4: Luces rojas

4: Luces rojas

Fic de Xim_Alien

4: Luces rojas

No lo pensó más, lo primero que Bill hizo en cuanto el zumbido dentro de su cabeza desapareció, fue tomar una maleta, la ropa que encontró, todo el dinero que pudo recoger, tomó su cartera con identificación, tarjetas de crédito y subió a su auto. Llegar al hospital no fue problema, incluso encontrar la habitación donde él estaba tampoco resultó un problema, Bill podía sentirlo, era su amor lo que lo guiaba por largos pasillos interminables, y aunque el olor a hospital lo estaba mareando, Bill reconoció que no pararía de buscarlo hasta encontrarlo, y entonces, luego de dar vueltas y vueltas, encontró a la doctora que horas antes se había comunicado con él, ella hablaba con otros doctores, ni siquiera notó que ellos eran más jóvenes y que incluso tenían puesto otro uniforme diferente. Ella era la que lo había llamado, y supo entonces que nunca olvidaría esa voz.

—¿Disculpe? —dijo Bill en un tono de llamar su atención.

—¿Sí? —respondió ella volviéndose a él.

—Soy Bill, acaba de decirme que mi novio tiene… mu… —se detuvo porque ni siquiera podía pronunciar aquella palabra.

—¿Thomas Trümper?

—Sí, él…

—Acompáñeme, por favor.

Bill la siguió sin detenerse a pensar, a respirar, a sentir, todo su cuerpo estaba puesto en pausa y lo único que seguía creciendo dentro de él era esa angustia incontrolable porque, de repente, aparecían preguntas en su cabeza. Sin embargo, una de ellas era la que más mella le hacía en su interior, y la que le formaba un enorme nudo en la garganta, y pronto, más rápido de lo que le gustaba admitir, un nudo en el pecho, tan grande y denso que estaba a punto de dejarlo sin la capacidad de respirar. ¿Qué vas a hacer si ya no despierta?

—Adelante —dijo la doctora abriendo una puerta frente a Bill, no era la habitación de Tom, más bien era una especie de sala con un ventanal enorme, y se preguntó seriamente si era posible abrirla. Aun así, él entró sin hacer preguntas—. Tome asiento, por favor—. Bill obedeció y se sentó en la primera silla a su alcance—. Bien, mi nombre es Danielle, soy la titular que recibió a tu novio en cuanto llegó y debo ser muy clara contigo. Tom llegó aquí con heridas graves y perdió demasiada sangre en el accidente, tratamos de hacer todo lo que estaba en nuestras manos, y a pesar de todo, el flujo sanguíneo se vio interrumpido por mucho tiempo. La muerte cerebral en este caso fue fatal.

—¿Él…? —empezó Bill con una voz débil y entrecortada.

—¿Sí? —prosiguió la doctora Danielle, impulsando a Bill para que siguiera con lo que quería decir Bill.

—¿Está respirando mediante las máquinas?

—Así es y aquí donde debo preguntarte algo que quizás no estés listo para hablarlo.

Bill sabía qué era lo que la doctora debía hablarle. No había reparado en la tabla que venía cargando desde que los doctores más jóvenes estaban frente a ella. No se dio cuenta de que ella cargó la misma tablita y la llevó consigo en la mano izquierda. En la misma mano vio un anillo con una piedra preciosa, y sonrió amargamente. Bill volvió la mirada a la misma tablita, con un bonche de hojas que se detenían con el broche en la parte superior, hasta que ella dijo que debía hablarle de algo, y entonces vio la misma tabla, las mismas hojas y enfocó lo que sus ojos habían ignorado desde el inicio. Donación de órganos.

—¿Es un anillo de compromiso? —preguntó Bill, sin dejar de ver el encabezado en la primera hoja.

—Sí —dijo ella, volviendo su propia mirada a su anillo.

—¿Ya tiene la fecha?

—¿Perdón?

—¿Ya tiene la fecha de cuándo se quiere casar?

—Bueno… no. Ambos somos cirujanos y…

—Yo tengo las fechas memorizadas, ¿sabe?

—Yo…

—Nos conocimos en septiembre del dos mil ocho, llevamos casi ya siete años juntos. El tres de octubre sabría que mi vida estaría incompleta porque se fue a Berlín para seguir sus sueños, y muy en el fondo quería que se regresara conmigo a como diera lugar. Soporté los días y las semanas sin él, y luego esos días se convirtieron en semanas y luego meses. Él regresó para una fiesta de Halloween y de Navidad, pero le dije que si quería ir a visitar a sus papás en Año Nuevo que podía ir al pueblo donde ellos viven, que fuera, porque ha pasado mucho tiempo lejos de ellos, y entonces en enero me dijo que quería que yo fuera su contacto de emergencia, y yo acepté. Hablamos todos los días, cada noche y cada mañana al despertar, era él la primera y última voz que quería escuchar en mis días, y él me lo concedía a diario. ¿Sabe cuándo dejé de recibir esas llamadas? Hace siete días, el veintisiete de marzo de este año quedará en mi maldita memoria. Ni una llamada, ni un mensaje, nada, y no sabía dónde buscarlo porque su celular estaba apagado. Y la primera voz que recibo de su celular, luego de siete días sin saber nada exactamente nada de él, es usted que me dice que mi Tom está muerto. ¿Sabe usted qué otra fecha quedará marcada ahora?

—Lo siento mucho, Bill.

—¿Quiere , por favor, darme los papeles de donación?

—Debo hacerte la pregunta antes.

—Él siempre fue claro conmigo, no quería medidas extraordinarias, no quería vivir por medio de ningún aparato. Yo le decía mil y una veces que nunca podría vivir sin él y que si estaba en mis manos su vida que lo dejaría el tiempo que fuera necesario en el hospital hasta que lograran traerlo de vuelta conmigo, a donde pertenecía. Lo más gracioso —continuó Bill con una sonrisa torcida en su rostro—, es que siempre concluía esa conversación con un «No te preocupes, mi vida, regresaré por ti en algún momento, porque tampoco sé vivir y supongo que menos morir sin ti.» Deme los papeles, por favor.

—Necesito saber que entiendes el proceso de esto. No habrá un cuerpo que puedas enterrar, no uno completo. Además, no eres su esposo, y sus papás aún viven, ¿cierto?

—Yo no sé si usted no entiende. ¿Quiere que le traiga la carta poder notariada que aprueba mi decisión ante un caso como este? Podría regresar a Colonia y volver, pero claro, pasarían más de cuatro horas, y en ese tiempo el cuerpo de mi Tom puede sufrir cualquier riesgo, ¿verdad? Pero claro, ya pasaron siete días, siete días en los que pudo haber pasado algo, ¿se arriesgará con otras cuatro horas? Debe ser cuidadosa, doctora, en ese tiempo podrían arruinarse su corazón, riñones, hígado, y usted sabrá qué más.

—¿Existe esa hoja?

—Existe.

La doctora lo miró de soslayo, pensando si debía o no entregarle las formas, pero todo lo que Bill había dicho era médicamente posible, tan solo en el tiempo que estaban tomando para discutir el tema podría pasar cualquier cosa, cualquiera que comprometa la salud de los órganos restantes del chico con muerte cerebral. Así que tomó una decisión arriesgada, dejó la tabla con los papeles cerca de la mano de Bill que descansaba sobre la mesa, y Bill tomó la tablita con un miedo notable en sus ojos, llenos de lágrimas estancadas, repletos de sueños que ya jamás se cumplirían.

La doctora Danielle conocía esos formatos como la palma de su mano, cada palabra expresada en ellos, así como las firmas que debía Bill plasmar en ellos.

—¿Qué debo hacer ahora? —preguntó Bill cuando firmó la última hoja.

—Puedes pasar a verlo para despedirse.

—El tres de abril.

—¿Disculpa? —preguntó la doctora sin haberlo entendido bien.

—Hoy, la fecha que nunca se me olvidará, el tres de abril —

Bill entró a la habitación donde Tom yacía acostado, como dormido, y Bill no soportó esa imagen, se lanzó al cuerpo de su novio y no pudo hacer más que llorar, llorar y pedirle perdón por haberlo dejado ir, porque si tan solo lo hubiera detenido, amarrarlo a la cama, si tan solo hubiera podido ser un poco egoísta y pedirle que no lo abandonara, quizás así estaría con él como si nada hubiera pasado.

—¡Perdóname, perdóname, por favor! ¡Perdón por haberte dejado ir, por haber permitido que fueras a buscar tus sueños, perdóname por haber permitido que te fueras de mi lado!

—¿Disculpe? —llegó una doctora joven, de esas que hablaban con la doctora Danielle cuando Bill llegó al hospital—, llegaron los cirujanos del Hospital Universitario y del Franziskus-Krankenhaus.

—¿¡Quieres esperar un maldito minuto!?

—Perdón.

Bill volvió a quedarse a solas con el amor de su vida, a quien no quería darse por rendido y dejarlo ir.

—Perdóname mi amor, y por favor, ten misericordia de mí y ven por mí lo antes posible, porque no sabré vivir sin ti, y aunque lo supiera, creeme que no quiero hacerlo. ¿Okay?

Por último, Bill acarició su cabeza, cubierta con una venda; acarició su mejilla y dejó un beso sobre sus labios. Salió del hospital y dejó que los cirujanos hicieran lo suyo con el cuerpo de su amado.

Bill no lo supo, porque esa noche desapareció en la oscuridad, pero en el hospital se recolectaron el corazón, riñones, hígado, piel, córneas, pulmones e incluso intestino de una sola persona, y así salvó a decenas de pacientes, no solo en Alemania, sino también de sus alrededores.

Bill le había pedido a Tom que viniera por él lo antes posible, porque sencillamente no sabría vivir sin él, sin embargo, nunca habría creído que fuera tan pronto. Subió a su auto, en medio de la noche y bajo un cielo azul oscuro condujo y condujo por calles que desconocía. Simplemente quería chocar contra algo, estaba dejando atrás el cuerpo de su novio, con el que deseaba pasar el resto de sus días y envejecer, pero ya no era posible, y entre más pasaban los minutos, más lejos estaba del hospital.

—¿Por qué me dejaste? —quiso saber y siguió conduciendo a pesar de que sus ojos se aguardaban un poco más y a pesar de la luz roja del semáforo frente a él. —¡Te odio, Tom! ¡Te odio por haberme dejado, por haberte ido, por no haber esperado! ¡Te odio porque no quiero amarte ahora! ¡Te odio porque lo único que estoy buscando es morirme y estar junto a ti! ¡Te odio tanto porque no cumpliste tus promesas! ¡Y te odio tanto porque no quiero estar en este mundo sin ti!

Bill siguió conduciendo, y no encontró lo que tanto quería a pesar de todos los semáforos en rojo que ignoró. Detrás de él quedaron conductores confundidos, hasta que que el sonido de una sirena lo alertó, vio por el retrovisor y era una patrulla, comenzó una persecución, y un sentimiento extraño se apoderó de su cuerpo, no era miedo, para nada era miedo, lo descubrió como un sentimiento de alivio, porque entonces tenía el pretexto perfecto para seguir conduciendo con la velocidad necesaria y por fin acabaría con su vida de una vez por todas. Así que siguió conduciendo, siguió ignorando luces rojas, siguió conduciendo con la misma velocidad, tomando vueltas sin precaución y con la patrulla detrás de él.

No fue la mejor noche de todas en su vida, ni siquiera la peor, nada podía salirle bien o al menos como él deseaba, llegó un callejón sin salida, no pudo seguir huyendo y tampoco pudo volcarse o estrellarse con algún poste o árbol, o edificio, no pudo terminar con su vida. Así que el policía detrás de él sí pudo llevárselo detenido por las siguientes quince horas, ya que no condujo bajo los efectos de ninguna sustancia nociva para su cuerpo, y entonces, cuando estuvo por fin dentro de una celda en el ministerio público, llegó a pesar que las cosas estaban tomando el camino que tanto quería, porque en la misma celda estaba Richi, un chico deteriorado, con el pelo sucio al igual que su ropa.

—¿Qué hace un niño pijo como tú aquí? —preguntó Richy y Bill lo ignoró—. ¡Oye, maldito niñato creído! ¿Qué hiciste para que te pusieran aquí?

—Mira, no sé quién eres y no sabes quién soy, pero déjame en paz, solo quiero olvidarme de todo.

—Yo te puedo ayudar.

Esa frase fue lo mejor que pudo haber escuchado, porque Bill volvió a Richi y este le dio un nombre y una dirección.

—En cuanto salgas de aquí, ve a la fábrica de hielo, y ahí encontrarás al Bär, le reconocerás enseguida, por lo regular siempre está en la esquina norte esperando nuevas visitas, él te dirá qué hacer.

—¿Qué crees que estoy buscando? —preguntó Bill queriendo escuchar una palabra en concreto.

—Tú y yo sabemos a qué te refieres con olvidarte de todo.

—¡Richi! Han venido por ti otra vez —vociferó un guardia y Richi se levantó del suelo, Bill notó que no tenía zapatos o tenis, sus pies iban descalzos..

—Nos vemos pronto, ratoncito.

Y Bill no lo vio más.

Al día siguiente, luego de cumplir las quince horas, Bill subió a su coche, se miró por el retrovisor y se preguntó si debía llorar más,si debía de regresar al hospital o seguir buscando su inminente muerte. Y como un flash de cámara, recordó las palabras de Richi, la fábrica de hielo en Berlín, estaba en Berlín, y aún tenía batería en su celular, lo suficiente para buscar la dirección por internet. Y la encontró, como si algo más fuerte que él le dijera exactamente qué hacer y a dónde ir. Puso en marcha su auto y en la esquina norte estaba un tipo gordo y alto, Bär, no lo dudó y sin bajar del auto, mencionó el nombre del chico descalzo en la celda. Bär sonrió y levantó una ceja.

—¿Inyectado o inhalado? —preguntó Bär antes de darle la espalda y alejarse.

Bill no supo qué contestar, pero luego de unos segundos, solo pronunció ambos.

Bär regresó minutos después, extendió la mano y le entregó todo lo que Bill necesitaría para comenzar con su cometido, olvidarlo todo.

—¿Cómo puedo pagar?

—Tú eliges, tienes tres métodos.

—¿Tres?

—Tienes auto, ropa y lo que más puede darte algo a cambio.

Bill no tuvo que escuchar nada luego de que Bär lo mirara directamente a su entrepierna aunque estaba dentro de su auto aún.

—Así que yo elijo —balbuceó.

No lo pensó dos veces, y le ofreció a Bär las llaves de su auto. Ya no fue a otro lugar. Las llaves de su auto lo abastecieron de drogas por los siguientes cuatro días, y a cambio de sus botas, su chaqueta de piel y sus collares y pulseras, otros cinco días. Y cuando se terminó el polvo y el líquido, Bär lo mandó con Richi, quien lo mandó con Francis, quien a cambio de diez minutos en un cuarto oscuro y sucio, le dio la oportunidad de seguirse inyectando sustancias que no debía inyectarse, con agujas que ya habían sido usadas. Para el catorce de abril, Bill cerró los ojos cansado, no solo lo había usado Francis, sino también Bär, un tal Hitler, incluso Richi. Y ahí estaba Bill, tirado en una esquina de la antigua fábrica de hielo, sin ropa, sin signos vitales, con espuma en la boca, fluidos ajenos y propios, además de sangre en su cuerpo. Al final, ya estaba con Tom, aunque no de la forma en la que tanto había deseado.

F I N

Muchas gracias a todos por haber llegado hasta el capítulo final. Xime tuvo que prácticamente re-escribir la historia tras la censura de Wattpad. Los invitamos a limpiarse las lágrimas y a dejar un comentario 😉

por Xim_Alien

Escritora del Fandom

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