Imperium 14

Fic Toll de Namyukaulitz

Capítulo 14

Tom cerró los ojos, respirando el aroma fresco que rodeaba la villa.

Por tres días había podido alejar de él todo lo que lo agobiaba, sin embargo, a pesar de estar en un lugar tan remoto y pleno, sin ninguna clase de ojo juzgándolo en cada momento, teniendo la brisa del viento cantándole en el oído en lugar de murmullos llenos de malas intenciones.

Volvió a abrir los ojos, vio el pedazo de cielo que se colaba por encima del pequeño jardín interior que tenía el lugar.

El cielo estaba hermosamente celeste y las nubes se miraban tan acogedoras que bostezo.

De repente la risa estruendosa de Lucian lo hizo apartar la vista del cielo, para ver hacia el centro del patio, jugaba con el agua de la fuente, salpicando por doquier.

Tom sonrió, adoraba ver a Lucian sonreír, aunque el primer día que llegaron a la villa Lucian se había mantenido muy lloroso, debido a que decía extrañar a Bill.

Obviamente, Tom sabía que Lucian no iba a poder comprender toda las situaciones que ocurrían, es más, Tom ni siquiera quería que Lucian se viera afectado o enterado de algo, por lo mismo volvía a sentirse furioso al recordar a la insolente sirvienta, repitiendo las palabras una y otra vez en su cabeza.

Así que tuvo que idear una mentira para su pequeño, cada vez que preguntaba sobre por qué Bill no estaba con ellos, cuando siempre el azabache se mantenía cerca de ellos. Por lo que le dijo que estaban tomando unas «pequeñas vacaciones» y que Bill no había podido acompañarlos debido a que César era muy demandante, y Lucian pareció aceptarlo, aunque aún decepcionado de que su tío no estuviera ahí para jugar con él.

Tom reconocía que había sido cruel por su parte alejar así a Lucian, pues sabía que su hijo y su hermano eran muy unidos, Bill había estado junto al pequeño desde incluso antes de que naciera.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá! —gritó Lucian, buscando a su madre, quien estaba sentado a un costado del patio, sobre las escaleras de los pasillos que rodeaban en un cuadrado al patio.

—¿Qué pasa, Lucian? —inquirió Tom con voz suave, manteniendo una suave sonrisa en sus labios.

—¡Las hojas parecen peces! —Lucian levantó unas pequeñas hojas que habían caído sobre el agua y se las mostró.

Tom ladeo la cabeza y no pudo evitar reír, asintió, al comentario de su hijo.

—Sí, tienes razón, parecen peces de color verde y café —acotó Tom, que en cuanto Lucian volvió a apartar la mirada y concentrarse en jugar con el agua, su sonrisa decayó.

Observó hacia algún punto y se quedó nuevamente callado.

A pesar de que esos días lo ayudaron a mantenerse más tranquilo, también fue tiempo de reflexión para él.

Evaluando y reconsiderando demasiadas cosas que llegaba un punto donde simplemente se sentía impotente por su posición de doncel.

No debía ni siquiera preguntarle a alguien para saber que Bill de seguro había quedado destruido y puesto de cabeza a todo Roma por su desaparición, su corazón se apretó de solo volver a pensar en cómo debía de sentirse su hermano menor. A Tom también le dolía, era algo en lo que ambos salían lastimados.

Aunque Tom nunca lo dijera en voz alta, ni siquiera en un susurro, se encontraba aterrado.

Aterrado por el futuro que podría esperarle a él y a Lucian, pero sobre todo a Bill, ya que era el César.

Tom era consciente de que Bill no estaba preparado para ser César, que no sabría como manejar un imperio, pues nunca había recibido esta educación por parte de su padre.

«Si Bill sigue comportándose como un mal emperador el pueblo querrá sangre… Su sangre», pensó, recordando las historias de antiguos emperadores que al igual que Bill, no eran aptos para el poder, haciendo y explotando a Roma de maneras simplemente ridículas, y luego el pueblo se vengó, asesinándolos.

¿Por qué no simplemente huía? Como hacían los familiares más cercanos de esos mismos emperadores, huir para no salir afectado con la ira del pueblo.

Sus labios temblaron ante la idea.

No podía, si esta huida de corto tiempo sentía que le apuñalaba el corazón, definitivamente huir y alejarse de Bill lo mataría en vida.

Apretó los ojos y los labios, evitando que los ojos se le cristalizaran, no quería llorar en ese momento. Al cabo de unos segundos volvió a abrir los ojos y su mirada se dirigió al cielo.

¿Hasta dónde sería capaz de comprender y amar a Bill? ¿Su amor por él tenía un límite? Claramente no… Pues hacía mucho había cruzado el límite de lo fraterno, aunque no iba a admitirlo.

Aquello hacía sentir tan mal a Tom. Lo hacía sentir un vacío que no comprendía del todo, porque simplemente no podía ignorarlo.

«Willem», aquel nombre cruzó por su momento como un susurro que guardaba su corazón.

Willem por mucho tiempo, incluso después de haber sido abandonado, Tom sentía que había sido eso a lo que la gente le llamaba «amor a primera vista», ese que debería de haber sido eterno.

Sí, pero así como lo continuó amando por mucho tiempo, también lo resintió. ¿Por qué Willem tenía que abandonarlo? ¿Por qué Bill tenía que insistir? ¿Por qué amar era complicado?

¿Qué había hecho mal? ¿Quizás le faltó demostrar más su amor y compromiso con Willem? ¿Tal vez debió ponerle más límites a Bill y nunca permitir que las barreras de lo fraternal se rompieran?

Su corazón no se encontraba dividido entre dos amores, si uno estaba muerto y con el otro nunca podría estar; su corazón se encontraba cansado.

Cansado de ver a Bill a los ojos, aun con sus muchos defectos y pocas virtudes, pero cuando solo eran ellos, el mundo parecía más que ajeno, y pensar en porqué la vida los había hecho hermanos, por qué la vida los había puesto en esa situación.

¿Era alguna clase de castigo de los dioses con la que ambos tenían que cargar? Sentirse de esa manera pero ser malditos por compartir sangre.

¿Cómo sería la vida si Bill no fuera su hermano? Era algo que parecía más lejano que el final de un océano a otro, algo que era simplemente impensable.

Pero que, en más de una ocasión, se le escapó en el pensamiento.

¿Se hubieran conocido en alguna fiesta? ¿O Bill hubiera sido un gladiador del que Tom se hubiera enamorado al verlo en la arena del anfiteatro? Tal vez sería el amante perfecto, la persona con la que no se cuestionaría dos veces en contraer matrimonio.

Un amor lejos de ser torturado como el que tenían en esta vida.

Tom volvió a fijarse en su hijo, lo único estable que tenía en ese momento, la sonrisa de su pequeño fue suficiente para sentirse reconfortado.

&

Bill detuvo el galope de su caballo al llegar a una zona repleta de viñedos, el aroma frutal y a tierra fresca le llegó a la nariz de inmediato; había tardado demasiado en llegar hasta ahí, estaba exhausto, pero sobre todo su equino, que estaba visiblemente casando.

El azabache se bajó de su caballo, examinando los alrededores con la mirada, en busca de la villa.

Hasta que logró divisar a unos varios metros de él, en el medio de los viñedos una construcción, descuidada, cubierta por maleza, pero que definitivamente era una villa digna de su padre Aurelius.

Amarró su caballo a un árbol cercano, para que descansara bajo la sombra, y comenzó a caminar hacia la villa, con su propio corazón resonando en sus oídos.

—Por favor, por favor, por favor, dioses, esta es mi súplica más exasperada —masculló Bill, dándole una rápida mirada al cielo del atardecer, esperando que sus oraciones fueran escuchadas y su hermano y sobrino estuvieran en aquel lugar. —Que él esté aquí, por favor…

No pudo más, venció una última vez a su cansancio y corrió para acortar la poca distancia que le quedaba, abrió las puertas con ambas manos, entrando abruptamente.

Y de inmediato se topó con dos sirvientes que seguían limpiando el lugar, los cuales al verlo se paralizaron con miedo y sorpresa.

—¿Dónde están? —preguntó Bill de manera baja y contenida, ver a los sirvientes ahí no era suficiente para tranquilizarse, necesitaba ver a su hermano y sobrino con sus propios ojos.

Antes de que uno de los sirvientes pudiera responder, el más temeroso habló primero, señalando el interior izquierdo del lugar.

—Se encuentran en el jardín interior, César —reveló el sirviente.

Bill dirigió su mirada al lugar donde se le fue señalado, no dijo más y comenzó a caminar hacia ahí, pasando de largo a los sirvientes que pudieran sorprenderse de verlo ahí.

Con la respiración agitada y el cabello revuelto camino con lentitud, y su corazón latía cada vez con más fuerza, hasta que se giró a la izquierda y a solo unos metros se encontró con una escena que lo hizo sentir que los dioses se habían apiadado de él.

Tom sentado sobre el suelo de mármol, mientras Lucían, a su costado, dormía sobre y envuelto en sábanas.

Un suave tarareo por parte de Tom, mientras le acariciaba la cabeza a Lucia resonaba entre los pasillos.

Bill se detuvo a tan solo unos metros, Tom todavía no había notado su presencia, todavía no quería hacerse notar.

«¿Esto es lo que siente un hombre al llegar a su hogar y ver a su familia?», fue lo primero que pensó Bill.

Pues la paz, calidez y sencillez de la imagen lo hizo sentirse como un hombre de hogar.

¿Él era digno de eso? ¿Una persona como él merecía experimentar lo que un romano decente tiene? ¿Una familia? ¿Un esposo y un hijo que espere con ansias tu llegada?

Fue un sentimiento que lo hizo sentir devastado, sin comprender bien el porqué, porque él sentía se merecía eso, que era digno de todo, pero estar ahí simplemente lo hizo sentir como un mal augurio que no debía de estar ahí.

Sus labios y manos temblaron en señal de que todo lo que estaba conteniendo en ese momento iba a escapársele.

Quiso gritar, reclamarle a Tom porque lo hacía sentir como un error que interrumpe su vida en ese momento.

Pero no pudo, su garganta tenía un nudo demasiado asfixiante.

—Tom… —logró salir de su garganta de manera ahogada, no como un reclamo, sino como una súplica.

Tom apartó con lentitud la vista de su hijo dormido, dejando de tararear, girando la cabeza hacia aquel llamado, con su corazón latiendo con fuerza, no era necesario que lo viera directamente para saber de quién se trataba.

Al verlo, Tom entreabrió los labios, en una expresión que mezclaba preocupación con sorpresa, pero antes de que pudiera decir algo, Bill se acercó.

A pasos temblorosos, sollozando en silencio antes de tan siquiera tenerlo a centímetros.

Con una de sus manos, Tom tomó el costado del cuerpo de Lucian sin apartar la mirada de su hermano menor, sin saber que reacción iba a esperar por parte de Bill en ese momento.

Pero para su sorpresa, al estar tan cerca, Bill se dejó caer de rodillas sobre el suelo y se arrastró hacia Tom, con la cabeza baja, sin ser capaz de sostenerle la mirada.

Como un hombre derrotado y desesperado, Bill se arrastró hasta los muslos de su hermano, abrazándolo, extendiendo una mano para tomar la mano de Lucian.

El azabache soltó un gran sollozo, tan alto que Tom pensó que aquello despertaría a Lucian, pero no fue así.

Tom lo observó, y con su mano libre dudo si tocarlo, no se sentía con el derecho de tocarlo, si había destruido de tal manera a su hermano. Pero, terminó haciéndolo, y le acarició la cabeza.

—Bill… —musitó el de rastas rubias, apenado.

—Están bien… Estas bien —soltó Bill, aun con el rostro hundido sobre los muslos cubiertos de Tom.

Tom apretó los labios sin saber qué decir.

Bill alzó la mirada, con los mechones de su cabello negro despinado sobre el rostro, pegado a su sudor y lagrimas.

—Perdón, es mi culpa —gimoteó Bill, soltando la mano de Lucian por un momento, para abrazar con todas sus fuerzas a su hermano, disminuyendo rápidamente la fuerza al pensar que podía lastimarlo. —Es mi culpa, siempre es mi culpa, perdóname, Tom, por favor….

Tom apartó con cuidado los mechones de cabello de su rostro, para poder ver el rostro de su hermano, notando las ojeras oscuras alrededor de sus ojos.

Las lágrimas de Bill se seguían deslizando por sus mejillas sin control alguno, llorando al punto que se ahogaba y estaba hecho un desastre.

Cuando Bill comenzó a tener hipo debido a la intensidad de su llanto, Tom supo que esa escena ya la había vivido antes.

Acunó el rostro de Bill con ambas manos, con dulzura.

En ese momento no era su hermano, el hombre que ya era César y la máxima autoridad de todo un imperio, no, era su hermano, su hermanito que cuando discutía y se sentía rechazado por su padre iba a buscar los brazos de su hermano mayor en busca de consuelo.

Y Tom tuvo un recuerdo al ver el rostro ya maduro de su hermano, transformándose en el rostro de cuando era un niño:

Desde que Tom tenía uso de conciencia, notaba lo distante que era su padre con Bill, a comparación de como Aurelius lo trataba a él.

Tom siempre supo que su madre había muerto al dar a luz a Bill, y sospechaba que la razón de que su padre fuera de tal manera con Bill era esa.

Que guardaba un rencor por ver a Bill como quien le arrebató a su esposa.

Tom no recordaba en lo absoluto a su madre, solo tenía dos años cuando ella murió, aun así, siempre sintió su calidez como un recuerdo que su mente no guardo pero su cuerpo si, y también su padre llegó a contarle que cuando él nació su madre no dejaba de cargarlo y besarle el rostro. Que incluso se había rehusado a tener una nodriza para que le ayudara con los cuidados de su hijo.

Pero con Bill nunca hubo una charla sobre lo mucho que su madre lo amaba, solo hubo silencio y la frialdad de un padre que no le decía explícitamente que lo despreciaba un poco.

Aunque Bill tenía nodrizas que lo cuidaban y estaban al pendiente de él no dejaba de ser algo que ellas y ellos hicieran únicamente por trabajo.

Así que el único que le daba un amor desinteresado a su hermano menor era él.

Buscándolo para jugar o contándole cuentos romanos.

Tom no se sentía capaz de juzgar a su padre, ya que a veces él también extrañaba a su madre, ver su rostro realmente y no solo una estatua vacía que buscaba capturar sus rasgos.

Estaba seguro, de que muy en el fondo, Aurelius no quería ser así con Bill, tal vez no lo odiaba realmente, pero le era difícil amar a su hijo Bill.

A comparación de con Tom, Aurelius nunca tenía paciencia ni consideraciones con Bill.

—Padre, quiero acompañarte en tu próximo viaje —confesó un Bill de diez años, con una gran sonrisa, mientras jalaba a su padre de la toga.

Aurelius apartó la mirada de los pergaminos que estaba revisando y frunció el ceño.

—Ya te he dicho antes que no, Bill —acotó el mayor.

—Pero, papá, ya tengo diez años, y quiero acompañarte, aprender a ser un César como tú —insistió Bill, jalando más la toga de su padre.

Aurelius suspiro cansado. —Te he dicho que no, Bill, y punto, deja de molestarme, que tengo muchas cosas importantes de las cuales encargarme antes de irme —espetó.

—¡Por favor, por favor! —exclamó Bill. —Quiero estar contigo en este viaje, por favor, llévame, prometo no molestar, solo quiero ver y aprender, prometo que seré bueno.

Sin decir nada, Aurelius le soltó un manotazo a Bill para que lo soltara de la túnica.

—¡Por favor vete, Bill! —le ordenó Aurelius, señalando la puerta.

A Bill se le pusieron los ojos llorosos de inmediato, tanto por el golpe como por el trato.

—¡¿Por qué nunca me dejas estar cerca de ti?! ¡Nunca quieres pasar tiempo conmigo! ¡Siempre dices que estás ocupado o muy cansado! ¿No me quieres acaso, papá? —cuestionó Bill entre gritos, tomando su mano rojiza.

—No tengo tiempo para esto, Bill….—masculló Aurelius, sin siquiera verle.

Bill respiró con dificultad y se marchó corriendo.

Tom estaba en su sala del palacio favorita en ese momento, con doce años disfrutaba mucho de tejer, aunque sabía que para su posición se esperaba que tuviera otros pasatiempos en lugar de manejar la lana.

La puerta de entrada a la sala se abrió con lentitud, haciendo que Tom apartara la mirada de lo que hacía, provocando que la aguja se clavara en su dedo por error.

—Au… —se quejó Tom, frunciendo el ceño, viendo como su dedo comenzaba a sangrar, pero volviendo a dirigir su mirada hacia la puerta, escuchando unos sollozos del otro. —Uhm….¿Bill? —preguntó.

El azabache se dejó ver y entró, corriendo hacia su hermano, aferrándose a él.

—¡Ah! ¡Bill, espera, cuidado, tengo estoy tejiendo y puedes pincharte! —exclamó Tom, apartando a Bill con cuidado, dejando a un lado la aguja y lo que estaba tejiendo. —¿Qué pasó? ¿Por qué lloras? —cuestionó preocupado.

Bill intentó hablar, pero el mismo llanto lo impedía, provocándole hipo.

Al verlo al rostro, Tom sintió pena por su hermano, pues aunque no se lo dijera, se hacía una idea de cuál era el motivo de su llanto.

—¿Fue nuestro padre otra vez? —inquirió Tom con suavidad, a lo que Bill asintió.

—Yo… Yo no sé porqué me odia —balbuceó Bill, herido y molesto. —¿Es por lo de nuestra madre?

Tom lo escuchó, y negó con suavidad, acunando el rostro de Bill con las manos para tranquilizarlo.

—Padre no te odia, solo…. Solo siempre está muy ocupado, pero te ama como me ama a mí —aseguró Tom con una sonrisa leve.

El llanto de Bill se detuvo cuando notó el dedo pinchado de Tom, por lo que tomó la mano de su hermano mayor y se llevó el dedo que sangraba a la boca, intentando limpiar la sangre.

Tom se sorprendió ante el gesto, pero dejó que lo hiciera.

—¿Te duele? —preguntó Bill, sacándose del dedo de la boca.

—No mucho, solo es un pinchazo… —respondió Tom, acariciando el rostro de su hermano.

—Tú siempre me cuidas —murmuró Bill, agachando la mirada. —Yo quiero cuidarte también.

—Ya lo haces —confirmó Tom. —Mira, me quitaste la sangre.

—Tom… ¿Tú me amas? —inquirió Bill, buscando los ojos de su hermano.

—Claro que lo hago, siempre te he amado —aclaró Tom, con una gran sonrisa, acercándose al rostro de su hermano menor para besarle la frente y las mejillas. —Yo siempre voy a amarte.

Bill sonrió de forma leve y se aproximó de nuevo a Tom para abrazarlo con fuerza.

La voz de Bill hizo sacar a Tom de sus recuerdos:

—Por favor, Tom… No me abandones, no eso no, por favor —dijo entre hipidos el azabache.

Tom dejó escapar un suspiro pesado.

—Yo no quiero abandonarte, Bill —masculló Tom, acariciando el rostro del contrario. —Te amo, pero es difícil… —confesó.

—Siempre he sido difícil de amar…—susurró Bill, desviando la mirada, acomodando su cabeza sobre los muslos de su hermano. —Con nuestro padre siempre fue así, desde que nací… —apretó los labios, sintiendo remordimiento por haber asesinado a su padre. —Y ahora, estoy haciendo que te alejes de mí.

El llanto de Bill de repente se calmó y él se quedó en silencio, teniendo muy presentes las últimas palabras de su padre.

—De verdad lo siento, por empujarte a esto, a huir de mí —se disculpó Bill, con los ojos húmedos y las voz entrecortada. —Pero de verdad, te amo, Tom —aseguró, sentándose sobre sus rodillas, tomando ahora el rostro de su hermano mayor con ambas manos. —Te amo demasiado, y quiero hacerte el doncel más feliz de todo este maldito imperio. Déjame intentarlo, por favor, prometo que dejaré de ser tan frívolo y pueril.

Bill se moría de ganas de besar a Tom en ese momento, pero sabía que aquel acto podía alejar de él todavía más a su hermano.

Por un momento, Bill hablaba si fuera un hombre maduro, que puede cumplir con su palabra, y eso junto a los ojos rojizos y agotados pero honestos, hizo a Tom considerarlo.

—Bill, voy a poner mi corazón en tí, pero por favor, no cruces lo impensable entre hermanos —advirtió Tom, acercando su rostro al de hermano, besándole la mejilla con amor, un beso que sabía que no quería dar en la mejilla, pero darlo en los labios seria demasiado hipócrita de su parte.

Continúa…

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por Namyukaulitz

Escritora del Fandom

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