Encantado, Tom 3

Fic TOLL de Rhianne

Capítulo 3

Las cosas no irán muy rápidas, hay cosas que solucionar. Tomen en cuenta la existencia de Collin…

Sin más, a leer.

Llegar es más complicado de lo que parecía en un principio.

Está oscuro, hay niebla y tiene pinta de que va a llover.

Pero no es eso.

Es que hace años no iba a esa zona de la ciudad, porque queda completamente opuesta al barrio del club. Ni hablar de su casa.

Bill visualiza algunos pubs, de los cuales sale gente con aspecto de sicarios y no le dan ganas de bajarse. La iluminación no es suficiente, y eso sólo hace que el afecto que le tiene a su Audi crezca.

La música es fuerte y hay muchos vehículos estacionados en la calle. Pero lo que más le llama la atención es que hay mucha gente de piel oscura. El tráfico es pesado, y cuesta avanzar, por lo que decide mirar con más detenimiento el lugar, y a la gente.

La ropa que llevan es enorme, usan gorras y eso le recuerda a Tom, a la gorra que tenía a su lado cuando lo vio tocando guitarra en la calle, y sin ser consciente de ello; sonrió.

Avanzó lentamente unas calles más, y llegó al pub donde sabía que Tom estaba, porque tenía más gente fuera, que dentro. Apostaba por eso.

Estacionó lo más cerca que pudo, porque no quería dejar el auto muy fuera de su alcance y se revisó a sí mismo antes de bajar: Una camisa a cuadros oscura, y jeans ajustados negros, sus botas favoritas y el pelo… Nop, no pasaría desapercibido.

Se mira en el espejo retrovisor y se saca con la yema de los dedos un poco de delineador de los ojos, porque sabe que ahí no encaja y no quiere llamar la atención. Se pone serio, muy serio, y baja del auto con paso decidido.

Se sorprende al oír las estridentes risas de la gente que charla en la entrada del pub. Siente el aroma característico de la marihuana y ve cómo se carcajean entre porro y porro, cerveza y cerveza. Ya no se ven tan intimidantes como antes.

Sigue caminando sin variar su expresión hasta que el portero lo mira con una ceja alzada, y ruega que sus veintitrés años se noten, porque sería una vergüenza que lo hagan pasar por menor de edad.

Un momento, ¿la edad importa? Si Bill lo piensa mejor, Tom tiene diecisiete años, y está dentro.

Le devuelve el gesto, enarcando ambas cejas y el portero lo deja pasar. No hay que pagar entrada, y lo agradece, porque un sello en la mano es lo último que quiere.

Por fin, ya dentro, sus pupilas tienen que acostumbrarse al cambio de ambiente, porque si en la calle no veía bien, aquí es mucho peor. Es claro que las leyes se las pasan por cualquier lado, porque el humo no precisamente de cigarro le nubla la vista.

Hay gente por todos lados; rincones oscuros, la barra, las mesas. Sólo consigue ver sombras moviéndose, porque no hay mucha luz aparte de las que ponen en una disco, que tienen colores chillones y te dejan casi ciego si las miras directamente.

Bill ve un Dj sobre una pequeña tarima a lo lejos, y asume que la música es a pedido, porque varía mucho, cosa que le agrada porque escucha casi de todo.

A un lado del Dj, descansan unos instrumentos y Bill piensa que ha llegado tarde. Tom ha terminado la audición y se ha marchado.

Está seguro de que mañana recibirá un mensaje con algo como «Ja ja, pringado. Deja de perseguirme y búscate una vida, cabrón», o algo así.

Suspira y esquiva a dos chicas que bailan entre ellas, o más bien, se frotan entre ellas al ritmo de un rap muy extraño, y va hasta la barra.

Las drogas no son lo de él, de hecho, las detesta, pero ya que hizo todo el camino hasta el pub, tomará algo. Emborracharse lo suficiente como para contarle sus problemas a un extraño.

Oh, esperen, ya lo hizo.

¿Qué día es? No tiene idea, y es que no tener idea de las cosas se le está volviendo común, y le resulta satisfactorio, porque lo que no sabe, no lo daña.

Eso sí, sabe una cosa.

Pone los codos en el mesón, mira a la guapa camarera que le sonríe débilmente, y sabe que está en el lugar correcto.

Iba a pedir whisky, pero recuerda dónde está, y no quiere parecer niñito rico, así que con un descaro que no conocía, dice:

—Ponte una cerveza, morena.

—Claro, guapo —le guiña un ojo, y eso no se lo esperaba.

De repente, se encuentra mucho más animado. Y sin una gota de alcohol en el cuerpo.

«Yupi».

&

Media hora después, la cerveza se evaporó de la botella, pero no de su cuerpo.

Siente el estómago caliente, pero no le molesta.

La música ahora es más agresiva, y con sólo mirar hacia atrás, puede leer la mente de cada persona en el club: todas dicen sexo. Y la morena de la barra no deja de mirarlo.

Cuando deja de ponerle atención a las parejas que bailan a su espalda, decide decirle algo a la chica.

Quién sabe, tal vez invitarla al coche y poner a prueba los amortiguadores.

Es la primera vez que piensa en serle infiel en serio a Collin, pero es notorio que algo se ha roto entre ellos dos, y que nunca volverá a ser igual.

No importan las ganas que tengan de arreglar las cosas; nunca volverá a ser igual.

Se le ocurre tomarla suavemente del brazo, acercarla más de lo necesario a su cuerpo y susurrarle las palabras mágicas al oído. Pero algo la distrae.

Ve que voltea a hablar con alguien a su izquierda, sonríe, y luego escucha esa risa que no olvidaría ni aunque fuera vampiro y viviera eternamente.

Tom.

Su cuerpo lo reconoce mucho antes que él mismo, el escalofrío que lo recorre de pies a cabeza lo confirma. Pero sólo cuando la morena se aparta para atender a otro cliente, lo ve.

Y pareciera que Tom ha sentido la mirada del pelinegro sobre él, porque sus ojos lo encuentran y sonríe, como si hubiese esperado encontrarlo ahí. Es tanta la atención que Bill pone sobre Tom, que puede ver su piercing moviéndose sobre su labio incluso con el humo y la oscuridad. Si el corazón se le acelera de golpe, lo deja pasar.

El menor aparta la vista, pero no por timidez. Hace círculos sobre su vaso con un dedo, tiene los hombros ligeramente caídos, y parece más pantera que hombre.

Sin darle permiso, una sonrisa se extiende en el rostro de Bill, que no está acostumbrado a tanta alegría.

Cuando Tom lo vuelve a mirar, lo llama con una mano, ese gesto tan coqueto de «ven» con los dedos. Tiene los intensos ojos chocolate, clavados en Bill como estacas en la piel.

Lo piensa un segundo, y niega con la cabeza, diciéndole que no irá sin decirlo. En cambio, repite su gesto, y articula un «ven tú» con los labios.

Tom se toma en serio su propuesta y en segundos está sentado a su lado. Apoya un brazo en su hombro, y lo mira serio.

—Creía que no aparecerías.

—Llevo un rato esperándote — ¿Él se está quejando? Bill lleva treintaicinco minutos en el pub, esperando. Y no es que los esté contado. Para nada.

— ¿En serio? —frunce el ceño y hace un gesto con la mano, restándole importancia. Esa misma mano se la lleva a las rastas que caen sobre sus hombros, moviéndolas hasta dejarlas caer por su espalda—. Ah, sí. Me tuvieron secuestrado un rato. Les he gustado, ¿sabes? Pero querían que fuera el mísero rítmico, cuando he hecho la audición para el solista. Podrás adivinar que los he mandado amablemente a la mierda.

A pesar de que habla rápido, y mucho, Bill logra darse cuenta de que intenta cambiar de tema.

—Sabías que estaba esperándote.

—Sí —va a llevarse el vaso a los labios, pero Bill se lo quita antes y le da un sorbo.

— ¿Entonces?

Dijo que creía que no iría, pero sabía que estaba ahí. «¿A qué juegas, Tom?»»

Su encogimiento de hombros y las cejas alzadas lo dejan medio tonto.

—Sólo quería oírtelo decir.

Bill no sabe si eso fue un ronroneo, pero así lo sintió la boca de su estómago y hace años que alguien no intentaba ligarlo de esa forma.

Lo deja pasar con una ligera sonrisa y un asentimiento de cabeza. En cambio, pregunta:

—Entonces, ¿rechazaste el puesto?

—Sí —deja un poco lejos el vaso, porque eso lo distrae y no hay nada más que Bill ahí, o eso pareciera. Se le acerca un poco más por la bulla y se pone a su altura— No estoy tan desesperado por tocar en algún grupo. Además, soy mucho más bueno.

—Y mucho más humilde, ¿no?

Se encoge de hombros completamente serio.

—Es la verdad. Cuando quieras, te lo demuestro.

Ha sonado mucho mejor de lo que debería, pero nuevamente, lo deja pasar.

—Y… ¿Qué era eso que me iba a ayudar con mi bloqueo? —dice tocando los bordes de su camisa, en un gesto incómodo.

Tom lo mira.

Primero serio, y luego se ríe enseñando todos los dientes y abre los brazos abarcando el pub, como el crío que es.

— ¡Chan chan!

Y Bill no puede evitar reírse, a pesar de todo.

— ¿Esto es todo lo que tienes para ofrecerme? ¿Un antro en no-sé-dónde, con rap de fondo y más humo que una chimenea?

—… ¿Y yo? —prueba, con voz de niño pequeño.

Y en serio, no era lo que Bill esperaba.

Si es sincero, no sabe lo que esperaba; pero eso no era.

Aún así, se ríe. No una carcajada, ni una sonrisa.

Más bien, se ríe con ganas. El estómago le duele un poco, y también la garganta, pero lo ignora. ¿Qué más da? El niñato es gracioso y no puede evitarlo.

— ¿Ves?, ya está —le da una mirada escéptica, y Tom continúa.

—Risoterapia, tío. Yoga, fitness, ensaladas griegas…

—Dudo que eso funcione conmigo y mi bloqueo. Además, el sexo es mi único ejercicio y…

—Llevas una vida sana entonces —Tom termina por él.

Piensa en decir algo como «sí, no tanto como me gustaría», pero no es el momento, ni el lugar, así que se lo guarda.

Tom vuelve a tomar el vaso que anteriormente había alejado, y pregunta:

— ¿En qué piensas? Te quedaste mudo —se lo lleva a los labios, y el líquido oscuro desaparece entre sus labios, hasta el fondo de la garganta, hasta su estómago, hasta…

Bill se encuentra pensando en más abajo, y el sur no le parece un bonito lugar. Todo hacia el sur.

Sacude la cabeza y si hubiese más luz, Tom podría notar su mirada perdida y vidriosa.

—En que no sé ni cómo te apellidas, y he dormido contigo.

—Así que eres del tipo controlador…

La sorpresa de Bill no fue poca.

— ¿Qué?

—Sí, ya sabes, de los que tiene que conocer a alguien para levantarse a su lado.

Ahora Bill no puede evitar reír. En serio, ¿quién era ese tipo?

Y lo más importante: ¿Por qué no lo había conocido antes?

— ¿De qué clase eres tú?

Se encoge de hombros y contesta mirándolo: —De los que les da lo mismo quién esté a su lado un día, sólo hacen que merezca la pena porque no se va a repetir. Y si para eso tengo que cargar a un borracho desconocido hasta mi cama…

Bill le da un toque amistoso en el hombro. —Eh, no te burles de mí.

—No me burlo. Valió totalmente la pena.

Cuatro palabras significaron cien latidos por segundo para Bill.

Se ruboriza, pero bendice la oscuridad del lugar, porque tiene seis años más y se está comportando como adolescente.

Carraspea un poco.

—Estás evitando mi pregunta; no sé nada de ti.

Tom lo mira de reojo, y el estómago de Bill sufre las consecuencias de la mirada. Arquea una ceja como diciendo «Sé que pasaste por alto mi flirteo, guapo». Incluye una sonrisa ladeada, pero no mencionada nada y le sigue el juego.

Bill es seis años mayor y está totalmente perdido en este juego.

Tom le gana por goleada y lo sabe.

Pero se hace el inocente, y eso a Bill lo vuelve loco.

— ¿Qué quieres saber?

—Tu apellido no estaría mal. Ya sabes, saber si la policía te busca o no.

En algún momento, la música se volvió más ruidosa y Tom tiene que acercarse para responder, y que Bill pueda escucharlo.

Tal vez es la hora, Bill no lo sabe, pero toda la gente que estaba fuera del pub ha entrado, y si no le han pegado, es de milagro. Está lleno.

Nadie les presta atención: dos hombres sentados en la barra, muy juntos, y con tantas ganas de rozarse que las manos les pican. Pero no se ve.

Las ganas no se ven, pero están ahí. Y Bill eso sí que no lo pasa por alto.

Bill mete las manos en los bolsillos de sus jeans antes de tocar las rastas de Tom en un impulso. « ¿Serán ásperas, o más suaves? », piensa.

—Podría darte un apellido falso, e igualmente no lo sabrías.

—Quieres que empiece yo, ¿verdad?

El menor se muerde el labio, pero no está mirando a Bill, y pareciera que no lo hace para él.

—Sí, se podría decir que nunca me gustaron los mojigatos.

La cara de Bill cambia totalmente porque se ha llevado el tema a un plano sexual y no sabe qué pensar. Su mente no ayuda mucho, porque se pudo imaginar a Tom en más posturas de las que había en su imaginación. Justo cuando iba a responder, Tom lo corta.

— ¿Por qué no nos vamos de aquí? La música está muy alta y no podemos conversar.

El pelinegro asiente rápido, y se dedica a seguirlo como una sombra.

Hay un tapón de gente cerca de la entrada y en el centro del pub. De repente, Bill siente la mano de Tom en su estómago, palpando a ciegas y rápido hasta que encuentra su cinturón y se engancha de él, tirando hacia delante. Lo lleva sujeto, y lo guía.

Bill sonríe de lado. Es esa agradable sensación de que alguien está pendiente de ti.

No dice «te espero afuera» y sale sin más. No, Tom lo tomó, y lo llevó.

Cuando están fuera del pub, se explica el que todos hayan entrado: lo que antes era niebla, ahora es llovizna.

El de rastas tarda unos segundos en soltarlo. Bill sabe cómo sonreírle, porque sabe tratar a un hombre.

—Mierda —Tom extiende los brazos y mira su ropa mojada. Saca la lengua y eleva la vista al cielo, dejando que la lluvia se la moje.

Y Bill se da cuenta de que está ahí parado, mirándolo comportarse como el enano que es, y se están mojando.

— ¿Tienes cómo volver a casa? —pregunta, luego de unos segundos.

—Depende de cómo lo mires —lo mira de reojo, con la cabeza hacia atrás y el largo cuello totalmente expuesto.

Bill ríe, porque eso es un «claro que no, idiota. No soy rico». Y dado que vio su simple departamento, y lo conoció tocando en la calle, debería haber supuesto que era una pregunta estúpida.

—Te llevo a mi casa, mi coche no está lejos.

Lo mira recto y mete las manos en sus bolsillos.

—Esperaba que dijeras eso.

—Ahora soy tu taxi, ¿no? —empieza a caminar hacia el coche y el menor lo sigue sin preguntar.

—Es una suposición sin fundamento.

—Claro, claro.

Luego de la ironía se quedan en silencio, Tom patea una lata de algo que hay en el suelo y sonríe cuando choca contra un basurero. El sonido del metal haciendo eco.

«Infantil», piensa su cerebro.

«Sexy», piensa su polla.

Dime qué cabeza gana.

Cuando están a un paso del auto, Bill saca las llaves y desactiva la alarma. Las luces parpadean y se oye un «pi pi» que deja a Tom con la boca abierta.

—Fiiiiiiu —silva—. ¿Es tuyo?

Ríe por millonésima vez en la noche. Más que en todo el maldito mes.

— ¿Quieres conducirlo? —es lo único que se le ocurre.

— ¿Hablas en serio?

—Claro.

«Claro, ¿por qué no? Te conozco desde siempre».

«Ah, cállate».

Le lanza las llaves y ve por el rabillo del ojo cómo Tom pasa la mano por el techo del auto, llevándose el agua con el dedo y dibujando una línea recta. Sin querer, tiene uno de los pensamientos más obscenos y nítidos de la noche: Piensa que su espalda es el techo del Audi, que la lluvia es sudor y que Tom lo recorre con el dedo, trazando líneas abstractas por su cuerpo.

— ¿Estás seguro?

La pregunta hace que las dudas de Bill se evaporen.

—Sin miedo, que no muerde.

&

Bill no sabe dónde están, porque conoce desde hace cuatro años Los Ángeles y no sabía que había un lugar dentro de la ciudad sin construir.

Está oscuro, llueve con más fuerza y Tom ha apagado las luces altas para no ver más allá de su nariz.

Están silenciosos y Tom decide encender la radio. Lo primero que suena es una radio de música clásica.

Lo mira con cara de asombro.

— ¿Tienes un Audi y escuchas esta mierda?

—No es mierda, me relaja.

—Como digas —va a cambiarla, pero intenta detenerlo. El menor le aparta la mano de un manotazo juguetón.

—Quieto. Yo conduzco, yo pongo la música.

—Pero es mi coche.

Y le importa una mierda. Busca emisoras hasta encontrar una que a Bill le recuerda a la música del pub, y niega con la cabeza.

La canción habla de sexo casual y Bill tiene mucho calor.

—Pues, no te va tan mal si puedes permitirte este auto, ¿no?

Las palabras le quitan el calor de repente, y recuerda que Tom sabe mucho sobre él, y él casi nada sobre Tom.

—No puedo quejarme, aunque no es lo que me gustaría hacer.

—Yo creo que puedes hacer lo que quieras, Bill.

Lo dice serio, sin rodeos, y es sincero. Hace mucho tiempo que nadie era tan directo con Bill.

—Es muy fácil hablar, pero no es sencillo hacerlo.

—Y una mierda que no —lo mira a los ojos unos segundos—, puedes hablar todo lo que quieras, y lloriquear aún más, pero no vas a solucionar nada. Mira, no me conoces, y tal vez no sea el apropiado para decirlo, pero creo que lo tienes muy fácil y no haces más que quejarte.

Y, joder. Eso dolió, ¿no, Bill?

Decide ofenderse y medio enfadarse, porque tiene el ánimo para hacerlo.

— ¿Qué harías tú? ¿Dejar todo por lo que has trabajado sólo porque te apetece una casita en un rincón cualquiera y que te dejen en paz?

—Sí —Bill se siente cobarde, así que aparta la vista. La respuesta fue clara, y eso que no le ha comentado nada sobre su novio con complejo de prostituta.

—Mira, sé que tengo diecisiete, que llevo poco camino recorrido y me llevas seis años, pero es muy fácil, Bill. Yo cogí un poco de dinero, valentía, la guitarra, y un tren. Así de simple.

Y eso es lo que a Bill más le gusta de Tom.

Que todo es tan simple.

— ¿Y te gusta cómo vives? —la pregunta es apenas un murmullo, vuelve a mirarlo sintiendo la música más calmada de fondo. Muy de fondo.

—Joder, sí —esboza una leve sonrisa y continúa—. No es fácil, ni me sobra el dinero, pero hago lo que quiero. Sin miradas de asco cuando llego a casa y huelo a perfume de hombre, y no de mujer.

Lo dice con amargura y Bill lo nota. No sabe por quién lo dice, pero no pregunta. Sólo lo deja pasar, aunque no va a olvidarlo.

—Esto es lo que yo quiero, y de eso se trata. Tal vez no sea lo correcto, pero quiero que valga la pena si es un error —ensancha su sonrisa—. Además, para ser un bobo normal con trabajo de oficina de siete a dos siempre tengo tiempo, ¿no?

—Es verdad —Bill sonríe un poco más relajado.

—No quería ofenderte, es sólo que tú tienes lo que a los demás nos cierra puertas: el dinero.

—Creí que te referías a mi belleza —y por primera vez, es Bill quien coquetea y deja a Tom sorprendido.

—Eso también —dice sinceramente—, pero estás cambiando de tema y sabes que tengo razón.

El pelinegro mira por la ventana aunque no pueda ver nada por la oscuridad. No sabe si el que haya reconocido que le parece guapo le suma puntos, o el que sea tan directo le resta.

Bill sabe que las dos cosas le suman puntos.

«Lo sé», piensa.

—Hey —su mano está en la mejilla del mayor y lo mira atento—, dime que lo intentarás, ¿vale? Me jodería ver a alguien como tú echado a perder por una tontera.

La curiosidad puede con Bill y pregunta:

— ¿Como yo?

—Sí, ya sabes, como tú.

— ¿Y cómo soy yo?

Tom lo mira de reojo con la primera sonrisa de verdad tímida en el rostro desde que se conocieron, y al pelinegro le gusta el rojo de sus mejillas.

—Eso te lo digo en la segunda cita, no querrás saberlo todo hoy.

Bill ríe cuando pone morritos y aletea las pestañas.

Y si sabe que lo ha dicho para aliviar la tensión de su pregunta, lo deja pasar.

&

A eso de las tres de la mañana, Bill va a dejar a Tom a su departamento.

La lluvia, que paró hace una media hora, dejó en el ambiente un aroma a tierra mojada que al pelinegro le encanta.

—Hey, Tom. ¿Y tu guitarra?

—La dejé en el almacén del pub. Mañana tengo que volver a otra audición así no tengo que llevarla.

—Ah, vale.

—Gracias por traerme.

—De nada.

Tom se voltea, y antes de que cierre la puerta, Bill le dice:

—Gracias por el discurso de antes —lo mira y el pelinegro siente descargas eléctricas por todo el cuerpo—, tienes razón y agradezco que alguien me lo diga de vez en cuando.

—No dejaré que hagas algo mal si puedo evitarlo. Es que me caes bien, moreno.

« ¿Gracias? »

Pero Bill no dice nada, porque el moreno ha sonado a ronroneo y lo tiene atascado en la cabeza. La otra cabeza.

—Por cierto…

— ¿Uh?

—Es Trümper —y cierra la puerta.

¿Qué? ¿Trümper?

Bill baja rápidamente el vidrio, porque el cabrón está corriendo, y antes de que abra la puerta del edificio, grita:

— ¿Qué es Trümper?

Contesta gritándole de igual forma.

—Mi apellido, imbécil.

Le enseña el dedo corazón y guiña un ojo. La combinación le da a Bill un dolor en la entrepierna increíble.

«Mierda, me pone»

Siente que algo le palpita, además del corazón, y cierra los ojos.

« ¿Ahora te das cuenta, cabrón? »

&

Cuando llega a casa esa madrugada, Collin está acostado y no quiere molestarlo.

Entra haciendo el mínimo ruido y se saca las botas, pero no se cambia, ni se ducha. No todavía.

Es la primera vez que llega riéndose desde hace meses, y desde que se levantó en casa de Tom no ha vuelto a ser acosado por esa pesadilla repetitiva.

Puede que no signifique una mierda, y por sólo pensarlo, mañana se despierte entre jadeos ahogados y consumido por la angustia, pero tiene la esperanza de que sí, de que signifique algo.

Que por fin las cosas cambien para mejor.

Camina hasta el estudio y se siente nervioso de pronto; la salida con Tom y la conversación. Además de lo que está a punto de hacer, que le crea un vacío en el estómago. Siente náuseas.

Pero náuseas de las buenas.

Se acerca al intento de escritorio (porque está tan lleno de cosas que ni se ve) y saca un cuaderno del primer cajón. Busca por encima un lápiz y cuando lo encuentra, se sienta en el suelo.

Está descalzo, y se quita la camisa porque se siente un poco ahogado. Dos meses sin componer y ahora va a hacerlo, o a intentarlo.

Se encorva lo más que puede sobre el cuaderno, y suspira fuerte. Tira para atrás el mechón de cabello que le cae sobre el ojo y peina su cresta.

El sudor llena su frente a medida que las palabras comienzan a fluir. Sonríe como loco, y se siente feliz porque está componiendo sin pensar en algo.

Levanta la vista del papel y se da ánimos, porque sí, pensaba en algo.

Vuelve a leer lo que escribió y se imagina a Tom, imagina sus ojos traviesos que lo miran desafiantes.

Lo desafían a que siga, a que siga componiendo pensando en él.

Sonríe aún más grande y se aventura a tomar una guitarra. Quiere darle vida a esas palabras escritas en el cuaderno.

Quiere que los ojos desafiantes lo miren con orgullo.

&

“Mañana tengo que enseñarte algo”.

Lo escribe sin pensar, y deja el móvil sobre su estómago. Está duchado, y acostado boca arriba tapado hasta la cabeza para que la luz del aparato no despierte a Collin.

Lo lógico es que Bill no espere respuesta inmediata por la hora, pero sin embargo, la recibe.

“Cabrón, me despertaste. ¿Qué es?”.

Sonríe.

“Una canción”.

Una vibración más del celular y la sonrisa de idiota no se le va de la cara.

“Hablas sobre lo muy enamorado que estás de mí, ¿verdad?”.

“Adivinaste”.

Ríe bajo, porque no quiere despertar a su pareja.

“Quiero oírla”.

“Claro, cuando esté lista”.

“Vale”.

Y el móvil no vuelve a vibrar, así que se queda dormido. Tiene la sensación de que la vida es mejor, y ésta le recorre la piel hasta que se duerme del todo. Cuando el teléfono vuelve a vibrar, Bill está en el quinto sueño.

“Estoy orgulloso de ti”.

Continúa…

Críticas, tomates, sugerencias; todo es bien recibido.

Gracias por leer.

por admin

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