Imperium 19

Notas: Sé que lo que van a ver aqui en el cap puede sacarlos un poco de onda, considerado que esto ocurre en el imperio romano especificamente en el año 180 d.c, pero despues de tanto investigar me tope con algo que ciertamente me llamo la atencion y quise agregarlo, y es que según un objeto en forma de aparato reproductor masculino que encontraron en 2023, nos diria que los romanos tenian juguetes sexuales, sí, como los que existen ahora en dia, esto es más una teoria que una verdad solida, pero yo me incline más a que sí se usaba para autoplacer, considerando que los romanos adoptaron muchas cosas de los griegos y los griegos sí tenian juguetes sexuales, asi que no es de sorprender. Aclaro esto porque les juro que he investigado muy en serio cada detalle de como era Roma esos tiempos para ofrecer algo digno y decente para ustedes, asi me falten aun muchas cosas y detalles que se me pudieron haber pasado por alto, les prometo que un dia cuando tenga el dinero y los coyoles suficientes le pago a un asesor historico para que me ayude a corregir las cosas en las que pude ser erronea.

Fic Toll de Namyukaulitz

Capítulo 19

Bill se sentía tenso, muy inquieto, aún si después de ese paseo a caballo con Tom todo se hubiera calmado entre ellos.

Había vuelto a sus aposentos, saltándose la cena con la excusa de que estaba muy cansado, simplemente despidiéndose de Tom y Lucian, antes de retirarse a su alcoba.

Pero, ya habían pasado horas, de seguro era muy tarde, de madrugada posiblemente, pero su pecho se encontraba intranquilo.

Había solo unas velas de cera de abeja iluminando la habitación, las cuales le permitían ver su reflejo sobre el espejo de plata, apoyado sobre una mesa.

Era amplió lo suficiente para tener una muy buena vista de él mismo.

Lo suficientemente reluciente y claro como para poder darse cuenta de lo mucho que se parecía a él…. A su padre.

Sus mechones largos azabaches descansaban desordenadamente por su rostro, con ambas manos hizo su cabello hacia atrás, dejando libre su cara.

No importaba cuanto evitara ver las estatuas finas y fielmente detalladas de su padre, pues cuando miraba su reflejo podía ver una sombra de Aurelius en él mismo.

Sus manos sobre la madera del mueble se hicieron puños, y apretó dientes y ojos, apartando el rostro con brusquedad.

Bill siempre había sido consciente de que él se parecía a su padre, mientras que Tom se parecía más a su madre.

Pero él detestaba eso, parecerse a su padre lo hacía sentir que ni siquiera pareciéndose a su padre físicamente era capaz de tener un poco de su aprecio.

Por lo que buscaba verse distinto a él, había dejado de usar el cabello corto conforme crecía, dejándolo crecer, aceptando que estaban muy alejados él uno del otro.

No había sido suficiente para su padre, ni siquiera al nacer podía aspirar a eso, pues él había sido el asesino de su madre al nacer y ahora también era el asesino de su padre.

No era suficiente como hijo, pero como hombre tampoco. Las palabras de Tom lo tenían con el pecho pesado y el estómago vacío.

Frustrado, tomó un pequeño jarrón cercano y lo lanzó contra el espejo.

El sonido fue estrepitoso, y el jarrón con agua se hizo añicos, rompiendo con el orden silencioso en el lugar.

El espejo de plata apenas se inmuto, cuando Bill abrió los ojos y únicamente gotas de agua se deslizaban por la superficie.

No importaba cuanto evitara ver las estatuas, todo donde su padre estuviera retratado si él mismo era ese reflejo que evitaba ver.

—¿Es por qué soy un asesino? —preguntó viéndose a los ojos. —Sólo hice lo que necesitaba hacer… Pero ni siquiera así siento que esté logrando algo…

Se apartó del espejo, comenzando a caminar hacia otro extremo de sus aposentos, viendo hacia la oscura ciudad de Roma, a la cual tenía vista desde su terraza personal.

¿Por qué había gente más valiosa que él ahí afuera? Personas inferiores, hombres, hijos inferiores, él era lo más importante en todo ese imperio por el simple hecho de ser parte de la familia imperial desde nacimiento, tenía más valor, pero aun así su padre había preferido a un General como sucesor y Tom prefería entregarse a otros hombres.

Era como si su existencia simplemente no fuera suficiente, lo que no se esperaba, lo que no se quería, simplemente lo que sucedió y está ahí.

Frente a todo el imperio, todo el oro, riquezas, personas, todo, aún se sentía solo.

¿Era por qué no había tenido una madre? ¿Por qué tampoco había tenido un padre que lo amara? ¿Por qué su hermano no podía verlo como él quería y escogerlo?

El amor sonaba como un capricho que nunca pudo comprar ni llorar lo suficiente para que se lo dieran.

—Patético… —se dijo a sí mismo, viendo sus manos, las mismas que habían matado a su padre, las mismas que tocaban a Tom, las mismas que abrazaban a Lucian.

¿Un asesino merece amor? La primera vez ni siquiera era plenamente consciente, un recién nacido apenas tenía la fuerza para llorar como aprendió con Lucian, pero él siempre había sido capaz de matar; la segunda vez sí, la tercera también y en el anfiteatro, tampoco era diferente.

Todo sonaba como un capricho suyo.

«Niños caprichosos y llorones» esas palabras de Tom encapsulan todo lo que él era.

¿Cual era la necesidad de mantenerse vivo? Un hombre… Un niño como él era indigno, mientras que él le había arrebatado la vida a su padre, a un General inocente y a esclavos y gladiadores que nada tenían que ver con él, posiblemente la primera vez que vieron su rostro fue cuando llegaron a morir al coliseo.

Jugar con el imperio no era como jugar con sus juguetes de madera cuando era un niño.

¿Se arrepentía de tomar el Imperio? ¿Por qué había tenido que asesinar a su padre? ¿ o por qué no sabía ser un César?

Él nunca sería capaz de dejar que un asesino, un ladrón o un abusador se acercara a Tom o a Lucian, porque sabía que sería un peligro que alguien así estuviera cerca de ellos, pero… Él no era tan distintos a esos condenados que llegaban a la arena

Había asesinado, había usurpado y abusado.

De niño no le temía a la oscuridad, le temía a sentirse solo, y Tom lo acompañaba, había estado para él abrazándolo durante las madrugadas.

Y ahora, siendo un adulto estaba completamente solo y vacío en aquellos aposentos llenos de todo lo que cualquier mortal pudiera pedir, en un cielo de dioses.

¿Pero de qué sirve vivir como Marte si no tienes a Venus? Aunque siendo más realista, se acercaban más a Júpiter y Juno.

A Bill le gustaba sentirse y compararse con un dios, pero no era capaz de tener una diosa, ni siquiera una concubina.

Era patético en muchos aspectos, aun si hubieran cosas que muy pocos supieran o sospecharan de él.

Era atractivo, alto, de cuerpo delgado y atlético, con músculos definidos, como el de alguien con un entrenamiento riguroso para mantenerse fuerte, pálido, joven.

Había habido mujeres y donceles de familias nobles que se habían mostrado interesados en él, pero sus ojos nunca se apartaban de Tom… Era muy joven cuando se comenzó a masturbar pensando en él, conforme ambos se desarrollaban, observando de más cuando su ropa se pegaba a su silueta cuando se iban a jugar a los ríos cerca del complejo del palacio.

Nunca, ni siquiera cuando sus hormonas eran demasiado intensas y sentía el cuerpo como una brasa todo el tiempo se había fijado en otros cuerpos, prefiriendo soportar lo que su cuerpo de varón le exigía como una necesidad de vida o muerte.

¿Cómo podía ser considerado un hombre por Roma? Era respetado porque era el César, pero no porque era un hombre.

¿Qué significaba ser un hombre?

Él creía que era tener la capacidad de guardarse para la persona que más amaba, no como otros hombres los cuales tenían harenes llenos de concubinas, esclavos y cualquiera que pudiera ser su amante, incluso cayendo tan bajo para frecuentar tabernas en busca de desahogo, Bill lo consideraba abyecto, bajo, que una persona así no puede decir amar.

Los varones tenían toda libertad sexual, su virginidad no valía nada ni importaba, pero para las mujeres y donceles era distinto. Los de las clases bajas no eran apreciados, pero los de las clases nobles lo eran demasiado.

Sobre todo Tom, como hijo del Emperador, era un doncel simplemente inalcanzable para todos, podría decirse que el doncel más importante de todo el imperio, y aun así, con ese estatus tan alto, Tom se entregó a cualquiera.

A Bill no le importaba si eso estaba mal socialmente, le dolió que fuera capaz de darle su cuerpo y acaricias a otros hombres, pero a él sólo le daba amor y toques fraternos.

¿Por qué le daba únicamente amor fraternal? Cuando Bill estaba a su nivel, en la misma cima que él, y aún así Tom prefería bajar para besar labios inferiores y mortales.

Tom siempre parecía estar tan cerca y a la misma tan lejos de su alcance, Bill había crecido con él, no conocía otra cosa que no fuera el olor de su piel, la suavidad de las sedas que vestía, cada pequeña cicatriz, detalle sobre la piel.

Bill estaba seguro que los amantes de Tom ni siquiera notaban la pequeña marca sobre su mejilla derecha en la oscuridad, como él si lo hacía en cada momento que observaba su rostro, comparándola con la que él mismo tenía debajo de los labios, similares pero en distintos lugares del rostro.

Tom era deseado, lo disfrutaba, al igual que era amado por su padre, Tom si había sido querido, ampliamente amado a comparación de él. Era como si la vida de Tom fuera muy diferente a la suya, no sólo porque Tom había nacido como doncel y él como varón, sino por algo que no descifraba del todo, habían crecido juntos, viajado juntos, estudiado juntos, comido juntos, dormido juntos, todo lo habían hecho juntos y aún así, Tom parecía una tierra, un bosque al que nunca terminaba de adentrarse.

Sólo hubo dos años en los que no estuvo con Tom, en los que no lo conocía, pero era porque no había nacido, siempre estuvo ahí, y aun así, le costaba comprenderlo y sentirlo.

Sabía que Tom lo amaba, o al menos intentaba creerle, genuinamente buscaba creerle, aunque tal vez eso también le era difícil porque Tom no lo amaba como él quería.

Sentía que Tom también lo deseaba, cada vez que lo tocaba, que lo miraba, que percibía como los finos vellos de su cuerpo se erizaban cuando él estaba cerca, y aun así lo rechazaba, lo evitaba, prefería a otros por encima de él.

Lo pensó, pensó en tener más pretorianos vigilando el palacio, que resguardaran los aposentos de Tom, para que nadie entrara, incluso podría dudar de los mismo pretorianos, que uno de ellos o varios de ellos fueran los que metían entre las piernas y sábanas de su hermano.

¿Pero de qué servía hacer eso? Podía hacerlo, en ese momento si quería, sólo bastaba una orden.

Sabía que no tendría lo que más anhela, de qué sirve tener cautivo a Tom sí incluso cuando están solos, en completa privacidad, sin otros hombres, cuando lo toca, cuando lo respira, aun así Tom se aparta, lo rechaza, lo evita.

Incluso si Tom le diera una oportunidad, pequeña, corta, algo que pareciera una alucinación, de ser uno de sus amantes más, Bill no podría resistir que sus manos y labios recorran la piel que otros también prueban.

Quería ser el único, que Tom fuera únicamente suyo.

Y borrar con su sudor cada marca de otros hombres, incluso lavando la piel de Tom si fuera necesario para que esté libre.

Quizás lo único bueno que, esos hombres le habían dado a Tom era Lucian, Bill había deseado desde el minuto uno que Lucian fuera su hijo, su sangre, pero no lo era, no era capaz de desear que no existiera, amaba a ese niño como si fuera suyo, era suyo, él era su padre.

No era el padre de sangre del primer hijo de Tom, y tampoco sería su primer esposo, esas eran cosas que ya habían sido reservadas para otros hombres, pero no para él.

Incluso un hombre en el que Tom nunca se fijó ni amó, tuvo el privilegio de ser su esposo ante todos.

Bill no había mostrado ni una pizca de lástima o tristeza cuando murió Tiberius, el funeral era más como una celebración donde había recuperado a Tom, y la vacante para su esposo quedaba libre únicamente para él.

Pero aun así, no estaba ni cerca de ser un amante, ni siquiera uno más.

Se mordió el interior de la mejilla con una fuerza que parecía que iba a romper su piel.

Ansioso.

Afligido.

Se apartó de la terraza, con prisa, y salió de sus aposentos.

Camino por los pasillos en dirección de los aposentos de su hermano, viendo con cierto recelo a los pretorianos que únicamente pasaban vigilando, metidos en sus tareas, ajenos a sus inseguridades e incertidumbres.

Al estar frente a las puertas de los aposentos de Tom, Bill empujó una de las puertas, no pidió permiso, iba a encontrarse con lo que tenía que encontrarse, aunque fuera un escenario digno de sus más horribles pesadillas.

Pero, al entrar, no había nadie más en el lecho que únicamente Tom, vestido con la seda que usaba para dormir, con las rastas regadas por sus almohadas.

Pleno, disfrutando de su sueño.

Suspiro, aliviado, realmente aliviado.

En los aposentos aún había algunos jarrones con flores de las que Bill había puesto ahí para disculparse con él horas antes.

Observó a Tom dormir, incapaz de acercarse realmente.

«¿Sueñas conmigo, hermano?….», pensó Bill, viendo como la tela de las sábanas se ceñía cuidadosamente sobre el cuerpo del doncel.

Quería esa tranquilidad que emanaba Tom, aun estando dormido.

Quizás… Si se esforzaba, si intentaba ser digno de esa paz, podría ser digno de estar en los sueños de su hermano, y no como una pesadilla.

Lo miró por última vez, antes de despedirse de él, las sedas y las flores. Iba a dejarlo dormir tranquilo por esa noche.

Y luego fue a los aposentos de Lucian, en cuanto entró por la puerta vió los juguetes sobre los muebles.

Se acercó hasta el lecho, observó cada detalle del pequeño. Consciente de que en sus venas no corría su sangre como padre, pero, le acarició el rostro con cuidado de no despertarlo, la sangre no era necesaria en Lucian.

Era su hijo, no importaba si tenía la sangre de otro hombre y había sido reconocido como hijo por otro.

Cada que Bill miraba a Lucian, simplemente no podía entender a su propio padre. Bill era consciente que, Lucian era y tenía todo por lo que él pudiera odiarlo, pero no lo hacía, no era capaz de verlo como algo malo, sólo era un niño, su niño.

—Mi hermoso niño —susurró Bill, sonriendo apartando mechones de cabello de la frente de Lucian.

Lucian era suficiente, a comparación de él, no estaba roto, y valía la pena esforzarse por que él siguiera siendo inocente, feliz y que durmiera tranquilo.

Bill no pudo evitarlo, se rió de manera baja, realmente baja de manera que se escuchara como un suspiro, para no despertar a Lucian.

Envidiaba un poco, la tranquilidad con la que Lucian era capaz de dormir solo, a comparación de como lo había sido Bill, incluso ahora en la adultez.

Sería un César más capaz y mejor de lo que él lo era, de eso estaba muy seguro y esperaba que así fuera, que fuera un varón mucho mejor que él.

Detalló el rostro de Lucian con la punta de los dedos, ya no era un bebé, esa masita de pan pequeña que él había visto cuando fue el primero en cargarlo cuando nació.

Dentro de poco cumpliría cinco años.

El rostro de Bill se suavizó y dejó de sonreír por ese instante, ese año él cumplía veinte años y Tom veintidós años.

—El tiempo pasa muy rápido, y has dejado de ser un bebé —musitó Bill, ladeando la cabeza. —Pero para mí siempre lo serás…. pequeño y delicado como una semilla germinada que será un gran árbol.

Aurelius había sido un mejor abuelo de lo que había sido un padre con él, Bill lo consideraba un poco irónico.

Amar a un niño, a un hijo, incluso si no había sangre de por medio no parecía ser muy difícil, aunque Lucian fuera caprichoso a veces o no quisiera obedecer reglas, no era motivo suficiente para que Bill le negara un abrazo y no hacerlo sentir amado.

Bill se guardaba muchas cosas sobre su padre, siendo la más principal el haberlo asesinado, a veces incluso prefería hacerse creer que murió por causas naturales, intentando restar la culpa autoengañandose, pero era como intentar quitar las manchas de la tinta más intensa lavándose las manos con mucha agua.

Había cometido el peor crimen que se podía considerar en Roma, y aún peor, el cómo se sentiría Tom con eso.

Cerró los ojos por unos segundos, no tenía que pensar en eso, no en ese momento.

Pero, sabía muy en el fondo, que incluso si le hubiera exigido a gritos a su padre antes de matarlo que le dijera porqué no lo amaba, hubiera sido inútil, si Aurelius no había sido capaz de dirigirle un «te amo» en toda su vida, difícilmente hubiera recibido una explicación detallada.

El saber que incluso que para el poder de Roma, Aurelius había preferido a otro hombre, y le había negado a Tom, había sido la última gota para Bill en la copa que compartía con su padre.

—Puedo ser mejor para tí, Lucian, te lo prometo —masculló por último, besándole la frente a Lucian, para en silencio retirarse.

Podía intentar ser un mejor hombre, si era capaz de asesinar, al menos tenía que ser capaz de brindar paz, calidez y protección, aunque fuera un poco.

Al volver a sus propios aposentos, Bill vió las velas iluminar el desastre que había hecho sobre el mueble donde descansaba el espejo.

Pero desvió la mirada, centrando sus pensamientos en qué, pronto sería el cumpleaños de Lucian.

Era algo más que importante, adelantarse con los obsequios.

&

Ese día Tom se levantó tranquilo, desde el paseo en caballo, los días posteriores Bill se había mostrado relajado, más controlado, lo cual le sorprendía al doncel, pero claro que no lo molestaba. Tan tranquilo que incluso las muertes en el anfiteatro habían parado, aunque Tom ya no había dicho nada, ni siquiera pedido que eso dejara de pasar, pues Bill se desahogaba y divertía con eso, seguía habiendo violencia, pero al menos la sangre había parado.

Debía admitir que esperaba alguna clase de acción por la mentira de seguirse viendo con hombres, pero hasta ese momento Bill ya no lo mencionó ni había preguntado más sobre el tema..

Ese dia en especial que Tom se había despertado, aunque tranquilo, sentía el cuerpo pesado, pero no de una mala manera, sabía qué significaba eso en su naturaleza de doncel

Suspiro, vió las sábanas sólo para asegurarse de que no estaban manchadas, y al no ver rastro alguno de sangre, suspiro aliviado, eso significaba que pronto estaría en esos días.

Se encontraba muy hambriento, normalmente, tomaba un baño y se arreglaba antes de la primera comida del día, pero ese dia iba a darse el permiso de romper su rutina y comer algo primero, podría pedir que le llevaran la comida hasta los aposentos, pero, aprovechando que aún no sangraba, comería junto a su hermano e hijo.

Era peculiar verlo de manera desarreglada y muy cómoda caminando por el palacio, pero no le importaba, luego se arreglaría para ese día en el coliseo como se había vuelto costumbre desde que iniciaron los días de juegos.

En cuanto entró en la sala, sus ojos se abrieron y sus mejillas se sonrojaron, no esperaba que hubiera tantas personas reunidas a esa hora durante la primera comida del día.

Lucian daba saltos emocionados alrededor de un cachorro de león, mientras Bill lo observa, quien rápidamente se dio cuenta de la presencia de Tom y se acercó, un poco perplejo por como se había presentado Tom.

Tom incluso tenía más floja la túnica seda que usaba para dormir, para que no apretara tanto tu cuerpo en ese momento, y sus rastas caían sobre sus hombros y espalda despreocupadamente.

—¿Te sientes bien? —fue lo primero que preguntó Bill, acercándose a Tom, con el rostro preocupado.

—¡Mamá, mamá! ¡Mira lo que me obsequió papá! —Lucian se acercó emocionado a su madre.

El doncel se sintió un poco abrumado por la atención tan repentina, aparte de las miradas que tenía encima de los sirvientes y guardias que estaban ahí. Pero, terminó sonriendo, viendo a su hermano e hijo.

—Sí, estoy bien, de haber sabido que tenías algo preparado me hubiera esforzado en arreglarme —masculló Tom, asintiendo, viendo a Bill.

BIll observó a Tom de arriba hacia abajo, con una imagen muy mañanera e íntima, se veía y se sentía distinto en particular, algo que lograba percibir incluso por encima de la seda.

—Quería hacerle un regalo a Lucian, ya que dentro de unos días tendrá cinco años, quería darle algo que lo represente y acompañe, una mascota de su nivel —contó Bill, apartando una rasta del rostro de Tom, poniéndoselo detrás de la oreja.

Tom agacho la cabeza para ver a Lucian y lo tomó entre sus brazos para cargarlo, a lo que el niño también lo abrazó y le besó las mejillas.

—No es posible que ya hayan pasado tantos años, ya no podré cargarte si sigues creciendo, Lucian —comentó Tom, y le beso el rostro a su pequeño y chilló de alegría. —Por favor, ya no crezcas, quédate así pequeño, rayo de sol.

Bill se quedó callado, con una sonrisa iluminada en el rostro, momentos así era cuando su mente se sentía realmente tranquila, silenciosa pero no por un vacío tortuoso, sin culpa, simplemente guardando recuerdos de su familia.

Tom seguía encontrando un poco perturbador que Lucian llamara padre a Bill, no había opinado sobre eso todavía, no sabía cómo abordarlo, pero, en ese momento, estaba bien, se sentía bien.

En ese momento el doncel se sentía muy apegado a Lucian, por lo que el resto de la primera comida del día, se mantuvo junto a él, y Bill también, a su lado, aunque la cercanía de su hermano en ese dia se sentía con mucha más intensidad, incluso si Bill no lo tocaba demasiado, si solos dedos rozaban cuando se pasaban algo sobre la mesa.

&

Al cabo de terminar de comer, Tom se sentía inquieto sobre todo al estar tan cerca de Bill, sabía que necesitaba tener un momento a solas y darse un baño para relajar su cuerpo.

Así que con ayuda de sus sirvientes se preparó en la balnea.

Aceite de olivo por todo su cuerpo y un estrígilo de plata para raspar su piel, limpiándola muy bien.

El vapor con aroma a romero abundaba en su balnea privada, cerró los ojos mientras varias manos lo masajeaban.

Se tardaría un tiempo considerado con el baño de ese día, entre mascarillas de arcilla, retirarse los vellos del cuerpo y exfoliar su piel con miel y sal.

Antes de entrar al labrum, cubrió su cuerpo con aceites perfumados de jazmín y mirra.

Se mordió el labio, antes de entrar al agua caliente, y le pidió a sus sirvientes que lo dejaran en soledad, que prefería relajarse en el agua a solas.

Por lo que se quedó solo, en cuanto metió la punta de los pies en el agua, siseó ante la sensación, para después bajar por las gradas, hasta que el agua llena de pétalos de rosas le llegó casi a los hombros en la parte más profunda.

El agua estaba caliente, en la temperatura perfecta. Y eso, acompañado de que, aunque era de día, su terma privada era amplia, muy grande y luz tenue colándose entremedio de las cortinas de la terraza pequeña que tenía su terma cubierta de mármol, mosaicos y pinturas sobre las paredes.

Se movió entremedio del agua, cerrando los ojos, disfrutando del momento.

Tom sabía que la pesadez que sentía su cuerpo desde que se despertó ya le era conocida, muy conocida, sobre todo porque al desnudarse se había percatado de lo ligeramente hinchado que estaba su cuerpo, sentía una sensación en el vientre que lo tenía intranquilo, sobre todo cuando había estado cerca de Bill durante la primera comida del dia.

Respiro, salió del agua y se sentó en la orilla, encorvado, dejando únicamente sus pies cubiertos del agua.

Sabía que el agua, que toda la terma, no era lo único que estaba caliente e intenso en ese momento.

Y eso, probablemente se debía a los días en los que estaba, antes de sangrar su cuerpo pasaba por algunas cosas, que prefería afrontar solo, por eso mismo había pedido que lo dejaran solo.

Esa inquietud que sentía, no era más que excitación, ese momento del mes donde su cuerpo le exigía que se consintiera, pero no solo con un baño extenso.

Su rostro estaba sonrojado y eso no era por el vapor, apretó los ojos, conteniéndose, hasta que finalmente no pudo más, se levantó y caminó hasta un pequeño mueble, un cofre de madera en una esquina.

El agua no era lo único que se deslizaba por su entrepierna.

Abrió el cofre, y sacó algo envuelto en cuero, era un falo bien detallado en madera.

No era raro que él como un doncel viudo tuviera uno, pero aun así, era algo que lo avergonzaba, sobre todo porque lo hacía sentir como un necesitado.

Tragó saliva, tembloroso por la emoción, volvió al agua y entró, sentándose sobre uno de los asientos, donde el agua le llegaba a la cintura.

Se acomodo, flexionando y abriendo sus piernas, dejando su cuerpo completamente apoyado sobre el asiento de mármol.

Se sentía tan tenso, que resultaba incómodo, pero suspiro y con su mano libre, bajó al entremedio de sus piernas, tocando su propio miembro, antes de bajar a más abajo, donde el agua se mezclaba con el néctar que soltaba su cuerpo.

Cuando decidió bajar con sus dedos, se tocó de manera circular, antes de introducir sus dedos en su entrada, estimulando más.

Hizo la cabeza hacia atrás, entre abriendo los labios, jadeando.

Cuando supo que ya estaba listo y bien, para recibir algo más que sus propios dedos, dirigió el falo de madera a su interior.

Ese momento era como si su cuerpo reclamara a esos amantes de los rumores, esos supuestos hombres que había presumido ante Bill.

Cerró los ojos, respirando con un poco de dificultad.

La tensión que le había provocado en el cuerpo aquella vez que Bill lo había tocado, esa que se había obligado a reprimir por unos días, por fin salió.

Se sentía culpable al sentir una punzada en la entrepierna de sólo recordarlo apretando su muslo, incluso cuando las marcas aún estaban visibles en su piel, Tom se sentía inquieto.

No quería pensar en él, pero su mente era una maldita traicionera. Sólo pensaba en él.

Recordando cada toque, cada palabra, cada roce, que lo abrumaba y lo hacía lubricar en abundancia.

Lentamente abrió los ojos, viendo el falo de madera con la mitad en su interior.

—No lo pienses… —se advirtió.

Pero, era difícil no pensar en cuando sintió la dureza de su hermano contra sus caderas cuando danzaron juntos en aquella bochornosa fiesta.

También recordó que Bill le había dicho que volvió a sentirlo cuando lo vió desnudo, seguía sin recordar a la fecha nada de lo que pasó en aquel momento, pero eso no evitaba que muy en el fondo quisiera hacerlo, volver a sentir de manera vívida esa presión y dureza.

Bill reaccionaba hacia a él de esa manera tan desvergonzada, nunca antes había pasado eso cuando estaban juntos, hasta ahora, desde que se volvió César. O quizás, nunca se había dado cuenta, incluso cuando Bill era más joven y por ende estos incidentes podrían darse incluso solos, Tom nunca se dio cuenta de esa reacciones, quizás Bill lo ocultaba, pero ahora ya no tenía tanta vergüenza.

¿Dónde habían dejado su pudor? Todo se sentía tan intenso y abrumador entre ambos desde que Bill era César. Tom siempre intentaba comportarse, marcar distancia, pero ahora, en ese momento pensaba precisamente en él.

Quería llorar, pero muy probablemente eso se debía a lo sensible que se sentía en ese momento, más que una culpa real.

En la sexualidad, Tom se sentía muy solo, luego de ser abandonado por Willem y tener a Lucian, tuvo una desconexión con esa parte de sí mismo por mucho tiempo, tanto por el cambio de ser ahora madre como porque Willem quien lo había introducido y complacido se había convertido en alguien a quien le guardaba rencor y amor a partes iguales, por lo que, aunque no dejó de sentirse traído a él por mucho tiempo no podía complacerse ni siquiera en soledad con su recuerdo, pues terminaba entre lágrimas por extrañarlo.

Willem había sido con quien perdió su virginidad, ambos perdieron su pureza con el otro, él era único y suficiente para Tom, con quien aprendió que tan libidinoso podía ser, tanto que era sorprendente que hubiera quedado en cinta cuando tenían como dos años de haberse conocido.

Se consideraban animales intensos, voluptuosos y muy alejados de lo que se consideraba respetable en la sociedad romana.

Había hecho cosas con su boca, que sabía, eran muy reprochables en la sociedad, sobre todo para alguien de su posición.

Se pasó la lengua por los labios al recordarlo.

Su experiencia sexual era mucha, pero al mismo tiempo nula si hablaba de las dos personas que lo hacían sentir de esa manera.

Con Bill hacía de todo para que no tocara por debajo de sus sedas, mientras Willem había tocado y besado cada centímetro existente.

No era una persona inocente con falta de perversión, no después de saber que era ser tomado en zonas donde fácilmente podrían haberlo descubierto con Willem.

Esa adrenalina de su juventud, donde cada movimiento se sentía peligroso.

Willem era el amante perfecto, amoroso y candente a partes iguales, cuidadoso, siempre se media con cada toque.

Un gemido agudo y alto se escapó de entre sus labios.

Tantos años de soledad lo tenían sensible, sin poder controlarse.

El agua se movía con la misma intensidad que él movía el falo en su interior.

Los sonidos que su boca dejaba salir retumbaban por las altas paredes.

Tom entreabrió los labios, con los ojos cristalizados, con el rostro de un sólo hombre en mente.

Bill, su hermano.

El doncel tenía que admitir que, Bill era atractivo, un Adonis innegable, tenía una presencia fuerte, se distinguía de otros varones, no sólo por su cabello largo azabache o su altura, donde Bill tenía cinco pulgadas más que él.

Claro, como hijo del emperador Bill había recibido alimentación y entrenamiento adecuado, lo cual lo había llevado a desarrollarse de mejor forma que otros varones.

Si no hubiera sido su hermano, sino simplemente un varón con el cual hubiera coincidido entre tantas personas, si hubiera sido este varón de ahora con diecinueve años, Tom sabía, que a los dieciséis se hubiera visto muy intranquilo por él, quizás incluso provocando a propósito.

Apretó los dedos de sus pies y juntó las rodillas, estaba cerca.

—¡Ahgm…! —gimoteó.

No quería, no debía… No podía permitirse tener alguna visión de Bill más inapropiada de lo que ya tenía en la mente.

Sus hombros húmedos temblorosos, los cuales a la distancia delataban que se estaba tocando dentro del agua era lo único que era visible desde afuera del labrum.

—Hmm, Bill…—jadeó, la imagen se dió por sí sola en su cabeza, como si fuera un mosaico cuidadosamente diseñado.

Bill sobre él, donde el falo de madera, ya no era de ese material, sino de carne, caliente y húmedo, y sus mechones negros cayendo sobre su rostro debido al movimiento, mojados por una mezcla de sudor y agua.

—Por favor… —susurró, cerrando los ojos y haciendo su cabeza hacia atrás.

Y cuando, su cuerpo estaba por soltarse, sintió un escalofrío por toda su columna vertebral, abrió los ojos de golpe, gimiendo, entre su éxtasis y la sorpresa.

Pudo sentirlo, esa mirada sobre él, que no debía preguntar quien, no era necesario verlo o escucharlo, para saber que había alguien más que estaba adentro.

Los labios le temblaron, y se estremeció bruscamente, dejando de mover el falo en su interior, sacándolo.

Ni siquiera había llegado a su orgasmo. Se quedó quieto, no siendo capaz de voltear a ver.

Con la respiración caliente y agitada, Tom fue capaz de moverse temblorosamente, evitando ver hacia atrás, con vergüenza se levantó, sintiendo de repente demasiada degradación por estar desnudo.

Se acercó a una de las orillas del labrum, donde habían mantas de lino, envolvió el falo de madera con una de las mantas, después tomó otra, amarrándola a su cadera para cubrirse de esa zona.

Tragaba saliva nervioso, las manos le temblaban mientras envolvía sus caderas con la tela.

Después de cubrirse un poco, se volvió a sentar sobre el asiento de mármol.

Pasaron unos minutos, sabía que seguía ahí, no sabía en qué momento, si había visto todo o no, o si recién llegaba.

—Bill… —llamó con la voz demasiado tranquila y suave, sin reproches. —Puedes acercarte…

Escuchó como su hermano tropezaba o chocaba con una de las lámparas apagadas, probablemente sorprendido por haber sido descubierto.

Seguía sin verlo, dándole la espalda, de la misma forma que hace unos momentos. Bill seguramente sólo había su cabeza, hombros y espalda, pero aun así no era necesario que viera más.

Bill se acercó de manera lenta, temerosa, Tom podía sentirlo; hasta que llegó a la orilla del labrum.

—Yo… yo, perdóname, Tom, yo… —balbuceó Bill, su voz contenía nerviosismo y temor. —Tú.. tú me llamabas.

—¿Desde hace cuánto estás ahí? —inquirió Tom, serio con el rostro sonrojado, girando la cabeza para ver el rostro azorado de su hermano menor.

Bill apretó los labios, siendo incapaz de sostenerle la mirada a su hermano más que sólo por unos muy cortos segundos.

—Desde hace unos minutos… Cuando ya estabas sentado —confesó Bill.

Tom suspiró, asintiendo. —¿Estabas esperando verme con alguien? —cuestionó directamente, podía presentir el a que se debía el que lo hubiera estado vigilando durante ese momento.

Bill asintió, aceptándolo, buscando su mirada con timidez.

—Yo… Quería saber si realmente estabas bien, sé que debí tocar porque esta es tu terma privada —comenzó a contar el azabache, a lo que Tom asentía, con cierto reproche en el rostro. —Pero noté que habías sacado a tus sirvientes, por lo que, me gano mi recelo y entre…

Bill se había quedado a un costado de la entrada, en el punto donde la tenue luz no llegaba.

—Estoy solo, me corrijo, estaba solo, hasta que decidiste violar mi privacidad —Tom se cruzó de brazos, desviando la mirada.

Bill se puso de rodillas sobre el mármol húmedo. —Perdón, pero…. Me siento intranquilo sabiendo que hay otros hombres contigo…

—Eres irrespetuoso, un mirón —reprochó Tom, frustrado. —No es de tu incumbencia que haga cuando esté a solas, si estoy con alguien o no.

—Tú eres un lascivo —dijo Bill de la misma forma, viéndolo. —Me llamabas, te escuché, te estabas tocando pensando en mí, ¿verdad…?

Antes de que Bill pudiera terminar de hablar, Tom le tiró un puñado de pétalos de rosas mojadas al rostro.

Bill se pasó las manos por el rostro, anonadado ante la reacción, sintiéndose frustrado y molesto, pero antes de poder decir algo más, Tom le lanzó una manta de lino, la cual el azabache atrapó.

—Si quieres entrar, el agua todavía está agradable… Antes de que me hagas sentir más ofendido y salga —masculló el doncel, levantándose y moviéndose a la parte profunda.

Bill se quedó inmóvil, sin poder creer lo que estaba escuchando, intimidado por su hermano, aunque no lo estuviera viendo.

Observó la manta de lino en sus manos, sabía que ponérsela sería hacer evidente la reacción con la que cargaba en ese momento su entrepierna.

Pero, finalmente, aunque nervioso, Bill se despojó de las telas caras que cubrían cuidadosamente su cuerpo, como el emperador que era.

Se envolvió la manta de lino alrededor de la cadera al igual que Tom, y antes de entrar dejó sus joyas sobre la orilla.

Y entró al agua, se deslizó entre el agua, para aproximarse a su hermano mayor.

—No sabía que usabas esos objetos… —murmuró Bill, viéndolo por detrás, todavía sonrojado.

—No deberías de saberlo —respondió Tom.

—Mucho menos que pensabas en mí cuando lo usabas…

Tom se quedó quieto y dejó de nadar al escucharlo.

—No creas que tienes derecho a algo por eso —acotó Tom, pero en ese momento sintió la presencia de Bill, muy cerca suyo, abrazándolo por detrás, sin pegarse por completo, dejando su frente apoyaba sobre su hombro.

—¿Por qué no? —preguntó Bill, en voz baja, vulnerable.

Tom cerró los ojos, respirando vapor, antes de responder.

—Porque no es sencillo, no es como ceder con otro varón, tú eres mi hermano —explicó el doncel, decidido a que no iba a pasar nada.

Bill suspiro contra la piel húmeda de Tom, molesto, y sus manos se deslizaron sobre la piel aceitosa, hasta llegar a la espalda baja.

Tom se tenso, pensando en alejarse hasta que Bill habló: —Tienes los hoyuelos de Venus… —notó, dándose cuenta de ese detalle en el cuerpo de su hermano. —Eres tan perfecto que podrías ser la viva imagen de nuestra diosa Venus, amor, belleza y…. fertilidad —terminó por decir, deslizando sus manos al vientre ligeramente hinchado de su hermano, y su nariz pasó sin permiso por el cuello de Tom, respirando el aroma que había percibido unas horas atrás, incluso con el aroma a jazmín y mirra por encima.

No sabía exactamente qué estaba haciendo, sólo movía sus manos por la piel de Tom, a donde su instinto e impulso deseara.

La respiración de Tom se agitaba mientras Bill movía sus manos alrededor de su cuerpo.

—Esto no debería de estar pasando, Bill —se inquietó Tom, viendo las manos de Bill sobre su vientre, el estar hinchado, así fuera un poco, lo hacía parecer como si estuviera en cinta.

Bill no respondió, sus dedos se aferraron a la piel aceitosa y terminó por pegar su cuerpo a la espalda del doncel.

Tom cerró los ojos y dejó caer su cabeza hacia adelante al sentir la dureza su hermano pegarse a su talle bajo, sin presionarse realmente, pudo sentir como incluso si era Bill quien se apegaba a él se tensaba e incluso se ponia tembloroso.

La delgadez de la tela entre ambos hacía realmente poco inimaginable el grosor y tamaño, sólo con el sentir podía saberlo.

Tom era consciente de que Bill temblaba y se aferraba a su piel, por inexperiencia, los dedos enterrados en la piel de su vientre no lo lastimaban, no como cuando Bill le apretó la piel de muslo, que incluso la marca se quedó unos dos dias ahi muy marcada.

La inexperiencia de Bill la consideraba… un poco lamentable. Porque un César no tendría que estar temblando de esa manera ante la excitación, como un animal bajo el frío.

El doncel suspiro y puso sus manos sobre las de Bill.

—No puedo darte eso, ¿lo sabes, verdad, Bill? —masculló Tom, girando su cabeza ligeramente para verlo aunque fuera de reojo.

Bill seguía en silencio, y aun con las manos de Tom sobre la suyas, deslizó sus manos por el largo del torso de su hermano hasta llegar al pecho, sobre sus manos se detuvieron, sobre ellos, lisos, planos, pero que ante su contacto los pezones se endurecieron.

Tom apretó los ojos, todavía seguía muy sensible, y tuvo que morderse la lengua para no jadear ahí mismo.

Ni siquiera el vapor del lugar podía disimular la desesperación física que el cuerpo de Bill emanaba, no era necesario que palabras salieran de su boca para expresar que se encontraba febril.

—¿Por qué a mí no? Y a tus amantes sí… —susurró Bill, apoyando su mentón sobre el hombro del doncel.

Tom negó levemente con la cabeza, detestando haber dicho que tenía amantes en el calor de una discusión, porque ahora tenía a Bill insistente con eso, y se rehusaba a decirle que era mentira, que sólo había estado con un hombre en su vida, el mismo que él había mandado a ejecutar.

—¿Por qué si te sentías así desde que despertaste no llamaste a uno de tus amantes…? ¿Querías pedirme ayuda…? —cuestionó Bill.

Tom se sonrojó por su impertinencia y apartó las manos de su hermano de su cuerpo, a lo que Bill se sobrecogió pero no se alejó, dejó su cuerpo presionado contra el de Tom.

—No es de tu incumbencia que haga cuando tenga necesidades que mi cuerpo no pueda controlar, sólo quería un tiempo a solas, sin nadie —espetó Tom, dispuesto a alejarse entre el agua, pero Bill lo envolvió por la cintura con ambos brazos.

—Sí me incumbe, porque estabas diciendo mi nombre, entonces al varón que buscas soy yo —musitó Bill al costado del rostro de su hermano mayor.

El doncel volvió a suspirar, arrepintiéndose de haber permitido que Bill entrara al agua con él.

—No, deja de insistir con eso —reprochó Tom, pero Bill negó con la cabeza.

Era consciente de que se había servido en bandeja de plata para Bill en ese momento, no podía negar lo que había visto, y haber permitido que se metiera con él tampoco ayudaba, quería castigarse por ser tan ingenuo y permisivo.

—Si tuvieras una concubina no estarías temblando de esa forma —soltó Tom en voz baja, viendo hacia el agua, al sentir palpitar el miembro de su hermano por encima del lino.

—Quiero dejar de sentirme así contigo… Lo he meditado muy bien, y quiero adoptar a Lucian como mi hijo —confesó Bill, respirando contra el costado del rostro de su hermano, dejando que sintiera su aliento caliente. —Pero, también quiero mis propios hijos… —expresó, moviendo sus manos al vientre de su hermano nuevamente. —Unos que ocupen tu vientre y llenen tus pechos con leche para alimentarse —y sus manos volvieron a cubrir los pezones del doncel, presionando sobre la punta.

Tom dejó escapar aire de entre sus labios sin creer lo que escuchaba o mejor dicho, lo que se le pedía descaradamente, llevándose el dorso de la mano a la boca, mordiéndose por encima de los nudillos, sonrojado a tal punto que Bill logró percibir lo caliente de su rostro.

—Por favor, Tomi… —rogó Bill, con la voz quebrada por excitación, frotando su entrepierna contra la suavidad baja de su hermano.

Tom cerró los ojos, conflictuado, sensible y llevado al extremo en todo sentido, ¿cómo podía sentirse más lubricado con esa petición? Como si su cuerpo aceptara la orden y se preparara para ello. Comprendía por una parte la insistencia de Bill, el haber manifestado de manera implícita o explícita querer intimar, el dominio sexual era algo que se era de un César, alguien seguro y experto, cosa de la que Bill tenía carencia… Por su propia negativa de estar con alguien así fuera únicamente para desfogar sin más, sin otras intenciones.

—Es impensable lo que pides —acotó Tom, tratando de calmarse, que su cuerpo no se estremeciera y presionara contra la entrepierna de su hermano, pero se sentía un hipócrita, él mismo había pensado antes en cargar un hijo de Bill en su interior, pero eso solo había sido una traición de sus propios pensamientos. —Somos hermanos, Bill, hablas como si eso no fuera un bochorno… ¿Acaso no sabes lo que piensa el pueblo sobre esa clase de hermanos?

—Según la historia han habido emperadores que también estaban con sus hermanas o hermanos —respondió Bill, abrazándolo, sin fuerza, simplemente para que no se alejara de él. —El pueblo tendrá que aceptarlo.

Tom se quedó callado por unos instantes, era cierto, Bill no era el primer César con esas tendencias, aunque la historia no siempre era una verdad absoluta, aunque con este César, era algo verdad, no sólo un rumor, quizás el pueblo aun ponga en duda las cosas que se dicen, aunque hayan otras personas como aquellas insolentes sirvientes, que si estén seguras, y claramente, no estaban equivocadas. Se sintió pésimo al recordar a las sirvientes y como querían envenenar a Lucian con sus palabras malintencionadas.

Teniendo las palabras de las sirvientas en mente, Tom quitó los brazos de Bill de su cuerpo y se alejó, acercándose a una de las orillas, apoyándose del filo.

—La historia no siempre es tan cierta… —murmuró el doncel, llevando sus rastas hacia adelante, sobre uno de sus hombros, acariciando el cabello húmedo. —Esto no es algo con lo que podamos actuar con la ingenuidad de niños que no saben que lo hacen y sus consecuencias, aunque estemos sobre todos, lo que piensen es importante, lo que piensen de tí sobre todo, eres un César, Augusto, el Emperador, la persona más importante del imperio. No antepongas tus deseos sobre la política de Roma.

Bill se quedó parado, escuchando aunque su rostro reflejaba frustración y excitación a partes iguales.

—Tu deber es proteger el Imperio, llevar la gloria y triunfo de Roma en alto y expandirlo, no estar aquí suplicando tomarme, sin tomar en cuenta las consecuencias, te amo… quizas te desee, no lo sé, pero aun asi yo no soy en quien tienes que enfocarte, ni amorosamente ni pasionalmente, tienes que conquistar tierras, no a mí —expusó Tom, dándose la vuelta para verlo, quedándose en la orilla. —Me importas tú, me importa mi hijo y me importa Roma, mi hogar, nuestro hogar, el hogar de nuestro padre, y no puedes descuidar nuestro hogar, a su gente, puedes darte todos los lujos que desees menos el de ser egoísta. Yo no puedo gobernar, un doncel no puede ser César, nunca, y los Senadores no son confiables, así que tú eres el único en el que puedo depositar mi fé y plegarias para que los dioses te guíen como César.

Bill evitaba su mirada, dejando sus ojos clavados sobre los pétalos de rosas en el agua, Tom no sabía si era por vergüenza o resentimiento por no haber cedido, o si porque lo estaba hiriendo al rechazarlo, incluso su erección había bajado, también Tom había dejado de sentirse excitado, claro, aun sentía esa pesadez de necesidad en el cuerpo, pero no iba a dejar que su libido nublara su juicio.

—Y sobre lo de Lucian…. No lo sé, tendría que pensarlo —terminó de decir el doncel, respecto a eso, Tom no sabía qué pensar, al menos eso, el que Bill adoptará a Lucian no sería extraño para nadie ni mal visto, era normal que los emperadores al no tener un hijo de sangre o si su hijo no era el adecuado como sucesor adoptará a un hijo para asegurar la sucesión del poder.

—Soy prácticamente su padre, aunque no te haya ayudado a concebirlo —habló por fin Bill, después de mantenerse en silencio.

Bill no era capaz de ver a Tom, pues la mención de su padre, le había vuelto a traer esa culpa de asesino que prefería dejar para la soledad de las madrugadas.

Tom asintió. —Lo sé, Lucian te llama «papá», lo eres y, creo que eso no puedo evitarlo ni negarlo, si mi hijo te ha escogido como padre, no puedo romper su ilusión —respondió con suavidad. Por fin había tenido que aceptar en voz alta ese hecho.

—Pero… —susurró Tom, bajando la mirada, le resultaba un poco injusto, Lucian era hijo de Willem, y ahora el hombre que había mandado a ejecutarlo quería adoptar a su hijo, eso era, una falta de respeto demasiado grande, y él era el único consciente de ello.

¿Cómo podía permitir que el hombre que había ordenado ejecutar al padre biológico de su hijo sea el mismo que ahora quiera adoptarlo para que sea suyo?

—Déjame pensarlo, y te diré mi respuesta, te lo prometo… —Tom alzó la mirada, Bill parecía tan desolado, que no podía simplemente irse y dejarlo ahí, suspiro, era tan débil cuando se trataba de su hermano menor. —Ven aquí, por favor… —pidió.

El azabache, asintió y se acercó con la mirada baja, al tenerlo cerca, Tom tomó su rostro con ambas manos, obligándolo a que lo viera a los ojos, antes de besarlo sobre la frente.

—Te quiero, y yo estoy aquí para creer en tí, cuidarte, quererte, como mi hermano menor, mi otra mitad, ese regalo que me dio madre dos años después de nacer, ella también te amaba y dio su vida por darte la tuya —afirmó Tom, acariciando su rostro.

Aunque las palabras de Tom deberían ser reconfortantes, pero para Bill no lo eran, no era solo frustración, era culpa y poca fé sobre él mismo, ¿cómo podía dominar un imperio entero sino podía conseguir lo que más había deseado durante toda su vida? Era como una constante punzada de daga sobre el pecho, sentir que no conseguía nada realmente, el imperio era suyo porque había tenido que matar a su padre, porque de no haberlo hecho, ni siquiera el imperio sería suyo.

—¿Serías capaz de dejar de ver a otros hombres por mí? —preguntó Bill de repente, tomando a Tom de las muñecas para quitar sus manos de su rostro, viéndolo directamente a los ojos.

Tom desvió la mirada hacia un costado en la orilla, viendo que habían servido unos dátiles, algo que él disfrutaba degustar cuando se bañaba, los había olvidado por completo.

Estiró la mano y los atrajo hasta ellos, tomando uno, llevando la fruta a la boca de su hermano, Bill abrió la boca, tomando la fruta entre dientes, y la punta de los dedos de Tom rozaron con sus labios.

—No podemos estar en el mismo lecho, Bill, tengo que desahogarme con otros hombres, y tú también deberías hacer lo mismo, no me importa si es un doncel o una mujer, no importa que piense o que sienta… —murmuró Tom, bajando la mirada por el cuello y torso de su hermano. —Pero necesitas hacerlo, porque yo no puedo, ni te lo daré —puntualizó, antes de separarse de él para salir del labrum.

Tenía que obligarse a dejar libre a Bill, insistir en que estuviera con alguien más, aunque a él le doliera y la idea lo hiciera sentir celoso, pero era lo que debía hacer, como tenía que ser.

—¿Nadie te vió entrar aquí, verdad? —cuestionó Tom, guardando aquel objeto que había usado hace un rato, en el mismo cofre.

—No… —respondió Bill.

Tom busco telas para envolverse y salir de su terma, deteniéndose en la puerta antes de irse.

—No pueden saber que estuvimos juntos aquí, ni vernos, tenemos que cuidar nuestra reputación, así que sé cuidadoso al salir, no te apresures, por favor —suplicó el doncel, para después abrir la puerta y desaparecer.

Al quedarse completamente solo, donde incluso el agua pareció quedarse en silencio, Bill inhalo aire, de manera temblorosa.

Con ese sentimiento de impotencia que ya conocía muy bien en él, recorrerle por cada extensión de su cuerpo.

Apretó los puños, y se recordó que al menos Tom había admitido desearlo, aunque él mismo doncel dijera después de eso que no lo sabía, no estaba seguro… Era algo, pero, honestamente, no se sentía mejor con eso.

Reconoció que su hermano mayor había tenido razón en algunas de sus palabras. Pero Tom mencionaba tanto lo de una concubina que Bill ya estaba harto, demasiado, ¿por qué insistía tanto en que se dejara tocar por otras personas? No… Pero era lo que Tom quería, lo que le pedía…. Pedirle que se sacara los ojos era una petición más sencilla y razonable para él.

Aunque pensándolo en retrospectiva, nunca había intentado ver a otras personas, nadie le llamaba lo suficiente la atención, reconoció que habían varones, mujeres y donceles muy hermosos, que despertarían las más bajas pasiones en cualquiera, pero en él no, era como si hubiera nacido únicamente para tener ojos, corazón, amor, pasión y cuerpo para su hermano.

Nunca se recrimino ver a Tom y desearlo como un doncel, cuando era más joven le causaba vergüenza, pero era porque no sabía controlar sus erecciones y por eso a veces salía corriendo o se cubría con más dobleces en sus togas. Para él era natural desear a Tom, nunca fue extraño o inmoral, simplemente sabía que lo sentía y que estaba bien, ¿por qué te reprocharias amar al punto de desear a alguien?

Bill consideraba débiles a todos aquellos que no luchaban por amor, aunque poco le importaba la vida romántica del resto, había escuchado de algunas cosas en fiestas; algunas personas parecían tan indecisas, débiles e incluso crueles por no luchar por quien dicen amar.

Incluso si él y Tom hubieran estado en un contexto diferente al que se encontraban, en otra vida que les hubieran otorgado los dioses, sabría que no importaba que tan difícil le resultará, él haría todo por buscarlo.

Pero ahora, no tenía nada más que desahogarse en el anfiteatro, ese al que varios filósofos y Senadores se referían como una fuente de entretenimiento banal y de personas de baja moral, como si ellos fueran mejores, Bill no tenía que ser un gran pensador para saber que todos tenían sus defectos, por más que intentaran ocultarlos, desde el hombre más noble y rico hasta el hombre más insignificante y enfermo, todos eran de carne y hueso, y la carne deseaba

Aunque él estuviera más cerca que otros hombres, seguía siendo de carne, sangraba, sentía dolor tanto físico como el no físico.

Quizás lo único que Bill tenía con los hombres que estaban con su hermano era eso, que todos eran de carne, suave, fácil de lastimar, de tentar.

Ni siquiera tenía por asegurado el deseo de su hermano, aunque lo había escuchado llamarlo entre gemidos y con el cuerpo tembloroso por deseo, si Tom se marchaba apenas él estaba a su lado, entonces no valía nada, porque de seguro Tom no se iba de la habitación en cuanto esos hombres entren.

No sabía que lo hacía sentir más frustrado en ese momento, se frotó el rostro con las manos, no quería llorar, aunque sentía los ojos sensibles, el agua se sintió fría, aunque probablemente no lo estaba realmente, los pétalos de rosas parecieron adelantar el marchitarse, como si percibieran lo que estaba sintiendo ese momento.

Nuevamente había estado cerca, no sólo se trataba de sexo, de dominar sexualmente y cumplir otra de las exigencias de César, para él se trataba de amor y aceptación.

Suspiró, alzando el rostro al techo, como si la calma a su cabeza y pecho estuviera sobre la frialdad dura que estaba sobre él.

No podía quedarse ahí, tendría que irse a preparar para ir al anfiteatro.

Esa tarde, no se contrataba entretenido, ni siquiera prestaba atención a la batalla que se desataba sobre la arena, sino más bien en los detalles en oro de la palla verdosa que lograba apreciar de reojo viendo a su hermano.

Tom mantenía su postura, esa que solo podía ser digna de respeto adonde quisiera que fuera, esa presencia que era difícil de ignorar, no sólo porque era el doncel de Imperio, sino por ser él.

Esa serenidad seria que muy pocas veces se quebraba en público, incluso con los rumores, con miradas despectivas.

No sabía leerlo, se preguntaba en qué pensaba, si su mente se había quedado estancada como el agua del labrum en sus cuerpos húmedos juntos.

Suspiro, volviendo a intentar concretarse en los gladiadores luchando fuertemente en la arena, la gente gritaba, gemía con cada golpe que parecía mortal, pero él estaba aburrido, incluso estudiar le parecía más interesante como actividad en ese instante.

—¿Él espectáculo no es lo suficientemente violento, César? Lo notó aburrido —comentó Cassius, acercándose a un costado del trono alto de mármol de Bill.

Bill apenas giró y alzó la mirada para ver al hombre, con un poco de desdén.

—Si usted lo pide, puedo volver a hacer que esto termine en la muerte de alguno —continuó el mayor.

El azabache, levantado levemente su mano, moviendo los dedos con suavidad.

—Está bien, déjalo así —respondió el César, antes de volver a mirar hacia la arena.

Cassius asintió y se alejó.

En cuanto él se marchó, Bill miró de reojo a sus costados, buscando algo más interesante.

Y lo vió, alguien le llamó particularmente la atención porque sabía que era un doncel de familia noble, pero estaba sentado entre personas muy por debajo de su estatus, su palla amarilla no hacía más que resaltar su cabello largo castaño.

Alzó una ceja disimuladamente, ¿como su familia podía permitirle un lugar tan promedio? No recordaba su nombre ni su familia, sólo recordaba haber visto su rostro antes en reuniones que su padre hacía con las familias de Senadores y nobles más o menos relevantes políticamente.

Nunca se relacionó mucho con esas personas, pero él y Tom tenían que asistir más por protocolo que por estar realmente interesados en estar ahí.

Su mirada volvió a Tom, quien ahora se encontraba hablando con Lucian, sin ver a la arena.

Mientras Tom se mantuviera firme en no cruzar ninguna barrera más, Bill sentía que debía hacer algo, no quería preocuparse por tareas imperiales en esos días, así que su miraba volvió a fijarse en aquel doncel castaño, quien si parecía disfrutar del espectáculo.

Bill no era muy sociable, nunca lo había sido, no era que se escondiera del resto o se le dificulta hablar con otras personas, sólo sabía que personas sí le eran relevantes y cuáles no.

Volvió a guardarse el rostro de aquel doncel en la mente, antes de volver a mirar a Tom, observando por más segundos de que lo debería para que pareciera una mirada casual, y finalmente sus ojos se fijaron en la arena, cuando la batalla necesitaba que él interviniera, para decir si se debía envainar la espada o no.

Continúa…

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por Namyukaulitz

Escritora del Fandom

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