
Tom. Temporada II
Capítulo 2
—¿¡Cómo has podido hacer una cosa así!? —gritó mi pequeño y tuve que cogerlo por los brazos, ya que estuvo a punto de írsele encima a su madre—. ¡Eres una víbora descarada!
—¡No me faltes al respeto, escuincle insolente!
—Cálmate, hijo… —agregó William y mi pareja volteó su cabeza de inmediato para verlo con odio. Se zafó de mi agarre y se le paró enfrente.
—Tú… —le apuntó con su dedo índice. Yo me preparé para detener cualquier acción impulsiva que pudiese tener, debido a que, si bien él ya era un adulto, continuaba teniendo ciertas actitudes del pequeño que conocí en el club nueve años atrás— traidor desvergonzado —lo miró de arriba abajo con desdén—, no vuelvas a llamarme hijo: ¡NUNCA! Mi único padre siempre ha sido y será Jörg. ¡Tú no eres más que un farsante hijo de puta que se burló de mi padre al igual que esta zorra desalmada!
—¡Muchacho irrespetuoso! —escupió Heidi, encolerizada, y la vi alzar su mano para darle una bofetada a Bill. Sin dudarlo un segundo, la cogí fuertemente por la muñeca para detener la acción en el aire. Me miró de inmediato con el ceño fruncido.
—No te atrevas a ponerle un dedo encima, Heidi —sentencié viéndola fijamente a los ojos y ella abrió efímeramente los suyos de par en par. De un movimiento, se liberó y retrocedió. Enseguida soltó una falsa carcajada y se devolvió a mi pequeño por un instante. Yo me mantuve atento a todos sus movimientos.
—Veo que te has buscado un padre que sí te protege —espetó con socarronería y su malgenio en toda la frase.
—Y tú a un tipo para follar, con la misma cara de tu hijo —contraatacó mi pequeño y la maléfica sonrisa en los labios de su madre, se esfumó—. Quiero que os vayáis de nuestro apartamento y no regreséis.
—Aún no hemos hablado de la herencia que te dejó el imbécil de Jörg. Como nunca nos divorciamos, la mitad de ese dinero me pertenece.
Cerré los párpados sin poder creer que su ambición la quitara completamente de su rol de madre.
—Yo no tengo idea de qué dinero hablas, ni tampoco me importa —respondió mi pequeño con los ojos llenos de lágrimas—. Papá murió y ese dinero no hará que regrese, así que, si encuentras la forma de quedártelo, ¡hazlo! ¡No me importa! —caminó hacia la puerta de entrada y la abrió de par en par—. Ahora solo váyanse. No quiero volver a veros. Estaba mucho mejor sin vosotros.
—No es tan sencillo, William —comenzó a decir Heidi mientras caminaba junto a su actual esposo, hacia donde estaba mi pareja—. Ese dinero lo dejó a tu nombre. Nada puedo hacer yo para obtenerlo. Solo tú puedes cobrarlo y solo tú puedes entregarme lo que me corresponde.
—Pues, mala suerte.
—¿Cómo dices? —abrió sus ojos como platos y la furia le invadió el rostro. Yo me puse en alerta otra vez para evitar cualquier nueva acción que quisiera ejercer en contra de mi pequeño.
—Yo no pienso hacer nada que te ayude con esto, ¡porque no me interesa! —exclamó, alzando la voz, y su madre frunció ambas cejas—. ¡No me importa lo que pase con esa herencia, no la quiero ni haré absolutamente nada para cobrarla, así como tú jamás hiciste nada por mí! ¡Así que, muérete!
Culminó y se fue. Ella atinó a seguirlo, pero la retuve firmemente por un brazo.
—Ya lo has escuchado, Heidi. Bill no hará nada de lo que tú quieres que haga. Os sugiero —alterné entre uno y otro, ya que William solo observaba toda la escena— que os vayáis y no regreséis.
—Oye, ese escuincle maleducado no arruinará mi oportunidad de ser millonaria.
Sin permitirle terminar de hablar, la llevé hacia afuera del departamento y nos conduje al ascensor para bajar y finalmente salir. Aunque ella continuó agrediéndome verbalmente e insistiendo sin pizca de humanidad. No así William, que solo me observaba.
—No quiero volver a veros por aquí. Os sugiero que busquéis otra forma de resolver este tema, porque mi pequeño no moverá un músculo por vosotros.
—Iré con un abogado y lo demandaré —escupió señalándome con su dedo índice dejando ver su larga uña roja, típica característica que acompañaba su papel de bruja.
Reí.
—¿Demandar a mi pequeño? ¿Por qué? Me gustaría ver ese documento en mi correo y que no fuera una broma —solté con ironía, ya que su amenaza era de lo más absurda—. Como tú misma dijiste, Heidi: Ese dinero le pertenece solo a Bill y si él no hace nada para que tú tengas, al menos, la mitad que crees que te corresponde por ser la exesposa de su padre, aunque ambos sabemos que eso no funciona así —alcé una ceja con obviedad en mi rostro—, es él quien debe tramitarlo para que a ti se te deposite “ese porcentaje”. Pero no lo hará. Pues, mala suerte.
Culminé repitiendo la misma frase que mi pequeño le había dicho y me marché.
*
*
*
—Esto no es posible…, no puede ser… —lloró, hundido en mi pecho, mientras lo rodeaba con mis brazos—. Nada tiene sentido…
Estábamos recostados en la cama de nuestra habitación. Hacía una hora Heidi y William se habían ido. La manera en la que ella le había dicho a Bill quién era su verdadero padre, me resultó tan maligna, que me era inverosímil tener que aceptar que esa mujer compartía la misma sangre que mi pequeño.
Por otra parte, insistía en mi pensar la forma en la que ese William se había comportado conmigo cuando quedamos a solas en la terraza. Me había lanzado una confesión tan reveladora que temía que fuese el pie para un problemático futuro.
—Tranquilo, pequeño… tal vez tu madre lo dijo porque continúa resentida con tu padre.
Alzó la cabeza para mirarme. Sus bellos ojos estaban rojos e hinchados a causa del llanto prolongado. Sus cejas se mantenían fruncidas en señal de tristeza y su respiración se había tornado irregular por la misma razón.
—No, Tom. Mi madre fue muy clara: Estuvo acostándose con ese William mientras estuvo con mi padre hasta que finalmente lo dejó y se fue a vivir con él —un hipido del llanto lo interrumpió y le extendí otra servilleta, ya que yo había llevado un paquete allí prediciendo que las necesitaría—. De hecho, hasta me puso su nombre para que, cuando me dejase con mi padre, él no tuviera más opción que llamarme por el nombre de su amante y por quien lo abandonó. Ella misma me confesó todo.
Cerré mis párpados largamente y volví a atraerlo hacia mí.
Esa maldita bruja había conseguido angustiar a mi pequeño.
—Además, ¿notaste el increíble parecido físico? De no ser unos años mayor que yo y si no llevase esos tatuajes y piercings, hasta tú podrías confundirme con él.
Me quedé quieto un momento. Las imágenes que mi mente se creó de manera súbita, no fueron nada agradables. Lo reacomodé en mis brazos para verlo a los ojos y apoyé una mano a un lado de su rostro. Con mi pulgar, arrastré una lágrima rebelde que se desbordó de su lagrimal.
—Tú eres único, pequeño mío. Jamás podría confundirte —dije en voz baja y besé su frente—. Ahora trata de dormir un poco. Ha sido un día muy duro; solo intenta relajarte.
Asintió y se acurrucó contra mi cuerpo, apretándome con el brazo con el cual me rodeaba, y yo lo imité. Su rostro se hundió en mi cuello, entonces acaricié su espalda hasta que cayó en un profundo sueño.
Estaba claro que yo tardaría mucho más en dormirme.
&
Levanté el tubo del intercomunicador.
—Hey… ¿cómo estás?
—Hasta que te decidiste a volver. ¿Acaso te habías olvidado de mí? —preguntó al otro lado, con un dejo de molestia en su tono de voz, pero su semblante se veía calmo.
—Me ha surgido un imprevisto que aún debo resolver y está llevándome más tiempo del esperado.
—¿Un imprevisto? —arrugó su frente, extrañado—. ¿El ratoncito está bien?
Ahora quien arrugó su frente fui yo, pero no por extrañeza, sino por molestia absoluta. Él continuaba llamándolo así a pesar de haber pasado dos años completos en prisión sin verlo.
Había ido a visitar a mi hijo a la cárcel como lo hice durante los veinticuatro meses que llevaba encerrado, dos veces a la semana. Como la madre y el padre biológicos de mi pequeño habían aparecido semanas atrás, ese tiempo, no pude asistir a las visitas de siempre, por ello él me lo reclamaba de alguna manera. Yo era la única persona que iba a verlo.
Thomas no tenía amigos, ni parientes que lo quisieran; solo yo: Su padre. Mi hermano Georg (por ende, su tío) estaba muy ocupado en sus negocios y solo me preguntaba por él cada vez que nos veíamos, pero no iba a visitarlo. Y Bill no había querido volver a tener contacto con él.
Su estadía en la cárcel pareció haberlo hecho crecer de manera abrupta, ya que su aspecto había cambiado considerablemente. Ahora llevaba una barba de no más de tres días, su cabello estaba largo y castaño en su color natural, que lo mantenía semirrecogido con una media coleta. Si bien era un poco más bajo que yo, su contextura física había cambiado. Ahora se lo veía más como un adulto, que como un joven. Su torso se había ensanchado a causa del ejercicio diario que debía hacer, tanto por su salud —como los médicos le habían indicado— a causa del accidente, como por decisión propia para pasar el tiempo allí adentro.
Hacía unos días, su abogado me había llamado para informarme que, en su última apelación, respaldado por su intachable comportamiento desde que ingresó, el Juez le había reducido la sentencia a solo cinco años, siendo los últimos tres que le quedaban de condena, para cumplirlos en libertad condicional. Thomas debía permanecer limpio de sustancias y sosteniendo tratamiento psicológico ininterrumpido. Para lo cual él aceptó y en una semana lo estarían liberando.
—No le pasó nada a mi pequeño —respondí en tono firme, marcándole el límite que aún debería aceptar donde fuera que estuviese. Me miró en silencio.
—¿Pero se encuentra bien? —su voz sonó suave y sin pizca de enfado, fue entonces que me relajé.
—Sí… o, al menos, intento que lo esté la mayor parte del tiempo.
—¿A qué te refieres, papá?
Me detuve a observarlo unos segundos.
Desde que ingresó a prisión, en cada una de mis visitas, veía un cambio más en él; un cambio para bien. Allí adentro, a pesar de tener que lidiar con algunos presos —que más de una vez se habían querido liar con él por simple diversión o por pelear sin razón—, en ningún momento recibí noticias de las autoridades acerca de disturbios en los que Thomas hubiera estado involucrado. Él había contado con acompañamiento psicológico y también para desintoxicarse durante todo ese tiempo, por lo cual, sus cambios de actitud y comportamiento, eran evidentes. Yo había pedido específicamente que lo mantuvieran a salvo, ya que —al menos al principio—, a causa de su incapacidad motriz temporal, requeriría de cierta protección adicional para que los internos no se aprovechasen de su condición. Y, al parecer, todo había salido bastante bien para Thomas, porque su mejoría era visible y el Juez incluso redujo su sentencia. Asimismo, al salir, debería conseguir un empleo y comenzar desde cero para construir una vida diferente, y yo jamás lo abandonaría.
Thomas me había demostrado que no era más que un joven resentido por todo su pasado, que al fin había tomado el camino correcto luego de su trágico accidente. También había corroborado que él era un muchacho decidido y perseverante, ya que, a pesar de haber pasado largos meses en internación, sometiéndose a múltiples operaciones dolorosas y rehabilitación para recuperar el daño en sus piernas, jamás se dio por vencido y siempre hizo algo “extra” para acelerar su recuperación. Y allí lo tenía, luego de tan solo dos años, mi hijo llevaba una vida normal —físicamente hablando— y parecía como si nunca hubiera sufrido el accidente que todos conocíamos.
Tomando todo esto en cuenta, no veía por qué ocultarle la situación que estábamos atravesando con el pequeño.
—Sé que esto sonará algo descabellado, pero son nuestras circunstancias actuales: Apareció la madre de Bill —sus cejas se alzaron hasta el cielo—; y no solo eso, sino que, además, se presentó con su verdadero padre —continué y parpadeó incrédulo como si la noticia lo hubiera golpeado. Se inclinó hacia el vidrio que nos separaba y reacomodó el auricular en su oreja con un poco más de firmeza.
—¿Cómo que con su verdadero padre? ¿Acaso Jörg no lo era?
—No… —suspiré—. Hace unos meses atrás, Heidi, la madre de Bill, se contactó conmigo, ya que Jörg dejó una importante herencia la cual todos desconocían. Como había sido algo tramitado en secreto por el propio Jörg para que, el día de mañana, si le pasaba algo, su hijo no quedase desamparado, esa información quedó archivada por muchos años hasta que cayó en manos de un abogado público que buscaba casos “muertos”, los cuales nadie había reclamado, para hacerse cargo y así cobrar sus honorarios; en fin. La cosa es que, como Bill había cambiado su número telefónico tiempo atrás… —lo miré de manera efímera, ya que decir aquello convocaría el recuerdo de cuando mi pequeño había cambiado su número de contacto para que él no lograra hallarlo. No obstante, al no tener respuesta de su parte al respecto, continué—, no pudo comunicarse con él, así que lo hizo con la que todavía figuraba como su esposa legalmente hasta el momento en el que Jörg falleció; por eso se puso en contacto con ella. Según palabras de la propia Heidi.
Tomé un poco de aire. Recordar a esa mujer me daba náuseas. Y recordar a William evocaba además mi último encuentro con él y me provocaba escalofríos.
—El problema es que Heidi solo decidió acercarse a Bill para obtener parte de esa maldita herencia, nada más, porque es una exenfermera ambiciosa a la que solo le interesa el dinero. Sin embargo, no está sola. Apareció con el hermano de Jörg, quien luego nos confesó que es el verdadero padre de Bill, ya que ella estuvo engañándolo con él durante mucho tiempo luego de casarse con Jörg. Y este tipo es un músico muerto de hambre que, tal parece, económicamente, no le sirve de mucho a Heidi para darse los lujos que quiere; por eso está desesperada por esa maldita herencia.
Culminé y aguardé. No podía escucharme contar todo aquello sin que me resultara una realidad tan ficticia. Suspiré.
—Ohh… menuda historia —exclamó aún sorprendido y quizás algo confundido. Su cara expresaba varias emociones a la vez—. Supongo que Bill no se siente muy bien después de todo eso.
—No, realmente no.
Volví a suspirar descansando el peso de mi cabeza en el auricular y bajé la mirada tras recordar lo duro que habían sido las últimas semanas, debido a que Heidi parecía no darse por vencida. Mi pequeño casi no dormía y trataba de concentrarse en preparar su tesis para cuando regresara a la Universidad, sin lograrlo en realidad.
—Y no solo por ello Bill no está bien, sino que fue un golpe muy duro para él enterarse, de un día para otro, de que Jörg no es su verdadero padre y, a la vez, ver a su padre biológico —alcé la cabeza y nuestras miradas colisionaron—. También se llama William —abrió los ojos sobremanera y continué—, y, como si fuera poco, el parecido físico es escalofriante.
—¿Cómo dices? —preguntó acercándose nuevamente al vidrio con expresión de no creer—. ¿Tan parecidos son?
—Físicamente, sí —medio reí aún sin creer lo que yo mismo estaba diciendo. No me cansaba de pensar en que eran circunstancias muy agobiantes—. Respecto a su personalidad, son como el agua y el aceite. William es un descarado.
—¿Tan así?
—Sí. Tanto él como su esposa, consiguieron angustiar mucho a Bill. Sobre todo, ella, que nos insultó en nuestro propio hogar.
—Si vuelven a acercarse a él, cuando salga, puedo encargarme de ellos —soltó de repente, en tono bajo, y yo miré con disimulo hacia los guardias que estaban en la puerta de la sala de visitas del lado donde se encontraba mi hijo.
—Shh…, no debes hablar así —dije casi en un susurro y él sonrió de lado—. Además, en poco menos de una semana saldrás en libertad y no puedes cometer ningún error fuera si quieres conservarla.
—Hey, tranquilo, papá —rio por lo bajo—. Me refería a darles un susto para que no vuelvan a molestaros. Eso es todo.
—Prefiero que sea la policía quien se encargue de ello mediante medidas legales, en caso de que las cosas se compliquen.
Se encogió de hombros.
—Como digas. Si necesitas de mi ayuda, solo debes decírmelo.
—Una vez libre, me ayudaría mucho que te encargaras de tener una vida sana, hijo. Tal vez, formar una familia, y no que me dieras más problemas.
Hizo su cabeza con lentitud hacia un lado y suspiró. Luego se devolvió a verme.
—Lo haré, papá. Estos dos años aquí encerrado he reflexionado mucho sobre mi vida y los estúpidos errores que cometí en poco tiempo. De verdad, lo siento mucho. No volveré a decepcionarte. Y, si tú me lo permites, quisiera disculparme personalmente con Bill por todo el daño que le he hecho.
Me quedé en silencio por unos momentos. Dos años desintoxicado y alejado del mal, pagando la condena por sus delitos… al parecer, lo habían ayudado a entrar en razón. El problema era que mi pequeño no quería volver a verlo…
—Por supuesto que sí, hijo; en tanto Bill quiera tenerte cerca otra vez —contesté con tranquilidad.
—Desde que me encerraron, no he vuelto a verlo. Jamás vino a visitarme.
—Entiende que para él ha sido muy difícil. Le hiciste mucho daño, Thomas.
—Lo sé, papá; lo sé —pasó una mano por su rostro y la frotó un poco—. Desde que pisé este maldito lugar, no he dejado de lamentarme ni un solo día por todo el mal que le hice. A él y a ti.
—Estar aquí por dos años, fue una de las consecuencias de tus actos.
—Sí, y por eso he cambiado. Por eso también el Juez aceptó mi última apelación y me dejará en libertad.
—Recuerda que no será una libertad absoluta, sino condicional. Eso significa que aún deberás cumplir tu condena estando fuera de la cárcel sin cometer el mínimo error, de lo contrario, volverán a ponerte tras las rejas.
—Lo sé —volvió a mirarme—. Y haré lo que sea con tal de demostraros que soy un hombre completamente distinto. Ya no soy esclavo de las malditas drogas ni de la ira. Necesito vuestro perdón.
Suspiré.
—Ya tienes el mío, hijo. Bill te perdonará en tanto él sienta que es lo correcto —culminé y asintió cabizbajo.
&
—Iré al tocador —anunció algo molesto y se dirigió hacia donde dijo. Yo respiré con profundidad un poco cansado de la situación.
Desde que las cosas se complicaron semanas atrás con Heidi y su pareja, yo no había querido que mi pequeño se quedara solo en el departamento, por lo que lo llevaba conmigo a todos los entrenamientos, incluso los fines de semana cuando debíamos asistir a competencias por fuera de la ciudad. Estaba claro que a él ya no le era grato acompañarme a todas partes, ya que poco le importaba el deporte. Tiempo atrás, me había dicho que él solo disfrutaba verme jugar a mí, pero, como yo hacía años era Couch y solo me dedicaba a entrenar a mi equipo, no solía participar en los partidos. Razón por la que era fácil descifrar que le aburría estar allí.
—Henry, por favor, ocúpate de los muchachos un momento. Debo hacer algo —le indiqué al capitán de mi equipo mientras dejaba, sobre las gradas de junto, mi anotador y otras cosas.
—Por supuesto, Couch —respondió y, con un trote entusiasmado, se devolvió a la cancha.
Caminé hacia los baños.
Al llegar, encontré a mi pequeño viéndose en el gran espejo, con ambas manos apoyadas sobre el amplio lavabo y una expresión de tristeza. No se había percatado de mi presencia.
—Pequeño… —lo llamé con tranquilidad mientras me aproximaba a él. De inmediato me miró con claro asombro.
—Tom… no escuché que entraste.
—De hecho, creo que no has oído nada más que tus pensamientos últimamente, ¿o me equivoco? —indagué y volvió a desviar la mirada. Extinguí la distancia entre ambos y lo cogí por la barbilla para que me viera de frente—. ¿Qué ocurre, pequeño mío?
—Más bien, qué no ocurre —dijo y suspiró—. Heidi no ha dejado de llamarme durante las últimas dos semanas, y siempre lo hace desde un número distinto, por lo que me es imposible saber cuándo es ella y cuándo puede tratarse de un tema relacionado a mi tesis. Bien sabes que he estado contactándome con varios profesionales para conseguir entrevistas sobre el tema en el cual quiero basar todo mi trabajo, y me ha sido bastante difícil hasta ahora. Igualmente, puedo entenderlo, siempre supe que llevaría tiempo —parpadeó largamente—, pero esta mujer está haciendo todo mucho más engorroso. Ya ni siquiera me emociona el hecho de que falte cada vez menos para nuestro casamiento, porque siento que, tanto ella como William, se encargarán de arruinarlo todo.
—Oh, pequeño… yo no permitiré que arruinen tu vida —dije con voz calma y lo rodeé con mis brazos. Él se hundió en mi pecho y comenzó a llorar.
—Ya no me siento seguro en ningún lado, amor… Tengo miedo de que, de un momento a otro, ellos nos hagan daño.
—Nadie te hará daño, pequeño mío —contesté sobando su espalda y cabello—. Yo no permitiré que te pongan ni un solo dedo encima.
Se separó escasos centímetros de mí para alzar la cabeza y verme a los ojos luego de limpiarse las lágrimas.
—Discúlpame si te hablo mal a veces, pero… últimamente, soy un manojo de nervios y no me doy cuenta de mi actitud.
—Está bien, mi amor. Te entiendo, no te preocupes.
—Necesito que me hagas el amor —soltó de repente y la mano con la que yo comenzaba a acariciar su cabello, se detuvo. Lo miré sorprendido.
—¿Cómo? ¿Aquí y ahora?
—Sí, Tom. Aquí y ahora —respondió con seguridad y me besó dando un leve saltito para impulsarse y llegar a mis labios a causa de mi posición y altura. Yo abrí mucho los ojos cuando sus manos se dieron a la tarea de desabrochar mi jean. Lo detuve y me miró—. ¿Qué?
—No, pequeño. No podemos hacerlo aquí; no es correcto.
—Vamos, Tom. Echa a un lado tu moral de adulto responsable por un maldito segundo y haz de esta aburrida tarde, una más pasional para ambos —cogió mi campera entre sus manos para acercarme más a él y continuó hablando tras rozar mi boca con la suya—. Estás trayéndome aquí cada día de cada semana desde hace casi un mes. Estamos en el sector de vestidores y duchas, el partido va por el segundo cuarto, nadie vendrá aquí. Tenemos tiempo de sobra.
( PLAY ► Body – Rosenfeld)
Dicho esto, me empotró contra el lavamanos —donde él se había apoyado momentos atrás para verse al espejo—, y volvió a besarme febrilmente. Estaba claro que mi cuerpo respondería como lo hacía tras cada roce de su piel. Y sabía que, aunque había estado llorando segundos antes a causa de su temor a su madre, nuestros últimos encuentros sexuales lo ayudaban a mitigar todo aquello. Y yo no iba a negarme.
Rodeé su delgado cuerpo con mis brazos e invertí nuestros lugares tras girarlo conmigo para alzarlo un poco hasta sentarlo en el lavamanos. Empecé a desabrochar su cinturón mientras él se encargaba de manosear mi miembro tras escabullir una de sus frías manos dentro de mi pantalón.
—Joder, ¿por qué siempre tienes las manos tan frías, pequeño? —pregunté luego de dar un casi imperceptible salto a causa del espasmo por el frío—. La temperatura de tus manos nunca coincide con la del resto de tu cuerpo, maldita sea.
Lo oí reír y volví a besarlo para cogerlo por debajo de los muslos y llevarlo hacia las duchas para evitar quedar tan expuestos en pleno baño. Trabé la puerta y lo bajé. Se volteó e inmediatamente escupió en su mano para introducirla en su jean y comenzar a dilatar su entrada. Yo me encargué de bajarle un poco la prenda sin interrumpir su labor, pero de pronto dirigió su mano hacia mi pene expuesto y lo acarició girando levemente el rostro para verme. Estaba lubricándome con su mano ensalivada. Una traviesa sonrisa adornó sus labios, entonces dirigió la punta de mi falo hacia su ano. Yo me acerqué lo suficiente como para que él guiase mis movimientos al principio hasta que se sintiera completamente acostumbrado a mi tamaño.
—Ughs… —se quejó desde su garganta—, tan grande, mi amor…
Me encorvé sobre su vulnerable figura y adherí mi boca a su oreja.
—Para ti, pequeño —dije en tono grave y lo vi morderse el labio—. ¿Me quieres sentir completo en tu interior?
—Sí… ensánchate para mí… —respondió echando su trasero hacia atrás, entonces yo adelanté mi pelvis para lograr una penetración perfecta y hacer lo que me pedía—. Oh, cielos…
Inesperadamente, oímos múltiples pasos ingresando al sector donde estábamos. Me petrifiqué.
—No, no… —exclamé en un susurro y me detuve—. No puede ser que el partido ya haya terminado. Algo debió pasar…
—No importa —soltó tras voltearse e impedir que me alejara al agarrar parte de mi pierna con una de sus manos. Lo miré incrédulo—. Hay varias duchas y esta está ocupada. Tú solo continúa.
—Pero, Bill, pueden… —no me dejó continuar.
—Soy tu pequeño y te necesito ahora siendo mi futuro esposo, maldición —gruñó volviendo a echar su culo hacia mí consiguiendo penetrarse él mismo un poco más con mi pene aún erecto. Ahogué un gemido gutural.
Se oían muchas voces hablar a la vez —que eran las de mis alumnos—, las duchas de los cubículos libres también aportaban su cuota de sonido y yo… a mí me era imposible no estar excitado a pesar de las circunstancias, con el pequeño rodeándome la polla y comenzando a moverse.
Mi moral podía irse al diablo por unos minutos.
Apoyó ambas manos en la pared y comenzó a jadear. Sabía que, en cuanto comenzase a acompañar el ritmo de su cuerpo, sus jadeos pasarían a ser gemidos que se irían incrementando hasta convertirse en gritos, así que cubrí su boca con mi mano derecha y lo atraje hacia mí para tomar el control de cada embestida con nuestras figuras adheridas.
Cerró ambos puños sobre el muro e intentó girar el rostro para mirarme, aunque no logró mantener los ojos abiertos por mucho tiempo cuando aceleré el ritmo. Percibí la curvatura de su boca en mi palma al sonreír extasiado y aproximé la mía a su oído una vez más para que me escuchara.
—Estas locuras solo las hago contigo, pequeño mío. Te amo y entiende que yo siempre haré lo que sea por ti.
Su entrecejo se frunció manifestando su disfrute.
Quizá no me había oído, quizá sí; no lo sabía. Pero lo que sí sabía era que el pequeño ya estaba completamente alejado de todo aquello que lo perturbaba de su alrededor. Y también sabía que yo debía hacer algo más respecto a ese tema. La policía no accionaba contra Heidi y William, porque decían que unas llamadas y unos cuántos mensajes no eran pruebas suficientes para hacer una denuncia o presentar cargos en su contra. Sin embargo, la situación comenzaba a salirse de control y, a pesar de su comportamiento y contestaciones, mi pequeño tenía miedo. Y yo haría lo que fuera con tal de ponerlo a salvo otra vez, aunque eso implicara ofrecer a cambio mi propia vida.
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Por Bill
—Hola…, ratoncito —saludó y mi estómago se contrajo.
Luego de que Tom me anoticiara acerca de que a Thomas le habían concedido la libertad condicional tras su última apelación y que había regresado para demostrarnos que realmente había cambiado al fin, lo llevó a nuestro hogar.
Fue impactante volver a tenerlo frente a mí luego de dos años sin saber más de lo que mi pareja me informaba cada que iba de visita a la prisión. Yo no quise ir a verlo en ninguna ocasión, ya que prefería mantener aquella parte de mi pasado al margen del olvido. Honestamente, tiempo atrás, me encontraba tan concentrado en mi carrera y en mi relación con Tom, a pocos meses de casarme con él, que nada lograba moverme de allí. Hasta que aparecieron Heidi y William para romper mi hermoso castillo de cristal. Ahora Thomas salía en libertad. Parecía que la vida me había puesto en un cajón cerrado durante todo este tiempo y, súbitamente, se percató de ello, entonces ideó arrojarme a la mesa llena de sus cartas más oscuras para averiguar qué estaba dispuesto a hacer yo con ellas. Como si mi pasado no hubiera sido suficiente para llamarme un tipo con experiencia en el drama.
Actualmente, mi expareja, lucía varios años mayor que yo. Llevaba una barba corta y prolija, un corte en diagonal en ambas cejas (como estilo penitenciario), y su cabello atado en una media coleta, ya que lo tenía más largo a como cuando utilizaba trenzas africanas. Tampoco había vuelto a teñirse el cabello, por lo que su color castaño natural se dejó ver de inmediato. Por otro lado, su cuerpo se veía más grande y musculoso, lo cual dejaba claro que había estado ejercitándose en prisión; además de que tenía tatuados su cuello y brazos. Por un momento, un incómodo escalofrío me recorrió por todo el cuerpo al verlo tan físicamente parecido a Tom…
—Thomas —lo llamó mi pareja y este lo miró luego de dos o tres segundos sin apartar la mirada de mí—, ya hemos hablado respecto a ese apodo.
—Lo siento, papá… —respondió y yo fruncí el entrecejo sin entender cómo era posible que hubiera dado una contestación tan alejada del control y la soberbia—. Hola, Bill.
Miré a Tom antes de responder y me devolví a su hijo. Respiré profundo.
—Hola, Thomas.
—Os dejaré un momento a solas. Creo que tenéis mucho de qué hablar —volví a mirarlo de inmediato.
—¿Qué?
—Calma, Bill. No soy el de antes, no tienes nada que temer —dijo con serenidad Thomas, y su padre me miró haciendo un sutil gesto.
—Estaré en la terraza. Os espero allí en media hora, ¿de acuerdo?
—Si Bill está de acuerdo, por mí está bien —contestó mi expareja y algo en su voz logró apaciguar el torbellino de ansiedad que comenzaba a desatarse en mi interior.
—¿Pequeño?
—Está bien. Subiremos en media hora, mi amor —dije y Thomas apartó la mirada tras oír cómo había llamado a su padre. Era obvio que, por mucho que hubiera trabajado consigo mismo en prisión respecto a lo que habíamos tenido y todo lo que había ocurrido, aún algo lo movilizaba internamente. Podía notarlo y, por ello, yo no bajaría la guardia.
Tom se acercó a mí y dejó un casto beso en mis labios antes de irse.
A solas. Luego de tanto tiempo, a solas una vez más con el hombre que me había despojado de mi inocencia.
Respiré.
—Bien. ¿Quieres tomar asiento? —pregunté con serenidad y él asintió. Yo me senté primero en el único sofá de la sala, ya que contábamos con uno muy grande junto a la mesa con cuatro sillas de las cuales también disponía el sitio, entonces habló:
—¿Puedo sentarme a tu lado? —fruncí el entrecejo—. Quiero tenerte cerca al hablar.
—Thomas, no es necesaria la proximidad…
—Para disculparme, sí, Bill. Me sentiría mejor si me permitieras sentarme a tu lado. Sin contacto, si lo prefieres y te deja más tranquilo.
Lo miré con recelo un momento, no obstante, me dije a mí mismo que el antiguo Thomas no se habría tomado la molestia de explicarme nada de todo aquello y que simplemente hubiera actuado de la manera en la que solía hacerlo en el pasado: Impulsivo, agresivo y engreído; sin embargo, no lo hizo. Tal vez, en verdad yo debía relajarme un poco y tratar de confiar en esta nueva forma de ser que había adoptado a causa de todo por cuanto debió pasar en prisión y que yo aún desconocía. Además, Tom jamás me habría dejado a solas con su hijo si sospechara que aún era una amenaza para mí. Tom siempre estaba atento a todos los detalles para mantenerme a salvo.
—Está bien, Thomas. Siéntate, lo siento. Es que todavía no confío en ti.
—Lo sé… y soy el único culpable de haber perdido tu confianza —dijo con voz calma mientras se sentaba a mi lado y cogió una de mis manos entre las suyas. Irremediablemente, mi cuerpo se tensó. «Dijo sin contacto…»—. Por eso le pedí a mi padre que hablara contigo para que me permitieras pedirte disculpas personalmente… —se detuvo un momento tras descubrir mi anillo de compromiso—. ¿Desde cuándo usas anillos…?
—Tu padre y yo vamos a casarnos —informé sin más preámbulos para que no le cupieran dudas respecto al lugar que debía ocupar.
—Os… felicito.
Lo vi parpadear repetidas veces y simultáneamente se aclaró la garganta para después tragar y continuar hablando.
—Mientras estuve en prisión, he pensado mucho en todo lo que hice y mi pasado es una de las cosas que jamás podré borrar, pero sí puedo evitar que algo de todo aquello se repita en tanto no cometa los mismos errores.
Sus manos acariciaron la que sujetaba de las mías y paseó, con sutileza, poco más por encima de mi antebrazo. Yo miré la acción y enseguida me devolví a sus ojos. Me aparté un poco para alejarlo y bajó la mirada reacomodando sus manos.
—Entiendo, Thomas, y acepto tus disculpas.
—Tu cuerpo no parece opinar lo mismo… —dijo devolviéndose a mí.
—No esperes que todo vuelva “a la normalidad” solo porque te disculpas. No puedo dejar atrás todo tu maltrato como se pasa la última hoja de un viejo libro. Entiéndelo. No confío en ti. No voy a mentirte —me sinceré tanto con él como conmigo mismo, ya que no podía obligarme a creerle—. De todos modos, agradezco tu esfuerzo. Te pido que me des tiempo, por favor.
—Todo el que necesites —fue su respuesta, casi en un susurro, sin objeciones, sin dar pie a una pelea y con una mirada totalmente ajena a él. Respiré con profundidad sin ser muy obvio—. ¿Puedo decirte algo con todo mi respeto y sin intenciones de crear problemas?
Pidió de repente y fruncí ambas cejas sin comprender.
—Sí, claro…
—Te ves mucho más hermoso de lo que recordaba. Sé que mi padre te ha cuidado como yo no supe hacerlo, y eso se nota.
Una mueca risueña adornó sus labios rodeados por su corta barba.
Me costaba asimilar sus palabras. El tono que había empleado y su actitud, no estaban ni cerca del Thomas toxicómano, manipulador y violento con el cual conviví durante mucho tiempo.
—Gracias… —dije en voz baja—, tú también te ves muy bien.
Agregué y sus ojos brillaron.
Por un instante, me sentí frente a la mirada de Tom.
Continúa…
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Qué horror con Heidi, no la soporto, tampoco al Bill de temu
No estás sola, cielo. Nadie soporta a esa mujer. 🤦🏼♀️