In sex to 10

In sex to 10

«In Sex To» Fic de Xim_Alien

Capítulo 10

Bill Kaulitz estaba seguro de lo que estaba haciendo, tenía miedo de lo que pasaría, pero lo haría. A veces las personas pueden tener miedo, pero nunca es suficiente para que se deje de intentarlo. Eso pensaba él, al meter sus cosas en las mismas maletas con las que había llegado a Los Angeles.

Por un momento dudó en seguir haciéndolo, cuando Luk entró a la habitación y trató de asustarlo tomándolo del brazo y arrojándolo al suelo. Luk medía 1.80, quizá más porque ahora lo veía desde abajo. Al caer su cabeza rebotó con el aparato del aire acondicionado. Con miedo, tocó su cabeza para corroborar que no saliera sangre de ningún lado. Cuando lo supo se levantó, trató de ver a cualquier lugar de la habitación menos a los ojos de la gran mole frente a él. Así lo veía ahora.

—No voy a permitir que te vayas —amenazó Luk, o Travis, cualquiera que fuera su nombre.

—Sí, lo haré. No necesito tu aprobación.

—Lo necesitas, estoy seguro de eso, tú así lo quisiste.

—¡No! —gritó Bill, al borde de la locura. Algunas lágrimas resbalaban ya por sus mejillas—. Fue un error haber venido aquí. Fue un error el quedarme y fue un error todo en mi vida. Pero aunque todo haya sido así, no me arrepiento de sólo una cosa, y eso es el estar enamorado de mi hermano.

—Eso es asqueroso.

—¿Eso crees? Para mí es asqueroso que cargues con un anillo de bodas, es asqueroso que les des a las personas un nombre diferente, eso es asqueroso, porque entonces tienes que mentir para gustarles a las personas.

—Mírate, sí funciona —dijo Luk-Travis, burlándose.

—Sí —aceptó Bill cabizbajo—, funcionó, pero mírame, no te duró mucho el gusto —soltó mirándole alto, con la mirada llena de orgullo porque al fin sabía lo que debía hacer. Mostrarse invencible.

Con las piernas temblando y sintiendo el cuerpo de Luk-Travis acercándose a él, corrió fuera de la habitación, sentía sus pasos detrás de él, sentía que en cualquier momento iría a dar contra el suelo una vez más, sentía que lo apalearía en el suelo, que le reventaría el ano o la boca con su pene. El camino a la puerta parecía inagotable, pero lo hizo, llegó a la puerta. Deseó haber salido pero no, su cuerpo estaba inerte en el suelo como lo imaginó durante el trayecto a la puerta, ni siquiera había sentido el golpe, el rebote de su cuerpo en el piso, ni siquiera las patadas que propinó después en su cuerpo después de verlo como gusano.

—Sí vas a irte, vas a irte porque ya no me sirves. Espero que no pierdas el avión.

Esas palabras las escuchó lejanas, como esas voces de un sueño entre la realidad y lo irreal. No sentía dolor, no sentía la sangre salir de su costado, mismo que había golpeado con el filo de una mesita de centro. Hizo una evaluación rápida de lo que podía ver. Al menos él se había ido.

El teléfono estaba cerca, hizo un movimiento que le permitiera alcanzarlo sin lastimarse más y, marcó un número que tenía presente desde hace tiempo.

Tiempo después, no supo cuánto —pero los síntomas de un ataque llegaban a su cuerpo debido a la poca adrenalina que quedaba—, un hombre entró al apartamento, Bill seguía en el suelo y Dimitri, como pudo, lo hizo acostarse en el sofá. Ahí, con lo poco que había llevado de su propio botiquín, pudo detener la poca sangre que seguía brotando. Con agua oxigenada limpio la herida y vendó todo su torso. No era médico, pero eso serviría hasta que Bill pudiera visitar un doctor.

—Deberías denunciarlo —recomendó Dimitri.

—No —respondió Bill con un hilo de voz.

—Tú decides, pero imagina lo que hará a otros chicos como tú.

—Voy a irme, no podré poner una denuncia y luego irme.

—Como quieras. ¿A dónde vas a ir?

—Al lugar de donde nunca debí salir.

—Bueno. —Dimitri reparó en las maletas que estaban cerca de la puerta —Puedo acompañarte al aeropuerto, si quieres, claro.

Bill aceptó cuando se dio cuenta que con el golpe, apenas iba a poder caminar.

Dimitri llevó las maletas, las puso en la cajuela y las bajó cuando llegaron al aeropuerto. Pidió al chofer que le esperara y él mismo hizo el registro de equipaje.

Bill pidió el próximo vuelo a Alemania y, una joven sonriente y vivaz de cabello rubio le dio su boleto. El avión partiría en diez minutos.

—Nos vemos, Bill.

—Gracias —respondió de corazón.

—No seas tonto y ya no hagas cosas de las que no estás completamente seguro.

—No, eso hacen los humanos, seguimos equivocándonos, siempre lo haremos.

Dimitri sonrió y no pudo evitar abrazarlo, así como Bill tampoco pudo evitar dar un respingo a causa del dolor en su cuerpo.

—Saluda a Tom de mi parte. Dile que fue un placer ayudarle con tu dirección.

Bill sonrío al darse cuenta que ni siquiera se había preguntado aquello. Con un gesto se alejó y le dió sus papeles a una señorita de cabello negro, recogido en un estilizado moño.

—¿Señor? —llamó la señorita a Bill, este regresó la mirada sin entender porqué le llamaba, estaba seguro de que no había problemas con su pasaporte—. Aquí tiene.

La señorita le entregaba un celular. Bill lo recibió con una sonrisa y no supo qué podía decir. Ni siquiera recordaba el rostro de aquella mujer.

—¡Papi! —gritó Charlotte al verlo fuera de la escuela.

—Hola, princesa —la saludó levantándola.

—No soy una princesa.

—¿Ah no? ¿Qué eres esta semana? —pregunta Tom esperando contento una respuesta divertida.

Ya había pasado por cuatro figuras míticas. La primera fue un unicornio, duró dos semanas; la segunda fue una hada, esa duró tres semanas; la tercera fue una bruja, esa duró una semana y tres días exactamente; la última fue una princesa, la cual duró una semana, ni más ni menos.

—No lo puedo decir. Es secreto.

—Bien, me enteraré de todas formas.

—¿Vamos a ir a tu trabajo? —preguntó Charlotte cuando Tom la sentó en la parte de atrás, asegurándola con el cinturón.

—No, vas a quedarte con el tío Gustav y después iré por ti y comeremos helado. ¿Quieres?

—¡Sí!

Tom arrancó el auto y a pesar de la prisa, iba lento a causa del tráfico, el cual le dejaba en claro que no le importaba que en veinte minutos debería estar llegando a la empresa. El tráfico de medio día era pesado, Charlotte no para de hablar acerca de su clase favorita con la señorita Schmidt, quien la dejaba dibujar a su gusto con tiza y hojas de colores. Adjunto a todo aquello, Lea no paraba de mandar mensajes diciendo que necesitaba pagar servicios y cosas para Charlotte. Estaba a punto de perder los estribos, pero todo eso disminuyó cuando pasó junto a una sucursal de mensajería y recordó instantáneamente la carta que había mandado a Bill hace unos días, explicándole lo que había pasado con Simone. Explicándole lo que debería saber. En ese momento, su día estaba yendo a buen ritmo.

—Papá, ¿podemos pasar a la tienda? Tengo hambre —pidió una voz dulce, de esas a las que nadie puede negarse, pero que aún cuando no se les puede decir que no, son niños que ni siquiera pueden caer en el concepto de la mal crianza.

Sin embargo, Tom paró junto a la mensajería debido al tráfico, viendo como la gente entraba para dejar paquetes, veía como salían de ahí para repartir lo que había llegado. Tenía muchas ganas de recibir una respuesta de Los Angeles.

—¿Papá? —llamó Charlotte, esperando a que su padre pusiera un poco de atención.

Siguió llamándolo pero no logró hacer que volviera a ella, lo logró una bocina de un auto justo detrás de ellos, quería pasar y lo hizo reaccionar.

—No, mi amor. El tío Gustav tiene muchas cosas. Podrás comer lo que sea.

Tomó el volante y salió del tráfico tomando calles alternas. Cuando llegó, Gustav lo esperaba en el porche, se estacionó sólo un momento, el suficiente para que Charlotte pudiera salir después de dejar un beso en la mejilla de su padre. Éste saludó a su amigo con la mano, aún frente al volante y los vio entrar. Arrancó el auto nuevamente y llegó a la empresa, justo a tiempo para comenzar una junta de la que saldría nombrado  editor principal. Eso, a comparación de su cargo como editor secundario, le daría la oportunidad de escoger trabajo, de elegir escritores y por supuesto, ganar unos miles de dólares más.

—No me defraudes, Tom —decía el director de la editorial mientras bajaban por el ascensor—. Eres inteligente y sabes reconocer el talento de un escritor, pero por favor, no seas idiota y arruines esto como arruinaste tu vida con Lea Strauss.

—No será así, señor. Gracias por la confianza y por el consejo.

—¡No lo arruines! —Se despidió y se alejó cuando las puertas del elevador se abrieron en el piso de la recepción.

Tom no bajó sino hasta el estacionamiento subterráneo. Entró al BMW negro y salió de ahí, con dirección a la funeraria. Tenía que firmar un último folio para asegurar el evento después del entierro. Todo ocurriría al día siguiente y no tenía respuesta de Bill. Ni una carta, ni una llamada.

—Gracias, señor. Haremos todo lo mejor posible para que su familiar vaya en paz —prometió el dueño de la funeraria, no en una promesa de corazón, más bien, en una promesa que rezaría hasta que no trabajara más allí.

Tom no sabía si sonreír o llorar, el anterior discurso le parecía patético, inútil para él y para todas las personas a las que lo diría. Era peor cuando consideraba el hecho de que nunca imaginó preparar un funeral, menos para su propia madre, pero, ¿quién sí?

—¿Me puede confirmar el número de personas que podrían presentarse? —preguntó nuevamente el dueño.

—Nadie más —respondió dando un número exacto, irían las personas que habían estado con su madre en la casa de cuidado, algunos amigos, él, Charlotte y Bill. Tenía que llegar.

—De acuerdo, señor. Que tenga un buen día —dijo apresurado después de ver a Tom alejarse por la puerta.

Tom ni saludó ni se despidió. Manejó nuevamente a casa de Gustav y ahí, recogió a la pequeña. Juntos, en medio del atardecer, comieron helado, fueron a casa cuando la noche estaba encima de ellos, y vieron una película.

Tom se sorprendía más al ver a Charlotte, una dulce niñita que seguía pareciéndose más y más a Bill, a veces hacia gestos similares, movimientos, incluso la manera en cómo se sentaba. Había mucho de él en ella. Eso a Tom no le gustaba, le inquietaba, porque le hacía extrañarlo más.

Continúa…

por Xim_Alien

Escritora del Fandom

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