Encantado, Tom 4

Encantado, Tom 4

Notas: Otro capítulo más, ojalá les guste.

*No odien a Collin, por favor.

Fic TOLL de Rhianne

Capítulo 4

Bill está medio adormecido y el sonido lejano de la televisión se mezcla con el ruido de las cacerolas, y huele algo realmente bueno, pero no sabe qué es.

Mientras se acurruca con las dos manos juntas debajo de la mejilla, sabe que está durmiendo, porque no recuerda cuando fue la última vez que su casa tuvo ese aroma; a pan recién hecho, a hogar de verdad con alguien cocinando a media mañana, las sirenas sonando de fondo en la calle y todo le sabe a paz.

Se relaja y se niega a salir, porque está cómodo y relajado, sin importar si está dormido o no. Y una vez más, como es común en la última semana, Tom viene a su mente.

Primero, es su nariz respingada y su piercing en el labio. Después, es todo; cara, cuello, manos y brazos con venas marcadas, y al menos, su ropa.

Cuenta el tiempo que ha pasado por la canción.

La primera semana de composición se pasa volando. Más horas dentro del estudio que en su propia habitación duchándose no más de lo necesario, dejando a Collin completamente a cargo del club y de otras cosas en las que no quiere pensar mientras escribe.

No está cien por ciento conforme y ha tenido que empezar de cero, porque volver a hacer lo que él quiere después de un buen tiempo reprimiendo su propia técnica no es fácil. Le cuesta un poco volver a su propio estilo de composición y acostumbrarse.

Pero se adapta, y el hecho de que Tom insista cada vez más en oír la canción, sólo hace que las ganas de hacerlo mejor y de avanzar, aumenten.

Para darle más apoyo, lo llama cada noche.

Tom sabe que a esa hora Bill está peleando con el lápiz y el papel, así que lo llama. La primera vez, lo pilla por sorpresa, y su voz es más un « ¿Qué coño…?» que un « ¡Hola!», pero está bien.

Está mucho mejor que bien, y se adapta más rápido de lo que debería. Ahora no ha llegado la hora cuando Bill está con el teléfono en mano, jugueteando desesperado por una llamada, olvidándose del cuaderno lleno de borrones y de la guitarra que reposa en el suelo.

La segunda semana llega antes de que Bill se dé cuenta, y la canción ha pasado de ser unas frases sin melodía, a algo con más ritmo. Aún no está lista, pero las intenciones se ven.

Tom se ha dejado caer en la casa del pelinegro un par de veces, siempre con esa aura de felicidad que lo caracteriza y lo contagia, aunque las cosas vayan peor que mal.

Aunque en su última audición no lo hayan escogido y el grupo le gustara mucho.

Aunque a Bill le esté gustando mucho Tom y no pueda dar ni un paso. Porque no puede.

Comen en la casa del mayor, y a veces Tom lo acompaña hasta el trabajo y se queda ahí, haciéndolo reír con sus locas historias de adolescente y ayudándolo con la apariencia del club. «Esas luces no me gustan», suele decirle, y Sam tiene que ir y hablar con los de iluminación.

A veces, Tom le cuenta cosas de cuando era pequeño.

A veces, Bill quiere contarle a él algunas otras, pero no se atreve.

Y sin darse cuenta, está de lleno en la tercera semana, con la canción casi lista. Y sin darse cuenta, él y Tom son inseparables.

Han encontrado un ritmo agradable, y se complementan a la perfección. A veces charlan sobre cómo hubiera sido si se conocieran desde antes.

Ajustaron sus horarios, de manera que comen juntos casi todos los días. Es la mejor manera para que Tom no se inmiscuya en el trabajo de Bill, ni en su pareja, ni en su casa, ni en toda esa mierda, y de que Tom pueda hacer lo que tenga que hacer durante las mañanas.

Porque a pesar de tener pinta de adolescente rebelde y perezoso, Tom adora las mañanas. Bill es más un animal nocturno. Él se levanta temprano, sale a la calle, toca guitarra, o sólo hace la compra. También le gusta salir a caminar con los audífonos puestos.

Es un chico vivo, risueño, y con tanta energía como una bomba atómica.

De repente, Bill piensa que si la vida fuese justa (pero en serio justa), él y Tom serían más que amigos, o sea, no sería novio de Collin.

Habría conocido a Tom en la universidad, y para entonces, ya se sabría su cuerpo de memoria.

«Nunca es tarde para aprender», le dice su conciencia, y justo oye que una voz lo llama.

Al principio es sólo un «Bill» lejano.

Pero después, poco a poco, cuando sale del estado catatónico en el que estaba, oye un «Moreno… Despierta, tío», y la voz es definitivamente masculina.

Abre del todo los ojos, siente un poco pastosa la boca y enfoca bien la vista, y Dios, qué despertar.

Tom está a apenas un palmo de su rostro, mirándolo con esos intensos ojos, esos ojos como oráculos, que ven su pasado y su futuro.

— ¿Uh? —es todo lo que Bill puede articular.

—Despierta, bella durmiente. La comida está lista.

Bill se revuelve el pelo y luego se pasa la mano por la cara, en un vago intento de despertar del todo, y contestar algo coherente.

—Lo que tú digas, Cenicienta.

Oye la risa de Tom de fondo y la siente como burbujas en su estómago. Se incorpora hasta estar sentado y algo encorvado en el sillón del departamento del menor.

Mira el televisor y está puesto en un canal cualquiera, al que no le presta ni la más mínima atención porque en la barra de la cocina, está Tom comiendo.

Como siempre, sin esperarlo.

—Podrías esperarme, ¿sabes? No te haría daño.

—Eres demasiado lento —se lleva otro pedazo de lasaña a la boca y traga antes de hablar— ¿Quién dice que no me haría daño? No quieres verme muerto de hambre, podría morderte.

No lo ha dicho en esa forma, pero igualmente el aire se vuelve quinientas veces más denso mientras Bill va a sentarse en un taburete, al lado de Tom. Ve cómo el menor traga con dificultad y él opta por comer para tener la boca llena y no hablar.

— ¿Es casera? —pregunta de repente, porque la lasaña está de muerte.

—No, la he comprado mientras dormías —lo dice tan serio, que Bill se lo cree por medio segundo, pero luego se ríe —. No, idiota, la hice yo. Mi madre es la mejor cocinera de lasañas de la historia.

—Te ha enseñado bien.

Le resta importancia con un movimiento de mano y dice con ironía: —Serán los genes italianos. Cocinando cualquier otra cosa, soy un desastre.

Bill se ve tentado a contestar «¿Cualquier otra cosa?», porque así es como han ido las bromas entre ellos en las últimas semanas. Indirectas esquivas, pero aún así lanzadas al aire como punzones envenenados.

O calientes.

Lo que sea.

Va a responder, y ver cómo reacciona (esperando que las mejillas se le pongan coloradas, porque Tom casi nunca se sonroja, y cuando lo hace, Bill enloquece), pero entonces su teléfono suena. Murmura una disculpa y se levanta a cogerlo.

Gruñe y tuerce los ojos.

Collin.

— ¿Sí?

No espera un hola, y tampoco lo recibe. Son la pareja perfecta.

— ¿Dónde estás? Teníamos que comer con el representante de la banda que David quiere.

— ¿Ah? —responde mientras se rasca el puente de la nariz y cierra los ojos. El dolor de cabeza apareciendo por su vida en general, nada que ver la voz de su pareja a través del móvil.

—Bill, hace dos semanas se presentó una banda en el club y Jost la quiere. El viernes vuelven a presentarse en él, ¿recuerdas? Tenemos que cerrar el contrato, y preparar la publicidad.

En un gesto muy elegante, Bill suelta su nariz y tira la cabeza hacia atrás aún con los ojos cerrados. La camiseta de algodón subiéndosele hasta el ombligo y la cresta, libre de laca, cayendo por su cuello.

Suelta un bufido y responde: —Yo… lo siento, estoy comiendo en casa de Tom —oye un resoplido al otro lado de la línea mientras murmura unas disculpas que no siente —, pero, ¿puedo ayudarte en algo? —después de todo estaban a miércoles, y la presentación era el viernes.

Había mucho que preparar.

Limpiar el club, arreglar las luces (que Tom odia, y que insiste en cambiar), encargarse de los instrumentos, la buena ropa para impresionar al representante, y más. Después de todo, su trabajo en el club era dar a conocer bandas, y luego ayudarlas. Ellos eran como sus productores sin contrato, y se preocupaban por los chicos que los verdaderos productores elegían.

—Puedo… puedo ir al club e ir preparando todo lo que haga falta allí, ¿vale? Dame veinte minutos.

Collin respira al otro lado de la línea, más tranquilo, tratando de pensar y de organizarse.

—De acuerdo, amor —dice —. ¿Te encargas del personal de limpieza y de que el camión llegue esta tarde? Llama a la empresa si es necesario. Quiero que esos instrumentos duerman en el club esta noche.

—Por supuesto —Bill intuye la sonrisa en el rostro de su pareja, porque sabe que le encanta que todo salga como él quiere.

—Saluda a Tom de mi parte —dice, y eso es todo antes de colgar.

No ve malas intenciones en el tono de voz de Collin, pero aún así, no le dice nada a Tom. Cuanto menos sepa él de su pareja, mejor.

— ¿Tu novio?

Bill gruñe en respuesta —Sí, trabajo.

—Si tienes que irte…—dice, encogiéndose de hombros, pero Bill ve una mueca triste en su rostro. Le recuerda a un cachorrito abandonado, y lo siente como el peor crimen del mundo.

—Primero voy a comerme la lasaña. Siento que no probaré otra así de buena en mucho, mucho tiempo.

Tom sonríe y le tira una servilleta en la cara. Aunque no dice nada, Bill sabe que se siente orgulloso de que esté comiéndose lo que preparó.

Y de que se haya quedado un ratito más.

&

La tarde en el club es tranquila. No hay tanto trabajo.

Bill llama al personal de limpieza para que ayuden, y con Sam, todo marcha bien.

Ayuda a la gente que trae los instrumentos, porque son dos tíos que se ven debiluchos y él tiene fuerza. Le pide a Sam que hable con el encargado de la iluminación para que arregle un par de luces y se pone en el centro del club.

Sonríe grande cuando ve que sí, Tom tenía la razón.

La iluminación que había sugerido era perfecta.

—Sam, la guitarra está demasiado cerca del borde del escenario, me da miedo que vaya a caerse. ¿Puedes moverla?

—Claro, jefe.

Bill ríe, porque Samantha lo llama así sólo para cabrearlo de vez en cuando.

Cuando en el club está todo listo, el pelinegro llama a la organizadora de eventos sociales que Collin contrató hace unos meses. Le agrada, porque le quita trabajo y que quiera follárselo no le incomoda.

Después de una charla entretenida, le pide que avise a todo el mundo. Y sí, literalmente.

Para cuando son las ocho, Sam se está yendo, un poco sucia y despeinada, pero igual de guapa.

—Hasta mañana —le murmura.

—Cuídate, jefe —Sam le lanza una sonrisa cansada.

Suspira y mira el local vacío. Porque no abren todos los días, y sería un crimen atreverse a abrir el local con lo limpio que está, con sólo un día para poder arreglar todo si algo se estropea.

Piensa por un segundo que quizá podría llenar el local de su arte, ahora que volvió a componer. Una noche sólo suya, llena de sus letras entonadas por otras personas.

Se siente muy pequeño de golpe, incapaz de hacer algo que satisfaga a los demás y no a sí mismo, y no sabe cuándo fue la última vez que pensó así.

El corazón se le acelera porque no es normal en él y tiene las manos alrededor del móvil antes de siquiera darse cuenta.

Busca a Tom en la agenda y está al teléfono con él antes de que su corazón vuelva a estabilizarse.

—Hey…

—Hola.

— ¿Qué tal el trabajo?

—Bien…—murmura.

Tom ríe al otro lado, porque ese bien no sonó convincente ni siquiera para Bill.

—Bien jodido por lo que parece.

—Ni lo digas. El viernes tenemos una presentación vital para una banda.

Y Bill odiaba una parte de las presentaciones. Sonrisas falsas y ser amable con todos, hablar grandezas de los «chicos» y el dólar dibujado en los ojos de Collin.

—Sabes que puedo acompañarte, ¿verdad? —el pelinegro sonríe, porque Tom no encajaría ahí.

—Tom… hay que vestirse un poco más elegante.

—Eh, yo puedo ir elegante si me lo propongo —Bill no lo está mirando, obviamente, pero se imagina su mohín.

—Seguro.

Pero Bill no quiere verlo así, porque Tom es un pájaro libre y ahí estaría enjaulado.

— ¿Tú quieres que vaya?

Duda apenas un segundo, y después, con el aliento atascado en la garganta, pregunta:

— ¿Harías eso por mí?

—Acabo de decírtelo, idiota.

—Creí que lo hacías por ser educado.

—Yo nunca hago cosas por ser educado. Lo digo en serio, Bill, te acompaño el viernes.

—Gracias.

—No me las des aún, puede que rompa algo —Bill ríe por eso. No estaría mal.

Hablan un poco sobre la tarde del menor, y Tom le cuenta que se quedó mirando una tienda de mascotas. Quiere comprarse un perrito, pero son demasiado caros. Además, no ve justo gastarse todo ese dinero en un animal, cuando hay miles en las perreras.

Tom quiere ir a la perrera y Bill se escucha a sí mismo prometiéndole a Tom que el sábado por la mañana irán a buscarle uno.

Se escucha de lejos, porque piensa en Tom rodeado de gente «pija» (como suele llamarles) que no le gusta, con tragos caros y charlas superficiales. Tal vez se aburra y se incomode, sólo por él.

Y ni siquiera se lo ha tenido que pedir.

—Tom.

— ¿Qué?

—No vayas elegante, no uses traje.

— ¿Cómo?

—El viernes, no te pongas traje. No me gustan.

Cree que va a discutirle, pero una vez más, Tom lo sorprende.

—Sólo si tú tampoco te pones uno.

Silencio.

— ¿Bill? Promételo. Prométeme que irás con tus mejores jeans negros, que serán ajustados e irás ligero, como te gusta. Hazlo y yo no llevaré traje.

Suspira.

—Es una excusa para verme el culo, ¿cierto? —ambos ríen.

—No lo dudes.

Mierda, eso significa problemas para Bill, y malas miradas.

Tal vez no los tomen en cuenta por la apariencia, y eso afecte a la banda que se presentará y que pretende ser vendida.

—Está bien —dice—. Trato hecho.

—Eres genial —contesta con una sonrisa, y Bill lo sabe incluso sin verlo—. Nos vemos allí el viernes, moreno. Pórtate bien.

—Adiós —murmura, pero Tom ya había cortado.

« ¿Dónde me he metido?», piensa. Pero no puede dejar de sentir cómo la sangre fluye por su cuerpo, y no recuerda cuándo fue la última vez que se sintió tan vivo.

Continúa…

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por admin

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