder el día en el que tú lo tocaste. — Tom estaba de lo más susceptible ¿o era yo? Me convulsioné, desfallecido sobre el suelo y apretando con más fuerza el puño cuando me dio un recio azote en el trasero, más fuerte y arisco que los que estaba acostumbrado a recibir por su mano. Sentí el escozor y la calidez de su mano sobre una de mis nalgas y me puse tan tenso que se me endurecieron todos los músculos del cuerpo. 

—No me repliques. — entrecerré los ojos. Estaba sudando de bochorno y por su sonrisita sardónica, supe lo mucho que lo disfrutaba. — Espero que Sparky te dejara bien abierto, porque si no, lo vas a pasar mal. — sus dedos sobre mis nalgas se escurrieron hacia el interior de mi trasero.

—¡No, Tom! ¡Ni se te ocurra! — me revolví con un histerismo fuera de lo normal, pataleando de nuevo, moviéndome todo lo posible para intentar evitar la entrada del intruso que en esos momentos, jugueteaba divertido sobándome con total posesión el culo. Noté sus dedos divagando por entre mis nalgas, profundizando, buscando mi agujero. — ¡Para, para…! — y lo encontró. Oí su risita burlona y noté la presión, intentando entrar, sin ningún tipo de reparo, y en un intento desesperado por conseguir algo más de tiempo, me dejé vencer y grité. — ¡Para, no estoy lubricado, no estoy lubricado, no lo hagas! 

—¡Oh, cierto, qué desconsiderado por mi parte! — y apartó los dedos de mí entrada enseguida. Suspiré de alivio, dejándome caer derrotado sobre el suelo. Tom aflojó el agarre de mi brazo dolido y por un momento pensé que me dejaría ir, pero ¡Qué equivocado estaba! 

Noté su mano colándose por debajo de mi cuerpo, posándose levemente bajo mi estómago, descendiendo hasta mi ingle y…

—¡Oh…! ¡No…! — me la agarró y me la sacudió sin más, sin esperar una mínima muestra de interés por mi parte. Se precipitó hacia delante, apoyando su ancho pecho sobre mi espalda y encogiendo mi cuerpo, acabé sintiendo su entrepierna aún cubierta (menos mal) contra mi culo, rozándome con insistencia. No estaba duro del todo, pero notaba con total nitidez su longitud empezando a crecer bajo los pantalones, endureciéndose por segundos… igual que yo… — Tom, no quiero… ¡No quiero! ¡Suéltame! ¡No me toques! 

—No quiero, no quiero, no quiero… ¿Ves cómo eres un falso, Bill? Mírate, siéntete y admítelo… ¡Es tan fácil! ¿Por qué te empeñes en complicarte la vida? Admite que te estás poniendo duro con mi mano, sacudiéndotela otra vez… te gusta el calor de mi mano. La echabas de menos, reconócelo… — me estaba masturbando con una ferocidad pocas veces vista en él. Recordaba nuestros momentos intensos de sexo. Él siempre me masturbaba mientras me penetraba, intentando darme el máximo placer posible, pero rara vez se conformaba sólo con hacer que me corriera. Él también tenía que disfrutar, porque si no, no tenía gracia… 

Por lo que… tenía intención de penetrarme de un momento a otro…

—Tom… no lo hagas… — le rogué, volviendo la cabeza para ver su cara de reojo, acalorado. Cruzamos miradas. Tom también estaba sudando, sonriendo con su característica malicia, con los ojos brillantes y dilatados a causa de la excitación. Se inclinó un poco más sobre mí hasta que perdí de vista su rostro. Noté su aliento recorrerme el contorno de la oreja y me lamió el lóbulo con su mojada lengua. 

Mierda… enseguida el calor se concentró en la punta de mi polla con ese simple contacto. Me puse duro entre sus dedos y mi pene creció en cuestión de segundos. Pensé que me explotaría la punta por lo hinchada que se puso, hasta casi dolerme… y Tom lo notó, por supuesto. Al igual que yo noté su dureza a punto, lista para penetrar en cualquier estrecha cavidad ardiente y como no, quería penetrar en la mía. 

—Ya está. ¿Lo ves? Solo unos segundos y tocando en el sitio adecuado… — sus dedos viajaron por toda la longitud de mi tiesa polla, vigoroso, extasiado, tan rápido y con tanta fuerza que empezaba a marearme de placer. — Te encantaba que te tocara la punta, ¿verdad? 

—¡Ooh…! — me apretó la parte hinchada, pellizcándome la punta sin llegar a hacerme daño, pero con la suficiente fuerza como para provocarme temblores y arrebatos de calor. No podía parar de sudar y sudar y… empezar a estar mojado… 

—¿Ya no me replicas, Muñeco abandonado? — y de repente noté sus labios paseándose por mi espalda, besándome la nuca y bajando muy lentamente por la piel abultada y herida por los golpes recibidos hacía apenas media hora. Me subió la camiseta hasta las axilas y mientras me sacudía la polla desde la base hasta la punta sin parar, me acarició el pecho. Fue entonces cuando me di cuenta de que me había soltado el brazo y que este, descansaba inerte y tembloroso sobre el suelo mientras yo me ahogaba en mi propio placer y Tom me deleitaba con suaves besos a lo largo y ancho de la columna, empapándose los labios con mi sudor, lamiéndome los cardenales que empezaban a hacerse presentes por todo mi cuerpo. Sus rastas me acariciaron los hombros. 

Suspiré. 

—Gimes igual que siempre. Al menos eso no lo ha echado a perder ese patético perro. — aflojó el movimiento de su mano sobre mi miembro y sin soltármelo, comenzó a restregar el pulgar por la punta bien fuerte. Empecé a sentir la humedad, el presemen emanando y a escurriéndose por la mano de Tom. Sentí vergüenza de mi poco aguante.

—Ahh… ahh… ah… Tom… — me derretí cuando su boca se pegó a mi cuello, succionando y mordiéndome como un vampiro. Mi vampiro… 

El Tom con el que estaba a punto de cometer una locura de nuevo era el mismo Tom de Hamburgo que tanto había cuidado de mí. El mismo. ¿Había vuelto? ¿Desaparecería pronto? ¿Cuándo? 

Su mano viajó por mi pecho hasta la cintura y luego, más allá, sin miedo ni asco por mi cuerpo insano y desnutrido. Me transmitía una seguridad y unos sentimientos que pese a todo, Derek no había conseguido transmitirme. Descendió por mi ingle. Enderecé el cuerpo sin pensármelo dos veces, apoyando el brazo medianamente sano sobre el suelo y alzándome un poco, lo suficiente como para dejarle un mínimo de espacio para poder tocarme tanto y donde quisiera. Apartó los labios de mi cuello mientras sus dedos me recorrían la ingle con caricias hasta los testículos. 

—Nno… ¡No! — me sobresalté, esperando un apretón brusco en ese lugar tan sensible que rompiera el momento de gloria. No era la primera vez que Tom lo hacía y sin embargo, esa vez se limitó a acariciármelos con cuidado.

—Shh… — me susurró al oído. — Tranquilo… — me relajé al instante. Hacía mucho tiempo que Tom no me hablaba de esa manera tan melosa y protectora. Me besó la mejilla y yo me dejé. Apartó la mano con suavidad de mis testículos y ascendió por mi cadera acariciándola hasta soltarme. Se apartó de mí y me quejé con un leve gruñido. La mano con la que me rozaba insistente la punta empezó a moverse sobre mi polla con un ritmo descontrolado que me hizo deshacerme en suspiros y quejidos. La agarré con mi mano dolida, mordiéndome el labio y alzando la cabeza de gusto. — ¿Te gusta ahora? 

—… sí… hum… me gusta, me gusta… — empezaba a mojar el suelo. Espesas gotas blanquecinas salpicaban las baldosas recién fregadas. Solo era cuestión de tiempo… no aguantaría mucho más. Ya notaba los tremendos latigazos de placer sacudiéndome la entrepierna y tensándome los músculos. Ya notaba como se me nublaba la mente poco a poco. Ya notaba la polla lista para penetrarme de Tom, rozándome entre las nalgas, escurriéndose por ellas poco a poco… 

No… ¿Cómo he podido dejar que esto ocurra? 

Ladeé la cabeza y pude ver la sonrisa de mi hermano, tornándose maliciosa y juguetona, ansiosa teniéndome en la palma de su mano. Sonreía como entonces, frío, calculador y desapasionado desde aquel maldito día en el que misteriosamente, desapareció de mi lado para volver hecho un cubito de hielo firme, imposible de derretir. 

No voy a tropezar dos veces con la misma piedra, había dicho… y otra vez, estaba a punto de tropezar… y caer. Al infierno…

—¡NO! — me revolví. Tom me agarró. — ¡No quiero! ¡No! ¡Otra vez no! 

—¡Bill! 

—¡No! 

—¡Estate quieto! 

—¡No quiero! — Tom me apretó la erección y me agarró de la cintura. Me rozó de nuevo con la entrepierna y poniéndome totalmente histérico, recordando aquellos miserables días en casa, siendo acosado por el mundo por amar a mi hermano, me di la vuelta y le golpeé la mandíbula con los nudillos de la mano. Tom escupió sangre a un lado, con el labio magullado. Me apretó aún más la erección hasta provocarme un dolor tan pulcro como dulce y… — ¡Aaah…! — me corrí en su mano, sin más, explotando todo el placer que me carcomía por dentro, derramando un amor tan prohibido para el mundo como para mí mismo, enjaulado por mis ideales y mis objetivos, por mi afán de supervivencia. 

Caí al suelo exasperado, asfixiado y derrotado. No era ni sería la última vez que deseara morirme con todas mis fuerzas. 

Tom me soltó. Apartó sus manos de mí y me miró fijamente, sangrando, en silencio. Parecía aturdido, confuso, pero eso fue lo último de lo que me percaté. 

—No… no más por favor… no quiero más… por favor, ya no quiero más Tom. No, por favor… — titubeé. Y empecé a sollozar y a llorar sin saber exactamente por qué. Tom no dijo nada mientras yo me acurrucaba sobre el suelo, intentando colocarme torpemente la ropa… pero que no dijera nada no quería decir que estuviera de acuerdo con mi repentino arrebato depresivo. 

Sentí como me agarraba el brazo de repente, otra vez doblándomelo sin ningún cuidado y de un tirón que casi me lo descoloca, me lanzó contra el suelo de espaldas, dándome la vuelta, haciéndome chocar la espalda contra el suelo. Se me echó encima, apoyando los brazos a ambos lados de mi cara. Se acercó tanto a mí que giré la cabeza, intentando esquivar un beso que nunca llegó. 

—¿Sabes por qué te odio tanto, Bill? ¿Lo sabes? — gruñó. Nuestros cuerpos se rozaban, casi totalmente desnudos, aumentando una excitación amarga. Tom estaba furioso. — Te odio tanto por tus lágrimas. Tan falsas como tú, como tu maldita sociedad, como tus malditos amigos, como tu puta madre, Bill, pero sobre todo te odio por obligarme a estar aquí, ¡Por obligarme a ser el malo, el villano! Pero claro… eso a ti te conviene mucho ¿verdad? ¡Gracias a que yo soy el malo tú puedes permitirte el mundo! — me escupió a la cara. Yo giré la cabeza, sin saber qué hacer, sin saber qué decir. — ¿No eres capaz de mirarme a la cara? Ahora no ¿verdad? Cuando hace dos minutos gemías por mí como un perro ¡Hipócrita! 

—¡No soy un hipócrita! — grité, con el pecho subiendo y bajando sin descanso, acelerado. 

—¿No lo eres? ¿Acaso no hablas de justicia cuando estás rodeado de lujos viendo por tu asquerosa televisión de pantalla plana cómo los niños muertos de hambre beben agua encharcada en las noticias? ¿Acaso no hablas de justicia desde el sofá de tu salón bajo la calefacción mientras personas como tú mueren congeladas en la calle a veinte grados bajo cero? — cerré los ojos con fuerza. Su grave y estruendosa voz furiosa me ponía el vello de punta. — ¿Acaso no hablas de justicia desde la calidez de tu casa, de tu familia, calentito en una cama con sábanas azules mientras otros están solos en la calle, en plena noche, perdidos y vagabundeando por una ciudad desconocida? ¿¡Eh!? ¿No hablas de justicia entonces? ¿¡eh!?

—¿¡Y eso qué tiene que ver con esto!? ¡Deja de gritarme! ¿¡Qué tiene que ver eso contigo, con tu odio, con el mío!? ¿¡Qué tiene que ver con nosotros!? 

—¡Tiene que ver que mientras tú te zampabas una sopa caliente y te quejabas por las verduras a tu madre, yo rebuscaba en los contenedores de basura y me peleaba con ratas y vagabundos por las sobras que dejaba cualquier desconocido pudriéndose en ese cubo de metal pestilente! ¡Tiene que ver que mientras tú te acurrucabas en una cama con sábanas calientes esperando el beso de tu madre yo me quedaba aquí, en esa jodida cama, solo y con una simple sábana de franela con la nieve por los tobillos! ¡Mientras tú te gastabas el dinero en tu ropa de marca y tus juguetes góticos yo mendigaba por la calle y aguantaba palizas y burlas a cambio de dinero! — mi mente pareció separarse de mi cuerpo al oír aquella confesión tan brutal que me golpeó el cerebro. Tom hundió el puño en el suelo, a escasos centímetros de mi cabeza, hecho una fiera. — Y claro, por supuesto… eso a ti te venía muy bien ¿verdad? Siempre me has considerado un psicópata, un degenerado, un monstruo, el malo, ¡Admítelo, siempre ha sido así! ¡Y a mí me parecía de puta madre que me vieras así! ¡Siempre me he limitado a obedecerte, a cumplir todos tus caprichos! ¿Degenerado, monstruo dices? ¡Soy el mejor tío con el que te has cruzado en tu vida, he hecho todo lo que tú querías que hiciera! 

—… ¿Qué…? 

—¡No me vengas con qué! ¡Querías sexo, yo te lo di, querías experimentar, experimenté contigo, querías libertad, yo te la di, querías alguien que te protegiera y diera la cara por ti y yo lo hice! Y lo que más te convenía que hiciera también lo hice por ti… te convenía que yo fuera malo, que yo fuera desobediente, un rebelde sin causa ni solución, un marginado, un pobre desgraciado… así tú siempre tendrías el papel de bueno, de víctima, de ¡Oh, pobre Bill! Y podrías vivir con todos los lujos que quisieras, con todo el cariño y la confianza de una madre, con el amor de unos amigos que siempre están de tu parte, con todo. Claro, como es tu hermano, el Malo, el que carga con todo el muerto, ¿Qué más da? Tienes inmunidad, Bill ¿No te habías dado cuenta de ello? ¡Tienes inmunidad gracias a mí, a que yo vivo en esta puta escoria y soy el malo! ¡Gracias a eso, tú eres el bueno! 

Fue tan shockeante como doloroso. Tan ardiente como frívolo. Tan sádico como espeluznante.
Siempre pensé, desde que conocí a Tom y desde que el mismo se fue, dejándome tirado, abandonado, muerto en vida, con el corazón mutilado, que la persona que había provocado toda esa espiral de amor y odio, la responsable indirecta de todo ello, había sido mi madre. Simple y llanamente ella. Nos había separado y nos había vuelto a reunir en el momento menos oportuno. Siempre le había echado las culpas a ella de mi dolor. Pobre mamá… ¿Qué culpa tenía ella de tener a un hijo tan egoísta y egocéntrico como yo, tan ciego? 
Había escogido al niño incorrecto. Quién debería haberse podrido en los confines del purgatorio debería haber sido yo, no él.
 
Había estado tan ciego que no me había dado cuenta de que el malo, siempre, siempre había sido yo.
 

Ahora entendía mi situación. Me estaban castigando por ser el malo, por ser un hipócrita, el peor de los hipócritas porque sí, lo era, por creer que era bueno. No, no era bueno. 

Era el malo disfrazado de hipócrita bondad. 

Las lágrimas descendieron en cascada, pero esta vez no por mí, sino por Tom. ¡Qué crueldad había tenido que vivir! ¡Qué injusto había sido yo, quitándome siempre el peso de la culpa de encima e intentando cargárselo a la persona más cercana a mí! ¡Qué monstruo era y qué ser tan perfecto había sido siempre mi pobre e infeliz hermano! 
Había pensado que la vida sería mucho más fácil si él no estuviera. Al contrario. La vida sería mucho más fácil para él si yo no estuviera. Sería mucho más fácil para todos si yo desapareciera, un hipócrita en vida, tan egoísta y egocéntrico que empecé a llorar por mí también cuando no tenía derecho a hacerlo, porque acababa de descubrir que la vida sería mucho mejor si yo no existiera.
 
El elemento sobrante siempre había sido yo.

—Deja de llorar. — me replicó Tom en un susurro agresivo. — ¡Deja de llorar! — pero no lo hice y Tom se levantó de encima de mí con turbio desdén. 

—Tom. — oí al otro lado de la puerta. Andreas la golpeó con los nudillos. Le temblaba la voz. Seguro que lo había escuchado todo. — Tom… ¿nos vamos ya? Por favor… 

—Sí, ya… — giré la cabeza. Tom me dio la espalda, colocándose la ropa de nuevo apresuradamente. Quería decirle algo, pero no me atrevía a hacerlo. Las palabras se me habían quedado atascadas en la garganta. 
Tom terminó de vestirse en cuestión de segundos, lo que yo tardé en ser capaz de alzarme del suelo, sentándome en el mismo, observándolo mudo.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar.

por Sarae

Escritora de Muñeco

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