
Fic de Xim_Alien. Temporada II
Capítulo XXXVII
Después de la llamada de Lorain, salgo de la oficina como si mi vida se fuera a terminar al quedarme un segundo más, y así era, si tardaba en llegar, algo le pasaría a Bill, algo de lo que Lorain no pudo hablar, pues el llanto le era incontrolable.
Estaciono el auto frente a la puerta de la universidad, corro hasta donde está Lorain, intentando que el llanto —aún sobre sus mejillas—, se termine.
—¿Dónde está? —le pregunto tomándola por los brazos. Y aunque ella no responda, me lleva por algún par de pasillos, por el interior de un edificio, subiendo las escaleras hasta el interior de un salón grande y lleno de personas. Personas que trataban de calmar a un chico.
Todos, hablaban despacio, como si tuvieran miedo a las palabras que fueran a ser mal interpretadas por ese tipo quien sujetaba una navaja, la misma navaja que se mantenía en el cuello de otro chico, ese chico que había robado mi vida.
—Vaya, ya llegó tu príncipe. Los demás pueden irse.
Como si fuera un película de Hollywood, el tipo soltó la navaja para tomar en su lugar un arma y apuntar con ella la cabeza de mi novio.
—Bien, nos iremos, pero cálmate Cameron, por favor, no hagas nada de lo que te puedas arrepentir después.
—Sólo salgan.
Todos, quienes parecen ser simples profesores, abandonan el aula. Yo, trato de acercarme con sumo cuidado a ellos.
—Quédate ahí —se apresura a decir cuando ni siquiera he dado dos pasos completos—. Eres Tom ¿cierto? —afirmo con la cabeza y con la preocupación creciendo en mi interior.
—No… No le hagas daño, por favor.
—Yo haré lo que quiera, sólo quiero que sientas lo que yo sentí cuando tú novio dejó morir a Andy.
—¿Andy? ¿Estás haciendo todo esto por Andreas? Él decidió terminar con su vida. Nadie más lo mató.
—Él se enamoró de este imbécil —deja caer a Bill al suelo, quien se retuerce al ser liberado y llevando sus manos a su cuello—, él ni siquiera le dió una oportunidad por tu culpa, si le hubiera dado una sola, una pequeña oportunidad, Andy no se hubiera muerto.
—No, él no se quería así mismo, Bill no tiene la culpa de nada, no hagas lo que hizo Andy. Busca a una persona que te haga feliz, busca alguien que pueda sacarte de esta depresión.
—No lo está haciendo por sí solo…
—Tú cállate —le grita con odio a Bill quien sigue en el suelo.
—Marcus es su hermano, él es el que quiere verme muerto.
—¡Cállate, animal!
—No le hables así —le pido con sutileza porque ha tomado el arma con las firmeza—. Bill, cállate.
—Cómo sea, le prometí a Andy que lo vengaría y aquí estamos todos, reunidos como si todo estuviera a mi favor.
—No le dispares —le pido después de que ha quitado el seguro del arma—, dispara, pero no a él, por favor.
—No, Tom.
—El punto es acabar con quien terminó con la vida de Andy.
—Por eso, el culpable aquí sólo es uno, yo. Si Bill no hubiera venido a mí para que yo empezara a cuidarlo, Andy no lo hubiera conocido, por lo tanto no se hubiera enamorado de Bill. Y tú, tú estuvieras con Andy aún.
—Tom… ¿Qué…?
—Eso tiene mucho sentido… Tal vez sí deba terminar contigo, o algo aún mejor, con ambos.
—No, sólo yo, Cameron. Sólo debes vengar a Andy. Vamos, Cameron. Sólo hazlo, apunta contra mí y jala el gatillo.
—Tom.
El sonido de algo terminó con todo lo que me rodeaba, ni siquiera era consciente del lugar, el tiempo y del con quien me hallaba. Todo parecía un espacio infinito, donde te sientes infinito y a la vez, con la presión de que nunca vas a salir de ahí, que esa paz se volverá eterna, una espantosa paz eterna terminará sofocándote en cualquier momento.
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Mis ojos se abren en medio de una Liz cegadora, trato de reconocer hasta la más mínima cosa a mi alrededor, pero es imposible, no veo nada, todo es blanco, sólo se trata de un espacio en el que soy incapaz de moverme.
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Lejos de ese lugar extraño, dos hombres trataban de salir de una celda, pues habían sido encerrados por un delito, alguien, uno de los dos había herido de gravedad a un tercero, quien ahora se encontraba en la cama de un hospital.
Ambos, parecía que iban a pasar ahí el resto de sus vidas, pues el chico mayor, no tenía a sus padres cerca, sólo a su hermano, un chico que años atrás había sido llevado a un hospital psiquiátrico, ya estaba recuperado, pero aún así, nadie podía fiarse de él, mucho menos, él podía encontrar una vida mejor. A veces deseaba regresar a aquél hospital, pues había conseguido varios amigos buenos.
El chico menor, no tenía ninguna oportunidad tampoco, pues sus padres habían muerto hace muchos años, su mejor y única amiga no tenía dinero como para liquidar la fianza, mientras que la única persona con quien podía contar, era la misma persona quien ahora, se hallaba en una cama de hospital.
—Eres un idiota. Él no tenía la culpa de nada… Eres un estúpido, sólo tenías que dispararme y punto, no a él… En verdad que eres un jodido idiota.
—No me llames así.
—No hay otro modo, él sólo quería que le dispararas para que me dejarás en paz a mi, pero le hiciste caso a él en lugar de a tu hermano, quien te pidió que me mataras desde el principio. ¿Qué dirá ahora tu hermano de ti?
—No hables de él.
—Dirá que eres un estúpido y que no sirves para nada.
—Cállate, tú no sabes nada y deberías cerrar el hocico.
—Pero es que es cierto, él te dijo que me mataras, que vengaras la muerte de Andy. Ni siquiera pudiste seguir ese paso tan sencillo.
—¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate!
—Idiota.
Fue la última palabra que dijo el menor cuando el mayor se hubo desmayado a causa de los golpes provocados en sí mismo, golpes dados en su cuerpo y su cabeza con sus propios puños. Cayendo al suelo y llamando la atención de los únicos dos guardias que estaban afuera de la celda.
Como le permitieron sus piernas, el menor abandonó la celda y echó a correr hacia la salida principal, donde salió como si fuera una visita de algún otro preso, pues salió sin la chaqueta que llevaba al haber sido ingresado. Los guardias que custodiaban el lugar morían de sueño a las 11:30 de la noche, pues ninguno notó que alguien abandonaba el lugar sin el derecho de hacerlo.
No corrió cuando se encontraba afuera en la calle oscura, menos cuando encontró a su amiga en una de esas calles mientras hablaba con alguien y sus lágrimas seguían saliendo como en la mañana.
—¿Lorain?
—¡Cielo! —la chica había olvidado por completo al chico que la acompañaba—. ¿Pero cómo te dejaron salir? Es decir, ya tengo 1,000 pesos.
—No hay tiempo para decirte cómo, sólo quiero saber en dónde está Tom.
—Luego te llamo. Es por acá.
Antes de llevar a su amigo corriendo por calles solitarias, tuvo que despedirse de ese chico ya no tan extraño.
Al rededor de las 12:00 ambos ingresaron a un hospital, donde tuvieron que preguntar por el paciente a quien buscaban.
—Tercer piso, habitación 483 —le indicó la señorita de la recepción.
Continúa…
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