
«Ich hasse dich» Fic de Earisu
Capítulo 8
No hacía falta que ninguno de los dos hablara del tema. Bill ya lo sabía: Sabía que no podía volver a buscar a Tom como hacía antes por que él ya no se lo permitiría.
Tom no volvería a estar con él después del incidente con su madre.
Tom, en realidad, no le daría excesiva importancia al asunto. Al asunto de »no poder hacer ciertas cosas con su hermano»…Por que a fin de cuentas, lo comprendía. Era natural. Claro. Eran familia. No debía besarle como un chico besa a una chica, por muy triste que Bill estuviera. Sí, finalmente lo había entendido. Ni se le pasaba por la cabeza repetir la experiencia. Poco después, lo habría olvidado.
Bill no podría.
Incluso empezó a odiar a su madre aunque no pudiera contárselo a nadie, por que por su culpa, su hermano ahora no se comportaba de la misma manera con él.
Y le echaba de menos.
Demasiado.
Otra cosa que tampoco podía decir.
Así que empezó a maquinar. Debía encontrar el modo de llamar la atención de Tom, debía conseguir que se preocupara tanto por él, que olvidara todo lo ocurrido aquella noche y que volviera a quererle, protegerle…Y besarle…Como antes.
Fue a partir de entonces cuando Bill llevara a cabo su ‘transformación’.
Siempre había sido un niño ‘normal’…Vestía casi siempre algún chándal, o unos vaqueros y jersey. Y aún así, siempre llamaba la atención de los típicos matones…Esos que le tachaban de ‘afeminado, niña, marica’ y un largo etcétera…Por su manera de actuar, moverse, hablar…
Al cumplir los trece, Bill decidió tentar a la suerte.
Se pondría la ropa más cantosa posible, se pintaría las uñas con el esmalte de su madre y comenzaría a maquillarse poco a poco también.
Para con su madre, tenía la excusa perfecta: El grupo de música que acababa de nacer y del que él era la voz.
»¡Necesito un look impactante!». Mentiría.
Y Simone le creería. Incluso le haría gracia.
»Cuando tengas veinte años y mires ésto…» – Decía ella sonriendo mientras le echaba una foto. »No sabrás dónde esconderte» . Pensaría. »Cosas de niños» – Sería otro continuo pensamiento suyo. Y esperaba que no sólo en lo que al look se refería. Esperaba que lo que había visto aquella noche también lo fuera. Sabía que por parte de Tom no había problema. Pero Bill…Bill…
Pero su imagen para el grupo era en realidad algo secundario en su lista de prioridades.
Lo que él buscaba era lo que, de hecho, sucedió.
Si ya se ganaba el odio de los matones vistiendo normal, era de imaginar lo que ocurriría cuando empezó a presentarse en el colegio con las uñas pintadas o con camisetas rotas sujetas por imperdibles.
Era oficial. Él mismo se estaba poniendo un cartelito luminoso. »Miradme. Soy el bicho raro»
Y en el caso de los niños como Bill, las reacciones eran crueles.
Los matones, como él, estaban creciendo. Por lo que las palizas eran cada vez más fuertes.
Una de las más memorables fue aquella en la que se quedó tirado en el suelo boca arriba, cubierto de sangre, sin poder ni siquiera moverse, y en la que tenía la dolorosa sensación de que todos y cada uno de sus órganos debían de haberse roto, por que se sentía líquido por dentro.
Sin embargo, a él lo único que se le pasaría por la cabeza era que esta vez…Tom… Quizá…
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Habían pasado dos meses.
Y Manme y Bill no podían llevarse mejor. No hace falta decir que en verdad, Bill fingía que no podía llevarse mejor con ella.
Pura fachada. No era tan complicado: Una fachada era lo que había sido durante casi toda su vida.
Manme sin embargo, en su ignorancia, le había cogido muchísimo cariño.
Le encontraba encantador, sensible… Nunca había conocido a un hombre así.
Y la cosa no quedaba ahí, en simple cariño…
En realidad, a Manme le fascinaba Bill. Por que alrededor de él siempre estaba esa profunda aura de misterio.
No podía evitar sentir una enorme curiosidad hacia él… Y por más tiempo que pasase en su compañía, la sensación iría en aumento en lugar de disiparse.
Y eso le encantaba. Era una cualidad que no se encontraba tan a menudo en una persona.
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-¿Qué te pasa? – Preguntó Bill a Manme. Ambos estaban en la habitación de hotel del primero, viendo una película. Tom y el resto del grupo tenían un ensayo de sonido del que Bill pudo escaquearse por que tenía anginas.
-Nada. – Manme no dejaba de moverse en el sofá, incómoda. No parecía estar prestando atención a la televisión en absoluto.
Bill se llevó a la boca un puñado de palomitas.
-Os habéis peleado.
Manme le miró, sorprendida.
-¿Te lo ha contado él?
Bill masticaba.
-No. Pero se te ve molesta, preocupada…
-Ha sido por una tontería. Me dijo que iba a acompañarme a un sitio, y yo ya contaba con él… Y de repente me salta con que tiene el ensayo ese. Que vale, que lo entiendo, es su trabajo… Pero podía haberme avisado antes…Y no me habría dejado colgada, ¿entiendes lo que te quiero decir?…- A Manme ya no le resultaba complicado hablar de prácticamente todo con Bill: Sabía escuchar.
-Mmmm…- Bill, mirando ahora hacia la pantalla.
-Es tu hermano, sé que no me vas a dar la razón. Pero bueno. Me he desahogado.
Ambos se quedaron en silencio.
Manme se cruzó de brazos, con un bufido.
Bill entonces soltó el enorme bol de palomitas en la mesita de cristal que había delante de él.
Y llevó su mano a la nuca de la chica, descubierta ya que ese día llevaba una cola de caballo.
Primero, empezó a masajear con la yema de sus dedos la zona del nacimiento del pelo de la chica. Después, recorrería con sus largas uñas la parte trasera del cuello, dándole un agradable masaje.
Manme se derrumbó en ese instante.
-¿Por qué los tíos sois tan complicados? – Y apoyó su cabeza en el hombro de Bill. Éste siguió con su masaje.
-Jeje. Tiene gracia. Para nosotros, las que sois complicadas sois vosotras.
-Pff…
Silencio. Uñas rascando con delicadeza la piel.
De la garganta de Manme se escaparía un sonido parecido a un ronroneo ante la reconfortante sensación.
-…Estás ronroneando. Te pareces a Kasimir. – Susurró Bill.
-¿Kasimir?
-Mi gatito. Pero lo tengo en casa, en Magdebourg.
No sabía exactamente por qué, pero a Manme ese comentario hizo que las mejillas se le enrojecieran un poco.
Pero unos segundos después, explotaría en una carcajada.
-¿Qué? – Preguntó Bill extrañado.
-Sólo tú serías capaz de llamar a un gato »Kasimir»…Jajaja…
-¿Qué tiene de malo?
-Mmmm, nada…Jajajaja…Sólo que…Es tan…Pijo…
Bill dejó de acariciarla y se cruzaría de brazos haciéndose el ofendido. Manme se incorporó y le miraría, ahora divertida, esperando su reacción.
-¿Tienes alguna mascota? – Preguntó ahora Bill.
-No…Sólo tuve una de pequeña…Una rana.
-¡¿UNA RANA?! – Se escandalizó el chico, poniendo cara de asco.
-¿Qué pasa? Pues era super graciosa.
-…Ew. ¿Y cómo se llamaba, eh, lista?
Manme se irguió mucho, desafiante. Achinó la mirada.
-Se llamaba »Cro-Cro-Cro».
Bill abrió los ojos de forma desmesurada. Y ahora sería él el que estallara en una sonora carcajada.
-Ah, y ese nombre es buenísimo, ¿no? – Le reprochó.
-¡Era pequeña! – Manme, molesta, y dándole un pellizco en un lado.
Los dos comenzarían a reírse abiertamente, mientras se peleaban en broma.
En un momento dado, Manme empujaría a Bill, e inesperadamente acabó tumbándolo en el sofá, ella cayendo sobre él.
De nuevo, silencio. Ambos dejaron de reírse.
Manme se levantó de inmediato.
-Em. Bueno es tarde. Me voy que querrás descansar…Además estás malo.
-…Vale. – Bill sonrió y sus ojos rezumaban ternura pero también diversión.
Por enésima vez desde que le conociera, Manme deseó saber qué estaba pensando.
Iba a llevarse el pelo tras la oreja, un típico gesto suyo cuando estaba nerviosa. Olvidó que llevaba la coleta.
-Bueno…Pues eso…Buenas noches.
-Buenas noches. – Asintió Bill, todavía sonriendo.
Sería cuando Manme se marchara dejando a Bill solo cuando la sonrisa de éste desapareció.
Su gesto y ojos se endurecieron. Se volvieron oscuros.
-Bill Uno – Tom Cero.
Diría para sí mismo.
Continúa…