Imperium 10

Fic Toll de Namyukaulitz

Capítulo 10

A pesar de la distancia de ambos, Bill y Tom siempre estaban juntos en eventos públicos, y aunque lo que se iba a celebrar en el atrium iba a ser algo más de índole privado, una pequeña celebración para el nuevo César.

Estaban invitados algunos Senadores y sus familias, conocidos de familias nobles y pretorianos discretos. Aparte de ellos, estaban la servidumbre, músicos, bailarines y poetas.

Honestamente, Tom no estaba muy cómodo en aquella situación, por lo que se mantuvo en su lectus acolchado, cerca de la silla imperial de su hermano.

El aroma a incienso y vino dulce inundaba todo el salón rectangular, que estaba rodeado por altas columnas corintias de mármol blanco, y a los costados había telas de lino púrpura que ondeaban con la suave brisa de la noche, mientras lámparas de aceite y antorchas se encargaban de iluminar todo.

Tom soltó un ligero bostezo, cubriendo con delicadeza su boca, dándole luego una mirada a todos los presentes, los cuales estaban en círculo, dejando espacio en medio para los encargados de entretenerlos. De vez en cuando, miraba de reojo a su hermano menor, notando que Bill no se veía tan emocionado por dicha celebración, dándole sorbos a la copa en su mano con una mirada aburrida.

Sintió un ligero cosquilleo en el vientre, Bill se veía especialmente guapo en esa noche, aunque rápidamente se recriminó sentir aquello, bajando su mirada a sus muslos cubiertos por su vestimenta blanca.

—Le veo muy desanimado, su alteza. ¿Le gustaría bailar con nosotros? —de repente la voz de uno de los donceles que se encontraba bailando en medio del círculo como espectáculo se le acercó al de rastas, extendiendo una mano acompañado de una sonrisa.

Tom levantó la mirada, viendo al joven doncel frente a él, con ropas coloridas y descubiertas, a lo que torpemente se negó.

—No se me da tan bien bailar —masculló Tom con una pequeña sonrisa, intentando negarse al doncel.

El doncel castaño frente a él, ladeo su cabeza sonriendo en grande, antes de que dos donceles más se acercaran, tomando a Tom de ambas manos, haciendo que se levantara del lectus y para llevarlo al medio..

—Inténtelo, su alteza —insistieron los donceles a sus costados.

Tom giró su cabeza en dirección a Bill mientras era llevado, viendo como una mujer se había acercado a su hermano, captando la atención del azabache, quien le sonreía.

No dijo nada, simplemente volvió a bajar su cabeza, experimentando una sensación muy peculiar en él. Celos. Pero antes de que pudiera pensar claramente sobre lo que sentía, se dio cuenta de que ya estaba en medio, y los donceles lo incitaban a bailar.

En un principió Tom no estaba seguro, dándole una última mirada a su hermano menor, viendo como la mujer se había acercado más a este, inclinando su rostro sobre él, pasando su mano sobre el brazo de César. Fue suficiente para él, no iba a seguirlo viendo, por lo qué se dejó llevar por el ritmo de la melodía que tocaban los músicos acompañado de los donceles, los cuales ahora danzaban a su alrededor.

Apartó la mirada de su hermano y la mujer, comenzando a mover sus hombros con un poco de timidez en un principio, hasta que poco a poco fue moviendo el resto de su cuerpo, en especial sus brazos y balanceando sus caderas, notando la mirada sorprendida de los presentes sobre él, el que no lo miraran con rechazo le dio un poco más de seguridad, pero decidió no concentrarse en eso, enfocándose solamente en disfrutar el momento, tratando de no fijarse en Bill con la mujer, por lo que bailaba de espaldas a este.

—Debo confesar que estaba muy emocionada por conocer al nuevo César —decía Vesta, la mujer cerca de Bill.

—No sabía que Gaius tenía hijas tan carismáticas —Bill sonrió de lado, dándole un sorbo a su copa de vino.

—No me encontraba en Roma, pero mi padre se ha encargado de hablarme maravillas de usted, César —contestó la muchacha, acariciando el dorso del azabache. —Es el César que toda Roma necesita.

Bill no lo ocultaba, se sentía muy contento de recibir aquellos halagos de dicha mujer. Hasta que logró distinguir algunos murmullos cerca de él.

—¿Seguro que no tiene esposo? —preguntó un varón joven, acercándose a uno de los Senadores, sin apartar la mirada del medio.

—No, es viudo, por lo que si deseas casarte con él, es todo tuyo. Si no fuera el príncipe, lo tendría como uno de mis amantes —contestó Gaius, relamiéndose los labios.

Bill dirigió su mirada al medio de todo, y apretó su copa al darse cuenta. Tom danzando en medio con la atención de todos los hombres sobre sus caderas. Su sonrisa desapareció, endureciendo su semblante.

—¿Qué ocurre, César? —inquirió Vesta, al ver el cambio de actitud del azabache, viendo hacia dónde miraba.

Bill estaba a punto de gritar, diciendo que detuvieran todo y mandar a ejecutar a todos los hombres que se atrevían a ver con deseo y lujuria a Tom. Pero lo pensó mejor, dándole un último tragó a su vino, antes de, sin decirle nada a Vesta, le entregó su copa, dejando a la muchacha con las palabras en la boca.

—Eh… César —exclamó Vesta, intentando llamar la atención del César cuando éste se levantó de su asiento, dirigiéndose directamente a su hermano mayor.

El plan de Vesta y su padre se había visto frustrado.

Pues, Bill se acercó detrás de su hermano, rodeando su cintura con un brazo para girarlo hacia él, haciendo sobresaltar a Tom.

—Bill… —musitó Tom con los ojos bien abiertos, sobresaltado, sorprendido por el agarre y acercamiento de su hermano.

Tom no fue el único sorprendido por el actuar del César, debido que los presentes, hasta incluso los sirvientes se congelaron y la música bajó por unos momentos, atentos de cualquier cosa.

—Danza conmigo, Tomi —susurró el emperador, dándole una pequeña sonrisa, antes de tomar una de las manos de Tom.

Tom no rechazó al César, dejando que lo tomara y comenzará a guiar el danzar entre ellos, sin apartar la mirada de sus ojos.

—Todos nos miran —murmuró Tom, viendo por el rabillo del ojo como todos los observaban boquiabiertos, comenzando a sentirse incómodo por ello, porque sabía que aquellas no eran buenas miradas.

Bill también los observó, pero sin tanto disimulo sino más bien desafiante y la música comenzó a sonar igual que antes, por lo que apegó todavía más sus cuerpos, y luego acercó su rostro al de su hermano mayor, dejando unos escasos centímetros entre ellos.

—¿Te incomoda más que te vean bailando conmigo, a que todos esos hombres te deseen sin ningún tipo de pudor o vergüenza?

Tom se sonrojó un poco y Bill bajó la mano de su cintura a su cadera, mientras se movían alrededor.

—Estoy acostumbrado a eso… —Tom respondió después de unos segundos.

—Pues yo no, nunca me ha gustado que alguien más te desee —acotó Bill, apretando más sus cuerpos. —Quiero que todos sepan que solo hay una persona en tu vida que puede atreverse a desearte, y ese soy yo, el César. Sólo tu emperador puede desearte y verte danzar, ninguno de ellos es digno de ver quien es mío, todos aquí merecen que les saque los ojos por el deleite que les has brindado —susurró contra su oreja.

Tom cerró los ojos, estremeciéndose, apretando el agarre de sus manos.

Aquello era más que inusual para los presentes. El César danzando, definitivamente era peculiar y hasta chocante, y sobre todo de tal manera con su propio hermano doncel. Muchos estaban incómodos, otros en silencio y los más habladores, no pudieron contenerse, comenzando a murmurar sobre lo que presenciaban.

—El nuevo César es tan… inapropiado.

—¿Qué pensaría el fallecido Aurelius de ver a sus hijos de esta manera?

—Y lo hacen sin ninguna clase de vergüenza entre ellos, eso es tan bochornoso.

—¿Cómo el César puede permitirse esto?

Las respiraciones de los hermanos se entrelazaban conforme se movían, entregados a la danza, era la primera vez que lo hacían, y para ellos eran algo tan íntimo, y Bill decidió llevarlo todavía más allá, aprovechando la abertura lateral en la túnica de su hermano, por lo que terminó de bajar más la mano, levantando un poco la tela, tomando con su mano el muslo del doncel, y con mucho cuidado, lo alzó por debajo de la curva de la pierna, dejándolo sobre su cadera con descaro, para volver a posicionar su brazo alrededor de la cintura del de rastas rubias.

Aquello era un acto público de posesión por parte de Bill y no tenía miedo en no tratar de disimularlo frente a todos los ahí presentes.

El cuerpo de Tom se arqueó contra el brazo del César alrededor de su cintura, sus piernas habían quedado entreabiertas debido a la posición, que parecía más propia de la intimidad de un lecho que de una danza entre hermanos.

Tom lo estaba disfrutando, el calor, los toques, las manos, las palabras, todo aquello lo tenía más que agitado, aunque no dijo nada. No era que había olvidado sus principios y todo lo que pensaba, era solamente que se sentía tan bien, que por unos momentos no se recrimino sentirse atraído a su hermano.

—Siento que tiemblas —musitó Bill ladeando ligeramente su cabeza, viendo las mejillas teñidas en rojo de su hermano, las cuales también hervían.

Tom intentó mantener la compostura, lo más que pudo, a pesar de que el tono del baile a ese momento, lo hacía sentir ansioso, debido a lo mucho que rozaban sus caderas contra de su hermano, ya que eso le provocaba mucho calor, tanto que incluso una fina capa de sudor comenzaba a perlar su piel.

Para cuando la respiración del doncel comenzaba a entrecortarse, lo sintió, a pesar de las capas de tela, una dureza que no podía negarse. Se congeló, parando el baile entre ellos. Tom vió con ojos de pánico a su hermano, y aunque la música seguía sonando, para él paró en ese momento.

Bill tenía una erección, la cual se presionaba fuertemente contra el cuerpo del doncel.

Ninguno dijo nada, hasta que de repente la realidad volvió a Tom de golpe y se alejó con brusquedad, bajando su pierna.

Bill lo soltó, avergonzado por tener una reacción corporal como esa en ese momento, aunque no lo había podido evitar, se encontraba excitado.

—Tom… —susurró Bill con pena, intentando acercarse.

Tom le apartó la mirada, girando en dirección contraria a la de su hermano, sumamente avergonzado, acomodando sus ropas con prisa, con los sentidos hecho un lío, entre algo que mezclaba con el miedo y deseo.

—Disculpen, me siento indispuesto —musitó Tom con la mirada baja, dirigiéndose a una de las salidas del atrium con prisa, dejando a Bill bajo las miradas de todos, que al notar lo innegable quedaron atónitos.

El rostro de Bill ardió en vergüenza, llevándose una mano a la boca, cubriéndose mientras apretaba los ojos y dientes, por lo que no dijo nada, saliendo también del atrium para dirigirse a uno de los jardines del palacio, tratando de ignorar las miradas de conmoción, asco, miedo y rechazo incesantes sobre él.

Ya en el solitario jardín, se sentó sobre una banca de mármol blanco bajo la luz de luna y el canto nocturno de las cigarras.

Se reprochaba en silencio el tener una erección justo en ese momento, pero sobre todo el rechazo tan público de su hermano hacía él.

—César —llamó una voz femenina, en un tono casi tímido.

Era Vesta, quien lo había seguido a escondidas, y ahora salía de entre las sombras y laureles.

Bill alzó la mirada para verla, notando la sonrisa que se asomaba por los labios de la mujer.

—¿Tienes un problema, César? —inquirió Vesta de forma inocente y juguetona. —Los bailes suelen ser muy emocionantes… yo no te juzgo por esto…

—Vesta, no es momento. Déjame solo —pidió Bill de forma tranquila, soltando un suspiro.

Pero la mujer no acató la petición del emperador, en cambio, se acercó más, hasta estar frente a él y se puso de rodillas.

—Nunca ha tenido esposa, nadie quien lo ayude a desahogarse…. César, yo puedo ofrecerle mi caricia o mi boca…—susurró Vesta, poniendo una mano sobre la rodilla de Bill, la cual comenzó a subir por el muslo, sin pudor alguno, el dirección a su entrepierna.

El azabache no se movió, quedándose atónito por la poca vergüenza de la mujer hacia él, por la confianza y derecho con la que se creía para tocarlo o hablarle de esa manera.

Cuando los dedos de Vesta rozaron el bulto de Bill, este reaccionó de forma alterada, por el asco, no sólo por ella, sino por sí mismo, pero sobre todo, por el sentimiento de que dejar tocarse por otra manos, era una traición hacia Tom, a su amor.

—¿¡Qué estás haciendo!? —exclamó Bill con voz molesta, apartando la mano de un manotazo seco, que resonó tan fuerte que la mujer no pudo contenerse de chillar debido al dolor.

Vesta se sobresaltó, llevándose su mano golpeada y rojiza al pecho, con los ojos bien abiertos, pero rápidamente intentó disimular el rechazó con una sonrisa tensa.

—César, yo…yo sólo quería ayudarte —balbuceó Vesta. —Yo no voy a rechazarte como el príncipe Tom.

Bill simplemente iba a levantarse e irse, pero al escuchar el nombre de su hermano ser pronunciado por la boca de esa mujer, no se contuvo y se dirigió a ella, tomándola por el cabello con una mano de forma violenta.

—No vuelvas a mencionar su nombre, no te mereces ni nombrarlo —espetó Bill contra el rostro de Vesta, quien ahora lo miraba asustada. —El César no necesita tu lástima, ni tu cuerpo, ni tus caricias dignas de una prostituta, ¿¡entiendes!? —rugió con irá, zarandeándola de la cabeza. —Jamás tocaría a alguien como tú, y espero no volver a ni siquiera escuchar tu voz cerca de mí, porque si tan siquiera vuelves a intentar a hacer nuevamente lo que acabas de hacer, yo mismo te voy a ejecutar —amenazó antes de soltarla por fin del cabello.

Vesta tenía lágrimas en los ojos, dolida y humillada, más no pudo decir nada, quedándose sobre el suelo, viendo como el emperador simplemente le daba la espalda como si fuera una mugre más a la que acababa de desechar.

Bill caminó con rapidez hacia el pasillo que conducía al interior del palacio, con el pecho ardiendo, dispuesto a buscar a su hermano mayor, ya fuera para pedirle una disculpa o para pedirle una caricia, pues su erección seguía tan dura como cuando estaban bailando minutos atrás.

Sentía que toda la sangre del cuerpo le hervía, había perdido el control, ni siquiera le pesaba el haber maltratado a una joven noble, lo único por lo que sentía culpable en ese momento era por la pena que había hecho pasar a Tom.

Fue directo a los aposentos del de rastas rubias, donde se detuvo a tocar la puerta. Golpeó una vez, pero nadie respondió, por lo que sin poder contenerse, abrió sin más.

—Tom —lo llamó en voz baja, pero el lugar estaba vacío y frío, sin ningún rastro de que hubiera estado ahí recientemente. Lo único que había era el aroma a ungüentos y perfumes suaves característicos de él.

Bill respiró el aire, pasándose las manos por el rostro, frustrado por no encontrarlo. Dió unos pasos adentro.

—¿Dónde estás? —murmuró al aire.

Sólo quería verlo, aunque Tom respondiera con el mismo rechazo de antes, no importaba, lo necesitaba.

Porque no importaba que tan excitado y frustrado sexualmente se encontrará en ese momento, él nunca dejaría que alguien más que no fuera Tom lo tocará.

Tom por su parte, se había ido a esconder en una sala privada, lejos de todos y de todo, encerrándose en ella, apegándose a la fría pared junto a la puerta, con el pecho agitado.

Intentaba tomar aire, pero no podía, se sentía al rojo vivo, lo cual contrastaba con la frialdad y oscuridad de la sala en la que estaba.

En las zonas donde Bill lo había tocado, se sentía todavía presente su tacto, pero sobre todo, sentía inquietud por el lugar donde había sentido la dureza del menor.

Tom respiro profundamente, cerrando sus ojos, mientras trataba de pensar con claridad sobre lo ocurrido.

¿Bill había tenido una erección por él?… Negó con su cabeza. No, aquello simplemente había sido un incidente, un hecho vergonzoso pero al final, un acto incontrolable que no decía nada en realidad.

Pero, sus piernas temblaron por un instante, y sus propias manos se movieron por su cuerpo, abrazándose a sí mismo mientras se tocaba por encima de la tela fina.

—Bill… —musitó, abriendo ligeramente los ojos, abrazando un costado de su cintura con una de sus manos, mientras que con la otra bajo un poco más.

Trató saliva, presionándose con más fuerza contra la pared, como si tratará de evitar caerse.

Abrió un poco sus piernas, metiendo su mano en la misma abertura en la Bill había metido la mano durante el baile, y se dio cuenta que, igualmente, tenía un erección y sobre todo, la humedad comenzaba a hacerse presente en su cuerpo.

Apretó las piernas.

—No… no debería de estar haciendo esto —se recordó, pero su claridad era muy poca y su mano continuó deslizándose más, hasta tocar su zona más íntima, a lo que la punta de sus dedos se mancharon con su propia humedad.

La imagen de Bill no salía de su cabeza, la sensación de su dureza, y su imaginación no tuvo final, por lo que se hundió sobre sus hombros, rozando un poco más sus dedos, sin introducirlos limitándose únicamente a tocar por fuera.

—Es mi hermano —quería darse un golpe en el rostro, abofetearse a sí mismo. —Ah, mi hermano…—recordó entre suspiros entrecortados.

La vergüenza de estarse tocando por Bill en ese momento lo invadía, pero aún así, no se detuvo.

“Sólo estás necesitado de afecto por llevar tantos años sin que nadie te toque “, intentó justificar en su mente.

Era la primera vez que lo hacía, tocarse pensando en él. Su hermano menor. Bill. Se odiaba por desearlo tanto como hombre en ese momento por lo irracional que era dejarse llevar tan fácil por la excitación del momento.

Sentía que la ropa comenzaba a agobiarlo, quería retirarse todo y tener su cuerpo desnudo para dar rienda suelta a sus manos ansiosas.

—Eres desagradable, Tom…—se reprochó, apretando los ojos cuando eyaculo, manchando sus ropas, sin siquiera tocarse el miembro, sus ojos se cristalizaron y se dejó caer de rodillas al suelo, recriminándose inmediatamente lo que acababa de hacer.

—Perdón, padre. Perdón, Bill —se disculpó, con las manos sobre el suelo.

Continúa…

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por Namyukaulitz

Escritora del Fandom

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