
Fic Toll de Namyukaulitz
Capítulo 20
Después de unos días, tan tranquilos que se sentían como agua turbia tranquila, llegó el cumpleaños de Lucian.
Bill y Tom estaban… Bien, entre ellos, así que la planificación del banquete, en general toda la fiesta no fue un problema.
Parecía ser que el único problema que llegó a suceder era que los regalos eran tantos que no entraban en una sola sala del palacio, y los sirvientes tuvieron que arreglárselas para acomodarlos.
Durante el banquete, fue que Tom se había percatado de un invitado, habían muchas personas, en cualquier otra situación ni siquiera habría prestado atención por demasiado tiempo.
De no ser porque ese doncel castaño vestía evidentemente sus sedas más caras, finas y detalladas, había estado hablando con su hermano por demasiado tiempo, había visto que Bill era él que se había acercado a él, no al contrario como sucedía suceder.
Su cabello castaño largo brillaba bajo la luz mientras se ondeaba con cada gesto que hacía al reír o responder a lo que hablaba con Bill.
Tom sintió malestar durante el resto del banquete, al punto que el apetito se le había reducido considerablemente, enfocándose únicamente en su hijo, para disipar cualquier pensamiento o emoción que sabía no debía tener.
No conocía bien al doncel, pero sí conocía su nombre, se llamaba Georg, era un poco mayor que Bill y él mismo, siendo un año mayor que Tom, pero era soltero, al parecer su familia estaba tan bien social y económicamente que no necesitaban casarlo todavía, por ende no eran exigente con él.
Durante la fiesta había tantas personas que Tom salió a uno de los jardines, aunque aún había personas merodeando, pero al menos podía respirar aire fresco.
Observa a Lucian jugar a la lejanía con unos niños, hijos de algunas familias nobles, con sirvientes vigilando y ayudando a los niños en sus juegos con caballos de madera los cuales podían montar como si fueran reales.
Sonrió, viendo a su pequeño a la lejanía de unos metros, mientras el cielo ya estaba tornado de colores que indicaban que pronto sería de noche.
Tendría que sentirse aliviado de que Bill, se mantenía entretenido con alguien más, de todos modos, él lo había pedido, pero no se sentía tranquilo mucho menos feliz, sentía amargura, amargura que ni los postres excesivos en miel del banquete le quitaron de la boca.
—Me alegra saber que Lucian es más social de lo que yo lo fui a su edad —la voz detrás de Tom, lo hizo sobresaltarse, girando la cabeza para ver a su hermano a una distancia considerable.
—Sí… —masculló Tom, volviendo a girar la cabeza para ver a su hijo, riendo ajeno a que ellos lo observaban. —Creo que algunas personas desarrollan esta habilidad siendo niños y otros en la adultez…
Bill ladeo la cabeza al escucharlo, sonriendo, soltando una risa entre dientes.
—Para ser el cumpleaños de la estrellita que se encargaba de llenar el palacio de risas, diría que estas muy desanimado —comentó Bill, dando unos pasos hasta ponerse a su lado, dejando unos escasos centímetros de distancia entre sus hombros.
Tom observó fijamente a su hijo.
—Me pone melancólico ver como crece tan deprisa —respondió con simpleza el doncel, acariciándose el antebrazo. —Saber que en algún momento dejará de ser inocente y quizás no sonría con tanta frecuencia.
La sonrisa de Bill se desvaneció de su rostro, viendo igualmente a Lucian, teniendo en cuenta las palabras de su hermano, crecer, tener un año más de vida era motivo de celebración de organizar banquetes de días enteros, pero también era celebrar la pérdida de inocencia con cada año.
—Hay personas que buscan envenenar, sin que sea necesario el veneno… —soltó Tom, viendo al cielo que comenzaba a oscurecer con el pasar de los minutos. —Que se creen con el derecho de ensuciar a niños libres e inocentes con los agravios de sus padres o madres —suspiró. —Sabes que haría cualquier cosa por él, se lo merece, es lo mejor que me ha ocurrido en mi vida, un regalo de los dioses del cual no puedo creer ser capaz de merecer, es perfecto.
Bill analizó sus palabras, y giró la cabeza, en busca de la mirada de Tom, la cual transmitía algo, Bill lo sabía, pero no sabía qué con exactitud, pero era algo que perturbaba la paz de su hermano.
—Sé que harías cualquier cosa por él, eres su madre. Y también sé que, cuando hablas de él no es cualquier cosa a la ligera… Veo algo en tí que te tiene desasosegado —acotó viéndolo directamente a los ojos.
Tom inhaló aire y le devolvió la mirada a su hermano, sonriendo ligeramente.
—Sólo son penas e incertidumbres, algunos miedos que no debería permitirme —contestó Tom, y después desvió la mirada nuevamente a Lucian. —No te preocupes por mí.
—¿Cómo puedes pedirme que no me preocupe por tí? —Bill frunció ligeramente el ceño, desconcertado con esa petición. —Sé que no soy perfecto como tu hermano pero…
Antes de que Bill pudiera terminar la oración, un grito los interrumpió, Lucian los había visto a la lejanía y llegó corriendo a ellos.
—¿Me viste, mamá? —preguntó Lucian, aferrándose a la tela del vestido de Tom. —Puedo domar un caballo.
Tom dejó de prestarle atención a Bill y sus propias penas para enfocarse en su hijo, tomándolo de las manos.
—Sí, cielo, te ví, ningún caballo puede con tu fuerza —celebró Tom, con una sonrisa que hizo que sus ojos se entrecerraran.
Bill no estaba incómodo con la interrupción del niño, pero esperaba descubrir qué le pasaba a su hermano.
Lucian dirigió su mirada a Bill y estiró una mano para jalar el sayo oscuro del azabache.
—Papá, cuando tenga seis años quiero un caballo de verdad —pidió Lucian.
Bill se puso a la altura del pequeño, poniéndose sobre una rodilla, sonriéndole.
—Lo tendrás, pequeño, aunque aún eres muy joven para montar a caballo, pero cuando tengas la edad yo personalmente te enseñaré a dominar un caballo —declaró Bill, revolviendo el cabello a Lucian. —Lucian, ¿puedes darme un tiempo con tu madre?
Lucian asintió, ladeando la cabeza. —¿Vas a dejarlo goteando? —preguntó con inocencia.
El rostro de Bill se contrajo en asombro y desconcierto por lo que acababa de escuchar.
—Lucian… —balbuceó Bill, perdiendo la compostura por unos instantes. —¿Qué acabas de decir…?
—Lo que dicen las sirvientas, que cuando tú y mamá están solos lo dejas abierto y goteando, ¿le haces daño con eso?… —respondió el niño, sin comprender lo que acababa de decir.
Tom palideció, sintiéndose enfermo tan de pronto, que incluso tuvo que dar unos pasos hacia atrás, pero como pudo se recompuso y se puso a la altura de su hijo, tomándolo por los hombros, había creído que Lucian al ser pequeño no recordaba esas palabras.
Al ser tomado por los hombros por su madre, Lucian frunció el ceño, sin comprender nada.
—Es lo que siempre dicen las sirvientes cuando estoy cerca… —reveló Lucian.
Tom tembló, de vergüenza y dolor. —Lucian, no vuelvas a repetir eso, por favor —rogó, con autoridad, acariciando los hombros de su hijo. —¿Has usado esas palabras antes? ¿frente a otras personas?
Lucian negó rápidamente.
—Mira… Lucian, no has hecho nada malo, ¿sí? No estás castigado, pero tienes prohibido volver a decir eso, o los dioses van a castigarte —advirtió Tom, no quería asustar a su hijo, pero en ese momento incluso él estaba temblando.
Lucian se asustó y asintió, como quien recibe una orden de vida o muerte.
Bill miraba fijamente a Tom, molesto, sin terminar de enterarse por completo de lo que ocurría, sólo sabía que había sirvientes hablando de más y que Tom, por su reacción, ya sabía.
—Lucian, vuelve a jugar —ordenó Bill, dándole una sonrisa forzada, besándole la cabeza.
Lucian no dijo nada y sólo se fue corriendo por donde había venido, dando miradas hacia atrás.
Al quedarse solos, Tom se llevó las manos a la boca, apretando los ojos, pidiendo que eso no estuviera pasando en serio.
—¿Tú sabías sobre eso? —preguntó Bill, con la voz comenzando a alterarse.
Tom no pudo responder.
Bill vió a sus alrededores, habían personas, muchas en los alrededores, el ambiente se sentía asfixiantemente incómodo y tenso entre ambos. Así que, tomó a su hermano de por el ante brazo y comenzó a caminar por los pasillos, arrastrándolo con él. Tom sólo pudo limitarse a seguirlo.
Incluso sí en ese momento al verlos caminar con prisa varios ojos se posaron sobre ellos. Realmente no importaba, necesitaban hablar a solas sobre lo que acaba de suceder, luego inventarían una excusa, una urgencia, un malestar físico repentino, lo que sea.
Pero siendo honestos en ese preciso momento, con lo dicho por Lucian, se daban cuenta que no importaba que dijeran, era claro que se decía entre los pasillos de su propio hogar.
Los pasillos se sintieron más largos que de costumbre, hasta que Bill hizo que entraran a un lugar apartado, un jardín privado, donde incluso para entrar habían puertas.
Al estar solos tomó a Tom por ambos brazos, haciendo que lo viera a los ojos.
—¿Qué es lo que acaba de suceder? ¿Cómo es que Lucian tiene esas palabras en su boca? —cuestionó Bill.
Tom dejó salir un jadeo, y sus ojos se desbordaron en lágrimas que no pudo controlar por más que intentó resistir, apartó a Bill de él, sin brusquedad, simplemente lo que menos necesitaba en ese momento era sentirse más abrumado.
Se sentó sobre una banca amplia de mármol, apoyándose sobre sus manos, con los codos sobre sus muslos.
—Es mi culpa, es mi culpa, yo permití esto —dijo Tom con reproche, ante su descuido, no debió haber permitido que esas sirvientas siguieran en el palacio, y aun así lo dejó pasar, para no generar más problemas y habladurías.
La respiración de Bill se volvió rápidamente errática, y se pasó las manos por la cabeza, quitándose la corona para poder pasar sus dedos entre su cabello, intentando no alterarse más al ver a Tom de esa forma.
Tom se quedó callado, sollozando, se sentía humillado, que había fallado, débil, vulnerable de la manera que es insoportable.
Bill se tragó su furia y se acercó a su hermano sentándose a la par de él, acariciando su espalda temblorosa, dejando la corona de laurel a un lado de él.
—Sabía que habían rumores, pero no creí que se atrevieran a hablar así frente a Lucian —espetó Bill, resoplando, moviendo su pie izquierdo ansiosamente, golpeando el suelo de mármol.
Tom levantó su rostro, limpiándose las lágrimas. —Lucian está creciendo, y habrá cosas de las que no podré protegerlo, pero esto es mi culpa —soltó, levantándose abruptamente. —Sí no hubiera dejado que esas malditas siguieran en el palacio, si no permitiera que me tocaras, si fuera más responsable con mi honor y reputación, si fuera una mejor madre —exclamó con la voz alterada, dando unos pasos alrededor, teniendo que detenerse para apoyarse sobre un pilar con una maceta en la punta. —He tratado de ser responsable, de hacer todo bien, de proteger, pero he fallado, a mi hijo, a mí…
Llevaba demasiado tiempo conteniéndose, guardándose cosas, siendo la clase de doncel que se espera, callado, altivo, serio, maternal, tradicional, modesto, todo lo que su padre esperaba de él, pero en ese momento, tener tan presente que sus asuntos afectaban a Lucian, incluso si su hijo fuera pequeño para entender esas palabras, para entender cómo era que había gente que lo creía impuro por su supuesta concepción, lo sentía peor que cualquier tortura física.
Se quedó ahí, apoyando sobre el pilar, hasta que dejó su cuerpo deslizar sobre el, hasta caer sentado de rodillas sobre el suelo.
Derrotado.
Bill se acercó de inmediato al verlo en el suelo, siempre era él quien lloraba, quien se derrumbaba, y Tom era siempre quien trataba de mantenerse fuerte, para él y Lucian. Ver a su hermano mayor de esa forma era, simplemente devastador para él.
Lo tomó con cuidado por los brazos y lo hizo levantarse, al tenerlo nuevamente de pie, lo estrechó entre sus brazos.
—No es tu culpa, no es tu culpa —repitió Bill, besando su mejilla repetidas veces.
Tom correspondió al abrazo, aferrando sus manos a la espalda de Bill, sosteniéndose de él.
—Es culpa de ellas, de todos los que se creen con el derecho de hablar de nosotros, de tí, de Lucian, de mí, como si tuvieran algún derecho o superioridad moral, pueden pudrirse como cadáveres de animales destripados en las calles por caballos —masculló el azabache, tomando el rostro de Tom, por el mentón, para que conectarán sus miradas. —Ellos no son nadie, Tom.
Tom negó entre lágrimas. —Ellos lo son todo, Bill, lo que ellos digan de nosotros es lo que somos, el juicio de Roma es más que nuestro estatus —explicó.
—Que se mueran, dime quienes son, sus nombres o como se ven su rostros, y les cortaré la lengua con mis propias manos, a todos, a cualquiera que sea capaz de lastimarte a tí o de creerse con derecho de hablar sobre nuestro hijo —susurró Bill, decidido, respirando de la misma forma que el doncel, agitados.
Tom apretó los ojos y movió su cabeza, dejándola sobre el hueco del cuello del más alto, sorbio de su nariz, intentando calmarse en los brazos de su hermano, sintiendo su calor y respirando su olor.
—No sé qué hacer, en este momento no puedo pensar con claridad —expresó Tom, mientras Bill le acariciaba la espalda.
—No tienes que darme una orden en este instante, pero ellas no quedarán impunes, no dejaré que nadie más hable de tí, cambiaré a toda la servidumbre, con esclavos mudos para que no hablen e incluso ciegos para que no nos vean y nos juzguen —continuó Bill, pasando una mano por sobre las rastas de su hermanos, esas preciosas rastas doradas.
Respiro el aroma floral que tenían, antes de besarle la cabeza, recordaba la edad, el momento y el porqué Tom había optado por usar su cabello en rastas, en lugar de llevarlo suelto y ondulado como el resto de donceles y mujeres.
Había sido durante un viaje a Grecia, por estudios, cuando Tom con trece años había visto a un doncel griego con su cabello de esa forma, le gustó tanto que fue lo primero que hizo cuando volvieron al palacio, ordenar que le hicieran su cabello rastas.
—Te amo… Somos tú y yo, Tom —murmuró Bill, a lo que el doncel alzó el rostro, dejándose ver, incluso aunque ya había anochecido, los surcos en sus mejillas húmedas eran muy evidentes.
Tom lo observó fijamente a los ojos, estaban tan cerca, esa misma cercanía que tanto los condenaba a ser objetos de rumores, puede que inclusive de chistes y obras para ridiculizarlos.
Lo que sintió en ese momento al verlo a los ojos, esa calidez que sólo Bill podría provocarle para hacerlo sentir seguro, que estaba ahí, para él, que genuinamente estaba ahí, escuchándolo, sintió amor, ganas de entregarse a él, dejar que él arreglara todo, un beso sobre sus labios se sentía como un petición que deseaba hacer.
Pero no podía. Eso. El sentirse así. El permitir eso era la principal razón de que esto estuviera pasando.
Tom llevó una de sus manos al hombro de Bill, sin apartarle la mirada.
—Sentirme de la manera en la que me siento ahora, es el problema, esto no debería de estar pasando, no debería de existir… —sollozó Tom, apretando los ojos y la mano sobre el hombro de Bill.
Era doloroso, peor que ser quemado vivo.
—No podemos, no debemos, no debería de existir, deberíamos simplemente ser hermanos, tener problemas acorde a eso, no todo esto que está pasando, incluso arrastrando a mi hijo —recriminó el de rastas, apoyando su cabeza sobre el hombro de Bill, sobre el dorso de su mano. —Debería casarme con alguien, irme del palacio, o tú deberías hacer lo mismo, casarte con alguien como Georg, cualquier cosa para hacer que esos murmullos paren, pero, ¿de qué sirve, Bill? Callar algo que tú, y sobre todo yo sé que es real…
Bill tomó su rostro con ambas manos, insistente, desesperado al escucharlo.
—No, Tom, no podemos hacer eso, yo no puedo, tú no puedes, ¿de verdad serías capaz de casarte con otro hombre para alejarte de tí? —inquirió Bill, mientras los ojos se le cristalizaran, cediendo al agobio y desesperación del momento.
Tom terminó derramando más lágrimas, negando.
—Pero no puedo con esto, soy incapaz —manifestó el doncel. —No quiero que Lucian se vea afectado por esto, no tendría que. Es un niño, incluso si fueran verdad esas cosas que dicen, dándote la paternidad de Lucian cómo si fuera el resultado de algo aberrante, incluso así… él no tendría la culpa.
Bill sentía una mezcla de rabia, impotencia y culpa, Tom tenía razón, Lucian no tenía culpa de nada, no tenía porqué verse involucrado de esa manera porque ellos se sintieran e hicieran lo que hacían.
Tom deseaba desaparecer entre los brazos de Bill, bajo los besos que depositaba en su cabello, que la vida fuera más fácil.
Abrumado incluso la muerte parecía una tentación como un poco de agua en el desierto. Pero, no, estaba siendo irracional en ese momento, estaba sintiendo demasiado y dejando escapar más de lo que debía.
—Vamos a hacer algo, Tom, haré algo —prometió Bill, besando las comisuras de sus labios, ansioso por mover sus labios un poco, lo suficiente para sellar algo que sabía Tom no podía permitir, pero que creía la única forma de hacerle saber que él estaba ahí, que siempre había estado ahí, desde el principio. —Siempre hemos sido nosotros, me has ayudado, te he ayudado, podemos ayudarnos, incluso… sí mantienes esa distancia fraternal entre los dos.
Tom pasó sus brazos por el cuello de Bill, apegándose por completo a él, besándole las comisuras de los labios, buscando calor, ese cariño, ese reconfortamiento que Bill prometía.
Bill lo tomó por la cintura, cerrando los ojos, dejando que Tom le llenará el rostro de besos que evitaban la unión real, comenzó a empujar a su hermano mayor contra el pilar, acorralándolo contra el duro y frío material.
El doncel se arqueó contra él y abrió sus piernas al sentir la presión de la rodilla de Bill entre sus muslos, quedando casi sentado, cuando Bill comenzó a frotarse contra él, haciendo presión entre sus entrepiernas.
¿Cómo el dolor y agobio podía convertirse en excitación? Una que no debía existir entre dos hermanos, pero que en ese momento, incluso Tom movía sus caderas con suavidad sobre la rodilla de su hermano.
Un jadeo salió de entre los labios de Tom, al sentir la lengua de Bill pasar por sobre sus mejillas, lamiendo la sal de sus lágrimas.
Se aferraba a Bill con fuerza, cediendo a eso, necesitaba eso, esa cercanía, que un simple abrazo no podría saciar.
Bill se movía con descuido, torpeza y más presión de la adecuada, como si buscará fundirse con él aún por sobre la ropa.
Tom cerró los ojos, disfrutando de ese tacto, que se sentía como una caricia o golpe al corazón, pero una punzada dolorosa su vientre bajo y un jadeo que lo hizo abrir los ojos, lo arrastraron violentamente a la realidad.
Sintió una calidez espesa, rápida y caliente deslizarse por su entrada, eso no se sentía como lubricación normal, se centró en esa sensación, ignorando la presión que Bill ejercía sobre sus miembros.
—¡Bill…! —gimió Tom, pero ese gemido estaba lejos de ser por placer, era más bien de miedo y alarma.
No le dió tiempo a reaccionar a su hermano menor, cuando Tom apartó a Bill con brusquedad de él, incluso si ambos tropezaban y casi caían al suelo con eso, pero lograron mantenerse de pie, incluso Tom mientras las piernas le temblaban.
Bajo sus manos por la tela de su vestido, tocando por detrás, dándose cuenta de lo mucho que aquel líquido rojo se había extendido, bajando por sus piernas, manchándolas.
Bill se equilibrio, viendo desconcertado a su hermano, hasta que vió la sangre en sus manos y seda clara.
Tom se quedó quieto, y su mirada se dirigió a Bill, notando las manchas rojas y húmedas sobre la ropa y rodilla de su hermano.
—¡Te he manchado! —exclamó el de rastas, alternándose de nuevo.
No podía estarle pasando eso en ese momento, que incluso su cuerpo le recordará que estaba sucio e interrumpiera lo que estaba por suceder.
—No puedo… —murmuró Tom con la voz quebrada, dejándose caer al suelo, la palabra “goteando” le generaba repulsión, sentía asco por él mismo, no sólo era su sangre, era todo.
Bill se quedó con un semblante perturbado, no porque la sangre lo asustara o le generará asco, ni siquiera había notado que se había manchado hasta que Tom se lo dijo. Simplemente no esperaba eso en ese momento.
Pero después de unos segundos, reaccionó, sacándose su sayo, el cual no se había manchado.
En cuanto Tom vió que Bill tenía intenciones de alejarse, se arrastró sobre el suelo para alejarse.
—¡No te acerques! —pidió el doncel, ese tipo de sangre no era bien recibida por la sociedad, considerándola impura, capaz de sacar cosechas y agriar el vino con su presencia, desgracia con solo verla o tocarla.
Pero Bill no hizo caso, y lo cubrió con el sayo, poniéndolo sobre sus hombros, quedándose de rodillas frente a él
Tom estaba sorprendido con la reacción de su hermano, esperaba asco, rechazo por esa sangre, pero en cambio, recibió ser protegido y cubierto por un sayo, y acaricias en el rostro.
—Creo que esta es la única sangre que no viene de la violencia —dijo Bill, con calma y compresión, entendía que sólo era algo que pasaba, que no avisaba, que no preguntaba.
—¿Por qué no te doy asco? Estoy sangrando… No deberías ni de estar cerca mío —murmuró Tom, después de unos segundos.
Bill le sonrió con dulzura. —Siempre estamos huyendo de nuestra sangre, la misma que nos une, la misma que hace que nos sintamos de esta forma, mi sangre es la misma por la que piensas que voy a sentir asco, cuando yo no puedo, mi sangre no puede despreciar a su propia sangre.
—Es sangre mala… —continuó Tom, sin comprenderlo, Bill era capaz de estar cerca de él incluso en ese momento tan bajo para un doncel.
—Sólo es sangre —afirmó Bill, la sangre era eso, sangre, un líquido que recorría por las venas de todos, Roma era un imperio que se construyó sobre la sangre de otros territorios.
La sangre era espectáculo, conquista, gloria, violencia, vulnerabilidad, vida y muerte.
No existía un tabú para Bill sobre cualquier tipo de sangre, mucho menos si se trataba de Tom.
Tom no pudo mantener la mirada teniendo que bajarla, agotado, sangrar le había dado un golpe doloroso de cansancio.
Juntos… estar juntos.
Era muy irónico, era muy estúpido, por considerarlo, esperaba que solo fuera cuestión de su cuerpo alborotado, sentimientos desbordados y pensamientos revueltos, pero lo estaba considerando, realmente lo estaba considerando.
Ese momento no había miradas de rechazó, de crítica, de reproche, de decepción, lo miraba una única mirada, una de comprensión, de amor que, no iba a ponerse a descifrar si era de hermanos o de un amante fiel.
Necesitaba meditar bien, cuando su cabeza estuviera en orden y tranquila.
Se quedaron ahí en silencio por un rato que fue largo, hasta que Bill consideró que Tom no podía quedarse en el frío de la noche, y volvieron adentro.
“La sangre podía limpiarse”, dijo Bill, para dejarlo más tranquilo, mientras lo llevaba a sus aposentos.
Tom necesitaba limpiarse y descansar, Bill podría ocuparse de las preguntas de Lucian y del resto, y Tom confío, se quedó en sus aposentos, sin ganas de que incluso los sirvientes lo vieran, pero tenía que asearse y prepararse para dormir.
Por ese momento iba a silenciar todo, solo iba a dormir hasta que sus ojos se sintieran preparados para abrirse de nuevo.
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Bill caminaba frente a su guardia pretoriana, Gustav estaba también ahí, expectante a lo que fuera que dijera o hiciera el César.
Pero no sólo estaban ellos, todos los sirvientes del palacio también estaban reunidos, petrificados.
—Yo creo que soy una persona muy considerada… En el palacio se les brinda trabajo, oro para que tengan una vida sin estar entre ratas e incluso techo, ustedes viven aquí básicamente, pero eso no les da el derecho de creerse iguales a nosotros, ni siquiera en pensamiento —exclamó Bill, deteniéndose. —Mi familia está por encima de todos ustedes, y esto —señaló. —Es solo una advertencia clara, de lo que se le hacen a las perras con el hocico más grande de lo que deberían.
El César había hablado con Lucian, para no molestar a Tom, pidiéndole como un juego de encontrar a los bárbaros que le indicara quienes eran las sirvientas, afortunadamente, ellas habían sido tan cínicas de repetir tantas veces su acción que incluso para un niño pequeño era imposible olvidar sus rostros.
Ahora ellas colgaban desnudas de cruces de madera, con la boca destrozada, sus dientes habían sido arrancados y su lenguas cortadas, aún estaban con vida, lloriqueando, tratando de articular súplicas, pero eso solo hacía que su sangre se mezclara con su saliva, asqueroso, Bill no pudo evitar hacer una cara de desagrado.
Bill hizo un gesto con la mano, haciendo que sus pretorianos alzaran sus arcos, y después se puso en medio de las mujeres crucificadas.
Gustav suspiro, Bill había tenido la confianza de decirle lo que había ocurrido, y honestamente, aunque lo consideraba brutal, era justo, no podía faltársele el respeto a la familia imperial y no esperar consecuencias.
El General volteó a ver al César, y este asintió, en ese momento Gustav alzó su mano y la bajo, indicando que debían disparar.
Bill se quedó entre las mujeres, quería estar entre ellas en su muerte, que supieran que él era tan intocable que incluso durante su ejecución, en medio de flechas, él iba a vivir y burlarse de sus cuerpos.
Las flechas se incrustaron en las mujeres, haciendo que un poco de sangre salpicara en el rostro del César.
Bill se quedó inmóvil, alzando la mirada con una sonrisa asomando en sus labios.
Tom recién había despertado hacía unos minutos, al ver el palacio vacío, ciertamente no esperaba que Bill fuera capaz de realmente sacar a todos los sirvientes, hasta que el ruido lo llevó a una parte alta, donde tenía una vista de la ejecución.
Se escuchó una risilla a unos metros de él, por lo que al girar su cabeza y buscar al dueño de esa risa, encontró al mismo doncel de la noche anterior.
Georg.
Se apoyaba sobre el mármol, viendo divertido la ejecución, y al sentirse observado, su mirada se desvió, viendo directamente a Tom.
—Oh, alteza, me ha asustado —soltó con una sonrisa el castaño, inclinándose hacia él. —El César es de temer, eh… —indicó, señalando la ejecución.
Tom se asomó a la orilla, viendo con detalle lo que había ocurrido, y honestamente, no supo cómo sentirse, si aliviado o preocupado.
Pero antes de hacer algo respecto a eso, lo sobre sacó de sus pensamientos el qué Georg estuviera ahí.
—¿Qué haces aquí? —cuestionó Tom, tosiendo un poco al darse cuenta que quizás había sido muy brusco. —¿Disfrutaste el banquete de ayer?
—Por supuesto, espero que el joven Lucian aprecie mis regalos —respondió Georg, de forma amable.
Tom lo observó con un recelo que intentaba ocultar entre su cansancio.
—Gracias por tu gesto, realmente lo aprecio —suspiró Tom, girando la cabeza, dándose cuenta que Bill ya había notado su presencia y lo observaba desde abajo.
Tom no hizo ningún gesto ni cara, sólo lo observó, con el rostro inexpresivo, como de alguien que no estaba sorprendido pero tampoco se encontraba ofendido. No deseaba un imperio a base de miedo y amenaza, pero, estaba demasiado cansado para discutirlo y pensarlo demasiado.
Sin embargo, consideraba que quizás era necesario, había sido demasiado suave y considerado, tenía que ser más duro, había permitido que le faltarán el respeto por demasiado tiempo. Siempre prefería ser noble, poner la otra mejilla, pero Bill, su hermano, no parecía dispuesto a dejar que eso siguiera pasando.
Al menos Lucian no estaba presente, seguramente estaba con Andreas, con eso bastaba para él, no quería que su hijo se viera manchado de otras formas.
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—¿Estás molesto conmigo? —preguntó Bill, había seguido a Tom a sus aposentos, aún con el rostro cubierto de sangre.
—Eso fue extremo y muy cruel, pero creo que estoy demasiado cansado para discutirlo contigo —respondió Tom, tomando un paño húmedo en un cuenco, sobre uno de sus muebles, acercándose a Bill, limpiándole el rostro. —Al menos ten la decencia de no venir con sangre ajena a mí.
Bill sonrió, tomándolo por la cintura, acercándolos. —¿Te sientes mejor? —inquirió, realmente preocupado a pesar de su sonrisa.
—Eso creo… —masculló el doncel. —¿Qué hace él aquí? —preguntó por fin, tenía la duda respecto a Georg.
Bill desvió la mirada, antes de responder. —Creo que es interesante, tenerlo aquí en el palacio de manera seguida quizás haga que nuestros rumores dejen de ser tan relevantes, mientras te saquen a tí de sus bocas, esta bien, que piensen lo que quieran.
Tom claramente no estaba seguro sobre eso, y se alejó de Bill, todavía demasiado incómodo con el estado de su cuerpo como para tener demasiado contacto.
—No puedo juzgar tu estrategia, pero el imperio no sólo necesita un César no que tenga más cariño del apropiado con su hermano, no quiero que te vean como libertino y disoluto, incluso como un sanguinario…. —murmuró Tom, dejando el paño en el mismo cuenco. —Nuestro padre no estaría orgulloso de esto.
Bill agachó la mirada, quitándose el rostro y la voz de su padre de su cabeza rápidamente. Aurelius no estaría orgulloso con nada de lo que estaba pasando, este no era su legado… Pero él ya no estaba aquí, era Bill quién estaba aquí, presente, vivo.
—Estaría orgulloso de que defendí nuestra familia, nuestro honor y linaje —dictó el azabache, acercándose a su hermano.
—No quiero seguir siendo piadoso de tal forma que no me respeten, pero no quiero verme arrastrado a esta sangre y violencia, Bill —expresó Tom, su educación y valores aún seguían arraigados a él como su propia piel.
Bill tomó la mano de Tom y le besó el dorso.
—Te prometo no volverme un violento sanguinario, hermano —prometió Bill, contra la piel de su dorso, antes de alejarse, besándole la mejilla. —Todavía no tenemos un “derecho de beso”, y ciertamente me gustaría tenerlo.
Tom abrió los ojos en grande por la mención de esa vieja y olvidada costumbre romana, Bill parecía haber estudiado bien la historia del imperio.
—¿Quieres medir mi decencia? Sabes que el Emperador Tiberio prohibió eso debido a la propagación de una enfermedad —acotó el doncel, negando mientras una sonrisa se escapaba de entre sus labios. —Además, yo no ocultó el hecho de que tomo vino y lo sabes mejor que nadie ya que eres un entrometido en mis aposentos.
—Tiberio no prohibió ese derecho por cuestiones morales, sino por salud. Yo soy el César, que no lo olvides, puedo traer las viejas costumbres para conseguir eso —masculló Bill, acercando su rostro al de Tom, demasiado, ya no había la intimidad tierna y sensible de la noche anterior en ese acercamiento, sino jugueteo, el tono en sus palabras le indicaron que no era una amenaza, al menos real.
Tom metió una mano suya entre sus rostros, empujando el rostro de Bill hacia atrás con lentitud y cuidado. —Mis labios no te deben nada, quizás mi persona sí, pero esto… —señaló sus labios, y luego llevó una mano a su vientre. —y esto, tampoco te deben un derecho. Además, no deberías de estar cerca mío en estos días, ya que eres demasiado estudioso, recordarás también a Plinio… Ni siquiera puedo ser capaz de ver a Lucian a los ojos, aunque eso también es porque sigo afectado por lo de ayer…
—A mí no me aterra que me puedas enfermar con “tu veneno” —insistió Bill, envolviendo su cintura con su brazo, apoyando su mentón sobre el hombro del más bajo.
—Bill, por favor —pidió Tom, suspirando, mirando de reojo a su hermano apoyado sobre su hombro.
Pero el César no acato ninguna petición, en cambio enterró y restregó su nariz en el cuello del doncel, respirando ese aroma que sabía que era propio de los días en lo que su hermano se encontraba, nunca antes había estado tan cerca de Tom durante esos días en específico como para percibir ese aroma tan de cerca.
No era un aroma floral, ni algo que pudiera compararse con un perfume, ya fuera barato o muy caro, no, era algo que emanaba su piel, propio de la piel de un doncel y una mujer, no era un aroma que pudiera extraerse así fuera de la más exquisita flor, de la más fina hierba o de las especias cuidadosamente seleccionadas para crear un aroma embriagador para el corazón de cualquiera que lo respirara. No. Bill no tenía ni siquiera como compararlo, toda su vida había estado rodeado de los aromas más lujosos y dignos de su olfato imperial, pero el aroma que desprendía su hermano mayor era, peculiar, adictivo, para nada desagradable, aunque sabía que era algo que se mezclaba con el sudor.
Tom se removió, el que Bill se presionara contra su cuello le generaba cosquillas, por lo que alejó su rostro, inevitablemente dando más espació para que Bill respirara cada rincón de su cuello.
Quería soltarse y alejarse de Bill, no tanto porque le incomodara la cercanía, sino porque sabía que el que Bill estuviera tan cerca de él ese momento era peligroso para él, estaba exponiendo al César a un peligro, aunque fuera el César quien insistía en estar cerca.
—Bill, por favor, basta, no quiero enfermarte —rogó Tom. —No podría perdóname si al César le pasa algo por mi culpa…
Como doncel, sobre todo uno parte de la familia imperial, Tom había sido educado para ser protector, fiel, leal, de un corazón devoto que sólo se calienta para el César, velando únicamente por su bien y comodidad.
—¿Y si me da fiebre? Eso a lo que tanto me pides que no me acerque sería lo único que podría ayudarme —dijo Bill contra la piel de su cuello, provocando que Tom se encogiera de hombros por inercia. —¿Cómo era qué decía ese escrito que leí…? Ah, sí, que durante una fiebre, tener coitus con una mujer o doncel en sus días sangrantes, era eficaz para curar la enfermedad.
Tom se quedo inmóvil, apartó a Bill de su cuello, para obligarlo a verlo a los ojos, anonadado por lo que acababa de escuchar, tanto por la idea, como por el hecho de que supiera esa información. Pues, el uso de la sangre de esos días si era considerado por algunos médicos como métodos para curar enfermedades, pero, ciertamente, no era algo realmente adoptado a la sociedad en su totalidad. Tom lo sabía porque su biología siempre le había llamado la atención, por lo que cuando comenzó a desarrollarse en la adolescencia leía mucho sobre ese ciclo de sangre.
—No haré eso —decidió Tom, con el rostro serio, ciertamente, no sabía si estaba ofendido porque Bill no se protegía de él o porque insistiera en eso de manera tan descarada, como si fuese normal. —Es demasiado, Bill, para… Ayer… te manche con mi sangre, y eso no debió pasar, realmente me siento compungido por eso.
Bill lo tomó por un costado de la mandíbula, manteniendo su mirada fija y directa a los ojos de su hermano mayor.
—No me ha pasado nada, ni me pasara nada, asi me hayas ensuciado con tu sangre, porque es mi sangre, los dioses lo saben, no es sangre de otro doncel —aseguró el azabache, pasando su pulgar por el mentón de su hermano. —¿Entonces dejarás sufrir a tu César sí padece de fiebre?
Tom no supo qué responder a la última pregunta, quedándose en silencio por más tiempo del que quería, pero simplemente no encontraba un argumento para eso.
Seguía sin comprender cómo era que Bill no era capaz de sentir una pizca de asco, ni un grano de arena de repulsión. Sí, Bill había estado ahí incluso en algo tan íntimo como en el parto de Lucian, pero nunca antes algo tan tabú como eso, era algo incluso maldito, de mala suerte, que sólo recordaba que no estaba cumpliendo su deber como doncel romano, tener hijos.
Los fluidos superiores de la parte del cuerpo eran percibidos como vida, en cambio los fluidos inferiores eran vistos como negativos, decepcionantes. Esto sólo le hizo recordar la petición de Bill, el que le diera sus propios hijos y…. Tom sabía que probablemente de aceptar compartir el lecho con su hermano, difícilmente volvería a ver o experimentar esos días de sangre.
No había inocencia alguna que quedará en el cuerpo de su hermano menor. Pero había decisión, firmeza como la del brazo que envolvía su cintura, era denodado y tenaz, Tom bajó su mirada por unos segundos, no era sumisión ni aceptación, eso se reflejaba en su rostro, estaba pensando.
Como tal, no deseaba “quitarse de encima” a Bill, en el sentido de alejarlo completamente de él, pero que si hubiera una distancia considerada, una que dejara de hacerle mal por desearlo, por sentirse más cómodo de lo que debería con algunos toques, porque en ese momento ni siquiera se trataba de que no le gustaba que Bill lo tocara, se trataba de que no era el tiempo para que lo hiciera.
Mientras meditaba por unos instantes, Bill se volvió a escabullir en la piel de Tom, entre la unión de su cuello y hombros.
—Me gusta tu aroma cuando estás así, quizás por eso padre te ocultaba en la villa cuando estabas en estos días —expresó Bill, rozando sus labios sobre la piel, cerrando los ojos para disfrutar de mejor forma el aroma del cual no se sentía capaz de despegarse.
Ante la mención de su padre, Tom movió su mano con desconfianza por sí mismo debido a su impureza en ese momento, hasta la espalda de Bill, acariciando su omóplato por encima de la tela de sus vestiduras.
—Sé que es pronto, que llevas un tiempo muy corto como Emperador, ¿pero nunca te has interesado en seguir con los propósitos de nuestro padre…? —inquirió Tom, con voz suave, mientras lo acariciaba. —Me refiero a seguir con sus campañas de guerra contra los bárbaros.
Bill se quedó quieto.
En ese momento, distintas cosas pasaban por la cabeza de ambos:
Bill, con la culpa de un hijo que asesinó a su padre. Mientras que Tom, pensaba que si no podía dirigir los impulsos de Bill hacia él en otras personas, podía usarlo de alguna manera para que Bill fuera eficiente como César.
Los César tenaces eran bien vistos.
—Tu agarre es firme, fuerte, podrías destriparme si te lo propusieras —inició Tom, bajando el tono de su voz. —Aunque confió en que no lo harás —masculló, cerca de la oreja de Bill, por lo que pudo percibir cómo se estremecía ante eso. —Me gustan los hombres que pueden tomar una espada con sus manos fuertes, decididos en expandirse, no habló únicamente de tierras ricas, porque hay otras cosas que también son fértiles…
Sabía que lo decía era peligroso para él mismo, pero, si lograba endulzarle el oído a su hermano menor como una abeja, podría ser beneficioso para el imperio, pero tenía que ser cuidadoso.
Bill levantó lentamente la cabeza, ya ambos conectaron sus miradas, en silencio, Tom le regaló una muy sutil sonrisa a su hermano, mientras Bill parecía demasiado concentrado en saber que pasaba por la mente de su hermano mayor.
Estaban, considerablemente cerca, y a este punto, no era ninguna novedad entre ellos, tan cerca que incluso con que una brisa de viento se atreviera a ser un poco más fuerte sería suficiente para juntar sus labios en los del otro.
Por momentos como ese, era que Tom, lograba comprender un poco a Bill, como era que para su hermano menor era difícil fijarse en otra persona, y como no, si la conexión que ambos compartían en momentos era incluso más íntima que un beso.
—Mi educación como líder es un poco precaria, padre nunca se tomó el tiempo conmigo de enseñarme a ser un estratega como él en la guerra —respondió Bill, después de un rato de una mirada intensa entre ambos hermanos.
—Si Venus te ha bendecido con una pasión tan grande por mi, entonces Marte podría bendecirte para tu poder sobre Roma —masculló Tom, tomando con ambas manos la cabeza de su hermano, pasando sus dedos por sus largos cabellos negros.
El rostro serio de Bill se rompió cuando dejó escapar una risilla entre dientes, cerrando los ojos momentáneamente.
—Hablas como si esperas que interpretemos a Venus y Marte en una obra —comentó Bill.
En ese momento, se sintió como si sus cuerpos pesaran como piedras, por lo que su cercanía se volvió inestable, así que a pasos lentos, Bill fue guiando a Tom hasta un asiento recubierto de pieles de animales, donde Tom se sentó y Bill quedó inclinado sobre él, teniendo que sostenerse de sus brazos para no dejar que su cuerpo aplastara el del doncel.
—¿Por qué no? —musitó Tom, sabiendo que lo decía podía ser ofensivo, pero si era necesario decirlo para que Bill estuviera apacible, luego podría disculparse con los dioses. —Venus estuvo casada con Vulcano, era un matrimonio sin amor, sólo que no sé si eres Marte o Adonis en mi historia, pero por ahora, sólo eras mi hermano menor.
Bill se quedó callado de repente, manteniendo una sonrisa similar a la de Tom, como si guardara su palabras cuidadosamente en su cabeza o como si estuviera buscando algo.
Después de tantos años, no era como que Bill no conociera a Tom, tal vez no tenía la habilidad de leer su mente, pero sí de analizar sus palabras, sus toques, sus miradas, era consciente de que Tom estaba jugando con él, no como cuando jugaban al Terni Lapilli o al Ludus latrunculorum, donde ambos eran competitivos.
“Padre siempre dijo que Tom tenía más competitividad de la indicada para un doncel”, recordó Bill.
Este era su hermano, su doncel, el que él quería, ni el atractivo de cualquier mujer o doncel se comparaba con lo que Tom tenía para ofrecer, ni siquiera alguien tan carismático y cínico como Georg, con quien tenía alguna cosas en común, lo suficiente para que sea un amante decente o incluso aspirar a su esposo, pero, Bill no quería eso, quería a Tom.
Su aroma, sus palabras, sus toques, sus miradas, su cuerpo, todo sólo le confirmaba que Tom había nacido para él y él para Tom.
¿Cómo podría haber otro hombre digno de su hermano en todo el imperio sino él?
Todos eran inferiores, por eso, aparte de sus celos, le daba rabia que Tom estuviera con otros hombres.
—Ayer mencionaste algo… —la sonrisa de Bill se desvaneció de un segundo a otro.
La sonrisa de Tom también disminuyó, bajando un poco su mirada, volviendo al terrible sentimiento del dia anterior, a lo que Bill le acarició el cabello con una mano.
—No estaba en mi mejor momento… —argumentó Tom, sin perder del todo la mirada de Bill.
—Dijiste que deberías casarte e irte del palacio, ¿lo has considerado? ¿Así como te aferras a la idea estúpida de que tenga un amante para desfogarme? —cuestionó Bill, su voz era profunda, con una pizca de inseguridad que lo hacía vulnerable y recelo. —Rechazaste a todos tus pretendientes después de que murió tu esposo, y yo me encargue de los que no se daban por vencidos, dejándoles en claro que no querías unirte con nadie más en matrimonio, ¿realmente consideras de nuevo el matrimonio por lo que diga Roma de nosotros o por qué hay alguien, uno de tus amantes que te despierte el querer unirte a él? Él sería muy afortunado, ¿no? la sangre que ahorita sale de tu cuerpo no sería un veneno para él como tu esposo.
Tom apretó los dientes ante la ponzoña de Bill, aunque intentara tergiversar las prioridades y deseos de su hermano, parecía que Bill siempre volvía a su fijación, como un ciclo que no puede romperse o ser diferente.
—No estaba bien en ese momento, Bill, lamento si dije demasiadas cosas en medio de mi desesperación —acotó Tom, haciendo énfasis al pronunciar “demasiadas cosas”, recordaba con claridad lo que había dicho, incluso si su mente en ese momento estaba pasando por demasiado, no estaba siendo racional, incluso en este momento dudaba si ya estaba siendo tan racional como siempre trataba de mantenerse. —Pero… —musitó, genuino, con el rostro suavizado. —Gracias por estar ahí conmigo, por acogerme en tus brazos sin sentir asco o miedo por mí, por consolarme…
El doncel se aproximó al César, cerrando los ojos y le besó las comisuras de los labios, lentamente, mientras sus brazos se acomodaban alrededor del cuello de su hermano menor.
No fue un beso en los labios, pero se sintió como uno; Tom se separó al cabo de unos segundos, haciendo que el sonido de sus labios pegados a la comisuras de los labios de Bill fuera un sonido que resonara demasiado entre ambos, para después acomodarse debajo del cuerpo del César.
—Ayer me sentía demasiado vulnerable, todavía me siento de esa forma, y… Espero que el que mi sangre te haya manchado no te afecte, porque sino no podría perdonármelo jamás. Así que te pido que por favor, me des espacio, sólo por estos días, no te estoy rechazando, no es que no te quiera cerca, es más por tí que por mí, tú corres peligro estando cerca de mí en este momento —Tom hablaba y parecía realmente cansado, agotado como un enfermo, y Bill también suavizó su rostro al escucharlo. —Eres el César, nunca lo olvido, por eso mismo, insisto en que te cuides y protejas, tú eres la prioridad, lo más importante que tiene este imperio.
Bill inhalo y asintió, lo mejor era darle su espació a su hermano, no porque creyera en esa superstición sobre la sangre, pero, genuinamente se notaba que necesitaba respirar, descansar, y se inclinó un poco más sobre Tom, lo suficiente para besarle la frente.
—Hoy iré al anfiteatro y me llevaré a Lucian conmigo, pero si necesitas algo, vendré enseguida —avisó Bill, antes de quitarse de encima de su hermano.
Tom dejó escapar una risa floja. —Hablas como si yo fuese el César…. me encantaría —murmuró por último, muy en bajo, melancólico.
Toda la vida había sabido que, a comparación de Bill, él no tenía ninguna oportunidad de heredar el imperio, a menos que su futuro esposo fuese elegido como co-Emperador por su padre; siempre, desde que tuvo uso de razón fue consciente de su posición, del papel que le tocaba desempeñar en Roma, lo consideraba un poco injusto, incluso si era el doncel más “privilegiado” de todo Roma por ser hijo de un Emperador, aun asi, tenia que adaptarse y seguir lo que se esperaba de cualquier doncel, sobre todo uno como él.
Su único propósito en la vida parecía ser tan pulcro y discreto como una estatua de mármol y bronce, tener hijos y cuidar bien de los varones cercanos a él, o sea, su padre, su hermano y su hijo.
Eso era lo que le inculcaron, y trataba de sobrellevar el imperio con las herramientas que él tenía como doncel, y una de esas era cuidar y contener a Bill, aunque su hermano menor hiciera difícil la tarea, no por falta de cariño y amor en Tom, Tom lo amaba, siempre lo hizo, pero como su hermano mayor… Ahora, parecía que estaba cuidando de quien pronto se proclamará como su amante, y eso lo aterraba, y ojala fuera por la razón de que el incesto era tan mal visto, que emperadores pasados se acusaban entre sí para sabotearse y generar mala reputación, pero Tom sabia, que si Lucian no existiera, si fuera egoísta con Roma y no le tuviera respeto y amor a su padre, quizas Bill y él ya se hubieran fundido juntos como oro maldito.
Pero el hubiera no existe, esas eran ensoñaciones, tenía que ser realista, no perderse de la realidad en la que vivía. Y tenía que sobrevivir, su padre no estaba, y si estuviera, no tendría rostro para ir a pedirle un consejo, ¿qué diría el gran Aurelius sobre que su hijo doncel tenía sentimientos por su hermano varón?
Probablemente sería exiliado, lo más alejado de Bill que Aurelius pudiera…
Tom odiaba la tragedia constante en la que vivía, deseaba estabilidad, normalidad, paz. Pero eso, cada vez parecía más lejos de él, como si el sentirse de ciertas formas por Bill fuera la causa por la que los dioses le quitaban la paz por más que él fuera constante en los templos.
Continúa…
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