
—Cámbiate el vendaje cada dos horas y repásate la herida con alcohol. Creo que eso bastará por ahora.
—¿Qué estabas haciendo en la cocina?
—La cena…
—Ah… — me dio la espalda y empezó a andar hacia la cocina otra vez. No sabía exactamente en qué fase estaba entonces, cuál de las dos partes, La lógica o la Ilógica, pero cuando le pregunté aquello, lo hice con toda la maldad que podía caberme en el cuerpo. — ¿Es que piensas comer? — y tal y como me esperaba, mi viejo Muñeco se quedó paralizado y se giró, con una cara de asustado soberbia. — ¿O lo haces para entretenerte? Porque no parece que la comida te haga mucho efecto, la verdad.
—Ja… — soltó, con una risilla floja que bien conocía, más propia de alguien que estaba al borde de sobrellevar un ataque de histerismo que de alguien dolido por un comentario de lo más malicioso. — Tengo una idea, Tom. ¿Por qué no coges tú la puta sartén que no sirve ni para hacer unos malditos huevos fritos… ¡Y te haces tú tu jodida comida! — lo sabía. ¡Está histérico! Me levanté del sofá sin apoyar demasiado la pierna en el suelo y me dirigí a él prácticamente a la pata coja. Bill se cruzó de brazos en posición de indignación total, de estrella del rock descontenta porque no ha encontrado su habitual tila en su vestuario.
—Yo tengo otra idea, Bill. Me apuesto doscientos euros a que no eres capaz de entrar ahí, conmigo, sentarte a la mesa y observar como hago el plato más grasiento e insano que pueda existir en Alemania y, sobre todo, me apuesto lo que quieras a que no eres capaz de comértelo entero. — oh, oh, oh… va a aceptar. ¡Por supuesto que iba a aceptar! Lo conocía demasiado como para llegar a otra conclusión. Su orgullo era su orgullo y odiaba que se lo pisotearan y mucho menos, que se lo pisoteara yo.
Observé sonriente como se le desencajaba la mandíbula, como le temblaba la ceja, como se ponía rojo de rabia e incluso pude notar como le aumentaba algo la adrenalina por esa estúpida apuesta. Bill, a veces eres tan simple.
—¡Acepto! ¡Y sabes que voy a ganar!
—Hace unos meses lo hubiera sabido, ahora… parece que te falta un poco de grasa como para ser capaz de tragarte un elefante de la noche a la mañana. — le dije, entrando en la cocina. Scotty estaba tumbado a un lado de la misma, bebiendo agua de su bebedero personal y no se molestó ni en mirarnos. Bill entró dando zapatazos contra el suelo y se sentó en la silla de golpe, cruzándose de brazos, exasperado. — Ah, y con comértelo no me refiero a que te lo tragues y lo vomites luego.
—¡No soy bulímico! — enrabietó. Con cada insulto que le dedicaba, con cada comentario, no hacía más que aumentar su determinación. Sonreí, dirigiéndome al frigorífico. Tenía una idea muy exacta de lo que quería preparar, pero al no encontrar la carne de hamburguesa adecuada, tuve que decidirme por unos chuletones de cordero que encontré nada más abrir la puerta del congelador. Eran enormes. Me servirían. Los saqué fuera y empecé a rociar la sartén con aceite, del más malo que vendían en los supermercados, pero aceite al fin y al cabo. Empecé a cocinar.
Era curioso. Mientras cocinaba y freía las chuletas, recordé que yo no sabía cocinar y que solo había visto a Helem hacerlo un par de veces, así que eché mano de la imaginación.
—¿Qué estás haciendo? — me preguntó Bill, alzando la cabeza intentando reconocer algo por encima de mi hombro, sin éxito.
—Te esperas a que la cena esté lista. — cogí huevos, el escaso beicon reseco que teníamos desde hacía algún tiempo, lechuga, tomate, cebolla y todas las verduras que encontré. Algunas no las había visto en mi vida. Algo de embutido, atún en lata y patatas congeladas que también freí en la sartén, junto con las chuletas. No sabía si lo estaba haciendo bien, pero cuando vi como una de las caras de las chuletas empezaba a ponerse negra, las eché en un plato, manchando prácticamente toda la encimera de aceite hirviendo. Me salpicó la piel. — Aug…
—¿Qué pasa?
—Nada, nada… — corté en trozos la verdura, con un poco más de maestría. Había tenido que cortar con la navaja un millón de trozos de comida y otras cosillas, por pura supervivencia. Aún así, los trozos salieron totalmente irregulares. Freí el bacón y los huevos mientras construía con pan de sandwich una especie de hamburguesa improvisada. Primero puse las chuletas, recubriéndolas con una gruesa capa de aceite, luego, echándole por encima otra capa de pan, eché las verduras, el embutido y el atún, todo junto. Le eché un poco de Ketchup y, finalmente, en la tercera planta de la hamburguesa, eché el huevo un poco derruido, el beicon y lo recubrí con mayonesa. Como no sabía qué hacer con las patatas, las coloqué al otro lado del plato, sueltas, para picar. — Ya está. — miré el resultado final. El aceite, el Ketchup y la mayonesa rebosaba y caía por los lados. Las chuletas sobresalían porque eran demasiado grandes, el huevo se escurría un poco, pero se mantenía y la verdura recubierta de atún… bueno, ahí estaba. Cogí el plato, lo dejé sobre la mesa y después de echarle un vistacillo más, lo empujé hasta mi hermano y me senté en frente suya, con la silla al revés, las piernas abiertas y la barbilla apoyada en el respaldo. — Que aproveche.
Cuando Bill vio todo eso en el plato… empezó a replantearse la apuesta, con un tono verduzco de piel inhumano.
—¿Co… co… cómo que…? ¿Quieres… pretendes que me coma… esto? — tartamudeó, más verdoso todavía que cuando se había dedicado a sacarme la pus. Naturalmente, se había lavado las manos antes de sentarse a la mesa.
—No pretendo que te comas eso, pretendo que te comas todo eso.
—Pero… pe-pero ¿Tú estás loco? Nadie se comería… — suspirando, me llevé la mano al bolsillo delantero de mi pantalón y rebusqué entre los billetes. Todo lo que ganaba de la protección dé lugares públicos o amenazas que yo mismo ejecutaba, lo guardaba en efectivo. De hecho, no tenía tarjeta de crédito ni cuenta en el banco. No me acordaba muy bien de cuánto había ganado en los últimos días, se me había olvidado por la cocaína y seguramente habría gastado lo suyo en bebida y demás, pero por supuesto, más de doscientos euros tenía, incluso más de cuatrocientos en billetes de cincuenta y veinte. Los saqué, los conté y guardándome lo que sobraba otra vez, dejé los doscientos sobre la mesa, justo al lado de su plato. Bill los observó con ojos ansiosos, desorbitados.
—Doscientos, como te he dicho. Te los doy si te lo comes todo y no lo vomitas luego. Creo que necesitas ropa ¿no? Solo te he visto con ropa mía desde que llegaste aquí.
—… Con doscientos no me puedo comprar ropa. Es demasiado poco. — ahora era mi turno de escandalizarse. Empecé a reírme a carcajadas. ¡Sería petardo! Si hubiera sido alguien como Aaron quien dijera eso, le habría dado un puñetazo, pero ¡Es que lo más gracioso era que Bill no lo decía con malicia! ¡De verdad le parecía poco!
—¡No me jodas, niño pijo! Con doscientos euros puedes comprarte siete camisetas con la forma que quieras, doce pares de pantalones, tres pares de zapatillas y aún te sobraría para complementos, laca, champú y maquillaje, aunque claro… la pega estaría en que no verás ninguna camiseta con el logotipo de un diseñador famoso. Si quieres algo de marca, con doscientos euros te llegará como mucho a un chaleco de piel. Me da igual en qué emplees el dinero, yo te lo doy y tú decides si prefieres ropa barata pero tan resistente y con diseños incluso mejores que la ropa de marca o… un simple chaleco con el nombre de un tal Mangus.
—Mango.
—Como sea. Tú verás. — acababa de darle en su punto débil, lo sabía y esperé con paciencia a que el cebo surtiera efecto. Bill no podía apartar la mirada del dinero y con mala cara antes incluso de empezar a comer, agarró la hamburguesa con ambas manos. La miró.
—¿Qué le has echado? — preguntó.
—De todo un poco. Pruébala. — e, inseguro pero decidido, abrió la boca simulando las fauces de una serpiente voraz y clavó los dientes en la hamburguesa. Observé aguantándome la risa como la mitad de la hamburguesa se salía por atrás y como toda la salsa se escurría por sus brazos. — Cuidado, que se te cae… — Bill, con la boca llena a rebosar, con los mofletes hinchados, le dio la vuelta a la hamburguesa rápidamente y le metió un mordisco por donde la salsa se escurría sin parar. Se estaba poniendo morado y apenas podía masticar. Me tapé la mano con la boca, descojonándome por dentro.
—Atún… — murmuró, tragando como podía. Se le habían saltado hasta un par de lágrimas y su cara no podía expresar más repugnancia. — Y cebolla… arg… cruda…
—Se te va a caer… — el aceite en esos momentos se escurría por sus brazos hacia el interior de la camiseta. Bill sacudió una mano, intentando quitarse de encima el pringue. A esas alturas ya tenía la boca y las mejillas cubiertas de Ketchup y mayonesa. La cara manchada como un niño que no sabe comer… era tan gracioso…
—Yo… no puedo comer esto…
—¿No te gusta?
—¡Es demasiado grasiento! ¡Se me ha quitado el hambre!
—¿Ya no quieres más? ¡Solo le has dado dos bocados!
—¡Pero no puedo más! Ni siquiera tenía hambre cuando he empezado… no puedo más… — vaya, eso era serio. ¿Estaba dispuesto a renunciar al dinero y a ganar la apuesta de verdad, así, sin más, con tanta facilidad? Muy bien. Había formas y formas de conseguir lo que uno quería.
—¿Seguro que no puedes más?
—No… — Bill suspiró y dejó la hamburguesa sobre el plato, con apenas dos bocados bien dados.
—Bueno, vale. — así que cogí los billetes que había dejado encima de la mesa y empecé a retirarlos. Él los observó con auténtica pena. Juraría que estaba a punto de ponerse a llorar observando como la posibilidad de comprar ropa y algunos complementos lujosos desaparecía delante de sus ojos por su terquedad. Dejé los billetes en la mesa, cerca de mí, lejos de su alcance y me levanté para retirarle el plato. Cuando lo sostuve entre mis manos, Bill dejó caer la cabeza sobre la mesa. Parecía agotado. Y más que lo estaría… — Ah, por cierto… como no te lo has comido todo has perdido la apuesta y como la has perdido… te voy a follar esta noche. — y como si la silla tuviera un muelle incrustado, Bill saltó, golpeando la mesa y casi haciéndola volcar. La silla chocó contra el suelo. La cara de Bill, blanca como la leche pura, casi se desfiguró.
—¿Qué? — no le contesté, sacándolo de quicio. — ¿Cómo que…?
—Es una apuesta. Si tú ganas, yo te doy dinero, pero como tú no tienes dinero, si soy yo el que gano, me das tu cuerpo. Fácil, ¿no? Así apuestan las putas.
—Pero… pero… ¡Tú no has dicho eso antes de empezar! ¡No lo has dicho!
—Bueno, lo digo ahora.
—¡Mentiroso!
—¡Qué blasfemo! — me llevé una mano a la frente, teatrero, fingiendo escándalo cuando la situación no podía divertirme más. — Se siente, Bill. Así funcionan las cosas por aquí… ¿Por qué no vas al baño, te limpias la cara y ya que estás, te desnudas? Iré a por ti ense… — y antes de que pudiera acabar la frase, Bill ya me había quitado el plato de las manos y había golpeado la mesa con él. No se paró ni a sentarse. Ansioso, cogió la hamburguesa y se la llevó a la boca, empezando a devorarla como solo un perro hambriento lo haría. Se olvidó de los modales tan queridos que su madre le había inculcado y empezó a comer manchándose toda la cara, aplastando la hamburguesa contra su boca. Se pringó las manos y la cara por completo. Observé entre complacido y sorprendido como se zampaba todo a mordiscos gigantes, sin parar ni quejarse ni una vez. Observé con los labios entrecerrados como se le saltaban las lágrimas y como la mayonesa y el aceite descendía por su boca hasta el cuello, bajando como gotitas de lluvia por su piel pálida. Observé como se terminaba todo, con las mejillas rojas y los ojos entrecerrados, cómo de un último mordisco se tragaba el último trozo de pan y carne y cómo suspiró, medio mareado por el esfuerzo tan enorme que para él le suponía tragarse una hamburguesa. Se apoyó en la mesa, exactamente a la misma vez que yo, pero por causa distintas. Él mareado, yo… excitado, envidiando esas pequeñas gotas de aceite que se habían colado bajo su camiseta y lamían su piel como lenguas grasientas.
Bill se arqueó, con numerosas arcadas acosándole la garganta. Iba a vomitar.
—Si vomitas pierdes la apuesta. — me atreví a recordarle, pero no parecía ser capaz de aguantar tanta presión. Se echó hacia delante, con las manos rodeándole la barriga y justo cuando una arcada más le azotó el esófago… el tremendo berrido que emanó de su boca retumbó por toda la casa. Me quedé a cuadros. Si hubiera habido un vaso de cristal cerca de él, el bestial eructo que dejó escapar lo hubiera hecho estallar en pedazos.
Coño… nunca hubiera imaginado que Bill fuera capaz de eructar… así… con tanta fuerza, de una manera tan salvaje. Me hizo recordar de golpe que, pese a todo, pese al maquillaje, pese a sus caprichosas costumbres, pese a su afeminado comportamiento… era todo un hombre. Aunque se avergonzara de ello al llevarse una mano a la boca, rojo como un farolillo.
Tragué saliva…
—Bill… — me miró, ruborizado hasta la raíz del pelo, pero cuando intentó decir algo apartándose la mano de la boca, un eructo más pequeño pero igual de sonoro volvió a escapársele. Se tapó la boca otra vez.
Y a mí me entró la risa floja. ¡Pero qué cómico! ¿De un momento de intensa tensión habíamos pasado a eso? Bill se encogió de vergüenza, me dio la espalda y empezó a andar fuera de la cocina, con las mejillas ardiendo prácticamente del sofoco.
—¡Bill, no te cabrees!
—¡Déjame! — y se tapó otra vez la boca, reprimiéndose.
—¡Oye, si ha estado gracioso! ¡Reconócelo! — le seguí con pasos agigantados pero dificultosos. Todavía me dolía la pierna, aunque el dolor había disminuido notablemente. Alcé la mano…
Por un instante olvidé que le había hecho daño y que quería hacerle daño. Por un instante recordé Hamburgo, nos recordé a nosotros correteando por la casa casi desnudos, jugando, haber quién pilla al otro. Haber quién era más rápido, haber quién acababa pillado y encerrado en los brazos del otro, haber quién acababa dominando el juego… Siempre ganaba yo… pero en el instante en el que Bill se detuvo en el último momento y agarré su brazo tirando de él, me di cuenta de algo.
Vaya… Yo nunca había ganado. Bill siempre me había dejado ganar.
—¡Ah! — Gritó. Se giró, con su brazo entre mis manos. Entrecerró los ojos. Le estaba haciendo. En cualquier otro momento eso me hubiera parecido raro ya que lo había agarrado cientos de veces con mucha más fuerza que ahora y nunca se había quejado, pero me quedé trastocado mirándole a los ojos, acordándome de nuestros juegos en Hamburgo, de que todo lo que había disfrutado con él no había sido mentira, ni un sueño y mucho menos, una pesadilla. Las pesadillas no son tan dulces ni tan excitantes, tampoco un sueño. Tampoco una ilusión.
No le solté el brazo, pero le di la oportunidad de escapar. Aflojé el apretón y todo lo que quedó fue una simple caricia entre los dos, entre mi mano y su débil muñeca. Mis dedos acariciaron su mejilla, subiendo por su cuerpo sin llegar a rozarle, moviéndose con una voluntad de hierro, no propia de mí. Bill me miraba. Sus ojos parecían llamear y supongo que su mano, movida también por una voluntad impropia, se desplazó de su cara y cayó a un lado de su cuerpo, floja. Aún tenía restos de mayonesa y aceite alrededor de la boca. No lo pensé dos veces. Solté su brazo, decidido y atrapando su rostro imperturbable entre mis manos, me incliné y le empecé a lamer los restos de salsa que encontraba mi lengua cerca de sus labios, sin llegar a tocarlos, rodeando su comisura.
Bill ascendió una mano hasta mi hombro desnudo y lo apretó con el pulso tembloroso. Apoyó la otra mano en mi cintura y me clavó las uñas en la piel. No me importó. Se estaba dejando como un gatito, me atrevería a decir que incluso ronroneaba de gusto por que una lengua ajena lo lavara. Movía la cabeza muy lentamente, inquieto y la respiración ansiosa que chocaba contra mi hombro y mi cuello, sus labios rozándome la mejilla, me estaban erizando el vello de la nuca. Sus suspiros nerviosos me parecían demasiado eróticos. Descendí mi mano desde su mejilla ya limpia, brillante por mi saliva, hasta su hombro, acariciándole el costado por encima de la ropa y pegué mis labios a su cuello.
—Oh… — murmuró, sorprendido. Echó la cabeza a un lado, tiritando, dejando más espacio para mi boca ansiosa, que le mordisqueó el cuello sin reparo, succionando cada poro de piel, fuerte. Quise hacerle una marca que durara para siempre y le mordí. — Aaah… — gimió, bajito, prácticamente contra mi oído. Se estaba derritiendo entre mis brazos de gusto y mi mano se amoldó a la forma de su pelo, enredándose entre mis dedos, acariciándole con la punta de estos la cabeza.
Bill dejó de clavarme las uñas y su mano temblorosa acabó en mi pecho, palpándolo y recorriendo las curvas de mi musculatura, trepando por él, explorando mi marcado abdomen a fondo. Encogí involuntariamente la tripa, sintiendo casi cosquillas, descargas. A él no pareció importarle y siguió, hasta arriba, con la mano en mi pectoral, sintiéndolo, apretándolo… me arañó.
—¡Au! — me quejé en su oído, riéndome.
—Tengo que encontrar una lima de uñas por alguna parte. — él también se rió.
—Vas a dormirte como siga tocándote el pelo así. Creía que no te gustaba… — besé una última vez su cuello, que me sabía a puta gloria y aparté mis labios de él, rozándolos con su mejilla, oliéndole el pelo que aplastaba contra mi mano. No olía a menta ni a chocolate, ni a bosque… olía mejor, no sabía a qué, pero era un olor tan fresco, tan propio de Bill.
—Si me tocas así y no me das ningún tirón… — estaba sonriendo, con los ojos semicerrados. Giró la cabeza, también buscando mi olor, dando con los dedos que le acariciaban la cabeza con los que le rocé los labios, las mejillas, la nariz, los párpados… — … me gusta… — me gusta, dijo. Hacía tanto tiempo que no me decía eso. Sonreí como un idiota. Yo no sonreía sin motivo ¿Por qué Bill me hacía sonreír sin motivo? ¿Por qué me hacía cometer estas estupideces? ¿Por qué me hacía volcarme en su placer en lugar del mío propio?
Esto es tan absurdo, pero… ¿Qué es “esto”?
Le rocé la nariz con un dedo, bajando por ella hasta sus labios entreabiertos, secos, pero daba igual lo estropeado que Bill estuviera, lo mucho que cambiara. Siempre encontraba algo perfecto y atrayente hundido en cualquiera de sus defectos, algo que solo podía ver yo. Bill pestañeó, mirándome a los ojos.
—¿Vas a…? — ¿Hace falta preguntarlo? ¡Si estoy deseando comerte! Cerré mi boca sobre su labio inferior, chupándolo, deleitándome con el sabor de su propia saliva, mordiéndolo, jugueteando. Bill encogió las piernas, ¡Si casi se caía al suelo del asombro! Pero se sujetó a mi cuerpo, a mis brazos para que lo sostuvieran. Estaba confiando en mí y no tardé nada en traicionar su confianza, exigiéndole más de lo que debía, buscando su lengua con la mía dentro de su boca. Pegué nuestros labios abiertos casi a la fuerza, aunque Bill no se resistiera en lo más mínimo, quizás porque no podía hacerlo. Noté su cuerpo tembloroso pegarse al mío, buscando un apoyo, rodeándome la cintura con los brazos mientras yo le acariciaba la cara y movía mi boca sobre la suya como un burro. Bill siempre se había movido con tanta ansia como yo cuando estaba conmigo, cuando jugábamos al amor, pero esa vez sus movimientos eran lentos, torpes, cansados… parecía costarle muchísimo seguirme. Aún así, no paré. Seguí penetrándole con la lengua en la boca, como no lo había hecho en mucho, mucho tiempo. Una penetración así, lengua contra lengua, saliva contra saliva, nuestras bocas peleándose y mis brazos bestias haciéndole daño… porque le estaba haciendo daño, aunque no tuviera claro cómo ni de qué manera, pero le hacía daño.
Claro que el sufrimiento ajeno nunca me había importado demasiado, al contrario que a Bill.
—Tom… — susurró mi nombre, con una voz acuosa que ignoré. Volví a besarle con más ganas que antes, simples besos húmedos contra sus labios y de vez en cuando, algún que otro roce con su lengua. Con cada beso le cortaba la respiración, ajetreada. Di un paso hacia delante, empujándolo conmigo. Pretendía acercarlo al sofá, arrojarlo sobre él y acabar con lo que tenía que haber acabado hacía días, cumplir con lo que debía suceder, dejarme llevar por la corriente y follármelo salvajemente, como antaño. Mientras me comía su boca y colaba mi lengua entre sus labios, lamiéndole el superior, ignorando cualquier muestra de molestia que Bill pudiera estar dirigiéndome, ignorando su indecisión y su miedo y solo haciendo caso a mi propio deseo, pensé…
La puta de mi madre no está para impedirme jugar con mi Muñeco. ¿Qué razones tenía entonces para reprimirme? Ninguna. Ninguna…
No lo siento, Simone. Jódete.
Y lo tiré sobre el sofá.
—¡Tom! — me agarró del pantalón, intentando mantenerse en pie pero cayó inevitablemente boca arriba sobre el sofá y yo con él. Su expresión de horror empezó a excitarme. Caí encima suya, con las piernas abiertas a ambos lados de su cintura y las manos posadas encima de su cabeza, sobre el posavasos. Acerqué mi cara a la suya, dispuesto a comérmelo de nuevo.
—Quiero jugar contigo, Muñeco… otra vez… — no me lo permitió. Bill alzó una mano por encima de mi brazo y… sonó una palmada bien fuerte por todo el salón. Alcé una ceja, realmente sorprendido. La mejilla empezó a picarme, aunque la mano con la que me acababa de cruzar la cara a una velocidad de vértigo no me dolió lo más mínimo. No recordaba que Bill fuera tan rápido, pero como siempre, era tan llorón… se había mordido el labio y las mejillas le hervían. El ceño tan fruncido y esa rabia tan innata en sus ojos lagrimosos era casi palpable.
—Ve… vete… vete… ¡Vete a jugar con tu nuevo Muñeco! — me gritó a la cara, y yo no me moví.
Frustración e impotencia. Eso era yo en ese instante, un huracán repleto de frustración e impotencia. Lo había intentado tres veces y tres veces Bill se me había entregado para darme la espalda minutos después. ¡Tres veces en cuatro días! Lo había hecho muchas más en Hamburgo, pero allí todo era un juego, aquí… no sabía qué era aquí, pero para mí representaba mucho más.
Nunca había sido nada tolerante a la frustración, claro, que siempre había utilizado la maldita paciencia cuando la había necesitado.
Pero ya estaba hasta los huevos de tanta paciencia.
—Me tienes hasta las pelotas, Bill. — le gruñí, acercando mi cara a la suya otra vez. Él se encogió en el sofá, girándome la cara, captando mi mal humor al momento. — ¿Me has oído? Hasta las pelotas. Pero ¿Quién te crees que eres para tratarme como un gilipollas al que puedes utilizar y tirar? Así, chasqueando los dedos. — Bill apretó los dientes. Su cara estaba repleta de soberbia.
—Me creo lo mismo que tú, utilizando y desechando. Lo mismo que haces tú ¿no? — dejé escapar una risita desdeñosa, expulsando un trocito pequeñísimo de mi rabia por la boca. Pero tenía tanta creciendo a cantidades imposibles y desmesuradas que de poco sirvió.
—Pero haber… — murmuré. — ¿Es que no te das cuenta…? ¿¡Es que no te das cuenta de que el Muñeco eres tú!? ¡Yo soy el dueño, haber si te aferras a tu puto papel en este juego, a tu jodida pieza! ¡El Muñeco eres tú y yo el dueño, YO! ¡Yo te domino y tú besas el suelo por donde yo piso, como siempre has hecho! ¡Yo me voy y tú me sigues, como haces ahora! ¡Qué el Amo del Muñeco soy yo, no tú! ¡Y si no te gusta tu puto papel, coges a tu puto perro, tu puta mierda, tu puta vida y te vas con tu puta madre, tus putos amigos y TU PUTO NOVIO! — le grité tan cerca de la cara que Bill cerró los ojos con fuerza, asustado. Un par lagrimones descendieron por su rostro ceniciento y yo me levanté de encima suya, acelerado, empezando a dar vueltas por la salón como un león enjaulado, repleto de rabia. ¡Uf, cómo me gustaría cogerlo, taparle la boca, atarlo y tirármelo, sin importar cuanto gritara que no, que le dolía, sin importar cuanto me odiara!
—¿Por qué no lo haces de una vez, Tom? — lo miré una vez más, con los nudillos crujiendo de la fuerza con la que los cerraba. Bill se levantó del sofá, limpiándose las lágrimas con rabia. — ¿¡Por qué coño no te decides!? ¡El otro día dijiste que me odiabas y hoy me llamas Muñeco otra vez! ¿¡Por qué no te aclaras!? ¡Ódiame o quiéreme, pero no juegues conmigo porque ya estoy harto de este juego! — chilló y como si intentara hacerme ver que su rabia era verdadera, totalmente auténtica, le pegó un puñetazo al cristal que decoraba la puerta para entrar al salón. Una puerta antigua y bonita, decorada con algún garabato mío de cuando era pequeño, diseñada por alguien muy especial. Helem había regalado las puertas antiguas al centro de rehabilitación de menores de las afueras y había comprado unas nuevas. Le pidió exclusivamente una puerta con cristales, para poder ver a través de ellos el interior o el exterior del salón, unos cristales decorados con mariposas y cisnes en unas curvas perfectas. Una de las pocas cosas que valían la pena en aquella casa.
Y uno de ellos estalló cuando Bill lo golpeó con el puño furioso.
Oí como repiqueteaban en el suelo, haciéndose aún más añicos, destrozados. Vi la sangre de Bill escurrirse por su brazo, pero a pesar de haber roto en un segundo un recuerdo de mi madrastra y estar sangrando de manera escalofriante, su cara no se contrajo de dolor, no. Miró la sangre y se contrajo de alivio, como si ya estuviera acostumbrado al dolor, como si… eso lo tranquilizara.
Pero a mí no me tranquilizó. Ver los trozos de cristal rotos… los recuerdos de Helem…
—¿Qué has hecho? — pregunté.
—¿Y tú? — me contestó él. — ¿Qué has hecho tú conmigo, Tom? ¿Qué has hecho conmigo?
—… Lo has roto… has roto el cristal… — se me aceleró la respiración. Se me tensaron los músculos. Dejé de mirar a Bill y solo me fijé en el cristal… el cristal… estuve tentado de tirarme al suelo para coger los trocitos rotos he intentar reconstruirlos con pegamento, con lo que tuviera a mano, con mi sangre si fuera necesario. Diminutas gotas de agua empezaron a caer sobre los cristales rotos.
—… Y tú me has roto a mí… me has roto a mí… — otra vez estaba llorando. Seguramente si estuviéramos en Hamburgo hubiera sentido algo de pena, algo… Hamburgo me había cambiado y ahora lo sabía. No quería dejar que volviera a ocurrir pero decirlo era tan fácil…
—Vete. — suspiré. — Vete de aquí, vete de aquí y no vuelvas, vete a tu casa, a la calle, a un estercolero, a prostituirte en una esquina, vete a la cama de cualquier tío que se te cruce por delante, vete con ese Sparky, vete a cortarte las venas, mátate, ¿Me oyes? Mátate. Me da igual… — otra vez hizo ese movimiento, penoso, agarrándose las muñecas con las manos, miedoso. Perro asustado — …pero vete de una vez. No te quiero aquí, no te quiere nadie aquí. El viejo te ha dejado quedarte solo por pena. No te quiere nadie, Bill, nadie, ¿Por qué estás aquí sino? ¿Por qué te has ido de casa? Porque no te quiere nadie ¿verdad? Te has ido porque no te querían allí tampoco. — Él se encogió. Le temblaba la mandíbula y miró hacia otro lado. — Como mucho te quiere el perro ese, para follar. Y tú no sabes vivir sin que nadie te quiera, ¿verdad? ¡Es patético, eres un blando de mierda, Bill, un blando de mierda! ¡Eres una víctima! ¡Y te gusta ser víctima! ¡Eres un puto enfermo! — le grité con todas mis ganas y aunque vi con claridad como se le desmoronaba la última fibra de piel, como se caía a trozos como los mismos cristales de la puerta, supe que lo haría mil veces más simplemente por regocijo, por saberme fuerte, ¡Porque yo era el Amo y él el Muñeco, que le quedara claro! Yo era el único que tenía derecho a hacerle daño.
Bill lloriqueó. Estaba tiritando tanto que pensé que acabaría derrumbándose en el suelo pero no lo hizo. Se tapó la cara con las manos, sollozando.
—¿Sabes… snif…? — me era difícil entenderle por los sollozos, pero de todas formas no tenía mucho interés en escucharle. Solo quería que se fuera… No sé por qué lo escuché… — Soy una víctima, un enfermo, un egocéntrico, una persona horrible, un egoísta, un pervertido, un creído, un débil, mucho más… es verdad, lo soy. Pero alguien me quiere, puede que sean muy pocas personas, pero ahí fuera alguien me quiere… y yo quiero, te quiero a ti… — sorbió por la nariz, fuerte y se apartó las manos de la cara, sacudiendo la cabeza un poco. De no haberlo visto con mis propios ojos hubiera pensado que sería imposible que alguien pudiera tragarse las lágrimas de esa manera y echarle tantos huevos para contestarme. Nunca nadie lo había hecho… y claro, Bill siempre tenía que ser quien rompiera mis esquemas. — Yo quiero y me quieren, alguien, da igual quienes o cuantos, da igual donde y, aunque a ti te quieren… tú no quieres a nadie. Tú no puedes querer a nadie… eres incapaz de querer a nadie y no por eso eres más fuerte, lo único que eres es mucho más inhumano. — sentí los músculos de mi cara contraerse, un ligero tic en el ojo, cruzarme de brazos instintivamente, intentando buscar una seguridad que de repente se había ido. Era la misma escenas. Los trozos de cristales rotos en el suelo, una persona llorando, dolida, yo en silencio, incapaz de decir nada. Simone… no, ahora era su hijo, mi hermano, mi Bill. — Cada vez que yo te veo me rompo un poco más. Cada vez que tú me ves te haces más inhumano… pero quien se convierte en monstruo poco a poco eres tú, no yo. Estaba dispuesto a seguirte, quería ayudarte, pero ya no sé si merece la pena hundirme contigo.
Me había llamado monstruo, como su madre. Se parecían más de lo que creía, supongo. Me había llamado monstruo y, también, me estaba diciendo algo más, mucho más importante que esa palabra, ese “monstruo”. Me estaba diciendo adiós… pero le daba más importancia al hecho de que me hubiera llamado monstruo que al hecho de que se fuera para siempre, otra vez. Por alguna razón, las pocas veces que Bill me había llamado monstruo me descolocaban. Me hacían olvidarme de dónde estaba, de qué me decía, de cuál era la situación, de qué debería decir. Me aislaba del mundo, me cegaba y me hacía imposible ver sus lágrimas, sus ganas de morir, de odiarme sin poder, de golpearme hasta romperme, sus intentos por mantenerse en pie, de no caerse…
Monstruo.
—…Vete. — fue lo único que dije. Bill giró la cabeza, lanzándole una mirada rápida al pasillo, donde al final se encontraba la salida, la puerta de la calle. Sintió pánico, lo supe con solo mirarle a los ojos. Me miró otra vez y yo sonreí, consciente del miedo que le tenía a las oscuras y peligrosas calles de Stuttgart.
—Tom… — pronunció, con voz temblorosa.
—Soy un monstruo ¿no? Soy inhumano… así que fuera. — caminé hasta la puerta, dándole la espalda a sabiendas ya de que me seguía con la mirada. No había echado los cerrojos, así que solo tuve que girar el pomo y empujar la puerta hacia delante. El frío de la noche se coló dentro en cuanto la abrí y me di la vuelta otra vez. Bill se había agarrado con una mano a la pared, mortalmente pálido. — Sal fuera. — le sonreí. Bill retrocedió.
—No…
—No te estoy dando a elegir. Te digo que te vayas fuera. — negó con la cabeza, acelerado. — ¡FUERA! — y Bill pegó un bote, sobresaltado por mi grito desecho de toda paciencia. — ¡Largo! — empecé a oír los ladridos enrabietados del perro, los golpes que empezó a dar contra la puerta de la cocina.
—…Scotty…
—Al perro no le estoy echando. Te vas solo.
—No… — estaba demasiado harto como para gastar saliva. Solté el pomo de la puerta y sin más, corrí hacia él, dando un par de zancadas bien largas. Bill se dio la vuelta rápidamente, intentando escapar, pero antes de que diera un solo paso lo agarré de la camiseta y tiré de él con todas mis ganas, empujándolo hacia fuera conmigo. — ¡No, fuera no! ¡Tom, no, por favor! ¡Me da miedo! — chilló, desarmado, aterrorizado, pero yo era un monstruo ¿no? Era inhumano, totalmente inhumano, así que, como lo era, lo empujé fuera, a la calle, en plena noche, a plena oscuridad, en mitad del frío. A los putos callejones de los barrios bajos de Stuttgart, donde yo me había criado, donde mi hermano nunca había estado. Donde lo destriparían en menos de una hora. — ¡NO!
Se volteó en cuanto lo solté, casi cayendo al suelo y antes de que pudiera meterse en casa otra vez, le cerré la puerta en las narices.
—¡NO! ¡NO! — le oí gritar al otro lado de la puerta, llorando de pánico y sonreí.
—¿No te recuerda esto a nada, Muñeco? Aquella historia de la perra que consiguió engañar al lobo hace algunos meses. Irónico, ¿verdad? ¿Quién es el perro ahora?
—Tom… por favor… — golpeé la puerta con el puño cerrado.
—¡Hace frío, tienes miedo y está muy oscuro! ¡Hay cientos de lobos por los alrededores, hambrientos y pueden atacarte en cualquier momento! Se siente miedo, mucho miedo, ¿A que sí? Saber que estás a disposición de cualquiera, que pueden hacer contigo lo que quieran. No sabes qué hacer, no sabes cómo defenderte, no sabes qué va a ser de ti y no sabes qué decisión tomar porque sabes que puede ser la última y nunca has tenido que elegir, ¡Es más, sabes que no deberías tener que elegir, que no deberías estar ahí! Estás aterrorizado, estarías dispuesto a arrodillarte a los pies de la persona que más odias en el mundo para suplicarle ayuda, estarías dispuesto a humillarte, a hacer cosas asquerosas y dolorosas, estarías dispuesto a venderte a ti mismo, a tu cuerpo… estarías dispuesto a hacer cualquier cosa para salir de ahí ¿Cierto, Bill? ¡No hace falta que me lo expliques, lo he vivido! ¡Espero que disfrutes de esta experiencia porque será inolvidable! — y dándole una última patada a la puerta, echando los cerrojos, le di la espalda a ese gran trozo de madera gruesa y metal, a Bill.
Anduve hasta el salón de nuevo. El perro no paraba de ladrar, tan fuerte que me impedía escuchar los sollozos asustados del Muñeco. — ¡Cállate! — pero el perro siguió ladrando como un condenado y seguramente no pararía en toda la noche, hasta que su dueño volviera para tranquilizarlo.
Me dejé caer sobre el sofá, extrañamente agotado, cansado y con un dolor de cabeza inmenso. La pierna me seguía doliendo y estaba sudando. Tenía frío… temblé.
—¿Qué miras? — Le pregunté al Muñeco de mis pesadillas, delante de mí, sentado encima de la tele como un muñeco más, como un simple juguete inofensivo.
Él no contestó, como siempre. Ladeó la cabeza y se llevó las manos cosidas y un poco deshiladas a los ojos, fingiendo llorar.
El muy desgraciado estaba imitando a Bill llorando, con la mueca de la boca tirante.
—Desaparece. — le ordené… pero él no me hacía caso. Nunca me hacía caso. — ¡Desaparece! — y encendido, cogí lo primero que encontré a mano y se lo lancé, el montón de vendas que había hechas un ovillo sobre la mesa. Las vendas le atravesaron como si fuera un fantasma y chocaron contra la pared, rebotando. De repente me vi con un tirón de vendas colgando sobre mi cabeza y el Muñeco, juguetón como siempre, empezó a reírse con esa horrible carcajada ahogada que tanto me repugnaba.
No podía más… estaba agotado. Nunca había estado tan cansado en mi vida y pocas veces me había sentido tan mal. Me dolían las articulaciones y la cabeza me iba a estallar. Tenía hasta ganas de vomitar.
Me tumbé en el sofá.
—En una hora… — decidí. — En una hora le abriré la puerta. En una hora…
En una hora le volvería a dejar entrar. Solo quería que se arrepintiera de lo que había dicho, de haberme llamado monstruo, que sufriera como yo había sufrido hacía años. Supongo que solo deseaba que me comprendiera de alguna manera, asustándolo. Sabía que estaba siendo… cruel… pero de eso se trataba ¿no?
Aunque yo sabía mejor que nadie que era un monstruo, totalmente inhumano, no quería que nadie lo viera y mucho menos Bill. Ese era mi secreto, mío y de la madre que odiaba con toda mi alma, la que me había rechazado.
No quería que nadie más viera que no se me podía llamar humano, pero los hechos lo demostraban por mí.
No volví a hacer entrar a Bill al cabo de la hora porque incomprensiblemente, estaba tan hecho mierda que ni los ladridos de Scotty ni los sollozos de mi hermano pequeño resultaron un impedimento para sumirme en el sueño más profundo que había tenido en meses.
Continúa…
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