
Fic Toll de Namyukaulitz
Capítulo 22
En el Coliseo, el viento era suave y fresco, ese día el sol no era muy intenso, aunque de todos modos en el palco imperial tenían sombra.
Tom estaba sentado en el costado derecho de Bill, en su propio asiento, como era costumbre, y de vez en cuando miraba el lado izquierdo de Bill, donde estaba Georg.
Había una distancia de unos centímetros en cada asiento, Bill estando en un trono alto de mármol que estaba en medio, donde pudiera tener una buena vista de la arena.
Lucian estaba sentado al lado de Tom, hasta que se bajó de su asiento y fue hacia Bill, Tom lo siguió con la mirada.
—Papá, ¿qué batalla es la que se va a realizar hoy? —cuestionó Lucian.
Bill se inclinó y tomó al niño para sentarlo en sus piernas.
—Cassius me dijo que planea recrear la batalla de la segunda caída de Cartago —explicó Bill, acariciando la espalda de su sobrino.
—Es tierno que te llame papá —comentó Georg con una sonrisa, viendo al César y luego viendo al niño.
Tom se limitó a ver y escuchar en silencio, pero al escuchar el comentario del doncel castaño, su mirada se dirigió a él.
—Hasta diría que se parece a ti —continuó Georg, Tom podía percibir que su comentario no era mal intencionado, parecía más que solo estaba tratando de ganarse todavía más el aprecio del César.
—Cuando sea mayor seré con mi padre —exclamó Lucian con una sonrisa.
Tom bajó la mirada al escuchar eso, de repente se sintió muy tenso. Nunca había pensando detenidamente en quien se parecería Lucian al crecer y convertirse en un hombre, aunque había heredado el cabello rubio de él, como él lo heredó de su madre, o sea, la abuela de Lucian, el rostro Lucian era innegablemente familiar, las similitudes con Willem apenas se notaban, como ligeros destellos en algunas partes de su rostro y ángulos. Desde que nació Tom se había dado cuenta que de él, Lucian no tenía casi nada, pero si era un poco como ver a Bill cuando era pequeño, pero sin el cabello azabache.
Se preguntaba si de mayor Lucian terminaría por parecerse a Bill o a Willem, o si formaría sus propios rasgos, donde fuera una mezcla entre lo familiar y lo extranjero de Willem.
Todavía no le había dado una respuesta a Bill sobre la adopción de Lucian, se había tomado su tiempo.
Nuevamente volvió a ver a Georg, recordando sus propias palabras, cuando había estado con Bill en sus aposentos.
«Así que si es necesario vas a casarte con él, incluso tener hijos», sus propias palabras eran dañinas para él mismo, la idea de otra persona teniendo un bebé de Bill le seguía pareciendo desagradable.
No sólo por el hecho de que eso significaria que Bill estaría con alguien más, sino porque esos hijos, serían herederos legítimos de Bill, Lucian no podría heredar nada.
Apretó los labios, viendo a algún punto fijo de la arena.
Sabía que sería un verdadero milagro de los dioses, si Bill tuviera descendencia con otra persona, muy en el fondo, era por eso que Tom no se afligía mucho por el tema de la sucesión del poder a Lucian.
Era algo tan, irrealista de solo pensarlo.
Por lo que, siendo honesto, no había competencia para Lucian a la hora de tomar el Imperio.
Lucian iba a ser el próximo heredero, si es que Bill no tenía otros hijos, ya fueran de sangre o adoptivos.
Si Bill adoptaba a Lucian, aunque tuviera hijos con Georg, su sucesión seguiría estando más que segura.
Lucian sería mayor, era varón, su abuelo, el Emperador Aurelius lo había presentado, junto al Senador Tiberius como padre. Era la mejor elección, y si contaba con una buena educación para ser César, sería todavía mejor.
Tenía que ser cauteloso con la decisión que fuera a tomar, porque el que Lucian fuera adoptado por Bill, no solo significaría algo bueno y la seguridad de su eventual sucesión, Tom tambien temia, lo que eso pudiera significar si Bill seguía teniendo fallas como Emperador, las personas buscarán deshacerse de cualquier sucesor de Bill, o sease Lucian.
Tom analizaba todas las posibles consecuencias de su decisión, y tenía que tomar la mejor para su hijo y para Roma.
No iba a sacrificar a su hijo, si Roma decidiera tomar represalias por las acciones que pudiera cometer Bill.
No sólo era lo político, que Lucian fuera hijo de forma legal y válida de Bill, le daría todo derecho como Pater y varón de la familia. Tom no podría llevarse a Lucian, ya que, por ley y costumbre, sería más de Bill que suyo, incluso si era su madre.
Si Lucian era de Bill, Tom también lo sería, aunque no fuera su esposa.
Asumió que Bill no tenía intenciones de pertenencia legal, como forma de poseerlo indirectamente a él, sino más bien, oficializar su familia.
Si lo veía por ese lado, incluso era algo tierno, ser únicamente los tres: Bill como padre, Tom como madre y Lucian como hijo.
Al ver a Georg, buscaba ver una pizca de codicia, ya fuera por poder o riqueza, pero, no había nada de eso, ni en sus ojos, ni en sus palabras.
En el tiempo que lo había tenido cerca, Tom se podía dar cuenta que Georg era un doncel demasiado libre, que buscaba su comodidad y entretenimiento, y estar junto a Bill le daba esas dos cosas.
No parecía una persona exigente, se conformaba con simplemente ser llamado «la concubina del César», tampoco notaba sus intenciones con Bill, lo respetaba como el César, pero sus toques, sus miradas hacia Bill eran normales, más como las de un doncel muy amistoso que como un doncel con un interés por un varón.
Entendia porque Bill lo habia tomado como una ficha para manipular los rumores de incesto, era una persona facil, discreto en lo que cabia.
No parecía una amenaza real para Tom.
Tal vez subestimaba demasiado a Georg, aunque debía admitir que genuinamente el castaño no parecía tener otros intereses, por el lado más político, Tom no se sentía demasiado intimidado, podía analizarlo como una persona realmente banal, por lo que si se volvía consorte de Bill, lo más probable es que no tomará decisiones políticas, que no tuviera interés en involucrarse con el Senado, pero, como Emperatriz tendría que más poder que él en cualquier decisión.
Si Georg estaba lo suficientemente vacío de la cabeza, podía ser imprudente en decisiones imperiales o muy manipulable para cualquiera.
Comenzaba a considerar si debía volver su amigo, para que si Bill optaba por desposarlo a él, Tom podría empujarlo discretamente a tomar las mejores decisiones.
Además, de que así podrían tener una imagen de familia en buenos términos, con una convivencia pacífica.
Tenía que pensar bien, Georg estaba cerca de Bill, y si no media sus intenciones, el César podría estar permitiendo la entrada a su cercanía a un posible traidor.
Era claro quienes eran los más cercanos al César, con simplemente ver hacia el palco imperial, donde estaban algunos sirvientes, guardias pretorianos, el General Gustav, Georg, Lucian y él, el círculo de confianza de Bill.
Tal vez estaba siendo demasiado paranoico, pero conociendo a su hermano menor, era mejor que él estuviera atento a sus alrededores, no creía que Bill era demasiado ingenuo y confiado con el resto, sería subestimar demasiado a Bill, pero era mejor que hubiera alguien todavía más atento detrás de él.
Ser parte de la familia imperial, aunque te aseguraba poder y riquezas por sobre todos, también era una vida donde tenías que estar demasiado atento, la confianza era mejor que cualquier veneno o daga para deshacerte de alguien.
Ni todo el oro que pudiera tener únicamente en sus aposentos le daba una paz verdadera.
Lo cual, lo hacía pensar en Willem… Él era una vida tranquila, sin tener que cuidarse las espaldas y la integridad de su hijo.
De haberse podido casar con él, muy probablemente Tom se hubiera alejado de todo lo relacionado a la política, concentrándose únicamente en ser madre y esposa que vela por su familia.
No le gustaba ser reducido únicamente a eso como doncel, pero al pensarlo, parecía que era la única forma en la que podía estar seguro él y su hijo.
La paz resultaba a veces más seductora que el poder político, quizás también pensaba así porque, para alguien como él, que había crecido con lujos sin límites en el palacio, la vida sencilla en una villa en medio de un campo de trigo resultaba muy acogedora.
Plantar verduras y darse el lujo de no preocuparse de ensuciar su seda.
No iba a decir que no le gustaban las joyas, vestirse con telas que difícilmente alguien más tendría en toda Roma, pero la paz que podía darle la sencillez de una villa, donde no tendría que estarse cuidando las espaldas o estar atento de lo que piensen de él.
Recordaba las vacaciones en las islas romanas, Capri y Sicilia sonaban como sueños que tuvo dormido, donde Bill y él se acostaban sobre la arena y nadaban entre agua celeste cristalina.
Sólo reían, jugaban, eran ellos, niños, jóvenes que apenas sabían lo que era la vida.
Bill no sólo era su hermano, era su mejor amigo, su compañero de travesuras y aventuras en las partes de las islas donde tenían prohibido ir, ya que era peligroso.
Como esa vez en Sicilia, donde por apartarse de sus cuidadores, Bill y él se fueron a una quebrada, Bill entró al agua y fue arrastrado, por lo que Tom tuvo que meterse a rescatarlo:
Bill lloraba desconsoladamente, sus brazos y piernas se habían raspado con las piedras de la quebrada.
Tom también lloraba, pero más que por haberse lastimado, era por el susto de pensar en que su hermano menor se ahogara.
Se quedaron a unos metros de la orilla, mientras lloraban, abrazados, aferrados al otro, mientras se intentaban calmar.
—Tomi… Tu rodilla sangra… —notó Bill, parando de llorar, viendo como había una mancha de sangre creciendo sobre la tela que vestía su hermano mayor.
Tom tambien paro de llorar, para descubrirse la rodilla, viendo la ligera cortada que tenía, ni siquiera la había sentido, probablemente no se hubiera dado cuenta de ella si Bill no se la mencionaba.
—No pasa nada… Sólo es algo pequeño —tranquilizó el doncel de trece años.
Bill sorbió de su nariz, y rompió un trozo de la tela de su vestimenta, para poder cubrir la rodilla de su hermano.
—Bill, nuestro padre va a regañarte si ve que has roto tu ropa —murmuró Tom.
—No me importa… —musitó el azabache, envolviendo la rodilla de su hermano con la tela.
Tom se quedó callado, viendo como Bill intentaba contener la sangre de su herida, dolía un poco, pero se encontraba tranquilo, Bill estaba bien, no le había pasado más que unos raspones.
De seguro sus cuidadores los estaban buscando, y al encontrarlos así iba a recibir una buena reprimenda.
—Padre va a regañarnos cuando se entere de que pasó esto —indicó Tom, preocupado, no le gustaba desobedecer a su padre, sobre todo cuando Aurelius apenas y se tomaba días para descansar y estar con ellos, en lugar de estar luchando en Germania.
Bill alzó la mirada al escucharlo y le acarició el rostro. —Voy a echarme la culpa, diré que yo te obligue a venir conmigo… de todos modos, él siempre parece estar molesto conmigo.
Tom negó de inmediato. —No es justo que te eches toda la culpa, yo también quería venir aquí.
No era justo que Bill asumiera la culpa de una decisión que al final habían tomado los dos, además de que Tom sabía cómo era su padre cuando reprendia a Bill, no únicamente le daba palabras severas como a él, con Bill si se atrevía a levantarle la mano.
Pero Bill insistió en echarse la culpa, y cuando llegaron sus cuidadores dijo que él había tenido la idea…
Ese día Tom observó como su padre le daba una bofetada tan fuerte a Bill, que incluso lo hizo tambalear, mientras que a él sólo le grito.
—¿¡Por qué siempre desobedeces, Bill!? —gritó Aurelius viendo fijamente a su hijo menor.
Bill contuvo el llanto, para ver directamente a su padre a los ojos.
—Lo siento, padre, no volverá a suceder… —murmuró Bill.
—Claro que no volverá a suceder, pusiste en riesgo la vida de tu hermano, se supone que debes protegerlo, de los dos, tú eres el varón —espetó el mayor, inhalando antes de voltear a ver a su hijo mayor, dándole una corta mirada, viendo su rodilla lastimada, antes de volver a ver a Bill. —No quiero que vuelvas a poner en riesgo tu vida y sobre todo la de tu hermano, ¿entiendes, Bill?
Bill asintió en silencio.
En ese momento, Tom sintió miedo, por más que su padre nunca le hubiera levantado la mano a él, las veces que veía o escuchaba los castigos, los gritos de su padre hacia Bill se estremecía de pánico.
Así era, los varones recibían castigos o educación más duros, físicamente hablando, mientras que los donceles y mujeres eran «tratados mejor», eran menos duros con ellos, aunque igualmente encontraban formas de reprenderlos con severidad.
Aurelius mandó a Bill a sus aposentos en la villa, y cuando se quedaron solos, Tom se acercó temeroso a su padre.
—Bill es demasiado imprudente —dijo su padre con decepción, relajando su rostro cuando su hijo mayor se acercaba a él. —Ya no estés preocupado, tesoro, ya pasó… —acotó, creyendo que su hijo seguía asustado por lo que había pasado hacía rato en la quebrada.
—Papá… —balbuceó Tom, mientras los ojos se le volvían a llenar de lágrimas, sin que pudiera contenerse. —No solo fue culpa de Bill… Yo también quería ir, aun sabiendo que no debíamos ir a ese lugar…
Su padre lo observó en silencio por unos segundos, Tom esperaba un gritó, pero Aurelius solo suspiro y le acarició el cabello rubio ondulado suelto, en ese tiempo todavía no tenía rastas.
—No digas esas cosas únicamente para que no esté molesto con tu hermano —respondió Aurelius.
Pero al ver detenidamente los ojos llorosos de su hijo, se dio cuenta que no era mentira, por lo que desvió la mirada por unos segundos.
—Yo espero mucho de tu hermano, Tom, tiene que hacerse cargo de sus errores, asumirlos y dar la cara, porque si asume el Imperio, él tendrá que proteger y dar la cara por Roma… —masculló su padre con seriedad. —Necesito que Bill sea fuerte, porque blando no sirve para el Imperio, ¿lo sabes, verdad?
Tom asintió, sorbiendo de su nariz.
—Mi único hijo varón no puede seguirme defraudando, tiene que enderezarse porque es al único que puedo heredarle el poder… —continuó el mayor, volviendo a acariciar el cabello de su hijo, ese cabello que era similar al de su esposa fallecida. —Si tan sólo hubieras sido un varón, sé que no tendría que preocuparme tanto por como actúa Bill, ya que sabría que el Imperio estaría a salvo contigo.
—Pero sólo tiene once años… sigue siendo un niño, padre —murmuró Tom.
—Si no lo corrijo ahora, luego no podré amoldarlo para que sea un buen César, y si Bill no es apto, ¿qué opción tendré, hijo? No tengo hijos adoptivos, y no conozco a ningún varón realmente que me demuestre que tiene el carácter para poder gobernar —explicó Aurelius. —Bill…. es incorrecto en formas que, creo no te das cuenta… No sólo es mi temor a que no sea un buen César, es mi temor a que no sea un buen varón, un hombre digno.
Tom se quedó callado, comprendiendo las palabras de su padre, a excepción de lo último, ¿qué podía tener de incorrecto su hermano menor? Sólo era un niño, ni siquiera alcanzaba la edad del inicio de su maduración.
—Pero… No te preocupes por eso, Tom, yo veré que hacer con Bill, tú trata de mantenerte ajeno, eres un doncel muy bonito que no merece preocuparse por nada… —terminó por decir su padre.
El sonido de las puertas del Coliseo lo sacaron de su recuerdo, cuando los gladiadores entraron a la arena.
Ahora comprendía a qué se refería su padre con que Bill era incorrecto en las formas en las que hasta ahora se daba cuenta.
¿Su padre siempre lo había sabido? Que quizás esto pasaría…
Dirigió su mirada de forma discreta a su hermano, mientras de fondo escuchaba a los gladiadores saludar al Emperador.
—¡Ave, César! —gritaron al unísono, levantando sus armas y escudos.
El recuerdo de su padre acariciando su cabello mientras le pedía que no se preocupara, contrastaba con la sensación de los labios de Bill todavía sobre su hombro.
Verlo sentado ahí, con una sonrisa orgullosa, poderoso ante todos, no parecía un hombre débil, uno que rompe en llanto o cae en desesperación ante el mínimo gesto de desprecio de su hermano mayor.
Ya no era un niño que se puede moldear como arcilla, era un hombre, al cual, únicamente podía tenerle fe.
—¿Alteza, se encuentra bien? —preguntó una sierva, que ponía savillum recién preparado sobre una pequeña mesa de plata frente a él.
Tom se ruborizo un poco, de seguro se miraba demasiado ido, como para que alguien lo hubiese notado.
—Sí, sólo tengo un poco de sed, ¿puedes servirme agua, por favor? —pidió el doncel con amabilidad.
—Enseguida, alteza —respondió la sierva sirviendo agua de una jarra en una copa, para después entregarsela a Tom.
—Gracias —musitó Tom, cuando los tambores y trompetas comenzaron a sonar, en señal de que Cassius estaba por presentar la batalla que ese día iba a realizarse.
—En este dia, nos remontamos a una consagrada antigüedad, y les traemos una recreación de la segunda caída de la poderosa Cartago —anunció Cassius, en voz alta con ayuda de un cuerno de oro para ampliar su voz, y que se escuchara en casi todo el anfiteatro. —En los peligros planos de Sarma estaba el ejército invencible del barbaró Anibal, feroces mercenarios y guerreros de las naciones bárbaras blandieron la inmisericorde destrucción, la conquista, nuestro Emperador se place en presentar a los bárbaros —presentó, el grupo de gladiadores que recien habian salido iban a representar a los bárbaros.
El vociferó de la gente invadió todo el Coliseo de emoción y expectativa, llegando incluso a apocar la voz de Cassius.
—Se place en traerle a los legionarios de Escipión El Africano —en cuanto Cassius pronunció esas palabras, otras de las puertas de la arena se abrieron, dejando salir a otros gladiadores como legionarios sobre carros que eran jalados con rapidez por caballos.
Tom suspiro, la batalla no parecía ser nada nuevo a lo que anteriormente había visto en los juegos.
Hasta que, en cuestión de minutos todo se salió de control violentamente, los «bárbaros» estaban tomando el control sobre los «legionarios» en la arena.
Llegando a incluso tomar control de los carros, para usarlos ellos.
Al mirar de reojo a su hermano, se dio cuenta que el César no parecía particularmente desagradado con el hecho de que estuviera muriendo gente en verdad, lo cual no estaba planeado, estaba emocionado, igual que Lucían, ambos tenían una emoción que rozaba demasiado lo infantil, haciendo gestos burlescos sobre las muertes que se estaban dando debajo de ellos.
La conexión que Bill y Lucian tenía era una propia de ellos, tal cual la de un padre que le muestra a su hijo sobre la violencia inevitable de la vida romana.
Incluso Georg y el resto de la gente estaban tan exaltados como ellos, sobre todo cuando uno de los carros chocó brutalmente con las paredes, varios, incluso Bill y Lucian se levantaron para asomarse a la orilla y ver como el carro quedaba destrozado.
Tom también se levantó, inevitablemente le dió curiosidad por ver.
—¿Eso es savillum? —preguntó Bill, apartando la vista de la arena por unos segundos, viendo la pequeña mesa de plata.
Tom asintió, afirmativo.
—Es mi postre favorito —Bill sonrió, a lo que Tom tomó un trozo de la tarta y se la extendió.
Pero Bill no la tomó, en cambio la comió directamente de su mano.
—Sabe delicioso, deberías comer un poco —declaró el azabache, relamiéndose los labios.
—Siempre te han gustado las cosas dulces —replicó Tom, dándole un mordisco a la tarta, y la miel que barnizaba el postre, se deslizó por las comisuras de sus labios.
Bill estiró su mano y, pasó su pulgar por encima de sus labios, limpiando la miel, para después llevarse el dedo a la boca.
Tom se sonrojó ante esto, Bill también lo hizo, nadie les estaba prestando atención a ellos en ese momento, todos, incluso Lucian observaban la batalla.
Pero, de reojo, detrás de Bill, Tom logró ver que si habían unos ojos sobre ellos, un gladiador que tenía el rostro cubierto con un casco, uno de los que representaba a los bárbaros, los observó fijamente por unos segundos.
—¿Esto no es demasiado violento? —inquirió Tom, relamiéndose los labios para intentar quitarse o remarcar la sensación del dedo de su hermano.
Bill le dió una rápida mirada a la arena, antes de volver a verlo.
—Te prometo que esto no era planeado, desde que me dejaste claro tu descontento con la sangre real en la arena, sabes que me enmiende —le recordó Bill, a lo que Tom asintió, era cierto, Bill había regularizado la violencia en la arena para que no acabará en muerte. —Estoy casi tan sorprendido como tú de esto que no estaba en lo acordado —dijo mientras le tomaba la mano, y le besaba el dorso con suavidad. —Pero si te molesta, me disculpo.
Tom dejó que le besara el dorso de la mano, para después de retirarla, consciente de que, aunque nadie podía estarles prestando atención, seguían en público.
—No comprendo cómo la violencia puede fascinarte tanto —murmuró Tom, bajando la mirada para ver a su hijo.
—No es lo único que me fascina… —respondió Bill de la misma forma.
Tom levantó la mirada para verlo, susurrar mientras hablaban era como secretearse cosas sucias.
—Aquí no, Bill… En público no —advirtió el doncel, al menos cuando estaban en sus aposentos más temprano, antes de ir al Coliseo, solo estaban ellos, y Bill podía ser todo lo descarado que quisiera. —Además, sobre lo de la violencia lo digo por Lucian, creo que es demasiado para él.
Bill rió de forma floja, y volvió a relamerse los labios, recordando el momento donde le beso el hombro a su hermano, antes de poner su mano sobre el hombro de Lucian, haciendo que el niño apartara la mirada de la batalla para verlos.
—La violencia lo hará fuerte, Tom, tú y yo también nos criamos así —Bill sonrió, viendo a su sobrino por unos instantes, quien asintió ante lo dicho por él. —Sólo lo está viendo… Su piel no sabe lo que es un golpe, no te preocupes —consoló, tomándolo de la mano para que se acercara y estuviera junto a ellos en la orilla.
Tom apretó su mano en el agarre, y se quedó a su lado, mirando de reojo a Georg, quien parecía haberse distraído de la batalla para verlos por unos instantes.
—Él sabe que yo te pertenezco, Tom, incluso si no se lo he dicho con palabras, basta con vernos para ubicarse —susurró Bill, girando disimuladamente su rostro cerca de su hermano mayor.
—No son celos —intentó aclarar Tom, frunciendo ligeramente el ceño, ofendido de que percibiera su malestar como celos, aunque no era una mentira.
Ambos hermanos miraban hacia la arena, parecía que solo comentaban sobre la batalla.
Bill no pudo evitarlo, y se rió. —Mentiroso —repitió.
Tom inhaló aire, era claro que Bill no iba a tomar eso como verdadero, y razones no le faltaban.
—Me haces sentir un dissimulator —musitó el doncel.
—Por lo eres, hermano, lo eres… —Bill hablaba en un tono coqueto y juguetón, que le saco una sonrisa pequeña a su hermano mayor. —Desde que nos acomodamos en el palco te he visto tenso, no había dicho nada, queria ver que me decias únicamente con una mirada que intenta ser disimulada. No eres el único que está viendo…
—Sólo te estoy cuidando, aunque hoy en especial, estas siendo más requiebro que de costumbre —Tom giró la cabeza para verlo, con una sonrisa ladina. —¿Te has emocionado de más por lo de más temprano? Te recuerdo que no he aceptado nada…
—Digamos que valoro mucho «nuestros momentos» —confesó Bill, y Tom no estaba muy seguro de a qué se refería con esa declaración.
—Te he permitido demasiado, ahora me doy cuenta que eres muy falta de gravitas —Tom le dió un pequeño y ligero toque con el codo.
—¿Cómo puedo ser serio, cuando el aroma de tu perfume todavía se siente presente en mis labios? —inquirió Bill.
—Hablas como si hubieses besado los frascos de mis perfumes —chanceó Tom, juntando sus propias manos sobre la orilla cubierta por una manta de color rojizo y detalles dorados.
—Quizás considere robarte un perfume para tenerlo en mis aposentos, y olerlo durante la noche, imaginando que estás conmigo… Que aceptaste darme una noche, ¿o vas a negarme tu perfume también? —murmuró Bill, devolviéndole el gesto de darle un toque con el codo.
—Si eso te consuela, yo mismo te lo daré —Tom le sonrió, bajando su mirada desde sus ojos, hasta la marca debajo de sus labios.
—¿Acaso deseas robarme un beso? —insinuó el azabache al ver la mirada de su hermano mirando sus labios. —Porque si te consuela, yo mismo puedo dartelo.
—Ni lo pienses —Tom endureció su rostro, severo, volviendo a ver la arena.
Bill negó manteniendo su sonrisa, concentrándose nuevamente en la arena, donde ya quedaban personas sin vida.
—Creo que él es El Septentrio, he oído que es capaz de destrozar el cráneo de un hombre con una mano —comentó Lucian, señalando a uno de los gladiadores.
Tom dirigió la mirada hacia donde señalaba su hijo, y era aquel gladiador que momentos antes lo había visto a él y a Bill.
—¿De verdad? ¿Dónde escuchaste eso, Lucian? —cuestionó Bill, interesado, era la primera vez que escuchaba a ese tal El Septentrio, pero desde donde estaban, era claro que ese gladiador era quien daba las órdenes.
—Lo escuche cuando salí con Andreas a la ciudad, la gente hablaba de eso, quería verlo, decían que era imparable, un gigante casi como tú —Lucian le dio una sonrisa a su tío.
—Has vuelto a Lucian un ferviente admirador de los gladiadores como tú, Bill —aseveró el doncel, viendo al gladiador del que hablaba Lucian, el porte al cabalgar de aquel hombre en la arena le parecía familiar.
—Considero que son un buen entretenimiento, además, todos aman a los gladiadores —respondió Bill. —Las mujeres y los donceles los desean, tanto como para buscar quedar en cinta de ellos, para que sus hijos hereden su fuerza. Los admiro, pero la gran mayoría siguen siendo únicamente esclavos.
—Cuando eras pequeño recuerdo que te gustaba jugar a ser uno —expusó Tom.
—Eso era antes, ¿por qué quisiera ser un simple gladiador cuando puedo ser el César? —Bill miró a su hermano, para después ver a su sobrino. —Nosotros tenemos que aspirar a más que ser gladiadores, Lucian, tú estás destinado a liderar un Imperio, no una arena en un anfiteatro.
Tom apartó la mirada de aquel gladiador, y se apartó de la orilla, del lado de su hermano y volvió a sentarse sobre su asiento, dejando que Bill y su hijo siguieran conversando.
Cassius se acercó al César cuando la batalla ya había llegado a su fin, y todos en el anfiteatro estaban extasiados por el desenlace.
—Mi recuerdo es borroso, Cassius, pero, ¿no debieron los bárbaros perder la batalla de Cartago? También recuerdo que habíamos acordado que ya no habría más muertes en la arena —comunicó Bill, apenas vió al líder de los juegos acercarse a él.
Cassius sonrió incómodo, incluso, temeroso porque no se había cumplido lo que esperaba el Emperador en ese día.
—Eh, sí es cierto… Mhm, perdóname —se disculpó Cassius, agachando la cabeza.
Bill sonrió y negó rápidamente. —No, me gustan las sorpresas…. Él… —señaló al gladiador de casco. —¿Quién es?
Cassius le dió una mirada al gladiador con casco que se había hecho de un caballo y cabalgaba sobre la arena con una lanza.
—Le llaman «El Septentrio» —respondió Cassius.
Ante su respuesta, Bill se dirigió a Lucian con una pequeña sonrisa.
—¿Quieres conocerlo, Lucian? —preguntó el César, a lo que el pequeño sonrió y asintió rápidamente.
—Bien… —musitó Bill, y volvió a ver a Cassius. —Quiero verlo.
—Sí, enseguida —Cassius se alejó rápidamente para cumplir los deseos del Emperador.
Bill sonrió satisfecho, aplaudiendo a la arena mientras veía a los cadáveres que habían quedado destrozados, él también sentía mucha curiosidad por el gladiador que había provocado ese caos en la arena.
Le guiaron a los gladiadores vivientes en la arena, moverse en grupo hasta el medio, mientras salía la guardia pretoriana para rodearlos, en señal de que el Emperador estaba por salir.
Bill salió bajó del palco con Lucian, quien se le adelantó.
—¡Tiren sus armas! —gritó uno de los pretorianos, a lo que los gladiadores obedecieron. —Gladiador, el Emperador te quiere ver —dijo, dirigiéndose al gladiador de casco.
—Estoy al servició del Emperador —respondió el gladiador con seriedad, arrodillándose lentamente, para tomar algo del suelo.
Con la mirada fija en el umbral de donde sabía que iba a salir el Emperador, tomó la punta de una flecha quebrada.
Pero, no salió el Emperador, en cambio salió un niño que corría hacia él, abrió los ojos, y estaba por soltar la punta de la flecha, hasta que vió que el Emperador salía, mirando hacia arriba, saludando a los presentes.
—Gladiador, ¿tú eres El Septentrio? —le preguntó Lucian cuando estaba a un metro de él.
El gladiador se puso de pie, ocultando la punta de flecha detrás de su antebrazo, apartando la mirada del Emperador para ver al niño, dándole una sonrisa que apenas se veía por las fisuras del casco.
—Sí… —afirmó el gladiador. —¿Te dejan ver los juegos? —preguntó extraño, ya que, lo que hace unos minutos había pasado, era demasiado para un niño tan pequeño.
—Mi tío dice que me hacen fuerte —respondió Lucian.
—¿Y tu padre qué dice?
Lucian hizo un mohín con los labios antes de responder. —Está muerto, así que no lo conozco como mi padre, pero si tengo uno, y es mi tío, mi papá es mi tío.
—¡Lucian, te me has adelantado! —exclamó Bill detrás de su sobrino.
—¿Lucian? ¿Te llamas Lucian? —cuestionó el gladiador, con el ceño fruncido que su casco ocultaba.
Lucian asintió cuando Bill puso sus manos sobre sus hombros.
El gladiador apartó la mirada del niño, para ver al Emperador, quien le sonreía con suficiencia.
—Tu fama es bien merecida, Septentrio, no creo que haya gladiador que te supere —habló Bill, mirando de reojo al General Gustav que lo había acompañado, para después tomar a su sobrino en brazos. —Este jovencito cree que eres la reencarnación de Hector, ¿o era Hércules? —comentó, besando el cabello de Lucian.
Tom observaba expectante desde su asiento en el palco, viendo de reojo a Georg tomar una copa de vino, igual de atento que él a lo que pasaba en la arena.
—Creía que bajarías a la arena a conocer al gladiador —expresó Tom, inclinándose sobre el reposabrazos de su asiento, dejando de prestar atención a la arena por unos segundos.
—Uhm, no me gustaría ensuciarme la vestimenta con la sangre y la arena, ver desde arriba es más divertido —contestó el castaño, sonriéndole.
Tom asintió, quedándose callado, con un sentimiento de inquietud, mientras volvía a ver hacia la arena y como Bill tenía a Lucian en sus brazos, al menos eso lo tranquilizo un poco, así Lucian no se acercaría a los cadáveres o la sangre, pero su atención se centró en el gladiador, que parecía demasiado rígido y distante en la interacción con su hermano.
—Pero, ¿por qué nuestro héroe no se descubre y nos dice su nombre? —incitó Bill, viendo fijamente al gladiador al igual que Lucian. —¿Tienes un nombre?
El gladiador se quedó callado por unos segundos más antes de responder. —Mi nombre es Gladiador —respondió, antes de darse la vuelta y dar unos pasos para alejarse
La sonrisa de Bill se borró, y dejó a Lucian con cuidado sobre el suelo.
—¿Cómo te atreves a darme la espalda? —increpó el César, ofendido. —¡Esclavo! —llamó con clara molestia en la voz, que incluso Lucian se quedó confundido al verlo así. —Te quitaras el casco y me dirás tu nombre —ordenó.
El gladiador se paró en seco, y se dio la vuelta, tomando el caso de su cabeza con sus manos, para dejar al descubierto su cabeza, mostrando su rostro, viendo directamente a los ojos del César.
—Mi nombre es Willem de Germania, Comandante de los ejércitos del Norte, General de la legión Felix —exclamó Willem con seguridad. —Leal sirviente del único y verdadero Emperador Aurelius. Padre de un hijo asesinado, esposo de una esposa asesinada, y juro que me vengaré en esta vida o en la otra.
Bill abrió los ojos incrédulo al escucharlo, llegando incluso a dar unos dos pasos hacia atrás, ante la evidente amenazada le dió una mirada a Gustav, quien también había reconocido al antiguo General, pues su puesto, fue el que Bill le cedió.
Gustav le hizo una seña a la guardia pretoriana para que estuviera atenta a cualquier ataque, protegiendo a Emperador y a Lucian.
Tom se levantó conmocionado de su asiento, caminando hasta la orilla del palco.
Era como ver a un hombre regresar de la muerte.
Sus labios estaban entreabiertos, sin poder creer lo que veía. Willem… Estaba vivo y enfrentando a su hermano.
Tom no comprendía que ocurría, pero lo que las palabras de Willem provocaron y reacción de Bill le resonaron demasiado. Aunque desde su posición, no alcanzaba a escuchar que era lo que Willem decía.
El labio inferior de Bill temblaba, intimidado y aturdido, y le dirigió una mirada al palco imperial, a su hermano mayor, viendo el rostro desconcertado de Tom, que reflejaba cierta iluminación de emoción mientras miraba a Willem, ignorándolo a él, por lo que endureció su semblante y volvió a ver a Willem.
El público alaba a Willem, gritando «¡Vivan, vivan, vivan!» al unísono.
Bill tragó saliva, con el cuerpo sumamente tenso, y sonrió de manera nerviosa, viendo al público, llevándose un dedo a los labios para callarlos.
El público pedía que dejara vivo a los gladiadores, en especial a Willem.
Y levantó su mano, no iba a dejarse intimidar de esa forma, por un esclavo, pero era consciente que Willem no era cualquier persona que lo estaba amenazando,
Pero matarlo en ese momento no sería lo más prudente, por lo que siendo consciente de las consecuencias de deshacerse de él en ese momento o dejarlo vivo, terminó por levantar su pulgar.
Le cedió la vida.
Observó a Willem una última vez, antes de tomar a Lucian nuevamente entre sus brazos y macharse.
Ante su decisión el público celebró con alegría, y Willem alzó su caso con orgullo.
Tom sonrió, aliviado de que Bill le hubiera concedido la vida a Willem, aunque después su sonrisa desvaneció, con un sentimiento de incertidumbre creciendo en su pecho.
¿Cómo era que Willem estaba vivo? ¿Y qué le dijo a su hermano para que pareciera tan intimidado y desestabilizado?
Willem había reducido con facilidad al César con pocas palabras.
La actitud de Bill, el silencio por el que optó el resto del tiempo le decía que su desconcierto y preocupación no era únicamente porque le mintieron sobre la ejecución de Willem, había algo más que lo atormentaba.
Bill se mantuvo callado y distante cuando volvieron al palacio, ocupándose de otros asuntos, encerrándose en el tablinum imperial.
Tom no lo busco, ni preguntó qué había pasado en la arena cuando habló con Willem, dejo que se ocupara de sus obligaciones.
Pero, conforme el día pasaba, y la noche caía, Tom sentía la necesidad de hablar personalmente con Willem, era una mezcla rara de sentimientos, extrañeza y necesidad por saber algo que presentía que Bill no le estaba diciendo.
Sabía que Willem ahora era un gladiador, por lo que, lógicamente el lugar donde podría encontrarlo sería el ludus, sólo tenía que encontrar el momento para salir sin que pareciera demasiado raro que saliera ya muy entrada la noche.
Continúa…
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