
Fic Toll de Namyukaulitz
Capítulo 3
Dicen que no hay mejor medicina para sanar las heridas que el tiempo. Los años habían pasado ya, los recuerdos se quedaron siendo únicamente la sombra de un pasado amargo.
Tom observaba hacia el techo del carruaje, escuchando el sonido de los caballos galopando a los alrededores, mientras estaba acostado sobre sábanas suaves de piel, las cuales lo mantenían cálido.
—¿Extrañas a Lucian, verdad? —preguntó Bill desde otro extremo.
Tom apartó su vista del techo para sonreírle a su hermano menor.
—Si, un poco… Es la primera vez que estoy tan lejos de él —confesó, jugando con sus manos, pensando en su pequeño hijo.
Bill se acercó a él, sentándose sobre la orilla de su lecho, extendiendo su mano para acariciarle el rostro a Tom.
—Yo también lo extraño, no quería soltarse de mi la última vez que lo abrace —recordó Bill con una suave sonrisa. —Padre de seguro nos extraña al igual que nosotros a Lucian, por eso nos mandó a llamar.
—¿Y hacernos viajar por semanas en una jaula a la que llamamos carruaje imperial? —bromeó Tom, haciendo reír a ambos. El carruaje imperial aunque cómodo a comparación de otros, le daba una sensación de claustrofobia al de rastas rubias, pues tenía únicamente una ventanilla en el techo. Mientras que todo lo demás los protegía de ser víctimas de un ataque. —Que nos haya llamado mientras está liderando batallas contra los bárbaros sólo quiere decir una cosa…
—Tomó una decisión. La anunciara…—conforme Bill hablaba, iba restando distancia entre él y su hermano. —Me nombrara.
Tom sonrió con una ligera complicidad juguetona, conforme Bill se acercaba más a su rostro. Lo observó bien, Bill ya no era un niño, ya era un hombre de diecinueve años, bien formado y guapo. Seguía manteniendo su cabello azabache largo, aunque ahora se lo dejaba hasta los hombros, a comparación de cuando era más joven, que lo mantenía un poco más corto. Ahora vestía con armaduras oscuras dignas de un príncipe y posible sucesor del imperio.
Todos esos años ellos se habían vuelto más que unidos y ahora, cuando Tom lo miraba sólo podía pensar en que hubiera querido que su hermano fuera ese hombre y no su hermano cuando se enamoró a sus quince años. A pesar de sus defectos, Tom lo amaba, aunque a veces sentía ese vínculo confuso.
Tom ya no era un joven que recién conocía el mundo, ingenuo, ya tenía veintiún años, un precioso hijo de cuatro años y era viudo, pues su esposo, Tuberius, murió al año de nacer Lucian, no lo dijo en voz alta, pero en el fondo lo agradecía. No quería tener más pretendientes después de Willem… Por lo que, incluso si luego de quedar viudo algunos lo intentaron, los rechazó y Bill se encargó de los que no se daban por vencidos.
Tom estaba feliz con su pequeña familia, conformada por su hermano Bill, su hijo Lucian y por supuesto, su padre Aurelius.
—¿Qué será lo primero que harás? —preguntó Tom con curiosidad, mientras Bill estaba cada vez más cerca.
Bill le observó los labios, abultados y rojizos, se relamió los suyos antes de responder.
—Lo primero que haré será honrarlo con juegos dignos de Su Majestad —dijo mientras le tomaba la mano con delicadeza a su hermano mayor.
Tom soltó una risita, no de burla, sino de jugueteo.
—Por ahora, lo único que haré, será tomar un buen baño —respondió Tom manteniendo su sonrisa, al mismo tiempo que el carruaje se detenía, pues ya habían llegado a su destino.
Su agradable momento se vio interrumpido cuando un soldado les tocó la puerta.
—¡Su alteza, parece que hemos llegado! —exclamaron desde afuera, por lo que Bill no tuvo más remedio que soltar la mano suave y cálida de su hermano, para salir del carruaje.
Al salir los soldados se inclinaron frente a él, mientras Bill miraba el bosque que los rodeaba.
—Alteza —saludó un soldado que recién llegaba, inclinándose frente al príncipe.
—¿Y el emperador? —preguntó Bill por su padre.
—En el frente, alteza, hace diecinueve días, los heridos siguen llegando —informó con neutralidad el soldado.
Tom se asomó por la puerta del carruaje, levantando su mirada para ver los árboles que lo rodeaban, siendo un escenario muy frío y sombrío, por lo que se aferró a su capa de piel.
—Mi caballo —ordenó Bill, a lo que rápidamente los soldados le trajeron al equino.
Bill se montó con rapidez sobre este, levantando la mirada para ver a Tom, dándole una sonrisa.
—¿Un beso? —pidió el azabache.
Tom no lo dudo y con una sonrisa cariñosa, le lanzó un beso, con ese último gesto, Bill agrandó su sonrisa y comenzó a galopar rápidamente hacia su padre.
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Aurelius ya era un hombre viejo, sabía que su vida pronto llegaría a su fin, por lo mismo, en las batallas ya no luchaba junto al resto de soldados y tenía que ser resguardado a los lejos de la batalla donde tuviera una buena vista del conflicto.
Pasaba sus días escribiendo en su praetorium, preocupado por el futuro del imperio, aunque había alguien en quien tenía una esperanza.
Su general de confianza.
Willem.
Aquel muchacho extranjero que llegó con diecisiete años al palacio con los deseos de servirle como un guerrero, ahora se había convertido en un general respetado y admirado con veintitrés años, muy joven pero estoico y apasionado por sus luchas.
Que durante los últimos años solo se había encargado de luchar en nombre del emperador Aurelius y esta, había sido su última batalla.
—¿Deseaba verme, César? —inquirió Willem entrando en el aposento del emperador luego de ser llamado por este.
Aurelius le dio una suave sonrisa.
—Ya te lo he dicho, antes, Willem, puedes llamarme Aurelius —insistió el mayor.
Willem asintió firme y recto.
—Estamos solos, puedes relajarte, muchacho, soy tu emperador pero hay ocasiones donde puedes estar tranquilo a mi alrededor —rió con suavidad, su risa terminó siendo una torpe tos.
Willem relajó su postura, sin perder el respeto por su emperador.
—César… Aurelius —se corrigió rápidamente.
—Toma asiento, hijo mío —indicó Aurelius, cosa que Willem obedeció rápidamente. —Desde que me convertí en César, no he hecho más que conquistar tierras, derramando sangre, no viví muchos años de paz, pues todo los pase en guerra, trate de hacer lo mejor por Roma —comenzó a contar mientras tomaba asiento frente a Willem.
Willem no pudo contenerse e interrumpió al mayor:
—Y lo ha logrado, no en vano han luchado todos mis hombres, algunos que se congelan ahí afuera, otros que perdieron la esperanza de volver a sus hogares y unos que nunca saldrán de aquí. Hemos luchado y dado nuestra vida por Roma, Aurelius.
—Lo sé, su entrega será recompensada, sin embargo, siento que aun con todo eso, he fallado como emperador en muchas ocasiones y no quiero que mi pronta partida deje como un imperio débil a Roma, no confío en mi hijo para gobernar, Bill nunca tendría las cualidades adecuadas para mantener o llevar a Roma por lo alto, pero tampoco confío en los Senadores, sé que lo ultimo podría ser la mejor opción, pero ellos también son hombres corruptos por el poder —explayó Aurelius con suavidad y voz calmada, pero apenada. —¿Tienes una familia no es así?
Willem lo escuchaba con suma atención, sin entender completamente adonde quería llegar.
—Si, tengo una familia, Aurelius —confirmó el azabache de cabello corto. —Tengo una esposa e hijo. Vivimos en unas colinas, es un lugar sencillo, una cocina, un jardín —Willem sonrió con nostalgia al pensar en su familia. —La tierra es casi tan negra como mi cabello y el de mi esposa. Mi hijo juega entre las praderas, rodeado de conejos. Lo que más deseo es volver a mi hogar, señor.
Aurelius sonrió de manera lastimera, soltando un suspiro en cuanto Willem terminó de hablar.
—Willem, hay una última cosa que quiero que hagas por mí, porque sé que como padre he tenido muchas fallas, errores de los cuales me arrepiento cada día de mi vida, pero que no hice con la intención de lastimar, sino de proteger… —Aurelius se levantó de su asiento.
—¿Qué desea que haga, mi señor? —Willem se levantó rápidamente, atento a cualquier orden de su emperador.
—Quiero que tú te quedes a cargo luego de mi muerte.
Lo que dijo el emperador dejó más que anonadado al joven general, quien se quedó quieto por unos breves segundos, procesando lo que acababa de escuchar.
—¿Qué? Aurelius… César, ¿de qué está hablando? —cuestionó intrigado.
—Así como escuchaste, Willem, quiero que asumas mi puesto como César después de mi muerte —expresó seguro Aurelius, viéndolo directamente a los ojos.
—Pero… ¿Cómo podría ser eso posible? No soy un hijo de sangre, mucho menos adoptivo, mi señor, lo lamento, pero lo que usted está diciendo es imposible, es infactible —replicó Willem.
—Dijiste que tienes un hijo…. ¿Nunca pensaste que pudiste haber dejado tu sangre en otro lugar? ¿En un vientre romano? —insinuó Aurelius.
Antes de que Willem pudiera responder, fueron interrumpidos por un soldado.
—¡Emperador, su hijo Bill está aquí y quiere verlo en este instante! —informó rápidamente el soldado, antes de que Bill se apresurara y entrara sin un permiso claro al aposento de su padre.
—Oh, padre —Bill sonrió en grande al ver al viejo, a quien se acerco y abrazo, besando ambas mejillas. —¿Me perdí la batalla?
—Te has perdido la guerra —masculló Aurelius.
En ese momento, Bill volteo a ver quien más se encontraba con su padre, tardó un poco en reconocerlo, hasta que su padre habló:
—El General Willem es quien ha ganado esta última batalla —reveló Aurelius, mientras Willem se dedicaba a darle una reverencia al príncipe.
Al escuchar su nombre, Bill lo supo reconocer, recordó esos momentos cuando era más joven y Willem le causaba celos, aquello le causó gracia, como habían pasado los años, ciertamente ya ni se acordaba de él, incluso pensaba que estaba muerto, pero al parecer era uno de los generales más queridos por su padre…
Bill sonrió, en una sonrisa retorcida. —Oh, hermano, Roma te saluda —dijo mientras tomaba por los hombros al general.
Willem asintió de forma incómoda, pero agradecida después de todo.
—Padre, quiero hablar contigo en un lugar más privado —Bill ignoró por completo a Willem después de aquello, tomando a su padre del brazo para llevarlo afuera de su aposento.
Aurelius, no puso resistencia, sin embargo, le dio una última mirada a Willem antes de salir siguiendo a su hijo.
—Por favor, piénselo, Willem. Y dime tu respuesta más tardar mañana —fue lo último que dijo el viejo.
Willem se quedó ahí, desconcertado. “¿En un vientre romano…?”, pensó. Apretó los ojos, negando rápidamente.
—No, eso no es posible —murmuró para sí mismo, antes de salir del praetorium, con el rostro rojo por la duda que ahora César había sembrado en él.
Continúa…
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