3: Una promesa y una sentencia

3: Una promesa y una sentencia

Fic de Xim_Alien

3: Una promesa y una sentencia

-Omnisciente-

La primera noche fue un verdadero infierno. Bill trató de distraer su mente en la tarea, en los libros y en el proyecto que se avecinaba, no pudo hacer nada de esas cosas porque solo pensaba en lo solo que se sentía, en el sonido apagado y ensordecedor de la soledad que ya lo rodeaba y se imaginaba saliendo de su casa, yendo detrás del tren para lograr detenerlo y decirle que no se fuera, que se quedara o moriría de tristeza.

Pasaron por su mente una y mil formas de hacerlo volver, de darle todas las soluciones para que no volviera a irse, pensó en ofrecerle todos los millones de los que sus padres eran dueños. Pensó en que podía hacer que pensara mejor todo, quizás con el dinero ofrecido, Tom dejara de pensar que necesitaba ese empleo para reunir experiencia, tal vez, y solo tal vez, podía convencerlo de quedarse con él,

No pudo concentrarse en nada, no hizo nada de lo que imaginó podría hacer sin nadie que lo molestara cada dos por tres para darle un beso, iniciar un masaje relajante y tampoco habría nadie que le hiciera el amor, nadie que lo molestara, nadie que tratara de jugar con él a un juego tonto y bobo que acabaría en cosquillas, risas y en besos tiernos. La primera noche se quedó dormido luego de llorar amargamente, rogándole a Dios que su novio regresara, y que le pidiera perdón por siquiera considerar la idea de dejarlo solo por tanto tiempo.

A la mañana siguiente el dolor de cabeza era casi tan insoportable como la misma soledad que sentía en su pecho, pero llegó Catherine, y lloró con ella. Catherine no sabía qué hacer ni qué decir, era un tema que Tom siempre había querido hablar con él, y cada vez que lo intentaba, Bill buscaba la manera de evadir la charla, así que prácticamente, él rechazó la oportunidad de ir tanteando el terreno antes de que todo empezara. Bill no dejó que Catherine se fuera esa noche, ni la siguiente, ni toda la semana, Catherine terminó mudándose al departamento de Bill, y eso lo tranquilizó un poco. Aún así y, a escondidas, Bill lloraba con cada uno de los mensajes de Tom, cada vez que le escribía la falta que le hacía, lo mucho que lo extrañaba, y todo el tiempo que gastaba pensándolo, Bill estaba seco, los surcos de lágrimas en su rostros ya estaban marcados, y cada segundo más, cada lágrima derramada, hacía escocerle la piel un poco más.

Los primeros cinco días pasaron, logró atender sus clases como pudo, realizar tareas, incluso escribió un par de canciones dedicadas al dolor que lo embargaba, y el segundo sábado, se halló nuevamente sumido en una depresión palpable. Estaba acostumbrado a la rutina con él, los paseos, las risas, el compartir la ducha, el detalle que le cocinara, todo, exactamente encontraron la manera de hacer todo, todo en absoluto juntos.

De repente, le llegó una idea como un trueno, al día siguiente la cosa iría mucho peor, quizá igual que el primer domingo solo, o peor, no sabía si le sabría más extraño o más conocido el sentimiento de estar solo, o se le haría un poco más manejable, pues ya había pasado un fin de semana sin él. Sin embargo, por un segundo pudo hacer a un lado la idea de que la mañana siguiente no vería al amor de su vida, y entonces, llegó otro trueno, un flash y una idea que lo hizo sonreír, un plan para no morir en el proceso de espera.

En cuanto sintió que la hora adecuada, para él, mas no para Tom, sin importar lo que Tom estuviera haciendo o no, marcó rápidamente el teléfono de su pareja. Al otro lado de la línea, un Tom cansado, somnoliento y con los ojos más cerrados que abiertos, contestó por pura inercia.

—¿Sí?

—Quiero que me llames y me informes lo que haces cada cinco horas por lo menos, ¿de acuerdo?

—¿Qué? ¿Bill? —preguntó esperando que se tratara solamente de un sueño.

—Sí, ¿quién más si no? Dime por favor que entendiste.

—Mi amor, no sé ni siquiera qué hora es, no… Espera, ¿cinco horas de qué?

—Pon atención, Tommy, mi vida, escúchame, necesito que te reportes, que me llames al menos cada cinco horas al día para decirme que estás bien, que me extrañas, que estás masturbándote conmigo en tu mente, incluso para decirme un solo buenos días o buenas noches, o solo un te amo. ¿Entendiste?

—¿De qué se trata esto, cariño?

—Promete que lo harás.

—Bill, no sé si pueda cada cinco horas. Son las cinco de la madrugada.

—¿Madrugada? ¡Ya amaneció!

—Bill, escúchame ahora a mí, te amo y te extraño, pero también necesito que entiendas que mi trabajo me va a absorber, por eso quería hablar este tema con muchísima anticipación, pero en cada momento que empezaba a hablar, te desnudabas y terminábamos haciendo todo, menos hablar.

—Sí, lo entiendo, créeme que entiendo todo, pero no quiero hacerte perder el tiempo ni que me odies, solo quiero saber que estás pensando en mí y que estás bien, a salvo.

—Bill —dijo Tom con la voz cansada y con más sueño que con el que se fue a la cama.

—¡Promételo, con un carajo!

—Bien, bien, bien. Te lo prometo, pero te devolveré la llamada después de que termine de desayunar, ¿bien?

—De acuerdo.

Tom lo prometió, hacía cuanto podía para calmar a su novio en Colonia, mientras él trataba de construir un futuro sólido, hacer sus sueños realidad, pero sobre todo, trabajar en lo que siempre quiso, y eso no solo era un capricho, sino también una forma de expresión que él tanto anhelaba para su vida profesional. En Berlín era poderoso, se sentía confiado, sí, extrañaba a su novio, pero siempre pensó que podría más el deseo de hacer lo que siempre soñó, de llegar a donde siempre apuntó, que la extrañeza de vivir junto aquél chico que le robaba la respiración. Lo que no sabía Bill, es que Tom también lloraba en cuanto se quedaba con un minuto libre de actividades, cuando el sol se ocultaba y el cielo oscuro quedaba encima de su cabeza y no habría nada más que hacer que dormir, y se queda dormido con las lágrimas secas en sus mejillas. También lloraba cuando el agua de la ducha caía sobre su cabello, cuando salía y volvía la mirada al cielo gris, cuando volvía al cielo y veía el cielo azul y claro con los primeros rayos de sol en la mañana, y los anaranjados con tintes morados al atardecer, cuando veía el suelo que sus zapatos pisaban a cada paso, el pasto y las flores marchitas como las nacientes. Y se prometió que haría lo que fuera necesario para darle la vida que está acostumbrado a vivir, porque a pesar de que se había empeñado a que sería mejor romper con él que vivir lejos de él, siempre rezó porque Bill no lo permitiera, que siempre se quedara con él, y gracias a Dios, siempre evadió el tema, la conversación incómoda, y terminaron por alejarse en la distancia, con los corazones más unidos que nunca, y con un par de futuros inciertos, pero con la estabilidad de que lo terminarían haciendo bien.

Las llamadas llegaban a veces cada cinco horas, en ocasiones cada tres, raras veces cada dos horas, y en fines de semana, especialmente los domingos, ninguno de los dos colgaba.

—¿Por qué si tienes tiempo no vienes? —preguntó Bill en la silla de playa junto a la piscina del edificio.

—Ya te lo había dicho, quiero aprovechar este día para hacer limpieza, lavar ropa sucia y en fin, descansar. Perdóname por no ir.

—Entiendo, solo que te extraño y no sabes cuanto —dijo tratando por todos los medios de no llorar, no quería hacerlo sentir mal, y sobre todo, mostrarse como alguien débil.

—Te prometo ir el siguiente fin de semana, ¿de acuerdo?

—¿En serio?

—Te lo juro, iré pase lo que pase.

—¿Así llueva, truene o relampagueé?

—Sí, pase lo que pase allá me tendrás.

—De acuerdo.

Había pasado exactamente una semana, la primera semana sin él, y Bill y Tom se extrañaban como nunca lo habían hecho en lo que llevan de relación. Una semana larga y llena de sufrimiento para ambos desde que Tom se había mudado, y al día siguiente de esa llamada, Bill dio inicio a una serie de cosas que ya había dejado de hacer.

Luego de clases se enfocó en asear su cuarto, sacó una bolsa grande de basura, sacó de su habitación cosas que no pertenecen, como vasos, tazas y platos que Bill llevaba para comer mientras hacía tarea y proyectos. Catherine ya había preguntado dónde es que estaban esos trastos, y Bill siempre sonreía sabiendo que todo estaba en su habitación.

El martes juntó toda la ropa sucia, y la puso a lavar, incluyó tres playeras que Tom había olvidado en su casa. El miércoles, luego de clases fue a la farmacia para proveerse de cosas que necesitaría el fin de semana, preservativos y su lubricante favorito de su pareja. Para el jueves ya lo tenía todo, pero quería dejar lo más importante para el último, así no dejaría lugar para que el vello creciera y se volviera un puercoespín al tacto de su novio.

Si bien es cierto que a Tom le gusta Bill tal y como es, también es cierto que las fantasías también son un deleite si extrañamos practicarlas de vez en cuando, y para Bill esto significaba una importante oportunidad.

El sábado llegó, Bill había agendado una cita para que le retiraran el vello corporal en piernas, abdomen, espalda, pecho, incluso el vello de los brazos, y a las cuatro y media de la tarde, él ya estaba listo y con una sensación extraña sobre la piel debajo de la ropa. Pero sonrió en cuanto se miró por el espejo que se encontraba en el recibidor de la clínica.

Luego de pagar y agradecer a la chica que lo atendió detrás del mostrador, recibió la llamada de la persona más guapa en el mundo y por el que estaba a punto de sentir una picazón donde la loción hidratante no había sido suficiente.

—¿Dónde estás, amor? —preguntó Tom casi desesperado.

—¿Cómo que dónde estoy? ¿Dónde estás tú?

—En tu casa, corazón.

—¿Ya estás ahí? Oh dios mío, ¡no te muevas!

Bill subió a su auto, lo puso en marcha y aceleró hasta llegar a su casa, a regañadientes tuvo que esperar durante la luz roja de tres semáforos, aún así, no respetó el límite de velocidad en lo que restó del camino, dentro de su lógica, era más ilegal pasarse una luz roja, que respetar el límite de velocidad.

Dejó el auto afuera de la cochera, pero dentro de la casa, no le importó que se quedara encendido, lo primero que hizo fue detenerse, se quitó el cinturón de seguridad, abrió y salió del auto para después cerrarlo con un portazo, pero en ningún momento recordó quitar la llave del contacto.

Entró a casa y ahí estaba él, hablando con una Catherine sonriente y los dos volvieron hacía él, quien respiraba con dificultad.

—Mi vida —dijo con una sonrisa en los labios, una sonrisa que se ensanchó a lo largo de la cara, de oreja a oreja, Tom nunca lo había visto sonreír así.

—Hola, mi amor. ¿Dónde estabas?

—Preparando mi culo para ti —dijo en voz alta sin importarle la presencia de Catherine, pero ella mejor que nadie lo conocía, y sonrió rendida.

—Yo los dejo. Bill, cariño, dejé bastante comida para los dos en el refrigerador, debo irme.

—Sí Catherine, mil gracias.

—De nada. Cuídense, por favor.

—¿Y bien? Creí que me recibirás con un beso largo de esos que…

Bill no le permitió terminar su reproche, en cuanto Catherine estuvo fuera, se abalanzó sobre su novio para besarlo, con la fuerza que empezó a describir, un beso largo y cargado de pasión, deseo, pero sobre todo, cargado de ternura.

—Si por mí fuera, no dejaría que te fueras nunca.

—Lo sé, no tienes que decírmelo, sé que si por ti fuera, no me dejarías cumplir mis sueños, me tendrías amarrado a ti, a esta casa y harías de mí un esclavo sexual.

—Sí, me conoces perfectamente. No dejes que nadie diga lo contrario, ¿entendido?

—Sí, mi capitán, como usted ordene.

—Bien. Ahora, ¿quieres llevarme a la cama o a donde tú quieras? Te tengo una sorpresa.

—Te depilaste, ¿verdad?

—¿Cómo sabes?

—Hueles a esa loción de aquella vez, y si no mal recuerdo, también estabas depilado ese día.

—Es que fue nuestra primera vez, y me puse todo ansioso.

—Ansioso, cachondo, y súper, súper lindo.

—¿Eso crees? ¿Estuve lindo ese día?

—Eres lindo, siempre estás lindo.

—Solo para ti, mi amor,

—Gracias a Dios por eso.

Los dos terminaron en la cama, hicieron el amor, tuvieron dos orgasmos cada uno, se cargaron de energía luego de una mini siesta, y siguieron haciéndolo dentro de una habitación limpia, fresca, como nunca antes había estado, sin ninguna mota de polvo a la vista. Bill había hecho sus tareas de la casa, incluso mejor que Catherine.

—No quiero dejarte ir —confesó Bill.

—Mi amor —contestó Tom de forma apresurada, como para evitar sacar a la luz ese tema que estaba bien donde estaba, ahí, oculto, que se sentía tajante y estorboso en la habitación como un enorme elefante, pero la realidad, era que ninguno de los dos quería hablar de él. No en ese momento.

—No, solo escúchame, no quiero dejarte ir jamás, no quiero estar lejos de ti.

—Bill, no puedo quedarme, lo sabes.

—En ningún momento dije que quería que te quedaras aquí.

—¿Entonces? No te entiendo para ser sincero.

—¿Quieres que me mude contigo?

—Oh Bill, no creas que no lo pensé, pero aún te faltan siete semestres, amor, no quiero que pienses que puedes dejar a un lado lo que ya has hecho por seguirme.

—Puedo pedir mi transferencia a Berlín.

—Bill, no.

—¿No me quieres contigo?

—¡No estoy diciendo eso!

—Puedo pedir mi transferencia y vivir contigo, Tom. No sabes lo mucho que lloro cuando no estás aquí.

—Lo que no quiero es que dejes todo aquí por mí.

—No lo voy a dejar todo, me llevaré a Catherine conmigo, no pienses que ahora en adelante yo haga de comer y todo eso.

—No, Bill, tienes tus amigos, y es prácticamente una rutina la que tienes aquí.

—¿Rutina? ¿Llamas rutina a llorar desconsolado cada vez que recuerdo que no estás conmigo?

—Sabes a lo que me refiero, amor. Además, ni siquiera sabes lo que tus padres dirán.

—Agh, no comiences con eso, sabes perfectamente que entre más dinero, más solo y lejos estoy de ellos.

—Aún así, no creo que estén de acuerdo con esta idea.

—Ellos no están de acuerdo con nada de lo que yo haga o decida para mí, y lo sabes. Pero está bien, te hago responsable si muero por inanición.

—Bill, no digas eso, por favor. Solo falta que nos acostumbremos, y no concibo la idea de que te vayas a vivir conmigo, no porque yo no quiera, sino porque tanto yo como tú necesitamos vivir experiencias propias. Ir a fiestas con tus amigos, estudiar, desvelarte por estudiar, que se te haga tarde para un examen, estudiar para tus exámenes con tus amigos, ir con ellos a presentaciones de música, quiero que vivas antes de que…

—De que ¿qué?

—Nada. Solo piénsalo, por favor, es mejor que te quedes aquí.

—¿Me estás engañando, Tom?

—¡¿Qué?! ¡NO!

—Por eso insistías en hablar sobre nuestra relación antes de que te fueras, por eso no quieres que vaya yo a visitarte, tienes otra persona allá, ¿cierto?

—No puede ser. Bill, escúchate, por favor.

—¿Por qué no quieres que vaya contigo? Y será mejor que me mientas perfectamente para quedarme aquí tranquilo, o te juro, te juro por la creencia que quieras que seguiré pensando que tienes otra persona en Berlín.

—Quiero que vivas aquí más tiempo antes de que…

—¡Maldita sea, Tom, solo dilo!

—Antes de que te pida que te cases conmigo.

Ambos seguían en la cama, desnudos, cuando Tom hizo aquella confesión. Bill fingió por un pequeño instante que no lo había escuchado, pero su mente trabajó más rápido en ese momento y algo le dijo que si le insistía en repetir aquella frase, algo no sabría igual, y no lo quiso intentar. Se sorprendió, se quedó mudo por un segundo, y Tom quería atesorar ese momento para siempre, por siempre y que perdurara en su memoria por el resto de su vida. El rostro de Bill, de un momento a otro, solo irradió luz, sonrió, sus ojos se cristalizaron y de repente derramaron lágrimas de ensoñación pura. Bil nunca se había visto más tierno, hermoso y sublime. Su expresión era digna de una fotografía y tenerla siempre en su escritorio en su oficina, y no dejó pasar la idea, tomó su celular rápidamente, desbloqueó el dispositivo y en un segundo tenía enfocado en su pantalla a su novio, con esa expresión tan dulce y magnífica, presionó el botón y capturó de una sola toma, una foto y un recuerdo perfecto. Cuando comprobó el resultado en su carrete de fotos, se le antojó la reacción más dulce de su novio, y fue esa misma foto la que colgó en sus redes sociales en el siguiente segundo que dejó de verla para empezar a presumir lo bello que le resultaba su pareja, y escribió una leyenda, la misma para todas sus redes sociales “No puede ser más perfecto, este chico será mi esposo muy pronto. Gracias, bebé.”; y esa misma foto, fue la que tiempo después, formó parte de su lugar de trabajo, hogar, corazón y mente.

Tom se terminó yendo el domingo a las seis y media de la tarde, dejando a Bill en un departamento de tamaño grande, teniendo en cuenta que solo era para él y Catherine, una mujer menuda, sin muchas cosas que pueda ocupar espacio en ese departamento, pagado por los padres de Bill, mismos que no veía a menudo, más bien, casi nunca. Y esa noche volvió a llorar, no porque se sintiera solo, al final de cuentas, estaba Catherine haciendo ruido en la cocina con las cacerolas y televisión encendida, veía su novel favorita, mientras Bill contemplaba el cielo afuera en el balcón, recargado en la barandilla, con los ojos soñadores y la dulce esperanza porque una fecha llegara pronto. Nunca había imaginado tanto un momento en especial como esa noche, y deseó con todas sus fuerzas que llegara el día de su graduación.

El trato de las llamadas siguió en marcha, Tom encontraba el tiempo o lo hacía aparecer si le era necesario, si necesitaba escuchar la voz de su novio, de su prometido, y entonces volvía a respirar con la normalidad que su cuerpo requería.

Y las llamas durante el día a veces no eran suficientes, y llegaban llamadas también durante la noche, se llamaban por teléfono, cada mañana se daban los buenos días, fue la única forma de que Bill soportara, había sido un trato entre los dos, y de alguna forma, aunque doliera en el fondo, funcionaba. Sin embargo, para ambos, tanto tiempo lejos del otro, con una promesa que ambos sostenían, hacía que el tiempo durara menos y que pasara un poco más rápido.

Pasaron los días, las semanas y luego pasó el primer mes, Tom no pudo viajar para visitarlo, así que la compensación del primer mes sin visita, fue con una llamada que duró todo el día, y Bill fue testigo de un día en el estudio de grabación, Tom debía de hacer sonar excelentemente bien a un trío de chicas, y lo estaba haciendo de maravilla.

—Eres el puto amo, mi vida —declaró Bill por la videollamada.

—Gracias, cariño, pero no es el sonido que su agente quiere, para mí es el correcto, solo que aún no confían en mí.

—Pues hazlos que te escuchen, no imagino su sonido de otro modo. Ellas deben sonar así o no tendrán éxito.

—Es lo mismo que he pensado. ¿Cómo te va en la universidad?

—Bien, mis papás me están preguntando si ya tengo en mente la especialidad que tomaré, me tomó por sorpresa, ¿sabes?

—¿Ah sí? ¿Por qué?

—Es la primera pregunta que me hacen desde que me preguntaron si ya sabía lo que quería estudiar, eso pasó hace dos años y medio.

—Oh, lo siento, mi vida. Por cierto, ¿y Catherine? ¿Cómo está?

—Bien, amor, dice que espera que te esté yendo excelente.

—Oh, mil gracias, debo hacer que me escuchen como dices, y entonces sí seré el mejor productor de Alemania.

—Ya eres el mejor, y no pienso discutirlo.

Tom no pudo ocultar esa sonrisa.

Tom regresó a Colonia con el amor de su vida para una fiesta en Halloween organizada en la facultad, luego regresó para las fiestas navideñas, sin embargo, para el veintisiete de marzo, luego de meses separados, unidos por llamadas, esas mismas llamadas dejaron de llegar, y la preocupación de Bill creció, todo el día, ese viernes salió de la universidad pensando que tal vez su novio tenía un d´´ia extremadamente ocupado, y no hizo deberes, no hizo tareas, no habló con sus amigos, no le dio un beso a Catherine al llegar al departamento, se sentó en el sofá a enviar mensajes que no fueron contestados, y en la noche, con el alma en la garganta, con los nervios a flor de piel, con el miedo intensificado y con la preocupación de quien no sabe lo que pasa con la persona más importante de su vida a miles de kilómetros lejos, Bill recibió una llamada por fin, del número de Tom, pero no pudo contestar porque se le congeló la sangre, los músculos y los huesos se le pusieron todos rígidos, sabía que algo malo estaba pasando, supo que no era Tom del otro lado del teléfono, y cuando pudo contestar al fin, el alma se le fue de su cuerpo, las lágrimas se desbordaron sin piedad, sin tener en claro si podrían parar o no, él sabía que sería dificil detenerlas, y no intentó hacerlo. Cuando la persona al otro lado de la línea se identificó como la doctora a cargo del accidente que había sufrido Tom, Bill dejó de respirar, un zumbido apareció en el interior de su cabeza, parecía que le explotaría de un momento a otro, y lanzó un grito de muerte cuando esta persona, una completa desconocida para él, le decía que en ese momento, Tom se encontraba en estado vegetal, una muerte cerebral que no tenía ninguna señal de mejora.

Continúa…

Gracias por leer. Te invitamos esperar el capítulo final 😉

por Xim_Alien

Escritora del Fandom

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