Imperium 8

Fic Toll de Namyukaulitz

Capítulo 8

Habían pasado unos pocos días desde que los hermanos llegaron a Roma, y aunque Tom intentaba que las tensiones entre él y su hermano estuvieran tranquilas, le era difícil intentar mantener el control cuando habían muchos roces entre Bill y el Senado.

Ahora, había habido una reunión improvisada, a pedido del Senado, para pedirle a Bill como el nuevo emperador, que financiara algunas cuestiones, para “intentar ayudar al pueblo”, Bill no era tonto y sabia muy bien que aquel dinero no iria destinado a su pueblo, por lo cual se termino desatando una discusión acalorada entre el joven emperador y los Senadores.

Bill había salido hecho una furia de la sala, luego de que su hermano lo convenciera de que lo mejor era terminar la reunión.

—¡Quieren aprovecharse de mí! ¡Realmente me creen un idiota! —exclamó Bill a paso apresurado, con su capa roja ondeando con cada movimiento, mientras Tom iba detrás de él siguiendo su paso.

Bill entró de manera abrupta a la biblioteca, a la cual Tom entró detrás de él.

—¿¡Quienes son ellos para darme sermones!? —gritó, mientras caminaba de un lado a otro, casi en círculos.

—Entiendo tu molestia, Bill. Soy consciente de que lo único que buscan es su beneficio propio y no el del pueblo, sin embargo, eso no significa que vas a explotar en cólera, casi amenazándolos de muerte ahí mismo. Tienes que controlarte —indicó Tom, intentando acercarse a él.

—¿¡Controlarme!? ¿¡Cómo se supone que me calme cuando hay un nido de víboras cómo Senado!? —despotricó el azabache. —Deberíamos ser, tú, yo y Roma… He pensado, y creo que es momento de anunciar la disolución del Senado.

—¡Ni lo pienses! —respondió Tom, levantándole la voz. —Bill, no puedes hacer eso, ¿sabes lo que pensaría el pueblo sí a menos de un mes de haber sido nombrado César quitas el Senado? Eso solo te traería peores comentarios, y la gente pensaría más mal de ti.

—Oh, ahora tú también piensas que Roma debería de ser una república. ¡Republica, republica, republica! —escupió Bill molesto sin verle.

—¿Qué? ¡No! No pienso que Roma debería de ser una república, al menos no por ahora, pero quiero que entiendas que hay decisiones que no puedes tomar de manera tan abrupta. Tienes que gobernar de una forma en la que se siga manteniendo la gloria de Roma —le explicó Tom acercándose a sus espaldas.

Bill tensó la mandíbula, encogiéndose sobre sus hombros mientras se apoyaba de una mesa de madera.

—¿Qué significa ese “al menos no por ahora”? ¿Ellos te han metido eso en la cabeza? ¿Qué Roma debería de ser una república? ¿Qué no debería de haber un emperador? —reclamó Bill.

—¿Piensas que soy tan fácil de manipular? —dijo dando un paso más hacia él. —Nadie me ha metido nada en la cabeza, tengo criterio propio, la capacidad de decidir por mi propia cuenta qué es lo que pienso, mis opiniones y lo que quiero. Lo único que quiero es que seas un buen emperador, uno amado por el pueblo, uno al que pueda admirar, uno al que Lucían pueda aspirar a ser… —Tom fue bajando el tono de sus palabras conforme se acercaba a su hermano menor.

—Todo esto me está rompiendo la cabeza —manifestó Bill con el cuerpo temblando debido a una mezcla de emociones, y alzó una de sus manos con una fuerza sin medida, sin percatarse de lo cerca que estaba su hermano de él.

El aire se detuvo cuando la mano de Bill golpeó con fuerza el rostro del doncel.

Tom dio unos pasos hacia atrás, con los ojos bien abiertos y brillosos, llevándose una mano a la mejilla, de la cual goteaba un poco de sangre, debido a una pequeña herida que se había abierto con uno de los anillos que Bill portaba en la mano.

Bill se giró, palideciendo, asustado al ver lo que había hecho, y de pronto toda furia o molestia en él se desvaneció, para ser invadido por el miedo.

—Tom… yo.. yo no quería —balbuceó mientras la voz se le quebraba y sus ojos se llenaban de lágrimas. —¡Tomi, por favor, dime algo, golpéame o insúltame, pero no me mires así! —sollozó, cayendo de rodillas, haciendo que su armadura resonara, abrazando a su hermano por sus piernas por encima de la túnica blanca, pegando su cabeza a sus muslos mientras lloraba.

Tom no dijo nada, simplemente lo miraba con una mezcla de incredulidad y decepción a lo que acababa de suceder, incluso si quisiera llorar por el dolor del golpe, se contuvo. Estaba más sorprendido que realmente herido.

—Por favor, dime algo, Tom… —suplicó Bill, levantando la cabeza, intentando tomar con una de sus manos para besarlo, arrepentido. —¡Perdóname, perdóname! —continuó suplicando con lágrimas corriendo descontroladamente por sus mejillas. —Fue un accidente, yo no quería lastimarte, nunca… no a ti —intento explicar.

Pero Tom lo detuvo en seco, tomándolo de la muñeca, la misma con la cual lo había golpeado, con una fuerza que nunca había utilizado con él.

—Tom… —lo llamó entre hipidos, al ver la seriedad que tenía Tom en sus ojos.

—Nunca. Nunca. Nunca vuelvas a tocarme de esa manera —musitó Tom, voz firme y fría, sin soltarlo. —Ni siquiera por error quiero que me levantes la mano de esa manera.

Bill bajó la mirada siendo incapaz de sostenerle la mirada a su hermano, temblando.
—No… no puedo perdonarme, merezco cualquier castigo, que los dioses me corten las manos o que me odies… —sollozó, todavía aferrado a las piernas de su hermano mayor como si fuera un niño desesperado.

Tom cerró los ojos momentáneamente, soltando la muñeca de Bill, para después tomarlo por el rostro con ambas manos, haciendo que lo viera.

—No te odio —aclaró Tom suavizando su voz, acariciando su cabello negro. —Pero debes aprender a controlarte conmigo. Yo no soy ni seré tu enemigo, soy tu hermano.

Bill lo escuchó con atención, hasta que llegó a lo último.

—¿Por qué no puedes ser más que eso? —balbuceó Bill.

Tom soltó un suspiro, poniéndose de rodillas al igual que Bill.

—Porque no puedo.

Bill sollozó con más fuerza, llevándose las manos al rostro, recordando las últimas frases de su padre antes de que lo asesinara.

—¿Qué tan difícil soy de amar? ¿Qué tengo que hacer para que me ames de la misma manera en la que yo te amo? ¡Dime y lo haré! ¿Quieres imperios? ¡Te los daré! ¿Quieres riquezas? ¡Te las daré! Pídelo y yo te lo cumpliré si eso garantiza que me ames, pero, por favor, hazlo —imploró, tomando el rostro de Tom entre sus manos, con la intención de besarlo, pero deteniéndose al darse cuenta que no sería correspondido.

Tom no lo detuvo, dejó que se diera cuenta por él mismo que nunca podría corresponderle. Además de que se sentía culpable, responsable por haber permitido que su relación fraternal escalara a tal punto.

En ese momento, Tom no estaba viendo al emperador de Roma, ni al César llorando por su amor, no, estaba viendo a Bill, su hermano, la persona a la que amaba de una forma que no quería entender, a la persona que no quería corresponder porque era consciente de lo que implicaba. Su corazón se sentía confundido y conflictuado de una manera que ni él mismo podría descifrar sin hacer daño o traicionar.

—Lo único que siempre he querido es que me ames, que seas mi… —antes de poder terminar, Tom lo interrumpió, poniendo un dedo sobre sus labios.

—No lo digas… Por favor, no lo digas —rogó Tom, agachando su mirada, quitando su dedo de los labios ajenos.

Bill ya no siguió insistiendo.

No hubieron besos en las mejillas o en la frente, no hubieron abrazos, no hubieron acaricias en el cabello, simplemente hubo silencio de resignación.

Bill fue el primero en salir de la biblioteca para encerrarse en sus aposentos, dejando anonadados a los sirvientes que lo vieron salir con un semblante del cual no podían hablar en voz alta.

Tom fue a limpiarse los restos de sangre de la mejilla, sabía que algunos sirvientes lo vieron, pero ninguno se atrevió a hacerle una pregunta.

La risa de Lucian resonó entre columnas, mientras jugaba con espaldas de madera con otros pequeños, hijos de algunas mujeres y donceles que trabajaban en el palacio. El pequeño corrió en dirección a su madre, quien lo miraba desde la lejanía.

Al acercarse, Lucian le abrazó las piernas, a lo que Tom sonrió levemente, pasando la mano sobre los cabellos rubios de su hijo.

—¿Mamá, qué te pasó en la mejilla? —preguntó Lucian, ladeando la cabeza, al notar el ligero corte en la mejilla de su madre.

Tom apreció a su hijo, nunca se había dado cuenta de los gestos que su pequeño había adoptado de Bill.

—¿Esto? —Tom se cubrió la mejilla con la mano. —No es nada, me golpeé por accidente con una de las lámparas —mintió.

Continúa…

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por Namyukaulitz

Escritora del Fandom

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