II Tom 4

II Tom 4

Tom. Temporada II

Capítulo 4

Mi cuerpo chocó contra el suyo tras abrir la puerta, ya que él salía en ese preciso instante. Su cabello estaba mojado y algunos mechones ondulados bailaban sobre su rostro. Su gran y trabajado torso estaba desnudo y tatuado también, y se lo percibía humeante a causa de la alta temperatura por la reciente ducha. A su parte baja la cubría solo una toalla azul y estaba descalzo.

—Lo siento… —dije cuando me sentí capaz de articular una maldita palabra ante la imagen de él tan sensualmente expuesta frente a mí —, me quedé dormido en el sillón —tragué saliva, nervioso—. Desperté apresurado y pensé que ya habías desocupado el cuarto de baño. Esperaré en la sala a que termines de utilizarlo.

Agregué con un tono de voz inestable como consecuencia de los nervios que tironeaban de mi jogging y, cuando me dispuse a retirarme, sentí su mano detenerme por el brazo. Me quedé quieto un momento antes de voltear. Con lentitud, fui alzando la cabeza hasta encontrarme con sus ojos, los cuales se enfocaron en mis labios segundos después. Mi respiración se aceleró cuando noté que se acercaba con suma cautela. Me miró una última vez a los ojos, como si esperase por mi aprobación; entonces, como yo no tuve la fuerza suficiente para detenerlo ni pensar con claridad en lo que estaba a punto de hacer, permití que me besara.

Sus labios en contacto con los míos, luego de tanto tiempo, despertaron un millón de sensaciones en mi cuerpo que creí haber olvidado. Pero de pronto, se apartó, aún sosteniendo mi cabeza con una de sus manos, que había sido la que utilizó para afirmar su agarre. Abrí los párpados inmediatamente.

—Lo siento, lo siento… Yo no quise…

Empezó a disculparse, pero no lo dejé continuar. Simplemente, en aquel instante, todo mi cuerpo gritaba que lo permitiera. Que solo dejara que me hiciera olvidar de mi dolor. Que adormeciera la sensación de muerte que me embargaba el alma tras haberme enterado de que, el hombre que siempre amé, me había cambiado por otro. Fue por ello que volví a aunar nuestras bocas, ahora yo rodeándole el cuello con mis brazos. Él pasó los suyos por detrás de mi cintura baja y me presionó contra su ardiente figura. Descendí por su tatuado cuello sintiendo la humedad y el calor de su piel a causa de la ducha, y llevé una de mis manos a su toalla con la intención de acariciar su miembro por encima de la tela. Me detuvo al coger mi muñeca y lo miré.

—No quiero que hagas algo que no sientas, Bill —dijo viéndome fijamente. Yo permanecí en silencio por unos breves tres segundos, entonces hablé:

—Necesito volver a sentir…

Una de sus manos me tomó con firmeza por la nuca para enfrentarme mejor a su rostro.

—Entonces, deja que yo me encargue de eso —fue su respuesta y fundió nuestros labios.

Nos cambió de posición y me apretó contra la pared consiguiendo que liberase un sonoro jadeo ante lo abrupto del movimiento. Sin embargo, era una característica en él que, en ese instante, solo incrementó mi excitación. Me mordí el labio inferior cuando reptó su boca por mi cuello unos momentos y sus manos se pasearon ansiosas por debajo de mi ropa, empezando a marcar mi piel con su duro toque. Cuando llegó a mi jogging introdujo la mano en él, adentrándose también en mi bóxer, y acarició mi pene sin mucha sutileza. Gemí contra su boca. Él deshizo el beso y apoyó su frente contra la mía, aún manteniendo la cabeza inclinada un poco hacia abajo y oía su respiración completamente agitada. Me extrañó el gesto, ya que también detuvo sus caricias en mi cuerpo.

—¿Pasa algo, Thomas? —interrogué dudoso y en tono bajo. Él tomó una breve distancia entre nuestros rostros para poder verme y hablar.

—Te deseo… —apretó los párpados de manera efímera y volvió a mirarme—. Maldita sea, te deseo demasiado, Bill. Hace más de dos años que no tengo sexo y no estoy seguro de poder controlarme cuando te tenga desnudo entre mis brazos —deslizó la mano que me sostenía por la nuca, hasta un lado de mi rostro y me acarició—. No quiero hacerte daño.

Su voz la oí cargada de tanta genuinidad, que mi reacción fue sonreír y delinear sus labios al pasar mi mano derecha por ellos.

—Hoy puedes usarme, Thomas… —dije en voz baja y me miró sin comprender—. Puedes usarme, como solías hacerlo mientras estuvimos juntos años atrás, para poner fin a tu abstinencia sexual. Solo… no me lastimes, por favor —pedí inclinando mi cabeza levemente hacia un lado sin permitir que mi sutil sonrisa se desvaneciera. Él reacomodó sus manos a los lados de mi rostro para conectar nuestras miradas.

—El Thomas de ese entonces, ya no existe. Te demostraré que, el que soy hoy, te hará sentir todo aquello que ese no pudo en nuestro pasado y prometo cuidarte.

—Házmelo sucio… —susurré casi rozando la piel de sus labios con la de los míos. Tragó saliva—. Necesito volver a sentirme vivo.

Como si mis palabras lo hubieran empujado, concretó el beso al tiempo en que rodeaba mi delgado cuerpo con sus grandes brazos. Abrió su boca y su lengua empujó la mía hacia el interior de mi cavidad en busca de marcar todo a su paso como solía ser una costumbre en él. Mis dedos se perdieron entre su cabello mojado y lo presioné más contra mí demostrándole que en verdad estaba esperando sentir todo de él. Me separó un poco y me quitó la playera de un movimiento. Inmediatamente su boca se adhirió a mi pecho para marcar un camino imaginario de besos junto a pequeños mordiscos, mientras se detenía en uno de mis pezones y luego se desplazaba hacia el otro, jugando con ellos y arrancándome prolongados suspiros. De pronto, se arrodilló y me bajó el pantalón acompañado de mi ropa interior hasta que quedó en mis tobillos, entonces le puso atención a mi ya notable y erecto pene para enseguida meterme en su boca.

Un sonoro gemido se escapó de mi garganta cuando la punta de mi miembro atravesó la suya y oí cómo casi se ahoga.

Joder…, había olvidado lo bien que me la mamaba…

( PLAY Lose control – Teddy Swims)

Posé mi mano en su cabeza para acompañar el vaivén que había adoptado. Con fuerza me cogió por detrás de los muslos para manejar mi cuerpo al compás que él quería sostener mientras me hundía reiteradamente en su cavidad. Cerré los ojos y eché mi cabeza hacia atrás, hasta que la apoyé en el muro. No podía separar mucho las piernas debido a que continuaba con el pantalón simulando un par de grilletes sujetos a mis tobillos, por lo que maldije internamente, aunque sin la valentía suficiente para pedirle a Thomas que se detuviera para hacer una modificación en aquello. Estaba disfrutándolo tanto, que la incomodidad perdió protagonismo en toda la escena.

Succionó con fuerza hasta que las paredes internas de sus mejillas presionaron mi polla dentro de su boca y enseguida jugó con su lengua, haciendo que pasase hacia afuera poco más de su labio inferior, para volver a hundirme una y otra vez, ocasionando que las venas de mi miembro resaltaran cada vez más a causa de la excitación que me recorría todo el cuerpo.

De pronto, percibí que me quitaba el calzado y terminaba por sacar mi pantalón al fin. Me sacó de su boca y se puso de pie sin apartar su mano de mi pene, aún masturbándome. Abrí los ojos, algo atontado por el placer recibido, y me encontré con su oscura mirada. Me soltó para cogerme sin cuidado con una mano por la mandíbula obligándome a apoyar mi nuca en la pared al igual que él apoyaba su otra mano; acorralándome.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó en tono imperioso contra mis labios, pero sin tocarlos—, ¿eh? —sacudió levemente mi cabeza exigiendo una respuesta. Yo me mordí el labio inferior con saña. Esa era la forma en la que, al principio de nuestra relación, más de una vez, me trató en la cama y yo lo disfrutaba. Por un momento me trasladé a ese adolescente con las hormonas alborotadas y hambriento de experimentar todo lo que él tenía para mostrarme respecto al sexo.

—Quiero que me folles duro —respondí pasando mis palmas abiertas por su torso desnudo desde abajo hacia arriba, pero me las apartó de inmediato y las llevó por encima de mi cabeza, apretándolas a ambas con una de las suyas, contra la pared. Su mano libre se devolvió a mi mentón para cogerlo con cierta brusquedad. Me quejé excitado.

—Pues deberás ganártelo —contestó al acercarse a mi oído. Cuando se devolvió frente a mi rostro, muy próximo a mis labios sin tocarme, sonrió de lado. Aproveché la cercanía para arrastrar mi lengua por encima de su barbilla y boca; fue allí que su sonrisa se borró. Lo miré fijamente a los ojos.

—Entonces, suéltame y déjame hacer mi puto trabajo —ordené. Sus labios se separaron levemente y su respiración se aceleró.

Me besó. Sus manos se movieron ansiosas mientras que con su cuerpo embestía el mío arrancándome crudos gemidos de placer. Odié la jodida toalla que todavía le cubría la parte baja y no podía entender de qué maldita manera la había anudado a su cintura, que, en todo el rato que llevábamos moviéndonos —y que incluso él se había arrodillado en el piso para chupármela—, no hizo que se le cayera en ningún momento.

Tiró hacia atrás de mi cabello para separarme de su boca y me sostuvo con firmeza frente a su rostro. Yo torcí mi cara en una mueca de dolor amalgamado con excitación. Movió mi cabeza hacia un lado y pasó su lengua desde mi quijada hasta mi sien, entonces habló en mi oído.

—Veo que volvemos a encontrarnos, ratoncito —espetó en tono grave y sensual. Un escalofrío se escribió por toda mi piel—. Pídeme lo que quieres hacer.

—Quiero chupártela —respondí de inmediato, ya que, por alguna jodida razón, moría de ganas por tenerlo en mi boca.

Tomó distancia y se quitó la única prenda que cubría su desnudez, dejando en evidencia su rígido y grueso miembro aguardando por ser atendido. Lo miré a los ojos y, sin deshacer el contacto visual, comencé a agacharme frente a él hasta que mis rodillas tocaron el suelo. Apoyé ambas manos sobre mis muslos y, aun con mi mirada fija en la suya desde mi posición, abrí mi boca sacando levemente la lengua, entonces él se acercó los escasos centímetros que nos separaban, para introducir su pene en mi cavidad. Cuando la punta chocó en mi garganta, cerré los párpados y me reacomodé un poco para conseguir que se deslizase por mi faringe hasta llegar lo más profundo que le fue capaz. Mis ojos escocieron a causa del reflejo faríngeo, entonces me hice hacia atrás para coger parte de su miembro con una de mis manos, y así repetir la acción cada vez con mayor fluidez. Volví a abrir mis párpados y lo miré desde abajo. Él me observaba con ambas manos a los lados de su cintura baja. Comenzó a moverse de atrás hacia adelante para embestir mi boca con lentitud. Yo tomé una de sus manos y le indiqué que me cogiera por el cabello, lo cual hizo y captó mis intenciones. Sumó su otra mano para tomar mi cabeza con precisión, entonces coloqué ambas mías sobre sus isquiotibiales para sostenerme mientras él se hundía una y otra vez en mi boca, provocando que hiciera aquellos ruidos ahogados que tanto nos encendían.

En un momento, me apartó y cogió su dura y ensalivada polla para golpear una de mis mejillas con ella. La deslizó por mi boca entreabierta, hacia mi mentón. Yo lo miré con los ojos encharcados en lágrimas a causa de la reiterada acción en mi garganta. Sonreí. Su mirada se oscureció como si no hubiera esperado aquella reacción de mí, por lo que volví a meterlo en mi boca, ahora manejándolo yo a mi antojo, rudo y sin cuidado, lo que ocasionó que liberase un sonoro gruñido. Chupé la punta con fuerza simulando alejarme, pero sin llegar a quitarlo de mí, rozándolo con el piercing de mi lengua, para enseguida repetir la acción, imaginando que toda su sangre estaba agolpándose en la cabeza de su miembro. Lo solté haciendo un gracioso sonido, y de inmediato volví a engullir todo lo que me cupo de él. Lo metí y saqué varias veces; incliné mi cabeza para chupar (por fuera) desde la base hasta el glande. Masajeé sus testículos —en aquel momento cubiertos por la piel tirante del escroto que los envolvía a causa de lo excitado que estaba—, y me devolví a ellos para meter ambos en mi cavidad, con cuidado de no dañarlo con mis dientes. Comencé a masturbarlo y acarició mi cabeza con una de sus manos.

Cuando retomé mi labor en su grueso pene, deslizó su palma hasta mi cuello y se hundió en mi garganta. Me di cuenta de que buscaba palpar el bulto que se producía al atravesar el interior de mi faringe, algo que a él lo encendía mucho cuando le hacía sexo oral.

De pronto, me sacó de su boca y respiré agitado, ya que, por momentos, me costaba coger el oxígeno suficiente por el gran espacio que ocupaba en mi garganta. Lo miré sintiendo que mi baba chorreaba por mi barbilla tras haberse desprendido de su polla y limpió una lágrima que serpenteó desde la esquina externa de mi ojo izquierdo, evitando que llegase a mi oreja. Apoyó la punta de su falo en mis labios y lo deslizó también por encima de mi nariz. Yo saqué mi lengua para lamerlo mientras se movía.

—Acábame en la cara —pedí y, si bien su expresión descolocada fue espontánea, no duró más de un segundo para enseguida sonreír con malicia.

—¿Quieres mi leche, ratoncito?

Empezó a masturbarse frente a mi rostro y me agarró con fuerza por el cabello de la nuca, afirmando mi posición frente a él. Gemí por lo rudo del movimiento y, luego de mirar su pene, me devolví a sus ojos.

—Sí —respondí con seguridad y abrí la boca sacando levemente mi lengua, para mostrarle que estaba dispuesto a recibir todo su esperma en ella.

—¿Dónde la quieres? —preguntó sin dejar de masturbarse—. Dime dónde.

—En mi boca… Quiero tu leche en mi boca y mi cara, Thomas…

Contesté y se mordió el labio inferior. Sonreí satisfecho de ser capaz aún de excitarlo de ese modo a pesar del tiempo que habíamos pasado lejos, y de inmediato miré el movimiento que ejercía sobre su miembro. Su glande estaba muy rojo, casi bordó, a causa de lo próximo que se encontraba de eyacular. Acercó un poco más mi cabeza hacia él y yo pasé mi lengua por la punta, entonces, alcanzó el clímax. Oí un profundo y ronco gemido mientras continuaba bombeando su polla para largarlo todo. Parte de su esperma dio en mi boca y otra por encima de mi nariz, manchando también, con algunas gotas, el surco nasolabial de mi cara y el comienzo de mis pómulos.

Le di una última chupada a su glande, asegurándome de que no quedara nada de su semen, y tiró de mi cabello a modo de señal para que me pusiera de pie. Pasó su mano por mi rostro, arrastrando consigo parte de su semilla. Su pulgar se deslizó de arriba hacia abajo por mis labios. Yo cogí aquella mano y arrastré mi lengua por ella para quitar parte del esperma que me había limpiado y chupé sus dedos lascivamente.

Noté que se le desencajó la mandíbula y apretó su labio inferior entre sus dientes.

Me cogió del cuello y me empotró contra la pared.

—¿Gozas provocarme? ¿Eh?

—¿No te gusta?

—¿Qué quieres ahora? —preguntó con la voz ronca tras ignorar lo que le dije, y su boca se abrió levemente.

—Quiero que me folles, maldita sea —solté alzando un poco el tono con la intención de despertar a su agresividad. Necesitaba tapar mi angustia de alguna manera—. Fóllame de una jodida vez.

—¿De verdad eso quieres, ratoncito? —presionó un poco su agarre en mi cuello—. Me has calentado lo suficiente como para no discernir entre lo que es correcto y lo que no. ¿Estás seguro de que quieres tenerme en ti de esta manera? Tú conoces perfectamente todo lo que puedo hacerte.

Puse ambas manos en aquel brazo y hablé con cierta dificultad.

—Necesito que el dolor sea mayor que mi tristeza.

—Entonces, estás en el lugar indicado.

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Por Thomas

Apresé sus labios con los míos y lo cogí por los muslos incitándolo a que diera un pequeño respingo y así pudiera rodear mi cadera con sus finas piernas. Rápidamente, lo llevé hacia el cuarto de baño, ya que estábamos a solo unos pasos, y, sin prestar mucha atención al sitio, abrí las canillas para enseguida meternos bajo la ducha sin permitir que se apartase de mí.

A causa del tiempo que había transcurrido desde que me había duchado, el agua no estaba tan fría, pero, en aquel momento, era tal la temperatura de nuestros cuerpos, que no nos importó. Presioné el suyo contra la pared y comencé a moverme consiguiendo que nuestros miembros se frotaran con insistencia. Sus jadeos no se hicieron esperar y abrí mi boca para acaparar todo lo que pude de su mentón, rozándolo con mis dientes.

Ambos empapados y nuevamente limpios, con cuidado de no resbalar, salí del cuarto de baño y nos dirigí hacia mi habitación. Lo dejé caer en mi cama, entonces me detuve a observarlo. Con sus manos a los lados de su cuerpo, semi inclinado hacia atrás, debido a la posición para no recostarse totalmente sobre el colchón. Su rubio cabello chorreaba agua creando finos y sensuales surcos por su rostro. Sus labios estaban entreabiertos para dejar escapar su agitada respiración, y sus ojos fijos en mí, aguardando por lo próximo que le haría.

( PLAY Earned it – The Weeknd)

Él pretendía usarme para tapar la tristeza que sentía por haber descubierto que mi padre le era infiel y, si bien para mí esa era la oportunidad perfecta para vengarme de él por haberme abandonado años atrás, y a su vez también vengarme de mi padre por haberse acostado con mi pareja de ese entonces… no podía olvidar que yo ya no era prisionero del rencor, como tampoco la venganza me resultaba seductora. Tenerlo nuevamente conmigo, a merced de lo que quisiera hacerle por más que solo fuera para encubrir sus penas, me arrojaba a descubrir que yo, en verdad, quería a Bill y ya no me sentía atraído por la idea de hacerle daño con malignas intenciones; solo cuanto él lo deseara, sexualmente hablando.

Tiré de sus piernas con fuerza para atraerlo hacia mí. Él gimió desconcertado.

—Permíteme adivinar… —empecé a decir jugando con mi tono grave. Separé aún más sus extremidades inferiores, provocando que la posición se hiciera mucho más guarra—, no quieres que te dilate, ¿verdad?

Lo vi morderse el labio inferior mientras se incorporaba en su lugar y negó con la cabeza dándome a entender su asentimiento.

—¿Tanto quieres que duela, ratoncito? —ensalivé mi pene sin perderme detalle de su rostro al ver cómo me lubricaba la polla. Se devolvió a mí y se relamió—. En este preciso instante te deseo muchísimo y mi pene se sentirá muy apretado en tu pequeño agujero sin dilatar.

—Haz que duela mucho, Thomas. Quiero que me rompas sin piedad… —espetó chupando dos de sus dedos y los llevó a su entrada para lubricarla un poco.

Volví a tirar de él para ubicarlo mejor en el borde de la cama y me aproximé para apoyar mi miembro en su ano.

—¿Extrañas sentirme? ¿Es eso?

—Sí…

—Tengo pensado hacerte muchas cosas esta noche y ninguna de ellas es con buenas intenciones.

Se estiró un poco para tomarme por la nuca, apretando mi cabello rudamente, y me enfrentó a su rostro. Su mirada se oscureció.

—Pues deja de hablar y hazme gritar, maldito.

Culminó y sonreí de lado, entonces… me hundí en su estrecho agujero. Él gritó y yo gruñí alto a causa de lo malditamente increíble que era volver a sentirme dentro suyo. Todo con él siempre lo había sido y yo fui un idiota que lo maltrató e hizo que se alejara de mí.

Necesité quedarme quieto un momento, ya que sentía que me estrangulaba la polla de una forma tan exquisita, que creí que me vendría estúpidamente de manera precoz. Coloqué sus piernas en mis hombros y, tras afirmar ambas manos a los lados de su cuerpo, sobre el colchón, comencé a moverme. Su rostro se contrajo para enseguida morderse el labio inferior.

—Thomas… —gimió abriendo sus ojos de par en par y torció su cara en una mueca de dolor cuando aceleré el ritmo al permitir que todo mi peso cayera sobre él, dando como resultado una penetración más profunda. Me empujó al cambiar de posición ambas manos para apoyarlas en mi pecho—. Dios…, duele, Thomas… duele mucho…

—¿Quieres que me detenga? —me sentí impulsado a interrogar ante la posibilidad de estar lastimándolo insatisfactoriamente tal y como había ocurrido la tarde en la que lo despojé de su virginidad sin consideración alguna—. ¿Bill?

—No… Debe doler más… —se mordió los labios y apretó los párpados con fuerza—. Solo hazlo más fuerte…

—No quiero lastimarte.

—Necesito que lo hagas —dijo clavando su mirada en la mía, repentinamente molesto, acompañando el vaivén de nuestros cuerpos unidos—. ¡Hazlo, maldita sea!

—¡No voy a hacerlo! —exclamé alzando la voz y me detuve inmediatamente. Él me miró sin comprender cuando me eché hacia atrás saliendo por completo de su interior—. Te dije que no voy a hacerte daño. Ya demasiado te he hecho.

—Maldición, Thomas. Te pones sentimental justo ahora. Quítate de encima —me empujó un poco, pero ahora con claro disgusto, y yo permití que bajara sus piernas de mis hombros, aunque no que se levantara. Me miró con el ceño fruncido—. Que te quites.

—No —respondí en tono serio y lo obligué a recostar su espalda en la cama otra vez tras presionar su pecho con una de mis manos—. No quiero jugar nuestro juego de esta manera si la finalidad es dañarte. Si tan mal te tiene la infidelidad de mi padre, ¿por qué vienes a acostarte conmigo?

—Te dije que necesito sentirme vivo y solo tú puedes causarme dolor sin sentir culpa. El dolor es lo único que me comprobará que todavía no he muerto.

Sus palabras causaron una incomodidad horrible en el centro de mi tórax.

—No necesitas más dolor del que ya sientes por haber descubierto que el hombre que amas, se fue con otro —expuse y sus cejas se deformaron en una mueca lastimera. Inmediatamente sus ojos se aguaron e hizo su cabeza a un lado—. Mírame —ordené en tono calmo y él bajó la mirada sin hacerme caso. Su mentón temblequeó—. Ahora entiendo por qué me enceguecí cuando descubrí tu relación con mi padre —agregué y ahora sí se devolvió a mi rostro—. Descubrir tu infidelidad me hizo sentir muy mal, Bill. Y, así como tú necesitas sentir dolor para tapar tu tristeza, yo, en aquel entonces, necesitaba quitarla de mi cuerpo, y la única manera que conocía era a través de la ira y la violencia. Pero aprendí que eso no sirve. Solo terminas dañando a las personas de tu alrededor, que son las que te quieren.

—¿De qué personas estás hablándome, Thomas? —cuestionó con un intento de risa atorada en su garganta—. Si hay algo cierto en todo aquello que me escupiste en la cara la vez que me atacaste antes de que te metieran a la cárcel, fue que soy un maldito huérfano a quien discriminaron por maricón —una gruesa gota de agua salada se escurrió desde su ojo hasta perderse en su cabello a causa de la posición—. Ni siquiera mi propia madre me acepta. Y mi padre… biológico —añadió en tono despectivo—, no es más que un títere maléfico de ella. Luego Tom me dejó por… —apretó los párpados otra vez e hizo su rostro hacia la izquierda—. Él era la única persona en el mundo que me quería. Ahora no tengo a nadie.

—Me tienes a mí —contesté tomándolo por la barbilla para hacer que me mirara de nuevo. Su entrecejo se frunció.

—¿Tú? Tú me odias, Thomas. De hecho, ¿cómo puedo esperar contar contigo si hasta hace un momento estaba usándote para cubrir mi tristeza por el dolor que me causa el abandono de tu padre? Tenías razón también en eso: Soy una rata asquerosa. Haces bien en odiarme.

—Yo no te odio, Bill —parpadeó una vez, aguardando—. Yo te quiero. Y sé que mi padre debió haber tenido una razón para dejarte, porque no dudo de que él te amó como siempre demostró hacerlo.

Me quedé unos instantes viéndolo en silencio. Su expresión era de desentendimiento absoluto. Me levanté para liberar su cuerpo y fui a por un jogging en mi armario y así vestirme. Cuando me giré con el propósito de salir de la habitación, lo vi sentado en el borde de la cama.

—¿Me quieres? —indagó. No respondí.

—Duerme aquí, yo dormiré en el sofá —dije y me dispuse a salir, pero una de sus manos me detuvo al cogerme por el antebrazo cuando pasé por delante de él.

—¿Podrías quedarte, por favor? Hoy quisiera dormir a tu lado.

—No puedo, Bill. Esta noche te me antojas más que nunca y no tendré la fuerza suficiente para reprimir mis ganas de hacerte mío de la manera salvaje en la que solía hacerlo.

—Hazlo —me interrumpió y yo lo miré sin comprender—. No tienes por qué ocultarte, porque… yo también te deseo esta noche, Thomas.

—Bill… —negué con un leve movimiento de cabeza.

—Solo es sexo.

—No voy a hacerte daño, si es lo que pretendes que haga.

—No —apretó el agarre en mi extremidad—. Si de verdad me quieres, como has dicho hace un momento, entonces: Hazme el amor.

Paseé mis ojos por toda su desnudez hasta detenerme en su rostro, decodificando aquella expresión que me confirmaba la veracidad de su pedido.

Me le acerqué con lentitud hasta que quedamos enfrentados. Yo con ambas manos apoyadas en el colchón y él sosteniendo la mirada clisada en la mía.

—Jamás le he hecho el amor a alguien —dije en voz baja. Sus manos acunaron mi rostro y acomodó parte de mi cabello tras mis orejas—. De hecho… no sé si pueda hacer algo con amor, Bill.

—Acabas de ser honesto conmigo. Eso es un gesto de amor.

Me quedé viéndolo en silencio. No sabía qué decir. Acababa de aventar muy lejos a toda mi desmedida lujuria, dejándome emocionalmente desprotegido ante él.

—O seré tu práctica, entonces —expresó en un susurro, muy cerca de mi boca, ante mi demora en contestar—. Sin sentimientos de por medio, sin otro propósito más que pausar los recuerdos —acarició mi mejilla enfatizando el contacto visual—. Confío en ti.

Que me dijera que confiaba en mí, luego de todo por lo que yo lo había hecho pasar años atrás, hizo que algo en mi interior se encendiera.

( PLAY Небесные розы – JONY)

Tras verlo una última vez a los ojos, como pidiéndole permiso, extinguí la escasa distancia que separaba nuestros labios hasta hacerlos encajar a la perfección. Ambos liberamos un profundo gemido al unísono, como si se hubiera tratado de una combinación majestuosa, entonces me recosté suavemente sobre él consiguiendo que, a su vez, su espalda descansara en la cama. Nos movimos un poco para ubicarnos más hacia el centro del colchón —ya que estábamos en el borde—, y continuamos besándonos. Sus manos se pasearon con tranquilidad desde mi nuca hasta mi ancha espalda, y yo cogí una de sus piernas para apretarla contra un lado de mi cadera.

—Despacio…, no olvides que traes puesto un pantalón y el roce se torna seco contra mi pene desnudo… —dijo al alejarse unos centímetros y rio. Yo lo imité para enseguida levantarme y quitarme la prenda con prisa.

Me devolví sobre su figura.

De pronto, tomó una de mis manos con ambas suyas y metió dos de mis dedos en su boca para chuparlos y ensalivarlos sugestivamente. Entendí aquello como una indicación de que ahora sí quería que lo dilatara, así que eso hice. Introduje mis dedos en él y empecé a moverlos percibiendo cómo, poco a poco, su estrechez dejaba de apretarme.

—Ohh… —jadeó y volvió a besarme.

Repentinamente, todo de lo que habíamos estado hablando, se me había olvidado por completo. Yo solo necesitaba hacerlo mío… Necesitaba oírlo gemir lo mucho que le gustaba todo lo que le hacía…

Me aparté un poco.

—Haré algo mejor que esto —susurré contra su boca y quité mis dedos de él.

Descendí hasta su pelvis para comenzar a trazar un camino de húmedos besos que me conducían hacia su ano. Alcé levemente sus piernas para tener un mejor acceso a su intimidad, entonces lamí la zona sin profundizar.

—Joder… —expresó y lo vi apretar las sábanas a los lados de su cuerpo, con ambas manos. Sin dilatar más su espera, lo penetré con mi lengua y, llegando lo más hondo que me permitía su estrechez, empecé a moverla de arriba abajo, luego en círculos, con rápidos y cortos movimientos ocasionando que hiciera sonidos graciosos al dejar tan ensalivada la zona—. Tu lengua es tan suave, Thomas… Mmm…, siempre… Me… Ahh… Me encanta…

Gimió mientras se retorcía de placer con las mantas encerradas en sus puños. Su pecho subía y bajaba a causa de la excitación dejando en evidencia la irregularidad en su respiración. Una leve sonrisa adornó mis labios al corroborar que en verdad disfrutaba del sexo oral que estaba haciéndole en aquella zona tan sensible para él, entonces separé sus nalgas para comenzar a follarlo con toda mi lengua al tiempo en que abría mi boca reiteradamente para simular lascivos besos en simultáneo.

Conforme transcurrían los minutos, sus gemidos se intensificaban consiguiendo que mis oídos los absorbieran y los transformaran en espasmos de placer que se almacenaban directamente en mi polla, anoticiándome de que me urgía atención a mí también.

Necesitaba volver a sentirme rodeado por su calidez y que nuestros cuerpos hablasen por sí mismos…

Tras unas últimas lamidas más me separé para reacomodarme sobre su figura y volví a besarlo profundamente. Me dediqué a acariciar sus costados, sus muslos, deslizándome hacia su culo para luego regresar y continuar sintiendo la suavidad de su piel.

Abrí más mi boca para morder y ensalivar su mentón mientras me frotaba contra su rígido y húmedo pene, provocando que liberase otros intensos jadeos. Arrastré la parte interna de mi labio inferior por el costado de su rostro hasta llegar a su oreja.

—Quiero sentirte, Thomas… —soltó en tono extasiado y yo gruñí en su oído—. Tú en mí, por favor… Ya no aguanto…

—Yo tampoco, ratoncito…

Me alejé un poco y escupí en mi mano para lubricar mi enrojecida polla. Me masturbé un poco con el fin de corroborar que toda mi extensión estuviese bien ensalivada. Apoyé la punta en su entrada y empecé a adentrarme en su cuerpo nuevamente. Aunque, esta vez, no fue como la anterior, sino que todo era mucho más lento, más suave… Sus jadeos eran pacíficos y sus expresiones de placer eran suficientes para excitarme sin necesidad de oírlo gritar. Sentí que flotaba.

—Ohh… —gimió en una exhalación y apoyé mis antebrazos en el colchón para poder tomarle el cabello con ambas manos al pasarlas levemente por debajo de su cabeza. Me afirmé y comencé a embestirlo—. Ummm…, ahh…

Apegó sus palmas abiertas a mis omóplatos y rasguñó mi piel al cerrarlas.

—Sí… Así, Thomas…, sigue así…

—Apriétame —ordené sin deshacer el contacto visual, y lo hizo. Los músculos de su ano se ciñeron a mi alrededor—. Oh, mierda, sí…

Gemí ronco; enseguida adherí mi frente a la suya sin cesar mis movimientos. Él cerró sus párpados y apretó su labio inferior con los dientes.

Con la respiración acelerada y su estrechez succionándome la polla cada que mis huevos impactaban en su trasero, volví a besarlo. Me deleité chupando su labio superior a la vez que él mordía el mío inferior y ambos ladeamos la cabeza pausadamente. Con mi lengua, acaricié su paladar y él aprovechó para succionarla. Me liberé tras unos segundos y lo mordí al embestirlo más fuerte.

Se separó un poco para gemir alto.

—Te quiero… —susurré al estar escasos milímetros lejos de su boca y abrió los ojos de inmediato.

—Thomas, no… —quiso decir algo, pero lo callé fundiendo nuestros labios una vez más—. Mmm…

No necesitaba que me respondiera, yo solo quería que me escuchara. Estaba camino a hacerlo sentir mis palabras en el cuerpo.

Apegué nuestras sudorosas frentes y su pasiva respiración peleó con la mía.

—Despacio… —pidió abriendo los ojos para enfocarlos en los míos de nuevo y disminuí el ritmo—, te siento mucho más… Ohh, así…

Mis sentimientos más encriptados salieron a flote por el simple hecho de verlo disfrutar. Su rostro brillaba a causa de la sudoración, ya que la habitación, repentinamente, había aumentado la temperatura a mil grados, y de su garganta se escapaban tenues sonidos que enmascaraban su placer. Cerró los párpados y arqueó su espalda cuando apreté mi cuerpo un poco más contra el suyo en busca de una profundidad mayor.

—Bill… —dejé ir su nombre al aproximarme a su oreja, ya que la sensación de placer era una jamás vivida. La suavidad en los movimientos, sumado a sus jadeos en casi susurros, hacían de todo aquello, algo jodidamente distinto y maravilloso.

Al cabo de varios minutos oyéndolo gemir con sensualidad contra mis labios cuando solo permitía que los rosara con los suyos, me detuve para levantarnos de la cama y llevarlo hacia mi guardarropa, el cual contaba con un gran espejo en la parte externa de una de sus puertas. Lo ubiqué frente a él y me coloqué detrás para volver a adentrarme en su cuerpo. Necesitaba verlo desde otro lugar. Necesitaba apreciar toda su figura a la vez.

Llevó sus manos contra el cristal y clisó su mirada en la mía gracias a este. Entonces, abrió su boca y comenzó a jadear en un tono cada vez más alto sin apartar sus ojos de los míos.

Sabía perfectamente que buscaba provocarme.

Con una de mis manos tomé firmemente su pene y comencé a masturbarlo. Agachó la cabeza para ver la zona y, cuando la alzó para mirarme otra vez, había atrapado su labio inferior entre sus dientes y sus cejas se fruncieron en combinación con su febril semblante.

—Entonces, ¿todavía quieres amor o prefieres aprovechar esta oportunidad para que te lo haga sucio como en realidad te gusta, ratoncito? —pregunté al aproximar mi boca a su oreja y se la mordí levemente sin apartar la mirada de la suya vehiculizada por el espejo que nos reflejaba—. ¿Mm?

—Sucio… Házmelo sucio, maldita sea. El amor puede esperar —masculló entre dientes mientras su cuerpo se balanceaba de atrás hacia adelante como consecuencia de mis estocadas.

—Así me gusta, que seas honesto conmigo —susurré dejando mi húmedo aliento en su oído y pasé mi lengua por él. Cogí sus brazos con firmeza y los llevé tras su espalda, impulsándome, para embestirlo con más fuerza.

Su cabello se adhería a su rostro mojado por la transpiración. Sus ojos estaban cerrados y sus cejas se fruncían en una mueca de dolor enredado al placer. Su boca estaba abierta, jadeando, y un hilo de saliva se escurría por su mentón.

Dios mío, era la personificación de la lujuria…

De repente, se quejó para enseguida gritar:

—¡Oh, Thomas…! ¡Así, así!

Lo empujé hacia el cristal ocasionando que apoyara su mejilla en él y lo sostuve con mayor rigidez para conseguir una penetración más dura. Sus ojos se pusieron en blanco y su respiración se tornó tan espesa que parecía estar babeando el espejo.

Con una sola mano, cogí ambas de sus muñecas tras su espalda —como lo tenía previamente—, para, con la otra, tirar de su cabello hacia mí; como si fuera mi prisionero sexual.

Su oreja impactó en mi boca.

—Eres un ratoncito muy guarro —jalé de su pelo más fuerte y se quejó viéndome con dificultad por el espejo—. Un ratoncito muy guarro que voy a devorar esta noche.

—Este ratoncito quiere que cierres la boca… y lo devores de una jodida vez —escupió entre dientes y yo sonreí con malicia al verlo reflejado en el cristal.

Lo solté para enseguida agarrarlo por los lados de su estrecha cadera y empezar a penetrarlo sin el mínimo respeto.

—Sí… Sí, maldición…

Cuando giró un poco su cabeza con la intención de verme, lo cogí del cuello para atraerlo hacia mí y hablar en su oreja de nuevo.

—Será la última vez que vendrás a mí para olvidar —volví a ensartarle mi polla bruscamente y chilló alto—. La última.

&

Lo tenía en mi cama, de lado, cubierto por las mantas hasta la cintura dejando su pecho descubierto, con ambas manos bajo la almohada donde apoyaba su cabeza. Su respiración era calma y me veía mientras yo delineaba sutilmente la piel de su brazo desnudo con el reverso de mi mano.

—¿Por qué lo hiciste, Thomas? —preguntó de repente, quebrando el silencio que nos envolvía como se quiebra un jarrón chino tras ser golpeado con una roca. Hice una pausa en mis caricias, lo miré un instante, y retomé lo que hacía sobre su piel.

—¿Por qué hice qué?

—¿Por qué fuiste tan malvado conmigo durante nuestro noviazgo? —indagó, entonces detuve por completo el movimiento de mi extremidad. Lo observé unos segundos, en silencio, y me reacomodé en mi lugar para colocarme boca arriba.

—¿Por qué me haces la misma pregunta otra vez?

—¿Por qué, Thomas? —volvió a cuestionar, ignorando mi interrogación. Suspiré.

—Era un chiquillo adicto que hacía lo que le venía en gana sin medir las consecuencias —comencé a decir con tranquilidad, aunque muy enojado conmigo mismo tras recordarme en esa etapa—. En mi casa no tenía nada. Era un adolescente que se drogaba y jugaba con los jóvenes menores que él porque eran más fáciles de manipular —cerré los párpados un momento y respiré con profundidad—. Siempre buscaba algo diferente. Tú no fuiste la excepción.

—Pero tus ligues eran pasajeros y jamás te habías puesto de novio… Conmigo estuviste en una relación durante seis años, ¿por qué?

Volteé la cabeza para verlo a los ojos.

—Porque tú curabas mi veneno interno —respondí con sinceridad y sus cejas se alzaron un poco a modo de sorpresa—. Como te dije días atrás, tu trato era distinto al del resto. Tú no me dejabas ahogar en mi mierda, sino que intentabas rescatarme.

—Si era así, entonces, ¿por qué continuaste tratándome mal y me engañaste?

—Porque siempre supe que no me amabas. Tú amabas a mi padre y estabas conmigo para olvidarlo —me devolví a mi posición anterior con la mirada al techo—. No está tan alejado de lo que has venido a buscar anoche y la razón por la que continúas aquí.

—Siempre amé a tu padre, Thomas —cerré los ojos, golpeado por su respuesta—, pero no me quedé contigo para olvidarlo —continuó y giré el rostro para verlo otra vez—. Me quedé a tu lado, porque, hasta que empezaste a agredirme, sentía que contigo de verdad podía ser feliz.

Nos quedamos en silencio. Su mirada buceó en la mía y sentí que todo mi dolor interno mermaba.

Giré el resto de mi cuerpo y lo tomé por un lado del rostro suavemente.

—Perdóname por haber arruinado nuestra oportunidad de ser felices juntos, Bill.

Suspiró y parpadeó largamente una vez.

—Te perdono, Thomas.

Contestó con dulzura en su tono de voz. Me acerqué con tranquilidad y él se adelantó un poco, tras alzar su cabeza, consiguiendo concretar el beso. Una de sus manos se deslizó por mi nuca, entonces, lo atraje hacia mí para recostar parte de su cuerpo sobre el mío. Lo separé para verlo un instante.

—Joder… te extrañé tanto… —fue todo lo que dije y sus cejas se alzaron a modo de asombro, pero inmediatamente volví a fusionar nuestros labios.

Como si aquella fuera mi última oportunidad con él, entre besos, me desplacé por su cuello hasta parte de su pecho, provocando que suaves jadeos se desprendieran de su garganta.

Oímos que tocaban a la puerta.

Toc… toc…

Nos separamos para mirarnos de inmediato, confundidos.

—Debe ser el tipo de la renta —expliqué brevemente y rodé los ojos. El rio mientras se movía a un lado.

—¿No la has pagado aún, Thomas?

Me puse de pie para enseguida agarrar (del piso) el jogging que me había quitado apresurado en la madrugada y me lo coloqué.

—Sí la he pagado —dije viéndolo con el ceño fruncido fingiendo enfado ante lo burlón de su tono—, solo que atrasada —acabé haciendo una mueca y él volvió a reír.

Me incliné una última vez sobre su cuerpo para dejar un casto beso en sus labios.

—Enseguida vuelvo, ratoncito —dije y salí de la alcoba con una sonrisa.

Volví a oír que tocaban, aunque esta vez parecía que arrastraban los puños por la madera tras cada golpe. Eché un leve trote hacia allí preparándome para no discutir con el viejo pesado del alquiler; tenía que mantener la compostura. Froté mi rostro y revolví un poco mi cabello sin saber si estaba arreglándolo o empeorando mi imagen, en realidad, pero no me importó.

Abrí la puerta y mi semblante dio un vuelco.

—Hijo…, ayuda… —articuló esforzándose por respirar e inmediatamente me fui hacia él para sostener su cuerpo y evitar su caída al verlo desvanecerse frente a mí.

—¡Papá!

Continúa…

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2 comentario en “II Tom 4”

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