
Fic de Xim_Alien. Temporada II
Capítulo XX
Entro a su habitación después de un día largo, en la mesa frente a su camilla hay un florero, con unas hermosas flores que dan alegría y color a la habitación. Me inquieta saber quién puedo traer esas flores.
—Hola, amor —Bill me saluda, con una sonrisa que me hace sentir alegre y como si el día hubiera valido toda la pena.
—Hola, ¿cómo te sientes? —le pregunto sentándome a su lado, acaricio su vientre y siento como esa pequeña personita dentro se renueve, lleno de felicidad al escucharme.
—Bien, después de que te fueras vino alguien.
Me da una leve sonrisa al ver que mi rostro ha cambiado, pues ha dirigido su mirada a las flores, para darme entender que esa persona fue el responsable de ese enorme arreglo. Escucho su dulce voz, sigo cada palabra mientras él va relatando todo lo que ha pasado desde el momento en el que me fui.
—Por eso le hacía preguntas a Lorain.
—No lo puedo creer. Pero, sinceramente me alegra que sea eso y no lo otro en lo que pensábamos, si no, no lo hubiera dejado vivo, cualquiera que se atreva a tocarte, a hacerte daño de cualquier forma, juro que lo mataré.
—Oh, no tienes que decirlo, sé que vas a protegerme de cualquier cosa, así como yo te cuidaré y te mantendré a mi lado por siempre.
No resisto el tan sólo ver sus labios, debo tocarlos y probarlos tanto como era de costumbre antes de todo esto. Ahora, me mantenía lo suficientemente alejado de él por miedo a que nuestros cuerpos reaccionaran de la forma en la que menos queríamos. Aún recuerdo esa noche en la que intentamos hacerlo, no podía disfrutarlo, más bien, fue como hacerlo por tener una responda de darle placer a Bill. Aunque, ahora que ya lo intentamos una primera vez, podamos intentarlo por segunda vez. Quizás, entonces haya placer recíproco.
—Bueno, ¿qué tal si descansas?
—Bien, pero no te vayas, quiero que te quedes.
—Nunca me iré.
Beso su frente dulcemente, acción que le hace cerrar sus ojos para caer en un sueño inalcanzable.
&
Dejo el auto frente a la casa de Alex, él sale de prisa en cuanto apago el motor de mi coche. Me acerco a él con pasos grandes y él a mí hasta quedar en punto medio de ambos extremos.
—¿Qué ocurre? ¿Todo bien con Bill?
Su pregunta me hace soltar las lágrimas que en mis ojos están atascadas. Sus brazos me rodean precipitadamente, tanto que no me dejan caer.
—¿Él está bien? Por favor, Tom, no me asustes, sabes que tiendo a imaginar cosas.
Me separo de su abrazo sólo para tomar aire, pero sus ojos se mantienen fijos en mis expresiones, en mis movimientos.
—Dime qué pasa, por favor.
—Bill entró en coma… El bebé ya nació pero él… No sé qué vaya a pasar.
Como puede me sostiene, siento mis piernas temblar, siento que sin su compañía me derrumbaría en cualquier instante, ya no sé cómo pude llegar hasta aquí.
De pronto todo se nubla detrás de Alex, como si el ambiente me dijera que algo verdaderamente malo acabará de suceder, como un aviso del peor acontecimiento en mi vida. Busco a Alex, ya no está, busco la casa de Alex, no hay nada alrededor, la calle está vacía, todo se pinta de un gris que provoca miedo, inestabilidad, melancolía mezclada con una especie de temor al grado de hacerte hiperventilar.
Doy media vuelta para ver si todo está igual, sólo puedo ver a Jim, quien está llorando, puedo ver sus lágrimas caer al suelo, un suelo lleno de manchas grises y negras. Trato de acercarme a él pero no puedo, en sus brazos yace algo, no lo distingo.
—Tom —volteo a esa voz, sólo veo una sombra, pequeña y escuálida, como si se tratara de una persona que apenas alcanza el medio metro de estatura.
—Deberás aprender a vivir así, no hay otra opción, deberás aprender a vivir de esta forma, con estos colores, con ese sentimiento que está justo dentro de ti. No hay más. Nunca habrá más.
Esa voz era diferente a la anterior, sin embargo, carecía de cuerpo, de sombras, no puedo encontrar la fuente exacta de esa voz, pero sin embargo, podía escucharla sin problemas, aunque al final disminuyera en volumen, desapareciendo dentro de un eco insoportable y desesperado.
—Tom —busco esa voz—. Tom —se parece a—… Tom, ¡despierta!
Al abrir los ojos, veo frente a mí a Alex, a su lado derecho está Jim, a la izquierda Lorain, detrás de ellos Markus y Georg, este último tiene una bebé en brazos, los cinco tienen un semblante enfermo.
—Hermano, estabas soñando, deberías ir a casa a darte una ducha y descansar.
Noto que estoy sentado, recuerdo lo que ha pasado, doy por hecho que ese sueño me estaba dando un aviso de algo o simplemente, fue producto de mi cansancio. Como sea, debo estar aquí por si Bill despierta.
—No, no me moveré de aquí por ninguna circunstancia. No quiero irme de aquí sin Bill conmigo.
—Tom —me levanto rápidamente al escuchar al doctor Hamilton—. El bebé tiene problemas, no tiene muy bien formados los pulmones, están a 98.9% de su formación total. Su tracto digestivo tampoco está completo. Tienes que firmar esto para que lo podamos operar, será una operación arriesgada, pero debemos hacerlo.
—Y ¿qué hay de Bill?
—Perdió mucha sangre, ya estamos en proceso de transfusión gracias a los que donaron. Sólo hay que esperar.
Termino de firmar la hoja, el doctor se retira por el mismo pasillo por donde llegó. Los cuatro chicos que aún siguen conmigo, mantienen sus caras de preocupación, como si quisieran hacer algo y no pudieran hacerlo por miedo a lastimarme más.
—Ya dejen de mirarme así, no quiero lástima.
—Hermano, no es eso, estamos preocupados por ti, sabemos lo que Bill significa para ti, pero…
—No tienen ni puta idea, no se lo pueden imaginar. ¿Por qué no mejor me dejan solo? Quiero quedarme aquí hasta que él despierte, ustedes pueden irse.
—Yo no, estaré aquí contigo, apoyándote. Somos hermanos. ¿No? —correspondo una débil sonrisa a Alex.
—Yo tampoco me voy, te debo muchas cosas —volteo hacia Georg, quien aún tiene a la bebé en sus brazos. Me sonríe y sostiene una mirada sincera, le correspondo de igual manera, aunque de una forma más débil.
Bill había tenido dolores desde hace dos días, dolores que podía aguantar, pero ayer, ayer fueron diferentes, le provocaban mucho dolor, ni siquiera podía tratar de dormir para disipar el dolor con un profundo sueño. Ayer en la noche, fue lo peor, comenzó a sangrar de manera alarmante. El doctor Hamilton tuvo que operarlo para sacar al bebé. Un bebé que nació a los cinco meses tres semanas, un bebé que mide 19 centímetros y pesa 240 gramos.
Bill no despertó desde que sacaron al bebé, no podía pensar en los dos al mismo tiempo, no quería preferir a uno por encima de otro. Ansiaba como loco su nacimiento, tenerlo en mis manos, deseaba con locura verlo junto a nosotros, creciendo, jugando y experimentando muchas vivencias, ahora, ni siquiera podía visualizar planes para mañana.
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Tres horas después.
Dentro de la habitación de Bill, sentado a su lado, me preguntaba qué era lo próximo que podía pasar, en cuanto mi cabeza trabaja en las posibilidades, mi estómago giraba tanto, que me provocaba náuseas.
—Tom, necesito hablar contigo.
Volteo hacia esa voz, el doctor Hamilton entra sólo un poco a la habitación de Bill, salgo al entender que se refiere con el «hablar a solas»
—Bill se ve mejor ¿no creé? —le pregunto no para que me diera una respuesta positiva que sirviera de consuelo, sino para saber si me estoy volviendo loco al estar deseando que todo mejore.
—Tom, tengo que decirte que… la operación ha terminado, hicimos todo lo que debimos hacer, sin embargo… El corazón se está haciendo cada vez más lento… Tom, no queda mucho tiempo.
—Pero… ¿Por qué? —mis mejillas empezaban a experimentar el ardor por las huellas que dejaba ese dolor, todo quería hacerme sentir mal, cada vez peor. Ahora sí que podía sentir mi estómago girar con más ganas, sin piedad. El dolor estaba haciéndome su presa, lo estaba consiguiendo sin más esfuerzo, quería que dejara de intentarlo. Sólo quería que se olvidara de mi existencia.
—¿Cuánto tiempo? —mis oídos se negaban a escuchar alguna respuesta, mi voz no podía apagarse, mi mente jugaba con mis recuerdos y mi cuerpo, se burlaba de mi parálisis repentina.
—… Horas, tal vez… Lo siento mucho. Puedes verlo si quieres.
Veo que el doctor se aleja de mí, entrando por uno de los pasillo, yo entro nuevamente con Bill, queriendo decirle lo que pasa de la manera más calmada posible.
Avanzo hasta él, me siento en la pequeña silla donde estaba hace un momento, acaricio su mano para hacerle saber que estoy a su lado y, mis lágrimas no paran de correr.
—El doctor dice que… nuestro bebé…¿Qué voy a hacer? No puedes abandonarme tú, tú… Tú no, por favor.
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—Tom… Hermano —entro a la habitación, de Bill, me acerco a mi hermano y sostengo sus hombros con fuerza, trato de separarlo de Bill, ya que prácticamente está encima de su cuerpo sin movimiento. De pronto se deja hacer y lo hago quedar frente a mí, lo abrazo con mucha fuerza.
—Lo siento mucho, hermano. Tienes que ser fuerte —trato de tranquilizarlo, pero no puede pensar por ahora.
—Pero se trata de Bill, ¿qué voy a hacer si no despierta? Yo me muero.
—No digas eso, claro de que despertará, ya lo verás, cuando menos te lo esperes, él estará ahí, mirándote y diciéndote lo mucho que te ama.
—El bebé va a morir.
—Lo sé, pero… Será entonces un ángel ¿no crees?
—Yo quería que Bill lo tuviera, él no quería, yo lo hice cambiar de opinión, yo tengo la culpa de que haya entrado en coma, yo le dije que lo tuviera.
—Tom, escucha, trata de calmarte, las cosas pasan, tu no tuviste la culpa.
Termino por decirle lo que pienso, las lágrimas se detienen, su respiración trata de normalizarse y sus brazos rodean su cuerpo mismo.
—¿Puedes dejarme sólo, por favor? —su voz se escucha grave.
Sé que tal vez quiera hablar con Bill sobre el bebé, ya que en él, no han parado de desbordarse esas lágrimas de dolor.
Continúa…
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