
Notas: No se dejen llevar por el «Bill – Original».
Aquí el primer capítulo, enjoy.
Fic TOLL de Rhianne
Capítulo 1
Sueño repetitivo.
Pesadilla repetitiva, más bien. Es imposible que eso sea un sueño.
Llevó su mano izquierda hasta su frente, y se relajó de golpe al saber que estaba vivo, que los disparos, la sangre y el estridente ruido, eran producto de su enferma imaginación.
Cuarta noche, cuarta pesadilla consecutiva. ¿Cuándo empezó a sentirse tan claustrofóbico en su propia casa? Sentía que las paredes iban a exprimirlo, y el gran espejo pegado en su techo le devolvía un reflejo penoso; tenía los ojos muy rojos, la piel más blanca de lo normal, y estaba empapado en sudor.
Decidió recuperarse por completo antes de ir a recorrer su hogar para buscar a Collin, no lo vio a través del espejo, y su lado de la cama estaba frío, por lo que dedujo que llevaba fuera de ésta un par de horas. Pensó en ir a prepararse un café, pero eso lo pondría hiperactivo y no era lo que quería, así que se fue derecho hasta el único lugar donde su pareja podía estar: el estudio.
Sin molestarse en tocar, entró y se encontró con una vista que le robó el aire unos segundos; Collin estaba sentado en el suelo con una libreta en sus manos y expresión indescifrable. Mordisqueando el lápiz con el que escribía, levantó su vista hasta el recién llegado y enarcó una de sus cejas.
— ¿Vas a entrar? —el tono duro de su voz le indicó que no estaba de buen humor, y lejos de asustarlo, le agradó.
Sin más que asentir con la cabeza, entró y se sentó a su lado.
—No deberías trabajar tanto, malgasta tu tiempo en mí—emanó una sonrisa, y se acomodó en el hueco que se formaba entre su hombro y su cuello para plantar un beso, y succionar despacio.
—Bill, no—lo alejó tanto como pudo, y suspiró—. Sabes que no puedo atrasarme, y también sabes que odio ser irresponsable.
Y Bill sabía todo eso.
Pero no sabía que su pareja podía rechazarle así de nuevo.
De nuevo, porque no era la primera vez, ni la cuarta… tal vez ya era la décima, y él comenzaba a cansarse.
Resopló lo más fuerte que pudo y se puso de pié, dando un portazo infantil y que daba a entender que estaba frustrado sexualmente cual adolescente caliente, pero no era así. Estaba cansado de su pareja.
¿Cuándo Collin se había vuelto tan materialista? ¿Cuándo se había vuelto tan ambicioso?
Ganaban buen dinero juntos, y por separado. Collin era compositor, y muy famoso en Estados Unidos, además de solicitado. Bill tenía un club de alto prestigio por dar lugar a los primeros conciertos de bandas que luego se volvían muy famosas, todas entraban siendo amateurs y luego de un par de semanas, un productor las descubría y brillaban. El club era de él, pero Collin solía administrarlo porque era bueno en eso, y porque a Bill le gustaba complacerlo.
El problema vino cuando Collin se obsesionó, por así decirlo. Nunca estaba conforme. Siempre quería más y más dinero.
¿Cómo Bill no lo notó antes?
Su relación estaba fría como el hielo, y si bien adoraba a Collin, no estaba dispuesto a cargar con una relación que no lo hiciese feliz.
Confundido y dolido como estaba, fue a la cocina prendiendo de paso todas las luces. Aún no amanecía y estar a oscuras en ese estado lo ahogaba. Se sirvió agua fría y dejó caer el vaso al suelo.
Salió rumbo a la habitación cuidando no cortarse los pies, total, él limpiaría luego. No es como si Collin fuese a salir del estudio para ver qué pasaba.
&
La noche estaba tranquila, la banda que tocaba era buena y por algún lado andaba Jost, uno de los mejores productores de Los Ángeles, y el que más recurría a ver bandas al club.
Mientras fumaba, Bill divisó a Collin inclinado sobre la barra y se dedicó unos minutos a recorrer su figura desde lejos; llamativo. Todo en Collin era llamativo. Tenía un rostro fino, aunque no perfecto, pero ese era parte de su encanto físico.
Con cortas caladas se terminó el cigarro y lo apagó en el cenicero.
—Hey… —sintió que le palmeaban la espalda y se volteó. Lo miró con una sonrisa grande y sincera, saludó con la cabeza y esperó.
— ¿Qué clase de canciones está escribiendo Collin? —la pregunta de su amigo lo descolocó por completo. Bill se limitó a fruncir el ceño.
—La banda que está tocando ahora, no es nueva…—Georg suspiró al ver su rostro aún más confundido y continuó—. Collin dejó que hicieran una segunda presentación aquí como modo de agradecimiento, y también para promocionar el club. Pero a cambio, él debía escribirles una canción, y la están cantando justo ahora —Georg le hizo un gesto para que no hablara, y ambos se concentraron en la letra. Bill sólo logró entender que se trataba sobre una infidelidad, y guardar un sucio secreto.
Extrañado, Bill comenzó a buscar con la vista a Collin en la barra, y se sorprendió al verlo charlando animadamente con Jost. Se levantó de la silla en la que estaba, y con sólo un gesto, le hizo entender a Georg que se iría de allí.
Vio dos cosas antes de salir de su club: a Georg mirándolo fijamente, y a una puta en la barra atendiendo a su más fiel cliente.
Un momento, esa puta era su pareja.
&
Los Ángeles era diferente, muy diferente a Alemania.
Llevaba viviendo en Estados Unidos desde los diecinueve años, y aún no lograba acostumbrarse.
Caminaba a paso lento, pateando piedras y tarareando en voz baja. Apenas media hora de caminata y no dejaba de pensar.
¿Qué sería de él si se hubiese quedado en su país natal?
No habría conocido a Collin, sin duda. No tendría el club. No tendría esa maravillosa y acogedora casa. No tendría tanto dinero.
Dinero, lo que más odiaba en ese momento por haberle arrebatado la vida a su novio, transformándolo en algo que ya no conocía.
—Eh, cabrón, un dólar menos no te matará—y tuvo que darse vuelta, porque ese acento lo reconocería en cualquier lado.
Es un chico, tiene rastas largas, y pinta de mafioso. Bill lo supo por la mirada disimulada que le dio.
Tiene una guitarra en el regazo, y acomoda una gorra en el suelo que contiene dinero.
Bill sale de su trance cuando el chico comienza a tocar, y luego de unos segundos acompaña la melodía con su voz. ¿Qué toca? No tiene idea, pero lo hace bien. No es afinado al cien, pero su voz ronca le da un no sé qué que le suma puntos.
Se acerca un poco más, moviéndose entre la gente que a esa hora sale de comidas y antros del barrio. Varios se detienen como él a oírlo, pero está seguro de que él tiene más interés, así que no se detiene hasta estar muy cerca.
¿Había dicho que tenía pinta de mafioso? Bill no puede evitar esbozar una sonrisa al ver mejor al muchacho. Pensar que lo tachó de maleante cuando probablemente no pasa los quince y tiene cara de ángel.
Los minutos pasan y el chico le da las últimas rasgadas a su acústica, canta la última estrofa y la gente aplaude, dejan dinero sobre la gorra y algunos se marchan. Bill está hipnotizado, y no hace nada más que mirar.
Y sin darse cuenta, se queda oyendo hasta que no hay nadie más que él. El crío de quince lo mira de reojo mientras toca y sonríe de lado.
Un cigarro aplastado en el suelo hace varios minutos; el niñato sonriendo y tocando hace varios minutos más; y él, él mirando embobado como si no fuese tarde, como si no tuviese que volver a casa porque seguro le espera una gran discusión de pareja.
Aparta la mirada como adolescente cuando el muchacho lo mira. Su guitarra ya enfundada y él sin siquiera percatarse de cuándo dejó de tocar, mucho menos de cuándo guardó la acústica. Siente su mirada y no sabe porqué, hasta que lo recuerda.
Ah, el dinero.
Qué idiota.
Mete la mano en su bolsillo, y saca veinte dólares. Y no piensa que sea mucho, porque él tiene un club donde se presentan bandas y sabe que él podría brillar ahí si quisiera.
El niñato no le quita la vista de encima, y Bill se comienza a incomodar. Se voltea rápido luego de dejar el dinero en la gorra, y da un par de pasos.
—Tío, debiste equivocarte—toma su brazo, y lo ve con los billetes en la mano, con la intención de devolvérselos.
Siente algo agradable en su pecho al ver que el dinero no le importa tanto, después de todo.
—Es tuyo, te lo ganaste.
El de rastas, unos centímetros más bajo que Bill, frunce el ceño.
—No soy tan bueno.
—Entonces no ves lo que yo veo—no sonríe, porque no lo conoce, pero su tono es sereno, al igual que su expresión. Con una inclinación de cabeza, Bill pretende volver a perderse en la masa de gente que sigue deambulando por ahí.
— ¡Tío!
Vuelve a llamarlo.
Suspira y controla las ganas de partirle la cara, porque en casa le espera algo feo, y porque sospecha que su novio le es infiel. Pero, ¿qué culpa tiene ese ser que parece sacado del jardín de infantes?
—Si no vas a recibirlo de vuelta, déjame invitarte a una cerveza, al menos—y ahora Bill no puede evitar sonreír. ¿Una cerveza? Esa cosita con rastas no puede ser mayor de edad.
Quiere gritarle que es tarde para él, que su madre debe estar preocupada y que si no se duerme luego, será una tortura despertarse para no llegar tarde al jardín mañana.
«Jódete, crío »
Pero lo está mirando con ojos de cachorro, y la luz artificial de la calle lo favorece.
Bill decide que la pelea puede esperar, que sus días han sido una verdadera mierda y se merece un día libre.
Se acerca con las manos en los bolsillos, mirando a cualquier lugar aparentando indiferencia que no siente, y cuando llega hasta el rubio, sonríe.
Ilumina su pésimo miércoles con esa sonrisita que no puede ser de colegial, porque tiene rasgos femeninos, así que, de colegiala, y se encoge de hombros.
El rubio achina los ojos cuando ensancha la sonrisa, y el piercing en el labio, que Bill no había notado, le parece lo más interesante del mundo. Se cuelga la acústica enfundada al hombro y le ofrece la mano al pelinegro, quien gustoso la estrecha.
—Por cierto, dime Tom.
—Encantado, Tom. Yo soy Bill.
Continúa…
Denle una oportunidad.
Se acepta de todo; sugerencias, críticas, lo que sea. Y no duden en avisarme si tengo algún error.