
Fic TOLL de Rhianne
Capítulo 7
— ¿Qué vas a hacer con el club?
La pregunta lo toma por sorpresa mientras intenta encontrar el mando para cambiar de canal.
—Nada.
— ¿Cómo que nada? ¿No está a tu nombre?
—Sí, pero no hay nada mío ahí.
Tom se sienta al lado de Bill, saca el mando de debajo de un cojín y se lo entrega riéndose. Lleva un polerón gris grande con una camiseta blanca debajo. Es tan delgada, como transparente. Y Bill se está volviendo loco.
Quiere meter la lengua en uno de los agujeros de la camiseta, que le agrega un toque mañanero y despreocupado, sólo para comprobar si sabe tan bien como huele.
—Deberías ir a hablar con él —suelta cuando están un rato en silencio mirando una película malísima de Megan Fox. Y Bill quiere hacerse el interesado, pero la película es una mierda y no tiene excusas.
—Tom, no voy a…
—No digo que lo perdones —lo corta—, digo que deberías ir a verlo, escucharlo y ver qué tiene que decir.
—Eso no solucionará nada.
Se está comportando como un crío y lo sabe. Tiene veintitrés y parece de doce.
—Como sea —dice, y el cabrón suena molesto.
El niñato va y se enfada con Bill porque no hace lo que él quiere que haga con su vida, su novio (o ex), su club, y su casa. Hay que joderse.
— ¿Y qué harás con las composiciones que faltan y el club, que te recuerdo, es tuyo?
Y el mayor no puede creer que esté intentando convencerlo otra vez con el mismo argumento.
Y menos puede creer que funcione.
Puto niñato de mierda que lo tiene comiendo de su mano.
&
Ceder siempre se le ha dado bien, y ahora cede con razón.
Sabe que Tom está en lo cierto y que necesita hablar con Collin, aunque sólo sea para pasarse sus disculpas por la suela de los zapatos. Sabe que merece explicarse, aunque no sirva de nada, y no quiere hacer las cosas mal.
Vuelve a casa, y está centrándose en verlo, preparándose mentalmente para ser fuerte, no romperse y aguantar el tirón.
«Yo soy la víctima, él el malo», se repite para que no se le olvide, porque a veces las líneas se difuminaban y esta vez quiere tenerlo claro.
Pero, por mucho que se preparó, cuando entra no estaba preparado para lo que ve.
No hay nadie en casa, y piensa «Cojo mi mierda, y me voy», pero cuando va al salón donde sus composiciones e instrumentos se mueren de asco por permanecer allí, ve el desastre.
Y le hace gracia ver cómo a él pueden patearlo y romperlo en mil pedazos, pero no importa, se recompone, se pega con cola y ya está. Pero sus instrumentos y canciones… eso no pueden tocarlo.
Si los rompen, si los queman, si desaparecen, una parte de él se desvanece, esa que le dice quién es, qué hace y para qué vive.
Y eso está sintiendo ahora mismo, cuando su piano y sus otras dos guitarras lo miran desde el suelo, al lado del cuaderno con la canción de Tom. Todo está roto, destrozado, convertido en nada.
Se le corta la respiración al ver que un montón de papeles y cuadernos, o sea, composiciones antes de su bloqueo, están igual.
Y el hijo de perra, porque no tiene otro nombre, no los ha tirado. Los ha dejado ahí, su trabajo, su esfuerzo, reducido a añicos y los pedazos de papel donde estaba la canción del menor lo miran como diciendo « ¿Por qué lo permitiste, Bill? »
Porque es idiota, por eso.
Él lo vio.
Collin lo vio con Tom, se cabreó y se desahogó con sus cosas.
Se le atascan los nervios en la garganta y está a punto de romperse otra vez.
Tiembla, porque no puede hacer otra cosa.
No tiene la confianza suficiente como para componer otra vez y además, le apagan la pequeña llama que estaba encendiéndose al final de un camino largo, tortuoso y muy oscuro.
Lo hacen mierda con eso y no puede remediarlo.
Corre, el coche va recto en la carretera sólo porque ha entrado en su versión autómata. Tiembla tanto que los dientes casi castañean y no nota cómo el agua moja sus mejillas.
Es un desastre, es demasiado frágil para su propio bien y nunca aprende, pero ahora mismo sólo puede volver a casa.
A lo que «casa» se ha convertido en poco, poquísimo tiempo.
Cuando toca la puerta y Tom abre, dice: — ¿Qué tal ha id…?—pero lo ve, y casi deja caer lo que tiene en las manos para correr hacia él.
Bill cierra, y se queda mirándolo con los ojos muy abiertos, y el maquillaje diluyéndose entre las lágrimas. Se agarra al brazo de Tom, porque es lo único que tiene.
Y casi lo único que quiere ahora.
— ¿Qué mierda ha pasado? —oye su voz seria, y preocupada —. Dímelo, y le arranco los pulmones.
—Mis instrumentos, y las canciones, Tom. Me ha roto todo. No queda nada.
Le moja la camiseta y un poco el polerón con las lágrimas y el negro del maquillaje, pero no se queja. Lo sujeta y lo abraza fuerte.
—No pasa nada, moreno. Compondrás más. Y por los instrumentos no te preocupes.
—No, sí que pasa. Siempre…—jadea, respira—, siempre me está jodiendo todo lo que quiero, ¿sabes? Como si tuviera derecho. Yo… creo que lo odio.
Murmura un «Shh» contra su pelo, y alza la cabeza. Bill tiene la boca abierta sobre su cuello caliente y húmedo con la respiración. Y ahí están, vuelven a aparecer.
Esas extrañas ganas de que lo coja y lo apegue a él, y no lo deje pensar. Que lo haga sentir la sangre fluir por su cuerpo para recordarle que está vivo. Error del sistema.
Se separa de la curva de su cuello y lo mira con los ojos vidriosos y las mejillas mojadas. El mayor cree que va a decir alguna tontería de las suyas cuando sube la boca y le planta un beso.
Lame las lágrimas de la comisura de sus labios, y lo besa.
—Ven aquí —dice—, ven.
¿Y qué más podría hacer Bill?
Va porque no puede pensar, no quiere ni pararse a pensar en que toda su carrera como compositor está en el suelo de esa habitación, destrozada.
Como él mismo.
Deja que lo bese y lo lama como un niño con miedo, y sonríe contra su boca porque tenía razón. Cuando Tom besa es mejor. Es un murmullo contra sus labios, lo lame como si arrastrara un virus, lo hace sentir fiebre por todos lados.
El de rastas mete sus manos debajo de la camisa del otro como pidiendo permiso, y se encoge un poco sobre sí mismo, porque tiene las manos frías.
Él lo interpreta como otra cosa.
—Frías —dice—. Tus manos.
Y el rubio lo mira desde abajo. Lo mira y pone esa cara. Se le arquean las cejas, y sólo le faltan las pupilas rojas para parecer demonio.
—Dime que pare, Bill —es más pequeño, y su presencia es más grande—. Dímelo ahora, porque de lo contrario, no me voy a controlar.
—No… no quiero que te controles.
Lo pega a la puerta, está fría, y Tom está muy caliente. Su boca vaga por el cuello de Bill, y su mano le araña un poco el pecho. Duro y suave a la vez.
—Mierda, moreno… eres tan… Dios —está tan encima del pelinegro, que lo siente como una segunda piel. Caliente, suave, y palpitando. Clavado en su cadera, y sus manos parecen reaccionar por primera vez en siglos.
Lo toma de la cadera, y lo mantiene en el sitio.
—Yo quiero esto, Tom. Vamos.
—Prometo ser suave, lo prometo, lo prometo —un rezo son los ojos, y una súplica—. No me obligues a parar, me muero. No me detengas —no dicha, pero que Bill ha entendido.
—No seas suave, no me voy a romper.
Y esa no es muy buena idea, considerando que siempre ha sido activo, así que se conserva muy virgen.
—No sabes lo que has dicho.
Y no, no lo sabía.
&
Lametones como estocadas y lo están partiendo por la mitad.
Las sábanas están mojadas, y no sabe si es saliva, o sudor. Probablemente ambas.
—Ah, Dios, Tom… es… ¿qué…?
« ¿Qué?, ¿qué haces, Tom? »
Está bajando con la lengua, desde la línea de la columna vertebral hasta mucho más abajo, cerrando la boca húmeda sobre él. Primero un beso con la boca abierta, mojado y caliente. Después, una pasada con la punta de la lengua y Bill lloriquea contra la almohada.
Tom ríe contra él y lo sujeta con las manos para que no se mueva. Le abre un poco más las piernas con una rodilla y puede sentir que está empalmado. Lo siente contra el muslo, y quiere sentirlo en más sitios, pero no se queja, porque no puede.
Qué más podría hacer, si no recuerda ni cómo se llama.
— ¿Estás bien? —pregunta, con la voz ronca y rota.
Bill gruñe en respuesta y mueve las caderas. «No te atrevas a mover la boca de ahí», lo dice sólo con el cuerpo.
Le muerde un muslo, y de repente, justo cuando el pinchazo de dolor del mordisco le atraviesa la piel, siente que presiona un dedo contra él. Respira, dejándolo entrar, centrándote en la sensación de su boca alrededor de él y no en la invasión, y lo hace bien.
O eso dice Tom.
—Vamos, Bill, vamos —casi lloriquea, impaciente como él solo.
«Niñato», piensa, «soy yo el que se está abriendo».
Y casi oye la respuesta en su cabeza.
«Soy yo el que se muere por follarte».
No opone resistencia ni al segundo, y cuando hace movimientos de tijera, lengua incluida, da un gemido tan alto que el perro lloriquea y se va corriendo a la cocina, a esconderse detrás de la papelera.
Se reiría y todo, pero entonces Tom toca algo dentro suyo, y si no fuera porque no siente humedad en su estómago, diría que se ha corrido.
Ojos en blanco, placer en el vientre y estrellitas detrás de los parpados. Y tiene que moverse contra sus dedos porque así, de repente, que lo follen es lo mejor de lo mejor de la historia. Que se lo haga Tom lo hace estratosférico.
«Joder», es lo único que Tom articula, apoyando la cabeza en la parte baja de su espalda y pegándose más a él desde atrás, buscando fricción porque se muere.
—Dios, estás ardiendo, Bill. Me aprietas y estás ardiendo, ¿lo sabes?
—Cállate.
Ríe contra su piel y casi hace que la sensación de los dedos se sienta peor.
O mejor.
— ¿No te gusta que te lo diga? Es verdad. Estás estrecho y caliente, y me muero por entrar, Bill. Dime que puedo, joder, dime que…
—Vamos —se muerde el brazo porque retuerce los dedos dentro, no los saca ni los mueve, los dobla—. No vas a hacerme daño, vamos.
—Vale, sí, vale —es más para sí mismo que para Bill, para centrarse, y entonces lo oye trastear. Cajón, mesilla. Condones, lubricante.
Y a pesar de las cosas que ha dicho antes, de los «No sabes lo que dices, no puedo pararme», Tom no era nada de eso.
Se cubre con el plástico y después con el líquido frío con cuidado, y le vuelve a tantear con los dedos antes de atreverse ni siquiera a acercarse a él. Se preocupa por no hacerle daño y así como está, es más de lo que puede pedir. Alguien que quiere cuidarle es demasiado para la mierda que es ahora mismo.
Tiembla y él piensa que es porque el lubricante está frío y no porque algo acaba de encajar dentro de Bill como la pieza de un puzzle.
— ¿Preparado?
—Vamos, capullo.
Suaviza la tensión y funciona, después de todo, son amigos.
Ríe, y dice:
—A ver si me insultas ahora igual, lerdo.
Empuja, de una vez y no es suave. No está doliendo, pero no se para a mitad de camino porque Tom no hace las cosas a medias, y hasta que no está enterrado hasta el fondo en el cuerpo del pelinegro, no deja escapar ni un suspiro, y para.
Sisea un poco porque se siente lleno hasta los ojos, lleno hasta para respirar, pero Tom no se mueve, se pega a él. El estómago y el pecho contra su espalda y la boca en la nuca.
Lo va buscando, sin moverse, sólo con la boca. El hombro, el cuello, y con una mano lo obliga a mover la cabeza y mirarlo.
—Hey.
—Hey…
— ¿Quieres saber algo?
« ¿Ahora? ¿En serio? »
— ¿Qué?
Él se ríe, y Bill se distrae mirándole la sonrisa de niñato incluso follando, y se olvida de la resistencia. Su cuerpo se olvida de resistir a la intrusión y lo acepta sin más.
—Estás caliente, y me estás apretando justo como te he dicho que harías.
—Cabrón.
—Hm hmmm —se muerde el labio y asiente con la cabeza, porque él también ha sentido que puede moverse y Dios, pone cara de querer morirse. O correrse. Lo que sea.
Lo besa antes de mover las caderas, retirarse despacio y volver a entrar con toda la seguridad del mundo.
—Dios, sí, eso es…
Habla contra su boca, y lo único que Bill sabe, es que no quiere que pare de hablar, no quiere que pare de poner esas caras de martirio que está poniendo.
Baja una mano y le abre más las piernas, acomodándose mejor, cogiendo postura, y dando directamente donde le hace ver el Cristo y estrellas, y mierdas como esas.
—Aaahh.
—Vamos, Bill, vamos, quiero…
Y siente que va a bajar la mano para tocarle, pero se la empuja de un manotazo, porque no va a hacer falta, que dios lo ayude, pero no va a hacer falta.
—No, yo, dios, no pares.
Apoya la cara en su hombro, embiste contra él como pistones sobre una máquina, su frente sudada sobre Bill, y cuando lo oye gruñir y lloriquear su nombre, joder, daba igual, está listo.
Se corre con la sensación de Tom por todas partes, su aliento en la nuca, y su nombre en la boca como una súplica.
Se corre como una descarga, dejándolo seco, muerto, sin energía, sintiendo los músculos del cuerpo encogerse y por la manera en la que Tom gime, y sus embestidas pierden ritmo, él también lo está sintiendo.
Vuelve a contraerse, y Tom murmura «Cabrón, cabrón, cabronaz… ahh», pero se está corriendo por eso, vaciándose en espasmos.
Se deja caer muerto sobre Bill.
—Hmm pesas.
—Quejica.
—Enano.
—Antes no te quejabas.
—Nene, antes estabas follándome —y lo mira bajo el pelo que se pega a la frente y casi le tapa los ojos—. Vuelve a follarme y pararé de quejarme.
Él lo mira, cejas arqueadas, mirada líquida y mejillas ardiendo por el esfuerzo.
—Dame 10 minutos y te vas a arrepentir de haber dicho eso.
— ¿Diez? Sí, claro…
—Bill, aquí no todos somos viejos…
El mencionado abre mucho los ojos y piensa, «Joder mañana no voy a poder andar».
Pero en realidad, da igual.
&
Se levanta de la cama sólo porque alguien está llamando insistentemente a la puerta.
Está desnudo, gloriosamente desnudo, como su madre lo trajo al mundo, sólo que con más lametones que piel.
Tropieza un poco y va a abrir. Cuando lo hace se queda de piedra.
—Collin —dice, voz amarga y no es por estar recién levantado.
Él lo mira de arriba a abajo y después a Tom, dormido cómodamente en el sofá, por culpa de Scotty.
Quiere decirle «Es mío, puto, y no tienes derecho a mirar», pero se calla.
— ¿Qué quieres?
No lo deja pasar. Él no pregunta, y Bill no se lo ofrece.
—Quiero que vuelvas.
—Eso no va a pasar.
Da un paso adelante, y Bill uno atrás, evitando a toda costa que lo toque. Collin acaba dentro y Tom se ha despertado.
—Cariño… yo… necesito hablar contigo, y esto no puede seguir así. Bill, necesito que vuelvas, te necesito conmigo. Sólo… necesito que me perdones.
Y está llorando.
Su voz suena sincera, su cara se ve sincera, desaliñada y parece que no ha dormido en mucho tiempo.
—Por favor… yo sólo quiero que me escuches.
Mira atrás, a Tom, que lo está observando con el ceño fruncido y no sabe qué hacer. No quiere volver a pasar por lo mismo, pero no quiere tirar por la borda algo de más de cuatro años.
— ¿Volverás a casa? —pregunta Collin.
Está entre dos cosas.
Las dos cosas que más quiere, y las dos lo están partiendo por la mitad.
Joder, decidir era un asco.
Continúa…
La próxima semana acaba, nos vemos pronto.
wey, sí todavía se la piensa en regresag con collin, sabiendo que su relación desde hace años no es la misma, y que hasta lo vio poniendole el cuerno, mientras que tom ha estado ahí para él y hasta ofreciéndole su hogar… será un imbécil total por elegir a la mierda en vez de al sol