
Fic TOLL de Rhianne
Capítulo Final
Cuando baja, la maleta pesa mucho, y hay más cosas que debería coger, un montón de material del estudio, pero no quiere estar ahí más tiempo del necesario y sinceramente tiene suficiente dinero como para comprarse todos los materiales nuevos que le hagan falta.
—Cariño, ¿quieres champiñones con la pasta? —dice Collin desde la cocina, y cuando ve que no Bill no está contestándole, sale y lo ve allí plantado, maleta de tres pisos en el pie, y decisión en la mirada.
— ¿Qué? ¿Qué haces, Bill? Yo…
Pero no lo deja hablar.
Siempre deja que él hable demasiado, siempre lo deja explicarse, tomas sus mentiras como agua, lo deja llevar las riendas. Está harto.
Cuando abre la boca sientes que un nuevo Bill ha nacido y se siente bien.
—Me voy —dice, y cuando ve que va a hablar de nuevo, da un paso hacia delante y otro. Se acerca a él, le coge la cara entre los brazos y lo besa.
No un beso como el de antes. Nada de tímido en aquella lengua que lo lame por dentro haciéndolo suspirar contra él, incluso aunque no quiera. Lo lame y lo besa con todo lo que tiene, y lo que ha aprendido a lo largo de los años.
Lo besa a modo de despedida, pero sobre todo lo besa como diciendo “esto es lo que tenías y lo acabas de perder, guapo. A ver si encuentras algo mejor por ahí”
—Cariño, te dejo —susurra contra sus labios, y hasta puede que sonría mientras lo dice—. Creo que no has hecho más que mentirme, y el hecho de que has destrozado todas mis composiciones y ni siquiera lo hayas comentado no es mas que la punta del iceberg. Sinceramente, dudo hasta de que hayas dejado a Jost…
—No, no, Bill. Iba a decírtelo, pero no quería que te enfadaras… no sé por qué lo hice, sólo… No, ¡por favor! —lo coge de las manos, y no lo deja marchar.
—Claro, ¿por qué iba a enfadarme? ¿Porque el trabajo de toda mi vida estaba destrozado en el suelo, como si no valiera nada? Si me conocieras un poco sabrías que eso era todo para mí, y que si no lo valoras, no me valoras a mí tampoco.
Bill le suelta las manos y se da la vuelta, andando hasta la maleta, dejándolo en medio del comedor, con el trapo de cocina sobre el hombro, el pelo revuelto y la boca abierta.
Y la ira no tarda en salir, como el veneno en la boca de una serpiente.
— ¿Y ya está? ¿Vas a dejarme tirada por ese puto al que te estás tirando? ¿Por ese tío? Vamos, Bill, eso es demasiado bajo hasta para ti, ¿tan desesperado estás porque te quieran?
Aprieta los ojos y la mandíbula tanto que si no se parte los dientes es pura suerte.
Y si se da la vuelta de forma un poco más femenina de lo que debería no se da cuenta porque la ira lo está dejando ciego, y lo quema. Ácido en la lengua.
—Tú, tú cariño, tú eres el puto, que te vendes por un par de canciones y bandas. No él. Él… él…—va a decir cualquier cosa sobre Tom.
Cualquiera serviría para dejarlo por los suelos, porque desde que lo conoce, Tom lo ha rebajado tanto, Collin es tan pequeño ahora en comparación con Tom. Pero Bill sabe qué es lo que le hará daño, y habla desde el cinismo.
Podría decir “él me consuela cuando me dan ataques de pánico, por cierto, ¿sabías que me daban ataques de pánico?
Podría decir “me ha ofrecido su casa y su cama sin pedir nada a cambio. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por puro altruismo?”
Pero no dice ninguna de esas más que buenas razones.
Lo mira, sonríe de lado y añade:
—Además, si él fuera el puto, ya habría conseguido más ventas que tú. Folla como una bestia, cariño.
Oye su jadeo ahogado, y con una sonrisa en la boca sólo dice: —Adiós, Collin, hasta nunca —arrastra la maleta mientras sale.
— ¡Bill! —Oye que te grita —Si sales por esa puerta no vuelvas a…
Pero no lo deja terminar antes de dar un portazo.
Bill no va a querer volver nunca, no hace falta que termine esa frase.
&
En el taxi le da un bajón extraño.
El conductor lo mira raro, mientras le dan sudores fríos y le tiemblan las manos.
Es como si durante unos minutos hubiera sido otra persona y no sabe ni de dónde ha sacado la fuerza para hacer lo que ha hecho y decir lo que ha dicho.
Ahora mismo, temblando como un flan y con mirada de perrito asustado, no sabría si tendría los cojones para repetirlo.
El conductor lo mira por el retrovisor.
—No quiero cosas raras aquí, ¿de acuerdo? Nada de drogas.
Bill lo mira y asiente.
—Tranquilo —le dice, no sabe por qué.
Quizá da aspecto de eso, está temblando y suda un poco, además lleva la ropa arrugada. Así que sí, es normal que piense que es un adicto a cualquier sustancia, pasando el peor mono de su vida.
El hombre lo mira un par de veces más, como para asegurarse de que no va colapsar en el asiento trasero de su taxi y el pelinegro sólo le sonríe débilmente, inspirándole una confianza que ni siquiera él sientes.
“He hecho lo correcto” se repite, mientras llega a la casa de Tom. “Todo va a estar bien, todo va a estar bien”.
Pero los cambios asustan más que cualquier cosa en el mundo, y ahora mismo lo ve todo negro.
Aunque irónicamente, el cielo está más despejado que nunca.
&
Subir las escaleras de un quinto sin ascensor con la maleta más grande de la historia debería contar como deporte olímpico.
O a lo mejor es que él es muy débil.
Para cuando llega a la puerta de Tom, tienes la lengua afuera, y si Scotty lo estuviera viendo pensaría que es un perro más.
Abre sin llamar, porque lleva la llave en el bolsillo, y el hecho de que se la haya echado antes de salir le afirma una vez más que volver era todo lo que quería, incluso inconscientemente.
Deja la maleta tirada a un lado y cierra.
Scotty corre hacia él dando saltitos, pero parece ser que no hay nadie más en casa. Lo coge y lo acaricia.
— ¿Dónde está Tomi, pequeño? —pero el perro como era de esperar, no contesta, sólo lo mira con la cabeza torcida.
Deja al perro en el suelo y avanza por la casa, hasta que cae en la cuenta de que a través de la puerta del baño suena agua, y Tom no se ha ido a ningún sitio, solo está duchándose.
Sonríe porque esperaba que estuviera, para poder contarle lo que había hecho, para que lo apoyara en la decisión y porque sí. Porque quería verlo otra vez.
Se sientes como un gilipollas mientras se desviste ahí, afuera del baño; primero las botas, con cuidado, después la ligera camiseta. Casualmente la camiseta es lo último que sale.
Abre la puerta en el silencio más absoluto, tratando de no advertirle a Tom de su presencia ahí, y cuando abre la mampara de la ducha, está de espaldas y no hay manera en la que te pueda oír.
Ha hecho ruido, pero el agua está cayendo tan fuerte sobre su cabeza y su espalda, y los hombros le tiemblan de manera tan compulsiva que sabe sin verlo que está llorando y que no está mentalmente ahí.
Siente un nudo en el estómago. La sensación de que él está así por su culpa agarrándole por el cuello, asfixiándolo.
“No tenía que haber puesto un pie fuera de aquí esta mañana”, se dice mientras le aprieta más y lo siente en la garganta. “Mira lo que has hecho”.
El agua le moja los pies, y le salpica un poco el cuerpo, pero ni se lo piensa cuando se acerca hasta a él desde atrás, y lo rodea con los brazos. El agua caliente, ardiendo, mojándole y pegándolo más a él, su cabeza hundida en las rastas mojadas, sus brazos rodeándolo como si fuera lo único que tiene.
Tiembla un poco y da un suspiro, pero se queda quieto, sin moverse, casi que sin respirar, mientras el agua cae sobre ellos y Bill cree que nunca va a reaccionar, cuando se da la vuelva y lo mira.
— ¿Estás aquí de verdad?
Lo mira, ojos esperanzados y rojos de llorar. Le tiembla la boca y todo lo que el mayor quiere es besarlo para que los labios cojan color y dejen de tiritar.
—Te he dicho que confiaras en mí —dice, y sonríe un poco, dándole ánimos.
—Y confío, pero yo no soy la primera elección. Yo no me elegiría a mí.
Lo dice como si se creyera de verdad que Collin es mejor que él en algún sentido.
—Gilipollas —murmura, y bajando la cabeza, lo besa.
El agua está ardiendo, y aun así tiene los labios fríos y un poco morados, y Bill quiere pintarlos de rojo, no de lila.
Avanza un paso con él pegado a la boca, y lo pega contra los azulejos del baño, y él mismo se pega a Tom como si quisiera que su ADN se adhiriera al suyo.
Suspira en su boca, y se deja laxo contra el moreno, dejándose hacer, como si no se creyera que está ahí, como si lo necesitara demasiado como para oponer resistencia.
Lo besa en la boca, lengua lamiéndole las penas y el agua. Le besa las mejillas, los párpados cerrados, la coronilla. Lo abraza y se queda ahí, la barbilla apoyada contra su pelo, abrazándolo fuerte, incrustando sus huesos a los suyos, y dejándole saber que está de verdad.
“Has estado tantas veces para mí. Dios, estoy, estoy aquí de verdad. Y si me dejas, no me voy a ningún sitio”.
—Tomate el tiempo que necesites —murmura—, pero estoy aquí, y no me pienso ir.
Le muerde suave en el hombro para dejarle saber que lo ha oído, pero no se mueve.
Besa donde ha mordido y abraza a Bill aún más fuerte, si es que eso es posible, y se les están helando los pies, pero da lo mismo.
Todas las pulmonías del mundo merecen la pena ahora mismo.
&
A pesar de todo, el agua caliente no tarda demasiado en terminarse y se ven obligados a salir de la ducha o a enfermar de verdad.
Tom alza la cabeza del pecho del otro y le da un beso antes de salir, aunque lo vaya siguiendo de cerca, como si lo necesitara para asegurarse de que realmente está.
Coge dos toallas y le da a Bill una. La agarra casi al vuelo y se seca como un autómata, mientras lo observa; la toalla en la cara, chorreando agua, desnudo, con las rastas cayendo libres por su cuerpo.
Se seca rápido, casi sin hacerlo bien, y deja caer la toalla al suelo antes de acercarse a Tom y decirle “ven aquí”.
Sacude la cabeza para secar un poco las rastas sin tocarlas mucho, pero se acerca a él, medio sonriendo porque puede ver sus intenciones.
Bill le quita la toalla de la mano, y empieza a secarlo.
El cuello, los pectorales, el pecho, el estómago, las piernas, y está de rodillas secándolo, ascendiendo en vez de descendiendo, y visto lo visto, no es lo único que está “ascendiendo”.
Termina en su cadera, evitando a toda costa la erección que se alza sobre su estómago graciosamente. Apoya la cabeza contra su muslo y deja un beso ahí.
—Bill…—murmura.
— ¿Dejarás que me quede? —pregunta mientras alzas la barbilla y lo mira, a través del pelo mojado, directo a sus ojos color chocolate.
—Sí —jadea—. Dios, ¿qué clase de pregunta es esa? Si por mí fuera, no hubieras puesto un pie fuera desde que te conocí —baja la mano y la posa en su mejilla, acariciándole la cara con el pulgar, lamiéndose el labio.
—No. —dice, alzando la otra mano, acariciando el camino desde su rodilla hasta su cadera, pasando por esa parte del muslo que es sensible. Quiere quedarse de rodillas, pero no es la postura adecuada para lo que va a decir.
Deja caer la toalla, se pone de pie de nuevo y coloca una mano en su pecho, sobre el pulso caliente que le va a mil por hora —Que si me dejarás quedar aquí —y dobla un poco los dedos sobre su pecho, dejando señal de dónde quiere estar.
Tom te mira flipando, su mano, sus dedos, y todo sobre él.
Lo agarra del cuello sin darle tiempo ni a jadear. Lo hace para atrás, lo obliga a pegarse a la su cuerpo, y los dos están contra la puerta, besándose. Un beso más fuerte que el mayor de los truenos, o al menos a Bill le da la sensación de que hace el mismo ruido.
—Imbécil —murmura. Siente la sonrisa contra su boca, y continúa: — ¿Dónde creías que estabas?
Bill ríe, ríe sólo por la confirmación de que siente las mismas cosas por él, ríes porque es feliz.
Porque por primera vez en mucho tiempo puede permitirse la libertad de jugar sin hacer daño, sólo por jugar, sólo para hacer feliz a alguien, no para herir.
Lo siente contra su estómago, duro, caliente y mojado. Siente su forma contra él, alargado, suave y está seguro de que él le siente contra el hueco de la cadera, porque está igual que Tom. O peor.
Baja la mano con una sonrisa en la boca.
—Aquí, tal vez —dice, y Bill está de broma, y Tom lo sabe.
Lo agarra, y tarda un segundo en acostumbrarse a su tacto cálido y pesado contra la palma. Lo acaricia lento, memorizando la curva, y la suavidad de la cabeza cuando toca con el pulgar.
Tom jadea y sonríe como un demonio. Sexy y atrevido.
—Sí, ahí también, ah —un jadeo, los labios abiertos, y rojos, besados y perfectos. Pero entonces coge la mano que lo está acariciando y la quita de sí mismo.
Lo guía hasta su boca y lame sus dedos. —Y aquí —murmura contra ellos, mordisqueando las puntas, haciéndolo sentir mareado, falto de aire, y siente que crece tres centímetros de golpe solo por eso.
Baja los dedos mojados y los guía sobre su propio cuerpo. Bill cree que va a volver a tocarse, pero le sorprende cuando los baja más, y los deja sobre la entrada de su cuerpo, justo donde se muere por estar.
No puede cerrar los ojos ni dejar de mirar cómo Tom se coloca los dedos húmedos. —Y aquí —vuelve a decir cuando se penetra con sus dedos, los dos de golpe y Bill cierra los ojos, pero es él el que jadea con la boca abierta.
Sorprendido y excitado.
Suelta su mano y lo deja solo para que los puedas mover a su antojo, y al principio son movimientos sin ritmo, tanteando, acostumbrándose a la sensación estrecha y caliente del interior de Tom.
Bill va a decirle “¿Estás bien? ¿Te hago daño?” porque se acuerda de anoche y de cómo fue para él, poco a poco, dedo a dedo y mucho lubricante, no dos de golpe y un poco de saliva. Pero cuando va a hablar, las ganas de hacerlo con la polla en vez de con los dedos le ganan y da una embestida, con los dedos dentro, con las caderas sobre él, restregándose y deslizándose húmedo sobre su piel.
Y sabe que le está gustando por el “hmmm” que murmura, y porque cuando mira entre sus cuerpos ve que está húmedo, casi mojado y una gota brillante sale de la punta.
Está perdido en su propio placer y por un segundo no hace nada aparte de murmurar pequeños jadeos y decir “Bill” más para él que para el pelinegro. Alza un poco una pierna y el ángulo es mejor, y tiene más libertad para entrar y salir.
Y por un segundo no se acuerda de qué le estaba intentando demostrar, sólo está perdido en tocarlo, en ver que más puede hacer, cuánto placer puede provocarle. ¿Puede hacer que se corra sólo por eso?
Pero Tom abre los ojos, mirada vidriosa y turbia, y le coge la mano libre perezosamente, moviéndose al ritmo del sexo con el cuerpo, con las caderas; adelante y atrás.
—Pero, sobre todo, aquí —y deja la mano de Bill su pecho, sobre el corazón, justo como había hecho él antes —. No se te ocurra ni preguntarlo.
El mayor está sorprendido y aliviado, y siente tantas cosas a la vez que no sabe ni qué decir, así que agacha la cabeza y lo besa.
Le muerde la boca y de repente, sólo por lo que le ha dicho cae en la cuenta de que, “eh, mira tú por dónde”, no es el único sitio donde le quiere morder.
Se deja caer sobre sus rodillas, y no sabe de dónde saca la coreografía, quizá demasiado porno visto de adolescente, pero pasa una de las piernas sobre su hombro, para que sus dedos puedan entrar y salir de él sin problemas y pone la boca, abierta, mojada y caliente, directamente sobre la piel de la base.
Jadea fuerte y sisea, dejando una mano clavarse en la nuca del contrario, justo donde le nace el pelo.
—Dios, podría terminar solo por eso, cabrón.
Araña con los dientes, perdiéndose en tocarlo con la boca y la nariz, olisqueando, lamiendo y haciéndolo sufrir un poco. La punta de la lengua sobre toda la extensión y cuando está en el final, lo mira.
Bill sonríe de lado cuando ve que le devuelve la mirada, con ojos perdidos, y abre la boca sobre él, dejándole un beso húmedo en la punta, todo labios y lengua, caliente y presión.
Ve cómo se le ponen los ojos en blanco sólo por eso, y los músculos del estómago se le contraen.
—Mierda —dice, y se muerde el puño— Bill, mierda, yo… lo siento pero…—y avanza con las caderas, haciendo que lo reciba con la boca, por primera vez, entero y salado, como si hubiera estado conteniéndose más tiempo del que fuera bueno para la salud mental.
—Ah, joder —está acercándose y lo nota porque le aprieta tanto los dedos, que no puede salir de él, sólo doblarlos por dentro.
Su cuerpo parece saber lo que necesita mejor que Bill, y mejor que él mismo, así que lo deja, deja que mueva las caderas contra él, y lo sujete ahí, recibiéndolo dentro de la boca y escuchándolo gemir, y cuando no le queda voz para eso sólo jadear ronco, cada vez más seguido, más rápido.
Le da libertad para que lo folle como quiera, y si quiere follarle la boca pues que lo haga, no es como si se fuera a correrte sólo por eso.
Para nada.
De repente, siente que pulsa dentro de ti, con un “mierda, mierda” más jadeado que dicho y está amargo y un poco salado, pero aún no se ha corrido.
—No, no, no —dice, y se para. Se fuerza a parar las caderas—. Espera, espera.
Lo saca, y le da un beso otra vez, y ya de paso deja que los labios lo acaricien hacia abajo, sólo los labios resbalando con el poco de saliva que ha dejado, doblando los dedos y haciendo que maúlle.
Se queda pasado por eso, como si hubiera tenido un orgasmo sin tenerlo, temblando de los pies a la cabeza, y Bill está hipnotizado.
—Bill, Bill, para, espera, ven, ven, ven —lo dice como un rezo, y con los ojos cerrados, como si quisiera pero no pudiera parar —. Por favor.
Bill se apiada de Tom, y sea lo que sea que quiera, sube por su cuerpo, y se encaja en él, le rodea la cintura con el otro brazo, le besa la mandíbula, el camino hasta su oreja, le murmura— ¿Qué pasa, Tomi? ¿Qué quieres?”
—Dentro —acierta a decir, pero sigue moviéndose contra sus dedos, y lloriqueando porque quiere correrse pero con eso no puede —, quiero correrme contigo dentro, no tus dedos, tú.
Bill gruñe.
En serio, gruñe como un perro cuando saca los dedos de él y suelta un siseo de placer, le rodea la cintura con la pierna, dejando la otra en el suelo para mantener el equilibrio.
Cuando nota la cabeza contra él, se muerde el labio fuerte, y aprieta las manos sobre los brazos del mayor, tan fuerte que deja marcas.
El pelinegro baja la boca y lo besa cuando da una embestida con las caderas.
El calor lo envuelve de golpe, estrecho y ardiendo, y le jadea en la boca, pero él se traga el sonido diciendo “así, joder, dios, mmm”
Y encontrar un ritmo es facilísimo. El mismo movimiento que hacía contra sus dedos, pero contra él, lento y suave, pero sensual, y llevándose más adentro con cada embestida.
—Dios, Tom, estás ardiendo.
— ¿Se siente bien? —pregunta/jadea, y se ríe— ¿Se siente como el cielo, no? Dios, así eras tú anoche. Tan jodidamente estrecho ahh —se clava como un tren que embiste, y siente el orgasmo en la base de la espalda, a pesar de que hace menos de dos minutos que ha empezado. Mierda.
—Pero…—añade, mientras baja las manos de sus brazos hasta el culo, y se pega tanto a Bill, que no queda un sólo centímetro de Bill fuera— Creo que a partir de ahora te dejaré hacer a ti todo el trabajo…joder, ahh…
Una mano apoyada en la puerta al lado de la cabeza de Tom, y la otra sujetándole el muslo mientras embiste y se está pegando tanto a su cuerpo, que la fricción del estómago sobre su pene es más que suficiente.
Le muerde el cuello, para reprimir un gemido y Dios, Bill está tan acabado.
—Vamos, Tom, mierda, voy a correrme”
—Yo…yo…también —lo presiona más, las uñas en su carne—. Sólo un poco más…—echa la cabeza hacia atrás y deja la garganta expuesta.
Si alguien los estuviera viendo desde la ventana, vería a dos tíos follando como almas poseídas, casi sin ritmo a estas alturas de lo rápido que van y lo desesperados que están por encontrar alivio.
Le muerde la garganta roja por el esfuerzo y Tom se corre.
Murmura un “ahhh” sorprendido, y gruñe como un lobo cuando se vacía contra el estómago de Bill, arqueándose, y apretando tanto los músculos por dentro, que lo exprime hasta hacerle perder la cabeza.
Se corre dejando caer la cabeza en el hueco de su hombro y mientras aún le dan espasmos, porque sin duda fue el orgasmo más largo de su vida, siente que le besa la oreja y lo lame, mordisqueando.
Sonríe para sí y Bill se da cuenta de algo.
Está tan, pero tan enamorado.
—Entonces, me dejas vivir contigo ¿no? —dice de broma.
Tom le da un golpe en el brazo, jugando.
—Imbécil.
&
Sigue el vestido violeta de Sam hasta dar con ella, y ver que está hablando con el “comprador” de la canción. Desde lejos no puede ver mucho de él porque está de espalda, pero cuando está sólo a un metro, lo ve moverse y lo reconoce.
Sólo por cómo mueve las manos en el aire, y por cómo hace reír a Samantha, y sobre todo por la manera en la que él mismo se ríe.
Bill sonríe como un gilipollas porque está ahí, y va hasta él, abrazándolo por detrás y dejando la cabeza apoyada en su mejilla.
—Así que tú eres el misterioso comprador.
—Yo también me alegro de verte —dice de vuelta, y se separa de Bill lo justo como para darse la vuelta y besarle.
Besar a Tom sigue siendo lo mismo tres años después. La misma sensación de electricidad en la punta de los dedos, y el sentimiento de ser invencible.
—Hola —murmura contra sus labios.
Oye a Sam carraspear de fondo pero le da igual. Es tú club, y es New York, si no toleran a dos chicos besándose, que se traguen sus propias lenguas y se mueran de rabia, que a Bill le da lo mismo.
—Creía que no vendrías.
— ¿Y perderme tu primera presentación de composiciones? Ni de broma…—le sonríe y se separa un poco de él, recobrado la compostura— Además, he venido a comprar una canción, ¿ves? Es sólo para mí —dice, señalando a Sam, y los papeles que tiene en la mano.
—Podrías tocarla para mí —le pregunta Bill, curioso, mientras sus dedos se unen con los de Tom en un gesto inconsciente.
—Por supuesto, sólo si tú la cantas. Hablas de lo hermoso que soy.
— ¿Eso no es narcisismo, cariño?
—A la mierda —dice, con una risa, y añade—, además, seré como Dorian Gray, no envejeceré nunca.
Rueda los ojos, porque en serio, Tom no tiene remedio.
Y lo peor de todo, Bill no quiere que lo tenga.
Le pasa un brazo por encima de los hombros, mientras nota que la banda va a cambiar, y es el nuevo grupo de Tom, y piensa en lo que ha cambiado su vida en los últimos años.
Están viviendo en Nueva York, en una casa cerca de la playa, pero humilde y muy parecida al anterior departamento de Tom, nada ostentoso.
Tom ha conseguido entrar en un grupo y tiene conciertos a menudo, haciendo lo que más le gusta.
Y Bill ha conseguido abrir un club completamente propio, donde vende lo que él quiere, cuando quiere, y cómo quiere.
Ve su vida pasada como algo tan lejano que si le preguntan, diría que sólo ha sido un sueño, que no existe.
—Oye —dice Tom, interrumpiendo el curso de sus pensamientos—, ¿crees que ésta noche podrás escaparte antes? Ya sabes… para celebrarlo.
Hace como que se lo piensa— Hmmm… no sé.
Se pega a Bill, y le dice contra la oreja— Vamos, y te dejo que me jales las trenzas mientras… tú sabes. Sé cuánto te gusta.
Bill se muerde el labio.
—Eso es hacer trampa.
—Y a ti te encanta que sea tramposo.
Y ahí lleva razón.
Lo coge de la mano, y se hacen paso entre la gente, porque puede que esta sea la noche de Bill, esa en la que tiene que triunfar y vender más composiciones y bandas que nunca, pero es Tom quien la hace especial.
Y eso vale más que toda la música del mundo.
F I N
Espero que les haya gustado el final, y la historia en sí. Muchas gracias a la gente que me siguió durante el desarrollo de «Encantado, Tom»; a la gente que comentó y me apoyó, en serio muchas gracias. En fin, espero que lo hayan disfrutado:3
dios, esto fue simplemente hermoso. realmente no tengo palabras para describir lo especial e íntima que fue esta historia para mí, porque es de esas historias que a pesar de ser cortas, tiene ese algo especial
y sin dudar alguna, este tom que creaste y escribiste, es uno de mis favoritos, de mis nuevos bebés, porque simplemente fue tan especial y precioso, que unas ganas de llorar me daban por no ser bill
claro, me hubiera encantado leer esta historia desde el punto de vista de él
y así, esta historia realmente queda tan bien con enchanted de taylor swift <3
gracias por escribir esta joya preciosa