Epílogo (Parte 1)

Epílogo (Parte 1)

Tom. Temporada II

Epílogo/Anexo (P.1)

07 de Mayo de 2018, 03:30 p. m., Schöneberg Klinik, Schöneberg, Berlín.

Por Tom

Lo siento, jóvenes… hemos hecho todo lo que pudimos, pero el paciente no despierta. Ahora solo queda esperar —dijo una voz femenina, la cual había estado oyendo mientras me sometían a diversos procedimientos en busca de lo que le ocurría a mi cuerpo, por lo que deduje que se trataba de la doctora encargada de mi caso. Luego escuché la voz de mi pequeño al quejarse frustrado y, seguidamente, pasos alejarse.

Disculpe, doctora, esto es mucho para él. Gracias por la información —dijo Thomas y oí más pasos. Supuse que tanto él como mi pequeño, acababan de abandonar la habitación en donde me tenían internado.

Yo era capaz de escucharlo todo. Pensaba, razonaba e imaginaba miles de posibles escenarios al salir de allí, pero mi cuerpo parecía no estar enterado de ello, ya que, por mucho que mi cerebro se esforzara en enviarle órdenes para que se moviera, permanecía quieto.

&

10 de Junio de 2018, 08:10 a. m.; Schöneberg Klinik, Schöneberg, Berlín.

Estoy investigando muchísimo sobre tu condición y, si bien aún no hallo respuestas ni medicación para ayudarte a que te recuperes, créeme que estoy haciendo todo lo posible por entender qué te ocurrió, mi amor —oí decir a mi pequeño con mi mano izquierda entre ambas suyas.

No podía verlo, pues no podía abrir los párpados, pero sí imaginaba que estaba sentado junto a mi cama de la clínica, como cada día que iba a pasar tiempo conmigo.

Siento tanto todo esto, Tom… —expresó con la voz quebrada—. Es mi culpa… Si yo no hubiera…

Quiso decir algo más, pero un gemido del llanto lo interrumpió y no lo hizo. Me abrazó con fuerza y continuó sollozando con su rostro hundido en mi cuello.

«Calma… Nada de esto es tu culpa, pequeño mío», le susurré en mi mente.

Por favor, despierta, mi amor… vamos a casarnos, no lo olvides…

«No podría olvidarlo, pequeño… Lo que empiezo a olvidar es la posibilidad de que mi cuerpo despierte…».

&

12 de Julio de 2018, 08:15 a. m.; Schöneberg Klinik, Schöneberg, Berlín.

Percibí un placentero movimiento sobre mi cabeza, entonces, mi consciencia despertó.

No vayas a jalarle fuerte el cabello, ratoncito —exclamó mi hijo en tono juguetón y varias emociones me invadieron tras oír cómo lo llamaba.

Shh, cállate. Él siempre mantuvo su cabello prolijo. Que esté así por un tiempo, no me impedirá mantenerlo del mismo modo —respondió mi pequeño y me di cuenta de que estaba cepillándome el pelo. Por la proximidad de su respiración, imaginaba que lo tenía muy cerca, por encima de mí. Y, teniendo en cuenta lo perfeccionista que era, casi que podía verlo viéndome desde arriba, una y otra vez, hasta que encontrase la manera en la que él creía que mi cabello quedaría perfecto.

Los últimos años, mayormente, lo llevaba recogido.

Aquí no puedo recogerle el cabello tal y como solía llevarlo, Thomas… —escuché decir a mi pareja en tono triste y sus movimientos sobre mí cesaron repentinamente. Enseguida oí suaves pasos aproximarse.

Lo sé, ratoncito…, tranquilo. Su cabello está quedando muy bien así —expresó mi hijo, permitiéndome escuchar su voz más próxima y luego ruido de ropas. Supuse que acababa de abrazarlo.

Internamente, suspiré. Sabía que mi pequeño y mi hijo estaban haciéndose cada vez más cercanos y, aunque me doliera, debía aceptar que era lo mejor para ambos en tanto yo continuara en ese estado.

&

30 de Noviembre de 2018, 11:50 p. m.; Schöneberg Klinik, Schöneberg, Berlín.

Sentí que el fino colchón de la cama de la clínica se hundía levemente a mi lado. Alguien tomó mi mano izquierda y comenzó a acariciarla con suavidad, desplazándose hasta poco más de mi antebrazo. El perfume de mi pequeño se adueñó de mi olfato, anoticiándome de que era él quien había ido; además de que sus manos estaban heladas como solía tenerlas.

Había estado esperándolo por mucho tiempo, sin saber en realidad cuándo era un día nuevo y cuándo las semanas o los meses cambiaban.

Mi hijo iba a visitarme a diario, pero él no me hablaba tanto como Bill lo hacía. Más bien, Thomas se ocupaba de mis cuidados: Voltear mi cuerpo para evitar las úlceras en mi piel a causa de mantenerme en una misma posición por muchas horas, acomodar mis almohadas, afeitar mi barba, y cosas de ese estilo mientras —solo a veces— me contaba cómo iba su trabajo y lo que debía hacer. Nunca mencionó a mi pequeño a pesar de yo darme cuenta de que él ya no lo acompañaba desde hacía tiempo.

( PLAY Te extraño – Instrumental)

Buenas noches, Coach Trümper… ¿Cómo estás? —me saludó en susurros—. Me fue difícil conseguir que me dejaran entrar a esta hora, pero lo logré. Por suerte, Avril, la enfermera que te cuida durante las noches, me ayudó a ingresar sin que me vieran los médicos de turno —acarició mi rostro con lo que supuse era el reverso de su mano—. Perdón por haberme ausentado por cuatro largos meses —dijo y la sorpresa me invadió todo el cuerpo, ya que no pensé que había pasado tanto tiempo… —, pero este último cuatrimestre de la carrera consumió todo mi tiempo junto a mi energía, y, por más que lo intenté, no pude regresar antes… Tú sabes que mi Universidad queda muy lejos. De todos modos, aquí estoy —le dio un beso a mi mano—. Le pedí a Thomas que no fuera a recogerme, porque quería viajar en tren. Aún no le doy la noticia. Tampoco sabe que vine aquí, de lo contrario, habría querido acompañarme y yo quería pasar tiempo a solas contigo para darte la noticia primero. Nada iba a impedirme hacerte saber que hoy, finalmente, me he recibido… —su voz se quebró un poco en sus últimas palabras—. Oficialmente, ya puedes llamarme Doctor Kaulitz, mi amor… y quería agradecerte por haber estado siempre ahí para apoyarme… Por haber creído en mí cuando ni siquiera yo mismo lo hacía y por no permitir que bajase los brazos cuando todo se tornó tan engorroso, haciéndome entender que nada de lo que yo deseaba era imposible… Te amo, mi amor… —percibí su tibio aliento sobre mis labios, luego una presión en ellos, algo tembloroso. Estaba besándome con sutileza, pero a la vez podía notar la tristeza en aquel casto beso.

Luego se alejó y su cabeza se apoyó en mi mano.

Esto es tan injusto, maldita sea… —masajeó mis dedos un momento mientras acariciaba mi palma. Noté que volvió a alzar el rostro—. Dios mío, te necesito… Necesito tenerte conmigo otra vez…, necesito entender el porqué de todo esto… —pidió con la voz totalmente tomada por el llanto que se aguantaba—. Te extraño tanto, Tom… Si yo no hubiera ido a buscarte a ese club, nueve años atrás, nada de esto habría ocurrido. Tú no estarías aquí.

«Es cierto, pequeño… Si tú no me hubieras ido a buscar al club de baloncesto aquella tarde, muchos años atrás, yo hoy no estaría aquí, porque estaría muerto», respondí en mi mente y me imaginé suspirando a su lado al acariciar su cabello. «Tú eres mi razón de vivir. Si tuviera la oportunidad de cambiar mi pasado a partir del día en el que te conocí, no lo haría. Si esta ha de ser mi vida como consecuencia de haberte conocido, volvería a elegirla una y mil veces, porque el haberte tenido entre mis brazos, al menos por un breve lapso de tiempo, fue lo mejor que me pasó en la vida; y entiende que no lo cambio por nada, pequeño mío».

&

08 de Agosto de 2019, 11:30 a. m.; Schöneberg Klinik, Schöneberg, Berlín.

Papá… —escuché a mi hijo y me extrañó que hubiera regresado, ya que había estado más temprano ese día, junto a mi pequeño, aunque no tenía idea de la hora exacta—, no sé si me escuchas como Bill está convencido de que haces desde que caíste en coma, pero he regresado hoy para hablar contigo y, de alguna manera, pedirte permiso.

Agregó y me extrañé. No obstante… podía percibir, en su tono de voz, que lo que iba a decirme tenía que ver íntimamente con algo que nos involucraba a ambos.

Seré honesto contigo, papá: Yo jamás dejé de querer a Bill —continuó y casi podía predecir sus siguientes líneas—. Durante este último año hemos estado muy cerca uno del otro, pero solo para hablar sobre ti y de qué manera continuaríamos con tus cuidados. La realidad es que…, compartir tiempo con él y conocerlo más profundamente como persona, me ha atrapado y… yo…, yo me he enamorado de él. Papá, yo amo a Bill y quiero proponerle ser mi novio —dijo al fin y, si bien me dolía, ahora tenía la certeza de que mi hijo lo había cuidado todo ese tiempo en el que yo no pude, y haría lo que fuera con tal de hacerlo feliz. Y, que mi pequeño fuera feliz, era mi deseo más grande.

&

28 de Agosto de 2019, 08:00 a. m.; Schöneberg Klinik, Schöneberg, Berlín.

Mi amor… —me despertó la dulce voz de mi pequeño junto a sus caricias en mi rostro—, ¿cómo estás? —continuó y oí un suspiro de por medio—. Hoy he venido solo, porque quiero decirte algo.

«Puedo imaginarlo, pequeño mío… », dije en mi mente.

( PLAY The lonliest – Måneskin)

No sé si te has dado cuenta, pero aún estamos comprometidos. Ambos portamos nuestro respectivo anillo de compromiso. Quiero que sepas que, desde que me lo diste, a pesar de haber caído en coma hace más de un año, jamás me lo quité.

Sentí la suave yema de sus dedos deslizándose entre los míos al pasarlos por el reverso de mi mano, que seguía descansando sobre la cama, a mi izquierda. Supuse que allí continuaba mi anillo.

Bueno, para mí nunca dejarás de ser mi prometido, como yo tampoco dejaré de ser el tuyo. Y en mí siempre vivirá ardiendo la llama de la esperanza de poder tenerte esperándome en el altar, a punto de casarnos, ambos vestidos con un hermoso traje blanco —dijo en tono calmo, aunque igualmente triste.

Lo oí respirar con mucha profundidad y se aclaró la garganta.

Amor…, como te dije, ha pasado más de un año y… Thomas y yo nos hemos hecho cada vez más unidos. Y… bueno… —«Habla sin miedo», volví a expresar en mi cabeza, incentivándolo, como si él me oyera—. Diablos, no pensé que sería tan difícil.

Percibí que se movía un poco en su lugar y acarició mi abdomen por encima de las mantas.

Hemos hablado con Thomas para…, para entablar una relación, porque el cariño que sentimos el uno por el otro ha crecido considerablemente durante todo este tiempo y…, en verdad Thomas es un hombre distinto. Me lo ha demostrado. Y me siento muy bien junto a él. Casi como solía sentirme junto a ti… —su voz fue disminuyendo el tono con aquella última frase—. Hace una semana me invitó a tomar un café para hablar de nosotros y… bueno. Ambos sentimos lo mismo y creemos que, esta vez, pueda funcionar, así que me propuso ser su novio.

«Si es lo que te hace feliz, solo hazlo, mi amor».

Quiero que sepas que, aunque me dé esta nueva oportunidad de rehacer mi vida junto a otro hombre, tú siempre serás el amor de mi vida y jamás dejaré de amarte, Coach Trümper —agregó llamándome como lo hizo mientras estuvimos en pareja, y su voz se quebró. Inmediatamente sentí que me abrazaba y hundió su rostro bajo mi mentón—. Te amo, mi amor. Te amaré por mil vidas más, con todo de mí, y te llevaré conmigo siempre. Jamás dudes de ello.

«Y yo continuaré amándote aún después de la muerte, pequeño mío».

&

05 de Agosto de 2021, 10:00 a. m.; Schöneberg Klinik, Schöneberg, Berlín.

William Kaulitz, ¿acepta por esposo a Thomas Trümper para amarlo y respetarlo en la salud y la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, y aún si los tiempos se ponen difíciles, hasta que la muerte os separe?

Sí…, acepto —respondió mi pequeño con voz muy suave.

Thomas Trümper, ¿acepta por esposo a William Kaulitz para amarlo y respetarlo en la salud y la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, y aún si los tiempos se ponen difíciles, hasta que la muerte os separe?

Sí, acepto —fue la respuesta de mi hijo.

Entonces, os declaro esposos. Podéis besaros.

Los chicos me habían informado acerca del cambio de apellido de mi hijo para poder llevar oficialmente el mío y así casarse con él dejando finalmente atrás a todo aquel oscuro pasado que lo atormentó durante su niñez y gran parte de su adolescencia. También me habían dicho que la boda querían hacerla allí, en mi habitación de la clínica donde estaba internado hacía más de dos años, porque deseaban que, junto a Georg, fuéramos sus únicos dos testigos. Y así fue.

¡Felicitaciones, chavales! —escuché exclamar a mi hermano con entusiasmo.

«Felicidades, mi hermoso pequeño».

&

21 de Septiembre de 2021, 06:00 p. m.; Schöneberg Klinik, Schöneberg, Berlín.

Buenas tardes, Coach Trümper… Queremos presentarte a tu nieto —escuché a mi pequeño hablar y, consecutivamente, un peso sobre mi pecho. El inconfundible aroma a bebé invadió mis fosas nasales—. Su nombre es Tom. Mira, hijo, él es tu abuelo: Tom. Y sé que un día despertará y te cargará en sus brazos.

Agregó con la voz en un hilo.

Le pusimos tu nombre en tu honor, papá —escuché decir a mi hijo, entonces supe que él también estaba presente aquel día—. Será una excelente persona como tú lo eres.

Además, por los estudios que le hicimos, hemos descubierto que nació el 1ro de Septiembre, en la mañana, igual que tú. Hoy es su primera salida al exterior luego de cuidarlo y curar sus heridas. Ya te contaré toda la historia cuando despiertes —agregó Bill y percibí su mano acariciar mi rostro con ternura—. Apareció en nuestras vidas como un ángel… —agregó y sentí que se aproximaba con cuidado para mover mi almohada, entonces habló en tono muy bajo a mi oído—: Igual que tú, mi amor.

&

04 de Octubre de 2028, 08:30 a. m.; Schöneberg Klinik, Schöneberg, Berlín.

Había estado escuchando al pequeño hablarme mientras cepillaba mi cabello y retocaba mi barba como cada semana desde que me internaron, pero ese día me sentía diferente.

Bueno, mi amor —dijo al apoyar mi parte superior sobre su pecho, permitiendo que mi mentón descansara en su hombro, ya que estaba acomodando mi almohada y enseguida mi cabello—, ya debo despedirme, porque están esperándome en el Hospital. Hoy mi turno comienza a las 09:00 a. m. y presiento que será un largo día —continuó y, cuando me devolvió a la cama para apoyar mi espalda allí, mis ojos, simplemente se abrieron y se enfocaron en su rostro de inmediato.

Lo veía…, al fin podía verlo otra vez…

Sus facciones estaban más marcadas a causa de los años transcurridos. Su cabello rubio y ondulado recogido en una coleta, sus ojos algo cansados —de seguro, a causa de lo dedicado que era a su profesión—, y una tierna sonrisa adornaba sus labios.

Cuando acabó de acomodar las sábanas y colocar mis brazos sobre estas, a los lados de mi cuerpo para que todo quedase prolijo, me miró.

Sus labios se separaron levemente y un sonido de asombro se escapó de su garganta en simultáneo.

—Tom…

Sabía que si lo llamaba como siempre lo había hecho, todo lo que había logrado construir en su vida hasta ese entonces, se desvanecería como se evapora el agua en el desierto; y yo no deseaba eso para mi pequeño. Yo sabía que él era feliz con todo lo que tenía y no iba a arruinarlo.

—Dios mío, Tom…, abriste los ojos… —articuló con dificultad y su mirada se tornó aguada. Comenzó a temblar—. Tom…, Tom…, ¿me escuchas?

Yo sabía perfectamente lo que debía hacer: El olvido nos mantendría a salvo.

—¿Quién eres?

&

19 de Diciembre de 2030, 03:15 a. m.; Aeropuerto de Frankfurt (FRA).

—No discutiré eso, porque no lo recuerdo —reí sin pizca de ganas en ello y lo vi esforzarse por hacer lo mismo—, sin embargo, sí veo que es un hombre muy feliz cada vez que está contigo —agregué e hizo un movimiento de cabeza. No lo notaba convencido, más bien, su tristeza tironeaba de los hilos que tejían mis mentiras hasta ese día, amenazando con dejarme al descubierto en tanto notase que la angustia de mi pequeño se incrementaba—. ¿Y tú? —me atreví a preguntar dándome la última oportunidad de sostener aquella farsa tras la que llevaba años ocultándome para no arruinar la familia que había formado el amor de mi vida junto a otro hombre.

—Yo, ¿qué?

—¿Tú eres feliz con mi hijo?

Pregunté y aguardé.

Ahora tenía el anillo de compromiso, que yo le había dado en nuestro pasado juntos, colgando de mi cuello en una cadenita que él siempre había llevado consigo, pero que acababa de obsequiarme a mí por ser una de las personas más importantes en su vida. Sentía que era el momento de averiguarlo todo.

Los latidos de mi corazón se aceleraron al punto de percibirlos en todo mi cuerpo. No voy a mentir que una parte de mí rogaba porque su respuesta fuera un “no” para yo poder abrazarlo y besarlo con todas mis fuerzas, y decirle que yo sí lo haría feliz y que todo ese tiempo me escondí tras aquella faceta de olvido creyendo que él lo era realmente con mi hijo… Sin embargo, una gran sonrisa en sus labios paralizó todas mis esperanzas.

—Por supuesto que soy feliz junto a Thomas. Somos padres y formamos una familia maravillosa, ¿cómo no serlo? —contestó y yo, con una guerra interna de emociones devastadoras, después de unos segundos…, le sonreí también.

—Entonces, no me necesitáis. Ya debo irme o perderé mi vuelo —tragué el nudo que se había formado en mi garganta sin permitir que él lo notara tras hacer un movimiento evasivo—. Geo me espera en Los Ángeles.

—Tom… —lo oí llamarme y cerré los párpados. Necesitaba salir de allí o me quebraría en cualquier momento.

—¿Mm?

—No nos olvides…

—Jamás podría olvidaros.

—Lo has hecho una vez… ——agregó y yo, sintiendo una asfixiante presión en mi corazón, reí.

&

20 de Diciembre de 2030, 09:10 p. m.; LAX, Los Ángeles, California.

Mi vida comenzaría de nuevo. Yo estaba dispuesto a hacer lo que fuera con tal de que mi pequeño estuviera a salvo y fuese feliz. Aunque ello me arrojara al olvido.

Yo no volvería a llamarlo pequeño, y él no volvería a llamarme Coach Trümper. Pero él siempre sería mi pequeño, aunque por el resto de nuestras vidas, yo para él, solo fuera Tom.

&

10 de Julio, de 2031, 02:50 p. m.; Los Ángeles, California.

Estaba terminando de hacer unas revisiones del stock del mercado en mi computador. Me detuve un momento y descansé en el espaldar de mi silla de oficina. Busqué en mi cuello la cadenita que mi pequeño me había obsequiado, que ahora también contaba con mi anillo de compromiso, ya que mi hermano Georg me lo dio al reconocer la sortija que colgaba de ella tras llegar a Los Ángeles. Él siempre fue el único que supo la verdad desde que desperté. Era la persona en quien más confiaba, por ello hablé con él para contarle mi situación real en aquel entonces, pidiéndole que, por favor, guardara el secreto. Y lo hizo.

Apreté ambos dijes en mi puño y cerré los párpados.

Desde que me mudé a Los Ángeles, no volví a comunicarme ni con Bill ni con mi hijo ni con mi nieto. Mi idea había sido volver a empezar solo, junto a mi hermano, trabajando y entrenando todo cuanto el cuerpo me lo permitiera. Sé que había faltado a mi palabra de cuando le dije a mi expareja que lo llamaría diariamente, pero, a juzgar por la profunda angustia que me embargaba el alma, lo creí necesario.

—Dios mío, me haces tanta falta, pequeño… —susurré con una inmensa tristeza en cada palabra mientras recordaba los momentos vividos junto a él en nuestro pasado siendo pareja, así como, además, aquellos que compartimos como suegro y yerno durante los últimos dos años. Momentos en los que debí esforzarme muchísimo por camuflar el desmesurado amor que sentía por él.

De pronto, la puerta de la oficina se abrió y mi hermano ingresó.

—Hermano, ¿está todo bien? —preguntó luego de cerrar la puerta tras de sí y se aproximó a mi escritorio para sentarse.

Dejé la cadenita colgar en mi cuello y me reacomodé en mi asiento para continuar con mi trabajo en el intento de que él no se diera cuenta de mi verdadero estado.

—Sí, ¿por qué?

—No has ido a desayunar… como tampoco te han visto ir al comedor durante el almuerzo… ya desde hace varias semanas —su atención se centró, por un instante, en mi collar, y volvió a mirarme—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, solo que hoy me distraje con algunos balances y control de stock, y se me pasó la hora.

—Ah, ¿sí? —enarcó una ceja—. ¿Y tampoco te diste cuenta del tiempo que se te pasó cuando te detuviste a pensar en Bill nuevamente?

Lo miré de inmediato.

—¿Qué quieres decir?

—A mí no puedes mentirme, hermano. Soy mayor que tú y te conozco perfectamente. Desde que llegaste aquí, no haces más que trabajar y mantenerte ocupado con miles de cosas a la vez. Incluso esto de los balances no tienes por qué hacerlos tú, ya que tenemos contratada a una contadora que se ocupa del tema “números”. El poco tiempo libre que te permites, te la pasas en el gimnasio o ideando nuevas estrategias de ventas. ¿Y tú, para cuándo? ¿Te has puesta a pensar en eso? Sé que no eres feliz lejos de Bill, pero tampoco lo eras estando a su lado fingiendo ser su suegro.

—Geo, eso no es… —me interrumpió.

—No intentes negarlo. Venir aquí fue tu idea. Tú me pediste que te alejara de Bill, porque creíste que sería lo mejor y te ayudaría a olvidarlo. Pero no es lo que veo, ¿sabes? No hay un solo día en el que no te encuentre con esa cadenita cogida en tu puño cerrado, suspirando, o con los ojos tristes. También has adelgazado mucho en estos meses y apenas sales de aquí para ir a por un café a la cocina. Sé que aún amas a Bill, Tom, pero debes darte la oportunidad de conocer a otra persona. Bill rehízo su vida junto a Thomas —dijo y fruncí el entrecejo, dolido al apartar la mirada—, se dio una segunda oportunidad de ser feliz. Tú deberías hacer lo mismo.

—Yo no importo, Georg —me puse de pie y coloqué ambas manos en mis bolsillos al darle la espalda—. Mi mundo era el pequeño y hace años ya no lo tengo. No quiero nada con nadie.

—Pues es muy tarde —soltó de repente y me volteé para verlo extrañado.

—¿Muy tarde? ¿Para qué?

—Yo ya te conseguí una cita para hoy —se puso en pie.

—¿Que hiciste qué? —quité las manos de mis bolsillos acompañando mi incredulidad tras hacer un gesto con ellas—. ¿Una cita? ¿Te has vuelto loco?

—No. Aquí el que caerá en la locura o en una profunda depresión si no hace algo para cambiar el rumbo de su vida, eres tú. Y, como hermano mayor, yo no permitiré que eso pase —cogió un lapicero de mi escritorio y se encaminó hacia la puerta.

—No quiero conocer a nadie, Geo. Por favor.

—No es un completo desconocido. Es Miki, el repositor del pasillo diez.

—¿Qué? —pregunté, atónito, con toda mi cara—. Ese muchacho es un niño. ¿Cuántos años tiene? ¿Unos veintitantos?

—Veinticinco. Y está muy interesado en ti desde que te presenté al llegar. Le dije que habías sido Coach de un equipo de Basquetbol muy reconocido en Alemania, y se le iluminaron los ojos —rio y yo no podía creer lo que mis oídos estaban escuchando—. Además, ¿cuál es el problema con la edad? Tú no aparentas la que tienes. De hecho, él cree que no alcanzas los cuarenta y estás en muy buena forma. Asimismo, le gustan mayores, según me dijo en confianza.

—¿Y no le has dicho “en confianza” —hice comillas con mis dedos, molesto— que en realidad tengo exactamente el doble de su edad? Es una locura.

—Ash, vamos. Aquí el único que se preocupa por su edad, eres tú. Jamás has aparentado tus años —abrió la puerta de la oficina para salir, pero antes, se volteó un segundo, sonriendo—. Anímate, Tom. Te caerá muy bien Miki. Es un buen muchacho. Vendrá alrededor de las 06:30 p. m. y tocará para que lo dejes pasar. Sabes que los únicos que tenemos la llave para entrar, somos tú y yo —agregó y cerró la puerta dejándome solo otra vez.

Automáticamente, miré el reloj de pared. Las 03:05 p. m. Bien. Si ese muchacho, de verdad se animaba a venir a verme, al tocar la puerta, simplemente, no le abriría. Yo no quería conocer a nadie. A mí solo me importaba mi pequeño y era al único al que quería ver.

*

*

*

Eran las 08:15 p. m. y estaba recogiendo mis cosas para retirarme e ir al gimnasio como hacía cada noche. Por suerte, ese tal Miki no había aparecido.

Toc, toc, toc…

Escuché y me detuve un segundo, ya que, si golpeaban la puerta, era porque no se trataba de mi hermano; él, al igual que yo, teníamos la llave. Supuse que ese muchacho Miki tal vez titubeó al principio y se había atrevido a acercarse a mi oficina un poco más tarde. Por ello, continué ordenando mi escritorio, de espaldas a la puerta sin darle mayor importancia. Fingiría no estar.

Pero, tras unos momentos, oí una voz proveniente desde el interior de la oficina.

—¿Coach Trümper? —preguntó y me paralicé. No era posible.

&

.

09 de Julio de 2031, 11:15 a. m.; Frankfurt, Alemania.

Por Bill

Era miércoles, ese mes había pedido un cambio de turno en la guardia, ya que, desde que Tom nos había dejado para irse a hacer su vida a otro país, nunca volvió a comunicarse con nosotros y eso hacía que todos mis días los viviera de la misma manera: Oscuros y sin vida. Ya ni siquiera me alegraba el hecho de ver regresar de la escuela a Tom Junior y pasar tiempo con mi familia los fines de semana.

Habíamos intentado comunicarnos por todos los medios, tanto con mi expareja como con mi excuñado, pero no hubo manera de hacerlo. Era como si, de un momento a otro, la Tierra se los hubiera tragado sin dejar rastro alguno.

Mi destino no podía verse más envuelto en la negrura de la desolación.

Me faltaba un pedazo de vida.

Me faltaba Tom.

Suspiré y miré la hora en mi móvil. Acababa de ducharme y debía prepararme para mi turno en la guardia que comenzaba a la 01:30 p. m. Esperaría a Thomas, ya que iría a por el pequeño Tom a la escuela al salir de su agencia, en donde solo iba —como dueño— a supervisar que todo estuviera en orden, así yo podría saludarlos y partir hacia el hospital. Sinceramente, desde la partida de Tom, yo solo iba a trabajar como pretexto para mantener ocupada mi cabeza en otra cosa que no fueran los recuerdos junto a él. Aunque de nada sirviera. Tom vivía impregnado en mi alma como la tinta de un tatuaje se impregna bajo la piel tras ser atravesada por la aguja.

Cuando estuve a punto de dejar el teléfono sobre el mueble para ir a vestirme, llegó un mensaje de un número desconocido. Como no lo tenía agendado, no le presté mucha atención, ya que era habitual que me llegaran mensajes solicitando turnos o preguntándome sobre el horario en el que los padres de mis pacientes podían encontrarme esa semana en el hospital. No solían ser situaciones urgentes, por ende, lo revisaría y respondería más tarde.

Me vestí, perfumé y preparé mi mochila de trabajo —la cual era la misma que Tom usó durante muchos años mientras fue Coach—, y, cuando oí el sonido del coche de Thomas, me cargué el morral al hombro y cogí mi celular para finalmente salir y saludar a mi hijo y su padre antes de encaminarme a tomar el metro.

—¿Seguro no quieres que te lleve, ratoncito? El día está nublado y parece que lloverá en cualquier momento —comentó Thomas con la pequeña mochila de Tom Junior en una de sus manos, tras ayudarlo a bajar del asiento trasero del auto.

—¡Papi! —exclamó mi hijo y se abrazó con fuerza a mis piernas. Yo me encorvé un poco para sobar su espalda con cariño.

—Hola, pequeño… —dije agachándome finalmente y esbozando la mejor de mis falsas y convincentes sonrisas. El día estaba tan gris como mi estado anímico—. Cuando regrese, en la noche, platicaremos acerca de tu día en la escuela —dejé un tierno beso en su cabeza.

—¿Ya te vas? Quiero que te quedes, papi…

—No puedo, cariño, sabes que papi debe ir a trabajar —lo tomé por una de sus manitos y lo acerqué a Thomas otra vez—. Quédate con tu padre, de seguro jueguen algunos videojuegos después de almorzar.

—Amor… —insistió Thomas, entonces lo miré.

—Prefiero ir en metro. No te preocupes por la lluvia, solo será un dulce condimento a mi pesar… —se me escapó y él frunció el ceño.

—¿De qué hablas? Bill, hace tiempo te veo…

—No frente al niño, Thomas —lo interrumpí en tono brusco, pero sin llamar la atención del pequeño, para que se percatara de que no era momento ni lugar de hacer una escena.

Se aproximó a mí, tranquilo, y me abrazó para hablar en mi oído.

—¿Cuándo, entonces? Hace tiempo te noto muy callado, amor… y no me dices lo que te ocurre.

Yo también lo rodeé con mis brazos y respondí en su oreja.

—Necesito pasar unos momentos a solas. Estaré bien —dejé un suave beso en su sien, y, después de saludar a Tom Junior, emprendí mi camino hacia el metro que me llevaría a la zona en donde trabajaba.

( PLAY Every breath you take – The Police)

Me acomodé en uno de los asientos del transporte y, de mi mochila, saqué los auriculares que Tom me había obsequiado cuando era un adolescente. Los conservé todos esos años, muy bien guardados, y los limpiaba cuidadosamente con frecuencia para evitar que se dañaran, aunque, a causa del tiempo y el uso, el auricular derecho no se oía como antes; pero eso no me importaba. Yo disfrutaba tenerlos aún conmigo, acompañándome en cada viaje. Colocármelos, me trasladaba automáticamente a aquel momento en el que me los dio.

No son similares a los tuyos, son exactamente los mismos, pero nuevos —alcé ambas cejas hasta el cielo—. Vi toda la escena y escuché los gritos de tu padre al decirte que “vivías con esas cosas en las orejas”, por lo que deduje que, con esas cosas, se refirió a tus auriculares. Y que, si vivías con ellos en los oídos, debía ser porque te gusta mucho escuchar tu música. Cuando noté tu expresión dolida tras verlos tirados en el suelo al momento en el que me aproximé a ti, supe que significaban mucho, así que te compré unos nuevos e iba a dártelos cuando volviera a verte si es que regresabas con tu padre al otro día, tal y como me dijo Lenny que le había sugerido a él. Pero jamás volviste, al menos, no en el horario en el que yo estaba, así que los dejé en mi mochila con la esperanza de verte otra vez… —aclaró su garganta apartando la mirada un efímero segundo—, y poder entregártelos.

Me quedé atónito y sin saber qué decir. Era la primera vez que alguien prestaba tanta atención a algo que me involucraba y, como si fuera poco, tenía intenciones de hacerme un obsequio. Tragué saliva sin poder apartar mis ojos de los suyos tan cerca.

¿Quieres decir que esos audífonos de bincha que vi en tu mochila, son para mí?

Ujhú… —contestó haciendo un suave sonido desde su garganta.

No tenías por qué molestarte…

No es molestia, pequeño —habló y me dio la espalda un momento. Se giró de nuevo hacia mí con los auriculares en las manos, los pasó por encima de mi cabeza para que colgaran alrededor de mi cuello como los llevaba puestos el día que se rompieron los míos, y volvió a colocarse frente a mi rostro—. Son tuyos.

Gracias, Tom…

Mis ojos escocieron tras el recuerdo tan vívido. No importaba cuántas veces evocara aquel episodio en mi mente, las miles de sensaciones que despertó todo de él en ese instante, me corrían por el cuerpo como si estuviese otra vez allí, frente al Tom de 31 años que acababa de conocer y yo, con mis 16 años, me había enamorado prematuramente.

Me reincorporé un poco para no llamar la atención de las personas que tenía sentadas junto a mí, entonces saqué mi móvil de mi bolsillo para conectar el cable de mis auriculares con la extensión auxiliar —para que coincidiera con el dispositivo—, a causa de lo añejos que eran en comparación con el modelo nuevo de mi celular. Lo coloqué frente a mí para que se desbloqueara con el reconocimiento facial, y allí apareció nuevamente la notificación del número desconocido que me había llegado casi una hora atrás. No pude evitar leer la porción del texto que aparecía en la pantalla.

Hola, Bill. ¿Cómo estás? Sé que ha pasado tiempo, pero necesito hablar contigo. Soy tu excuñado Georg…

Mis labios se separaron inconscientemente, víctimas del asombro, y tomé una pequeña porción de oxígeno, aun sintiéndome paralizado.

Parpadeé repetidas veces y, como por arte de magia, todo mi sistema se puso en alerta. Me levanté sin saber por qué, e ingresé al mensaje para llamarlo de inmediato.

Cuatro tonos de marcado y atendió.

¿Diga?

—¡Georg! ¡Soy Bill! ¡Por favor, dime que Tom se encuentra bien!

*

*

*

—Hey… ¿qué haces aquí, ratoncito? —preguntó Thomas luego de limpiarse la boca y las manos con la servilleta, ya que estaba sentado a la mesa, con nuestro hijo, almorzando.

—¡Volviste, papi! —corrió hacia mí tras dar un salto de su silla.

—Sí, pequeño, pero necesito hablar con tu padre ahora. Es cosa de adultos. Quédate viendo la TV un ratito, por favor, ¿de acuerdo? —pedí llevándolo hacia el sofá de la sala, sin darme cuenta de que no le había preguntado si había acabado de comer o no.

—¿Puedo comer helado? Aún tengo hambre…

—Todavía no hemos terminado de comer, amor…

—No importa —lo corté de inmediato echándole una mirada desesperada y me devolví a nuestro hijo—. Hoy es un día especial, así que puedes comer todo el helado que quieras hasta que tus papis terminemos de hablar. ¿Sí, cariño? Ahora papá Thomas te traerá el helado a la sala y te prenderá la TV para que veas tus dibujos animados preferidos.

—¡Bieeen! —celebró subiéndose al sillón para acomodarse entre los cojines de Paw Patrol que le había regalado su abuelo pocas semanas antes de irse del país.

Thomas me miró sin comprender, pero, cuando estuvo a punto de decir algo, volví a interrumpirlo ya con los ojos llorosos.

—Ve y te espero en nuestra alcoba. Es urgente —espeté y me fui.

A los pocos minutos, la puerta de la habitación se abrió y Thomas se adentró con una expresión de no entender una coña, lo cual era comprensible.

—Ratoncito… ¿qué ocurre? Estás asustándome…

—Tu padre recuperó la memoria —solté sin vueltas y se creó el silencio.

Uno, dos, tres segundos… y finalmente habló.

—¿Qué?

Me levanté de la cama y comencé a caminar por toda la habitación, de brazos cruzados y con una insuficiencia respiratoria rasgando mi laringe.

—Tu tío Georg se comunicó conmigo, hoy en la mañana, a través de un mensaje, pero no lo vi hasta que estuve tranquilo en el metro —comencé a explicar luchando por sostener un tono de voz invariable para que me entendiera—, fue entonces que lo llamé, ya que creí que algo malo le había ocurrido a Tom, pero… pero él me dijo… —me detuve y fijé la mirada en él—. Georg me confesó que Tom jamás perdió la memoria. Siempre supo quiénes éramos, nuestra historia, todo lo que pasó hasta el día en que lo secuestraron Heidi y William. ¡Lo recordó todo desde siempre! —llevé ambas manos a mi cabeza en un acto de desesperación, temblando.

—¡Hey, cálmate! —me detuvo al tomarme por ambos lados de los brazos al aproximarse a mi cuerpo.

—¡No puedo calmarme! ¿¡Sabes lo que significa eso, Thomas!? ¡Hemos estado llevando una vida de pareja frente a él como si nada importara!

—¡Porque no importa! ¡Nos amamos!

—¡NO! ¡Yo amo a Tom! —alcé la voz y se quedó quieto frente a mí. Sus manos fueron soltándome lentamente hasta que tomó una breve distancia.

—¿Qué dijiste, Bill?

Cerré los párpados con fuerza por un momento y respiré profundo antes de volver a hablar.

—Tú… tú siempre supiste que jamás dejé de amar a tu padre, Thomas… Yo necesito estar con él.

—Pero tenemos una familia juntos, Bill… ¿qué me estás diciendo? —preguntó con cierta molestia y expresión confusa. Parpadeó repetidas veces sin fijar la vista en un lugar específico hasta que la devolvió a mí—. Entonces, ¿no me amas?

Me acerqué a él con calma y lo cogí por los lados del rostro notando sus aguados ojos.

—Te quiero muchísimo, Thomas. Realmente me has demostrado ser un hombre nuevo y una excelente persona a lo largo de todos estos años… —atajé con mi pulgar una lágrima que se escurrió por su ojo izquierdo. Conecté nuestras miradas—. Tu padre nos ama y sacrificó su felicidad para que tú y yo seamos felices, pero mi felicidad no es contigo. Lo siento…

Una de sus manos se posó en mi cintura baja y la otra la descansó en mi mejilla para pasar sus dedos suavemente por mi cabello y, con labios temblorosos y tristeza en su semblante, me besó por última vez.

&

10 de Julio, de 2031, 08:15 p. m.; Los Ángeles, California.

El corazón me latía a mil revoluciones por segundo. Mi respiración era tan superficial que, por un instante, creí que eran los síntomas propios de una insuficiencia cardiorrespiratoria.

Tomé aire por enésima vez aquel día. Desde que me subí al avión, no pude detener a mi cerebro respecto a los miles de escenarios que se imaginaba al estar finalmente frente a Tom. A mi amado Tom.

Alcé mi mano libre, trémula, y di tres suaves toques a la puerta. Aguardé.

Nada. Silencio.

Geo me había dicho que Tom siempre era el último en irse, debido a que se quedaba hasta altas horas ordenando cosas en su computador. Sonreí emocionado al escucharlo decir aquello, ya que era típico en él quedarse trabajando hasta esas horas de la noche.

Al no tener respuesta del interior de la oficina, saqué la copia de la llave que me había dado mi excuñado para poder ingresar de una vez en caso de no ser atendido. Abrí sin hacer el más mínimo de los ruidos y entré.

Lo vi algo encorvado sobre su escritorio, acomodando algo. Vestía un pantalón negro, zapatos oscuros y una camisa azul Francia, oscura también, prolijamente arremangada hasta los codos, aunque no la llevaba dentro de su pantalón. Su cabello lo tenía suelto y caía poco más abajo de sus hombros.

Necesité respirar.

—¿Coach Trümper? —me animé a llamarlo sintiendo mis cuerdas vocales hechas un nudo de los nervios. Era la misma sensación que sentí cuando fui a buscarlo por primera vez a la cancha para verlo con el pretexto de agradecerle por haberme defendido días atrás del violento ataque de mi padre.

( PLAY Wicked game – Tom Ellis)

Sus movimientos se detuvieron un segundo; entonces, se giró de inmediato.

Sus cejas se alzaron y su boca se entreabrió en señal de incredulidad.

—Pequeño… —susurró y mis ojos se abrieron con emoción. Desvió la mirada un instante y se corrigió—. Quiero decir…, Bill…

Cerré la puerta y me aproximé lentamente a él negando con la cabeza y sin deshacer el contacto visual.

—No… soy yo…, tu pequeño… —dejé mi maleta parada a mi lado y él le prestó atención de manera fugaz.

—¿Qué…? ¿Qué haces aquí? ¿Mi hijo ha vuelto a golpearte? —preguntó endureciendo ligeramente el tono de voz a la vez que su rostro mostraba cierta preocupación. Decirme aquello despejó cualquier duda que pudo haber arribado en mí acerca de su amnesia.

Recordaba mi pasado. Recordaba nuestro pasado. Era suficiente para mí.

Me lancé a él para rodearle el cuello con mis brazos y fundí nuestros labios. Lo oí gemir crudamente y enseguida me tomó por la nuca y mi cintura baja con sus enormes manos para corresponder el beso.

—Pequeño… pequeño…, ¿qué estás haciendo…? —interrogó sin dejar de besarme los labios, las mejillas, el cuello… Pasaba su cálida y húmeda boca por todo de mí, tanto como le era posible.

—Vine a por ti, mi amor… Por ti…

—¿Cómo…? —me abrazó con fuerza e inhalé profundamente su perfume, como si deseara tomarlo todo, sin poder parar de llorar—. ¿Por qué…? ¿Cómo supiste? —volvió a enfrentarnos.

Lo cogí por los lados del rostro y acaricié su cabello sin perderme detalle de su perfecta fisonomía. Necesitaba verlo, necesitaba sentirlo, necesitaba olerlo y escucharlo para confirmar que era real y no un cruel sueño como tantos otros había tenido respecto a la recuperación de su memoria.

—Georg me llamó y me contó toda la verdad, mi amor —contesté al fin—. ¿Por qué hiciste algo como eso? ¿Por qué te ocultaste durante tanto tiempo?

—Te veía tan feliz siendo el esposo de mi hijo…, siendo padre de Tom Junior, que no quise arruinar la vida que habíais logrado construir juntos como familia. No quise arruinar tu felicidad.

—¿Qué es lo que no entiendes de que tú eres mi absoluta felicidad? —dije y continué llorando. Mi mentón temblequeó y abrí la boca para continuar hablando, pero la emoción no me lo permitió.

Lo abracé otra vez como si fuera a fundirme con él y pasé el lado derecho de mi rostro y luego el izquierdo, una y otra vez, por la parte desabotonada de su camisa que me permitía sentir la piel de su pecho contra la de mi cara, en el intento de impregnarme de su aroma y la esencia de su alma por el resto de mis días.

—Y tú eres mi única felicidad, pequeño mío…

Apreté los párpados y más lágrimas me abandonaron, pero ya no de tristeza, sino de todo cuanto me hacía feliz. Sentí mi pecho liberarse de una inmensa angustia que creí jamás me soltaría y comencé a respirar con más calma mientras me aferraba a la tela de su camisa tras encerrarla en mis puños sobre su espalda baja.

Acarició mi cabello con esa ternura amalgamada con amor puro que solo él podía transmitir, al tiempo en que emitía suaves sonidos con su boca para calmarme.

Tras varios minutos así, disfrutando de la compañía mutua en silencio, me separó con lentitud.

—¿Por qué trajiste una maleta, pequeño? —indagó con suavidad y una mueca triste al tiempo en que masajeaba mi cuero cabelludo tras pasar sus dedos por mi nuca.

—Porque vine para quedarme contigo. Vine a casa, mi amor.

—¿Cómo dices? —abrió los ojos sobremanera y pestañeó—. Pero, ¿qué hay de Thomas y vuestro hijo?

—Hablé con Thomas y se quedará con Tom Junior durante un par de semanas hasta que nos organicemos un poco, así podremos darle la noticia al niño, poco a poco, sin que sea un tema brusco de procesar para él. Claro que también tomamos la decisión de que comience tratamiento psicológico. Sabemos que esto no será fácil de tramitar a su edad.

—Pequeño…, tengo cincuenta años. Tú… tú apenas 35. Ya has construido tu propia familia. No quiero que te perpetúes a una vida con alguien mucho mayor.

—Deja que sea yo quien decida eso. Siempre has buscado la manera de hacerme feliz y lo has logrado; a excepción de esta última en donde me dejaste. Así que, en esta oportunidad, seré yo quien tome la decisión definitiva.

Toc, toc, toc…

Continúa…

OMG, sólo un poco más✨

por admin

Administrador del sitio

2 comentario en “Epílogo (Parte 1)”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!