
“In die nacht” Fic de Xim_Alien
Capítulo 29
Ruedo los ojos al escuchar su comentario de muy mal gusto, pero tampoco es que me enfade del todo, desde pequeño siempre denotó favoritismo hacia mi hermano, iba con Tom de arriba a abajo y siempre tenía a la mano el argumento de que yo sería diferente porque me la pasaba pegado a la falda de mamá, y Tom siempre se llevó su reconocimiento, todos los consejos, las experiencias de un padre amoroso. No me quejo de que él lo haya tenido todo y yo nada, pero simplemente quiero dejar entendido que él no será mi padre nunca, porque nunca lo fue, en lugar de eso, siempre que tuvo la oportunidad de humillarme la tomaba, así fuera para hacerme sentir mal por algo que no podía hacer, como dejarme de lado porque «hacemos cosas de hombres que a ti no te interesa».
—No vine para discutir —corta Tom en definitiva.
—Déjalo Tom, ya no me hace daño —interfiero en tono mordaz.
—Ya sé a qué viene mi muchacho, te metiste en problemas, ¿no? Mira ese ojo. —Deduce de manera inteligente—. Pasen. —Se hace a un lado para que entremos, el primero es Tom y yo lo sigo.
En cuanto piso esa casa mi estómago da un vuelco horrible, el olor a basura penetra en mis fosas nasales sin piedad, así como la comida vencida, el tabaco y cada rincón despide el hedor nauseabundo del sexo, como si ocupara la casa de set para películas porno. No puedo evitar toser de asco.
—Vamos, Tom, toma asiento. Dime para qué soy bueno.
Él obedeció, sin embargo yo aguardo junto a la ventana que se encuentra abierta.
—Bueno, vine porque necesito…
—Dinero, ¿cuánto necesitas?
—Quinientos euros.
—¿No crees que es una cantidad importante, Tom? Espero que sea la primera y la última vez que vienes a pedirme dinero, tu madre no estaría contenta.
—Sí, no hay problema. Eres la primera persona que pensé que me podría ayudar, pero sí, será la última vez que te lo pido.
Ese tipo sentado frente a Tom, en un sofá viejo y que sólo lleva los calzoncillos y una bata de baño, le firmó un cheque. Me parecía extraño que viviendo dónde está tenga una chequera.
—Toma —le extendió la mano con el cheque y Tom lo recibe.
—¿Quién es, amor? —pregunta una voz femenina presente en la habitación
A mi derecha viene una chica de quizás unos 28 años, delgada, alta, de cabello teñido rojo y con una lencería del mismo color, aunque esta se ve de algunos lados algo rasgada, y sólo eso encima.
—Mira, amor. Quiero presentarte a mi muchacho, Thomas. —En cuanto ella aparece él se levanta del sofá viejo y la lleva junto a Tom, se lo presenta con todo el orgullo que es capaz de proyectar—. Y él… Ella es mi hija. —dice esto último con burla.
—Hombre. ¡Soy un hombre! Y ni creas que voy a saludarte —contesto con rabia a causa de lo primero, y aunque quizás ella no lo merezca, me dirijo a ella con un gesto de asco cuando alarga la mano para estrecharla con la mía. Regreso para ver al hombre que me engendró y continúo:— Sí, soy un hombre y lamento como tienes una idea, de que no te des cuenta porque tengo un pene, es grande y lo acompañan dos bolas lo suficientemente grandes como para considerarme más hombre que tú y también me gusta que me lo metan por detrás, pero ni te preocupes que ya no vendré. Estoy aquí por Tom, pero no más, no puedo creer que hayas caído tan bajo. Y tú, chica, creo que puedes merecer algo mucho mejor, date cuenta antes de que caigas más bajo aún y vete, lárgate de esta pocilga antes de que te consuma por completa.
—Ya nos vamos, te pagaré —intercede Tom viendo que este es el límite de la visita.
—No Tom, no necesito que me lo pagues, eres mi orgullo, mi único orgullo. Liquida tu problema, no lo quiero de regreso, menos a tu hermano.
—No lo puedo creer. ¿Por qué nunca quisiste a Bill? Desde pequeño te gustó humillarlo, recuerdo todo lo que le decías y lo que hacíamos tu y yo juntos pero nunca invitabas a Bill. Somos hermanos, gemelos, él es igual a mí y tu hijo.
—No Tom, yo no tengo padre, yo estoy muerto para él, ¿no es así, Jörg?
—Tu decidiste ser así de marica, claro que yo no tengo otro hijo a parte de ti, Tom.
—Y si yo también lo fuera, ¿qué?
Jörg suelta una carcajada en cuanto escucha las palabras de Tom, como si no hubiera escuchado un mejor chiste que ese en toda su miserable vida.
—¿Tú? No, Tom, tú tienes la parte masculina que a él le faltó, no me vengas con esa mierda. Vamos, ya váyanse, y recuerda que ya no tengo más dinero.
—Después de escuchar lo que en realidad piensas de mi hermano, te aseguro que no volveré a necesitar de ti… Adiós.
Tom abre la puerta para dejarme salir primero, él me sigue y después, ambos sin mirar atrás, subimos a la camioneta, la enciende tan rápido como puede y rápido salimos de aquél lugar.
—Sabía que no era buena idea que vinieras, pude haberlo hecho yo solo, Bill.
—Ya olvídalo, entiende que siempre estaré ahí para ti, en las buenas y en las malas.
—En serio recuerdo cómo te trataba cuando éramos niños, siempre sus comentarios horribles y después te escuchaba llorar.
—¿En serio?
—Sí.
—No recuerdo que me dijeras nada sobre eso.
—Nunca me atreví a hablarlo de frente, quizás porque me sentía culpable.
—¿De qué?
—De que estuviera más tiempo conmigo que contigo.
—¿Cuándo dejaste de pensar así?
—Hasta que nos fuimos, cuando estuvimos por nuestra cuenta cambiaste muchísimo. Y me alegra mucho de que haya pasado eso.
—Dejó de importarme lo que él pensara porque estabas conmigo y yo te tenía sólo para mí.
—Todavía no entiendo cómo esto funcionó, no recuerdo… Cómo pasó y en qué momento.
—Yo tampoco.
Creo que quedamos en silencio pensando en esos tiempos, repasando aquellos días en los que mamá nos dejaba solos en la nueva casa porque ella tenía que trabajar, y como ya no éramos unos críos como tal, podíamos cuidarnos el uno al otro, sin embargo, claramente algo se tejía también detrás de tanto tiempo solos y juntos. Para mí esos recuerdos no tuvieron salida, más bien, me sumergí en ellos recordando lo bueno y lo bonito que fue.
—¿Traes cigarrillos? —rompo el silencio cuando Tom ha alcanzado una luz roja.
—Por supuesto. —Saca una cajetilla de cigarrillos, me la ofrece y tomo uno, él toma otro, lo enciende con el mechero que puede sacar de la guantera, se inclina a mí para encender el mío y ambos, con las ventanillas abajo, dejamos el brazo recargado sobre el borde de estas.
—Casi suelto a reír cuando le dijiste de tu pene.
—No iba a quedarme callado.
—En mi mente sonaba perfecta la discusión de «no hables así de él porque me gusta y me gusta acostarme con él», o algo así.
—No, no hubiera permitido que le dijeras eso. Él no puede escuchar el hermoso acto que hacemos, es demasiado en su mente y en su asquerosa boca.
—Tienes razón. Es un hijo de puta. No iré a su funeral.
—No digas eso… Supongo que ni nos enteraremos.
Ambos soltamos a reír en una enorme carcajada tan grande que nos dolió el estómago.
—Basta, oye, tengo hambre —dice cuando ambos estamos cansados para seguir riendo.
—Yo también —continúo.
—¿De qué tienes ganas?
—¿Pizza? Sí, pizza vegetariana para mí.
—Bien. Vamos por pizza.
Llegamos a la pizzería y Tom baja a comprarla mientras espero en la camioneta. Luego de eso vamos a casa. Pongo una película y juntos en la sala comemos una pizza vegetariana grande. Él se termina la mayor parte de la pizza, yo por mi parte cierro los ojos estando en el sofá recostado en las piernas de Tom.
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Abro los ojos, sigo en el sofá pero no veo a nadie a mi lado, me levanto para sentarme en el sofá pero mis pies tocan algo en el suelo.
—¡Tom! ¿Qué haces ahí?
Pero está dormido, me inclino para moverlo hasta que despierta y me mira confuso de repente.
—¿Qué haces ahí, amor? —pregunto y río al verlo sorprendido de que se encuentra en el suelo.
—Supongo que… Me caí.
Ambos reímos sin control, pero vuelve al sofá y nos perdemos en un beso profundo, con caricias lentas y cálidas, mismas que terminan en la habitación de arriba.
Continúa…