Encadenado 6 (P.2)

Encadenado 6 (P.2)
Muñeco by Sarae. Temporada III
Capítulo 6 (P.2)

Mi madre salió por la puerta entonces. 

—Ya podéis pasar, chicos. Bill está muy contento de que vengáis a verle.

—Sí, seguro. — oí una voz masculina al otro lado de la puerta, cargada de maléfica ironía que me llamó la atención. Me recordaba a alguien y, aún sin tener claro quién era ese alguien, el vello se me puso de punta.

Cuando mi madre salió de la habitación, sonriente e inocentemente feliz, pensando que aquella visita me haría bien, dejándoles pasar a los tres en silencio… se me cayó el alma a los pies. Me entraron auténticas ganas de vomitar y un pánico totalmente ilógico se acopló a mi estómago provocando el temblor de mi mandíbula. Me levanté de un salto de la camilla, pálido y ligeramente mareado, con los ojos desorbitados. 

“¿¡Por qué no nos vamos tú y yo al baño y jugamos a los muñecos!? ¿Me harías una mamada si te lo pidiera?”

“¡Serás gilipollas, tío! ¡Si no eres su hermano gemelo, no tiene gracia!”

Los amigos de Derek… y Frank. 
Esa fue la primera vez en mucho tiempo que deseé tener a mi madre al lado. Que deseé gritar, llamándola como un cobarde. 

Ni siquiera sabía cómo se llamaban. 

—¡Hey, Bill! ¿Cómo estás? — los amigos de Derek me sonrieron y se acercaron aparentemente alegres a mí. 

—Nos tenías muy preocupados desde que nos enteramos de lo del suicidio. 

—Lo siento, tío. ¿Estás mejor ahora? 

—Toda la universidad no para de hablar de lo mismo. Es un asco que ni siquiera te den una oportunidad para defenderte. 

—Estamos intentando calmar el asunto, de verdad, pero es un poco más complicado de lo que parece. 

—¡De todas formas tú no te preocupes! ¡Recupérate pronto, se te echa de menos por allí! — y se rieron. Fueron las risas más falsas que había visto en mi vida. 
Estaba descolocado. Parecían amigables, pero amigables falsos. Aún así, no parecían tener la más mínima intención de burlarse o atacarme. Uno de ellos, el que había gritado que se la chupase delante de toda la clase, tenía un brazo escayolado, colgando del cuello por un pañuelo. Tenía varios parches en la cara y el labio recubierto con una ligera capa de betadine. El otro también tenía alguna que otra muestra de agresión, pero mucho menos clara, algo difusa. Aún así, se le notaba que se encogía un poco al andar. 

Asustado y confundido, alcé la cabeza hasta Frank. Él no se había movido de la puerta, no había pronunciado palabra y estaba muy serio. Me desvió la mirada, incapaz de sostenérmela, culpable. 

—Oye, ¿Y por qué lo hiciste? 

—Eso tiene que doler ¿no? 

—¡Eso no importa, lo que importa es que intentó matarse! 

—Pero ahora estás bien ¿no? — me miraron descaradamente las muñecas vendadas y yo, molesto y angustiado, incluso algo avergonzado, las escondí tras mi espalda. — ¿Qué piensas hacer ahora? No volverás a intentarlo ¿no? 

—¡Claro que no va a volver a intentarlo! ¿Verdad que no, Bill? — me quedé alucinado observando como el que parecía haber recibido menos candela en una pelea, el que estaba más entero, intentaba pasarme un brazo por los hombros en actitud amistosa. Me sentí tan contradicho y rabioso que me eché hacia atrás, esquivándolo y les miré con asco, a pesar del temblor que dominaba mis piernas. 

—¿De qué vais? — gruñí, incapaz de aguantar más esas muecas falsas. Desde luego, si algo había conseguido con el intento de suicidio a parte de volverme depresivo y melancólico, era aumentar mi mal humor y exterminar mi tolerancia. — ¿Ahora venis a cotillear? ¿Qué queréis de mí? ¿Habéis venido a joderme la vida otra vez? ¡¿Cómo tenéis la maldita cara de venir aquí haciéndoos los simpáticos?! ¡Largaos de mi cuarto! — grité. Los dos se sobresaltaron y sus expresiones medio sorprendidas variaron. Frank parecía ajeno a todo, mirando hacia otro lado. ¿Qué puñetas hacía él aquí? ¿Y por qué con estos anormales? 

Y esos anormales se miraron y fruncieron el ceño. Sus muecas de fingida alegría cambiaron radicalmente a unas repletas de desprecio y repugnancia y aquel que tenía los dos brazos sanos, de repente avanzó y me agarró del cuello de la camiseta, tirando de mí bruscamente hacia delante. 

—Lo hemos intentado por las buenas, pero si no quieres que seamos tus amigos, allá tú. — me zarandeó un poco. Si no fuera porque era más alto que él, seguramente hubiera intentado alzarme sobre el suelo para hacerse aún más intimidante. Yo ni siquiera me molesté en intentar hacer que me soltara, manteniendo en todo momento mis manos escondidas tras mi espalda. Prefería que me sacudiera todo lo que quisiera antes que tener que mostrar abiertamente mis muñecas rasgadas. 

—¿Qué queréis de mí ahora? ¿No habéis tenido suficiente ya? — los dos parecieron ponerse nerviosos al instante, tragando saliva. 

—Solo quiero que quede clara una cosa, Bill. Sola una. Como le digas a alguien que nosotros hemos tenido algo que ver en tu intento de suicidio, no necesitarás cortarte las venas una vez más, porque te juro que te colgaré del frontal del edificio más alto de la uni y te rociaré con gasolina. Juro que te prendo fuego, te lo juro. — me sobrecogí, intimidado, pero aún confuso. No estaba en condiciones de luchar y menos, tres contra uno. 

Miré a Frank por encima del hombro del que me tenía bien sujeto. Él seguía ignorándome, pasivo, dando vueltas a la habitación con los ojos. No lo entendía… creía que Frank era algo parecido a un amigo, un rival amistoso, pero con el que siempre puedes contar pese a todo. 

Pero en esa ocasión estaba claro que no podía contar con él. 

—¿Me has oído, enfermo? — él me sacudió una vez más. Lo miré a los ojos, reticente. 

—¿Tenéis miedo de que os eche el muerto a vosotros? Me habéis estado acosando toda la vida y estáis acojonados pensando que puedo denunciaros en cualquier momento por ello, que todos estos años puedan salir a la luz. Pensáis que me he intentado matar porque os burlasteis de mí en la uni, eh. — sonreí, observando cómo se ponían pálidos de golpe. — Si no salís de aquí ahora, lo haré. — por supuesto, no tenía intención de hacerlo, pero era una bonita manera de hacer que por fin me dejaran en paz.

Al contrario… solo conseguí enfurecerles. 

—Oye, hijo de puta… 

—Déjalo, Fer. — el del brazo escayolado le puso una mano en el hombro y el tal Fer me soltó, apartándose un poco. Aún así, no tenían intención de dejarme tranquilo. El herido se inclinó sobre mí, sonriendo maliciosamente. — Si haces eso, toda tu familia se acabará enterando del sucio secretito que tienes con tu hermano. Tu padre, tu madre, tus tíos, tus primos… ellos también te consideraran un enfermo. 

Mierda. Me tenían totalmente cogido por los huevos. 
Me mordí el labio inferior. 

—No os atreveréis… 

—¿Qué no? No nos pongas a prueba. — de repente, Fer pegó un empujón flojo a su amigo y se me encaró de nuevo, con la cara crispada en una mueca de ira. 

—Sabemos lo de Derk, mamonazo. Ese hijo de puta que ha sido colega nuestro desde parvulitos, ahora va y te defiende. ¡El que estaba detrás de los acosos siempre ha sido él y ahora pretendes echarnos las culpas a nosotros! ¡Y una polla! 

—¿Qué…? — si ya estaba confuso, ahora no sabía ni donde estaba. No había vuelto a saber nada de Derek desde que lo acusé sin pruebas de ser el que había mandado los dichosos mensajes que me habían arruinado la vida. No quería hablar con él y aunque sabía que era injusto, no tenía intención de momento de intentar arreglarlo con él. Me sentía… demasiado avergonzado como para mirarle a la cara.

—¡Míranos! ¡Tu puto novio nos ha jodido bien! ¡Después de meterles una paliza a sus dos mejores amigos se fue tan tranquilo, amenazándonos con denunciarnos por acoso si intentábamos burlarnos y ponerte la mano encima otra vez! 

—Dinos la verdad. Has dejado que Derek te folle para que se ponga de tu lado, ¿a que sí? — los observé alternativamente, con la boca abierta de la sorpresa. ¿Qué Derek había hecho qué? ¿A sus dos mejores amigos? ¿Por mí? 

—Lo vieron varias veces contigo en su coche y paseando juntos cerca de la biblioteca antes de que pasara todo esto. Dicen que habéis estado constantemente juntos desde que el loco de Tom te dejó tirado. Admítelo. Te has vendido. Te lo has camelado. ¡Te lo has follado!

—¡No! 

—Y también dicen que lo han visto dar vueltas por el hospital, velando por ti. ¡Oh, qué bonito amor entre tíos! 

—¡Eso no es verdad! 

—¡Me da igual que sea verdad o mentira! ¡Ese traidor maricón ya no es amigo nuestro y como alguien nos venga con el cuento del acoso a nosotros, tu puta madre va a saber a quién le ponías el culo en casa! 

—¡No te atrevas! 

—¡Lo hago, haré pancartas, colgaré en cada esquina de Hamburgo un puto cartel para que todo el mundo sepa que tú y tu hermano gemelo sois unos enfermos! 

—¡NO! — se me saltaron las lágrimas de la desesperación y la vergüenza, con la cara roja, ardiendo de pudor. 

—¡Fer, Adrian, ya vale! — y por primera vez en aquel horrible mal rato repleto de amenazas y dolor, Frank habló. Los tres lo observamos moverse, con nerviosismo, dándose la vuelta hacia la puerta. — Vámonos ya. No quiero que la madre sospeche nada si conseguís que le dé un ataque a su hijo. ¡No quiero tener nada que ver con esto! — se me encogió el estómago de puro agobio. No entendía a Frank. Él odiaba a los amigos de Derek tanto como yo, ¿Por qué los traía aquí sin más para que me amenazaran mientras él se quedaba quieto, mirando? ¡Pensaba que éramos amigos! 

—Vale, vámonos ya. — el tal Adrian, el del brazo roto, ni siquiera me miró cuando se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la puerta. Salió por ella sin mencionar palabra. Fer me gruñó con una mueca de desprecio y me dio la espalda, siguiendo a su amigo. Frank estuvo a punto de hacer lo mismo.

—Frank… — le llamé y él se detuvo, apretando con fuerza el pomo de la puerta hasta que los nudillos se le pusieron blancos. — ¿Por qué los has traído? — pregunté. Él no contestó. Ni siquiera era capaz de mirarme a la cara. — Pensaba que éramos amigos. ¿De qué va todo esto? — titubeé. Frank no quería contestar. Tragó saliva y pude ver el sudor que le recorría la piel por los nervios. 

—¿De qué va lo que tú has estado haciendo todo este tiempo con tu hermano? Te exhibías por la universidad, sabiendo lo que erais. Nos engañasteis a todos. ¡Pensábamos que erais dos simples gays y por eso nunca le dimos excesiva importancia pero después de ver esto, pienso de verdad que estáis enfermos! ¡Estáis para que os encierren! — palidecí. Me había peleado cientos de veces con Frank, miles, rivalizando el uno contra el otro en cualquier tema desde pequeños, perdiendo y ganando, odiándonos y apoyándonos en momentos difíciles, pero sin duda… aquella pelea no era una de esas cientos de batallas en la que competíamos para ganar y “pisotear” al otro. 

Esta pelea era de verdad. Frank pensaba todo eso… de verdad. 

—Pero… — intenté replicar, defenderme a mí mismo y a Tom, aunque estaba seguro que de seguir allí, conmigo, no le daría la más mínima importancia. 

—Mi padre siempre me lo ha dicho pero yo nunca le había hecho caso. Nunca me ha importado una mierda que fueras gay o que no lo fueras, me daba igual mientras a mí no me afectara lo más mínimo. ¡Pero es que esto es el colmo! ¡Mi padre tiene toda la razón, por pervertidos y enfermos como vosotros este país se va a la mierda! — tragué saliva al ver su cara, tan asqueada y emanando tanta repulsa que retrocedí. 

—Yo no… no estoy enfermo.

—¿Ah, no? ¿Sabes? Tengo una hermana pequeña ¡Y en mi puta vida le pondría una mano encima! ¿Puedo decir lo mismo de ti, Bill? — abrí la boca de par en par, con el estómago revuelto solo de imaginármelo, de ser consciente de lo que se me acusaba. 

—¡Tu hermana es una niña! 

—¡A saber a qué edad tu hermano y tú os dedicabais a hacer esas guarradas! 

—¡No soy un pederasta ni un pervertido, y mucho menos un violador! 

—¡Lo que sí eres es un desconsiderado y un guarro! ¿Qué le diría yo a mí hermana pequeña si hubiera visto alguna vez uno de tus repulsivos acercamientos a Tom? ¿Le tendría que decir que sois hermanos? ¿Qué pensaría ella de mí si le dijera que hay hermanos que se tocan de esa manera tan vomitiva? ¡Me odiaría y le daría asco o se pervertiría como vosotros! ¡Sois unos cerdos! 

—¡Yo quiero a mi hermano, no he hecho nada malo! ¡Era como si fuéramos una pareja normal, lo quiero como tal! ¿Por qué nadie tiene en cuenta eso? — Frank se calló entonces, serio. 

—Si lo quieres así, ¡Reprímete! Está en la ley y por algo está en la ley ¿no? Y en la Biblia y en cualquier religión que tenga dos dedos de frente. Los hermanos son hermanos ¡Y punto! Y lo peor es que intentas poner esa guarrada como algo bonito diciendo que estás enamorado. ¡No me jodas! ¡Eso no se lo cree nadie! 

¡Qué impotencia! ¿Por qué nadie me cree? ¿Por qué todos me critican sin saber? ¿Es que nunca nadie ha sentido la maravilla que yo siento cuando estoy con Tom? 

—¿¡Por qué nadie lo entiende!? ¿¡Por qué cerráis los ojos, me dais la espalda y simplemente me decís enfermo!? ¿¡Por qué no intentáis entender que aunque sea diferente a vosotros, hay otros tipos de amor!? ¡Yo no he hecho nada malo! — de repente me vi echándome encima suya, agarrándolo por los hombros, sacudiéndolo con las lágrimas saltadas, pidiéndole compasión, ayuda, entendimiento… ¡Algo, simple comprensión! — ¡Yo no he hecho nada malo! ¿Por qué nadie me cree? ¡Tienes que creerme, no lo he hecho por simple placer, yo le quiero! ¡Quiero a Tom, de verdad! — nunca había sido tan sincero como en ese momento, tan expresivo, nunca había confesado a gritos de una forma tan directa esa sensación de estar lleno de tantas cosas que no puedes explicar, de tantas sensaciones, tan malas y tan buenas a la vez, tan contradictoras, heladas y cálidas al mismo tiempo, compartiendo un mismo espacio vacío, llenándolo de golpe. 

Había deseado todos los días desde que lo descubrí poder gritarlo a los cuatro vientos, que quería a mi hermano, que quería de forma prohibida a aquel que no se puede querer. Que amaba en silencio y quería ser amado. Y solo era capaz de decirlo sumido en mi propia desesperación.

Lo único que recibí a cambio fue un golpe en plena cara que me tiró al suelo de espaldas. 

Me llevé la mano a la sien, donde había recibido el bestial golpe contra el suelo. Un pequeño hilillo de sangre me impregnó los dedos, único testigo de mi vano intento de convicción hacía una mente intolerante y retraída. Cuando alcé la cabeza hacía Frank de nuevo, su cara repleta de pánico por haberme golpeado y tirado al suelo en un acto reflejo se me grabó en la mente como si me la hubieran marcado a fuego. 

Él tragó saliva. 

—Llo siento… — titubeó. — Pero tú… ¡te me has echado encima!

—Frank… ¿No me crees…? — no sabía si mi voz temblorosa y rota se había hecho oír por encima del “¡Bum, bum” de mi cabeza. Me puse de rodillas en el suelo casi al instante y una última vez, intenté hacerme escuchar. — Tienes que creerme. ¡Le quie…!

—¡Me da igual! — me gritó. — ¿Es que no te das cuenta? ¡Estás loco, Bill, como una regadera! ¿Querer? ¡Un hombre y una mujer se aman! ¿Pero dos hermanos? ¡Tú estás como una puta cabra! ¡Deja de intentar excusarte con amor! ¡Es ofensivo que intentes comparar esa abominación con una relación como dios manda! ¿Sabes qué? ¡No eres diferente a un pederasta o un violador! ¡Solo te preocupa buscar tu propio placer y te da igual todo lo demás! ¡Eres un enfermo mental pero no me das nada de pena! ¡Ojala todo el mundo se entere de las guarradas que has estado haciendo con tu hermano, ojala te metan en un psiquiátrico y no te saquen de ahí hasta que te mueras! ¡Pervertido! — Gritó a los cuatro vientos. El estómago se me anudó. El cuerpo se me vació por completo de cualquiera de esas sensaciones entre heladas y cálidas que me habían llenado hasta ese momento. Luego… Frank, sin esperar respuesta, abrió la puerta y sin decir nada más, salió corriendo.

No eres diferente a un pederasta o a un violador, Bill. No lo eres. 

Ese día tomé las pastillas antidepresivas por voluntad propia por primera vez. Me levanté del suelo, cogí el bote de pastillas que había en el cajón y me chuté un total de siete de golpe. Luego me metí en la camilla, me tapé hasta la cabeza y esperé… me dormí. 
Me desperté a las cuatro de la mañana, vomitando como un condenado, con convulsiones violentas e incapaz de moverme por mí mismo. Me lavaron el estómago tres veces. 

Al día siguiente, el psicólogo me ametralló con preguntas sobre Tom, otra vez. 

No contesté. 

Me picaba el brazo. Mucho. Algunos arañazos habían sido recubiertos por una asquerosa costra marrón, sanando las heridas superficiales. Esa molesta costra me picaba como si fuera una ampolla propia de la varicela y empecé a rascarme, recordando, lejano, aquellas palabras dichas por Frank. ¿Ciertas? ¿Falsas? A esas alturas ya no lo sabía. 

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—Voy a salir a coger el correo, mamá. 

—No hace falta, cielo. Ya voy yo. 

—No. Quiero ir yo. 

—Pero…

—¿Es que ni siquiera me vas a dejar salir a la puerta para coger unas puñeteras cartas? Tranquila, dudo mucho que pueda cortarme el cuello con un trozo de papel. — mi madre se me quedó mirando en silencio. Gordon no estaba esa mañana en casa. Una pena. Si estuviera seguro que me hubiera defendido hasta el final. Era el único que me ofrecía un poco de libertad y una oportunidad más para demostrar que no tenía intención de intentar suicidarme otra vez. 

Era el tercer día después de recibir el alta del hospital, en casa. Me habían quitado los puntos de las muñecas, pero aún así no dejaba que nadie me las viera, tapándolas siempre con un par de muñequeras o vendas. 

Esa mañana salí hasta el buzón, en frente de casa, a recoger las pocas cartas. Desde que Tom se había ido, mirar cada carta con lupa y encargarme yo y solo yo de recogerlas se había convertido en una pequeña esperanza. Observaba todas las cartas por detrás y por delante una todos los días y las abría. Solo había facturas y poco más y yo bufaba, exasperado, triste porque seguía sin tener noticias de Tom. 

Ese día bajé a por las cartas por inercia, sabiendo de antemano que ni ahora ni nunca recibiría una carta de Tom dándome explicaciones. Dejé que el aire frío me agitara el pelo con suavidad mientras abría el buzón. Quedé sorprendido. Había muchas cartas. Las saqué y siendo consciente de que mi madre me estaba observando desde la ventana del piso de arriba, le di la espalda, observándolas una a una sin mucho interés. Facturas, facturas, propaganda, factura, propaganda, factura, factura, Bill Kaulitz, factura, factura… un momento… le di la vuelta a las cartas y empecé a buscar otra vez. 
Para Bill Kaulitz. 

Una carta para mí, ¿De quién? Estaba impresionado. No tenía remitente ni tampoco destinatario. Sólo ponía mi nombre en uno de los laterales, escrito a mano con una caligrafía espantosa. Alguien la habría dejado en el buzón por su propia mano, adrede. 

No me detuve a analizar más la situación y la abrí enseguida, un poco alterado. Rogué que fuera una carta escrita por el ser que no debía amar, pero una vez más… me llevé un chasco. Un chasco potente y desgarrador. 

Con letras recortadas de trocitos de revistas y periódicos, pegadas en el papel, se podía leer:

Te estamos vigilando. Abre la boca y tu secreto dejará de ser un secreto. 

Habían sido los ex amigos de Derek, por supuesto. Hice la carta jirones y me los metí en el bolsillo disimuladamente para que mi madre no se diera cuenta de ello desde la ventana. Luego, me di la vuelta y con el resto de cartas en mano, entré en casa. 

Claro, como no. La cosa no acabó ahí. 

De un día para otro me empezaron a llegar cientos de mensajes al móvil. Los diez primeros los leí. Los demás, no. Todos decían lo mismo. Todos me insultaban, todos me llamaban pervertido. Y la mayoría eran de personas con las que apenas había tenido contacto en la universidad. Hubo un momento en el que tuve que apagar el móvil con cientos de mensajes sin leer, sin espacio ya en la memoria del teléfono. 

Cinco cartas diarias como mínimo, con dibujos groseros, cualquier guarrada escrita en el papel, cualquier garabato, siempre insultante o amenazante. Yo cogía los sobres sin que mi madre se diera cuenta. Siempre era yo el que bajaba a por las cartas y quien las hacía jirones. Llegó un momento en el que apenas me cogían papelitos rotos en los bolsillos del abrigo. 

—¡Bill, cariño! — mi madre me llamó desde la planta baja, desde la puerta de la entradita. — ¡Han venido a verte! 

—¡No quiero ver a nadie! 

—¡Pero cielo…!

—¡He dicho que no quiero ver a nadie! ¡Que se largue! ¡Diles que se vayan al infierno, que me dejen en paz de una vez, que les follen! — me imaginé a mi madre ruborizándose por mis palabras delante de esas personas que habían venido a verme, avergonzada por mi radical comportamiento. Me dio igual. 

—Dice que…

—Ya lo he oído. ¿Podría darle esto de mi parte?

—Oh, muy amable. — oí que decían abajo. Me destapé la cabeza, sacándola de entre las mantas sobre las que estaba acurrucado en el suelo y arrastrándolas, caminé hasta la ventana, cerrada y con las cortinas echadas para ocultarme de la luz del día. La abrí un poco para ver a través de ella. La luz me dio en los ojos y me cegó momentáneamente y cuando pude ver mejor, observé la calle. Una única persona estaba en ella, con la cabeza alzada, mirando hacia mi ventana como si precisamente hubiera estado esperando que saliera a echar un vistazo justo en ese momento. Cruzamos miradas. 

Derek…

Suspiré. Él sonrió, tierno y dulce, como no lo había visto ni siquiera la noche en la que nos acostamos por primera vez. Cerré la ventana de golpe y volví a echar la cortina.
El corazón se me había acelerado al verle.

—Bill, mira lo que han traído para ti. — mi madre abrió la puerta de golpe, sin llamar ni siquiera. Le lancé una mirada funesta y cansada. 

—Llama a la puerta antes de entrar. — ella ignoró mi comentario y se acercó, sonriente, con una carta en la mano. 

—Creo que era el chico que…

—¡No puede ser! ¿Me vas a decir que era Derek, el tío con el que salgo, mi novio? Pensaba que estabas en contra de eso. — mamá bajó la cabeza, un poco más seria.

—Bueno… tal vez estaba equivocada. 

—Ah, ahora lo estás. Después de verme con las venas cortadas. Fantástico. — cogí la carta, quitándosela de las manos y notando el tacto suave del papel frotándose contra mis dedos, me entraron arcadas. Habían sido tantas las cartas que había tenido que tirar porque estaban llenas de frases y dibujos que dolían tanto… tantas cartas… No soportaría que la carta de Derek expresara exactamente lo mismo que todas ellas, odio, repugnancia, burla… 

No pensé ni siquiera en sí me arrepentiría tarde o temprano. Rompí la carta en dos y luego en cuatro trozos, en ocho… 

—Bill… — mi madre observó cómo destrozaba la carta con la cara encogida de lástima.

—Déjame y sal de mi cuarto. 

—Pero cariño…

—¿No me has oído? ¡Qué te vayas! ¡Qué me dejes en paz, qué me olvides, haz como si no existiera y piérdete! 

—Intento ayudarte, Bill. Soy tu madre, déjame ayudarte… — ¿Ayudarme? ¿Acaso me lo merecía? ¿No era equiparable a un pederasta, a un violador? Que nadie me ayudara era lo mejor que podía pasarme, encerrarme en mi cuarto y no salir de ahí ni para comer, esperar a que el tiempo pasara, echando toda mi vida a perder. No quería la ayuda de nadie. 
Era tan horrible que no me la merecía…

Recuerdo que pensando en eso, empecé a llorar de frustración. ¿Cuándo acabaría todo para mí, para el enfermo de Bill? 

—Voy a llamar al psiquiatra otra vez… — no la dejé terminar. Me di la vuelta, cogí a mi madre por la espalda y empecé a empujarla fuera de mi cuarto con brusquedad, tan brusco que casi la tiro al suelo para hacerla traspasar el umbral de la puerta entre quejidos. 

—¡Déjame tranquilo! — y le cerré la puerta en las narices.

Cuanto… cuanto… ¡Cuánto echaba de menos a mi madre ahora que no la tenía al lado! Cómo la había odiado cuando había estado todo el día pendiente de mí y cómo la extrañaba en esos momentos. ¡Qué cabrón desagradecido había sido con ella! 

—¡Ah! — grité, encogiéndome un poco. Miré mi brazo, molesto. Por rascarme con tanta fuerza me había arrancado la costra de cuajo y me había hecho unos arañazos horizontales que me atravesaban el resto de heridas aún marcadas del otro día. La herida se abrió aún más sin la costra… la sangre empezó a correr por mi brazo. 

Fue entonces cuando me di cuenta de lo despacio que pasaba el tiempo en Stuttgart y lo rápido que transcurría cuando observaba la sangre gotear por mi piel. Rápido e indoloro. Un peso que caía al suelo, saltando desde mis hombros más que doloridos. Un peso menos. Tranquilidad, silencio. Solo gotitas de sangre hipnotizándome. 

Pestañeé y sacudí la cabeza, aletargado. Me miré otra vez en el espejo, intentando auto castigarme obligándome a observar mi cuerpo delgaducho hecho polvo, intentando recordar lo patético que era y restregármelo un poco más.

Pero mis ojos se desviaron inconscientes hacia mi brazo herido. 

Aturdido por el color de la sangre, estiré el brazo hasta el lavamanos, abriendo el grifo y hundiéndolo bajo el mismo, limpiando la herida, haciendo desaparecer la sangre al instante. Suspiré, observando las últimas partículas de sangre perderse entre las gotas de agua. Saqué el brazo y lo observé en silencio, ahora con unos simples rasguños superficiales. 
Por alguna razón sentí de nuevo el picor excesivo apoderarse de mi piel, exigiendo atención, exigiendo que mis uñas intentaran acabar con la molestia de nuevo, rascarme con fuerza para intentar hacer desaparecer esa molesta irritación, pero supe que de poco serviría. El picor volvería. 

Busqué por el mueble del baño alguna crema hidratante o polvos de talco, algo que me calmara el picor y revolviendo entre los estantes, solo encontré vendas, alcohol, agua oxigenada, algún desinfectante más y… cuchillas de afeitar. Cogí una, la miré con atención. Me vino a la cabeza aquello que podría hacer con ella, como un halo de luz, aquello que me calmaría el picor con suma facilidad, simple y rápido, certero. Aquello que haría pasar el tiempo más deprisa y que además, haría justicia, porque… claro…
Yo era el malo y si nadie me castigaba, tendría que hacerlo yo mismo. 

Fue rápido y aunque doloroso, agradable. Deslicé la cuchilla hacia la mitad del brazo, al principio con suavidad, con un poco de miedo, luego… la hundí con todas mis ganas, pensando en Tom. La vida a él no le había tratado con delicadeza ni suavidad, ¿Por qué debería hacerlo yo conmigo mismo? Me lo merecía, cuanto más fuerte y profunda mejor. Más fuerte y más profunda… 

—¡Aaahrggg…! — suficiente. Dos tajos, al principio finos y rojizos, se abrieron en mi piel. Aparté la cuchilla y la dejé caer al suelo, observando las heridas con fijeza. En cuanto apreté un poco el brazo, la sangre empezó a salir. Sentí alivio al ver la sangre emanar a borbotones cuando no debería sentir nada más que dolor. Curioso ¿no? 

Quizás… quizás sí que estaba enfermo. 

¡Pum! Pegué un bote, sobresaltado. La puerta de la calle acababa de abrirse de un portazo. Scotty empezó a ladrar como un condenado y en lugar de intentar oír más para averiguar quién había entrado, me descubrí recogiendo la cuchilla a toda prisa, limpiándola bajo el agua fría del grifo con el corazón acelerado, escondiendo todo en el mueble, otra vez. Oí portazos por todas partes, abriendo puertas y cerrándolas por todo el piso. Quien había entrado buscaba algo… o a alguien. Clavé la mirada en mi ropa sobre el inodoro y corrí a por ella, pero justo en ese momento, sentí una punzada en el brazo. ¡La sangre seguían saliendo sin parar! 

—¡Mierda! — cogí la ropa, apretándola contra mi cuerpo desnudo mientras iba de nuevo al mueble, lo abría y cogía el alcohol y las vendas cuando… ¡Pum! 

La puerta del baño se abrió de golpe. Me giré rápidamente, apretando aún con más fuerza la ropa contra mi cuerpo.

—¡Tom! 

—¿Qué coño…? — los dos nos miramos con los ojos muy abiertos. Sus ojos almendrados chocaron con los míos, brillantes, repletos de cálida sorpresa. Tragué saliva. 

Pillado por mí Amo.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar.

por Sarae

Escritora de Muñeco

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