Encantado, Tom 5

Encantado, Tom 5

Fic TOLL de Rhianne

Capítulo 5

No ha terminado de colocarse los accesorios, cuando siente la mirada de Collin en la nuca.

—Bill, no creo que eso sea lo más apropiado para esta noche.

Él está listo, con su traje gris y la camisa azul. El cabello rubio peinado hacia atrás le da un toque agresivo, y se ve aún más intenso de lo que ya es.

Collin es llamativo, y sabe qué ponerse para resaltar más. Es toda una fantasía lista para hacer realidad sus sueños.

Y por una vez (es que estando con Tom, todo se pega), Bill dice lo que piensa.

—A la mierda, Collin. El club es mío, al que no le gusta, que no mire.

Termina de ponerse el collar en el cuello, arregla sus pulseras y camina hasta el espejo de cuerpo entero.

Lleva una polera blanca, tiene dibujos de calaveras y extraños intentos de corazones con espinas y cadenas, además de una línea en rojo que cruza la prenda de lado a lado. Su pantalón es negro y holgado arriba, al contrario de la parte inferior, que es muy ajustada y está medita dentro de dos botas sin tacones. Sus uñas son negras, al igual que el collar pegado al cuello que lleva, y las pulseras de cuero.

Arregla su cabello, que peinó hacia arriba con la particular cresta que tiene, y el mechón colgando sobre el ojo.

Le da unos retoques más a su intenso maquillaje, que le da aspecto de leopardo, y está listo.

Collin lo mira con reproche, y murmura:

—Pero ellos mantienen tu club —sus miradas se encuentran a través del espejo. La de Bill, segura. La de Collin, escéptica.

—Cariño, son demasiado falsos como para decirme la verdad a la cara. Si no les gusta mi ropa, no lo dirán. No te preocupes, conseguiremos que la banda venda. Tú lo conseguirás.

Collin sonríe porque lo entiende como un cumplido y le besa la mejilla antes de tomar las llaves.

— ¿Vamos?

Bill se dirige hacia su pareja sin contestar, sintiéndose menos seguro ahora que el momento de ser escudriñado por un montón de ojos aburridos se acerca.

&

A las once de la noche, Bill está de los nervios.

Algunas miradas caen sobre él como cubos de agua fría. Esta noche no hay gente normal en el club, hay sólo gente de dinero y productores midiendo la calidad de las bandas.

Pero eso da lo mismo, porque casi se ha acostumbrado a los murmullos y a las malas miradas.

Es otra cosa lo que lo tiene nervioso.

Es que son las once, la presentación comenzó a las nueve y Tom no aparece.

Samantha se le acerca un segundo. Está bellísima en un vestido de satén dorado que le quita cuatro o cinco años de encima, y le comenta algo acerca de una de las bandas que ya salió.

Bill le contesta en un murmullo suave, ella asiente y se lleva el vaso de whisky a los labios.

Lo deja vacío en su mano con una sonrisa y se marcha a charlar con Georg, que está sentado en una mesa más apartada. Cuando va a pasarle el vaso a un camarero, ve por el rabillo del ojo que entra alguien más, y si el vidrio no se le cae al suelo es porque ya lo dejó en su sitio.

Tom entra al club, con un traje negro, absolutamente todo de negro, corbata incluida, y si no fuera por las largas rastas atadas en una coleta alta, diría que es uno más.

Pero no lo es.

Porque al poner el primer pie en el club se saca el vestón, se arremanga la camisa hasta un poco más abajo de los codos, se cuelga la chaqueta al hombro, y camina hacia Bill con un paso tan chulo y tan él que, simplemente es Tom.

Bill se queda tieso, porque Tom se acerca sonriendo, moviendo el piercing de su labio con la lengua y alternando la mirada entre él y su alrededor.

—Eres un cabronazo. —es lo primero que Bill le dice cuando lo tiene al lado, y Tom sonríe de lado.

— ¿Es que no me veo bien? —se da una vuelta con los brazos abiertos, mostrándose a sí mismo.

—Sí… pero eso no es… lo que habíamos acordado —dice, en apenas un murmullo.

Un brillo pasa por sus ojos y se lame los labios en un gesto inconsciente. Está mirando a Bill, a sus pantalones, su rostro. A él.

—Lo siento, no me he podido resistir… pero tú fuiste obediente —Bill rueda los ojos.

—Te odio.

—Vale la pena, créeme —la voz le sale un poco más ronca, pero Bill no puede comentar nada porque Collin se acerca con una mirada seria.

—Hey, cariño, ¿me presentas tú, o me presento yo?

—Ya lo conoces. Collin, él es Tom, Tom, él es Collin, mi pareja.

—Un gusto —Collin le estrecha la mano y mira atentamente sus rastas, pero por alguna bendita vez, no comenta algo. Los mira divertido, y espera que alguien diga algo.

—Tom quería pasarse por aquí y ver algunas bandas…

—Sí —interrumpe el menor—. Bill siempre habla del club y quería pasarme. Además me ha dicho que esta noche una de las bandas es especialmente buena.

Collin sonríe y tiene una mirada calculadora.

—Ya se terminan las frases, ¿uh? Eso está bien —lo deja pasar con un movimiento de manos—. Bill lleva razón, aunque todas las bandas tienen lo suyo.

El rubio se despide con la mano, ondeando los dedos y sonriendo.

Bill cree que Collin piensa que se está acostando con Tom. Piensa que tiene un amante y está feliz por eso. Bill no le importa lo más mínimo.

Prefiere compartirlo y no sentirse el malo de la película, antes de confesar la verdad.

El nudo en la garganta de Bill pesa dos kilos más que antes, pero entonces siente la mano fresquita de Tom en su antebrazo.

—Entonces, ¿podemos beber un poco, o el whisky es sólo para los pijos?

—Vamos —dice—. Yo también necesito un trago.

Pero Bill no consigue bajar el nudo de su garganta por mucho que beba.

Por suerte para él, Tom hace que piense en otras cosas, como en besos y piercings.

Metal contra piel y la textura desconocida de sus rastas.

&

Dos semanas. Un mes y medio desde que Bill y Tom son amigos.

El sueño envuelve a Bill como una manta calentita, y no sabe si está despierto o no. Sólo sabe que siente.

Siente unas manos y un cuerpo caliente pegado al suyo, y de repente, el bóxer le queda tres tallas más pequeño y no lo puede evitar.

En la neblina del sueño no hay porqués ni cómos. Ni siquiera reproches, sólo hay piel y calor, manos y una lengua que lo acaricia como si lo hubiera echado de menos.

No hay cuerpos, ni formas. Y si se descubre creyendo que sus manos acarician un pecho plano y bronceado, además de unas caderas angostas, ni lo nota.

Se da la vuelta entre sueños y nota un cuerpo atrapado bajo el suyo. Humedad junto a su boca y la abre por inercia, por costumbre, y a cambio, recibe otra que lo acaricia casi con cariño.

Las piernas que le rodean la cintura y las manos que lo tocan son más suaves de lo que deberían, pero son manos, lo están tocando y se siente bien.

Gime un poquito y la urgencia de entrar en algo es cada vez mayor, así que cuando se siente libre de la tela del bóxer, avanza con las caderas y no para hasta que el calor y la humedad se ven desplazados por el «Dios, estrecho, estrecho».

El cuerpo que tiene debajo se arquea y jadea, y eso lo anima a seguir, un poquito más adentro, un poco más fuerte, como un niño que prueba qué pasa si le arranca las alas a una mosca.

El calor lo envuelve cada vez más, y la persona que tanto disfruta ahí abajo hace que todo se sienta mejor, además de que su cuerpo parece succionarlo.

Quiere estar despierto, consciente de todo. Quiere ver cómo se muerde el labio, o cómo juguetea con ese aro de metal sobre él. Quiere oír cómo gime su nombre con voz ronca, y gritar «Tom» tan alto, que le duela la garganta después.

Acelera las estocadas sin querer, sólo por pensar en él, y una risita más aguda de lo que debería lo saca de la fantasía.

Aguda, no ronca.

Abre los ojos y ve por primera vez a Collin, con la mirada vidriosa y perdida.

Collin, no Tom.

Eso, y el hecho de que no sean más que amigos y le ponga de tal forma, lo golpean como un puñetazo en el estómago.

—Cariño…—el rubio le toca despacio la cara— ¿Por qué paras?

Lo insta con los tobillos a seguir y da una embestida casi a ciegas. Sus músculos internos lo rodean fuerte, y enfoca la vista en sus labios cuando gime.

¿Qué otro nombre podrá gemir Collin?

Bill apostaría por David, y sin querer, imagina a su pareja en tal situación.

Que un «David» salga de sus labios.

Sale de Collin de golpe, sin pensar en si lo dañaba o no, casi salta de la cama y se enreda un poco con las sábanas.

— ¿Qué? ¿Bill?

—No… no puedo, Collin. Mierda.

No sabe por qué le da explicaciones, tampoco sabe si se siente traicionado, frustrado o decepcionado de sí mismo.

—¿Bill?, ¿por qué te vas?

No lo sabe.

No sabe nada, sólo sabe que no puede confiar en su novio, y menos para un tema como ese.

Salió de la habitación y se metió a la ducha, pensando en lo descarado que era Collin.

&

Es mitad de semana y está cansado, porque los pensamientos sobre Collin no se le van de la cabeza.

Ni siquiera ha podido distraerse cuando ha acompañado a Tom al supermercado, para comprarle algunas cosas a Scotty, su nuevo perrito.

Le hablaba y Bill respondía, incluso se ha reído, pero estaba ido. Estaba preocupado.

Ahora, horas después, vuelve a casa, y cuando abre, un aroma muy denso lo golpea. Pero no es hasta que está dentro y oye los ruidos que cae en cuenta de lo que es.

No quiere ir, no quiere verlo. Quiere que la tierra se abra, que lo trague, desaparecer, morirse, cualquier cosa menos verlo. Pero no puede detenerse.

Se acerca a la cocina y ve la escena tan clara, que le quema las retinas.

Jost está follándose a su novio por detrás, sobre la mesa en la que comían, y le dan arcadas. No sabe si es por asco, por las veces que lo habrán hecho, o por la forma en la que él suplica por más.

Y Collin es tan descarado en el sexo, siempre lo ha sido. Pide más y se arquea como una puta, dejándose tan expuesto como puede, agarra de cualquier lado y obliga a ir un poquito más adentro.

Tal vez hace un ruido, o suelta algún jadeo ahogado, porque entonces ambos lo miran y Bill no sabe qué hacer, qué decir, o dónde esconderse.

—Mierda, mierda —murmura Collin mientras aparta a David y lo obliga a retirarse.

— ¿Qué es esto, Collin?

—Mierda, Bill… yo —se pasa las manos por la cara e intenta acercársele, desnudo. Tocarlo con las mismas manos que lo tocó a él.

—No sé de qué te extrañas, tío. Sólo estaba acabando lo que tú no pudiste —Jost sonríe envalentonado, pero Bill no es capaz de mirarlo, ni verlo, está totalmente fuera de su plano.

Debería ir y darle un puñetazo por hijo de perra, pero siente que la culpa no la tiene él, la tiene Collin. Y después de todo, Bill no tiene la valentía para ir y pegarle.

«Tom sí lo haría», piensa. Y por un segundo, Bill desea que estuviese ahí.

No tiene tiempo para responder, porque Collin se le adelanta.

—Cállate y no te mentas en esto, David. Vete, por favor.

Jost desaparece antes de que Bill tenga tiempo para mirarlo moverse desnudo como si fuera algo importante.

—Bill, déjame explicarte… yo…

—No.

Y esa es la única palabra que dice.

Sacude la cabeza y da un paso atrás.

—Por favor, no te vayas, Bill. Lo siento, lo siento.

—No puedo quedarme, Collin… yo… no puedo estar en un sitio donde estés tú. Ahora mismo, no.

No es capaz de volver a mirarlo, el cabello revuelto y el leve rubor. Las marcas rojas en su piel, brillo de sudor y saliva.

Siente que todo lo que sabía que estaba roto cae sobre él de golpe, miles de cristales astillados llueven y se incrustan en su piel. Se siente pequeño, diminuto. Se siente vacío.

Se va sin dar un portazo porque es innecesario y estúpido, y cuando está en la calle, se da cuenta de que llueve.

«Genial», piensa. «Al menos eso disimulará las lágrimas».

&

Va a su casa porque no tiene otro sitio donde ir.

Es mentira, sí tiene. Puede ir donde Georg, donde Gustav, incluso coger el coche e ir a la casa de su madre, pero no es lo que quiere.

Lo que quiere es rubio, tiene rastas, un poco más bajito que él y huele a avena.

Es Tom, y ahora mismo no está en casa.

Está sentado en el portal, calado hasta los huesos y no deja de llover, pero da igual. No tomó las llaves del coche al salir y no va a llamar a un taxi para decirle que lo lleve a ninguna parte, así que espera ahí. Sinceramente, coger una pulmonía o no, es lo de menos.

Tampoco tiene el móvil, y se pregunta cuándo comenzó a ser tan gilipollas.

Está en la calle, en el portal de Tom, la gente lo mira raro porque está pálido, con el maquillaje corrido, temblando un poco y llorando a la misma vez, y parece un vagabundo pero no le importa.

No sabe cuándo tiempo pasa, pero cuando Tom llega, seco y a salvo debajo de un paraguas negro y azul, primero le sonríe por inercia y después ve que va a decir algo como «¿Se puede ser tan gilipollas como para estar ahí mojándose? », pero cuando se acerca más y ve la cara de Bill, se detiene.

No dice nada, sólo lo inspecciona de arriba a abajo, como asegurándose de que esté bien físicamente. Deja el paraguas a un lado, abierto y todo, importándole una mierda, y lo coge de las mejillas.

—Dios, dime que estás bien.

—Yo… yo…—tiembla entero, y le cuesta hablar— no lo sé, Tom.

— ¿Hospital?

—No… sólo tu cama… y ropa seca.

Él asiente sin decir nada más y deja un beso en su frente mojada.

—Vamos —murmura. Le ayuda a levantarse, y a subir hasta el apartamento.

Está casi congelado, la ropa mojada pesa demasiado, y el corazón lo lleva en un bolsillo, echo pedazos.

&

—Shhhh. Bill, respira, no te entiendo —Tom le ha quitado la ropa, y la ha dejado en el baño, mojando las baldosas blancas.

Tiene algo calentito entre las manos y a Scotty encima de los pies, haciendo de manta eléctrica, pero no está sirviendo de mucho. Está demasiado nervioso.

—Yo, Collin estaba… y yo entonces me fui… y esta mañana pasó… y, yo, mierda, Tom. Mierda, joder.

—Vale, sólo he pillado los insultos.

Va a abrir la boca otra vez, pero la verdad es que está muy nervioso y avergonzado, y no quiere hablar de eso ahora.

Ha ido hasta su casa buscando consuelo pero ahora que está ahí no sabe qué decir, ni cómo actuar.

—Mira, estás de los nervios y es tarde. Qué tal si vamos a dormir y mañana me lo cuentas, ¿vale?

Asiente con la mirada baja en la taza de té caliente que le ha dado, sin poder mirarlo.

—Vamos, Scotty —dice Tom—. Es hora de dormir, pequeño —se la quita de los pies y la lleva hasta la cama que le compraron esa misma tarde. La ha puesto cerca de su propia cama y eso a Bill lo hace sonreír un poco a pesar de todo.

El perro le lame los dedos a Tom cuando lo deja en su lugar y enrosca la cabeza entre las patas, tranquilo.

Bill deja la taza en la mesa del café y se levanta, dejando la manta que tiene encima ahí, sintiéndose extraño en los pantalones de pijama de Tom y con una de sus camisetas.

Huelen a su detergente y es una tontería sentirse más tranquilo por eso, pero lo hace.

Avanza hasta él y murmura, pegado a su espalda pero sin llegar a tocarlo: —Estaba con otro, Tom. Ni siquiera he podido pegarle, ni gritar. Sólo he salido corriendo. Soy un marica de mierda.

Tom jadea ante sus palabras y se vuelve, mirándolo de frente.

Espera que pregunte más, que diga algo sobre su novio, su relación, el tío que se lo estaba beneficiando, cualquier cosa. Pero no lo hace.

Le acaricia las mejillas con las manos y dice:

—No, no lo eres —y sin más, como si esa afirmación lo dijera todo sobre el orden cósmico, se pone un poco de puntillas y lo besa.

Es un beso, simple. Tampoco es casto, le lame la boca con ganas, y le obliga a abrirse para él, pero no es exigente. Es un beso de consuelo, mejor que un abrazo y más caliente que la mejor de las mantas.

Bill suspira en él, y aunque se deja hacer y lo devuelve, no incrementa la velocidad ni se vuelve insistente, sólo lo besa cogiéndolo de las mejillas para que no se mueva del único sitio en el que quiere estar.

Después se separa del mayor, y lo abraza.

Y es más de lo que puede soportar.

Rompe a llorar como la nena que es, porque se siente seguro por primera vez en siglos y deja que Tom lo abrace y le toque el pelo, un poco húmedo todavía. Le susurra cualquier cosa, lo que sea, no está oyendo, pero suena bien en su voz.

No sabe cuánto tiempo pasa pero cuando se separan, Tom lo mira con los ojos hinchados, como si hubiese llorando también, y le dice:

—Quiero que te quedes.

—No quiero irme.

Él sonríe débilmente, mientras va hasta la cama y se desviste. No está pendiente de Bill, dejándole espacio para hacer lo que tenga que hacer y ve que se quita la ropa rápido, metiéndose en la cama solo con el bóxer blanco que lleva.

Cuando nota que Bill no va, porque está parado a medio camino mirándolo, tuerce la cabeza y lo mira, levanta las sabanas, y palmea a su lado.

—Ven —y lo dice con la boca, con la mano y con el cuerpo.

Esa noche no puede decir que no, porque cuando se mete dentro, lo abraza fuerte, lo pega a él y el corazón le palpita bajo la oreja, dejándole saber que está vivo, que él está y que no va a pasar nada.

—Descansa un poco, ¿vale?

Y Bill está harto de que no estén pendiente de él, así que por una vez va a dejar que lo cuiden.

Asiente con la cabeza porque sabe que Tom puede sentirlo en la piel y se enreda en él, piernas, brazos, el rostro contra su pecho desnudo. Respira una vez, dos, y el olor a hombre y a avena lo adormecen.

Y si mañana no sale el sol, a Bill le daba igual.

Y si no paraba de llover nunca, mejor.

Continúa…

Ya saben, lo de siempre; comentarios, sugerencias, lo que sea. Si tengo algún error, por favor avísenme.

Gracias por comentar y leer.

por admin

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Un comentario en «Encantado, Tom 5»

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