Encadenado 8 (P.1)

Encadenado 8 (P.1)
Muñeco by Sarae. Temporada III
Capítulo 8 (P.1)

By Bill

Hoy, a las siete de la mañana, en los barrios bajos de Stuttgart, un muchacho de apenas veinte años ha sido encontrado congelado a las puertas de su propia casa. Se calcula que la hora de su muerte fue sobre las tres y media de la mañana. La policía está investigando las causas de este extraño siniestro. Ni siquiera se sabe cuál es la identidad del joven todavía. Su hermano, cuyos antecedentes son preocupantes, acusado más de veinte veces por delitos en los que se encuentran la delincuencia juvenil, agresiones varias y amenazas, se niega a responder ante un tribunal…

Esas serían las noticias del día siguiente o, mejor dicho, las noticias de ese mismo día un par de horas más tarde. No sabía qué hora era. Mi móvil estaba dentro de la casa de la que Tom me había echado hacía por lo menos dos horas y después de dejar de llorar con todo el esfuerzo del que fui capaz, me acurruqué a un lado de la puerta, con las manos escondidas dentro de la camiseta y la cabeza entre las piernas. Todo estaba muy oscuro. La mayoría de las farolas no funcionaban. Una parpadeaba intensamente y me aparté de la molesta luz que me iluminaba parte del cuerpo. Sus simples fogonazos golpeándome la cara me asustaban, me hacían ver sombras que no existían al otro lado de la calle, acercándose con una lentitud que ¡Anda, si cualquiera diría que no se movían! Y no lo hacían… el miedo me provocaba alucinaciones, lo sabía, pero por más que intentaba convencerme de ello, no conseguía controlar la sensación de pánico.

Me encontraba demasiado aterrorizado como para pensar en Tom y en el frío que tenía y estaba seguro de que el muy cabrón estaba despierto, porque las luces del salón estaban encendidas y mi perro no dejaba de ladrar entre sollozos, desesperado. Me tapé las orejas con las manos. Oía ruidos por todas partes, ruiditos extraños. Una rata royendo una fruta podrida en los contenedores de basura destrozados y derrumbados sobre el suelo pegajoso y mal oliente a apenas diez pasos de mí. Los maullidos de un gato, los grititos agudos de una niña en algún lugar cercano, el susurro del aire azotando algún árbol más que muerto, con el tronco repleto de cicatrices de navajazos, tatuados en su corteza nombres desconocidos, el balanceo, metal oxidado contra metal oxidado, rozándose en un baile tenebroso provocando agudos chirridos. El castañeo de mis propios dientes…

Esa escena… yo, derrumbado en la puerta de una casa, con las manos en los oídos, intentando escapar de la realidad que me estaba tocando vivir, de extraños ruidos… de gritos acusadores…

Quizás Stuttgart no era tan diferente a Hamburgo después de todo. Quizás Tom no fuera tan diferente de Frank, Fer y Adrian después de todo.

Por fin, mamá se había ido a trabajar. Era un día memorable para mí. Después de semanas, por fin, ¡Por fin se había separado de mí por veinticuatro horas! Me había dejado solo.

Bueno… casi solo.

Georg se había quedado dormido en el sofá del salón. Tenía el mando de la tele en la mano y los ojos cerrados, la boca semiabierta. Roncaba muy débilmente, como solía hacer Tom de vez en cuando. Tan débil que apenas se le oía y ni siquiera resultaba molesto para la persona que durmiera a su lado. Tom no roncaba, respiraba con mucha fuerza y en ocasiones, un pequeño ronquido emanaba de su boca. Solo en ocasiones. Solo cuando dormía relajado, tranquilo. Recordaba perfectamente cómo los primeros días que pasó en mi casa, las primeras semanas, dormía de una manera casi antinatural. Mantenía los ojos cerrados, pero su pecho apenas se movía y de él no salía ni el más mínimo suspiro. Parecía contener el aliento, alerta, como si pensara que de repente alguien se le echaría encima para morderle y, de hecho, cuando yo alzaba la mano dispuesto a tocarle para cerciorarme de que estaba vivo, él me agarraba el brazo sobresaltado antes incluso de que mis dedos le rozaran el cuerpo, me miraba con los ojos muy abiertos, asustándome y me clavaba las escasas uñas en el brazo. Yo me quejaba.

—¡Au, Tom! — él se me quedaba mirando.

—¿Qué hacías?

—Nada. ¡Suéltame, que me duele!

—¿Qué querías hacerme? — yo lo observaba, alucinado e incrédulo.

—¡Nada, solo quería tocarte! — su cara reflejaba tanta desconfianza que pensé que no me creería, que intentaría castigarme por algo que no había hecho. Sus ojos, en la oscuridad, brillaban como los de una serpiente, afilados y amarillentos. Me analizaba y al minuto, sus párpados se cerraban y me soltaba el brazo, dejándose caer de nuevo sobre la almohada de su cama o de la mía, dormido como al principio, con un ojo puesto en la realidad y otro, en su sueño.

Por aquel entonces pensaba que estaba loco.

Al contrario que Tom, el sueño de Georg era muy profundo y tranquilo y eso me hizo sentir aliviado. Podría hacer todo lo que quisiera sin temor a que se despertaba aunque empezara a golpear cacerolas con el cucharón. Le quité el mando de la tele y la apagué. Era sábado y Georg no estaba acostumbrado a madrugar en sábado, por eso se había quedado frito en cuanto mi madre se había ido.

Mamá no confiaba lo suficiente en Georg como para dejarme todo el día con él en mi estado de constante depresión y bruscos cambios de humor. Ni siquiera ella era capaz de controlarme cuando me aceleraba y creía que Georg tampoco sería capaz de hacerlo solo, así que supe que de un momento a otro, Gordon vendría a hacerme una visita. Gustav seguramente estaría trabajando, preparándose para los finales y esforzándose en sus prácticas.

Me cambié de ropa, quitándome la especie de pijama improvisado y poniéndome una sudadera poco propia de mi estilo y unos vaqueros medio desgarrados. Miré las botas que Derek me había regalado a los pies de la cama y el collar de cuero encima de la mesa de mi escritorio. Ignoré a ambos por completo y me puse unas simples zapatillas de deporte viejas. No tenía ganas de arreglarme.

Extrañamente, ver a Georg dormido en el sofá de mi casa, recordándome con sus pequeños ronquidos a la persona que me había crucificado, me hizo sentir una nostalgia tan enorme, que como un idiota y olvidándome por un instante del qué dirá, de las consecuencias que mis actos pudieran tener, de lo que pensaría si se despertaba justo en ese momento, me senté a su lado en el sofá y dejé caer la cabeza sobre su hombro, adormilado. Georg no se despertó, apenas se movió y yo empecé a adormilarme pensando que aquel duro hombro solo podía ser el de mi hermano. Cerré los ojos. Hacía semanas que no dormía de un tirón y poco a poco, me empezaban a pasar factura.

Tocaron al timbre. No me moví ni un ápice, cómodo, apoyando casi todo mi cuerpo en el medianamente tierno de Georg. Sentir sus músculos más blandos que los de Tom me hizo reaccionar. El cuerpo de Tom era mucho más duro. Georg era demasiado blando para mí.

Me levanté del sofá y fui hacia la puerta, meditabundo, pestañeando con rapidez, intentando deshacerme del sueño que pretendía tragarme a base de pequeños mordiscos. Abrí la puerta que daba a la calle, preparado para recibir a Gordon, pero lo único que recibí fue una brisa primaveral un tanto fresca por ser buena mañana. Estiré el cuello. No había nadie. Cerré la puerta otra vez, sacudiendo la cabeza y me di la vuelta, dispuesto a volver al cálido rincón del sofá para no hacer nada. Quizás intentara despertar a Georg para entretenerme… pero el timbre sonó otra vez. Me volví. Suspiré. A esas horas de la mañana… ¿Quién demonios podía ser a esas horas de la mañana? Estuve tentado de subir a la habitación de mamá y Gordón, coger el bate de béisbol viejo que guardaban en el armario y correr abajo, con la poderosa herramienta en mis manos, imponente. Sabía demasiado bien quién o quiénes eran.
El cartero.

Abrí la puerta una vez más, agotado, deseando escupirles sus notas amenazadoras a la cara y hacer que se las tragasen enteras. En lugar de eso, de nuevo me encontré solo en la entrada de mi casa, sin nadie fuera, sin nadie apoyado contra la pared intentando vanamente esconderse de mi mirada. Lo analicé todo, todo desde la puerta de mi casa, sin hacer ni un movimiento en falso y cuando ya estaba a punto de cerrar la puerta otra vez, harto, la vi en el suelo. Otra nota. Volví a mirar a ambos lados, buscando al culpable de aquello antes de salir a por ella, varios pasos más allá. No lo hubiera hecho de no ser porque temía horrores que Gordon o mi madre pillaran la nota y se percataran de lo de las amenazas y el acoso. Agudicé el oído en cuanto puse un pie en la calle, en el jardín de casa, buscando pistas, huellas, algún ruido que les delatara, pero nada. La calle parecía estar desierta.

Cogí aire, mirando el papelito desde arriba. Me agaché. Mi corazón parecía haberse ralentizado, bombear más despacio, reservando energía para lo que vendría ahora. Cogí el papelito y volví a levantarme con él en la mano. Con las mismas letras de recortes de revistas de siempre, ponía:

“Mira detrás de ti”

Y mi corazón volvió a coger carrera, como si estuviera en plena maratón. Tragué saliva, sudando en frío. Apreté el papel entre mis manos, arrugándolo y destrozándolo con las uñas. Lo hice pedacitos, furioso con ellos, con ese maldito trozo de papel, conmigo mismo. ¿Es que no iba a acabar nunca?

Desgraciadamente, ya conocía la respuesta incluso antes de voltear para ver aquel horror delatador, ese amor que nadie había creído y que todos habían confundido con lujuria y vicio plasmado en la pared y la puerta de mi casa, simplificado en simples palabras repletas de burla y asco. Una abominación.

Endogamia, incestuoso, promiscuo, cerdo, vicioso, pervertido, enfermo mental, chupapollas, depravado, degenerado, sodomita, busca nabos… ¿Alguien quiere un culo abierto para meter un nabo? Toca al timbre y lo tendrás al instante.

Tantas palabras dichas, tantos abrazos, tantos besos apasionados, tantas caricias, tanto amor que yo mismo había entregado, mi cuerpo, mi vida, tanto… tanto, reducido a unas pocas palabras garabateadas en la puerta de mi casa con pintura roja, tantos penes y tantas guarradas dibujadas con unos simples trazos por un spray barato.

¿Tan poco ha significado lo nuestro, Tom? ¿Tan vomitivo y repulsivo como para tener que aguantar no solo que te hayas ido, si no también que me hagan esto, que me destrocen la poca vida que ya tengo? ¿Tan poco ha significado como para poder expresarse en esos abominables garabatos? Oí risas a mi espalda, risas intentando parecer disimuladas sin éxito. Entré corriendo en casa sin saber por qué, sin comprender la reacción de mi cuerpo. No entendía por qué me movía, no sabía en qué pensaba. Tenía la mente en blanco y dejé que mis piernas me guiaran hasta la cocina, mis manos cogieran el cubo de la fregona, derramaran su contenido en el inodoro, abrieran el grifo, dejaran que se llenara hasta la mitad y vaciaran medio bote de lejía en su interior. Cogí el primer estropajo que encontré, bajo la encimera de la cocina y salí fuera. Hundí mis manos con el esparadrapo en la lejía y empecé a frotar la pared con tanta fuerza que al instante empezaron a dolerme los hombros y los brazos. El olor tan penetrante de la lejía me aturdía y las manos enseguida se me tornaron ásperas. Frotar, frotar, frotar… intenté borrar a base de fuerza bruta el amorfo garabato de un pene cerca del timbre, las palabras que lo acompañaban y con trabajo, el color rojo fue desapareciendo tras tres minutos agónicos de tanto frotar y frotar. Mis uñas rasparon la pared, rompiéndose, deshaciéndose el color del esmalte por la lejía. Pasé a las enormes letras escritas en la puerta. Endogamia, incestuoso. No quería que nadie lo viera. La causa de por qué me llamaban pervertido, de por qué sufría, lo que según Frank, me asemejaba con un pederasta o un violador. Intenté borrarlo con todas mis fuerzas y al ver que no se iba, empecé a desesperarme.

Cada vez oía más risas a mis espaldas que de repente, pasaron a murmullos. Ventanas abriéndose en las casas más cercanas. Puertas propiedad de personas curiosas saliendo a la calle por el alboroto.

No mires atrás, Bill. No mires.

El esparadrapo se rajó por la fuerza con la que frotaba la puerta y mis nudillos chocaron contra la misma. Empezaron a sangrar. La lejía los hacía arder. Escozor.

Seguí frotando con el estropajo roto, intentando recoger mi vergüenza y tragármela para siempre junto con la ira, la tristeza, la humillación y con cada uno de mis sentimientos. Deseé tragármelos todos para no tener que sentir nada. ¡Nada! No quería sentir nada. ¿Por qué dolía tanto sentir? ¿Por qué? Empecé a raspar la pared con los dedos, destrozándome las uñas, intentando cubrir las pintadas aunque fuera con mis propios restos de carne.

Me detuve…

No se borraba.

Por mucho que intentara borrarlo, no se borraba. Ni se borraría nunca. Nunca podría borrarlo todo, olvidarlo. Nunca desaparecería del todo.

Miré mi propia sangre escurriéndose por mis manos, desde mis nudillos hasta mis dedos y uñas destrozadas. Observé las heridas abiertas y sentí… sentí que me hacía inmune. Sentí que la sangre, en lugar de agitarse en una tormenta de insultos y desprecios, se mantenía en calma, tranquila y deseé ser como ella. ¿Podría yo hacerme invulnerable como ella, corriendo sin rumbo, despacio, sin prisas y sin presión, como el agua de un charco formado por la lluvia más pura?
Creo que esa fue la primera vez que sentí de verdad una extraña sensación apaciguadora escondida en mi propia sangre, trasmitida a mí con solo un pequeño vistazo. Nunca hubiera sospechado que volvería a sentir esa sensación desde el momento en el que alguien tiró la primera piedra, literalmente hablando y ésta, chocó contra una de las ventanas de mi casa, haciéndola añicos justo a mi lado, penetrando en la cocina.

Me di la vuelta. La sensación apaciguadora había desaparecido. No pude ver al culpable, escondido detrás del muro de granito que rodeaba el jardín, lo único que pude ver fueron caras repletas de extrañeza, desconcierto, desconfianza e impresión observando las pintadas de mi casa desde las ventanas de sus propias viviendas o desde la calle, frente a la puerta de mi jardín. Sus murmullos confusos. Eran mis vecinos. Míos y de mi madre… y estaban siendo testigos del acoso… y habían sido testigos de cómo había intentado deshacerme de las pinturas que me acusaban.

Me llevé las manos a la cara y apoyé la espalda contra la pared. Acabé cayendo al suelo con la cabeza alzada hacia el cielo, sentado sobre el porche, sangrando y temblando, pidiendo un maldito segundo de tranquilidad. Solo un maldito segundo, ¡Solo uno! ¡Solo el que me había proporcionado la sangre al correr por mi piel! ¡Solo uno!

Y entonces Georg salió, con el sueño despejado y con el bate de béisbol en la mano, amenazante.

—¿¡Quién coño ha roto la ventana!? — gritó, enfurecido. Avanzó con paso seguro y me miró. Al instante su rostro furioso se transformó en una mueca asustada — Bill… ¿Qué ha pasado? Estás… — y miró la fachada. Se puso pálido y abrió la boca por la pura impresión. Se le olvidó hasta pestañear.

Se volvieron a oír algunas risitas y me tapé los ojos. No quería ver más.

—… Os voy… Os voy a… ¡Os voy a enviar en pedacitos al infierno con vuestra puta madre! — escuché gritar a Georg, de nuevo enfebrecido y entonces, salió corriendo con el bate en alto detrás de los que yo ni había visto. Los vecinos retrocedieron y empezaron a andar, apresurados. Algunos cerraron las ventanas de sus casas pero la mayoría siguieron ahí, murmurando nerviosos por lo que acababan de ver. La señora Dorothy estaba de vacaciones. Si hubiera estado allí, estaba seguro de que habría corrido hasta mí incluso con su pierna coja y su inseparable muleta a cuestas para intentar tranquilizarme y disipar la maldita muchedumbre que se había apilado en mi puerta… o quizás no lo hubiera hecho. Quizás hubiera intentado matarme con la muleta al enterarse de lo de lo que había hecho con mi hermano. Ya no podía confiar en nadie, ni siquiera en ella.

—¿¡Qué ha ocurrido!? ¿Un accidente? ¡Por favor, dejadme pasar, mi hijastro está ahí! ¡Necesito pasar, apartaos! ¡Dejadme pasar, ahora! ¡Quitaos de en medio! ¡Bill! ¡BILL! — y Gordon emanó de entre ese montón de gente. Y me vio. Y vio la fachada de mi casa. Y escuchó los cuchicheos de la gente. Y seguramente recordó aquella conversación unos meses atrás, cuando se había enterado de que tenía novio y cuando yo me había puesto tan histérico cuando había intentado averiguar quién era él. Y ató cabos. Y se quedó paralizado.

Y yo me levanté del suelo, me metí en casa y subí las escaleras hasta mi habitación, dando un portazo. Atranqué la puerta colocando la silla bajo el picaporte. Cerré la ventana, eché la persiana y empecé a destrozar mi cuarto por segunda vez. Arranqué mi ropa de las perchas del armario, saqué mi maleta de debajo de la cama y empecé a llenarla sin orden ninguno. Arrojé los cajones del armario sobre el suelo, al igual que los de mi escritorio, que también acabó en el suelo. Estrellé mis libros de texto y todo lo que tuviera que ver con la universidad contra el cristal del armario empotrado, haciéndolo añicos. Pegué patadas a la cama y con las uñas que me quedaban de la mano contraria, arañé la pared. Cuando me quedé sin uñas, utilicé un bolígrafo y escribí en ella, en letras grandes y mayúsculas lo que tanto trabajo parecía costarle entender a la gente.

¡DEJADME EN PAZ!

Arranqué las cortinas, me quité toda la ropa hasta quedar desnudo por completo, deshice la cama y me enrollé en las mantas y sábanas como un fantasma, cubriéndome la cabeza por completo. Sin ver nada, por puro instinto, encontré la almohada sobre el suelo, la cogí y a ciegas, me metí en el armario vacío, cerré la puerta, colé la almohada bajo el montón de sábanas y me la llevé a la boca, mordiéndola, solo como un perro rabioso sería capaz de hacer. Grité con la tela entre mis dientes, intentando reducir la potencia del grito.

Bill Kaulitz iba de mal en peor y fue en ese momento, revolcándose entre sus propios restos, cuando decidió que desaparecería de ese lugar. El infierno ya no tenía secretos para él.

Poco después, escapé. ¿Y de qué me había servido? Seguía viviendo con el miedo en el cuerpo, pero un miedo distinto. Tranquilo. Más que miedo, eran nervios acelerados y sensaciones extrañas que no me dejaban respirar. ¿Merecía la pena?… sí. La merecía. Dormía sin miedo, dormía casi tranquilo y cuando Tom me había tocado y besado antes de echarme de casa, había sentido algo que no era ni miedo, ni odio, ni rencor, ni tristeza, ni nada que se le pareciera. Había sentido lo que había rogado sentir en Hamburgo. Un segundo de tranquilidad apacible y solo por eso, merecía la pena estar allí. Pensar en eso me relajó. Quizás si volvía a llamar al timbre y le pedía que me dejara entrar por favor…

Oí un ruido a varios metros, entre los cubos de basura. Una tapadera cayó al suelo y varias bolsas se revolcaron por la calle. Me quedé estático, tenso y alcé la cabeza, mirando al frente. No había nada. Habría sido el viento.

Me levanté del suelo, nervioso y me di la vuelta frente a la puerta. Toqué varias veces con los nudillos.

—Tom… ya me he tranquilizado, no haré ruido si me dejas entrar otra vez ¿vale? Déjame entrar, por favor… — otro estruendo entre los cubos de basura me sobresaltó. Scotty cada vez ladraba más fuerte y yo cada vez estaba más nervioso. Toqué al timbre esta vez. — Tom, por favor, no lo volveré hacer. Abre. — mi voz temblaba. Algo se retorcía entre los arbustos que crecían como la mala hierva a ambos lados de la casa. La respiración se me aceleró. Empecé a tocar con más fuerza la puerta, casi aporreándola. — ¡Tom, tengo miedo, déjame entrar! — los arbustos se zarandeaban, como si algo dentro de ellos los hiciera convulsionarse. Se me estaban saltando las lágrimas. — ¡Tom, hay algo cerca, por favor, algo me está siguiendo! — y empecé a gritar su nombre y a aporrear la puerta, más que asustado, más que desesperado. Los arbustos se movían cada vez con más fuerza y empecé a oír algo más aparte del sonido de sus hojas moviéndose con violencia. Pateé la puerta con un pie. — ¡Tom! — y lo que fuera que había en los arbustos pegó un salto y salió de su escondite, enorme, negro y rápido como una pantera. Ni siquiera lo vi con claridad y en cuanto capté el movimiento, pegué un salto y salí corriendo lejos de la puerta, guiado por mi escaso sentido de supervivencia. — ¡IAAAAH! — empecé a correr sin rumbo, tropezándome con los cubos de basura y cayendo al suelo bocabajo. Una rata muerta (o viva) quedó a escasos centímetros de mi cara. — ¡AAHH! — me levanté y salí corriendo otra vez, calle arriba, sin fijarme en las señales ni en nada que pudiera indicarme qué calle tomar para regresar.

Por supuesto, en aquel momento de pánico no tuve en cuenta el cómo volvería a casa más tarde sin conocer aquel barrio repleto de drogadictos y violadores.

.

By Tom

Lo primero que hice cuando abrí los ojos por algún escándalo que se estaba montando en la calle fue suspirar, angustiado. Debía haber tenido un mal sueño. Me sentía como si me hubiera caído a un pozo y después de un par de minutos bajo el agua alguien me hubiera sacado a la fuerza, arrastrándome por las empinadas piedras ennegrecidas y mojada. Alcé la cabeza del sofá, con ganas de vomitar y con la barbilla pegajosa de babear. Hum… raro. Yo no solía babear.

No estaba borracho, porque no me costó nada situarme en el sofá de mi casa, al contrario que las veces que despertaba con una resaca del quince. Las luces estaban encendidas y Guetti no paraba de ladrar desde la cocina. Me revolví en el sofá, intentando reconciliar el sueño.

—Hum… ¡Cállate, perra! — hundí la cabeza entre mis brazos y giré el cuerpo entumecido hacia un lado.

Me caí del sofá y choqué contra el suelo.

—¡Coño! — grité cuando mi cabeza rebotó sobre el mármol gastado y rayado. Abrí los ojos de par en par y levanté el cuerpo de golpe, mirando a un lado y a otro, exaltado. Enseguida me mareé y volví al suelo, con el estómago revuelto. ¡Qué mal me sentía! ¡Ni siquiera en una resaca me encontraba tan hecho mierda! Tenía un frío de cojones y me dolían todas las articulaciones. La cabeza me bombeaba, parecía haber sustituido al propio corazón. Me levanté del suelo con la casa dando vueltas, espirando. La pierna mala me temblequeó y la sacudí bruscamente, molesto. Me sentía cansado y flojo, débil. Muy débil. Vulnerable. Con lo que yo odiaba esa palabra. La cabeza… y Guetti no paraba de ladrar.

—¡Guetti, calla…! — y recibí una flash que me cegó por unos instantes cuando recordé, con los ojos fijos en la puerta de la cocina, como si se tratara de una pesadilla, que Guetti ya no estaba… y si Guetti ya no estaba… quien estaba era… — ¡Scotty! — el perro ladró con más ganas cuando pronuncié su nombre y yo zarandeé la cabeza, confuso. Pero ¿Qué hacía Scotty en la cocina si yo lo había dejado en Hamburgo cuando me fui y dejé a Bill…?

…¡Mierda!

Aquel ambientador cayó al suelo cuando casi me caí sobre la mesa, con los brazos temblorosos. Me castañeaban los dientes de frío y me ardía la cara, pero aún con la vista nublada, con un montón de estrellas de colores parpadeando frente a mis ojos, me apoyé en la pared y me dirigí lo más rápido que pude hasta la puerta de la calle. Me tambaleaba y no sentía la pierna herida. La tenía dormida. Si no fuera porque teníamos pocos muebles y pocas cosas útiles sobre ellos, me habría preocupado el montón de cosas que acabaron en el suelo a causa de mi inestable paseo y, una de esas cosas, fue mi reloj de muñeca, aquel que había dejado de ponerme por la correa rota y por lo difícil que era golpear a nadie con él encima. Lo miré en el suelo, y aunque no fui capaz de ver bien la hora por los incesantes parpadeos, capté que era tarde. Mucho más tarde de las doce y media, que era la hora en la que había pensado abrir a Bill. Un subidón de algo desagradable trepó por mi estómago hasta la garganta.

Corrí hasta la puerta y casi me estrellé contra ella. Abrí y salí fuera. No veía apenas nada con tanta oscuridad y el frío la tomó conmigo, helándome al instante. Empecé a tiritar, mirando de un lado a otro, buscándolo alrededor de la casa, en frente de ella, derecha, izquierda, cubos de basura, arbustos, farola rota…

No estaba.

—Pero… Bill… ¡Bill! — le llamé, esperando que apareciera de detrás de una esquina y volviera corriendo hasta mí, como un perro… no lo hizo. Al parecer me había dado cuenta tarde de que Bill no era ningún perro. — ¡BILL! — grité con más ganas y bajé hasta los cubos de basura, dejando los temblores para más tarde. La cabeza me iba a estallar. Calle arriba y calle abajo. Los cubos se habían desperdigados por el suelo. Alguien parecía haberlos tirado adrede… o haber tropezado con ellos. — ¡BIIILL! — volví a gritar. Nadie contestaba. — ¡Me cago en la puta! — corrí unos metros calle arriba, gritando su nombre sin descanso e hice lo mismo calle abajo hasta que lo entendí. Bill no estaba allí, por los alrededores. Habría salido al instante si pudiera oírme. Se había ido, pero me costaba creer que fuera tan tonto como para hacerlo. Quizás… quizás se lo hubieran llevado.

Nunca había sentido semejante sensación de descontrol. Algo se me acababa de ir de las manos y saberlo, me hizo entrar en pánico. ¡Pánico! ¿Cuándo había tenido yo pánico? ¡Yo no tenía miedo de nada ni de nadie, pero conocía esa sensación! La había vivido una vez, hacía muchos años. Odiaba el pánico porque me descontrolaba y no me permitía pensar con claridad.

Exactamente como en ese momento.

Di media vuelta y corrí hasta casa. Me puse la primera sudadera, manchada y arrugada, que encontré, subiéndome la cremallera hasta el cuello, sin ponerme nada debajo y busqué las llaves de la moto por todos los rincones de la casa. El pánico había hecho desaparecer el mareo, pero no el molesto bombeo de mi cabeza ni el frío.

—¡Vamos, vamos! ¿Dónde coño estáis? — destrocé todo lo que encontré a mi paso en mi cuarto y cuando tiré de un cajón del pequeño escritorio viejo, las llaves salieron volando hasta el suelo. Me agaché para cogerlas y salí a la calle con ellas, cerrando la puerta de un portazo. Corrí hasta el pequeño garaje donde siempre guardaba mi coche. Un garaje no precisamente mío, a diferencia de la moto “robada“, abandonado. Fui a abrir el garaje con las llaves cuando me di cuenta. ¡Solo tenía las llaves del garaje, no de la moto! ¿Y dónde coño estaban las llaves ahora? ¡Joder, Bill, siempre tienes que tenerlo todo tan ordenado!

Estaba perdiendo el control. Decidí calmarme mientras abría las puertas del garaje y rodeaba mi coche hasta llegar a la moto. Había estado tanto tiempo sin usarla que estaba polvorienta y parecía incluso vieja, cuando aún casi un año después, seguía siendo lo más en su propio campo. No me molesté ni en quitarle el polvo y tiré de ella hasta sacarla de detrás del coche y arrastrarla hasta la calle. Tragué saliva cuando conseguí mantenerla erguida contra la pared. Maldito seas, Bill, maldito seas…

Me agaché y busqué el cable de masa de la bovina, encima del cilindro, a la izquierda. Había tres, ¿Cuál era? ¡Mierda, tanto tiempo en Hamburgo me había trastornado la cabeza! El de dos colores, el de dos colores… lo encontré. Rebusqué en mis pantalones la navaja automática y la abrí. Menos mal que no me había cambiado de pantalones y seguía ahí. Suspiré. Me hubiera gustado no tener que hacerle un puente a mi propia moto, pero pensando en Bill, corté el cable de una tajada, mordisqueándome la carne que había dentro de mi boca. Suspiré y me levanté, apoyando las manos en los manillares.

—¡Tom! — pegué un bote y me giré rápidamente, esperando encontrarme una mata de pelo morena zarandeando al viento seguida del cuerpecito tembloroso de mi hermano. No pude evitar mi decepción al encontrarme a Clarissa en bata blanca corriendo hacia mí, abrazada a sí misma, helada. Negué con la cabeza y le giré la cara, volviendo a concentrarme en la moto. — Tom, ¿Has visto a Oskar? — entrecerré los ojos, suspirando.

—¿Se te ha vuelto a escapar?

—Sí. Acabo de darme cuenta. Tatiana se ha puesto a llorar. Lleva toda la noche llorando porque no encuentra al maldito gato. ¿Lo has visto por aquí? ¿Sabes algo? Quizás se haya vuelto a colar en tu casa.

—No está en mi casa. Tenemos perro.

—¿Tenéis? — la miré, con una ceja alzada, nervioso. Quería salir corriendo de allí. — Pensaba que Guetti…

—Es uno de los perros que tuvo. Tengo que irme, Clarissa.

—Pero Tatiana…

—Mira… — empecé a tirar hacia delante de la moto, haciendo fuerza para empujarla, sintiendo pinchazos de dolor en la pierna y ligeros tirones de la venda apretada. — ¡Tienes suerte de haber perdido un maldito gato! ¡Yo he perdido a mi hermano! — y tras coger suficiente velocidad, arrancando la moto, pegué un salto sobre ella y apreté el acelerador. El estruendo del motor resonó por todo el vecindario y rápidamente me encaminé en una búsqueda desesperada. Pude ver a la madre de Tatiana observándome a lo lejos, seria y resignada. Aceleré hasta alejarme lo suficiente de mi casa, apreté los dientes y entrecerré los ojos, con el viento golpeándome la cara.

Hacía meses que no cogía la moto y la sensación inolvidable de la bestial velocidad y adrenalina que sentía al montarla había desaparecido. Otra extrañeza. Pensar en una persona que no era yo, para variar, y ser incapaz de disfrutar de una de las sensaciones más magníficas que jamás había experimentado debido a la preocupación por esa persona.

Se me había olvidado ponerme el casco.

Cuando pillara a Bill lo mataría, si no me mataba yo antes.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar.

por Sarae

Escritora de Muñeco

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